Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.
¡Retomamos el ritmo! Me declaro culpable de no haber cumplido mi propósito de adelantar corrección para generarme de nuevo un buffer. A cambio, he estado escribiendo para el kinktober y esbozando dos historias cortas para un BakuDeku y un Sanji/Zoro. ¡Qué le vamos a hacer! Los caminos de la inspiración son inescrutables. Aún así, estoy escribiendo esta nota en jueves, por lo que voy bien de tiempo *celebra*.
Y, como siempre, muchas gracias por leer y comentar.
LA LIGA DE VILLANOS ATACA (PARTE I)
Apenas han descansado. Nada más bajarse del tren en la estación de Osaka, Izuku ha insistido en asegurarse de que podían localizar el lugar donde iba a realizarse el acto de homenaje. En el informativo apenas habían dado detalles al respecto, pero Izuku está convencido de que tiene que ser un complejo militar similar al que los ha alojado a ellos en la prefectura de Shizuoka.
—Por poder, puede estar en cualquier parte —murmura para sí mismo. Ochaco lo mira con confianza. No ha cuestionado en ningún momento la decisión de Izuku de ir a Osaka, ni siquiera cuando aún no sabía que le ha llevado a proponer ese destino.
Nervioso ahora que han llegado a su destino, Izuku se muerde el labio. Tiene la intuición de que, dado que era a Osaka adonde iban a trasladarlos tras el desastroso incendio del complejo, es allí donde han sido tomadas las imágenes que han trasladado a la prensa para informar del funeral.
—Si tengo razón… —balbucea, un tanto dudoso, porque están jugándosela a una carta: si no acierta no hay otra forma de averiguar dónde están, ni tampoco tiempo para llegar a dar la voz de alarma—. No debería estar muy lejos de aquí. El autobús que nos llevó desde Musutafu al complejo no tardó demasiado en llegar una vez abandonado el núcleo urbano. No puede estar a demasiadas horas de viaje de aquí, o la logística sería complicada. Pero si me equivoco… —Ochaco le sujeta la mano derecha, acogiéndola entre las suyas, para interrumpir su murmullo ensimismado y luego asiente, con seguridad.
—Yo confío en tu pálpito —asegura. La confianza plena de la chica, que no ha cuestionado en ningún momento su intuición, es un potente impulso para Izuku. Además, el hecho de saber que los padres de la chica están, simultáneamente, denunciando la suplantación de identidad lo hace sentirse más seguro. Aunque tiene la sensación, eso sí, de que no va a servir de mucho.
«Sólo por si acaso», ha dicho Ochaco al contárselo, un tanto insegura, pero Izuku había asentido, conforme con la idea.
La misma intuición que le ha hecho ir hasta allí sin dudarlo le grita que será inútil y que si hay una villana infiltrada en los efectivos civiles de los complejos militares es porque alguien no ha hecho bien su trabajo o han preferido no hacerlo, pero es mejor agotar todos los medios posibles. Además, Ochaco parece haber entendido perfectamente los reparos de Izuku: si alguien se ha molestado en ocultar la desaparición de una villana, posiblemente sería contraproducente informarle de que lo saben y ponerle sobre aviso.
«Creo que… Es posible que esté paranoico», ha confesado Izuku al cabo de unos minutos, en respuesta al plan de los Uraraka.
«Puede. Pero si no te equivocas y nos quedamos quietos, esto será un desastre».
Salen de la estación de Osaka, buscando en el teléfono móvil de la madre de Ochaco, que esta le ha dado a su amiga para permanecer en contacto, un mapa de la ciudad y sus alrededores. Deberían haberlo hecho antes, pero hasta que no han llegado a Osaka, Izuku ha sido incapaz de pensar en el siguiente paso. Además, ha sido fácil encontrar también un plano de Osaka en papel en la propia estación del tren, en una diminuta oficina de promoción y turismo, de lo que habría sido en Musutafu.
—Lo ideal habría sido tener un smartphone más moderno y funcional —masculla Ochaco, frustrada por lo obsoleto de la aplicación de mapas de este, sentada en un banco del exterior de la estación. Izuku, arrodillado en el suelo a su lado, extendiendo el plano en papel que han conseguido sobre el asiento del banco para buscar posibles lugares que coincidan con un posible complejo militar, se encoge de hombros. No han tenido tiempo de hacerse con uno y ahora el tiempo les pisa los talones.
Examinan el mapa durante más de una hora, sentados en un banco de un parque, repartiéndose el trabajo entre los dos y acotando las posibles localizaciones a un par de zonas entre el mapa del teléfono y el de papel. Ochaco ha acabado escogiendo una: un enorme descampado a apenas doce kilómetros de la ciudad, suficientemente grande y alejado, con una carretera de acceso cerca y una zona que aparece pixelada en el mapa del teléfono. Por su parte, en el plano en papel, Izuku ha marcado un complejo de edificios que aparecen sin nombre, también gigante, a unos veinticinco kilómetros de la ciudad.
—Creo que son dos buenos lugares para empezar a buscar —concluye Izuku, tratando de doblar el plano por su cuenta, con una sola mano, y frustrándose cuando no lo consigue. Al final, sin mirar a Ochaco, ruborizado, lo aplasta de cualquier manera, lo suficiente para poder embutirlo en el bolsillo de sus pantalones. De reojo, ve que la chica sonríe, divertida, e Izuku también sonríe un poco, con la comisura de labio, antes de continuar con la siguiente parte del plan.
Se dirigen a los taxis estacionados a apenas un centenar de metros de distancia de ellos y, entre los dos, preguntan diferentes conductores acerca del lugar que ha marcado Ochaco con la excusa de saber el precio de ir hasta allí. Izuku cree que el hecho de que la zona esté pixelada es un buen indicativo, así que han decidido empezar por ahí. Sin embargo, los conductores se limitan a encogerse de hombros y hacer un cálculo aproximado de sus tarifas para llevarlos, porque no conocen el lugar de destino, ni saben qué hay ahí.
—Vamos a necesitar un golpe de suerte —dice Izuku, para sí mismo, mientras Ochaco aborda al siguiente, un hombre mayor con edad suficiente para estar jubilado.
Sumergido en sus pensamientos, tarda unos segundos en darse cuenta de que el hombre está negando con la cabeza al comprender que Ochaco habla de un complejo de edificios, mientras saca el navegador GPS de su vehículo para buscar el lugar por el que le han preguntado. Una oleada de desilusión lo invade: el bloque de edificios pixelados pertenece a un conjunto de fábricas de una importante empresa de la industria alimentaria.
Al menos, han descartado uno de los lugares sin tener que ir físicamente allí.
Izuku saca el mapa de papel, extendiéndolo torpemente, para indicarle cuál quieren que sea su segundo destino. Su intuición, que lleva desde el momento en el que se ha dado cuenta de que el hombre, en lugar de centrarse en las tarifas, ha intentado comprender qué están buscando, le grita que confíe. Que, quizá, este sea su golpe de suerte.
—En realidad, lo que buscamos es un complejo militar, por eso hemos creído que sería un buen lugar —confiesa. El taxista abre los ojos de par en par, asintiendo.
