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TONTERÍAS A DOS (TRES)

Fecha: 28/8/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 22m y 23s

San—

—¿Crees que nos la devolverá?

Sora amplió su sonrisa. Sonrisa permanente desde aquella mañana. En realidad, desde hacía meses. Aquel esperado día de Noviembre había llegado para ella y sobre todo para Yamato que, por fin, había podido compartir el embobamiento en el que Sora había estado sumida desde hacía tanto tiempo. Haciéndose patente cada vez que salía de la habitación de estudio de su hogar con su pequeña de tres años. Según Yamato, había sido cruel no permitir que la viese antes. Sí había consentido su esposa que viese como esas telas iban conformando un diminuto kimono, pero hasta el día de hoy, no había podido disfrutar de su hija vestida con ellas. Y su embobamiento había sido automático.

Paseaban disfrutando del ambiente de ese primer Shichi-Go-San de su niña; observando con ternura a esas niñas coetáneas de su hija con sus preciosos kimonos infantiles sin obi, viendo con ilusión a los niños de tres y cinco con sus primeros hakamas, y con algo de lejanía todavía, a las niñas de siete con sus kimonos de obi ancho que indicaban el fin de su infancia. Pero, sin duda alguna, la que más disfrutaba del festival era la mujer que se había apoderado de su hija. La mujer que se había embobado más incluso que el padre viéndola vestida así por primera vez.

Sora observó a su madre, que con un vistoso y elegante kimono, compraba a su nieta esa larga bolsa del tradicional caramelo de los mil años. Contuvo la risa.

—Igual es Ai-chan la que no quiere regresar con nosotros.

Yamato, elegante, pero sin ropa tradicional, miró a su esposa. Radiante en su kimono de motivos otoñales que acompañaban a la grulla, en la parte superior izquierda, y a la tortuga, en la parte inferior derecha, otorgadores de longevidad. Hizo una mueca de resignación volviendo la vista a su hija y a la abuela de esta. Tres generaciones de Takenouchi en kimono era demasiado para él.

—La hemos perdido.

A juzgar por la emoción de la pequeña, queriendo abrir la bolsa, no parecía dispuesta a volver con sus padres pronto. Su abuela la detuvo y tomándola en brazos, le enseñó a purificarse antes de entrar al templo.

Sora, viendo la adorable escena, se enganchó al brazo de su esposo.

—Por algo ya tenemos encargado otro.

Buscó irremediablemente el vientre de su mujer. Con kimono no se apreciaba. De hecho, él era prácticamente el único que apreciaba su barriga abultada en su desnudez. Al llegar al estanque, imitaron a la abuela y a la nieta y, despacio, al ritmo que el kimono de Sora imponía, subieron las escaleras.

—Otro del que tu madre se apropiará un día como hoy cuando tenga tres años y vista un diminuto y encantador hakama por primera vez. —Esta vez la risa de Sora fue notoria, ampliándose cuando escuchó el quejumbroso gemido de Yamato, inclinando la cabeza hacia ella—. No quiero quedarme sin hijos.

Le dio un toque mimoso, tratando de que se comportara.

—No me hagas besarte dentro del templo. —Lo miró de reojo, sintiendo encantadora su confusión. Su leve rubor. El ambiente era más solemne, por eso su voz se volvió susurrante—. Me es imposible no besarte cuando haces pucheros tan adorables. Además, estoy embarazada, lo que implica que quiera besarte más de lo habitual.

Una media sonrisa que trató de ser arrogante, pero quedó en tierna, se dibujó en el rostro de Yamato, ya alcanzando el altar.

—Sí, eso, resguárdate en tu hijo.

Callaron cuando el sacerdote inició la plegaria. Con las manos en el pecho, dieron las correspondientes palmas y cerraron los ojos, agradeciendo por la salud de su pequeña y rogando por su prosperidad, y aunque todavía no le tocase oficialmente, también por el pequeño que crecía en el vientre de Sora. Entreabrió Yamato los ojos, observando ante él a la madre de Sora, cuya sobriedad contrastaba con la fascinación de su pequeña a su lado, no queriendo perder detalle de nada a su alrededor. Miró de reojo a su esposa. Con los ojitos cerrados. Con esa expresión de felicidad. Sonrió.

Al finalizar la oración, Toshiko buscó a sus hijos, teniendo que apartar la mirada incómoda por lo que halló. Todavía con las manos juntas contra su pecho, Yamato tenía el rostro girado hacia Sora y sus labios se rozaban delicadamente. Apurada, le dedicó al sacerdote un gesto de disculpa, pero a este no parecía importarle nada más que el sasaki sagrado que sacudía sobre las niñas y niños que recibían su correspondiente bendición. Cuando volvió a enfocarlos, ya mantenían una actitud de padres formales, (a pesar de su rubor adolescente), siendo entonces consciente de que habían permanecido en segundo plano durante el festival. Había estado tan pendiente de su adorable nieta que ni se había percatado de que le habían concedido su primer rito en el templo casi en exclusividad.

La miró cuando sintió su manita buscando entre la manga de su kimono, señalando emocionada las hojas de sasaki. Descubriendo con sus grandes y curiosos ojitos azules el mundo. No hizo nada por contener la sonrisa, mientras atrapaba su pequeña mano.

Si la compensaban con nietas así, bien podía la Iemoto perdonar que, en ocasiones, sus hijos fueran del todo inapropiados.

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