Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 33

POV Bella

—Y bien, ¿cómo me veo? —pregunta Rose a minutos de recorrer el camino hacia el altar.

La semana pasada en la tienda de segunda mano encontró un vestido ajustado de estilo bohemio que le queda a la perfección. Es de color marfil, con encaje y muestra su pancita de la manera más linda del mundo. Cuando señalé que ese vestido no escondía su embarazo, todo lo que dijo fue "al carajo". Y eso fue todo.

—Estás preciosa —dice Esme, la emoción se le atora en la garganta.

—Em se volverá loco —concuerda Alice, y la sonrisa de Rose crece.

Esme e Irene, la mamá de Rose, abrazan a la novia antes de dirigirse a la terraza en la azotea donde se llevará a cabo la ceremonia. Las damas de honor y yo hacemos la revisión de último minuto para asegurarnos de que todas nos vemos perfectas. Sombras sutiles, labios atrevidos y peinados suaves y sencillos. Alice nos maquilló. Charlotte, la prima de Rosalie, nos peinó. Y la última dama, Heidi, que asistió a la universidad con Rose, nos arregló las uñas.

—Soy muy afortunada. Todas están hermosas —nos halaga Rose a las cuatro. Con nuestros vestidos largos de seda color champaña que tienen escote en la espalda y acentúan cada curva, tiene razón. Nos vemos increíbles.

Rose saca su celular y todas nos acercamos para una última selfie grupal.

Kate, la coordinadora para el evento, asoma la cabeza.

—¿Listas, damas?

Rose sonríe.

—Hagámoslo.

Agarramos nuestros ramos de peonías color marfil y rosa, luego salimos de la suite nupcial al pasillo donde los acompañantes ya nos están esperando.

La emoción y los nervios se sienten entre el séquito nupcial mientras nos preparamos para hacer lo que ensayamos anoche, con excepción de Edward que tuvo que trabajar y solo pudo asistir a la cena. Es algo caótico mientras los ocho nos acomodamos en nuestros lugares. No puedo ver bien a Edward en su traje negro hasta que él y Alice están parados justo frente a mí, con el brazo derecho de ella entrelazado con el izquierdo de él. Todos estamos volteando hacia enfrente, esperando a que Kate nos dé señal para avanzar.

—Un minuto más —nos dice Kate a todos, llevándose la mano a la oreja como si estuviera escuchando algo en su auricular—. No sé por qué el retraso.

Jasper se inclina un poco hacia enfrente para murmurarle a Edward.

—Ah, mierda. ¿Crees que Em entró en pánico? ¿Tendremos un novio fugitivo?

—Jasper, cierra la boca —lo reprendo, conteniendo una sonrisa.

Alice voltea para vernos, divertida.

—Sí, bebé. Em no se atrevería.

Edward exhala una carcajada y se gira para ver a Jasper sobre su hombro izquierdo.

—Sí, él lleva mucho tiempo esperando por este momento.

Antes de que Edward se vuelva a voltear, nuestras miradas se enlazan. Mi sonrisa es pequeña, pero su expresión se torna seria, casi intensa, cuando su mirada barre sobre mí.

—Te ves muy bonita —me dice en voz baja, y mi corazón retumba.

—Gracias.

No puedo corresponderle el cumplido sobre lo guapo que se ve en su traje negro y corbata a juego porque Kate les indica a Alice y a él que ya es hora. Desaparecen a través de las puertas de cristal abiertas y suben por la escalera de metal. Jasper y yo avanzamos un paso, pero esperamos a que Kate nos diga cuándo avanzar. Siento que pasa mucho tiempo, pero luego ella nos da el visto bueno y subimos con cuidado hacia la terraza.

Se está escuchando la versión instrumental de una canción que no puedo identificar cuando Jasper y yo giramos por la esquina, la ceremonia ya queda a la vista. Esos nervios de los buenos se activan y requiero de mucho control para no bajar la mirada hacia mis tacones para asegurarme de no tropezarme mientras nos dirigimos hacia el altar. En vez de eso intento concentrarme en lo que está enfrente. El cielo despejado de finales de mayo. El arco floral detrás de Emmett, el novio más guapo de todos.

