Capítulo 1
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—Recuerdo tus palabras hace tres años: si llego a morir, no me traigas flores. Trae sake. —Sonrió—. Como siempre, traigo tu sake favorito.
Jim se inclinó y dejó la bebida frente a la tumba de Shin Shirayama, juntando las manos en una muda oración para la paz de su alma.
Trascurrieron tres años desde el día en que murió. Muchas cosas ocurrieron antes y después. Jim aún podía recordar el primer día en que Shin llegó a su bar trayendo consigo a su hermano pequeño y un atractivo alemán con peculiares rasgos. Jamás podía imaginar cómo su vida cambió; seguro que el mismo Yuki y Shin nunca creyeron cómo iría a cambiar sus vidas desde la llegada de Klaus a Japón, eso hacía cuatro años específicamente. Podía jurar que para bien, a pesar de la falta terrenal de los dos japoneses. Irina, la pequeña hija que tuvieron Yuki y Klaus, era una perfecta combinación de sus dos padres. Poseía los hermosos rasgos de Yuki, junto al sedoso cabello negro y peculiaridad de Klaus. Desde hace unos días empezaba a hablar frases completas en japonés, que algunas veces se combinaba con el alemán o el ruso.
Jim siempre imaginaba cómo hubiera sido todo si Yuki sobreviviera al parto, y podía decir que el japonés habría amado con locura a su hija. Irina era tan adorable, tan dulce, era muy difícil resistirse a ella. Era lo único que le quedaba a Klaus de su unión con Yuki. Con una sonrisa triste, Jim miró a su izquierda, donde recientemente había dejado sus obsequios a la tumba del joven samurái que conoció.
Yuki hubiera dado todo por su pequeña. Fue valiente, noble, y su corazón tan grande que le permitió dejar paso a un joven, mitad humano mitad bestia, como lo es Klaus a expensas de lo que pensaban los demás a su alrededor. Ambos tuvieron que hacer frente a tantas pruebas para demostrar que eran dignos el uno del otro, sin embargo el destino les hizo una cruel jugada, y ahora Yuki no estaba con ellos. Jim no era ciego, y en ese tiempo, aún con la presencia de la dulce Irina, podía atisbar la tristeza en Klaus a la falta de Yuki. No era para menos: el primer amor era, simplemente, inolvidable.
Poniéndose en pie, y dando una profunda reverencia a las tumbas de los hermanos Shirayama, Jim emprendió marcha al pueblo. Tenía que preparar dulces a los niños.
Porque sí: Irina no era el único bebé que habitaba la casa feudal. Jim, que bien conocía a Shin, podía asegurar que el hombre querría que cuidase a su único hijo. Uno que, no estaba seguro, pudo conocer. Suspiró, recordando la mala decisión que tomó Shin y desencadenó un millar de derrumbes en la construcción que era su vida.
Jim desconocía si era bien bendecir o no el día en que Shin conoció a Angie, una vieja amiga de Klaus. Shin desarrolló una peligrosa obsesión a salvar a Angie que terminó acabando con su vida, y en el proceso, nació Michelle. El niño estaba a cargo de Klaus, y era el mayor de los bebés. Estaba muy unido a Irina, puesto que fueron los primeros en nacer. Como ella, poseía delicadas facciones japonesas, indicios de la descendencia que le dio Shin, al igual que su fino cabello castaño. Pero si algo tiene de Angie, son los agudos y notorios rasgos gatunos. A diferencia de Irina, no podía ocultar sus curiosas y divertidas orejas y cola de gato, y ni por asomo el distintivo detalle de sus ojos. Jim no llegó a conocer mucho a Angie, pero podía verla a ella en Michelle. Claro, se recordó, y la peligrosa habilidad de meterse en problemas, algo heredado en conjunto de sus dos padres. Michelle era travieso, mucho más que los otros dos bebés. Cuando era más pequeño, siempre quería jalarles la cola a los demás, se escapaba de la cuna para hacer desastres en la habitación, derramaba la leche; cada travesura, por su parte, era contestada con una amplia risa de diversión capaz de evitarle regaños. Era tan cautivante como catastrófico.
Y el menor…., oh, Jim no podía decir que era su preferido porque los tres niños eran su adoración, pero el último, el pequeño Ruslán, era un completo angelito. Era difícil imaginar que ese niño nació de unos padres como eran Vladimir y Kenshi. Porque había que decirlo: la unión de esos dos fue una total sube y baja de emociones, idas y vueltas inclusive ahora. Le sorprendía ver como a pesar de discutir tanto, ambos seguían juntos. Era como si cada discusión solo sirviera para enamorarlos más del otro. A Jim le dificultaba no divertirse con sus peleas, las mayorías siendo nimiedades. Por suerte, si de algo en lo que solían estar de acuerdo, era respecto a Ruslán. ¿Y quién no podía estarlo? El niño era demasiado tranquilo, pocas veces lloraba, se distraía fácilmente, no exigía mucha atención como los demás. No obstante, como sucedía con el primer hijo, y al igual que con Michelle e Irina, Ruslán era muy mimado por todos. Quien se derretía con los tres era Kenshi, en especial con Irina al ser la única niña del grupo. Y aunque Michelle hiciera desastres, no había nada que Kenshi pudiera negarles aunque quisiera.
Su perdición, los consideraba.
—Tienen tres años, bueno, Ruslán aún no cumple los tres, pero son los consentidos de la casa. Faltaba menos.
