Capítulo 14 Los yiga

Fue Bronder quién la encontró. Zelda despertó, mareada y confusa, envuelta en una manta y a lomos de Scarlet. El caballero la había arrojado como un saco sobre el lomo de la yegua. Cabalgaba por delante, subido en Tormenta, sin mirar atrás. Había anochecido. Zelda se incorporó, con cuidado de no caerse de su yegua. Estaba cubierta de sangre reseca, arena, y polvo. Escupió, y le pareció que al hacerlo se le llenó la boca de sangre.

– Ah… Qué bien me vendría un hechizo de curación – susurró. Echaba de menos la habilidad de Link para curarla con la canción de los zoras. Bronder se giró y la miró un momento, para luego volver a mirar al frente.

– Bienvenida de nuevo, pelirroja. No te quejes, que pudo ser peor – el caballero miró al frente, no sin antes devolverle la espada a Zelda, que había logrado sentarse en el lomo de Scarlet –. Lo único que no he encontrado es la capa gris.

– Bien, no… no tiene importancia – Zelda se limpió la sangre del labio. Luego tosió, y se llevó la mano al costado. Tenía laceraciones por todo el cuerpo, de haberse arrastrado por la arena.

– Ya, Ander me dijo que tienes una constitución fuerte, pero la verdad, ni una gerudo hubiera resistido semejante impacto. Estás hecha de acero, pelirroja – Bronder señaló al frente. Apenas se veía nada más que un lejano resplandor. Zelda estrechó los ojos, y al hacerlo, el dolor del costado regresó.

– La lucha contra aquello nos alejó unos cuantos kilómetros de la fuente. Urbosa se adelantó a buscar a Midla, y hemos quedado en vernos en el panteón.

– ¿Y tú has ido a buscarme? – Zelda tosió un poco más. Empezaba a sentir mucha sed, y un fuerte dolor en la cabeza.

– Qué remedio. No iba a dejar que te devorara una gramula. Ya te han vapuleado bastante por hoy.

Zelda trató de recuperar las riendas de Scarlet, enganchadas a la silla de Tormenta, pero el caballero le dijo que intentara descansar, que tenía una pinta atroz y que no estaba en condiciones de llevar riendas. Zelda trató de replicarle, y empezó a toser, tanto que al final aceptó la cantimplora del caballero.

Tardaron lo que pareció una eternidad. Zelda pensó que el caballero debería ir más aprisa, pero Bronder se tomó su tiempo. Llegaron más allá de la medianoche al pequeño campamento que Urbosa había montado en la entrada del panteón. La gerudo y Midla estaban sentadas frente a una hoguera, las dos sucias, pero bastante bien. Midla no tenía más que arena, Urbosa solo unos raspones en los brazos, codos y una herida que le cruzaba la mejilla derecha, tapada ya con un emplaste verde. En cuanto la gerudo vio que Bronder traía a Zelda, se acercó corriendo. Era más alta y más fuerte que la niña, no le costó nada cogerla desde las axilas, alzarla en el aire y dejarla en el suelo. Midla se acercó corriendo, con los ojos abiertos de par en par, impresionada.

– Creíamos que habías muerto, te vi caer con el khorhoi y…

– Hace falta algo más que un gusano gigante volador para acabar conmigo – dijo Zelda, con una sonrisa. Caminó como pudo hasta la hoguera. El costado le seguía doliendo. ¿Se habría roto una costilla? – ¿Crees que las diosas me dejarán bañarme en la fuente de Nayen? Me vendría bien quitarme toda esta sangre.

– ¿Estaba el punto débil en su frente? – Midla se sentó a su lado, mientras Urbosa, tras volver a intercambiar una mirada con Bronder, se acercaba. La gerudo tenía una bolsa con algunos ungüentos. Zelda quiso decirle que ella se podía curar sola, que estaba bien, pero la matriarca dijo que se quedara quieta, mientras le aplicaba una crema espesa en las heridas del brazo y los hombros.

– Sí, tal y como dijiste. ¿Rezaste a las diosas por ayuda? Como hiciste en el cañón Ikana.

