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TONTERÍAS A DOS (TRES)

Fecha: 25/12/22

Pareja: Sorato

Tiempo: 32m y 13s

Rojo—

Sora resopló, mientras cambiaba a la niña de brazo. Observó a aquel tipo que tecleaba tras el mostrador..

—Dijo…

—Ishida, Sora.

—Papa… —La niña alzó su dedito.

Inevitablemente, Sora sonrió, tomando su manita.

—Sí, venimos a ver a papá —susurró, volviendo la vista al hombre.

—Ishida —decía, aún sin mirarla—, como el astronauta.

Sora pestañeó perpleja, creyendo que le tomaba el pelo.

—Su esposa. He venido a verlo.

—Papa… —repitió la nena.

—Sí, a papá —contestó su madre, besando su mejilla.

—Ya veo… —seguía el hombre tecleando—. Ha estado muy ocupado últimamente. Va de un lado a otro con Kabumon y gente de la agencia de asuntos digitales. Hasta autodefensa tiene las narices metidas en esto.

—Gabumon. —A pesar de que ignoraba su verborrea, Sora tuvo la necesidad de corregirlo.

—Papa.. Gabu… —decía la pequeña, alzando su manita.

—Sí, a papi y a Gabu —contestó Sora, recolocándola.

Aquel hombre las miró por primera vez, para luego regresar a la pantalla.

—Lo que sea, está metido en algo importante que por supuesto no creen que deban comunicar a simples administrativos —dijo y Sora percibió resentimiento. Resopló, lo que le faltaba, lidiar con un astronauta frustrado que lo más cerca de su sueño era estar en aquel mostrador—. No, no veo que hayan dejado ninguna acreditación para usted. ¿Estaba citada?

Y eso fue demasiado para Sora que, negando, se volteó, buscando el teléfono en el bolso.

—Papa…

—Sí, ahora vamos a ver a...

—¡Sora!

Detuvo sus movimientos al escucharle y verle al final del pasillo, con ese exclusivo mono azul que tan bien le quedaba. Gabumon estaba a su lado, ambos con una radiante sonrisa.

—¡Perdone señora, pero no tiene acreditación! —Se oyó a aquel hombre, alzando la cabeza por encima del mostrador.

Cuando alcanzó a su esposo, automáticamente el mal humor se disipó. Se contagió de la sonrisa de Yamato al verlo tomar a su hija; elevándola, besándola ruidosamente, provocando su risa. Quedó con ella en brazos, paseándola con orgullo, mientras le hacía un gesto a Sora para que le acompañara, porque como el inepto había dicho, Yamato había estado muy ocupado últimamente. Prácticamente había estado viviendo en el centro espacial de Tsukuba inmerso en su último proyecto. En realidad, el gran proyecto de su vida.

Sora había estado por aquellas instalaciones alguna vez, no eran las abiertas al público, pero como familiar, sí que las conocía, no obstante, cuando empezaron a pasar puertas que solo Yamato abría acercando su pulsera y tomaron ascensores que ya Sora no sabía si subían o bajaban, se dio cuenta de que estaba entrando en un lugar absolutamente restringido.

—¿Seguro que podemos estar aquí?

—No te preocupes por eso.

Era la respuesta de Yamato acompañada de su sonrisa más radiante.

Ni sabe cuantos pasillos idénticos cruzaron, hasta que llegaron a una última puerta. Yamato accionó su pulsera y esta se abrió tras pedir una lectura facial y una clave de seguridad adicional, lo que inquietó más a Sora.

—Gabu, vigila.

Y eso fue revelador para ella, que entró en pánico.

—Si podemos estar aquí, ¿por qué Gabu tiene que vigilar?

Su esposo le hizo un gesto con la cabeza, quitándole importancia.

—No te preocupes —repitió—. ¿Verdad que mami es una preocupona? —preguntó a la nena, con voz cantarina. Rio con la risa de ella mientras asentía inducida por los gestos de su padre.

Pero pese a la tierna escena, Sora sí se preocupaba y mucho. Y no por ella precisamente. Temía que Yamato pudiera tener alguna represalia por parte de sus superiores. Sin convencimiento, siguió a Yamato al interior. Había una gran cristalera frente a ellos que daba a lo que sin duda era un aséptico laboratorio de última tecnología. Al asomarse, quedó boquiabierta, incapaz de reaccionar.

—Es tu… —lo intentó, pero no pudo decir más.

Yamato sonrió viendo su reacción.

—Es mi.

—Es… —siguió sin poder hablar. Sabía que debía decir algo, pero era del todo incapaz, lo que enterneció más a Yamato.

Era el real motivo por el que se hizo astronauta. Era la nave que podía utilizar libremente las conexiones con el Digimundo. Era la nave que le permitiría seguir cumpliendo sus propósitos sin renunciar a su vida. A su familia.

Dejó que lo examinara a su ritmo, sin apartar la vista de ella. Cuando la vio fruncir ligeramente el ceño y sus labios reproducían sin voz lo escrito, supo que al fin lo había visto. Dos grandes kanji estaban impresos en el lateral. Uno demasiado familiar ya que se trataba de su propio nombre, el otro era el de un color también familiar para ella. Aka Sora.

—Cielo rojo —repitió Sora, susurrante. Sorprendida, buscó respuesta en Yamato.

—Mama… —dijo la nena.

Y a pesar de todo, Yamato se ruborizó al encontrar su mirada, resguardándose en su hija.

—Tenía que ponerle un nombre —dijo tímidamente.

De nuevo Sora estaba sin palabras. Volvió la vista al cohete impresionada. Por el nombre, por el hecho de que al fin existiera. Porque Yamato estuviera ahí, y aunque se fuera, siempre regresaría. Era su cohete, estaba diseñado para volver a su cielo.

Sonrió a Sora cuando se reencontró con su emocionada mirada.

—Mama… —dijo la niña, señalando a su madre.

Y sin dejar de mirar a Sora, Yamato besó los cabellos de su hija.

—Así es cielito. Nuestro cielo siempre fue de color rojo.

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