Capítulo 15 La ceremonia de la herencia

Según la sacerdotisa gerudo, la que ejercía de doctora en la cultura gerudo, Bronder estaba vivo de milagro. Las gerudos tenían remedios muy eficaces, mágicos, hechos con plantas del desierto. Bronder fue atendido en la misma recámara de la matriarca, propuesto por ella, puesto que se había herido luchando contra el rey de los demonios.

Las gerudos llevaron a Zelda y a Midla a la torre del homenaje. En el caso de Zelda, tuvo que ser a rastras, tras quitarle de nuevo su arma y su mochila. No tuvieron ningún miramiento, y solo porque Midla le pidió que no luchara más, que quería ver a su hermano y sacar a los demás de la prisión, que Zelda accedió. Aunque no eran consideradas enemigas, seguían siendo prisioneras. Así lo dijo Urbosa, cuando fue a visitarlas para anunciarles que Bronder estaba mejor.

– Pero, no comprendo – Midla se había dado un baño, y volvía a vestir las ropas de invitada de las gerudos. Lion estaba al lado, con la mano en el hombro de su hermana. El chico las había recibido, y había escuchado toda la impresionante historia. Zelda aún estaba sucia y herida, no había querido ni sentarse desde que habían llegado a la ciudadela.

– ¿Qué no comprendes, Midla? Nos han traicionado… – Zelda señaló a Urbosa –. ¡El trato era ayudaros a condición de dejarnos rezar en la fuente y regresar todos!

– También te dije que, si lográbamos llegar antes de la llegada de la luna carmesí, os dejaría ir a todos, pero ya es tarde – dijo Urbosa –. Los hombres están listos para el ritual, no puedo frenar una tradición tan importante, aunque sea la matriarca.

– ¿De qué hablan? – preguntó Midla. Fue su hermano quién respondió por la matriarca y por Zelda.

– De la ceremonia de la herencia, la que tiene lugar bajo la luna carmesí. Las he escuchado hablar de ella, pero no he entendido nada más… Parece que solo participarán los hombres, Raponas, Urbión y Ander.

– Así es, infante – admitió Urbosa.

– ¿Y en qué consiste, van a… matarlos? – preguntó Midla.

Aquí, tanto Urbosa como Zelda se rieron, pero en el caso de Zelda fue una risa algo dolorida.

– No, no les pasará nada. Es solo una ceremonia – aseguró la matriarca.

– ¿Nos dejaréis ir cuando termine? – preguntó Zelda.

– Sí, te doy mi palabra. Todos juntos, tan pronto como Osiel esté en condiciones – Urbosa sonrió un poco –. De hecho, tanto Midla como tú sois bienvenidas en acudir a la ceremonia. Tenéis la edad para participar.

– ¿Y yo no? – preguntó Lion.

– Sois muy joven, infante. En unos años, sin embargo, será un honor tener a un infante de Hyrule.

– Eso no va a ocurrir, y si ocurre, será sobre mi cadáver – Zelda miró a Urbosa –. De acuerdo, iremos a la ceremonia.

– Sin armas, obviamente, y sería buena idea que te lavaras un poco – Urbosa volvió a sonreír, pero de forma triste.

Apenas unas horas después, Zelda y Midla estaban preparadas. Las dos muchachas recibieron la visita de unas gerudos. Insistieron en ayudarlas: trajeron con ellas ropajes más lujosos, unos bombachos blancos con bordados dorados, con una blusa corta azul en el caso de Midla, un chaleco dorado ajustado en el de Zelda, zapatos puntiagudos, velos largos, con intrincados bordados, y joyas. Zelda llevaba pulseras, Midla una corona y pendientes. Una de las señoras usó un palito con un tinte negro en la punta para pintarles unas líneas al borde de las pestañas. Luego usó polvos de colores en los párpados y labios. Para sorpresa de la princesa, Zelda no se opuso ni protestó. Se dejó hacer un complicado moño trenzado, pintar los ojos, y hasta echarse perfume. De hecho, la misma Zelda decía que se dieran prisa, que quería ir cuánto antes, provocando en las gerudos risitas y bromas en su idioma que solo Zelda entendió. Al finalizar, Midla se contempló en el espejo, asombrada y pensando si no debía llevarse ese palito con tinte negro y aprender ella misma a hacerlo, cuando pilló a Zelda sonriendo de forma maliciosa. En el espejo, la chica había dejado de ser una guerrero, pero tampoco tenía el aspecto que tuvo en Hatelia. Estaba a medio camino entre una bruja y una dama. Desde luego, las ropas gerudo le sentaban mejor. Midla también se veía diferente, las dos mayores de lo que realmente eran.

