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TONTERÍAS A DOS

Fecha: 18/9/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 26m y 38s

Nombre—

Al salir de la habitación y percibir aquel olor, todos sus demás sentidos desaparecieron. Como si fuese su mismísimo compañero, valiéndose tan solo del olfato, Yamato se adentró a la cocina. Salivó sin remedio al ver las cazuelas que tenía ante él. Demasiado tiempo sin comer comida de verdad (de Sora). Abrió la tapa de la sopa y aspiró su aroma. Sus tripas rugieron. Miró también las verduras en la plancha caliente, el arroz humeante en la arrocera y los huevos fritos junto a un bote de mayonesa. Nada estaba servido, supuso Yamato que para no perder calor. Una sonrisa tierna se dibujó en su rostro cuando al buscar los cuencos, los descubrió esperando vacíos, junto a una bandeja. Sora no había desayunado tampoco. Eso hizo que sus sentidos (y no el estómago), regresaran a tomar el control de su cuerpo, extrañándose de no verla ahí. No la vio, pero sus oídos sí captaron una musiquilla. La encontró entonces, tras la barra que lo separaba de la pequeña sala, sentada al fondo con las piernas cruzadas tras la mesa baja. Vestía una camiseta suya que en esa posición quedaba recogida por encima de sus muslos. Sonrió al reconocer su ceño fruncido. Seguro estaba luchando contra un pesado campista.

—Así que mientras yo construía una base lunar tu andabas perdida por… ¿Johto? —dijo no muy seguro, mirando de reojo su reacción.

—No estoy por Johto desde hace siglos.

Contuvo la risa. No podría decirse que Sora fuera una gamer, pero sí tenía debilidad por esos juegos. Y pese a los años a su lado, él seguía perdido con tantas generaciones. Tan perdido como el cazo que buscaba.

Desde su sitio, Sora lo observó por encima de la pantalla, divertida por su despistado deambular.

—Además, si a la Luna no llegan noticias sobre los premios jóvenes promesas de la moda japonesa no es mi problema.

Yamato se detuvo, disfrutando de su tono juguetón. Por supuesto que a la Luna le llegaron esas noticias y su carita emocionada a través de la pantalla, y la punzada de tristeza de no poder abrazarla, acompañarla.

Al fin encontró el cazo (en el cajón de siempre) y sirvió los cuencos.

Siguiendo más los movimientos de su esposo que el ataque de su Pokémon, Sora se mordió el labio.

—Tan solo lo he estado usando como sustituto de… —calló al conseguir lo que pretendía, que Yamato la mirara boquiabierto. Detectó en él un leve rubor que en seguida disimuló con su más arrogante sonrisa.

—En ese caso no te habrás separado de esa máquina.

—Más quisiera —provocó, escondiéndose tras la pantalla.

—¡Te quejarás! —Sora apretó los labios no queriendo que su risa sonara descarada—, en una noche contigo he perdido más kilos que en dos meses en la Luna.

Y su sonrisa orgullosa por su gran hazaña, quedó adorable entre su sonrojo.

—Yamatooo… Yama-Yama-to Yaaaamato… —empezó, al poco, con diferentes entonaciones.

Rio al ver la cara de confusión de Yamato. Demasiado tiempo sin ver su reacción en directo al pronunciar su nombre.

—¿Qué haces?

Sora encogió los hombros en actitud distraída.

—Tu nombre Pokémon —Yamato arqueó una ceja expectante, mientras depositaba los cuencos en la bandeja—. ¿Cómo dirías tu nombre si fueses un Pokémon?, creo que algo como ¡Yamato! —dijo; grave, cortante, acentuando la última sílaba y comiéndose la del medio.

Riendo por la inesperada y surrealista conversación, Yamato se acercó. Adoraba ver a Sora divertida. Adoraba ver a Sora radiante. Adoraba ver a Sora feliz.

—Tú serías algo como Sora, Sora, Sora, Sora…

Reconociendo de inmediato el tono, Sora lo enfocó.

—¡La imitas fatal! —protestó, pero Yamato continuó moviendo la cabeza a un lado y a otro como si fuera ella—. Le diré que la has imitado y se enfadará.

—O me hará los coros.

No dijo nada. No quería darle la razón, pero conociendo a su compañera, tenía que darle la razón. Lo sintió sentarse a su lado y vio de refilón cómo depositaba la bandeja en la mesita. Lo escuchó sorber la sopa y dio un respingo al notar su mano acariciarle la espalda y su mentón apoyado en su hombro, asomándose a la pantalla.

—Estás perdiendo —dijo—, no te habré puesto nerviosa, ¿verdad?

Le dedicó una mirada soslayada. Esos zafiros en los que llevaba media vida perdida y que, por supuesto, aún eran capaz de ponerla nerviosa, aunque no estuviera en edad de reconocerlo. Le hizo una mueca de burla y regresó a la pantalla.

Entonces notó como unos dedos enredaban por su cabello, escondiéndole mechones tras la oreja para dejarla bien visible. Sintió aire caliente en su interior. En un suspiro. En un gemido. Sora. Y el estremecimiento que le recorrió sacudió hasta esa región que no era Johto ni ninguna que Yamato conociera. Con la pantalla ya cerrada, regresó a su mirada. Perdida y encontrada. Porque no sentía nombre más verdadero, que el que él pronunciaba.

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