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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 14/8/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 20m y 16s

Embarazada—

Giró en busca de la única posición con la que podía levantarse últimamente. Con las manos apoyadas en el futón, trató de hacerlo, pero se sintió terriblemente pesada. Tenía la sensación de que la barriga le había crecido diez kilos en el rato que había estado acostada. Quedó de rodillas.

—Yamato —llamó sin ímpetu—, ¡Yamato! —lo hizo más fuerte sin obtener respuesta. Arrugó el entrecejo y gritó—: ¡Gordi!

Contuvo la risa cuando se asomó apurado, viéndose adorable con el rubor que se instauró en sus mejillas. Casi nueve meses llamándolo así y todavía tenía el mismo efecto. No necesitó pedirle nada, pues su postura, con los brazos extendidos hacia él, le dieron a entender sus necesidades. Aliviado al comprobar cual era el drama de su esposa, la tomó de las manos y la alzó.

—Una razón más para comprar una cama —dijo, y prefirió obviar su mirada. Era un tema que ya tenían acordado. Una cama gigante era funcional en una casa, no en un diminuto apartamento.

Sora apartó la mirada dejándolo pasar, ya que por la expresión traviesa de Yamato, bien sabía que era una provocación. Y no le apetecía discutir, ni pensar en darle la razón tan solo por el pequeño inconveniente de que llevara un mes siendo prácticamente incapaz de levantarse del futón por sí misma.

—Serena ganando Grand Slam embarazada y yo así. —Sujetando su mano, Yamato la miró de reojo, apretando los labios para contener la risa—. Además, diseñando su propia ropa mientras yo hace meses que no puedo sostener un rotulador sin tener arcadas. —Hizo un fuerte puchero—. Soy un fracaso de embarazada, tenista y diseñadora.

Algo de lo que había aprendido a disfrutar Yamato, del embarazo de su esposa, era de sus momentos irracionales, tal como despertarse de una siesta y compararse con la mejor tenista de la historia cuando no practicaba tenis de forma seria desde los dieciséis. Había aprendido también que ser racional no funcionaba en estos casos, era mejor optar por los mimos.

—Pues a mí me volvías loco como tenista, te admiro como diseñadora y… —se detuvo un momento para contemplarla—, estás preciosa embarazada.

No obtuvo la reacción esperada, porque lejos de enternecerla, la espantó, y Sora lo mostró con un sonoro bufido.

—Dices tantas tonterías, como se nota que no estás embarazado. Esto es un asco. No me extraña que sea hija única, no me extraña que haya tantos hijos únicos. La primera vez no sabes en lo que te metes, pero ¿repetir?… en serio, tu madre es una heroína, si hubiera dependido de mí, Takeru no existiría, de hecho, esta niña será hija única y… ¿de qué te ríes?

Apretando los labios, Yamato negó. Decirle que encontraba adorable su modo gruñón por el embarazado podría tener un efecto imprevisible. Y decirle que ni ella se creía sus palabras también podría desencadenar un cataclismo en estos momentos.

Frunciendo el ceño, Sora apartó su mano.

—Y no estoy enferma, estoy perfectamente capacitada para ganar un Grand Slam. —Tan solo se había separado unos centímetros cuando Yamato pasó el brazo bajo sus rodillas y la cargó—. ¿Qué haces? —Quería mantenerse firme en su recién proclamada autosuficiencia, pero no quedó convincente ni por el tono ni por los brazos que se engancharon al cuello de su esposo.

—Compruebo cuanto has engordado.

En realidad, como había adquirido la costumbre de cargarla a menudo durante el embarazo, tampoco notaba demasiado su aumento de peso. Ella gruñó, apoyando la cabeza en su hombro.

—Es la niña la que engorda, no yo.

Sonrió ante la risa de él, perdiéndose en su dulce mirada cuando quedó parado en la salita.

—Tengo preparado el baño y la cena, ¿qué quieres primero?

El aroma de la cena despertó su apetito.

—La niña quiere cenar.

De nuevo esa risa que había sido un maravilloso descubrimiento para Sora. La tierna risa de Yamato con todo lo relacionado a la bebé.

—La niña manda.

Fue a depositarla ante la mesa baja, pero ella se resistió a desengancharse. Jugueteando con el borde de su jersey, lo besó mimosa.

—Y yo quiero baño si tú te bañas conmigo.

La sonrisa de Yamato fue una que Sora conocía muy bien. Llevaba más de quince años conociéndola. La sonrisa con todo lo relacionado a Sora.

—La madre manda.

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