Llegó al pueblo, saludando a cada habitante con quien se topaba, y entró a su local. Fue directamente a su cocina, preparó las cosas que llevaría a la casa feudal, y luego fue a por un pequeño baño. Cuando se estuvo listo, partió a la mansión con una cesta llena de dulces especialmente hechos para los bebés, y otros para los adultos, entre esos, los indispensables de chocolate para Vladimir. Solía visitarlos dos veces a la semana, algunas ocasiones iba hasta cuatro días para allá. Cuando eso sucedía, era porque le mandaban a llamar. Jim no dudaba en ayudarlos, como había dicho, si era por los niños, no había problema para él.
Cuando entró a los terrenos de la casa, unas sombras pasaron volando sobre él. Sonrió al levantar la vista. Llegó en el momento en que Kenshi y Klaus daban sus vueltas con los niños. Algunas veces Vladimir les acompañaba, pero como no le veía, imaginó que estaba en su laboratorio con algún trabajo.
A Jim le costó –como a los demás trabajadores de la casa– acostumbrarse a la apariencia de dragón de Kenshi. Más tarde se enteraría de que más trabajo le costaba a Kenshi presentarse en esa apariencia frente a los demás, que por el contrario, sobre todo debido al llamativo color de las escamas. Hoy día, tres años después, era más relajado. De vez en cuando Jim se veía ante la presencia de Suoh, su otra consciencia, pero solo en contadas ocasiones. Suoh, por lo que le dijeron, era muy tímido, incluso tantos años después, y solo era capaz de relajarse en presencia de Klaus, Vladimir, los niños o los gemelos.
Jim escuchó un chillido desde el aire, y poco después, los dragones descendieron con los niños. Kenshi cargaba a Irina, mientras que Ruslán y Michelle estaban con Klaus. Fue Michelle quien chilló al verlo.
—¡Tío negro! —Y era el único que le llamaba de esa forma.
—¿Cómo estás, diablillo?
El alemán bajó a los niños a tierra para que pudieran saludar apropiadamente al hombre de color. Mirándolos desde lejos, Klaus pensó que los años pasaban demasiado rápidos para su gusto. Hasta hace poco él cargaba con Michelle e Irina arriba y abajo, también con Ruslán cuando alguno de sus padres no podía cuidarle, sus bebés ahora hablaban y caminaban y poco a poco dejaban de ser tan dependientes. Eso era duro para el dragón.
Esos tres años no habían sido fáciles para Klaus, pudiera ser que ya no fuera un cascarón vacío pero todavía sentía la muerte de su tesoro muy fresca, como un dolor sordo que siempre estaba ahí y sólo era mitigado por la constante presencia de sus hijos. A veces, durante las noches o las horas de siestas salía sin que nadie lo viera, volaba hasta el templo que estaba en la montaña, recordando sus primeras charlas con Yuki. Todavía podía sentir el escalofrío que le recorría la espalda debido a las almas de los monjes que se le acercaban, de alguna manera le reconfortaba.
Otras cosas que le ayudaban a apartarse del dolor era su trabajo. Seguía sirviendo como parte de la seguridad de los terrenos de la mansión Ottori, ahora que ya no tenía una apariencia tan atemorizante era mucho más fácil tratar con los nuevos, durante el ataque donde pereció el anterior Señor Feudal tuvieron que reemplazar a muchos compañeros y durante esos tres años había llegado mucha más gente. Dado que Klaus era parte del grupo del antiguo Señor Feudal tenía muchas más responsabilidades; verificando el perímetro, organizando las vigilias y vigilando los puntos ciegos, también se había vuelto mucho más paranoico y la vigilancia en la casa feudal era estricta.
—Tío, tío, el abuelito me compró un juguete nuevo. —Michelle sacó de entre sus ropas un muñeco de tela en forma de un samurái.
—Está muy bonito.
Kenshi bajó a Irina para que también se acercara a saludar a Jim.
—Está omitiendo la parte donde se echó a llorar si no lo compraba —bufó el japonés. Michelle no le hizo caso.
—Lo consiente demasiado —dijo Klaus, acercándose a saludar a Jim—. No se usa chantaje emocional con la familia —dijo a su hijo con tono serio.
Michelle levantó sus ojos hacia Klaus, sacando el labio inferior en una mueca triste.
—Pero, papi, el muñeco es muy bonito…
Kenshi miró a Jim.
—Hizo esa cara primero, cuando vio que no le miraba, empezó a llorar. —Le contó en voz baja—. Es un jodido manipulador como Shin fue.
Klaus le apretó la mejilla divertido.
—Pequeño bribón.
Irina se acercó al negro, interesada en lo que traía.
—¿Trajiste dulces, tío Jim? —preguntó con esa dulce voz aguda, La niña era todo un encanto y parecía una muñequita, sobre todo cuando Kenshi le regalaba esos adorables Kimonos con estampados de flor de cerezos.
—Así es, nena. —Jim señaló la cesta que siempre llevaba repleta de dulces cada vez que visitaba la casa—. Y como siempre, traje tus favoritos.
—Que será mejor comerlos dentro de la casa —habló Kenshi, escondiendo los rasgos, sintiéndose más tranquilo—. Vamos, vamos, todos adentro.
Klaus cargó a Ruslán a su espalda y tomó de la mano a Irina y Michelle para entrar a la casa. Los niños ya eran capaces de esconder y mostrar las escamas a voluntad pero aún no se les permitía volar puesto que sus alas aún eran muy pequeñas, por eso eran cargados cuando salían a volar.
Adentro Kuma y Kaoru ya tenían todo preparado para la merienda de la tarde, el único que faltaba era Vladimir.
—¡Tío Kuma, mira mi nuevo muñeco! —Michelle se soltó de Klaus para ir hacia los gemelos—. Tío Kaoru, ¿verdad que es lindo? ¿Verdad que sí?
—Tío Kuma, ¿dónde está mi papá? —preguntó Ruslán desde la espalda de Klaus.
Kenshi se dejó caer en el suelo. Algunas veces se permitía perder la compostura y sentarse sin elegancia alguna.