Luego mi mirada se posa en Edward, que está parado justo a su lado.

Mi sonrisa se desvanece.

Mi corazón golpetea.

Su expresión es ilegible. Casi inmutable. Pero sus ojos, esos arden. En mí. A través de mí. Se me cae el estómago a los pies porque por mucho que me preocupara caminar hacia el altar con Edward, nunca consideré que estaría avanzando al altar hacia él. Esto se siente peor. Esto se siente como ironía y tortura retorcidas juntas. Esto era algo que siempre había querido, usar un vestido bonito y que él me esperara en un traje antes de prometernos una eternidad. Es casi demasiado. Mis pasos flaquean ligeramente, pero Jasper nos mantiene avanzando, su ritmo firme y fuerte.

Ya no puedo mirar a Edward. No puedo. Jasper y yo nos separamos, y me paro donde debo ir, junto a Alice. Por el bien de mi corazón, mis ojos se mantienen alejados de Edward. Pero puedo sentir su mirada en mí durante el resto de la ceremonia.

XXX

Después de que Rose y Em se digan "Acepto", nos toman las fotografías mientras que el resto de los invitados a la boda disfrutan de la hora del cóctel. El fotógrafo y su asistente son eficientes con el tiempo, hacen todas las tomas que necesitan del séquito nupcial en media hora. Quedamos libres para irnos mientras que Em y Rose se quedan con ellos.

El patio está vibrando de emoción. Los invitados se mezclan. La champaña y los aperitivos se consumen.

Edward y yo nunca estamos muy lejos el uno del otro, pero no socializamos. A veces está parado cerca, atrapado en una conversación detrás de mí. O yo paso junto a él para abrazar a alguien. Nuestras miradas siguen al otro. Mis oídos se esfuerzan por escuchar lo que está diciendo. Se siente como si nos estuviéramos evitando de la manera más tortuosa de todas.

En cierto momento, él se encuentra parado solo, en el área designada para fumar. Me está mirando. Ni siquiera se molesta en disimular. Así que con un último trago a mi champaña, dejo la copa y me dirijo en su dirección.

—No puedes ser el único fumador de esta boda —bromeo, sorprendida de verlo solo.

—Puede que sí. —Sopla el humo hacia el cielo rosa, luego me sonríe—. Aunque aprecio tener un rato a solas.

—Oh. —Señalo sobre mi hombro—. ¿Debería irme?

—No. —Sonríe—. Quédate, por favor.

Anuncian que los invitados ya pueden entrar para la recepción, y pronto el patio se encuentra vacío, y estamos solos.

—¿Estás nervioso? —pregunto.

—¿Qué?

—Cuando fuimos a comer, dijiste que te permites fumar cuando estás nervioso.

Se lleva el filtro a los labios, inhalando profundamente.

—Cierto —dice, llenando sus pulmones de humo antes de exhalar—. No estoy nervioso. Es que… —Se detiene—. A veces es difícil estar en eventos y no poder tomar.

—Oh. —Frunzo el ceño, de pronto agradezco haberme terminado mi champaña antes de acercarme a él—. Lo siento. Sí, eso debe ser difícil.

—En ocasiones pienso que beber un trago podría estar bien. En realidad, el alcohol ni siquiera era el problema. Pero es mejor para mí si me mantengo alejado de todo eso.

—Me impresiona tu fuerza de voluntad. El que conozcas tus límites. Es… admirable.

Su sonrisa es tímida.

—Supongo.

Sostengo su mirada.

—Lo es, Edward.

—Te diré que mi terapeuta tiene mucho trabajo por delante. —Lo dice con un toque de broma, pero hace que me duela el corazón—. Un día a la vez y todo eso.

—¿Cuántos días han pasado ya? —Espero que no sea maleducado de mi parte preguntárselo directamente. Me lo dijo hace unas semanas, pero no recuerdo exactamente y me encanta escuchar cuánto tiempo ha pasado.