– Aún no me has explicado en qué consiste todo esto…

– Y no hace falta – Zelda se arregló el velo –. Vamos a participar, pero tenemos una misión. Debemos localizar a Raponas, Ander y Urbión, y llevarlos a la torre del homenaje. Aquí estarán a salvo, y mañana nos iremos. Así, además, hablaremos con el mago sobre lo del báculo y por qué funcionó.

Zelda le había contado a Midla, cuando le relató su encuentro con la yiga, que de algún modo le había hecho volver atrás en el tiempo. Midla solo se acordaba de haber tenido el báculo y usarlo, pero poco más.

El infante volvía a estar de morros, porque no quería estar más encerrado. Había practicado con la espada, con el arco, había tomado apuntes de cada guardia de las gerudos, observado sus costumbres. Había leído todo lo posible de la biblioteca de la torre del homenaje, por eso conocía la ceremonia. Ya le había dicho a Zelda que le parecía muy asqueroso, pero que las ayudaría. Había propuesto disfrazarse de chica, pero Zelda se lo había prohibido. Por eso se enfadó, y lo mostró escalando por una columna y quedándose arriba. Desde allí, vio a las dos chicas salir de la torre del homenaje, acompañadas por seis gerudos.

Midla tenía los ojos pintados tan abiertos que parecía otra persona. Zelda estaba relajada, porque tenía un plan claro. Llegaron a la sala principal de la fortaleza gerudo. Tenía los suelos de mármol, grandes cortinas de seda, y un altar donde una anciana gerudo dijo algunas palabras en el idioma de la raza. Había también una joven gerudo, que tocó un tambor, y una de ellas, vestida de dorado, ejecutó una danza para las demás. Al terminar, Midla quiso aplaudir, pero Zelda se lo impidió. Todos los rituales de las gerudos eran muy serios, no se hacían para recibir alabanzas, sino para darlas. La mujer mayor volvió a hablar y entonces Zelda le dijo que iban a abrir las puertas.

– ¿Qué puertas? – preguntó Midla.

– Las del agujero – Zelda señaló con discreción a unas escaleras, que descendían hasta una doble hoja –. Allí están los chicos. Debemos ir corriendo, localizar a los soldados y a Ander, y sacarles, antes que las gerudos.

– ¿Y nos van a dejar? – preguntó Midla.

– Sí. Si te dicen algo, tú dices que es tu elegido, y ya está. No pueden intervenir. Te los llevas a estas habitaciones con cortinas, esperáis un rato y luego te vas a la torre del homenaje.

Las puertas se abrieron de par en par, y las gerudos, de forma ordenada, fueron entrando. Zelda esperaba que los hombres de su grupo ya supieran algo de la ceremonia y se hubieran refugiado, pero para su sorpresa, en cuanto entró, fue testigo de cómo una gerudo joven y muy alta tenía a Raponas cogido del brazo, y el soldado no parecía incómodo ni nervioso. No reconoció a Zelda ni a Midla, pasó a su lado sin mirarlas siquiera.

– Bien, tú a por Ander, yo voy a buscar a Urbión. Como le pille con una gerudo le pienso dar un buen golpe – Zelda apretó los puños y caminó en la oscuridad. Midla la dejó, para ir en dirección contraria.

Las gerudos habían puesto empeño para que resultara agradable. Si no fuera porque estaba bajo tierra, sin ventanas ni un sitio al aire libre, Zelda lo habría apreciado. Estaba agobiada, le parecía que hacía mucho calor. A pesar de las enormes bandejas de comida, jarras enteras llenas de zumos y bebidas alcohólicas que ella no iba a probar, y cojines y alfombras que invitaban a sentarse y conversar, el ambiente le parecía cargado, demasiado para relajarse. El aire olía a incienso y especias. Había muchos hombres, todos vestidos con el traje tradicional gerudo pero en una versión masculina. Zelda se movió con cuidado, esquivando a las parejas que se formaban: las gerudos eran ordenadas y cuidadosas, se acercaban con timidez, hablaban de forma directa, y los hombres, un poco más nerviosos, aceptaban. Se cogían de la mano o del brazo, e iban saliendo del hoyo para subir a las estancias del templo.

