Capítulo 10
UNIÓN
Kagome vio reflejada la angustia en los ojos dorados de Inuyasha. Entendió que se trataba de su pequeña hija por el largo silencio que hubo entre ellos dos. Por algún motivo inexplicable le trasmitió esa sensación de preocupación y no era para nada grato sentirlo.
― ¿Kanna está bien?
Conocía la respuesta mucho antes de que Inuyasha la respondiera. Pero quería que él se abriera a ella y que, sobre todo, le tuviera la suficiente confianza para decirlo.
Era la angustia más desesperante que pudo sentir en toda su maldita vida. Siempre procuraba de su pequeña hija. Cuidando su alimentación ya que había cierto tipo de alimentos que a ella le afectaban. Incluso algo tan simple como la ropa, Kanna no soportaba cualquier tipo de tela. Si no usaba la correcta era como sentir el abrazo de mil personas al mismo tiempo.
Pero estando con dulzura era fácil olvidarse de sus responsabilidades y eso no podía ser, aunque su madre estuviera a cargo de Kanna, debía mínimo estar alerta a todo lo que rodeaba el entorno de su niña.
Habían cogido en los jardines del fiscal Hakudoshi sin detenerse a pensar que su hija pudiera estar pasando por una crisis. En ese aspecto se sentía realmente miserable.
―Esta delicada – fue su única explicación.
Miró su reloj, solo hacia diez minutos desde la ubicación donde estaba a su departamento. Lo malo era, que Kagome vivía al otro lado de la ciudad y eso lo desviaría de su camino real.
―Mi departamento está cerca de aquí. Por lo que solo podría llevarte y de ahí tomas un taxi.
Ella asintió, estaba consciente de que Inuyasha no quería perder más tiempo y que lo único que le preocupa era llegar a casa para ver a su pequeña.
―No te preocupes. Lo importante es llegar a ver como esta Kanna.
Sin perder más tiempo del que ya lo habían hecho emprendieron el camino hacia el estacionamiento. Ni siquiera se detuvieron a despedirse del anfitrión cuando Hakudoshi hizo por acercarse. Inuyasha decidió que eso era lo de menos. Luego le mandaría un mensaje explicando lo sucedido junto con una botella de su Whisky favorito.
Aguardó a que Kagome terminara de abrocharse el cinturón de seguridad y salió de ahí quemando llanta y levantando una estela de humo. Kagome simplemente se recargó en el respaldo del asiento mientras observaba como esquivaba con mucha facilidad cada vehículo que se les cruzaba.
Revisó con disimulo si se había abrochado bien el cinturón de seguridad al ver que se pasaba el alto de dos o tres semáforos. No lo juzgaba, su prioridad número uno era llegar cuanto antes con su hija y llevarla a un hospital.
Se estacionó frente a un complejo muy sofisticado, dónde la madre de Inuyasha ya los esperaba con Kanna en brazos.
Inuyasha bajó inmediatamente dejando la puerta del copiloto abierta. Rodeó el vehículo y llegó hasta su madre. Tomó a su hija en brazos y sintió como ardía su pequeño cuerpo.
― ¿Qué sucedió? – preguntó aún más alarmado al ver a su hija.
Kagome bajó del auto y se acercó a ellos. Su corazón se apachurró al ver a la pequeña con los ojos cerrados y empañada de sudor.
Izaoi miró a la joven que acompañaba a su hijo. En otro momento lo hubiera cuestionado, pero ese no era el lugar. Estaba preocupada por su pequeña nieta. Había hecho de todo, desde darle un baño de agua tibia, un jarabe para fiebre, pero ninguno de esos surtió efecto. Fue ahí que decidió hablarle a su hijo.
―No sé – se encogió de hombros – Estábamos bien, viendo una película. Le di una galleta y de pronto comenzó a sentirse mal. Después revisé la envoltura y tenía avena
Un fuerte suspiro de frustración se escapó de los labios de Inuyasha.
―Kanna es alérgica a la avena, madre.
Una lágrima resbaló por las mejillas de la mujer. Ya que se sentía más culpable ella.
―No sabía que esas malditas galletas contenían avena.
