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TONTERÍAS A DOS
Fecha: 11/12/22
Pareja: Sorato
Tiempo: 43m y 33s
—Medianoche—
Se quitó los cascos y cerró la aplicación. El idioma ruso se le hacía más sin sentido de lo normal. Volteó con la mirada en el techo, tapándose con la manta. Era más divertido estudiarlo con Sora, a pesar de que ella tan solo supiera nombres de comidas. Tiró la manta con violencia, incorporándose. Amagó con volver a tomar el móvil, pero decidió dejarlo sobre la mesa. Se frotó los ojos y, en oscuridad, se levantó del sofá en el que había decidido dormir.
Resopló en su corto deambular al baño. Hacía demasiado tiempo que no se sentía de aquella manera. Lo podía recordar vagamente de inicios de su relación. Era entonces cuando habían habido leves malentendidos. ¿Se trataría de eso?, ¿sería esto un malentendido normal de esta novedosa etapa de convivencia o se transformaría en una rutina?
Sus pensamientos se pararon, a la par que su mano alzada a la altura del tirador de la puerta. Se había abierto ante sus narices, deslumbrándole la luz del interior. Para cuando enfocó a Sora, ya tenía la mirada baja, haciéndose a un lado.
—No sabía que estabas —musitó Yamato.
—Ya terminé.
Sin más palabras, Yamato pasó a su lado, y la puerta se corrió tras él. Fue Sora la que quedó entonces en oscuridad. No obstante, pudo distinguir aquella manta arrugada asomándose del sofá. Hasta ese día, la función de aquella manta había sido la de envolver a ambos: disfrutando de una película, o simplemente mimándose. Y, sin embargo, esa manta hoy era sinónimo de soledad, la de ambos.
Gimió pesarosa al tiempo que cerraba los ojos y dejaba su cuerpo descansar contra la puerta. No debió estar mucho tiempo así, pero sí lo suficiente, y suficientemente abstraída, como para no escuchar ningún ruido al otro lado que indicara la salida de Yamato. Por ello este se la encontró, cayendo contra su pecho.
—¿Estás bien? —preguntó él, despertando de golpe a Sora.
Y despertando de golpe él, que apartó sus brazos de alrededor de su cintura. Había sido su reacción natural ante la situación. Bajó la cabeza entonces, orillándose para salir del baño. La miró soslayado, pero solo su cabello vio, pues ella no había volteado su rostro en ningún momento. Suspiró.
—Veo que ya has decidido donde dormir hoy.
Su instinto ante aquellas palabras, más bien, ante el movimiento de Sora, fue tomar su muñeca para evitar que se fuera. Se vieron entonces a los ojos, con la tenue luz del baño como iluminación. Y al mirarla, de nuevo despertó, soltando su muñeca, dejó caer la mano sin fuerza al son de su mirada que también cayó.
—No quería estropear más las cosas —musitó.
—Y decides dormir sin mí —dijo Sora, cruzando los brazos, mirando aquella manta con fastidio.
—Estás enfadada, di por hecho que no querías…
—¡No estoy enfadada! —exclamó ella, descruzando los brazos, cerrando los puños con rabia. Su mirada también lo enfocó al fin.
Pero Yamato quedó perplejo ante tal reacción. Negó.
—Lo último que sé de ti es un portazo, ¿y eso no es estar enfadada?
—¡No di un portazo! —defendió Sora, a cada palabra más indignada.
—Lo diste, y en mi cara, ¿cómo esperes que entre en esa habitación?
—¿Cómo voy a dar un portazo con una puerta corredera?
—El ambiente era de portazo —se entercó Yamato, ahora a la defensiva.
Sora pestañeó incrédula. Apartó la mirada.
—Ya… ¿y por eso prefieres dormir sin mí? —dijo, en un tono más bajito. Un tono casi herido. Sin dar tiempo a Yamato a decir nada, pues no esperaba aquel cambio de tono, la mirada de Sora regresó a él—. No estoy enfadada, sí es verdad que estaba molesta, pero no es como que lo vaya a estar para siempre. —Hizo una pausa, mirando otra vez aquella improvisada cama—. Ni que no quiera que duermas conmigo.
Sin saber que decir, pues ahora la culpabilidad le embargaba, Yamato se atrevió a acariciar su brazo. Tanteó su receptividad con un dedo, y sus labios amagaron una sonrisa cuando Sora, tras mirar aquel dedo, se volvió a él.
—Yamato… —dijo, tirando de su camiseta hacia ella—. Si algo he aprendido es que la distancia y el silencio es el mejor aliado de los malos entendidos. No quiero que nos pase eso. —Él asintió sus palabras—. Así que hagamos un trato —dijo, con una repentina vitalidad—, a partir de ahora, siempre que tengamos algún tipo de discusión la resolveremos antes de ir a dormir, y si no ha sido así, nos encontraremos a… ¿qué hora es?
—Serán las doce o así —respondió Yamato. Era esa la hora cuando cerró su aplicación de ruso.
—¡Perfecto!, antes de la medianoche nos encontraremos aquí y solucionaremos el malentendido.
—¿Aquí? —cuestionó Yamato absorto. Era un desenlace inesperado—, ¿en la puerta del baño?
Sora miró al interior, como si debiera cerciorarse del lugar en el que se encontraba. De que era el idóneo para tal compromiso. Asintió.
—¡Aquí!
Viendo su sonrisa, las manos de Yamato regresaron a su posición natural sobre la cintura de Sora.
—¿Y lo solucionaremos así? —susurró, antes de besarla.
—Quizá —ronroneó Sora. Sus brazos regresaron también a su cómoda poción de envolver el cuello de Yamato.
—Pero no vale inventar enfados para luego reconciliarse —dijo Yamato, tras otro beso.
—No he inventado nada —protestó Sora en sus labios.
—Si se supone que no estabas enfadada —dijo Yamato divertido, echando la cabeza hacia atrás para disfrutar de su mohín.
—Molesta —apuntó ella, tirando de su cuello, capturando sus labios.
—¿Y sigues molesta? —preguntó, tras el beso.
—Un poco.
Suspiró cuando Yamato besó su cuello; sus manos decidieron acariciar bajo su ropa.
—¿Y ahora?
Y enganchándose por completo a Yamato, gimió en su oído:
—Tú sigue, que yo te aviso.
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