"¿En que piensas?" Le preguntó observando el rastro que dejaba su cigarro en forma de círculos de humo.

Gin le dio otra calada al cigarrillo antes de girarse para mirarla y exhalar el humo lentamente. "¿Me creerías si te dijese que simplemente tengo la mente en blanco?"

"No, no te creería." Negó con una sonrisa a la vez que dejaba el libro de lado para acercarse a él y quitarle el cigarro de los dedos para robarle una calada.

Él aprovechó su cercanía para rodear su cintura con su brazo y acercarla más a él. No tenían más que un techo donde vivir, pero no sentía que necesitase nada más. Enterró su nariz en su cuello a la vez que la comisura de su boca se alzaba.

"¿Y esa sonrisa?" Preguntó ella dándole una segunda calada antes de devolverle el pitillo.

Podía oler el dulce olor de su cuello mezclado con el humo del tabaco, el olor a vainilla que emitía, se había vuelto demasiado familiar para su olfato. "Eres como el maldito rayo de sol que cruza la ventana todas las mañanas para despertarnos." Dijo capturando uno de sus mechones con su mano libre para apartarlo de su cara poniéndolo tras su oreja. "Entonces...¿No te da miedo mi oscuridad?"

Ella rio suavemente a la vez que se sentaba sobre sus piernas y su mirada se quedaba a su misma altura. "¿Cómo puede darme miedo tu oscuridad cuando yo ya tengo la mía propia?" Era curioso ver como eran opuestos y a la vez tan parecidos.

Gin aplastó la colilla en el cenicero y agarró su barbilla para acercarla a él hasta cortar el espacio que les separaba con sus bocas. Ese maldito olor a vainilla era demasiado embriagador.

La canción de jazz que sonaba en la radio flotaba alrededor de ese ambiente tan cálido que habían creado. Todo parecía ir en cámara lenta, el roce de sus dientes entre beso y beso, la caricia de su mano en sus costillas e incluso la manera en que sus propios dedos se movían a tientas sobre su camisa para poder quitársela.

"Shiho..."

Su caricia se hizo cada vez más suave hasta el punto de no sentirla, y antes de que pudiese reaccionar, todo había vuelto a ponerse negro.

"Shiho, ¿te encuentras bien?"

Ella abrió y cerró los ojos cegada por la luz de la habitación. Todavía era capaz de percibir el olor a tabaco mezclado con su colonia, pero sabía que era irreal, un producto de su imaginación a causa de ese sueño tan nostálgico que había tenido.

Gruñó girándose hacia el otro lado de la cama con intención de esconderse. El olor a fármacos y las paredes claras le hicieron saber rápido que no se encontraba en su casa.

"Estás en una clínica." Explicó Furuya antes de que ella preguntase. "Estaba paseando a Haro cuando vi un grupo de gente formando un gran círculo en la calle y me apresuré a traerte a un centro médico al ver que eras tú y no respondías."

Ella frunció el ceño intentando taparse con las sábanas, le dolía la cabeza y todavía se sentía mareada.

"¿Estás mejor?" Le preguntó al ver que no hablaba.

"Estoy bien." Dijo reincorporándose para enfrentarle. "No tenías por que traerme aquí." Añadió cambiando de actitud, buscando la vía de su brazo para liberarse.

Él la miró sorprendido e intentó frenarla sin conseguirlo. Shiho volvió a ponerse su abrigo y se dispuso a salir de ahí con un paso ligero.

"¿Eres Shiho Miyano, verdad?" La frenaron nada más salir por la puerta. Ella alzó una ceja y el hombre prosiguió a hablar. "Soy el doctor Hanada, ¿Podemos hablar un segundo?" Shiho no pudo evitar resoplar, pero volvió al interior de la habitación para poder tener una conversación más privada.

Furuya la esperó fuera apoyando la espalda en la pared. Llevaba ya unas horas en ese hospital y esperaba que Kazami se las hubiese podido arreglar con Haro. Había sido una suerte poder contar con su compañero en ese momento. Se quedó observando el pasillo un par de minutos antes de volver a comprobar la hora, y suerte que no estaba muy distraído, porque con la velocidad con la que la pelirroja salió de la habitación, podría haberla perdido en un parpadeo.

La siguió hasta la salida del hospital intentando hacerla frenar mientras llamaba su nombre, pero no parecía tener intención de frenar. Aceleró un poco más el paso intentando no chocar con nadie, y gracias a su resistencia, logró atraparla en unos pocos metros.

"¡Oye! ¿Se puede saber que te pasa?" Preguntó hiperventilando por la carrera.

Ella alzó la mirada para mirarle con rabia, como hacia semanas que no hacía. Y él se heló, pero se negó a dejarla ir.