―Lo mejor será que la llevemos al hospital – comentó Kagome – Con hacer reproches no van a solucionar nada.
Inuyasha y su madre se miraron al final, después la tranquilizó con un beso. Izaoi subió al asiento del copiloto y él le pasó a Kanna. Cerró la puerta del vehículo y contempló a la mujer bonita de vestido blanco.
―Dile a Anderson que te pida un taxi a nombre mío.
Era una decisión que había meditado desde que salió de la mansión del fiscal. Había decidió acompañarlo al hospital y asegurarse que la pequeña estuviera bien. Además, no quería verse mal y dejarlo ir solo junto a su madre, probablemente ocuparían más apoyo.
―No hace falta – respondió – Los acompaño.
Eso lo sobrepasó de mil maneras y no supo qué decir. Pero como no quería discutir ya que su prioridad principal era su hija, fue que asintió.
Entraron por el área de urgencias e inmediatamente una enfermera de acercó, tomó a la niña y se la llevó a una camilla, únicamente le habían permitido ir a Izaoi mientras Inuyasha se quedaba a llenar el registro de ingreso.
Hubo un momento en que se llevaron a Kanna a realizarle algunas pruebas de laboratorio para descartar cualquier otro mal.
La sala de espera estaba fría y Kagome comenzó a sentir frio, así que se recargó en el hombro de Inuyasha buscando un poco de calor. Él pareció entender lo que sucedía, se quitó su saco y se lo pasó por los hombros. Todo ante la fija mirada de su madre.
―Es tarde – le susurró – Deberías ir a casa.
Pero ella se negó, de ahí no se movía hasta saber que su hija estaba bien.
―Prefiero quedarme y saber cómo sigue Kanna. Además, no podré dormir pensando en ella toda la noche.
Ante eso él no supo que decir, así que solo asintió y le permitió permanecer con ellos mientras los médicos atendían a su hija.
Luego de una larga espera el medico salió a informar de cómo se encontraba Kanna. Afortunadamente la fiebre había sido provocada por algún alimento que había ingerido, así que se quedaría toda la noche y parte del día siguiente para ver como evolucionaba con el medicamento.
―Yo me adelanto, Kagome, mucho gusto – se despidió de un beso y luego añadió, mirando a su hijo – Será mejor que la lleves a casa, Inuyasha.
―Pero…
―No te preocupes. Estamos en un hospital, no creo que suceda nada malo.
Asintió, porque en parte sabía que su madre tenía razón. Habían logrado estabilizar a su hija así que en ese aspecto se sentía un poco relajado más no el suficiente. Al ver que una vez más se despedían esas dos mujeres, esperó a Kagome en la entrada principal, posó una mano en su espalda y la guio por el estacionamiento hasta llegar al auto.
Estaba vez condujo más tranquilo, respetando carril, señales de tránsito y semáforo. Ni siquiera sabía qué hora era y francamente le importaba un comino. Se desilusionó cuando la fachada de su departamento apareció a un lado de su ventanilla.
La acompañó hasta la acera y se quedaron unos instantes mirándose frente a frente. Aun llevaba su saco y lo mejor era devolverlo. Pero él se rehusó.
―Luego me lo das. No quiero que te resfríes de aquí a que llegues.
A pesar de que los doctores habían dicho que Kanna se encontraba bien, seguía teniendo sus ojos rojos debido a la preocupación. Ese semblante en él era nuevo, era como ver una faceta vulnerable de Inuyasha que ella no conocía.
Recorrió la poca distancia que los separaba, tomó sus mejillas con sus suaves manos.
―Todo saldrá bien – sonrió ella para darle ánimo.
Con un suspiró, descansó las manos en sus caderas y hundió su frente en la de ella. Ahí estaba de nueva cuenta ese aroma que lo envolvía y lo volvía loco cada vez que la tenía frente a él.
―Entra y ve a descansa.
Claramente aquello era una orden y en otro momento habría hecho una broma al respecto. Esa cercanía que compartían en ese momento era abrumadora, porque no estaba cargada de pasión, deseo o cualquier cosa que se le pareciera. Sino que el aura era distinta, lo sentía en su ser, en su piel que estaba echa gallina y que agradeció que la ocultara el saco de Inuyasha.