– Pedí que os ayudara a los tres, pero solo logré levantarte a ti. Estabas más cerca, supongo – Midla sonrió. Le contó a Zelda que no recordaba mucho más después de que el poder de las diosas desapareciera.

– No es tan sencillo, ¿verdad, Zelda? – Urbosa dijo esto en gerudo. Zelda no le respondió. Esquivó la mirada de la matriarca, y luego, observó que Bronder se había dado la vuelta y se alejaba del campamento.

Aunque el cuerpo le dolía terriblemente, Zelda no se fue a dormir. Estaban justo en una zona del desierto que, mil años antes, había tenido suelo. La princesa estiró la manta, cerca del fuego y se durmió enseguida, bien tapada. Urbosa dijo que Bronder estaba vigilando el perímetro, y que volvería cuando estuviera seguro de que no había enemigos cerca. Zelda asintió, agradecida por el agua y la comida, un trozo de carne seca, que pudo masticar. Al menos, no se había roto un diente.

– El desierto es duro contigo, muchacha, pero ha sido un privilegio ser testigo del poder del héroe en ti – dijo Urbosa, tras dar por terminada la cura en la espalda de Zelda. La chica se lo agradeció. El remedio que le había aplicado le daba frío, y al mismo tiempo alivio –. Veo en tu aura el valor, y también otras emociones… La princesa y tú tenéis en común algo, ese poder de las diosas…

– Ella porta el triforce de la sabiduría – aventuró Zelda –. De dónde vengo, el portador de la sabiduría puede hacer magia con la flauta, como ella ha hecho en la duna. Si yo supiera de música, podría enseñarle alguno de los hechizos que hace él…

– No, Midla no lleva ninguna pieza del triforce. En este tiempo, según la Saga del Fuego, es pronto para que surja ese poder – Urbosa se llevó la mano a la barbilla, reflexionando –. Zelda, pregúntate porqué te han enviado a esta época, solo unas décadas antes de la derrota del Señor Oscuro. Tú fuiste una pieza clave entonces… ¿Por qué no te enviaron antes? Ha habido y habrá grandes desastres en Hyrule…

– Por lo que he entendido, el Señor Oscuro está tratando de venir en esta época. Imya, la sacerdotisa de la fuente de Faren nos dijo que rezando en las tres fuentes, impediríamos que el durmiente despertase, y con él se abriera la puerta del mundo Oscuro. Ya solo nos queda una fuente, que está en el bosque de los Kokiris, en las Praderas sagradas. Será menos peligroso que esto, sin duda…

– Um… – Urbosa volvió a mirar a Zelda –. ¿Hay algo que te preocupa? No lo ves tan sencillo, por mucho que digas…

– Grahim. El señor de los demonios me dijo que estaría aquí. Y no ha sido así – Zelda bebió un poco de agua –. Quizá nos tienda una emboscada cuando Midla vaya a rezar. En ese caso, debemos estar preparados. A ver si vuelve Bronder, que no es momento para estar separado del grupo…

Algo hizo que Urbosa bajara la vista, para evitar mirar a Zelda. Luego, la matriarca se sentó de forma más formal, como Zelda había visto hacer a Zenara. El recuerdo de la líder de las gerudos de su época se hizo más presente, y también el de la sabia del Espíritu, cuando Urbosa dijo:

– Estás equivocada con Osiel. Él no es un problema, ni un enemigo. Es un gran aliado.

– Ya lo sé. Aunque Sir Oso es gritón, mandón y se opone a todo lo que yo le propongo, al final cumple. Aun así, sigue desconfiando de mí, y sospecho que en algún momento va a tratar de detenerme – Zelda se masajeó el costado. Urbosa le había hecho un prieto vendaje, visible por debajo del chaleco de las gerudos –. Ves esto en mi aura ¿verdad?

Esto ya lo dijo en común. Urbosa sonrió y asintió:

– Sir Oso, como le llamas tú, es un hombre de honor, y, aunque no te lo creas, ha sufrido mucho. En un pasado, no tan lejano, participó en la ceremonia de la herencia.