—Creo que sé qué sitio buscáis. O, al menos, sé de un lugar así. Si hay más como ese en cien kilómetros a la redonda de Osaka, no lo conozco. Pero sería extraño, ¿no?
—¿Lo conoce? —pregunta Izuku, anhelante.
—He llevado gente a un lugar como el que describes, al menos. Un sargento del ejército o algo así. Un mando medio que iba de visita, pero no tan importante como para tener coche oficial y escolta, creo. —Izuku no se puede creer la suerte que han tenido, pero lo celebra con una sonrisa esperanzada.
El hombre, bajito como él, pero mucho más barrigón, les da toda la información que sabe. No coincide con ninguno de los dos lugares que ellos habían señalado, pero en la fotografía aérea del GPS del taxista sale perfectamente señalado: un complejo con edificios en forma de barracones con amplios patios a medio centenar de kilómetros de la ciudad. No tiene nombre, ni aparece una carretera que los uniese con la autovía más cercana, pero el hombre les asegura vehementemente que existe, repitiendo que él ha ido allí y su descripción, en líneas generales, le recuerda a Izuku el complejo militar de Musutafu.
—Es aquí —dice Ochaco, mirándolo emocionada y muy segura de sí misma. Izuku también lo cree. Su pálpito ha crecido y le dice, le grita, más bien, que está en lo cierto, que ahí es donde está Katsuki, donde está la falsa Ochaco suplantada por Toga y también todos sus amigos.
—Mañana… Tenemos que ir a un funeral allí —tantea Izuku, mirando al taxista. El hombre asiente con una sonrisa cortés de reconocimiento: la noticia del funeral debe estar en boca de todo el país y, si suena raro que alguien que tiene que ir allí no sabe llegar por su cuenta, no lo comenta.
Un intercambio de miradas nerviosas entre Ochaco e Izuku después y una breve discusión sobre dónde van a dormir, el taxista se ofrece a llevarlos hasta un humilde albergue a las afueras de la ciudad, convenientemente situado respecto al complejo militar, y recogerlos a la mañana siguiente a primera hora, para llevarlos hasta el destino por un módico precio que, a pesar de que Izuku sabe que no es caro, sobrepasa con creces la cantidad que está habituado a gastar en transporte público.
Intercambia una última mirada de duda con Ochaco, que asiente con la misma confianza que siente él, y acepta, inspirando profundamente para deshacer el nudo de su pecho.
En la oscuridad de la enorme habitación del albergue, que tanto Ochaco como él comparten con otras ocho personas que duermen a pierna suelta, Izuku no pega ojo. Está en la cama inferior de una litera de madera cuya estructura cruje cada vez que él o el hombre que ocupa la parte superior se giran en busca de una postura más cómoda. Le habría gustado poder seguir charlando con su amiga, pero estar rodeado de personas desconocidas los ha sumido a ambos en un mutismo tácito, que sólo han roto para programar una alarma en el reloj de Uraraka que los despierte a tiempo y enviar un mensaje a Inko y a los señores Uraraka asegurándoles que están bien. Han cenado en silencio, sentados ambos en el borde de la litera de Izuku, compartiendo y terminando las pocas provisiones que ambos han traído.
Tumbado bocarriba, con la mano derecha detrás de la nuca, Izuku suspira. Calcula que no debe quedar mucho para el amanecer. Está agotado y nota los músculos del cuerpo agarrotados, sobre todo en la espalda y las piernas y, especialmente, en el brazo que falta y que no tiene músculo que pueda doler o agarrotarse, pero duda ser capaz de conciliar ya el sueño. Contando mentalmente los minutos para que sus pensamientos no divaguen hacia la posibilidad de que se hayan equivocado, de que no sea el complejo militar que busquen, presiona el muñón contra su pecho para calmar el dolor del miembro inexistente y trata de impedir, sin demasiado éxito, que su mente se recree en el posible reencuentro con Katsuki, Hatsume y sus amigos.
Ya está en pie, vestido y listo para salir, cuando la alarma de Ochaco suena, despertándola al instante. Su amiga, que si ha conseguido conciliar el sueño, no tarda en estar preparada para salir y ambos esperan en la puerta del albergue al taxista, que aparece puntual y de buen humor.
Durante el trayecto para salir del núcleo urbano de Osaka, el hombre habla animadamente, señalándoles diversos edificios mientras les explica qué son, pero Izuku responde con monosílabos distraídos. No es sólo la preocupación de qué ocurrirá cuando lleguen al complejo y tengan que entrar en él, eso es algo que ya resolverán cuando lleguen allí si no han cometido un error irreparable. Además, no recuerda una seguridad excepcional en el de Musutafu, a juzgar por los madrugadores entrenamientos consistentes en correr alrededor del complejo con Katsuki. Aunque, obviamente, eso puede haber cambiado a la luz de los acontecimientos posteriores.
Sin embargo, cuando cruza una murada con Ochaco, que también tiene una expresión meditabunda y seria en su rostro, contemplando el paisaje distraídamente, se esfuerza en sonreír con seguridad y la chica le corresponde, infundiéndole confianza.
El día ha amanecido nublado. Hace calor, pero es pegajoso, húmedo y bochornoso. El aire es pesado y la luz solar, aunque atraviesa la muralla de nubes oscuras, imprime a todo una claridad difusa y plomiza. Mientras observa el paisaje correr a través de la ventanilla, con el sonido de la charla incansable del taxista de fondo, Izuku piensa en Katsuki y en lo mucho que desea verlo de nuevo, pero la más que probable posibilidad de que este no corresponda a esa sensación le atenaza el pecho.
Por su cabeza cruzan distintos escenarios hipotéticos: uno donde Katsuki ve a Ochaco al lado de Izuku y comprende al instante qué es lo que ocurre; otro donde se da media vuelta bruscamente cuando lo ve llegar, ignorándolo; el peor, en el que le grita cosas desagradables, dolido por las mentiras de Izuku y la decepción por su falta de Don. También trata de imaginar aquellos más optimistas, y sus recuerdos más agradables se entremezclan con la fantasía: ambos entrenando, compartiendo la tienda tras el incendio, los dedos de Katsuki intentando sanar las quemaduras de las manos y el rostro de Izuku…
—Hemos llegado —anuncia el taxista poco menos de una hora después, que a Izuku se le ha escapado de entre los dedos como un copo de nieve temprano, señalando el muro de piedra que se levanta a menos de un kilómetro de distancia, ocultando los edificios, similares a los que Izuku conoció en Musutafu, de la vista general.
Parpadeando para alejar el ensimismamiento en el que se había sumergido, Izuku mira por la ventanilla. La carretera por la que van está asfaltada, pero el taxista abandona el camino principal y se desvía hacia la derecha por un camino de tierra que hace que el coche se bambolee. Izuku se endereza en su asiento, súbitamente alerta. Ochaco le devuelve una mirada, también inquieta, pero el taxista sigue hablando en tono tranquilo, ignorando el cambio de ambiente de la cabina del vehículo.
—Hace cosa de tres meses, tuve que traer a alguien aquí. Ya os dije, un sargento o algo así, lo cierto es que no controlo bien los rangos del ejército. Me hizo entrar por aquí en lugar del camino principal —dice el taxista, frenando el coche cuando el camino se acaba.