―Avísame como sigue Kanna.
Él solo asintió, estaba sobrepasado. Esa mujer le había mostrado más afecto a su hija que lo que su verdadera madre le demostró antes de que terminara por abandonarla. No era fácil lidiar con ella. Si él que era el padre, tenía que luchar día a día para seguir el ritmo de su pequeña.
Pero Kagome cometió un pequeño error y ese fue quedarse viendo a sus labios. Son pensarlo, se paró de puntitas y le dio un casto beso en ellos, todo sin liberar de las manos sus mejillas. Inuyasha cerró sus ojos para recibir su cálido aliento, en cuestión de segundos la sostenía con fuerza y acercándola más a él.
Él solo asintió, estaba sobrepasado. Esa mujer le había mostrado más afecto a su hija que lo que su verdadera madre le demostró antes de que terminara por abandonarla. No era fácil lidiar con ella. Si él que era el padre, tenía que luchar día a día para seguir el ritmo de su pequeña.
Pero Kagome cometió un pequeño error y ese fue quedarse viendo a sus labios. Son pensarlo, se paró de puntitas y le dio un casto beso en ellos, todo sin liberar de las manos sus mejillas. Inuyasha cerró sus ojos para recibir su cálido aliento, en cuestión de segundos la sostenía con fuerza y acercándola más a él.
―En realidad eres única, mujer – susurró cuando el beso se interrumpió.
Ella sonrió y le guiñó un ojo.
Sintió un vacío al ver como se desprendía de sus brazos y subía el primer peldaño que la conducía a la puerta principal. Antes de que desapareciera por aquella puerta, giró levemente el cuerpo y se despidió de él.
Aguardó a que desapareciera antes de subir a su auto y dar marcha de regreso al hospital donde su madre lo esperaba y que probablemente le haría una serie de preguntas relacionadas con dulzura.
De nueva cuenta de regreso al hospital, entró a la habitación que le había sido asignada a Kanna. Se acercó a la cama y ella dormía tranquilamente, como si nada de eso hubiera pasado. Pasó la palma de su mano en la frente y un suspiro de alivio se escapó de sus labios al comprobar que la fiebre ya había pasado.
Su madre estaba sentada en un sofá junto a la ventana, contemplando la escena. Ella ya estaba más tranquila y había dejado el reprocharse a un lado.
―Hay que esperar hasta mañana. El medicamento que le dieron es un poco fuerte por lo que la mantendrá dormida toda la noche.
Él asintió ante la explicación de su madre. Se acercó a ella, ocupando un lugar a su lado, pasó un brazo alrededor de sus hombros y la atrajo a él. Izaoi se recargó en el hombro de su hijo y un aroma dulce sacudió su nariz.
Recordó a Kagome, la joven bonita que había acompañado a su hijo hasta el hospital.
―Por cierto…
Inuyasha roló los ojos y recargó la cabeza en el respaldo del sillón, anticipándose a lo que estaba por venir.
― ¿Quién era esa joven que te acompañaba?
―Una amiga.
No sería conveniente decirle como la había conocido y mucho menos el trato que existía entre ellos dos.
―Es muy bonita – comentó con astucia.
―Lo es – asintió, eso no lo podía negar – Pero es solo una amiga, madre. No te emociones.
Pero lo cierto era que se sentía incomodo cada vez que permanecía lejos de esa mujer y esa sensación no le gustaba en lo más mínimo absoluto.
― ¿Una amiga con la que…― habló más bajito por si alguien escuchaba – te acuestas?
Apartó el brazo y se levantó del sofá. Su madre a veces podía ser insoportable y ese era uno de esos días.
―No es lugar para hablar de eso.
Izayoi sonrió ante el nervosismo de su hijo. Se a simple vista era evidente que esa chica lo traía como un loco. Era la primera vez en mucho tiempo que se veía así, de ilusionado. Incluso él no lo había notado, pero su rostro se había puesto completamente rojo debido a su pregunta.
― ¿Quieres algo de la cafetería? – evadió el tema.
―No, gracias.
