.

.

TONTERÍAS A DOS

Fecha: 11/9/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 23m y 42s

Asfixiante—

—Sora…

Susurró su nombre al verla salir de su aula. Arrugó el entrecejo por la velocidad de sus movimientos, por el nulo interés en buscarlo. Con la cabeza gacha, chocó con una par de alumnos y pudo percibir unas susurrantes disculpas, mientras, sin mirar atrás, se dirigía a las escaleras.

Yamato sacó las manos de los bolsillos, al tiempo que se despegaba de la pared.

—Sora… —hizo amago de llamar, pero su tono quedó débil. La siguió—. ¡Sora!

Llamó por fin alto, lo suficiente para que ella, que ya se estaba calzando con los zapatos de calle, lo escuchara. No se volvió y, tras envolverse con la bufanda y colocarse el abrigo, salió con la cartera al hombro. Lo más rápido que pudo y sin perderla con la mirada en ningún momento, Yamato se colocó también su ropa de abrigo y calzado, saliendo a paso acelerado.

—¡Sora!, ¡espera!, ¡Sora!, ¡Sora, ¿qué te pasa?!

La alcanzó, así como su mano tocó su hombro, ella se volteó dirigiéndole una furiosa mirada.

—¡Déjame!, ¡Sora, Sora, Sora!, ¡eres asfixiante!

Siguió su camino, quedando Yamato paralizado, todavía con la mano en alto. No dio Sora más de cinco pasos cuando se detuvo. Temerosa por lo que se iba a encontrar, giró la cabeza y miró a Yamato. Su mano, con el puño apretado, ya estaba contra su pantalón. Sora cerró los ojos dejando que la envolviera un profundo malestar. Por un momento había vuelto a ver a aquel niño que se sentía innecesario. Por un momento había vuelto a ser aquella niña que creía no ser capaz de amar.

Rotó para enfrentarlo. Fue a decir algo, pero entonces Yamato alzó la vista hacia ella y antes siquiera de que pudiera interpretarla, una mancha cayó en la solapa de su uniforme. Sora abrió los ojos impresionada por aquel pájaro que se alejaba. Sin capacidad de reacción, Yamato tan solo apretó más el puño y la mandíbula en un gesto de contención. Lo que no sabía Sora era hacia donde explotarían sus emociones, pero sí tenía claro que el pájaro no era el responsable.

Sacó un pañuelo de papel de la cartera y sin mirarlo, porque no se atrevía, acortó la distancia que los separaba. Le quiso pedir permiso con la mirada cuando estuvo lo suficiente cerca pero Yamato no le dio opción. Tendió su mano y esta depositó el pañuelo en ella.

—Gracias —musitó, limpiándose.

Notó entonces Sora, que le temblaba la mano. Probablemente Yamato también se había percatado. Apretó el puño y bajó el rostro.

—Lo siento.

Pudo ver que Yamato se detenía, arrugando el pañuelo. La mancha seguía ahí.

—Está bien.

Pero Sora, presa de la impotencia, lo encaró.

—¡No está bien! Tuve un mal día y lo pagué contigo, porque es lo que siempre hago, pagarlo con las personas que me importan.

Eso hizo que, por fin, Yamato se animara a mirarla. Esa expresión que le había paralizado antes no era de furia, sino de rabia. De desesperación. No fue capaz de mantenérsela.

—Está bien, Sora —dijo con dificultad—. Quería apoyarte, pero he terminado atosigándote —bajó la vista, con un hilillo de voz.

Ella negó con violencia. Cada palabra de él, hacía que se sintiera más miserable.

—No me agobias. He sido yo la que se ha comportado como una idiota.

—Si soy asfixiante prefiero que me lo digas antes de que haya malos entendidos.

Ella volvió a negar.

—Y te lo diré cuando lo seas, pero no cuando esté enfadada conmigo misma y te grite porque no soy capaz de gestionar mis emociones.

Yamato la miró sorprendido. Con la cabeza gacha, temblorosa, parecía al borde del llanto, pero al mismo tiempo la había sentido increíblemente fuerte. Era Sora. La persona que le había expresado sus sentimientos. La persona de la que estaba enamorado. Cualquier cosa que ella le dijera le afectaba más que ninguna otra. Quizá por ello, en el último tiempo, como le pasaba a la gente que se quedaba en su superficie, había tendido a idealizarla. Como si ella no fuera la persona que más dificultad tenía para gestionar los sentimientos, tras él, por supuesto.

Lentamente, una sonrisa se había ido perfilando en sus labios. Sora la vio cuando escuchó su risa hacia adentro.

—¿Qué es tan gracioso? —musitó, todavía presa de su marea de emociones.

—Nada, que menudo par nos hemos juntado.

Ella no entendió de inmediato, pero sí supo que todo estaba bien. Ahora sí.

—Quiero mejorar, Yamato —susurró.

—Yo también —respondió Yamato—. Mejoremos juntos.

Y sus manos se entrelazaron distraídamente, cuando caminaron uno al lado del otro.

.

.