Hacía un buen rato que Zelda andaba buscando a Urbión, sin éxito. No sabía dónde podía estar el soldado. ¿Se habría escondido? ¿Habría sido escogido ya? No veía a ningún chico parecido, ninguno tenía el cabello rizado, ni parecía joven, no tanto como el Urbión Dellas de este mundo. Zelda se sentó, desesperada, masticó unos dátiles y bebió zumo. Estaba así, cuando por fin, se dio cuenta que había alguien sentado solo al pie de una columna, oculto por una planta. Ahora sí, ese era Urbión. Llevaba las ropas de invitado, azul y dorado, pero una versión más masculina de las ropas que llevaba la propia Zelda. Se acercó a la vez que otra gerudo joven. Al mismo tiempo, dijeron a Urbión:

– Hola.

Y las dos se miraron.

– Extranjera, no es tu obligación moral acudir ni celebrar la ceremonia de la herencia. Deberías irte, y dejarme a mí este shiok – exigió la gerudo en común. Zelda le replicó, intercalando alguna palabra en gerudo:

– No es mi obligación, pero este es mi elegido, y es norma de hospitalidad de tu pueblo dejar que la invitada escoja primero. Tienes a más por ahí – y señaló otro grupo de hombres, todos ellos con pinta de jóvenes -. Además, no te aconsejo este shiok. Su aliento huele a cabra.

Esto último lo dijo en gerudo, y la rival se giró, volvió la vista a Urbión, y al final, claudicó. En cuanto se perdió de vista, Urbión sonrió y dijo:

– Hola, extranjera.

– ¿Estás bien? – a la escasa luz del hoyo, Zelda solo veía que Urbión no estaba herido, ni tenía marcas de ataduras ni moratones, más allá de algún rastro de la pelea contra las gerudos.

– Estupendamente, gracias. Tú estás...

– Si, tengo heridas, no son nada – le interrumpió Zelda. No quería perder tiempo en cortesías –. Pero no te preocupes. Me alegra ver que ya no vas vestido de gerudo – Zelda sonrió – ¿Has visto a Ander? Raponas ya fue escogido cuando bajamos…

– Antes de la ceremonia, hemos estado juntos. No te imaginas las burlas de Raponas cuando me vio aparecer con las ropas de chica, se ha estado metiendo con mi falso pecho – Urbión rio -. El mago vino un día después. Él nos ha explicado la ceremonia, pero la verdad, no me lo imaginaba así.

Zelda cogió la mano de Urbión y le dijo:

– Anda, vamos, te voy a sacar de aquí – y tiró de él. Urbión caminó tras ella, obediente. Llegaron al exterior del hoyo, y después, Zelda empezó a caminar hasta las estancias del templo. Unas gerudos estaban vigilando, para que nadie se fuera de la ceremonia sin pareja. Por eso, Zelda tenía que pasar con el elegido a una estancia.

– Debemos quedarnos un rato dentro, y cuando estén tranquilos, nos marchamos a la torre del homenaje – dijo Zelda, en un susurro.

– ¿Soy tu elegido? – preguntó Urbión.

– Sí, ¿no lo has oído? Lo siento, por mi culpa acabaste en el hoyo. Debí ser más prudente…

Zelda abrió una cortina, primero con cuidado y después aliviada. La pequeña habitación estaba vacía. Urbión y Zelda entraron, y la chica cerró tras ella.

– ¿Por qué hay tan poca luz aquí dentro? ¿Puedes encender una vela más o un candil? – pidió al chico, tras mirar alrededor y asegurarse de que efectivamente no hubiera nadie.

En la sala solo había unas velas, pocas, colocadas en unos soportes de metal en el centro.

– Más que añadir luz, yo veo que hay que quitar algo – Urbión entonces tiró del velo a Zelda. Lo hizo de repente, con rapidez, pero fue suave.

– ¿Qué haces? – Zelda trató de recuperarlo –. Debo llevarlo, es la costumbre de aquí. Y necesito no llamar la atención, si quiero salvarte.

– ¿Salvarme? ¿De qué?

Zelda señaló con la barbilla al exterior de la habitación.