Seguramente la bonita era la chica con la que salía su hijo y si él no quería hablar al respecto, ya sabía con quién dirigirse. Solo faltaba saber todo de ella. Probablemente Kaede sabía quién era debido a que era la mano derecha de su hijo. Cuando salieran del hospital y que Kanna estuviera libre de todo peligro, iniciaría con su investigación.
XXX
Tomó asiento en su mesita de noche mientras contemplaba su reflejo en el espejo de su tocador. Luego de que Inuyasha la hubiese dejado, lo primero que hizo fue tomarse una ducha de agua tibia. Olía a tabaco y a antiséptico de hospital. Era como si su aroma lo hubiese dejado en cada punto donde había estado.
Mientras se cepillaba el cabello, no podía dejar de pensar en Kanna. Sabía que esa noche sería muy larga y que por alguna razón no iba a poder conciliar el sueño. Mañana tenía trabajo y no estaría al cien por cien.
Seguramente para el día siguiente Inuyasha y su madre estarían demasiado cansados por haberse quedado toda la noche en vela. Probablemente incluso necesitarían un relevo por mientras daban de alta a Kanna.
Una sonrisa se escapó de sus labios, si, eso iba ser una completa locura porque no tenía nada que ver con ellos. Solo tenía un acuerdo con él y meterse de esa manera en su vida simplemente sería arriesgarse más, acercarse más a su vida de la que no podía permitirse. Pero él ya conocía un poco de ella.
Buscó su móvil y abrió su bandeja de mensajería.
Si, una auténtica locura.
Envió un mensaje a la persona que deseaba. La respuesta del otro no se hizo esperar y le sorprendió que lo hiciera rápido, sobre todo que estuviese despierto a esa hora de la noche.
Más tranquila, se vistió y se fue a la cama, mañana sería un día nuevo.
A la mañana siguiente despertó con un tremendo dolor de espalda. Extrañaba su espacio, su cama amplia y cómoda. Dormir en un sofá era realmente incomodo. Ya había olvidado lo que era hacerlo.
Un intenso aroma a café despertó sus instintos. Abrió por completo los ojos y se encontró con la dulce sonrisa de Kagome. Sorprendido por el hecho de que ella estuviera ahí se puso de pie.
Ni siquiera Kagome esperó a que él hablara. Le entregó una charola con un vaso de café que seguramente provenía de alguna cafetería de marca.
―No sé cómo te gusta el café – explicó – Así que te traje un café negro sin azúcar. Claro, el sobre de crema y azúcar están ahí – señaló el interior de la charola con una sonrisa.
Él contempló lo que tenía en la mano y no pudo evitar sonreír.
―Así me gusta. Negro y sin azúcar.
Kagome asintió complacida con la respuesta. También le había traído algo a Izaoi.
―Tu mamá te espera para que se vayan a descansar.
Arrugó la frente ante ese comentario. Miró la camilla donde aún seguía dormida Kanna. Si ella despertaba y no veía un rostro familiar era probable que se alterara. Lo mejor sería quedarse a esperar a que eso sucediera.
Abrió la boca para protestar, pero Kagome puso un dedo en medio de ella y lo obligó a callar.
―Sin peros. Ve a descansar, yo me las arregló.
Claro que se había pasado una pequeña parte de la noche consultando lo que era el síndrome de Asperger y sobre todo lo que se debía hacer en dado de una crisis en un niño. Esperaba que eso no sucediera con Kanna. Estaba segura de que nada pasaría.
― ¿Y tu trabajo?
―Pedí permiso. Además, mi jefe me debe unos días de descanso así que regresaré la próxima semana.
Concluyó con una sonrisa.
Él asintió con una fina línea en los labios para evitar sonreír. Esos catos sin duda lo hacían sentir cosas que nunca había experimentado.
Se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
―En serio que, si eres única, dulzura.
Esta vez sí que se sonrojo y fue más evidente por toda la luz que los envolvía en la habitación.
Esta vez sí que se sonrojo y fue más evidente por toda la luz que los envolvía en la habitación.
―Llámame si tienes problemas con Kanna.
Kagome asintió. La verdad es que esperaba no ocupar esa opción. Si algo se le quedó grabado en la información que leyó, era que algunas personas se obsesionaban con algo. En este caso, sabía que a Kanna le gustaba la fotografía, así que había cargado con su cámara profesional para que se pudiera entretener con ella.