—Ah. Niños, niños, compórtense.
Los niños eran muy queridos por todos en la casa, sobre todo por ser parientes del Señor Feudal pero los gemelos les tenían un especial aprecio. Kuma, aunque no era muy efusivo, los adoraba, Kaoru era más expresivo y por eso siempre hablaba en plural cuando expresaba ese cariño.
—Es un hermoso muñeco. —Aceptó el de lentes—. Podemos acomodarlo en tu cuarto junto a tus otros juguetes.
—Volsk está en el laboratorio. No nos ha dejado entrar en todo el día —respondió sobre todo para Kenshi.
El japonés se levantó.
—Voy a buscarlo. Será mejor asegurarme de que no haga alguna tontería. —Se estiró y dirigió a la salida del salón.
—Tío Negro, ¿qué dulces nos trajiste? —preguntó Michelle, dirigiendo su atención de los gemelos, su juguete y Jim.
—Muchos, incluso para ustedes dos —dijo al mirar a Kuma y Kaoru—. Pero será mejor esperar a Vladimir para que comamos todos.
—¿Les trajiste los de chocolate a mi papá? —Ruslán se inclinó para echarle un ojo a la cesta, estirando la mano para levantar su cubierta de tela.
—Sí. El cielo me salve si llego a olvidar sus dulces de chocolate.
—Traeremos el té —anunciaron los gemelos mientras esperaban a Vladimir.
Abajo en el laboratorio, el ruso estaba haciendo análisis de sangre. El laboratorio se veía mucho más completo y en total funcionamiento, había papeles en todos lados y un estante lleno de carpetas y libros. Tal como Kenshi había sugerido, trabajaba en conjunto con el sanador del pueblo y además tenía su pequeña empresa en farmacéutica que iba viento en popa. Al principio el negocio fue un poco lento puesto que los japoneses estaban más acostumbrados a remedios caseros pero, con el tiempo se acostumbraron y ahora tres años después estaba pensando en distribuir los fármacos que producían a otras partes de Japón.
—Toc, toc —anunció Kenshi cuando bajó—. Hemos llegado, todos. Estamos esperándote en el salón. —Acercándose, le dejó un beso sonoro en la mejilla—. Jim ha traído dulces. Y los gemelos se quejaron que no les dejabas entrar. —Después de todo, les había dicho que lo mantuvieran vigilado.
—Kaoru casi estropea una de las muestras y Kuma guarda cosas donde no debe. —Vladimir era muy quisquilloso con que le movieran las cosas de lugar, por eso había un reguero de papeles. Aun así se las ingeniaba para encontrar todo fácilmente—. ¿Qué les compraste esta vez a los niños?
Kenshi mostró un puchero, algo de lo que Michelle imitaba muy bien aunque no quisiera admitirlo.
—Michelle se antojó de un muñeco nuevo. Ruslán no pidió nada, pero vi un yukata que se le vería muy elegante en la siguiente fiesta de verano, y no pude resistir a dos kimonos y un juego de lazos para Irina… —Se cruzó los brazos, apoyando el mentón en una mano—. ¿Habrá sido demasiado?
—Se van a convertir en unos pequeños monstruos caprichosos por tu culpa. —Dejó la máquina trabajando sola para mirar a Kenshi directamente—. Es impresionante que no lleves a la quiebra Hiroshima con lo derrochador que eres.
—Sé administrar el dinero. No ha habido quejas por la economía, y hasta en invierno cuando no hay cosechas no hay aprietos con los pueblerinos. La última cosecha superó las expectativas de todos. —Pasó sus brazos por el cuello del ruso, acercándose más—. Además que no gasto mucho, salimos dos veces por semana al pueblo. Los niños crecen rápido y necesitan ropa nueva.
Divertido, Vladimir negó con la cabeza, rodeó la cintura de Kenshi de sus manos, delineando su contorno.
—¿Mencionaste algo sobre unos dulces?
—Sí. —Asintió—. Jim trajo dulces. Pero antes… —Inclinó la cabeza, logrando así posar sus labios sobre los de Vladimir en un profundo beso—. Mmh. Ahora Suoh dejará de molestar —murmuró aún sobre la boca del otro.
—Pero Vahlok no. No nos conformaremos sólo con eso —advirtió antes de devorar su boca. Apretó sus brazos haciendo que sus cuerpos estuvieran en total contacto. Ambos comenzaron a ronronear por lo bien que se sentía ser envuelto por esa placentera calidez que representaba su pareja.
—Dentro de poco hay una gran fecha a celebrar, y se me ocurre que podríamos darnos un escape por una semana… Estoy seguro que Klaus, Jim y los demás podrían cuidar de los niños. ¿Qué dices?
Por un momento Vladimir no estuvo muy convencido. Todavía no tenía a alguien capacitado para hacer los análisis de las muestras de los pacientes, ni se encargaba de la fabricación de fármacos para su empresa, pero era su aniversario y estaba bastante seguro de que Kenshi lo colgaría si le negaba la petición.
—Mmm. ¿Qué lugar tienes en mente? —Ya encontraría como arreglárselas.
—¡Abuelitos! —El grito de Michelle, muy bajo, pudo llegar a sus oídos. Y fue grito por la forma en que fueron llamados, interrumpiéndoles la conversación.
Kenshi emitió un sonido de frustración, dejándose caer sobre Vladimir, el rostro ocultándose en el recodo entre su hombro y cuello.
—Ese llamado fue para que vayamos a comer dulces. —Aprovechó de dejar un beso en el cuello del mayor—. Podemos seguir la conversación después.
—¡Abuelitos! —Otra vez se oyó el grito de Michelle a lo lejos.