Zelda negó con la cabeza, agitando el cabello con las trenzas deshechas. Una nube de arena la rodeó.

– No quiero escucharlo, por favor… No quiero saber esto.

– Pero tienes que saberlo. Bronder tuvo una hija con una mujer gerudo. Al contrario que muchos shioks, que en cuanto descubren que tienen una hija gerudo huyen de la ciudadela, el primer caballero de Hyrule acudía a visitarnos a menudo. En el oasis de los shioks, me pidió ver a la niña, sin decirle nunca que era su padre. La pequeña resultó ser una gran gerudo, a pesar de su corta edad. Inteligente, muy valiente, y fuerte. Lo mejor de su madre y de su padre, hubiera sido una gran guardiana. Sin embargo… – Urbosa se detuvo –. Una epidemia llegó a la ciudadela, muchas de nosotras enfermamos y otras murieron. Entre ellas, la pequeña hija de Bronder – Urbosa miró a Zelda.

– Lo siento por él, pero eso no le excusa para tratarme con tanta desconfianza – Zelda se cruzó de brazos.

Urbosa miró al cielo y luego, con algo de desesperación en la voz, dijo:

– Ve a dormir, pelirroja. Descansa, que mañana será un día duro.

La fuente de Nayen tenía unas diferencias considerables a la fuente de Faren. Para empezar, apenas tenía agua. Solo un regato, que corría alrededor de la estatua de la diosa. La misma estatua tenía algunas diferencias: era grande, tanto como el coloso donde Zelda luchó contras las brujas Koume y Kotake. Además, a sus pies, había una especie de pedestal que contuvo algo, de forma circular. Zelda lo miró varias veces, pensando que se parecía a esos soportes donde la gente dejaba sus platos decorativos, pero veinte veces más grande. Midla rezaba, de rodillas frente a la efigie, con la flauta entre los dedos. Urbosa, Bronder y Zelda la miraban a lo lejos. Cada cierto tiempo, uno de los tres caminaba entre las columnas, vigilando que no hubiera nadie. Zelda echaba de menos a Lion, que era una compañía más alegre que la matriarca y Sir Bronder, además de que le daba algo qué hacer. Y, también, aunque le costaba reconocerlo, echaba de menos a Urbión Dellas.

Se preguntó como estarían los tres hombres del grupo atrapados en el agujero, y le desesperaba que tardaran mucho tiempo. La luna carmesí estaría ya a punto de salir. Por eso, el día en que Midla se puso a rezar, Zelda le recordó a Urbosa el trato:

– Cuando regresemos, debes liberarlos a todos. Sin excepción.

– Si lo hacemos antes de la víspera de la luna carmesí, entonces sí, pero no puedo asegurarte que lo logremos – respondió Urbosa.

– ¿Por qué tienes tanto interés en sacarles de la ceremonia, pelirroja? – le preguntó Bronder, en gerudo.

– Es peligrosa para ellos, tú lo sabes bien – fue la respuesta de Zelda. Esperaba que, al hacer referencia al pasado, el caballero se sintiera mal, pero solo consiguió que el hombre frunciera el ceño un poco y luego se encogiera de hombros.

– Estoy seguro de que no se opondrán tanto a la idea como tú.

– Cuando regresemos, debo daros a Midla y a ti una fiesta de agradecimiento. Es lo mínimo, las dos habéis salvado este panteón y al pueblo gerudo – Urbosa observó a la princesa. Se la veía muy frágil, con su vestido blanco, arrodillada ante la gran estatua.

Otra gran diferencia ocurrió el segundo día de rezos. De repente, Midla alzó la mirada y dijo:

– Necesito a Zelda. Ven, por favor.