El complejo queda a la izquierda, apenas un par de centenares de metros. No parece haber vigilancia, ni tampoco una puerta, garita o algo similar. Inquieto por la actitud del taxista, que no los ha llevado hasta la puerta del complejo y ahora los observa desde el asiento delantero, a través del espejo retrovisor, con una expresión inquietantemente amable, Izuku se desabrocha discretamente el cinturón de seguridad y Ochaco lo imita de inmediato. La verdad es que no había pensado en cómo iban a conseguir entrar, pero había dado por hecho que llamar a la puerta, hablar con el guardia que estuviese de vigilancia en la garita y preguntar por Dynamight eran unos buenos pasos iniciales. Incluso si luego el héroe les hubiese impedido entrar, habrían podido poner en alerta a Katsuki.
—Es… algo que a veces hace mi Don. Predicción del futuro. —El taxista clava la mirada en Izuku a través del espejo, todavía sonriendo con tranquilidad. Izuku es incapaz de devolverle la sonrisa y ha empezado a respirar muy rápido. Su cabeza trabaja rápidamente, buscando posibles salidas al mismo tiempo que trata de encontrar lógica a las palabras y forma de actuar del hombre—. Es muy útil para mi trabajo. Gracias a él soy el mejor taxista de todo Osaka y eso me enorgullece. No es un Don exacto, no está lo suficiente entrenado como para hacer algo como hacía aquel héroe hace años, ¿cómo se llamaba?
—Sir Nighteye —susurra Izuku, más por la fuerza de la costumbre que por deseo de contestar, pues sabe perfectamente a quién se refiere. No en vano era uno de los colaboradores habituales del que había sido uno de sus héroes de la infancia.
—Es más un presentimiento, una intuición. Debería decir una certeza, que siento en mi interior. —Izuku, por un momento, piensa en cómo se ha fiado de su intuición para llegar hasta aquí: Sabe que no es lo mismo, que el hombre está describiendo un Don, algo que posee, más allá de su instinto natural, pero no puede evitar hacer la comparación.
—¿Por qué…? —dice Ochaco, formulando en voz alta el inicio de la pregunta que Izuku también querría hacer. A través del espejo retrovisor, el taxista sonríe afablemente y habla cuando la chica deja la interrogación en el aire.
—Hace tres meses supe que tenía que aceptar a ese sargento en mi coche. Los caminos del futuro son inescrutables y a veces no conducen a ninguna parte o terminan en callejones ciegos cuando una probabilidad se desvanece por la elección de alguien. Supongo que será parte de nuestro libre albedrío: alguien toma una decisión diferente, prefiere hacer una llamada de teléfono en un viaje, y la carrera de ese sargento hasta este complejo habría quedado en una simple anécdota. Al principio, cuando era adolescente, pensaba que me imaginaba la sensación, que en realidad nada de lo que yo hiciese cambiaba futuro alguno. Ahora sé que no me la imagino, pero que el futuro cambia y no es lineal —sigue el taxista—. Lo siento, no sé explicarlo mucho mejor, apenas acabé los estudios básicos antes de empezar a conducir el taxi de mi padre, así que me temo que mis conocimientos sobre los Dones y su uso es puramente práctico y personal.
»Funciona con certezas. La certeza de que debo decelerar para que todos los semáforos de la calle se pongan en verde y no tener que frenar hasta detenerme en ninguno. La de ir al aeropuerto en lugar de la estación de tren y que el cliente que recoja allí pague una generosa propina por llevarle. Girar a la izquierda en un cruce en lugar de seguir por el camino más corto para evitar un atasco. Aprendí a hacer caso a las certezas bien pronto, aunque paradójicamente nunca tengo la misma certeza de que guiarme por mi Don se haya traducido en una verdadera ventaja. Que las cosas no pudieran haber salido de mejor manera o igual, de todos modos. No obstante, nunca me he arrepentido de seguirlas. Conocí así a mi esposa. Tuve la certeza de que la chica de mirada soñadora que había estado contemplando los altos edificios de la ciudad por la ventanilla y que había perdido su bolso en mi maletero estaría en la parada de autobuses, desorientada y preocupada y pude encontrarla para devolvérselo. Y aquello llevó a un café para agradecérmelo, una conversación agradable y una cita. Y, un par de años después, a un todavía feliz matrimonio —concluye, con una sonrisa nostálgica.
—Lo siento, pero… —Izuku, ya abiertamente nervioso, intenta interrumpir. Las puertas están cerradas por dentro, porque el seguro ha saltado automáticamente en cuanto el vehículo ha adquirido un poco de velocidad al salir del centro urbano. Está razonablemente seguro de que bastará con tirar de la manija para que se abran, pero no puede estarlo completamente y eso lo inquieta.
—Ahora tengo la certeza de que debemos esperar aquí un poco más —dice el hombre. Ya no sonríe, pero lo mira a través del espejo retrovisor con expresión anhelante. Desea ser creído y eso hace que Izuku baje un poco la guardia. Es una mirada vulnerable y preocupada, no la de un villano peligroso que quiera retrasarlos o atraparlos. Izuku no puede sentir certezas como él, porque no tiene un Don, pero sí se fía de su intuición, así que asiente—. No sé por qué. La mayor parte de las veces no lo sé, y tampoco llego a averiguarlo. En esos casos, no sé si hacer caso a mis certezas ha llevado a algo concreto. Es… como si el futuro fuese un puzle en el cual yo aporto algunas piezas. A veces es suficiente para distinguir el dibujo que conforma, o parte de él, como cuando conocí a mi esposa. Otras, sólo es aparcar en una calle, en plena madrugada, y dejar que una clienta de mirada triste y una bolsa de tela por todo equipaje se suba al taxi sin pagar, alejándome de donde la certeza me dice que huyamos, sin volver a verla una vez se ha bajado en su destino. Sin saber cómo continúa su historia. O cómo empezaba, más allá de mis deducciones.
»Sí, he aprendido a escuchar las certezas, aunque no siempre sepa dónde conducen. Anoche tenía que haberme ido a casa mucho antes, pues con mi edad ya apenas hago turnos largos, pero tenía la certeza de que tenía que estar en la estación de autobuses, esperando. No sabía para qué, ni lo comprendí hasta que os acercasteis a mí con el mapa y preguntasteis por este sitio. Ya os he dicho que las certezas funcionan así, a veces una no tiene explicación, no llega a tenerla nunca. Pero otras veces… parece que no va a tenerla y de repente la tiene. Yo tenía que saber llegar hasta aquí para poder traeros. Por eso fue importante que recogiese a ese sargento y que ayer alargase mi turno. Es importante y no sé por qué. —El sonido de las puertas del coche desbloqueándose sobresalta a Izuku y Ochaco. El taxista vuelve a sonreír—. Sois apenas poco mayores que unos niños. Podríais ser mis nietos, si mis hijas hubiesen decidido tener familia a la misma edad que yo.