—¡Ya vamos! —anunció Vlad. Contuvo un gruñido al ser interrumpidos de sus arrumacos, es lo que pasaba cuando tenías hijos y nietos. El tiempo libre se volvía inexistente.
Todo estaba acomodado en la mesa cuando llegaron. Con varios platicos pequeños y palillos, un juego de té que trajo Vladimir de Rusia y todos los dulces de Jim.
—Esos son muchos dulces —dijo Vlad a modo de saludo—. Quieres hacernos engordar.
—Hola a usted también, doctor. —Sonrió Jim. Nunca podría dejar el trato de usted hacia Vladimir. Señaló un platillo con varios pasteles de brownies de chocolate hacia Vladimir—. Traje dulces para usted.
—¡Sí, por fin están aquí! —Se alegró Michelle, quien al verlos por fin con ellos, se lanzó a los dulces en forma de peces. Desde el momento en que Jim los sacó de su cesta les había echado un ojo.
Ruslán no perdió tiempo en acercarse a su padre, con un simple gesto pidiendo ser cargado por él.
Todos se sentaron a comer, cada uno disfrutando del dulce que más le gustaba. Pasaron un agradable rato charlando y bromeando, con los niños –sobre todo Michelle– hablando y comiendo al mismo tiempo, terminando con migajas en la ropa, Klaus estaba pendiente de limpiarlo.
Al terminar la merienda, Vladimir insistió para que los niños practicaran su lectura y escritura. Todas las tardes estudiaban un rato.
Jim y Kenshi se reunieron fuera, observando el cielo.
—Fui al cementerio. Visité a Shin —murmuró.
Kenshi bebió un sorbo de té.
—Ya le toca una visita al enclenque. —A pesar de los años, Kenshi no dejaba de llamar a Yuki así. Jim sabía que era un apodo, aunque no quisiera admitirlo, amable por respeto a Klaus hacia Yuki. Después de todo, el pelinegro nunca tuvo cercanía con Yuki.
Jim giró hacia la casa.
—Para él siempre será difícil ir.
Kenshi terminó su té de un sorbo.
—Estaremos con él, lo sabe. —Caminó hacia el interior para dar la información de que pronto sería tiempo de visitar la tumba de Yuki.
Todos los adultos notaron como Klaus se puso un poco pálido. Inconscientemente acercó a Irina a su regazo y la abrazó. Siempre sería duro para el alemán visitar la tumba de Yuki, porque era un recordatorio demasiado real de que estaba solo.
Vladimir puso una mano en su hombro para calmarlo.
—Iremos todos juntos. No te desmorones frente a los niños —dijo al notar que los pequeños lo miraban fijamente. Asintiendo, Klaus le dio un beso en la regordeta mejilla a Irina.
Kenshi tomó a Ruslán y Michelle de la mano.
—Vamos a ponerles guapos para visitar al enclen–, digo, a Yuki.
Jim les ayudó a vestir a los niños, mientras le decía a Klaus y Vladimir que buscarán las ofrendas usuales que siempre llevaban. Cuando estuvieron listos, pasaron momentáneamente por el bar de Jim para buscar una cesta con dangos especiales para Yuki. Cada visita siempre llevaba el dulce para el castaño.
Hicieron el recorrido desde el bar de Jim al cementerio, cercano a la zona provista para la familia Ottori donde fue enterrado Yuki. Jim y Kenshi limpiaron la tumba, dejaron a Klaus y los niños preparar las ofrendas así como dejar las flores. Jim encendió un incienso de suave vainilla.
Al estar al aire libre los dragones no se sintieron ahogados por el incienso, disfrutaron del agradable olor. Klaus de quedó un poco apartado del grupo, parado rígidamente y con los ojos vidriosos. Irina y Michelle presintieron el estado de su padre, se acercaron al pelinegro y le tomaron cada uno una mano. Klaus apenas pudo contenerse, apretó las manos de sus niños en mudo agradecimiento.
Kenshi tomó la mano de Ruslán y se lo llevó al lugar donde estaban las tumbas de su familia. Nunca visitaba a su padre, pero constantemente llevaba a Ruslán con él a ver a su madre.
Jim rezó unas oraciones en honor a Yuki, permaneciendo en silencio unos momentos antes de girarse a Klaus.
—¿Quieres... decir algo o que te demos un momento? —murmuró bajo.
Con el nudo que tenía en la garganta apenas podía respirar, mucho menos decir unas palabras. Carraspeó un poco para poder hablar.
—No quiero estar solo —murmuró con la vista fija en la lápida de piedra.
—Creo que es hora de volver, se hace tarde —anunció Vladimir.
Jim asintió a Vladimir y se alejó para buscar a Ruslán y Kenshi, tomando la cesta que habían llevado. De regreso, Jim se quedó en el bar luego de despedirse de los otros quienes continuaron a la casa.
—Papi, ¿puedo comer otro dulce? —Michelle preguntó al alemán.
—Vi como te metías dos dangos demás a la boca y Vladimir te dejó comerte uno de sus brownies. Suficiente dulce por un día jovencito. —Le rascó detrás de las adorables orejitas peludas.
—Pero... —Michelle ronroneó al sentir la caricia, interrumpiéndose. Se posicionó frente a Klaus, alzando los brazos para ser levantado.
—Uno solo nada más, papi. —Sacó el labio inferior en un puchero, mirando además a Kenshi y Vladimir.
Kenshi tuvo que morderse el labio y apartar la mirada.
—No, no. Dile a tu padre —farfulló. Estaba haciendo lo mismo que hizo en el pueblo.
Vladimir se rió por la debilidad de Kenshi. Klaus levantó al castaño, alzándolo en el aire entre risas, también le atacó con un montón de besos en el cuello.
—No, no, no. Te vas a poder gordo y ya tenemos un gato gordo en la casa.