La muchacha obedeció. Gracias a los remedios de Urbosa, ya no le dolían las heridas, pero seguían visibles en los brazos y vientre. Caminó hasta la estatua y, con las manos en la cintura, preguntó a Midla en qué podía ayudarla. La princesa dijo entonces:

– ¿Recuerdas qué pasó en la fuente de Faren? Tú entraste conmigo en el agua, y sangraste por la herida de los yiga. Deberíamos probarlo…

– ¿Sangrar? ¿Otra vez? – Zelda se asomó al pequeño regato, muy poco profundo –. ¿Crees que eso funcionará?

– Yo rezo, y he usado la canción de la otra vez, pero lo único diferente es esto. Vamos, debemos probar. Yo también…

– No, no… Tú no estabas herida – Zelda seleccionó una de sus heridas, la que tenía menos curada. Le quitó la costra verde que Urbosa le había puesto, y sopló. La herida estaba abierta aún, y bastó con rascarla un poco para que soltara una gota de sangre.

– No me preguntas nada, te parece… normal – comentó Midla.

– Me da en la nariz que esto lo has hablado ya con Ander, ¿cierto? El mago te habrá dicho que había que probarlo en la nueva fuente.

– Lo cierto es que no solo Lion nos habría sido de utilidad contra khorhoi, también Ander. Él sabe mucho sobre las fuentes de poder, y además quería probar si ese báculo que llevas hace algo en la fuente.

Zelda lo tenía en la mochila en la espalda. Tras soltar la gota de sangre en el agua, lo sacó, de un tirón. Estaba igual, frío al tacto y con la gema azul oscuro. Se lo tendió a Midla, para ver si ella notaba algo, y entonces, las dos vieron al mismo tiempo que tras la estatua, había una figura vestida de blanco. Midla se levantó y exclamó de sorpresa, y estuvo a punto de llamar a la sacerdotisa, cuando Zelda desenvainó y sacó su espada. Se colocó entre la princesa y el visitante, al mismo tiempo que escuchaba los pasos de Bronder. Un rayo cayó justo frente a la persona que las observaba, pero no le hizo efecto, solo le hizo sonreír.

Grahim, el rey de los demonios, estaba allí. Sonreía, y observaba a las dos muchachas con el ojo descubierto.

– Ya te dije, Zelda Esparaván, que nos veríamos pronto.

– ¿Vienes a que te demos una paliza? Estoy lista – Zelda dio un paso, pero entonces se dio cuenta que tenía el báculo en la mano izquierda. Se lo dio a Midla y le dijo que se quedara ahí, agachada. La princesa tomó el báculo y asintió.

Bronder atacó el primero. No le dio oportunidad a Zelda para acercarse, en lugar de eso también gritó a Zelda que se quedara junto a Midla. Fue entonces que Zelda comprendió que no estaban solos: había más gente en el panteón. Tres yigas, dos de ellos atacaban a Urbosa. La matriarca se defendía con el sable curvado, repeliendo los ataques. Había un tercer yiga apuntaba con su arco en dirección a Midla. Lamentando no tener el escudo que le dio Lady Allesia, Zelda solo pudo interponerse y desviar la flecha, que se clavó en el suelo. El yiga del arco ya corría en su dirección, con un puñal listo. "Bien, aquí te espero", se dijo Zelda. Acabaría con este incordio e iría a por Grahim. Con suerte, podría librarse del señor de los demonios y ya no habría más problemas en la tercera fuente.

El yiga frenó el ataque. Con la máscara que llevaba, costaba ver qué miraba exactamente, y tampoco su expresión, pero a Zelda le pareció que vacilaba, como si hubiera visto algo extraño que le hizo dudar. Aprovechó la ocasión. Corrió ella a su vez, saltó y dio un fuerte golpe con la espada. El yiga solo tuvo reflejos para detenerla, y luego retrocedió un poco, antes de volver a intentar atacar. Zelda se giró, le dio una patada en el vientre y luego le golpeó con la parte plana de la espada. Dio de lleno en la máscara, y esta se quebró, cayendo en el suelo. Fue entonces que Zelda dio un respingo y se apartó.