—Es… no sé si… —Izuku intercambia otra mirada con Ochaco, dubitativo porque, aunque ahora está convencido de que el hombre es un aliado y no alguien de quien desconfiar, no sabe si realmente deben explicar por qué están aquí.
—No importa. No necesito saberlo. Yo sólo tengo que colocar mi pieza en el futuro.
—Gra-gracias —musita Izuku, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Cuánto…?
—Nada. —El taxista niega, a pesar de que tanto Ochaco como Izuku están rebuscando ya el dinero que tenían preparado para entregarle—. Ayer os di una tarifa porque necesitaba fingir normalidad para que confiaseis en mí y que eligieseis mi taxi. Si os hubiese contado todo esto de entrada… —«No nos habríamos montado en el taxi», comprende Izuku, preguntándose si ese proceder forma parte de una prudencia aprendida con los años o de una de esas certezas de su Don de las que les ha hablado.
—¿Qué… qué va a ocurrir ahora? —pregunta Ochaco, ansiosa. Izuku asiente, comprendiendo que es una pregunta muy inteligente, pero el taxista se encoge de hombros.
—No lo sé —niega el hombre con la cabeza. Izuku resopla para contener una carcajada, porque él también habría querido preguntar, saber qué es lo que va a encontrar. Sin embargo, aunque el hombre no pueda decirles nada, ahora tiene una cosa segura: están en el sitio correcto. Al otro lado de ese muro, están Katsuki, Hatsume y el resto de sus amigos. Y Toga, fingiendo ser Ochaco en una trampa segura. La certeza del taxista es, ahora, su certeza también—. No funciona así. A veces ni siquiera sé por qué funciona. De pronto tengo que llevar a alguien a algún sitio y jamás me entero de si eso tuvo algún efecto. Tampoco sé nunca si las consecuencias son buenas o malas, aunque algunas de las certezas me han salvado de accidentes seguros. De hecho, gracias a ellas nunca he tenido ningún roce con otro coche, siquiera. El mejor taxista de Osaka —repite con una sonrisa—. No os parezca mal, es simplemente que no puedo decíroslo, no tengo esa información, sólo que tenía que esperaros y después traeros hasta aquí. Y ahora, que debéis esperar, porque hemos llegado pronto.
—¿Por qué iba a parecernos mal? —pregunta Ochaco, frunciendo el ceño.
—Porque utilizar el Don para arreglar el futuro de la gente, o provocar o evitar cosas que van a suceder se parece mucho a lo que hacía Sir NIghteye —comprende Izuku. El taxista asiente, mirándolo con simpatía—. No está permitido que la población civil use sus Dones para interferir en la labor de los héroes profesionales y para ejercerlo en otros oficios hace falta una licencia que un taxista que no quiere que su Don sea de dominio público o pueda ser utilizado para otros fines no desea, ¿verdad?
—Claro —dice Ochaco, asintiendo con la cabeza y parpadeando.
—Sois dos chicos muy inteligentes —aprueba el taxista—. Me gustaría seguir charlando con vosotros, porque es muy agradable encontrar personas tan comprensivas, pero ahora tengo el presentimiento de que tenéis que iros ya, directos hacia el muro, sin correr, pero sin parar. Es todo lo que puedo intuir. Hacedlo ya —les urge perentoriamente.
Sin perder el tiempo en despedirse más allá de un agradecimiento apresurado, Izuku y Ochaco, con un escalofrío, se apresuran a obedecer. Caminando todo lo deprisa que le permiten las piernas y moviendo el brazo derecho para equilibrarse mientras lo hace, Izuku abre la marcha seguido por Ochaco, que se mantiene a su altura. Izuku mira hacia atrás una vez, pero el taxista ya está maniobrando para marcharse, levantando una pequeña nube de polvo.
.
Hitoshi se rasca la nuca, inquieto, y cambia el peso de su cuerpo de un pie al otro, resistiendo la tentación de mirar hacia atrás.
A su lado, el profesor Aizawa lo mira de reojo, inexpresivo, pero no dice nada. Acostumbrado a llamarlo así en la breve época en la que este le dio clases en la U.A., Hitoshi es incapaz de pensar en él como Eraserhead, aunque todo el mundo en el complejo lo trate por su nombre de héroe profesional.
El calor es bochornoso y augura lluvia. Nervioso, pensando que ojalá la tormenta veraniega traiga algo de frescor y no sólo más humedad, Hitoshi busca las tiras de nanofibra que le rodean el cuello, estirándolas hacia afuera en un intento de inhalar aire fresco. No son suyas, por supuesto. Nadie ha tenido tiempo de fabricarle unas por el estilo, aunque ha deducido, escuchando las conversaciones de Aizawa con otros héroes que en el complejo sí hay personas con Dones que trabajan en talleres en lugar de entrenar. Además, duda de que se hayan tramitado los permisos necesarios para que pueda llevarlo siquiera, pero a nadie ha parecido importarle.
Todo este mes ha sido raro. Cuando ha salido del dormitorio, se ha dirigido al comedor con Kaminari y Sero. Planeaba sentarse a desayunar con Ojiro y su pequeño grupo de amigos, como ha hecho algunos días, pero al final ha decidido hacerlo en la misma mesa que sus dos compañeros, Uraraka y Hatsume, pensando que seguramente tendría que ir con ellos durante el funeral. Sin embargo, cuando Dynamight ha pasado por la mesa a decirles que tenían que irse ya al homenaje de los héroes caídos, le ha indicado que, en lugar de ir con su grupo, debía acompañar a Aizawa, y eso ha hecho. Ahora, discretamente, busca a su alrededor, tratando de distinguir el rubio y característico cabello de Kaminari, que le indicaría dónde están todos.
—No las manosees —le reprende Aizawa en voz baja, que pasea la vista por el patio que va llenándose de gente, de espaldas al estrado que han colocado para la gente que va a intervenir en el acto memorial.
La bufanda de nanofibras que lleva Hitoshi es, por supuesto, la del héroe. El profesor va vestido de civil, todo de negro. Sí lleva las gafas protectoras colgando del cuello y sus ojos parecen aún más cansados que cuando Hitoshi estudiaba en la U.A. Claro que también tiene muchas más arrugas alrededor de los ojos y los párpados inferiores, habitualmente ojerosos, con pequeñas bolsas. Sobre todo, parece triste y melancólico. Nunca fue demasiado hablador ni entusiasta, pero hay un brillo de desconsuelo en sus ojos que no recuerda de su época escolar. Hitoshi se pregunta por qué a diario, pero no se ha atrevido a hacerle la pregunta al profesor directamente, temiendo pecar de entrometido.
—Si la manipulas inconscientemente, puedes enredarla y que no puedas utilizarla cuando sea necesaria. Tienes que acostumbrarte a llevarla sin notar que está ahí.
—Lo siento —masculla Hitoshi, tratando disimuladamente de ajustarla de nuevo para que caiga igual de elegante que cuando la lleva el profesor. Siempre tiene la sensación de que a él le queda mucho más caída, menos firme, y no sabe por qué.
El profesor se la ha entregado antes de ir al patio donde se realiza el homenaje, ayudándole a ponérsela encima del uniforme que les proporcionan en el complejo. Cuando Hitoshi le ha preguntado por qué, le ha dado la misma razón que ahora: tiene que acostumbrarse a llevarla si quiere aprender a manejarla con verdadera soltura.