– Como tú tanto dices, no es necesario – Urbión sonrió –. Y aquí, ¿seguro que estoy a salvo?

– Sí, claro – Zelda volvió a tratar de coger el velo. Al hacerlo, se acercó a Urbión. Este dio un paso adelante, la cogió de la cintura, y evitó que se tropezara. Zelda sintió, más que verle, que el chico la abrazaba, rodeando su torso con los brazos, y ella quedó en tal postura que no le quedó más remedio que devolver el abrazo, algo incómoda. Quizá era la forma que tenía este Urbión Dellas de agradecerle que ella le salvara.

A continuación, Urbión le tocó la mejilla y le escuchó susurrar que tenía el cuerpo lleno de heridas. Zelda susurró a su vez que se había enfrentado a algo llamado khohir o parecido, y después a los yiga a otra vez. No sabía explicar por qué hablaban en susurros, como si temieran que los fueran a escuchar. Urbión susurró a su vez que le parecía muy interesante, y que quería escuchar más, pero que, en ese momento, le apetecía otra cosa.

En la oscuridad de aquella habitación, entre la luz de velas que se apagaban poco a poco, Zelda y Urbión se dieron un beso. Empezó de forma muy suave, con el aliento fresco de Urbión en sus labios. Luego, los brazos del chico la estrecharon con fuerza, y Zelda, en lugar de tratar de huir, como habría hecho de ser un enemigo, descubrió que le gustaba sentir los músculos de Urbión, tensos y firmes. Ella le tomó el rostro con las dos manos, y con los ojos cerrados, se dejó llevar por el chico. Siempre imaginó que sería así, se dijo. Un tiempo atrás, había deseado ser lo bastante mayor para besar a Urbión, y ya lo era. Y él la correspondía. No la veía más como una amiga, ni como una compañera.

Entonces, lo recordó todo. Urbión, vestido de negro, más alto, su rostro amenazador. Su odio, cuando apuñaló a Link y le dejó medio muerto en el suelo. Sobre todo, el mismo rostro que besaba era el mismo que tenía Urbión, el Urbión que estaba convertido en piedra, en el mundo oscuro. No estaba bien.

Zelda trató de apartarse, pero los brazos de Urbión, tan atrayentes, ahora la tenían atrapada. Se estaba quedando sin aire. Manoteó, y acabó golpeando a Urbión, pero este no paró, no hasta que Zelda le tiró del pelo.

– Me haces daño – dijo Urbión, con una risita.

– Aparta – Zelda se puso recta y esperó a que Urbión obedeciera, pero el chico no entendió –. Te he dicho que te apartes.

– ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho? ¿Es que no has venido a por mí, no soy tu "elegido"?

– No – Zelda se alejó de él –. He venido para rescatarte de ellas, para evitar que te obligaran a darles una hija. Y no me hagas decir cómo se hace eso, que me da vergüenza – Zelda se llevó la mano a los labios. Le sabían a alcohol. No se había dado cuenta que Urbión tenía un brillo en los ojos propio de una persona bebida.

– Claro, sí, pero yo pensaba… Podrías haber ido a por Ander o por Raponas, pero me has buscado a mí. ¿Me equivoco? Querías encontrarme, y has sido tú quién me ha traído aquí. Y ahora… Bien, entiendo que es un poco precipitado, pero es indudable, tú y yo… Desde que nos encontramos, me gustas y podríamos…

– No, nada. Tú y yo, nada – Zelda movió los brazos para alejarle y que no volviera a abrazarla–. No, Urbión, no puede ser. Está mal, muy mal.

– ¿Cómo que mal? ¿A qué te refieres? – Urbión trató de acercarse otra vez –. Ah, claro, ya recuerdo… – Urbión puso una mano en la cintura de Zelda, para atraerle hacia él –. Me dijiste algo de un tipo que se parecía a mí, y que te hizo daño. Haré que te olvides de él, te lo prometo. Seré un perfecto caballero, solo un beso más y…

Zelda levantó la mano y le dio a Urbión un sonoro bofetón. No se dio cuenta que lo había hecho hasta que pasó, y después se preguntó por qué había reaccionado así. Urbión Dellas se llevó la mano al rostro, pero enseguida se recuperó.

– Ya, ahora has hablado claro – Urbión se apartó.

