Hola a todos. Esta es una historia de fanfiction escrita originalmente en inglés, por la autora Seraphina Scribes. No es mí historia. La autora ha dado su permiso para la traducción, que estará disponible únicamente por .
A petición de la autora, por favor dejen cualquier comentario dentro de los reviews de la historia original, no aquí (Dejo link correspondiente).
s/7449361/1/Quietus
Haré lo posible por traducir rápido (aunque consideren que son bastantes capítulos), y ni la autora ni yo obtenemos ganancias de esto. Por mi parte, solo pienso que todos deberían tener oportunidad de leer tan maravilloso trabajo, esperando mi traducción le haga justicia a la increíble forma de escribir de Seraphina Scribes.
¡Disfruten!
PRÓLOGO
QUIETUS
(Traducción al español)
qui·e·tus (sustantivo)
Dispensación o liberación de una deuda, obligación u oficio.
Muerte o algo que causa la muerte, relacionado con la terminación de la vida.
Aquello que sirve para callar, suprimir o terminar una actividad.
Guardián de almas, sin una propia
Hambrienta de calidez y voraz por obtenerla,
Observo, desde las garras de la desesperanza,
Desde las profundas sombras, el mundo arriba,
La tierra de los vivos, burlándose de mí,
Tentando con una visión de luz brillante,
Con un encanto sin igual que quisiera desprender,
Como un fruto maduro de su árbol materno,
Aunque no derecho mortal sobre él tengo,
Ninguno excepto mi propio deseo y necesidad,
Mi anhelo por consumir el aire que ella respira,
Espero.
En memoria de:
Hiruzen Sarutobi
8 de febrero
1937 – 24 de septiembre de 2011
Que su alma descanse en el cielo
Las palabras grabadas en la losa de granito no guardaban ningún significado para él. Eran inscripciones sentimentales de humanos ignorantes que no sabían nada sobre la vida después de la muerte. Humanos, quienes, a pesar de todo, son expertos al formular teorías para explicar las cosas que no entienden, en un fútil intento por esconder su miedo a lo desconocido. El pedazo de roca llevaría un nombre que, eventualmente y presa del inclemente paso del tiempo, sería olvidado. Entonces, ¿por qué los mortales insisten en grabar identidades en lápidas? El no entendía esa innecesaria costumbre humana. Los muertos eran precisamente eso, muertos. Sus almas no siempre entraban al cielo con la facilidad con la que los humanos se esforzaban en creer. Él lo sabía. Después de todo, él era el gobernante de los muertos, cuyo trabajo era asegurarse de que cada alma fuera considerada y guiada al destino apropiado.
Podía ver el alma del fallecido, por quien una multitud de personas se había reunido para poder despedirse. El alma brillaba con una esencia débil, pero esa partícula de luz era suficiente para determinar su destino.
Por aquí, indicó en silencio. La esencia del hombre levantó su mirada hacía él en cuánto la orden silenciosa fue emitida. En lugar de asustarse, estar abrumado, o cualquiera de aquellas sensaciones que la mayoría de los recién fallecidos experimentaban, el hombre tan solo pareció triste y cansado, como entendiendo precisamente quién era la entidad de cabello oscuro que estaba de pie junto a un solitario árbol, invisible para el resto. El anciano supo por instinto quién era él y, con una última y pesada mirada hacía las caras llenas de lágrimas, flotó lentamente. Un pestañeo y el alma se dispersó en silencio dentro del viento de inicios de otoño antes de alcanzar a quién lo había llamado. Era tiempo para esa esencia, tenía un bote que tomar.
Su trabajo ahí estaba hecho. Los ojos fríos y oscuros como el ónix observaron las pálidas y angustiadas expresiones alrededor de la tumba con un desapego objetivo; una última mirada a la marea de mortales mientras especulaba en silencio quién de los presentes sería el siguiente en abandonar el mundo de los vivos.
Fue entonces cuando la vio. Un destello de color dentro de las desoladas y borrosas manchas negro-grisáceas, algo que extrañamente lo hizo detenerse. De pie entre una joven rubia y un chico castaño, estaba ella, una joven a poco de convertirse en mujer, con cremosa piel y los más grandes y cautivantes ojos que él había visto en una cara humana en siglos. Sus ojos estaban enmarcados por pestañas tan largas que parecían enredarse en sí mismas. Su cabello, a la altura de los omóplatos, era de un peculiar color rosa pastel, un tono que él jamás había visto entre las mujeres mortales. Estaba vestida del mismo color negro que los demás, y aun así, algo sobre ella era vivaz e inequívocamente diferente.
Él podía verlo, radiando tan grácilmente desde su pequeña y delgada figura, un aura de pureza tan clara que prácticamente formaba un brillo tangible respecto a ella.
Su alma, él notó sin poder despegar su mirada de ella, su alma era inmaculada, limpia.
Las plegarias estaban terminando y la multitud comenzaba a dispersarse. Pronto ella fue la única que quedaba de pie junto a la tumba, una única rosa blanca sostenida entre sus pequeños y frágiles dedos. De repente, elevó sus ojos tristes y miró directamente hacía donde él estaba. Por un fugaz momento, el tiempo se detuvo y él tuvo que recordarse que ella no podía verlo (no a menos que él lo quisiera). Ella bajó su mirada de nuevo y colocó la flor sobre la tumba recién cubierta.
—¡Sakura!
Su cabeza giró, sorprendida por el llamado, como si se hubiera olvidado de ella misma por un momento. Después de una última prolongada y afligida mirada a la tumba, la joven se giró y alejó rápidamente.
Él la observó irse, su nombre resonando repetidamente en su mente con todo el caos propio de una poderosa batalla que atrae guerreros tontos hacía su inminente perdición.
Sakura.
Sakura.
Fue nombrada como la primavera.