Ha estado entrenando con ella durante las últimas semanas. No sólo el uso de su Don, fortaleciéndolo, porque el profesor le ha explicado que los héroes como ellos, capaces de incapacitar parcial o totalmente a los villanos, han de complementarse con herramientas que les permitan capturar o lidiar con Dones físicos hasta poder utilizar el suyo en el momento oportuno.
Más difícil de lo que parecía inicialmente, Hitoshi se ha esforzado con denuedo. Ahora, mirando a su alrededor, se da cuenta de que todos los héroes profesionales que puede ver van con su equipación completa. Cerca de ellos, Dynamight se abre paso con sus dos granadas, seguido por algunos héroes más y un par de decenas de reclutas, entre los que se encuentran Kaminari y Sero. Son nuevas, distintas a las que suele usar. Lo sabe porque Kaminari, quien lo ha visto primero y está saludándole efusivamente con la mano, habla todo el tiempo, complementando los tercos silencios de Hitoshi, y le ha contado que las que tenía antes eran de color verde y no del metalizado gris humo actual, sin acabar.
Hitoshi asiente con la cabeza al saludo de Kaminari, serio y educado, sin corresponder a su efusividad, pero eso no amedranta al otro chico, que sonríe más ampliamente, mostrando su blanca dentadura, y da un codazo a Sero para que también mire en su dirección. Hitoshi se rinde y acaba saludando lánguidamente con la mano también cuando Sero, Hatsume y Uraraka se vuelven hacia él, saludándole con diferentes grados de entusiasmo.
Interrumpiendo el intercambio de saludos, alguien carraspea junto a un micrófono y dice algunas palabras de prueba, llamando la atención de todas las personas presentes en el patio.
—Buenos días a todos. Bienvenidos. —Hitoshi reconoce a la mujer, la ha visto hablando por la televisión en múltiples ocasiones, aunque no sabe su nombre. Un tímido aplauso de la gente, que parece seguir llegando a pesar de que el acto ha comenzado, acompaña la presentación de las personas que la acompañan.
Más relajado ahora que toda la atención está centrada en el estrado, Hitoshi observa su entorno de nuevo. Kaminari también está mirando a su alrededor con curiosidad y, cuando su mirada vuelve a cruzarse con la de Hitoshi, le guiña un ojo, sonriendo ampliamente. Va prolijamente peinado, con la marca negra en forma de rayo bien alineada, y unas gafas de sol claras que no ocultan sus ojos, más por estética que por la presencia de sol, que está oculto tras los nubarrones que amenazan lluvia. Es, de todos los reclutas, el único que no va vestido únicamente con el uniforme y lleva un accesorio. Hitoshi no puede evitar sonreír de medio lado al pensar que es algo que ambos tienen en común. En respuesta, la sonrisa de Kaminari se ensancha mucho más y sus mejillas se sonrojan.
—Me alegra ver que has hecho amigos rápido. —La voz aburrida del profesor llama la atención de Hitoshi, pero este no se siente cómodo hablando del tema.
Por un lado, Hitoshi no está del todo seguro de que sean sus amigos, aunque está claro que ellos, al menos Sero y Kaminari, sobre todo este último, si están dispuestos a ello y, de hecho, son bastante insistentes. Por otro, precisamente esa forma de flanquearlo, de confiar en él, de admirar su Don… Todas son cosas que Hitoshi no había experimentado jamás. Ni siquiera con Ojiro, que ha sido su compañero de piso durante algunos años, ha podido relajarse como en presencia de Kaminari, que contesta imprudentemente y sin dudar cualquier pregunta de Hitoshi y donde nadie le mira con desconfianza. Ni siquiera Hatsume, que es, de los cuatro, la más fría con él, algo que puede comprender. Incluso sin contar con que ya conocía a Ojiro de antes, la amabilidad inicial de sus compañeros se ha convertido en algo que, si no es amistad, se le parece bastante.
—¿Qué busca, profesor? —pregunta en cambio, intentando desviar el tema, al darse cuenta de que el héroe no está prestando atención a la mujer que está hablando, observando a la multitud con el ceño fruncido.
—Nada. Sólo estoy alerta. Gran parte del trabajo de un héroe es estar alerta —responde el profesor Aizawa en tono monocorde, todavía de espaldas al escenario—. Prevenir es mucho mejor que tener que atajar un problema.
Comprendiendo que es otra lección, como aprender a manejar la bufanda o fortalecer su Don, Hitoshi imita al profesor Aizawa y empieza a otear él también. No es especialmente alto, Eraserhead le saca unos pocos centímetros, así que no puede ver mucho. Dynamight y Shouto son aún más altos que el profesor Aizawa, porque destacan entre la multitud como dos banderolas.
Sigue llegando más y más gente. Cada vez la multitud es mayor y empieza a faltar sitio. Hitoshi se siente un poco agobiado, nunca le ha gustado demasiado estar rodeado de tantas personas y mucho menos que haya contacto físico.
—Los actos donde hay multitudes en un espacio pequeño son siempre bombas de relojería —dice Aizawa entonces, y su tono aburrido tiene un matiz disgustado—. Y se supone que hay villanos de la categoría más peligrosa perpetrando atentados terroristas. Por eso hay que estar alerta. Si tienes un montón de leña seca y una cerilla que arde a poca distancia, tienes que ser capaz de percibir la chispa antes de que se desate el incendio.
—Comprendo. Pero… ¿por qué hacen entonces esto ahora en lugar de esperar a solucionar la situación? ¿No se supone que estamos aquí para entrenar y aprender a controlar a esos villanos?
—Esa es una buena pregunta, Shinsou. Avísame cuando tengas una respuesta —dice el profesor Aizawa—. No dejes de escuchar —añade, al ver que Hitoshi lo está imitando, y este asiente, entendiendo qué quiere decir.
En el estrado, la mujer cede la palabra a, según la presentación que hace de él, el CEO de la empresa Detnerat, felicitándolo a él y a sí misma. Lo hace pasar como una buena noticia para todos los presentes, a pesar de ser un funeral. Sin dejar de observar, cuando el CEO, un hombre delgado y con una nariz prominente, distinguible incluso a la distancia a la que Hitoshi está del estrado, sonríe y lamenta el fallecimiento de Best Jeanist, Fat Gum y algunos otros héroes que han dado su vida por la nación, puede ver cómo los ojos del profesor Aizawa se oscurecen y los labios de Dynamight se retraen en una mueca desagradable, mostrando los dientes con ferocidad.
—Es misión de Detnerat evitar que cosas así vuelvan a ocurrir. Por eso seguiremos poniéndonos a disposición de la nación, trabajando para que nuestros productos sirvan para derrotar al mal que nunca descansa —está diciendo el hombre, más en tono de mitin político que de funeral.
Hitoshi aprieta los labios. Unas pocas gotas de lluvia empiezan a caer. Hitoshi mira al cielo, grisáceo, que parece lamentarse y llover, acorde con el acto y el estado de ánimo que parecen compartir Dynamight y Aizawa.