Irina, celosa de ver a Michelle en brazos de su padre, se acercó a Vladimir para ser igualmente cargada.
—Abuelo, arriba, arriba. —Pidió dando saltitos. El ruso la cargo en sus brazos.
Kenshi sonrió, avanzando junto a Ruslán. El pequeño estaba satisfecho con que le tomaran de la mano.
Pronto, los chicos comenzaron a ir a la escuela, era extraño puesto que todos estaban acostumbrados –sobre todo Klaus– a tenerlos a los tres revoloteando alrededor. La casa se sentía muy silenciosa sin la risa de los niños. Sin esa necesitada distracción, Klaus pasaba mucho tiempo volando, haciendo piruetas mortales y caídas en picada que le aceleraban el corazón. La adrenalina rápidamente se convirtió en una droga que le embriagaba. Klaus siempre de aseguraba de volar por las áreas menos pobladas, aunque los residentes de Hiroshima ya estuvieran acostumbrados a la idea de dragones habitando la casa feudal. El rumor se esparció y pronto tergiversaron la verdad, al final los extranjeros empezaron a creer en la leyenda de dragones viviendo en la tierra de oriente. Era tan fantástico como atemorizante.
Dichos rumores llegaron incluso al bar de Jim, puesto que siempre llegaban uno que otros viajeros preguntándole al respecto. El hombre solo se reía sin alimentar los cuentos que ya circulaban. Algunas veces comentaba algo al respecto en la casa feudal. Preocupado por la seguridad, temiendo que ocurriera lo de Tyrone, Kenshi les había pedido a los otros, en especial a Klaus, que tuviera cuidado con mostrar los rasgos. Jim le restó importancia diciéndole que eran pocos los viajeros que creían esas cosas por ser algo completamente irreal.
Con prácticamente 7 años, comenzaron a enseñar a las crías –Irina y Ruslán– a volar. Klaus se tomaba muy en serio su papel de instructor de vuelo, y Vladimir asistía a todas las prácticas por si alguno se lastimaba. Durante varios días estuvieron volando a no más de dos metros del suelo, lo suficiente para subir y bajar del techo de la casa. Irina era quien más se quejaba puesto que quería volar tan alto como su papá pero Klaus era firme en que debían quedarse a una altura segura.
Michelle veía a Klaus, Irina y Ruslán desde el suelo, con una expresión apagada antes de bajarla. Allí vio su cola, enrollada entorno a él y del mismo color a sus orejas. ¿Por qué él tenía pelo y no escamas? ¿Por qué no tenía alas? Hasta ahora no se había preguntado la diferencia abismal que existía entre su familia y él.
Vladimir, que estaba en el suelo leyendo un libro, mirando de vez en cuando la práctica desde lejos, entonces pudo notar la mirada de Michelle. En ese instante supo que era momento de hablar con Michelle sobre sus orígenes, era mejor aclarar ese tema antes de que se les saliera de las manos, y de todos modos ellos ya habían decidido que llegado la hora que le dirían la verdad al niño.
—¡Klaus! —gritó el ruso desde abajo. Cuando Klaus le miró, volvió a gritarle pero en ruso para que los niños no pudieran entenderle. El alemán miró consternado a Michelle, con un asentimiento un poco seco le indicó a Irina y Ruslán que tendrían que acortar la práctica.
Ruslán fue el primero en bajar, planeando con algo de torpeza hacia Vladimir, pudo llegar a tierra, cayendo encima del ruso. Michelle se mantuvo en su posición, agachado con una rama en su mano de la cual se ayudaba para hacer dibujos sin forma alguna en la tierra. Irina aleteó hasta Klaus, el pelinegro la atrapó en el aire y los dos bajaron a tierra.
—Niños —llamó Vladimir—. Vayan con Kenshi. Habladles de su progreso. —Dejó a Ruslán en el suelo para que fuera a la casa.
La niña gritó emocionada, agarrando la mano de su pequeño tío para buscar al japonés. Michelle quiso ir con ellos pero Klaus lo detuvo.
—Tú no, Michelle. Hay algo de lo que tenemos que hablar.
Los dos adultos se sentaron junto al menor en la hierba.
—Haz comenzado a notar ciertas diferencias. ¿Cierto? —preguntó Vlad.
Michelle levantó la mirada hacia ambos, primero Klaus y luego su abuelo.
—¿Por qué ustedes tienen alas y yo no?
Klaus se mordió el labio inferior. ¿Cómo decirle a un niño que es adoptado? Nunca era una noticia fácil.
—Tu biología es diferente a la de nosotros pero eso no es algo malo. No debes sentirte mal por eso.
—Pero yo quiero volar también como Irina y Ruslán y como tú. —El pequeño regresó su mirada a los dibujos que había hecho en tierra—. Irina se parece a ti, y Ruslán al abuelo y a tío Keso… pero yo no me parezco a ninguno. Ninguno tiene orejas como las mías, ni el cabello como el mío ni mi colita —terminó en voz baja, las orejas aplanadas contra su cabeza.
El pelinegro menor enseguida envolvió al niño en un apretado abrazo. Le partía el corazón verlo así.
—Klaus. Sólo díselo —instó Vlad.
—De acuerdo —dijo en un suspiró derrotado—. Mich. —El alemán acomodó a Michelle entre sus piernas, justo frente a él para verlo cara a cara—. La razón de que no te parezcas a mi es porque no estamos emparentados por sangre.
Michelle ladeó la cabeza, la confusión cambiando ligeramente su expresión.
—¿Qué? ¿Qué es eso?
—Quiere decir —interrumpió Vlad—, que no eres hijo biológico de Klaus. El hombre que te trajo al mundo es otra persona.