—Doscientos treinta y siete —me dice. Silbo y sonríe—. Solo dos semanas más que la última vez que lo mencioné.

—¿Y? Me siento muy orgullosa de ti —digo con sinceridad—. En serio.

Suaviza su expresión.

—Gracias. —Sonríe, pero se desvanece con la misma rapidez con la que apareció—. No me llamaste —murmura—. Creí que querías que fuéramos amigos —añade, fingiendo que está herido.

—Tú tampoco me llamaste —señalo.

—Sí, bueno… te dije que dejaría todo esto a tu decisión.

—Sí, bueno… —lo imito y sonríe otra vez, esta vez con más gentileza—. No tengo una buena excusa. He estado ocupada. Y tal vez yo me sentía un poco nerviosa.

—Sí. Lo entiendo —dice casualmente mientras pisa el cigarro y lo echa al cenicero exterior que está a su lado—. Probablemente deberíamos entrar.

Me hace un gesto para que pase primero, y entramos juntos. Ocupamos los únicos asientos que quedan libres en la mesa del cortejo, sentándonos lado a lado.

La recepción es casual. La cena es estilo buffet y no hay tradiciones de boda más que el primer baile. Luego todo lo demás es fácil y perfecto, justo como la relación de Em y Rose.

Mientras avanza la noche, eventualmente se va llenando la pista de baile. Cuando tocan las canciones más animadas, todos bailamos juntos en grupo. Aunque Edward no se une, solo mira desde su asiento. Sale de a ratos, asumo que a fumar, y la siguiente vez que regresa a la mesa veo que Heidi, la compañera de universidad de Rose, se sienta junto a él en mi silla.

Intento no verlos, pero no puedo evitarlo. Ella está hablando. Él está sonriendo. Ella se ríe. Los ojos de él se mueven hacia la pista de baile, encontrándose brevemente con los míos. La vuelve a mirar y niega con la cabeza. Ella sigue hablando, luego se levanta y lo deja solo.

Tengo autocontrol suficiente para esperar hasta que termina la canción antes de regresar a mi asiento, cuando en realidad todo lo que quiero hacer es irme derechito ahí y reclamar mi sitio junto a él.

—Qué bien bailas —bromea cuando me siento.

—Cierra la boca —digo, pero estoy sonriendo—. ¿Está ocupado este asiento? —pregunto, y se ve confundido.

—¿No?

No elaboraré más porque todo lo que diga va a sonar lleno de celos y tal vez eso no está bien. No debería importarme.

—¿Lo dices porque Heidi estaba sentada aquí? —comprende y tomo un gran trago de agua—. Me preguntó si quería bailar y le dije que no.

Lo miro.

—Perdón. Eso fue raro de mi parte —explico—. Yo… lo siento.

Su expresión está cargada con algo que no puedo identificar del todo.

—No es algo que se vaya así sin más. Así que… lo entiendo.

—¿Qué?

—Nuestros sentimientos, o lo que sea eso. Quiero decir, al menos no para mí. No puedo hablar por ti. —Se aclara la garganta—. Cuando Garrett, el primo de Rose, estaba hablando contigo, me sentí igual. O sea, ni siquiera estaba celoso, solo me sentía protector o… no sé. —Estoy un poco sorprendida, pero antes de poder decir algo, Edward se pone de pie—. Ahora vuelvo.

Lo veo cruzar al otro lado del salón. Su mamá lo detiene por un segundo. Platican un poco, él le besa rápidamente la mejilla, y después sigue avanzando. Lo pierdo de vista cuando Alice se sienta y empieza a parlotear de forma borracha sobre lo perfecta que es esta noche. Aunque tiene razón. Sí lo es. Poco después Edward regresa.

—De acuerdo —dice con un toque de determinación en la voz al sentarse junto a mí en la mesa otra vez. Trae dos platos llenos con una variedad de postres—. Traje pastel, unas galletas, una mini tarta de manzana y un brownie.

—Vaya —digo impresionada—. ¿Te vas a comer todo eso?

