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TONTERÍAS A CUATRO
Fecha: 24/7/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 27m y 55s
—Previo—
El cumpleaños de Yamato era en otoño. No era algo que a Sora le pasara desapercibido en los últimos años, desde aquella aventura que los convirtió en amigos cercanos. No obstante, nunca en los tres años anteriores había sentido un nerviosismo similar. Todo lo que había fluido con naturalidad, este año quedaba estancado en la boca de su estómago. No había sido capaz de comprar un regalo, no había sido capaz de llamarlo, no había sido capaz de buscarlo en la escuela todavía.
No era que no quisiera hacerlo, ni que no lo hubiera intentado, pero todos sus intentos habían sido boicoteados. Con temblores, sudores, náuseas… era como si tuviera que luchar contra su cuerpo, como si primero tuviera que domar una ola gigantesca que la engullía.
Apretando el bento contra su estómago, tratando de calmar aquel remolino, buscaba un lugar donde comerlo en soledad, cuando, entre los uniformes de chaqueta verde, un rubio se destacó. Frente a ella; ese rostro amable; esa mirada limpia.
—Feliz cumpleaños Yamato. —Salió sin pensar, de lo contrario, habría titubeado. Habría enmudecido.
Percibió la ligera mueca de asombro de él, supuso que por la falta de rodeos. La mueca derivó en sonrisa.
—Gracias. —Apartó la mirada ella, apartó la mirada él. Con su respectivo bento en la mano, indicó una mesa vacía—. ¿Puedo invitarte a comer?
Le costó que sus palabras tomaran significado en su cabeza, mientras miraba aquella mesa con detenimiento. Asintió.
A su lado, el remolino de su interior se tornaba intenso, pero no violento. Le agradaba aquel cosquilleo. Podía disfrutar de su compañía, podía flotar entre dulces sensaciones.
—Quería invitarte, pero tu bento es mucho mejor que el mío.
Sora miró la comida de Yamato. Si bien la suya lucía más ordenada y por tanto apetecible, no dudaba de que la de Yamato fuese superior en sabor.
—Podemos cambiarlos.
—¿Segura?
Sora asintió, intercambiando los bentos.
—Así tú me invitas y yo te invito.
No le pasó desapercibida la sonrisa de Yamato al encontrarse frente a su comida. No fue consciente entonces de que iba a comer lo que ella había preparado aquella mañana. Tan solo quería que le gustase, que la sonrisa de felicidad que portaba se ampliara desmesuradamente cuando tomara aquel bocado.
—¿Qué hacen aquí los dos tan solitos?
No tomó consciencia de la presencia de Taichi de inmediato. Lo hizo cuando Yamato detuvo sus movimientos y el bocado regresó al bento. Entonces buscó lo que él miraba.
—Celebramos mi cumpleaños.
—¿Es tu cumpleaños?
—¡Taichi! —reaccionó Sora, arrugando el entrecejo.
Se encontró con la socarrona sonrisa de su amigo, que la hizo enrojecer. La relación de Yamato y Taichi fluía con la misma naturalidad de siempre, era ella la que se encontraba distinta aquel año.
Del bolsillo del pantalón, Taichi sacó un paquete, arrojándoselo a Yamato.
—Sora, ¿ibas con prisas esta mañana?, tu bento luce desastroso —dijo Taichi, robando algo de su comida.
—El tuyo no está mucho mejor —defendió Yamato, mientras abría su regalo.
Taichi ignoró su comentario, así como sus deslucidas e irregulares bolas de arroz. Le llamó la atención entonces el bento de Yamato.
—El tuyo tiene mejor pinta.
Pero su palillo fue interceptado por el de Yamato, impidiéndole probar bocado.
—Es mío —dijo contundente, mientras miraba la muñequera que había sido su obsequio—. ¿Tachuelas?
—Es roquero —defendió Taichi.
—Y hortera —dijo Yamato, mientras se la colocaba—. Ayúdame —pidió a Sora a su lado.
Esta, que había permanecido medio ausente contemplando a sus amigos, miró la muñeca de Yamato. Tenía una hebilla un poco complicada de abrochar solo con una mano. Se la ató.
—Te queda bien.
—¿Tú crees? —Mostró la muñequera, en una pose roquera.
Un chico los alcanzó, dejando un paquete sobre la mesa.
—Estaban aquí. —Koushiro se dirigió a Yamato—. Feliz cumpleaños Yamato-san, mi madre hizo esto para ti.
—Que amable —musitó Yamato abrumado, desacostumbrado.
—Que bien huele…
Sin embargo, Taichi no pudo meter la nariz, ni la zarpa, porque Yamato recogió el paquete hacia él.
—Es mi regalo.
Taichi miró a un lado y a otro desconcertado. Quedó en Koushiro.
—Seguro que tu madre lo hizo para compartir con sus amigos.
Koushiro negó, con ese rictus serio y analítico.
—No lo especificó.
Su rostro aterrado recayó en Sora.
—Dile que comparta, a ti te hará caso.
Pero Sora encogió los hombros, con una sonrisa que trataba de no ser obvia.
—Es su regalo, si no quiere compartirlo hay que respetarle.
Incapaz de articular palabra, mirando a sus tres amigos que conspiraban en su contra, bajó la cabeza abatido y la bola de arroz deforme es lo que llevó a su boca, con risas contenidas como banda sonora.
Entre ellas se hallaba la de Sora, que solo escuchaba la risa de Yamato. Solo miraba la sonrisa de Yamato. Sora, cuyo rostro quedó rojo cuando Yamato al fin probó de su bento. Cuando la sonrisa se amplió mientras se encontraba con su mirada. Sora, aquella chica que, en aquel almuerzo del decimocuarto cumpleaños de Yamato, descubrió que estaba enamorada.
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