—Pero eso no quiere decir que no sea tu papá. —Se apresuró a decir Klaus. No quería que Michelle pensara que lo quería menos por eso—. Aun si no somos iguales, yo te quiero mucho, Michelle. Todos nosotros te queremos, siempre serás nuestro gatito consentido.
—Pero… si yo tengo otros papás… ¿por qué no están aquí, conmigo? —La atención de Michelle se dividía entre Klaus y Vladimir—. ¿No me…quisieron? —Su labio inferior temblaba, los ojos humedeciéndose por las lágrimas.
Esas palabras fueron una puñalada al corazón de los europeos. En mudo acuerdo se decidieron a contar parte de la verdad.
—Nunca pienses eso, Michelle, ni por un momento.
—Tus padres no pudieron tenerte porque murieron. Estábamos en guerra en ese tiempo, apenas tenías un par de meses cuando te dieron a nuestro cuidado.
—Tu padre no tuvo la oportunidad de conocerte, pero estoy seguro de que te hubiera adorado tanto como yo te adoro —dijo Klaus, besando su frente y mejillas.
Michelle ocultó su cara en el pecho de Klaus, como pudo sus brazos abrazando el torso del mayor. Él tenía otros papás, otros papás que nunca podrá ver y que tampoco podrán verlo a él. Otros papás que serían como él, con orejas de gato y colita de gato.
—¿Ellos… eran como yo? —preguntó, apartando lo suficiente su cara para ver a Klaus—. ¿Yo me parecía a mis papás como Irina se parece a ti?
Mirando a Michelle fijamente, Klaus decidió que sí: se parecía mucho a sus padres, no sólo físicamente, incluso las travesuras.
—Eres la viva imagen de tus padres. Una perfecta combinación de ambos.
—¿Quieres conocer a tu papá? —ofreció Vladimir.
Eso llamó la completa atención del niño, quien de pronto se vio asombrado, casi ansioso. Solo por un pequeño momento antes de que su cara expresase desolación.
—Pero, ustedes dijeron que mis papás murieron.
Asintieron un poco tristes.
—En realidad es alguien que ya conoces. —Klaus se levantó del suelo, cargando a Michelle en su espalda. En ese momento quería sentirlo muy cerca, para poder reconfortarlo con su calor.
Los tres caminaron en silencio hasta el cementerio. Llegaron hasta dos tumbas muy familiares para el pequeño.
"Shin Shirayama"
—Era hermano de Yuki —explicó Vladimir.
Su papá verdadero estaba allí abajo, en un sueño eterno como decía tío Jim que estaban las personas que morían. Mientras que sus ojos recorrían cada detalle conocido de la tumba, la mente de Michelle intentó recordar todo lo que había oído a respecto. Yuki era el papi de Irina, lo visitaban cada año y siempre veía a su papá… a Klaus triste cuando eso sucedía. Entonces, si era hermano de su verdadero papá…
—Hermano… entonces… —Se dirigió a Klaus—, ¿debo llamarte… tío Klaus? —No le gustaba como sonaba, y no podía ver a Klaus como su tío.
Esas palabras se sintieron como un golpe particularmente doloroso. Por 7 años Michelle fue su hijo, su bebé...
—Yo... —Sentía que la garganta se le cerraba—. No te obligaré a nada, Michelle, llámame como más te guste pero yo siempre me consideré tu padre.
—Tú… tú no tienes cara de "tío" —le dijo el niño a Klaus, mirándolo fijo—. Y yo quiero que sigas siendo mi papi. Me gusta más cuando eres mi papi. —Dio una leve mirada de reojo a la tumba—. Creo que papá estaría contento de que tú seas mi papi ahora que él no puede, ¿verdad?
—Mich... —Klaus no pudo resistirlo más. Enterró su cara en el cuello del niño, respirando profundo para contener las lágrimas. Le alegraba tanto que Michelle lo siguiera llamando papá. Se embriagó del agradable olor a vainilla hasta que la mano fría de Vladimir se posó en su hombro.
—Debemos volver. Los demás se preguntarán dónde estamos.
Michelle tomó la mano de Klaus, se giró un poco hacia la tumba de Shin y se despidió de él con la mano libre.
—Adiós, papá —dijo, antes de estirar la mano a Vladimir para que también la tomara.
Los tres volvieron a la casa. Durante la cena explicaron lo ocurrido a Kenshi y luego hablaron con los menores para que entendieran la procedencia de Michelle, les especificaron que Michelle seguía siendo de la familia aunque no compartieran sangre, nada cambiaba entre ellos. Irina y Ruslán lo tomaron bastante bien puesto que continuaron tratando a Michelle como siempre.
Para alivio de los adultos nada cambio entre los más pequeños, Irina seguía considerando a Michelle su hermano mayor y aunque los intereses de los niños comenzaban a tomar rumbos diferentes, seguían queriéndose mucho. A pesar de saber su verdadera ascendencia, Michelle continuó siendo el mismo. Disfrutaba las noches en las que Klaus le leía cuentos, correteaba a Irina y Ruslán cuando jugaban a las escondidas, junto a la única chica de la familia se sentaban con Kenshi mientras este les colocaba sus cremas. Ruslán a veces accedía a regañadientes cada vez que su papi le regañaba que no cuidaba su piel.
—¡Eso es de chicas!
—Un momento. —Kenshi frunció el ceño—. Es de humanos. ¿O acaso quieres llegar a los veinte con arrugas? Mira a Irina y Michelle, Klaus incluso. Hasta tu padre.
—Yo nunca he visto a papá usar tus cremas.
—Tu padre y tú son igual de quisquillosos, pero él sabe lo que le conviene. —No iba a mencionar las advertencias que le daba si no lo hacía.
