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TONTERÍAS A TRES

Fecha: 4/9/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 23m y 57s

Abuelo

Resopló Yamato, con las manos en los bolsillos, viendo a la pareja que caminaba ante él. Él le había ofrecido el brazo y ella, educada y emocionada por caminar por esa histórica rue, lo había aceptado. Él gesticulaba y reía mientras hablaba y hablaba sobre una y mil anécdotas del lugar y ella escuchaba, asentía y reía con él queriendo empaparse de todo su alrededor.

Así había sido durante todo el paseo. Anochecía ya y, quizá por ello, con la inspiración del cielo rojizo, Yamato al fin se adelantó.

—Abuelo —llamó. El hombre se volteó, con Sora todavía enganchada—. ¿Nos puedes dejar la motocicleta esta noche?

Miró a Sora de soslayo. No lo había comentado con ella, de hecho, era una idea totalmente espontánea. Tal vez para deshacerse de su abuelo, aunque en verdad, ahora que lo había verbalizado, sintió idílico el poder perderse por el París nocturno junto a ella.

Medio sonrió al ver, tras la sorpresa inicial, una sonrisa cómplice de Sora. Ensimismado en ello, no esperaba que su abuelo se abalanzara a él, tomándolo bajo el brazo. Le revolvió el cabello.

—¿Y quién la llevará?, ¿tú pichón?

Tratando de zafarse, Yamato bufó molesto.

—Llevo una de más cilindradas en Japón.

Mon dieu… motores japoneses del siglo XXI... —negó el abuelo. Apretó más a Yamato contra sí, como si quiera compartir una confidencia—, escucha hijo, con esta motocicleta tu bisabuelo cruzó Francia en guerra para reunirse con mi madre y conmigo.

Ya rendido, Yamato rodó los ojos.

—Ya está el batallitas.

Por su puesto al abuelo le indignó su tono despectivo.

—¿Cómo que batallitas?, mi padre fue un caballero francés que…

Dio un respingo, poniéndose firme al escuchar su himno nacional, o lo que era lo mismo, su teléfono. Se horrorizó al mirar la pantalla, intentándoselo entregar a su nieto.

—Es tu abuela, contesta tú.

—Ni hablar —negó Yamato con una maliciosa sonrisa.

Matándolo con la mirada, contestó:

Mon amour!, luz de mi vida, Japón aún me odia por haberle arrebatado su más bello sol… —empezó su parafernalia, pero la señora al otro lado no se la permitió demasiado—, ¡por supuesto que no estoy molestando a los niños! Le muestro a Sora los encantadores secretos de la ciudad.

—¡En realidad, sí molesta abuela! —exclamó Yamato.

Buscó a Sora, que aguantaba la risa viendo la nerviosa reacción del abuelo. Con palabras más modosas, la llamada finalizó, dirigiéndose entonces a su nieto.

—Que remedio, mi dama me reclama —dijo, con una sobreactuada tristeza. Tomó la mano de Sora y la besó, haciendo una genuflexión—. Si necesitas cualquier cosa llámame y vendré a tu rescate.

Sora se sonrojó por el gesto. También por la mirada. Era un señor septuagenario, pero debía admitir que el parecido con Yamato era tal que no podía evitar ver a un futuro Yamato en su rostro. Tal vez por ello, o por el distendido ambiente del lugar, Sora besó su mejilla cariñosamente.

—Gracias por todo abuelo.

Eso fue inesperado para Yamato, pero más inesperado fue que, envalentonado por su acción, su abuelo aprovechó para abrazar a Sora.

—Ya, abuelo, das un poco de grima —dijo, despegándolo.

El hombre optó por no decir nada, tan solo negar viendo a su, desde su perspectiva, frío nieto japonés. Le dio una palmada en el rostro como despedida y echó a andar. Lo llamó tras un par de pasos.

—¡Yamato! —Y le tiró las llaves de la motocicleta—. Ama a tu bella dama como lo haría un caballero francés.

Y tras una exagerada reverencia se marchó.

Mientras lo veía alejarse, Yamato sintió a Sora rodándole de la cintura desde atrás. Debía estar forzando la postura porque sintió su aliento en su lóbulo. Se inclinó a ella para escucharla.

—Tu abuelo es curioso.

—Es francés —negó él—. Cuanto más lo conozco, más entiendo porque los franceses caen mal.

Sora rio, dándole un leve golpe en el abdomen en señal de reproche.

—Yo creo que te pareces un poco a él.

—¿Ah sí? —Se volteó Yamato. Dio un paso atrás para tomar distancia—. ¿Por qué lo dices amor de mis amores, cielo de mis cielos? —empezó, impostando un exagerado acento francés, mientras gesticulaba. Mostró las llaves en sus manos—. Acompáñame mi dama, a recorrer París bajo las estrellas. Haremos el amor en la torre Eiffel, mientras bebemos un borgoña y comemos una baguette.

Se contagió de la sonora risa de Sora que, presa del hechizo francés, saltó sobre su novio, quedando enganchada a él.

—Oh mon amour —imitó Sora el acento—, bésame bajo la luz de la luna de París.

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