"¡Suéltame!"

"No te soltaré hasta que me digas que te pasa." Contestó con firmeza.

Ella agarró su americana con la misma rabia de su mirada, pero no sentía fuerzas para contestarle ni para chillarle. Apretó los puños con fuerza y finalmente se rindió acercándose a él para esconder su rostro en su pecho a la vez que rompía a llorar.

Y él la abrazó, pero la abrazó con confusión y lleno de incógnitas. Quería insistirle, pero sabía que era inútil en ese momento, así que hizo lo mejor que se le ocurrió y la guió hasta su Mazda blanco para llevarla a su casa sin emitir palabra.

Los intermitentes parpadearon cuando llegó a su portal pero ella no hizo movimiento para salir del coche.

Furuya la miró unos segundos y abrió la boca para intentar hablar con ella, pero la pelirroja se apresuró a abrir la puerta del copiloto y marchó susurrando un pequeño adiós antes de que la puerta se cerrara. No le gustaba verla marcharse así, pero no podía actuar como su guardaespaldas, ella también necesitaba respirar. Y tampoco podía juzgar ciertos comportamientos, no le extrañaba que tuviese esos altibajos con todo lo que le tocaba vivir, y él no estaba ahí para sentenciarla ni hacerla sentirse presionada.

Así que quitó el intermitente y se marchó de su portal en cuanto la vio entrar al interior.

Shiho se pidió el día libre la mañana siguiente, con el parte médico de la tarde anterior, no había sido difícil justificar su ausencia en el trabajo, así que se pasó toda la mañana en la cama sin preocuparse por absolutamente nada. Todo iba bien hasta que alguien irrumpió su tranquilidad y empezó a tocar en su timbre, al principio no tenía intención de abrir, pero fuese quien fuese no parecía tener intención de parar hasta que lo hiciese. Así que se levantó a regañadientes y se dirigió a la puerta

Fue una sorpresa encontrarse al rubio de frente, y con el humor con el que había amanecido, frunció el ceño con molestia. "¿Qué haces aquí?"

"¿Cómo estás?" Contestó con otra pregunta. "Ayer me quedé preocupado y hoy he visto que no has ido a trabajar."

"¿Acaso me estás controlando?" Preguntó molesta.

"Mira, no quería molestar, pero no me quedaba tranquilo si no pasaba a ver como estabas." Contestó suspirando a la vez que alzaba la bolsa que traía. "He comprado café y un trozo de tarta para que veas que vengo en son de paz."

"Pues no tienes que preocuparte, estoy bien." Dijo suavizando un poco la mirada a la vez que se hacía un lado para que pasase al interior y cerrase la puerta. Sus palabras podían refunfuñar, pero aun así no podía ser desagradable con él, a veces era un insistente pero su compañía siempre la aliviaba.

"Pues no lo parece." Contestó poco convencido, no iba a obligarla, pero tampoco quería dejarla estar. "Te empeñas en encerrarte en ti misma, pero nosotros estamos aquí. Yo estoy aquí, ¿sabes? Puedes contar conmigo, no me voy a cansar de repetírtelo."

"¿Todo esto para que, Furuya?" Preguntó cruzando los brazos. "Déjalo estar, ¿vale? No lo entenderías...Aquí no hay futuro de nada, así que deja de perder el tiempo y de preocuparte por mí porque no soy alguien a quien puedas conquistar. Ni tú ni nadie."

Él sintió la dureza de sus palabras, pero no se hizo el herido ni abandonó la habitación como hubiese deseado la pelirroja, se quedó ahí parado sin desviar ni la mirada. "No pretendo cegarme en ilusiones y empezar a construirte un castillo, así que deja de empeñarte en alejarme."

Ella gruñó sin apartar el ceño fruncido, sabía que no estaba siendo muy agradable con él, pero es que tampoco le apetecía ver a nadie. Las manos le temblaban y tenía un nudo en la garganta. No quería volver a romperse.

"Es más complicado que eso. No lo entiendes." Negó con la cabeza a la vez que se giraba para darle la espalda. "Ha sido divertido pero deberías marcharte y olvidarte de esto." Dijo sin saber bien que tipo de vinculo o relación tenían.

Rei apretó los puños con pocas intenciones de moverse del lugar. Le daba rabia que estuviese actuando así. En ningún momento le había pedido nada serio ni había exigido nada, solo quería a conocerla. Había pasado demasiado tiempo que no le llamaba tanto la atención algo y no entendía que había pasado de repente para que retrocediese todo lo que había mejorado para volver a encerrarse en si misma.