Muchas veces Ruslán desechaba el contenido de los envases, fingiendo que había usado la crema, eso hasta que Kenshi se dio cuenta y cada noche, por casi dos meses o más, no se marchaba de la habitación de Ruslán sin ver que el joven usaba las cremas. El castigo estableció una rutina en Ruslán al tercer mes, y para el cuarto se vio a sí mismo hacerlo sin que Kenshi estuviera presente.
Supuso que debía aceptar los beneficios de la crema: hidrataba su piel, la mantenía lozana y con un brillo natural. Al menos, se dijo, no era igual de peor que Irina. Su papi la trataba como una muñequita de porcelana, y estaba seguro que tenía más de una crema para usar. Cada vez que iban los tres, ahora jóvenes adolescentes, al pueblo, inmediatamente notaba las miradas que tanto Irina como Michelle sacaban de los pueblerinos. En una ocasión, incluso, algunos chicos se acercaron a ellos; a Irina le obsequiaron una exótica flor que solo crecía en el este de Japón, y a Michelle un girasol.
Todo había fluido bien hasta que uno de los chicos llamó "niña bonita" a Michelle. Separar a un furioso gato del joven idiota fue un poco difícil para Ruslán, no dudaron en volver a la casa donde Michelle se encerró en su habitación hasta la hora de la cena.
—¿Estás mejor? —preguntó Klaus entrando a la habitación del castaño. Había tocado la puerta dos veces pero no esperó la contestación de su hijo para poder entrar a su recámara—. Vamos, ya casi es hora de comer y tienes que asearte. —Se acercó a su pequeño que todavía se veían enfurruñado.
—Mmh. Ya voy. —Michelle estaba acostado en su cama, boca abajo, abrazando la almohada mientras fulminaba la pared con la mirada.
Sabiendo que su hijo no tenía la más mínima intención de moverse, se recostó con el joven en su futón.
—¿Todavía estás molesto por lo que pasó en el pueblo? —Irina le narró con lujo de detalles el incidente.
—¡Me llamó niña bonita, papá! —Michelle volteó a verlo, enojado todavía—. No soy una chica, ¿por qué me siguen confundiendo? ¡Visto pantalones, tengo el cabello corto! —Se colocó otra vez boca abajo—. Estoy harto que me comparen con una chica.
El alemán suspiró, sabiendo desde hace un tiempo que era un tema sensible.
—Sé que te enoja que te digan "niña", pero no por eso puedes lanzarte a golpear al pobre chico.
—Él empezó. —Levantándose, se sentó en la cama mientras cruzaba los brazos—. Una chica no le hubiera partido la cara. Así sabrá lo que soy. Si me vuelven a llamar chica, lo haré otra vez.
—Michelle —reprendió suavemente el mayor—. Eres un jovencito hermoso y a medida que crezcas llamarás más la atención. —Acarició las orejitas marrones—. Tienes aprender a lidiar con éstas situaciones sin violencia.
—No puedo. Son pervertidos y me miran como si fuera una chica, es asqueroso. Si siendo bonito me llaman chica, entonces quiero ser feo. Ya no usaré las cremas de tío Keso —declaró, dando una mirada en dirección a las mencionadas cremas en su tocador personal—. Voy a dejar que me salgan arrugas a los veinte como dice tío Keso.
—Hagamos una cosa. Si un chico te dice un piropo, le das una bofetada, sólo eso. Si intenta forzarte, lo golpeas en los bajos. Esa me parece una mejor reacción.
Michelle no estaba contento con eso, él no lo sentía suficiente, pero accedió. Se aseguraría de tener una buena mano para que el imbécil que ose llamarlo de esa forma no lo olvide nunca ni lo repita.
—Bueno. Supongo que está bien. —Y para su leve bochorno, su estómago indicó lo mismo con un gruñido de hambre, causando un sonrojo en sus mejillas.
—Vamos, es hora de comer. —Haló suavemente la cola peluda para molestar a Michelle—. Ya estamos atrasados, deben estar esperándonos.
Y los estaban esperando. Kenshi ya estaba a punto de pedir a Kuma ir por ellos. En la mesa no se tocó lo sucedido en el pueblo para gusto de Michelle, lo que menos quería era que su apetito se fuera.
Por los próximos días, Michelle no quiso ir al pueblo por más que Irina o Ruslán le intentaran convencer. Tuvo que pasar un par de semanas para eso, y aun así, Michelle le fruncía el ceño a cada chico que se acercaba. Claro está que se dirigían a Irina, pero a más de uno notó mirándolo con una apenas disimulada adoración. Michelle prefirió que fuese de esa manera, a tener que estar pateando traseros fuera de él.
Durante una de las salidas, un joven se acercó con una flor. La presentó ante Michelle con una sonrisa tímida, cuando vio esa expresión enfadada de Michelle, dio un paso atrás.
—E-espera...
—¿Qué? —Michelle gruñó, sus orejas plana en amenaza—. No soy una chica.
—¡Lo sé! —chilló el joven de aparentemente 15 años. Irina, que acompañaba a Michelle, aferró el brazo de su hermano impidiéndole atacar al nuevo pretendiente—. Sé que no eres una chica —murmuró avergonzado, sus mejillas colorándose.
Michelle, que estaba casi siseando con los pelos erizados, a punto de romper la promesa a Klaus y lanzarse sobre el chico, se detuvo. Su expresión enojada muy lento cambió a una de sorpresa, por un momento pensando que había escuchado mal.
—¿Lo...? ¿Lo sabes? Entonces... —Miró otra vez la flor como si fuera algo desconocido—, ¿por qué me la estás dando?