.
Ochaco y él llegan al muro, aparentemente infranqueable, pero hay unos asideros metálicos y oxidados clavados en el hormigón. Faltan un par, e Izuku se pregunta para qué servirían en el pasado, pero ninguno de los dos habla o especula. El primer asidero está alto, a la altura de la cabeza de Izuku. En silencio, Ochaco toca la espalda de este para llamar la atención y utiliza sus manos para crear una plataforma que Izuku pueda pisar y elevarse. La mira con dudas, pero accede. La sensación de ingravidez cuando apoya el pie y sale disparado hacia arriba, alcanzando casi la mitad del muro, lo hace jadear de asombro.
—Joder, se me había olvidado que podías hacer eso —admite en un susurro admirado.
Ochaco suelta una risita y también se aplica su Don a sí misma. Izuku le tiende una pierna, que la chica agarra por el tobillo y en apenas unos segundos, a pesar de la falta de brazo izquierdo de Izuku, ambos han conseguido llegar a la parte alta del muro. No hay nadie del otro lado. Ochaco anula, con cara de alivio, el efecto del Don sobre ambos, que se dejan colgar del muro por la punta de los dedos antes de soltarse y caer al suelo, rodando para amortiguar la caída. Izuku se golpea en el muñón del brazo, que le duele, pero aprieta los dientes para no quejarse y se sienta, intentando orientarse y averiguar dónde están, a la vez que Ochaco se incorpora y, poniéndose las manos en la tripa, vomita.
—Usarlo en objetos u otras personas se me da muy bien; en cambio, en mí misma me provoca unas náuseas terribles —dice Ochaco con voz débil cuando Izuku se levanta y le sujeta la frente mientras vomita, ayudándola después a incorporarse—. Es algo que no había entrenado nunca hasta que llegué aquí, pero tampoco me dio tiempo a desarrollarlo mejor.
—Algún día lo conseguirás —dice Izuku con una sonrisa optimista—. ¿Te encuentras mejor? —Ochaco asiente, sonriendo con los labios apretados, y sus ojos reflejan la misma determinación que los de Izuku—. Vamos, tenemos que llegar a donde sea que esté todo el mundo. Caminemos con normalidad, es la mejor forma de que nadie nos pregunte qué hacemos aquí —añade, tratando de imprimir seguridad a sus pasos, a pesar de que no sabe a dónde deben dirigirse.
No obstante, les resulta más fácil de lo que pensaban. Aunque se cruzan con otras personas cuando se sumergen en el complejo, nadie les detiene, ni les preguntan adónde se dirigen. Al contrario que en el complejo de Musutafu, donde todo el mundo iba en el uniforme que les proporcionaban, aquí se encuentran con personas vestidas con ropas de civil, como ellos. Gente que sólo ha venido al acto homenaje y no son héroes, que llevan sus trajes profesionales, ni reclutas, que van con los mismos uniformes que utilizaron ellos o militares como los que los evacuaron del complejo. Ochaco e Izuku se entremezclan entre las personas, que van todas en la misma dirección.
Cruzan un cordón militar y llegan al patio que vieron en el informativo de la televisión, con un montón de sillas plegables de plástico dispuestas en orden y una tarima de madera, la que transportaba la falsa Ochaco, presidiéndolo; sólo que ahora más repleto de gente. Nadie los detiene, a ninguno de los que están llegando, e Izuku puede ver desde donde están varias cámaras de la cadena de televisión púbica de Japón, listas para cubrir todo el evento, un par de periodistas preparándolo todo y una presentadora entrevistando a un héroe profesional que Izuku distingue incluso desde la distancia gracias a su característica forma.
—Ese de allí es Gang Orca —susurra a Ochaco, dándole la mano derecha para no perderse. Hay mucha gente, mucha más que en el complejo de Musutafu e Izuku se pregunta cómo, a sabiendas de lo ocurrido en la ciudad y su complejo, están organizando esto justo ahora, con los tres villanos que consiguieron hacer una brecha en el complejo libres.
—Lo sé, Deku —ríe Ochaco, nerviosa, mirando a su alrededor. Hay mucha más gente que sillas e Izuku comprende que, además de la gente que haya venido de fuera, en ese complejo debía de haber, igual que en el de Musutafu, héroes y civiles entrenando.
—Ha sido demasiado fácil. —Se vuelve hacia Ochaco, respirando agitadamente. La chica aprieta la mandíbula, preocupada—. Si nosotros hemos podido entrar tan fácilmente, para un villano que puede deshacer muros es pan comido.
—No veo a ninguno —dice Ochaco, oteando a su alrededor. Izuku no necesita preguntar, sabe que se refiere a sus amigos. Si van todos juntos, será más fácil encontrarlos, y podrán decirle dónde está Dynamight. Y, al ponerlos sobre aviso, confía en que puedan ayudarlos en caso de que sus peores temores se hagan realidad.
Está a punto de decir que, con tanta gente, tendrán suerte si es Hatsume la que los ve, pero el sonido de un micrófono acoplándose desde el escenario se lo impide. La gente empuja más hacia adelante y algunas personas, desde la distancia Izuku no distingue quiénes son, pero está seguro de que Katsuki no es ninguno de ellos, suben a la plataforma de madera y se distribuyen en los asientos que hay en ella. Una mujer se acerca al micrófono y comienza a hablar.
—Tenemos que encontrarlos ya —comprende Izuku, angustiado, con un escalofrío—. Lo que sea que vaya a hacer Himiko Toga, va a ocurrir ahora, estoy seguro.
—¿Nos dividimos? —pregunta Ochaco, que mira con el ceño fruncido al cielo, de donde están comenzando a caer algunas gotas de lluvia.
Antes de poder considerar la idea o responder, Izuku lo encuentra. Es lo suficientemente alto como para destacar entre la multitud, al contrario que Izuku, cuya menor estatura hace que el gentío se lo trague.
Katsuki va peinado, muy diferente al alborotado caos de mechones en pico que suele llevar habitualmente en el cabello, más cercano hoy al estilo de Best Jeanist que el suyo propio. «Un homenaje», comprende Izuku, sonriendo para sí mismo con una mezcla de empatía y comprensión. Si las circunstancias hubieran sido otras, Izuku habría soltado una carcajada, pero la oleada de empatía que le invade el estómago le impide hacerlo. En cambio, se concentra en no perderle de vista, algo no demasiado difícil porque Katsuki va con Shouto y los otros dos héroes que estaban en Musutafu. No entiende cómo no los ha visto antes, el cabello de dos colores de Shouto, la capucha de Suneater, la capa de Lemillion… elementos sumados a la altura de Katsuki y el propio Shouto que permiten localizarlos con facilidad.
—¡Están allí! —exclama Ochaco al ver a sus amigos, señalando un punto cercano a Katsuki—. Kaminari, al menos, he visto su pelo.
—¡Vamos! —Izuku tira de la mano de Ochaco, tratando de abrirse paso hacia ellos sin importarle las quejas de las personas que empuja para conseguirlo.