– Sí, te lo estoy diciendo. Ven conmigo a la torre del homenaje, y…

– Pues yo no quiero, Zelda. Voy a volver al hoyo. Si no quieres nada aquí, entonces déjame tranquilo. No me gusta que jueguen conmigo – Urbión la miró igual que el otro Urbión cuando Zelda se colocó al lado de Link en la lucha. Con odio y con decepción. Zelda dejó que el muchacho se marchara, y entonces ella misma salió. No vio a donde se había ido, pero no le buscó más.

Mareada, con dolor en el pecho, llegó de nuevo a la torre del homenaje. Descubrió allí que Midla no había llegado aún. Si no estuviera tan agotada, Zelda hubiera regresado a buscarlos, pero no pudo. En la Torre del homenaje había una terraza. Fue allí, se sentó en el suelo, con las rodillas dobladas, las abrazó y hundió el rostro en ellas. Se quitó el velo y lo arrojó lejos. Se echó a llorar, sin saber por qué ni cómo. No era muy dada a estos ataques de llanto. Desde que era muy pequeña, solo quizá después de la muerte de su madre. Cuando inició el entrenamiento con su padre, dejó las lágrimas atrás, y no volvió a llorar así hasta que conoció a Link y vivió todo lo que le tocó entonces.

¿Pero qué había hecho? Entendía el enfado de Urbión Dellas, pero no el resto, ni siquiera por qué ella misma había reaccionado así. ¿Por qué se había enfadado tanto? ¿Por qué ella había respondido con un bofetón? ¿En qué momento se había dejado llevar? Zelda pensó en la mala noche que pasó con él en el oasis, y luego, su cuerpo vestido con la ropa de gerudo, el vistazo que echó a escondidas.

Así se la encontró Lion. El niño había llegado silencioso hasta sentarse a su lado, sin decirle nada. Zelda levantó el rostro y le vio ahí, y trató de disimular. El niño entonces le preguntó si le habían hecho daño, si tenía dolores, si quería que avisara a una gerudo para que le trajera un remedio. Zelda negó con la cabeza. El príncipe, mirándola así, con tanta preocupación, le hizo pensar en Link. Desde luego, el rey de Hyrule nunca la habría arrinconado de esa manera, ni hablado ni mirado con tanto odio.

– ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? – insistió el niño.

– Nada, Lion, solo estoy un poco triste. Ve a dormir, yo me quedo aquí…

– Sí, ya sé que no te gusta dormir bajo techo. Pero no te puedo dejar sola – Lion entonces la rodeó con un brazo los hombros, y esto le trajo el recuerdo de Link, consolándola el día que acabó con el caballero demonio. Tenía la misma sensación de vacío en el pecho, la misma rabia.

– Sea lo que sea lo que te haya pasado en la ceremonia, quien te haya hecho daño se las verá conmigo – dijo Lion, acabando así con su parecido con Link, porque el rey jamás propondría saldar nada con los puños. Zelda sonrió.

– No, no ha sido nada así. Muchas gracias, Lion, eres muy amable.

Los dos se quedaron en silencio, mirando la ciudadela a sus pies. Las fiestas de la herencia iban pasando, y las luces se apagaron en distintos lugares. Parecía que solo quedaban ellos dos en la ciudad.

– Oye, Zelda, cuando sea mayor, y todo un caballero, te casarás conmigo, ¿verdad? – dijo Lion. Ella estuvo a punto de reírse, pero al ver el rostro tan serio del niño, solo acertó a sonreír.

– Seré mayor, Lion, y yo creo que tú deberías escoger a alguien más valioso. Pero es la mejor declaración que me han hecho – Zelda recordaba que algunos de los niños en el refugio también habían bromeado con casarse con ella. El propio Leclas dijo que, cuando los dos no tuvieran dientes, si seguían solteros, podrían casarse, así Zelda no moriría siendo una solterona. Se llevó por esto una patada en la espinilla -. Me hubiera gustado tener un hermanito como tú, eres adorable, un bribón muy guapo y bueno.

Lion no se tomó a mal el rechazo. Al fin y al cabo, y Zelda esto lo vio claro por primera vez, era un niño, como ella a su edad. ¿Qué sabía del amor y de las relaciones con 12 años? Nada, tampoco sabía mucho más ahora con 15. Solo sabía que Urbión del bosque era alguien a quien ella admiraba, y que todo lo que le decía y hacía se quedaba marcado a fuego en su memoria. Ahora, ya no podía arrancarse esos recuerdos. Iban con ella, e irían para siempre a donde quiera que fuera.