Su madre ya lo esperaba afuera de la habitación. Frunció al verla comer un sándwich de pavo y una botella de jugo de naranja.
― ¿Por qué a ti te trajo un sándwich?
Ella se encogió, conteniendo una risa.
― ¿No sabes que antes de enamorar a un hijo hay que conquistar a la suegra? – le mostró el bocadillo – Y ya me ganó.
Inuyasha negó y le indicó que mejor se fuera.
―Vámonos.
Una vez sola con Kanna, acomodó los sabas de la niña y se sentó a su lado. Sonrió al verla, realmente era una niña muy bonita. Con un rostro demasiado angelical. Era una lástima la clase de madre que tuvo como para haberla abandonado.
Tocó con delicadeza su frente y ya estaba libre de fiebre. De hecho, su semblante era completamente distinto al que había visto anoche.
De pronto sus pequeños ojitos dorados se abrieron y al verla se sobresaltó un poco, pero después la reconoció.
―Hola.
―Hola – ella respondió.
― ¿Dónde está mi papá?
El modo formal de hablar en Kanna era como si estuviese escuchando a un adulto. Demasiado para un niño de su edad.
―Se fue a descansar. Él y tu abuelita estuvieron cuidándote toda la noche.
Kanna asintió.
―Le dije a mi abuela que esas galletas tenían avena y no me creyó.
Recordó cómo se sentía la abuela al darse cuenta de su error.
Eran las tres de la tarde y ni siquiera había recibido una llamada de Kagome. Estaba demasiado preocupado por cómo le estaba yendo con su hija, a esta hora debía estar despierta y era seguro que Kagome presentaría problemas con ella. Por eso terminaba de arreglarse e ir directamente al hospital, no podía permanecer más tiempo ahí sin saber nada. A la que sí dejó descansar era a su madre por si ocupaba que lo relevara.
Salió del elevador y avanzó por los pasillos que lo conducían directo a la habitación de Kanna. Pero antes de hacerlo fue abordado por el doctor de cabecera para informarle sobre la evolución de su hija. Afortunadamente la darían de alta dentro de tres horas más. Tres horas para que salieran de ese infierno.
Entró a la habitación y se quedó ahí, incluso sacó mitad de su cuerpo afuera para contemplar la escena.
Ahí, en esa habitación Kanna no paraba de sonreír o, mejor dicho, reír. Nunca la había visto así y de hecho era la primera vez que mostraba algún tipo de sentimiento. Se quedó ahí, no quiso interrumpir el momento, de hecho, hasta sacó su móvil e hizo un par de fotos para capturar esa escena.
Lo que en realidad le estaba haciendo reír era Kagome. Había puesto unos frasquitos de barniz de uñas y ahora se las pintaba a Kanna. Mientras que ella, con una mano, sostenía una cámara profesional y le hacía unas cuantas fotos.
―Siempre he querido una, pero mi papá no me la ha conseguido.
Kagome agitó una mano para secar la pintura rosa en las manitas de Kanna.
―Esa me la regaló mi hermano. De hecho, estoy planeando un viaje a un bosque para hacer unas cuantas.
Kanna abrió su pequeña boquita sorprendida.
― ¿Me llevas?
Kagome se encogió de hombros, pues no sabía que decir.
―Depende que diga tu papá.
― ¿Decidir qué?
Ambas levantaron la cabeza al mismo tiempo y se encontraron con el mencionado padre. Inuyasha había decidido que estaba harto de ser espectador, también quería ser parte de esa charla animada.
―Kagome hará captura fotográfica ¿Puedo ir con ella?
Pero antes de que él pudiera responder, alguien entró a la habitación, anticipándose a su respuesta.
― ¡Buenos días!
Inuyasha giró su cuerpo al escuchar la voz conocida para él y resto de la habitación.
― ¡Doctor Bankotsu! – saludó la pequeña.
Pero únicamente la niña era quien lo recibía con un total agrado. En cambio, Inuyasha lo miraba hostil. Kagome simplemente se quiso hacer pequeña ante esa situación.