Edward me dedica una mirada.

—Obviamente vamos a compartir, Swan.

Sonrío.

—Dame un tenedor.

Me ofrece uno, y cuando lo agarro, él se niega a soltarlo juguetonamente.

»Oye —le reclamo, mi estómago revolotea y su sonrisa crece.

Me siento cálida, de buena manera. De la mejor manera de todas. O sea, suave y coqueta, y me siento tan atraída a él. Ni siquiera es por la champaña. Dejé de beber después de mi primera copa porque cuando él dijo que era raro que no podía beber, no quise sentarme a su lado y permitirme beber cuando él no podía. Sé que no tenía que hacerlo. Pero quería hacerlo.

Similar a como lo quiero a él.

Compartimos el postre, nos acercamos el uno al otro, picamos los diferentes dulces y nos los llevamos a la boca. Los gemidos de apreciación que escapan de Edward cuando prueba algo que le gusta me hacen arder.

Empieza a sonar una nueva canción, ralentizando las cosas, y escuchamos los enternecedores versos iniciales sobre como Etta James quiere un tipo de amor como el domingo.

Veo a otras parejas mecerse con la música, sonrío un poco cuando noto lo inmersos que están Em y Rose entre ellos.

—Oye —dice Edward con suavidad.

—¿Hm? —Sigo viendo a Em y Rose, cómo él mantiene una mano sobre el vientre de ella mientras bailan.

—Bella. —Enfoco mi atención en Edward. Con sus antebrazos tatuados apoyados sobre la mesa y sus mangas subidas hasta los codos, se acerca un poco a mí. Tiene los ojos brillantes y la boca abierta—. ¿Quieres bailar?

—No sé. ¿Eres bueno? —bromeo, fingiendo que no muero por decir que sí.

—No. —Sonríe lentamente—. Sabes que no puedo bailar para nada.

Le empujo el hombro, pero es solo una excusa para tocarlo.

—Esa no es la forma de venderte.

—No estoy intentando venderme —dice con seriedad—. Solo quiero bailar contigo. Si quieres.

—¿Qué pensará Heidi? —pregunto como si me importara un carajo—. Después de todo, la rechazaste a ella.

—Imagino que pensará que no estoy interesado en ella, lo cual es verdad —dice con honestidad.

Mi corazón revolotea. Me gusta esta canción y nada me encantaría más que bailar con él. Así que digo:

—De acuerdo.

Edward y yo nos ponemos de pie, y lo sigo hacia la pista de baile. Avanzamos entre unas cuantas personas, no quedamos del todo en la orilla, pero tampoco estamos en medio de todos los demás invitados. Se ve nervioso, pero nos acomodamos. Mis brazos le rodean el cuello. Sus manos me rodean la cintura.

»No te pude decir antes lo guapo que te ves —murmuro, alzando la vista hacia él.

Le brillan los ojos.

—A veces me arreglo bien.

—Diría que sí. —Aparto la vista de él en ese momento, miro sobre su hombro para romper nuestro intenso contacto visual—. Hoy fue perfecto para Em y Rose —musito, todavía tengo la necesidad de hablar mientras nos mecemos.

—Sí. —Edward se mueve, cerrando la poca distancia que quedaba entre nosotros. Aprieta su agarre alrededor de mis caderas, sus dedos rozando la piel que queda expuesta por el escote en la espalda de mi vestido—. ¿Fue… fue raro hace rato?

—¿Qué fue raro? —pregunto en voz baja, alzando la vista otra vez hacia él, mi cuerpo está casi vibrando a causa de su toque.

—La ceremonia.

—Em lloró durante sus votos, así que sí, definitivamente fue raro —bromeo, pero la verdad verlo tan vulnerable me hizo llorar a mí también.

Edward exhala una suave carcajada.

—Eso no, Bella. O sea… me refiero al haber avanzado por el camino al altar hacia mí.

Trago, de repente siento la garganta seca.

—Sí. Esa parte fue… no rara, solo… me puso triste.

—Entonces, ¿no me pasó solo a mí? —pregunta, se ve aliviado.