"Tienes razón, no lo entiendo." Chasqueó los dientes. "Te he considerado una luchadora. A veces intento analizarte y me recuerdas a Perséfone, viviendo parte de tu vida en luz y la otra en la oscuridad, imponente. Otras veces te vuelves como un código braille incapaz de descifrar." Explicó sintiendo un poco extraña su manera de hablar. "Te trataré solo con un trato profesional si es realmente lo que quieres, pero deja de mentirme o excusarte con todas esas cosas que pareces decir solo a consecuencia del miedo del que no te desprendes."

Ella negó con la cabeza a la vez que abría y cerraba la boca intentando buscar las palabras. "No son excusas...es que, no lo entiendes."

"¡Pues dímelo para que lo entienda!" Alzó la voz cansado de escucharla poner el muro entre ambos.

"¡Estoy embarazada!" Contestó con su mismo tono pero todavía de espaldas a la vez que el silencio se apoderó de la sala. Ella no se atrevía a voltearse ni a mirarle a la cara después de esa declaración. Las lágrimas cedieron y las piernas le temblaban.

Pasaron varios minutos antes de que Rei reaccionara. Se había quedado en shock y no sabía bien que se suponía que tenía que decir o hacer. No podía llegar a imaginar que podía sentir o pensar la pelirroja, lo único que podía hacer, era no huir.

No entendía muchas cosas, pero imaginaba que las pruebas negativas podían fallar. Y estaba confundido, pero estaba ahí para escucharla.

"No estás sola." Dijo acercándose a ella para poner una mano en su hombro con todo el cuidado del mundo. No iba a incomodarla, pero quería hacerle sentir que de verdad estaba ahí.

Ella sollozó y se giró con la mirada baja, seguía sin atreverse a mirarle a los ojos, pero su cuerpo no evitar inclinarse a su pecho buscando un escondite a la vez que rompía a llorar. No sabía si debía sentirse feliz o triste, lo único que sentía era miedo.

Shiho alzó la mirada cuando cruzó la puerta y suspiró al ver la cantidad de gente que había. La policía metropolitana y alrededores, seguridad pública e incluso había llegado a reconocer agentes de la CIA, del FBI y del MI6.

Nunca podía haber un punto y final cuando se hablaba de la organización, pero esa mañana se había decidido en poner un punto y aparte. Habían demasiadas personas afectadas con heridas que sanar...y ya apenas quedaba nada que destruir.

Notó la presencia de Furuya cerca de ella y giró la mirada buscando la salida, se apresuró a escabullirse entre la multitud y desapareció consiguiendo que nadie la frenase.

Se sorprendió al ver que esa reunión había durado casi seis horas, pero para su suerte, el sol todavía parecía aguantar un rato más. Buscó un taxi con la mirada y empezó a alejarse del edificio.

"¿Tienes prisa por volver a casa?" Preguntó Furuya haciendo que se girase para enfrentarle. "Ha sido un día un poco pesado, pero pareces bastante inquieta."

"Quiero hacer una parada antes de volver."

"¿Quieres que te lleve?"

Shiho se lo pensó unos segundos antes de disponerse a caminar en dirección al Mazda blanco del rubio.

Furuya no quiso interrumpir el silencio del trayecto, observando a la pelirroja de reojo podía ver como se había encerrado en su mundo desde el momento en que se habían sentado para remover todo el caso una última vez.

Shiho sonrió amargamente mientras miraba por la ventana. Puede que todos ellos puedan cerrar por fin ese maldito libro para empezar una historia y vida nueva, pero ella siempre iba a arrastrar algo del pasado por más que iniciase una nueva vida.

"Hemos llegado." Dijo apagando el motor. "¿Estás bien?"

Ella asintió mirándole de reojo antes de abrir la puerta. "¿Me das unos minutos?"

"El tiempo que quieras." Contestó recostándose mejor en el asiento.

Shiho empezó a caminar sin saber bien si estaba tomando el camino correcto. El cementerio era bastante grande y habían decenas de cipreses por todo el alrededor.

Su paso era algo lento, todavía no había asimilado las cosas, ni mucho menos había conseguido el valor de hablar o compartirlo con alguien más que no fuese Furuya. No le gustaba admitirlo pero tenía suerte de que el rubio no hubiese decidido acabar huyendo con lo odiosa que había sido ella últimamente.

Sabía que no podía seguir escondiendo eso durante muchos días más, tres meses eran demasiado para no haberse dado cuenta antes. El invierno se acabará quedando atrás y su barriga será más curva a cada semana que pase.

Su paso paró en seco y su corazón se encogió al leer los kanjis grabados. Sus rodillas se flexionaron y se inclinó para hacer una pequeña oración.

"Nos volvemos a ver...Gin."