– ¿No tienes hermanos, Zelda? – preguntó Lion.

– No. Mi madre murió cuando yo tenía 5 años, y mi padre no volvió a casarse – Zelda recordó las veces que su padre le había dicho que ellos habían creído que sería un niño, y tenían pensados varios nombres. Cuando resultó ser ella, su madre había dicho que tendrían hasta seis hijos, alguno sería varón, y entonces podrían ponerles los nombres de la lista. ¿Qué habría dicho Clara Esparaván si Zelda con 15 años le hubiera confesado que creía seguir enamorada de un fantasma, y que había besado a un chico y luego le había dado un bofetón? Desde luego, Radge se habría enfadado con el chico, para luego decir que Zelda era lo bastante mayor para saber qué hacer.

– Como nosotros… No lo sabía. Lo siento mucho – Lion puso su cabeza llena de rizos en el hombro de Zelda.

– Gracias, por animarme y no dejarme sola.

Al final, los dos se quedaron dormidos en la terraza, tras hablar un rato más. Lion le pidió que le contara de nuevo cómo habían luchado contra el korhoi. Se le iluminó el rostro con orgullo cuando Zelda le dijo que de haber estado él ahí, hubieran tenido un buen arquero y habrían derrotado antes al gusano aquel. Casi al borde del amanecer, el niño se quedó dormido, y Zelda le abrigó con una manta fina, y ella misma se puso otra. Se quedó dormida de lado, bajo el toldo, y el sol salió, pero no les molestó. En algún momento, Lion se marchó, porque cuando Zelda abrió los ojos, se encontró con un sol en lo más alto sobre los tejados de la ciudadela, y el niño ya no estaba.

Bajó, y se encontró con algo de comida, bebida y también con el hechicero. Ander estaba sentado de espaldas, pero al sentir las pisadas de Zelda, se giró. En algún momento desde que se habían visto por última vez, el hechicero se había cortado el cabello, más todavía. Lo que más le llamó la atención fue que llevaba las ropas de siempre.

– Cuánto tiempo, Zelda Esparaván. Ven aquí, siéntate y ponme al día con las novedades. Veo que tienes unas cuantas heridas nuevas…

– No son nada, no duelen – dijo la chica, sentándose frente al mago. Ander estaba muy sonriente. Hasta la llegada de la chica, había estado revisando mapas y unos textos. Zelda vio que el báculo del tiempo estaba colocado de nuevo en el estuche (las gerudos debieron de encontrarlo) -. Midla y Lion, ¿dónde están? ¿Y los demás?

– Raponas aún no ha asomado la cara, pero sé de buena tinta que está estupendamente. Ya he visitado a Bronder, junto con Urbión, y me ha dicho que partiremos mañana o pasado mañana. Ese hombre es de otra materia, como tú – el mago sonrió -. Lion ha estado por aquí, haciendo ejercicio, y le he convencido para leer un poco, pero luego ha venido la matriarca y se los ha llevado a conocer las morsas del desierto. Midla estaba agotada, y sigue dormida.

Zelda tenía unas cuantas preguntas, pero se limitó a hablar con el mago sobre el encuentro con el khorhoi y también sobre el uso del báculo del tiempo. Ander prestó atención sobre todo al recuerdo de Zelda del momento en el que la mujer yiga le había clavado el puñal en el cuello.

– Sin duda, es un poder asombroso. Retroceder el tiempo o viajar a otras épocas es una magia muy avanzada, solo unos pocos magos en toda la historia han podido hacerlo.

– ¿Y es necesario ser mago para usarlo? ¿Por eso yo no he podido…? – Zelda se detuvo, aunque por la mirada en los ojos de Ander, vio que él ya lo sabía.

– ¿Volver al tiempo al que perteneces? Sí, es probable. Por eso, si completamos la siguiente fuente, podrás regresar. Midla tendrá suficiente poder para mandarte a tu tiempo – Ander bajó la voz un poco -: ¿Eres del pasado, o del futuro?

– Naceré en diez años, más o menos – respondió Zelda.

– Y supongo que no puedes contarnos nada, de lo que va a suceder – Ander enrolló uno de los mapas.