—Definitivamente no.

Nos quedamos sin palabras, y nos movemos al ritmo de la música.

—Detesto mencionar esto ahora porque nos la estamos pasando tan bien esta noche, pero… hay algo de lo que nunca me responsabilicé cuando te pedí disculpas.

—Soy toda oídos —digo con ligereza, pero el estómago se me cae a los pies al ver su rostro. Se ve un tanto inquieto, y no tengo idea de lo que está a punto de decir—. ¿De qué se trata? —pregunto, y ralentizamos nuestro baile hasta que ya no nos estamos moviendo, aunque nuestros brazos siguen en su sitio como si todavía lo hiciéramos.

—Nunca me disculpé por haberte propuesto matrimonio de esa manera. En medio de nuestra pelea, cuando me sentía desesperado y necesitado, y con la esperanza de que te quedaras conmigo después de lastimarte. —Me pican un poco los ojos ante el recuerdo, pero no aparto la vista de él—. Lo siento muchísimo, Bella. Fue algo muy manipulador y un golpe bajo. Te merecías más que eso. —Me quedo sin palabras, pero él sigue hablando—. Quería disculparme por eso antes, pero supuse que ya no querías saber nada de mí al no acercarte por tanto tiempo. Luego cuando nos reunimos para comer, la situación se sintió tan fácil y tan bien, y yo solo… no quería mancillar ese día. Como lo acabo de hacer.

—No mancillaste nada. —Una lágrima solitaria cae por mi mejilla y sonrío con tristeza—. Gracias. Gracias por disculparte.

Su expresión se oscurece.

—Carajo, y ahora te hice llorar —se reprende, sube una mano para acunar mi rostro y su pulgar roza suavemente mi mejilla—. Lo siento.

—No, no, está bien. Es un buen llanto. O sea… un llanto de alivio —murmuro, luego intento esconder mis sentimientos con una risita. Aun así, su mano permanece en mi cara—. Está bien.

—¿Un llanto de alivio? —repite, la preocupación se nota con claridad en su voz.

—Un llanto de perdón —aclaro, su pulgar me roza una vez más. Esta vez no hay lágrima que limpiar. Esta vez lo hace solo porque sí.

Su mirada se torna tierna, haciendo retumbar mi corazón. Haciendo que las mariposas revoloteen con fuerza contra mis costillas.

—No tienes que perdonarme —dice en voz muy baja, regresando su mano a mi cintura—. Solo quería que supieras lo mucho que me arrepiento de haberte hecho eso.

—Lo sé —susurro—. Sé que no tengo que hacerlo, y sé que no esperas que te perdone, pero sí te perdono, Edward. Por todo.

—¿De verdad?

Asiento. Su sonrisa está teñida de alivio, y no estoy segura de quién lo inicia, pero de repente nuestra postura se convierte en un abrazo. Nuestros cuerpos se juntan. Su mentón se apoya sobre mi hombro. Se endereza, pero con sus fuertes brazos todavía a mi alrededor, me carga ligeramente, de modo que mis tacones quedan rozando el suelo.

»Gracias —susurra con la boca muy cerca de mi oreja.

La canción termina justo cuando me suelta otra vez. Su mano se encuentra en la mía y me gira una vez, jalándome de regreso a su pecho.

—Vaya. —No puedo evitar echar la cabeza atrás al reírme—. Y te burlabas de mis movimientos, ¿eh?

—¿Qué tiene de malo un giro? —Sonríe, ahora hay un aire de relajación en él—. Es una manera clásica de terminar un baile.

—Clásica, ¿eh? ¿Qué sabes tú sobre bailar?

—Sé que me gusta hacerlo contigo —comenta abiertamente. Empieza una nueva canción, y tiene una vibra similar a la anterior, lenta y emotiva—. ¿Tienes fuerzas para uno más? —pregunta con ojos brillantes y llenos de esperanza mientras me ofrece su palma abierta.

Con un sentimiento ligero y coqueto en mi pecho, acepto su mano y ese otro baile.