El acto ya ha comenzado, pero Izuku es incapaz de escuchar nada más que sonido de su corazón latiendo. Un empujón de alguien, justo en el brazo izquierdo, le obliga a apretar los dientes y cerrar los ojos medio segundo. Aunque la herida ya está cerrada, todavía no ha sanado completamente e Izuku no puede reprimir un gritito de dolor y abrazárselo con la mano derecha, masajeándose el muñón vendado. Angustiado por haber soltado a Ochaco, se gira, buscándola con la mirada. Su amiga está a un par de metros, peleando por abrirse paso. Es más bajita que él y menos corpulenta y el gentío cada vez se va apretando más. Le tiende la mano, temiendo que la separen de él, pero ella se agarra al borde de su camiseta.
—Así tendrás la mano libre —dice la chica, sonriendo. Izuku asiente, agradecido, volviendo a abrazarse a sí mismo para prevenir posibles golpes.
Varias gotas de agua le salpican en las mejillas y la nariz, como chispas. No mira hacia arriba, como hace el resto de la gente, y esquiva la mano de alguien que está comprobando si llueve. Ha perdido a Katsuki, pero no debe estar demasiado lejos ni le va a costar localizarlo ahora que sabe cómo va peinado y con quien está. Protegiéndose el brazo izquierdo con el derecho, sigue abriéndose camino hacia donde ha visto a Katsuki la última vez. Cuanto más cerca está, más le cuesta distinguirlos entre los demás asistentes, pero el pelo rojo y blanco de Shouto lo guía cada vez que lo entrevé entre la multitud de gente. Un aplauso cortés resuena en el patio. La gente no parece entusiasmada, pero hay tantas personas que el sonido es ensordecedor. Por fin, llega cerca del lugar donde está Katsuki, a menos de tres metros de él y todavía con varias personas interponiéndose entre medias sin prestarle atención.
—Katsuki —dice Izuku, pero todavía prevalecen los últimos ecos del aplauso, que ahogan sus palabras. Con un nudo en el estómago, porque no sabe si en realidad Katsuki sigue aprobando que lo llame así en público, insiste—. ¡Dynamight! ¡Aquí! —Contiene un suspiro de alivio cuando Shouto, que sí lo ha oído, se gira hacia él, lo ve y frunce el ceño. Izuku contiene el aliento, pero el héroe parece más sorprendido que enfadado y toca en el hombro a Katsuki, que se gira, escucha un segundo y, con una cara de enfado que hace que la inseguridad de Izuku crezca aún más, se gira hacia él y se abre paso con brusquedad hasta donde está, empujando a los demás sin inmutarse por las quejas que recibe—. ¡Dynamight!
—Nerd. —Izuku suspira, dejando salir el aliento con tanta fuerza que la mente le flota durante un segundo. No lo ha llamado Midoriya, sino nerd. Y, cuando Katsuki lo sujeta por el hombro derecho y clava la mirada en él, reconoce muchos sentimientos bailando en sus ojos rojos y turbulentos, pero ninguno es enfado.
Izuku traga saliva, mudo de repente ante el contacto de Katsuki. Además de su peinado distinto, es la primera vez que Izuku lo ve, así de cerca, con su traje oficial de héroe. Y, aunque las granadas le parecen toscas y poco trabajadas, inferiores a las que utiliza habitualmente, Izuku admite para sí mismo que impone muchísimo. La máscara, las granadas que obligan a la gente a abrirle paso, el traje ajustado… todo le hace parecer mucho más alto y ancho de lo que ya es y, debido a la corta distancia que los separa, Izuku se ve obligado a mirar hacia arriba, con la presión de los dedos de Katsuki en su hombro, un poco asustado.
—¿Qué haces aquí, nerd? Tu brazo… —Katsuki parece fijarse entonces en el muñón que sobresale de la manga izquierda, vendado, un poco sucio por el roce con el hormigón, la ropa y la gente, y su expresión se hace aún más dura: aprieta los labios y entrecierra los ojos con sospecha.
—Está… Estoy bien —tartamudea Izuku. Los ojos se le llenan de lágrimas al pensar en el horrible aspecto que debe tener con un solo brazo, pero eso no cambia la expresión de Katsuki que, se da cuenta, es la primera persona que no lo mira con lástima al ver el muñón. Su corazón bombea todavía más rápido, pero Katsuki hace una mueca, mostrando los dientes, e Izuku recuerda repentinamente el porqué de sus prisas—. Kats… Dynamight, hay… tenéis… —Las palabras se le enredan en la lengua. Mira por encima de su hombro, para mostrarle a Ochaco y que Katsuki entienda lo antes posible, pero descubre horrorizado que la chica no está detrás de él y ni siquiera es capaz de recordar en qué momento ha dejado de percibir su mano tirando del borde de su camiseta.
—¿Qué ocurre? ¡Habla, joder! —exclama Katsuki, exasperado, con impaciencia, zarandeándolo del hombro derecho, sin la consideración que todo el mundo, incluidas su madre y Ochaco, han mostrado con Izuku, casi como si fuese de frágil cristal. «Al menos», suspira Izuku, aliviado al reconocer la determinación profesional del héroe, «ha comprendido que hay un problema».
—Hay una villana. Aquí —susurra Izuku, con la voz ahogada, y se mordisquea el labio inferior, nervioso. Katsuki se inclina hacia él, más cerca, para oírlo mejor, lo cual, probablemente, sea un acierto. Una multitud de este tamaño entrando en pánico sería mucho más letal y peligroso que cualquier villano irrumpiendo en ella—. La Ochaco Uraraka que está con vosotros es Himiko Toga, la villana de la Liga que atrapamos en Musutafu, la real está… estaba aquí, conmigo, hace un momento. Ya sé que ahora mismo no querrás confiar en mí, pero tienes que creerme, Katsuki, la hemos visto en la televisión. Te juro que es verdad, por favor…
—Cállate —masculla Katsuki, cogiendo a Izuku del codo y tirando de él hacia donde está el resto de héroes que lo acompañan.
—¡Katsuki, es cierto! —El héroe hace una mueca, dejando sus dientes al descubierto, así que se corrige—. ¡Por favor, Dynamight, escúchame, tenemos que encontrar…!
—¡Que te calles! —Izuku guarda silencio, impresionado por el aire de autoridad que emana el héroe tras su máscara y bajo el traje de héroe profesional, y se le llenan los ojos de lágrimas.
Otro aplauso a su alrededor lo despierta del ensimismamiento en el que estaba. De pronto, deja de existir sólo Katsuki y vuelve a tomar conciencia de su entorno. Aprieta los labios con decisión. Si Katsuki no quiere creerlo, entonces tendrá que buscar a Ochaco por su cuenta, intentar convencer a otros héroes, quizá buscar a sus amigos, que estarán junto a la villana camuflada y son los que más peligro corren, ponerlos a salvo, tratar de poner a salvo a toda esa gente, pero Katsuki vuelve a llamar su atención en un susurro airado junto a su oído, adelantándose a cualquiera de sus planes.
—No grites o cundirá el pánico.
—¿Qué ocurre? —pregunta Lemillion cuando llegan a su altura, enarcando las cejas con curiosidad e interés al verlos. Tras él, Shouto y Suneater tienen una expresión sombría en el rostro.