– Si lo hago, me han advertido que puede que el mundo del que vengo sea muy distinto – Zelda pensó en la voz de Imya -: Me dijo, exactamente, que, si cambio el futuro, me veré expulsada en el tiempo. No sé qué quiso decir.

– Yo no soy experto en magia relacionada con el tiempo, pero lo poco que sé es esto – Ander tomó una hoja de papel. Marcó una línea que lo cruzaba, y luego pinchó en un punto de la línea -. Nosotros estamos aquí. Tú provienes… digamos que de aquí – y pinchó unos centímetros más adelante en la línea -. Tú has podido viajar desde tu tiempo, hasta el nuestro. Los sucesos son esta línea. Tu presencia aquí puede o no modificar el futuro. El tiempo es elástico, se supone que una pequeña variación no tiene por qué modificar puntos fijos. Por ejemplo: Un punto fijo sería la guerra del aprisionamiento. Por mucho que yo tratara de volver atrás en el tiempo e impedir o advertir al rey entonces, necesitaría aún mayor poder y mucha determinación para cambiarlo. Pero se pueden varias cosas pequeñas, como, por ejemplo, que mi padre no pinte la casa de color morado sino blanco. No sé si me estoy explicando…

– Sí, Ander, lo entiendo. Si yo trato de cambiar una línea, y lo consigo, esta línea desaparecería – Zelda tomó un lápiz y dibujó por debajo otra raya -. Y aparecería en esa otra. Igual, pero totalmente distinta.

– Siempre se ha dicho que el Héroe del Tiempo vino del pasado, y que, al terminar su acción heroica, retrocedió de nuevo a su tiempo. Por eso no ha vuelto a aparecer – Ander miró a Zelda y entonces dijo -: Hasta ahora.

– Yo no soy el Héroe del Tiempo – Zelda soltó un suspiro.

– No, pero eres una elegida. Eso que brilla en tu mano es el triforce. Lo sé desde Hatelia, que empecé a atar cabos – Ander cogió el papel donde habían dibujado, lo rompió y después lo quemó, usando un candil y una fuente de metal -: Tu secreto está a salvo, no diré nada más. Entiendo que hablar de ello puede hacer que tu misión fracase, por eso solo te digo que tienes mi apoyo. Haré lo que sea necesario para impedir que el mal regrese.

– ¿Y si es inútil? ¿Y si de todas formas lo hace? – Zelda dijo esto, mientras se abrazaba una rodilla y miraba los planos.

– Si tú vienes de ese tiempo, entonces querrá decir que el mundo seguirá. Ah, mira, aquí están su alteza y Urbión, ¿habéis disfrutado con las morsas?

Los dos chicos estaban entrando en la torre del homenaje. Estaban acompañado por dos gerudos, pero en cuanto llegaron a la sala, se marcharon. Lion contestó a Ander, y le hizo una descripción del animal que Zelda solo conocía de algunas ilustraciones y cuentos. En el tiempo de Zelda, se habían extinguido. Le hubiera gustado verlas. Se puso en pie, y Urbión dijo que estaba cansado y que quería lavarse un poco. No miró a Zelda ni una sola vez, se marchó casi corriendo, y Zelda volvió a sentarse. Lion dijo:

– Le duele mucho la cabeza hoy. Cada vez que se quejaba o decía que le molestaba el ruido de las morsas, las gerudos se reían.

– Se pasaría con el alcohol anoche – el mago se encogió de hombros -. Alteza, cuando tengáis la edad de Urbión, no seáis así. No bebáis tanto, así no sufriréis jaquecas ni cansancio. ¿De acuerdo?

Lion frunció el ceño. Luego, soltó:

– ¿Y eso es lo que le ha pasado a Midla, por eso no se ha levantado aún?

El mago, de repente, se puso colorado, y se aclaró la garganta. Zelda tuvo que contener las ganas de reírse. Ander desvió la atención al tema, dijo que debían preparar las cosas del viaje, y que al día siguiente podrían volver a lo que llamó "la civilización".

Urbosa le devolvió la mochila, con sus cosas, y además la cota de mallas, las hombreras de metal, y las ropas lavadas y con un remiendo bordado en dorado que disimulaba el desgarrón que le hizo el moldora en la manga. Como Zelda había perdido la capa gris, la matriarca le regaló un mantón gerudo de color rojo. Lo iba a necesitar para atravesar el desierto, al menos por las noches, y además le sería de utilidad después. La espada estaba pulida, y la matriarca le dio entonces un puñal curvado, pequeño, que tenía una correa para que lo llevara atado a un costado, oculto bajo la capa.