—He visto cuando paseas por el pueblo, acompañado del Señor Feudal. —No llegó a mencionar que su hermano mayor recién comenzó a trabajar como guardia de seguridad en los terrenos de la casa Feudal. No quería parecer alguna clase de acosador—. Creo que eres hermoso. —Tuvo cuidado de no denotar ningún adjetivo femenino que hiciera enojar a Michelle, no quería terminar todo golpeado—. Estaría feliz de que aceptaras ésta pequeña ofrenda.
—Aw —entonó Irina. Al ver que Michelle no hacía nada, le dio un codazo en el costado—. ¿Qué esperas? Cógela.
—¿E-eh? Ah... S-sí... —Pasó diez segundos enteros para que Michelle tomara la flor ofrecida y la observara más de cerca—. Mmh..., gracias. —Recordó decir instantes después. No sabía qué hacer, era la primera vez que algo así sucedía.
—Me doy por satisfecho con que hayas aceptado la flor. —Sonrió. S sentía feliz de poder hablar con el joven y además salir ileso.
—Pasa por la casa Feudal cuando quieras, encanto —invitó Irina sabiendo que su hermano estaba todavía en shock.
—No quisiera incomodar...
—¡Para nada! Michelle estaría encantado de tomar el té contigo. ¿Verdad? —Con los ojos trataba de indicarle que reaccionara de una vez.
Las mejillas de Michelle se colorearon de rojo. No quería que Irina hiciera de casamentera, menos con él. Aunque tampoco sabía cómo rechazar a este chico.
—Mmm. Claro. —Asintió con torpeza—. Tu... nombre ¿cuál es?
—Mi nombre es Minegishi Katsuya. —Sonrió el mayor—. Espero que podamos vernos pronto. —Hizo un asentimiento de cabeza como despedida antes de alejarse.
Irina y Michelle pudieron verlo cuando se reunió con un grupo de chicos que comenzaron a molestarlo y reírse. Minegishi parecía seguirles la broma antes de mirar a Michelle a lo lejos, guiñándole un ojo.
Irina silbó a su lado.
—¿Quién lo diría? Resultaste todo un casanova, hermanito.
—Cállate. —Michelle se giró para continuar el paseo, presuroso de alejarse de allí—. Nadie puede saber de esto, ¿de acuerdo? Ni papá. —Una vez más, Michelle miró hacia la flor en su mano.
—¿Por qué no? —Hizo un puchero con su labio inferior pero fue ignorada—. No seas aguafiestas. ¿Qué tiene de malo?
—Porque después empezarán a fastidiar. —Michelle hizo un puchero—. Justo como lo estás haciendo tú.
—Ow, pero es que eres tan arisco. Es lindo verte avergonzado para variar. —Siguieron su paseo por el pueblo, con Irina colgada al brazo de su hermano. Dado que ella sólo era mitad japonesa, no se dejaba guiar por el protocolo femenino de ese país, no caminaba detrás de los hombres, no era tímida y definitivamente no permitía que los hombres la hicieran menos por ser mujer.
—Todo es culpa tuya, yo no quería venir al pueblo hoy —se quejó. Continuaron discutiendo el resto del camino hasta llegar a la casa. De inmediato Michelle fue a la cocina por un jarrón donde colocar la flor que le obsequiaron, manteniéndola en un lugar a salvo y que le diera luz.
Durante unos días nadie supo lo ocurrido en el pueblo, eso relajó a Michelle, pero pronto tuvo la visita de Minegishi. Michelle estaba nervioso mientras compartía un paseo por los alrededores de la casa, Kenshi y Ruslán estaban fuera por una reunión, sabía que Vladimir estaba en su laboratorio, no tenía idea de a dónde se metió Irina pero Klaus...
Michelle podía sentir la mirada de Klaus sobre ellos.
—Ese guardia no nos quita la mirada de encima —comentó Minegishi tratando de aparentar calma aunque en realidad se sentía bastante incómodo por esa mirada fija—. ¿Creerá que soy alguna clase de intruso? —Miró disimuladamente en dirección al alemán.
Michelle tenía una expresión incomoda también.
—Algo así... Es mi papá. —Le mandó una mala mirada a Klaus desde donde estaba para que parara. Era en momentos como ese que le gustaría tenía la presencia de Irina para que distrajera al hombre—. Discúlpalo. Es un poco... sobreprotector.
—Supongo que no puedo culparlo. Con un hijo cómo tú, cualquier padre se sentiría nervioso. —Intentó sonreírle a Klaus pero eso sólo profundizó el ceño del mayor—. Mi hermano me dijo que es intimidante, supongo que tiene que serlo para ser parte de la guardia del Señor Feudal
—Creo que no tiene que ver exactamente con que sea parte de la guardia. Es natural en él —dijo un poco desconcertado. Desde su posición mandó un mensaje silencioso al hombre "¡Compórtate!" —. Va... Vamos al lago. Suelo pasar la mayor parte del tiempo allí... —Colocó la mano en el hombro de Minegishi para guiarlo.
—De acuerdo. —Se dejó guiar por el castaño. Antes de alejarse más, dio una leve reverencia en muestras de respeto al padre de Michelle.
Klaus desde la distancia bufó. Por el momento los dejaría en paz, tenía trabajo que hacer después de todo. Fue una tarde bastante entretenida, entre los entrenamientos con los otros guardias, las rotaciones de vigía y la revisión de puntos ciegos, se hizo muy tarde, ni siquiera se dio cuenta cuando Michelle había vuelto a la casa. El castaño sonreía suavemente.
Más tarde le preguntaría cómo le había ido, todavía quedaba una hora antes del anochecer y quería aprovechar los pocos rayos de sol que quedaban para volar.
N.E.: Y después de casi un año de haber completado la primera entrega, volvemos con esta segunda. No crean que lo hemos dejado de lado, mil y un cosas se atravesaron, pero finalmente está aquí el primer capítulo. Las actualizaciones no serán constantes, pero estarán activas.
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