Tenía un rostro imberbe, moreno, de ojos azules. Un mechón negro se escapaba de la capucha, un mechón negro con un ligero tono azul. Aquel rostro de labios gruesos y mejillas coloradas era el de una chica, de su edad, o quizá menos. Pero lo peor, es que le resultó familiar, tanto que Zelda volvió a vacilar y retroceder. Midla dio un grito cuando la yiga avanzó, con un nuevo puñal hacia ella.

Ahora que ya no tenía la máscara, Zelda comprendió que la yiga quería dos cosas: acabar con Midla, y también llevarse el báculo. Le brillaban los ojos de la codicia. Zelda volvió a interponerse, y trató de no pensar a quién le recordaba. Empujó, desvió, con la misma presteza que había mostrado en la fuente. El traje gerudo era más ligero que su túnica, y no tenía la cota de mallas, por lo que cualquier roce de la daga podría volver a dejarla fuera de combate, y no se lo podía permitir. Si pasaba, aunque fuera un día con fiebre, no llegaría a tiempo para frenar la ceremonia de la herencia.

"Por no hablar de que no puedes dejar que maten a la tía de Link: sin ella no podrás regresar a tu tiempo", se reconvino.

No podía permitirse ni un fallo. Zelda metió la mano en la mochila y sacó un frasco de semillas de luz. Saltó, gritó a Midla que se tapara los ojos, y entonces lo estrelló contra el suelo, con toda la fuerza que tenía en el brazo derecho. La yiga fue sacudida por un fuerte resplandor, se tambaleó y cayó hacia atrás cuando Zelda se echó sobre ella. Le arrebató el puñal, y se sentó sobre su estómago. La inmovilizó poniendo el filo de la espada en el cuello. Lo hizo con tanto ímpetu que sin querer, le cortó un poco. La sangre de la yiga empezó a correr por el filo.

– ¡Urbosa! Ve a ayudar a Bronder contra Grahim, rápido – pidió, cuando comprendió que la gerudo ya se había librado de los otros dos yiga.

"Y ahora, ¿qué?" se dijo Zelda. La yiga se retorció bajo ella, sin importarle que el filo le estuviera dejando cortes en el cuello.

– ¡Quieta! ¿Por qué los yiga aparecéis solo en las fuentes? ¿Por qué quieres hacerle daño a Midla, no veis que estamos tratando de salvar al mundo del durmiente?

La yiga se quedó quieta. La verdad, ahora que se daba cuenta, era una afirmación idiota. Ander le había explicado que los yiga trabajaban con el señor Oscuro, y que ellos perseguirían lo mismo: que el durmiente despertara. Sin embargo, aquel rostro le pareció el de alguien que no se haría aliado de Ganondorf. De hecho, justo en el momento en que la chica yiga dejó de retorcerse, algo en su cara le hizo pensar en exactamente una persona.

– ¿Kafei? – susurró Zelda.

– ¡No! ¡Vas a condenarnos a todos! – y la chica lanzó un montón de arena al rostro de Zelda. Por eso, no vio el puñal le clavó en el cuello.

Fue como si un rayo de Urbosa la hubiera dejado ciega. Solo sintió el dolor en el cuello, y después su cuerpo se convulsionó. "Así que esto es morir, menuda forma más idiota de terminar, Zelda… La heroína de Hyrule, y te mata una versión en chica del sabio de la sombra".

Escuchó un sonido, y una vibración. Pestañeó, y estaba de nuevo sentada a horcajadas sobre la joven yiga, que se retorcía. Pestañeó confundida, y entonces, antes de que la yiga volviera a gritar que los iba a condenar a todos, Zelda le golpeó con el puño. Cayó inconsciente, sin llegar a alzar la mano y volver a apuñalarla en el cuello. Zelda se lo tocó, buscando la herida, pero no había nada.

Detrás de ella, Midla tenía el báculo. La gema azul brillaba, y el color era más intenso que antes, más parecido a cuando lo encontró clavado en el árbol.

– Tenía razón Ander – dijo la princesa. Le sangraba la nariz. En ese momento, tanto ella como Zelda cayeron a plomo, mientras Urbosa llegaba a su lado.