– Es mi forma de pedirte disculpas, Zelda, por no llegar a tiempo de impedir la ceremonia.

– Estabas encantada, Urbosa. Tenías mucho interés en que Osiel se quedara – Zelda miró a Urbosa a los ojos, y esta frunció un poco el ceño, con una sonrisa, como viendo algo en Zelda que solo ella podía detectar.

– Veo que no soy la única que se llevó una decepción la noche de la herencia. Sea lo que sea lo que te aflige, eres joven, y muy fuerte. No dudes nunca de tus sentimientos, hazles caso cuando aparezcan – y le dio una cariñosa palmada en el hombro ya curado.

"¿Ella también tuvo un desencuentro con Bronder? ¿O con otra persona? La verdad, no me lo ha aclarado".

Urbosa ofreció un arco y flechas a Lion, y el niño los aceptó, pero siguió usando el arco de goblin que le dio Zelda. Midla pidió que le dejaran llevarse el tinte negro que usaron para maquillarle los ojos, y a la matriarca le hizo gracia, tanta que mandó a una sobrina de la edad de la princesa que le explicara cómo aplicarlo, y también que, si alguna vez se le gastaba, bastaba con pedirle más a las gerudos. Urbión recibió su armadura y las prendas que dejó en la terraza donde Zelda y él robaron las ropas gerudo. La matriarca aclaró que había pagado ella misma a la dueña, y que lo consideraba un pago más por el trabajo de Zelda en la fuente de Nayen.

Nadie más recibió regalos. Zelda vio que Bronder estaba en pie, caminando renqueante pero vivo. Tenía buen color de rostro. Al verla, de nuevo con sus ropajes verdes, soltó un "ya está, la pelirroja lista para salir corriendo", y se rio. Raponas, cuando apareció por fin, estaba con una extraña sonrisa que fue perdiendo a medida que se alejaban del desierto. El soldado le contó a Zelda que la tormenta le arrastró lejos del grupo, se quedó solo, y después Bronder le encontró. A los dos les capturaron las gerudos cuando trataban de regresar al oasis.

– El destino es la fuente de Mugen, que está en el bosque de los kokiri, en lo más profundo del Bosque Perdido – anunció Bronder. Zelda le había explicado más o menos donde podía estar el templo de las Praderas sagradas, según le había contado Imya -. Iremos deprisa, con solo una parada en Hatelia de unos dos días. No queremos desesperar a Lady Allesia.

El carro estaba cargado de frutas exóticas, de sedas y algunos objetos de artesanía, además de grano y carne. Midla esperaba repartir estos obsequios con los habitantes del cañón Ikana, y también con su tía. De esta forma, el grupo se colocó en formación y, con la guía de cuatro guardias gerudos, iniciaron el camino de regreso a Hyrule. Durante este tiempo, Zelda y Urbión no hablaron. El chico se mantenía siempre a cierta distancia. Zelda le veía hablar con Raponas, a veces con Bronder, y con Lion, pero ya no coincidía con Zelda en las guardias ni hacían tareas juntos. Zelda pensó en que debía hablar con él. Se propuso que, a la primera oportunidad, lo haría. No le gustaba dejar las cosas para otro día.

Sin embargo, cada vez que ella iniciaba la conversación, Urbión se escapaba con cualquier excusa. No volvieron a hablar ni siquiera en Ikana, donde las gerudos se quedaron para ayudar a los ancianos. El cañón estaba vacío, ya no había enemigos en él. Al cruzar el puente, Zelda tuvo el recuerdo de su pelea con los moblins y goblins, pero no quedaba rastro ni de esa batalla.

Fue justo al salir del cañón Ikana. El grupo se detuvo, en una loma, y miraron en dirección a Hatelia. Desde donde estaban, pudieron ver columnas de humo alzándose por encima los bosques y colinas de la meseta. Bronder soltó una exclamación, y gritó una orden a Raponas, Urbión y a Zelda, aunque ya los tres se habían colocado en posición y de hecho la chica estaba cabalgando en dirección a Hatelia.

La horda había llegado a la villa