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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 21/8/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 18m y 28s

Escandalosos

—¿Estás mimoso? —Yamato ronroneó en su cuello, mientras por detrás de su cuerpo, su mano la acariciaba—. ¡Yamato! —se sobresaltó ella, viendo esa mano revoltosa.

—¿Te molesta?

Sora lo miró lo justo para perderse en esos ojos traviesos. Regresó la vista a la mano que había decidido descansar sobre uno de sus senos.

—No especialmente…

—¿Te preocupa que aparezca tu madre y nos encuentre así? —preguntó.

Volvió a mirarlo Sora, dándose cuenta de que su rostro estaba un poquito más cerca.

—No va a aparecer mi madre.

—Tampoco mi padre —aseguró él, en sus labios—. Podemos tener sexo donde y cuando queramos… y ser escandalosos sin temor a miradas de reproche de los vecinos a nuestro padres —susurró.

Pero el contacto no llegó a producirse, pues Sora había echado la cabeza hacia atrás para tomar distancia. Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con miradas de reproche? —Se temía lo peor y más cuando percibió el rostro de apuro de su novio. Negó, llevándose las manos a la cara abochornada—. Creo que no quiero saberlo.

Las manos de Yamato destaparon su cara. Se reencontró con ese rostro a milímetros.

—Pero ahora vivimos por nuestra cuenta, en nuestro apartamento. Ya no tenemos que preocuparnos por esas cosas.

El beso esta vez llegó, pero fue superficial, porque Sora, otra vez, había quedado pensativa por sus palabras.

—No quiero que seamos conocidos por los vecinos como la pareja sexualmente escandalosa. —Yamato contuvo la risa, lo que hizo que Sora se apartara del todo—. Además, tampoco es que yo sea escandalosa, ¿no te habrás equivocado?

Impresionado por su inesperado enfado, palpable por sus brazos cruzados, Yamato volteó el rostro adquiriendo una pose reflexiva.

—Puede que tengas razón, creo que fue aquella morena del verano pasado la que gritaba tanto. —Y buscó su reacción de reojo, mientras aguantaba la carcajada.

Rio cuando ella cambió la mueca al interiorizar sus palabras, y sus brazos se descruzaron para golpearle.

—Eres un idiota, ¿lo sabes?, idiota, idiota, idiota... —Un forcejeo comenzó al son de su risa, que fue acompañada por la de Sora al poco. Se detuvo cuando acabó inmovilizada, bajo su cuerpo—. Idiota, suelta.

—Te soltaré si lo dices.

Sora lo miró extrañada. Resopló al creer entenderle.

—Por favor, mi amor, suelta.

No esperaba la negativa de Yamato, y su sonrisa arrogante.

—Palabras incorrectas. Debes decir… —Se acercó a su oído y susurró—: hazme gritar de placer, Yamato.

Provocó su risa nerviosa, que hizo que Yamato mostrara una más que creíble fingida indignación.

—No diré eso… ¡jamás! —exclamó Sora, regresando al forcejeo.

Alzó el tronco Yamato para observarla. Negó decepcionado, mientras la soltaba.

—Tú te lo pierdes.

Tras asumir que ya estaba liberada, Sora lo siguió con la mirada. Se encaminaba a la pequeña cocina.

—¿Qué me pierdo?

—A mí —dijo con naturalidad, mientras tomaba una olla—. Debemos comprar una más honda para los guisos.

Y Sora lo observó. Lo bien que quedaba en aquella cocina casi vacía, tan solo con un par de tazas y un par de cuencos, y alguna olla no del gusto de Yamato. Lo observó con detenimiento, para creerse de verdad que estaba ahí, que ambos estaban ahí, en el que era su primer hogar juntos. Lo observó y no sintió disparatado que esa imagen fuera su rutina todos los días de su vida.

—¡Yamato! —llamó de repente. Ya concentrado en la cena, el hombre la buscó con la mirada, en aquella salita que tan solo Sora llenaba. Tras morderse el labio inferior, Sora le regaló su más desbordante sonrisa—, ¡que estoy muy feliz por vivir contigo!

Y el rubor cubrió sus mejillas, al mismo tiempo que de su mente desaparecían los dilemas de las ollas, y también de su mano. Había algo mucho más prioritario que hacer antes de la cena en esa casa en la que solo eran ellos dos.

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