Las dos chicas estaban en la fuente de Nayen, pero en una distinta. Tenía más agua, que les llegaba a la cintura, y el techo lejano estaba decorado con una celosía de madera, muy intrincada. Unos pájaros de colores vivos pasaron por encima, batiendo sus alas, pero ni Midla ni Zelda los escucharon.

– Ha vuelto a funcionar – dijo la princesa.

– Pues que se dé prisa, no podemos estar en trance ahora, debemos regresar – Zelda miró alrededor. La chica yiga ya no estaba allí. Lo que sí estaba era el báculo del tiempo.

La sacerdotisa apareció, justo a los pies de la estatua. Era la misma Imya, que sonrió al verlas a las dos, como si se encontrara con unas viejas amigas. Avanzó, y dijo:

– Os felicito. Habéis llegado a la segunda fuente. Solo os queda la de Mugen. Está en un lugar conocido como las Praderas Sagradas. Zelda, tú sabes llegar.

– Imya… – Zelda observó que Midla había vuelto a caer de rodillas, y agachar la cabeza. Estaba en trance, dentro del mismo trance –. La yiga que acabo de ver…

– No te incumbe. Recuerda que te dije: no puedes intervenir en el tiempo, sino, te verás arrojada fuera de él.

– ¿Me puedes decir algo de Grahim? ¿Cómo puedo detenerlo?

Imya sonrió.

– Eres la heroína de Hyrule, podrás con él llegado el momento. El báculo del tiempo es una herramienta muy útil: la princesa está despertando su poder y por eso puede usarlo. Evita que Grahim se haga con él, y tendréis asegurada la victoria.

Imya adelantó las manos. Le toco la frente, y Zelda entonces parpadeó. Se encontró de pie, frente a la gran estatua. Ni rastro de la yiga. Urbosa sostenía en brazos a Midla, y Bronder se acercó a ellas, renqueando de la pierna.

– El muy maldito, se ha marchado, como los yigas.

– Debemos regresar a la ciudadela, este lugar no es seguro. Volveremos con más gerudos y podréis terminar el rito.

– No es necesario, Urbosa – Zelda miró alrededor. En el suelo, estaba la tierra revuelta, justo en el lugar donde había tenido a la yiga atrapada. Al menos, sostenía la espada. Zelda la envainó, y recogió del suelo el báculo del tiempo. La gema volvía a estar apagada –. Hemos completado el ritual, regresemos cuanto antes. Bronder, ¿estás bien?

– Sí, pelirroja. Gracias por tu preocupación – Sir Bronder caminó hasta Tormenta. Se subió al caballo, y le pidió a Urbosa que llevara ella a Midla. La gerudo asintió, y Zelda, tras recoger sus pocas pertenencias, se subió a lomos de Scarlet.

El viaje fue veloz. Urbosa no frenó hasta llegar a un oasis, anunció que estaban a solo un día de la fortaleza, y que podrían descansar allí. Bronder sorprendió a Zelda, porque de repente el caballero tenía mucha prisa por llegar a la ciudadela. Tras comer y beber un poco, con Midla aún inconsciente, propuso seguir cabalgando, aprovechando la noche. Urbosa y Zelda estuvieron de acuerdo, aunque al final la propia pelirroja dio una cabezada subida en Scarlet. Al amanecer, vieron los muros de la ciudadela. Urbosa pidió a Zelda que volviera a usar el velo, y ayudó a Midla, que se despertó poco antes, a ponerse en suyo.

Fue antes justo de llegar a la ciudadela. De repente, Bronder hizo un gesto extraño, como de querer frenar por fin a Tormenta, pero se quedó a medio camino. Zelda escuchó a Urbosa como le llamaba, y se giró. El primer caballero de Hyrule había caído de su caballo, y este siguió trotando hasta la ciudadela. Las guardias aparecieron corriendo, y entre ellas y Urbosa ayudaron a Bronder a levantarse. Zelda comprendió entonces: estaba herido. Grahim había logrado atravesar la coraza y la cota de mallas, y la herida, que había logrado contener apretando bien una venda cuando no miraban, ahora estaba abierta.