—Tenemos problemas —masculla Katsuki en voz baja. Los héroes se reúnen en círculo para hablar en voz baja, incluyendo a Izuku en él. La información tarda unos segundos más en llegar a Izuku, que acaba comprendiendo que sí, que el héroe lo cree a pesar de no haber visto a Ochaco junto a él—. La chica sonrosada, la de mi grupo, no es ella. Es la vampira. Hish… El nerd dice que la ha visto.
—Ella también está aquí. —Katsuki mira a Izuku sin comprender—. Ochaco Uraraka. Ha venido conmigo. Estaba en el mismo hospital que yo y…
—Las historias después —lo interrumpe Katsuki. Izuku abre la boca, angustiado por su amiga—. Tu amiga va a estar bien —lo tranquiliza el héroe, atajando su temor.
—No podemos dar la voz de alarma ahora —dice Suneater, cuya expresión es más triste que sombría—. Esto se convertirá en un infierno si la gente sale corriendo.
—Se convertirá en un infierno igualmente cuando ataquen —susurra Shouto, mirando a su alrededor. Hace un gesto en dirección a alguien que Izuku no puede ver desde donde está.
—Shigaraki —murmura Togata, y su expresión, optimista a pesar de la seriedad, flaquea en una expresión asustada—. Si Shigaraki llega hasta aquí estamos perdidos.
—Un segundo… ¿esperabais un ataque? —pregunta Izuku, desconcertado, al ver que los cuatro reaccionan sin recelo alguno.
—No —niega el héroe Lemillion, sonriendo con pesar—. No tendría sentido haber consentido esto de ser así. Pero estábamos alerta.
—Sospechamos… —comienza Shouto.
—Lo sabemos, en realidad —interrumpe Katsuki, mirando con intensidad a Izuku. Intercambia una mirada silenciosa con Shouto, que se encoge de hombros, antes de rodear con fuerza los hombros de Izuku, que sigue un poco confundido por la reacción de Katsuki. En cualquiera de los escenarios que se ha planteado, no ha contemplado algo así de sencillo.
—Sabemos que hay algo que no está bien, que no encaja. Y también sabíamos que Himiko Toga había escapado. No es de dominio público y no sabíamos que estaba aquí, pero habría sido absurdo bajar la guardia —termina Shouto.
—¡Tenemos que hacer algo ya! —les urge Izuku, comprendiendo que tantas explicaciones, que no necesita, les están retrasando. Sobre ellos, la lluvia que ha empezado con apenas unas pocas gotas cae con más fuerza e intensidad, refrescando súbitamente el ambiente.
—Por supuesto. Togata, avisa a Hawks, a Creati o a quien estimes conveniente. Hay que proteger el palco de autoridades, medio gabinete de ministros, toda la Comisión de Héroes y un buen puñado consejeros están aquí, no podemos permitirnos que un atentado escale y se convierta en una brecha de seguridad nacional. —Lemillion asiente, sustituyendo su sonrisa afable por una expresión de valiente determinación, y se pone en movimiento, abriéndose paso entre la gente gracias a su Don—. Shouto y Amajiki, intentad atajar cualquier conato de ataque. Dividíos y patrullad desde un punto donde podáis controlar los accesos. Dudo que los villanos se materialicen aquí mismo, no les interesa si quieren sacar partido a sus Dones sin quedar atrapados en una estampida, que les convendría aprovechar en su favor —ordena Katsuki. Los dos héroes asienten—. Yo haré lo mismo, quien note algo raro primero, que avise por el intercomunicador. Si evitamos que ataquen, será mucho mejor para todo el mundo.
—Menos mal que he comido pollo esta mañana. Si es necesario, podré volar —dice entre dientes Suneater.
—No llames mucho la atención salvo que no quede más remedio —murmura Shouto, no obstante.
—¡Eraserhead! —exclama Katsuki, dirigiéndose a alguien más, a la espalda de Izuku.
Izuku ve al viejo profesor de la U.A. acercarse a ellos y deduce que es la persona a quien ha llamado la atención Shouto unos segundos antes. Detrás de él, con timidez, camina Hitoshi Shinsou, que abre los ojos de par en par al notar la presencia de Izuku. Viste el uniforme de recluta, una bufanda de fibras similares a las de Aizawa y lleva las manos en los bolsillos, pero no dice nada. Shouto pone al día al profesor con frases concisas y este asiente, desapareciendo entre la gente, todavía con Shinsou tras él.
—Está entrenando a Shinsou —informa Katsuki a Izuku, siguiendo su mirada—. También sospecha que hay algo raro y vamos a necesitar su Don cuando se produzca el ataque que dices.
—Gracias —susurra Izuku. Katsuki, igual que Shouto, ha utilizado la palabra «cuando», no «si»—. Por creerme.
—No digas estupideces —masculla Katsuki.
—Va a ser aquí y ahora, estoy seguro. Alguien con Dones como los que usaron en Musutafu podría…
—Acabar con todo de un golpe —asiente Katsuki, comprendiéndolo—. En marcha.
Los otros dos héroes se dispersan entre la multitud e Izuku se queda solo con Katsuki. El resto de cuerpos que los rodean, empujan y comprimen le resultan secundarios a Izuku, que sólo puede sentir la cercanía y el calor que exuda Katsuki, que sigue rodeándole los hombros con el brazo.
—Izuku, tú… —La naturalidad con la que Katsuki ha utilizado su nombre, esta vez ya sin tener que contener el Hisashi en la punta de la lengua, hace que el estómago de Izuku se retuerza, recordando el engaño y la mentira, y lo fácilmente que el héroe ha confiado en él ahora.
—No voy a irme a un lugar seguro —se adelanta Izuku con voz firme. Está llamando la atención de las personas que le rodean, pero no le importa. Ha llegado hasta allí y no va a esconderse ahora como un conejo mientras Ochaco y sus amigos están en peligro.
—No iba a decirte eso, joder. —El rostro de Katsuki vuelve a parecer airado y hace una mueca de fastidio. Izuku se muerde el labio inferior, sintiendo haber desconfiado de él—. Dices que has venido con Uraraka, ¿no? Pues vamos a buscarla a ella y a su clon. La vampira no debe de andar lejos de tus amigos y ellos han venido en nuestro grupo.
—De acuerdo —dice Izuku con determinación.
—No te separes de mí. No quiero que vuelva a ocurrir. —Izuku va a preguntar a qué se refiere exactamente, pero Katsuki ya se ha dado media vuelta—. Vamos.
Katsuki abre camino e Izuku se sujeta a la parte de atrás de su uniforme para no perderlo, pero este se gira lo suficiente para sujetar su mano y apretarla con fuerza para que Izuku no se suelte y lo guía a través de la multitud, que ha empezado a fijarse en ellos.
Nota final: ¿Lo reconocisteis? Por si acaso alguien necesita refrescar la memoria, PoV de Shinsou del capítulo 2, jajaja. Y, aunque Hitoshi no sabe bien quién es la mujer que habla, nosotros sí la conocemos, de los primeros PoV de Katsuki. El título, por supuesto, es una canción de Mulán, jajaja. Habrá un total de tres partes con ese título.
