Un delirio

Dos días más tarde, en la tienda de Gold, Regina y Daniel habían escogido un coche para sustituir el que habían vendido en Nueva York. El Playmouth 1978 no era el favorito de Regina, se parecía a un coche de policía, que incluso ella había descrito muy bien en una de sus novelas. Pero a pesar de todo, era un modelo clásico y Daniel había ofrecido mucho dinero para tener uno de esos que no iba a encontrar con tanta facilidad, pues los pocos que había tenían dueños que no querían desprenderse de ellos. El Sr. Gold fue agradable con la pareja y les cobró un precio justo, y sin tardanza, los Colter lo pagaron en efectivo, cosa que raramente ocurría en aquella tienda de coches clásicos y precios altísimos.

Cuando abandonaron la tienda, pasaron con el coche, recién comprado, por la orilla de la playa, cerca del Hotel Hopper, donde se habían hospedado la semana anterior. Regina pasaba por allí diariamente en taxi, pero el hotel nunca fue tan interesante como cuando Emma comenzó a trabajar en él. Ella tenía esperanza de encontrar a la muchacha andando por la calle, distraída o sola como generalmente estaba. La última vez que la había visto resultó una experiencia intrigante. Si al menos pudiera tener más tiempo para hablar con ella. Le era muy familiar, pero, ¿de dónde? Aunque se estrujaba el cerebro, no podía encontrar la respuesta. Pero lo más extraño de todo era el hecho de sentirse instigada a escribir cada vez que la veía. La última vez, Regina había pasado toda la tarde en su despacho. Había vuelto a la casa desesperada con las ideas en ebullición en su mente, entrando en un estado de trance perfecto y largo, como si la muchacha tuviera alguna llave para abrir el baúl de su imaginación.

La tarde era la parte favorita del día de Daniel, como si necesitara la luz del día para pintar sus obras de arte. Había recibido un pedido de la galería de arte de Nueva Jersey y había trabajado en él todo el día, hasta que ya no le quedaron fuerzas en los brazos para garabatear con la tinta en el lienzo.

Con mucho esfuerzo, se levantó, salió del taller y anduvo por el pasillo. Regina estaba encerrada en el despacho y ciertamente no quería ser molestada. Daniel miraba hacia la puerta imponente de la estancia, pensando si llamaba o no. Una de las manos le temblaba, medrosa, subiendo lentamente hasta el pomo. Los dedos le dolían tanto que era la muerte moverlos. Desistió. Soltó el pomo y dejó intacta la paz de Regina.

Dentro, la escritora intenta, sin éxito, salir de un párrafo en la segunda parte de la historia. Su Suzana tenía que tomar una drástica decisión para ver de nuevo a la mujer que amaba. Regina miraba, indecisa, lo que había escrito. Pasaron tres horas, no había podido añadir ni dos palabras al texto, se sentía tan frustrada que borró todo el capítulo.

En aquel momento nada iba a ayudarla a encontrar lo que quería escribir. Se acercó al pequeño mueble en la esquina izquierda de la estancia y abrió una botella de Bourbon, bebiéndose de un trago casi la mitad de un vaso. Solo hacía eso cuando estaba de verdad malhumorada.

La dosis de la bebida hizo efecto rápido, y fue tan malo que podía jurar que estaba lloviendo cuando abrió la ventana del despacho. Se sirvió otra dosis generosa y observó la ciudad minúscula a través de la línea de árboles del final de la calle. Su atención perseguía cada coche en la distancia, examinando a dónde iban, en qué calles entraban, a las personas que paseaban de un cruce a otro, que parecían pequeñas hormigas vistas de lejos. Vio a alguien que doblaba la curva del final de la calle, una mujer, una muchacha con la cabeza gacha y cabellos largos moviéndose de un lado a otro. Sabía quién venía, acercándose, creciendo a su visión, pero aún así pequeña. La muchacha venía con prisa, agarrándose los propios brazos por debajo de una gran chaqueta, acto que tenía todo el sentido ya que estaba metiéndose frío. Cuando la muchacha se acercó a la casa, casi en la esquina, Regina la perdió de vista. Pensó en correr al piso de arriba para ver a la chica caminar hasta el caserón en que vivía en aquella misma calle, pero, ¿de qué serviría vigilar a la muchacha? Había hecho lo mismo ayer, ella no tenía idea de que estaba siendo observada, ¿qué ganaría persiguiéndola con la mirada hasta que se metiera en su casa?

Regina dejó el vaso sobre la cómoda, cerró la ventana, y se apoyó en ella pensando en cuánto había bebido.


Emma caminó bajo la fina lluvia hasta su casa. Las estaciones eran inconstantes en Mary Way Village, pero bastaba con llegar a la caída de la tarde que ya la lluvia, fina o intensa, castigaba, en cualquier época del año. Al menos cuando entraba en su casa, entraba un poco más en calor. Había vuelto más temprano a casa, aún pensando si aceptaría la invitación para cenar del Sr. Gold. Recordaba, claramente, la forma sugestiva en la que el hombre le había ofrecido el escarabajo amarillo. Le bastaba aceptar cenar con él y tendría el coche. A veces creía que Gold tenía un arma secreta para seducir a las muchachas con quien salía, no era él tan atractivo. Una vez le preguntó a Ruby Lucas qué hacía él con las chicas después de las cenas que les pagaba, ella dijo que era muy obvio, las llevaba al coche y si estaban de acuerdo iban a su casa o un lugar más discreto como el Rabbit Hole, un club de lujo en los límites de la ciudad. En su caso, él, seguramente, intentaría convencerla a acostarse con él a cambio del coche, pero Emma no era como su madre. Debía recordar siempre eso.

Buscó reportajes sobre aquel hombre asqueroso en periódicos, y solo encontraba fotos de su posición como concejal en el ayuntamiento de la ciudad. Mirarlo a la cara le causaba náuseas, por eso tiró los periódicos, pero entonces pensó: ¿valdría la pena venderse para tener un coche?

Emma cogió el teléfono y llamó a Gold, se conocía de memoría el número gracias a la cantidad de publicidad de su tienda que había por todas partes en la ciudad, mirase donde se mirase. Tuvo una idea. Ella misma iba a preparar la cena, al gusto de él. Podría perder el escarabajo, pero valdría la pena ver la cara de aquel hombre siendo engañado.

Se pensó dos veces llamarlo, no habría vuelta atrás si él aceptaba. Marcó el número y se puso el teléfono en la oreja. Sonó dos veces, hasta que él atendió.

‒ Tienda de Vehículos de segunda mano Gold, ¿en qué puedo ayudarle?

‒ ¿Hola, señor Gold? Soy Emma. Sobre la oferta de la cena que me hizo, tengo una nueva propuesta.


A la tarde siguiente, antes de ir a casa, Emma fue al supermercado con una lista de la compra y deseos suficientes de poner su plan en marcha. Aquello serían los mejores macarrones a la boloñesa que hubiera preparado, pues esta vez tendría un ingrediente especial. Llevaba una cesta en la mano izquierda, haciendo un esfuerzo para mantener el peso que aumentaba con todo lo que iba metiendo dentro.

Ya había llenado la cesta cuando fue a buscar el último y más importante elemento de la lista para la cena que le haría al señor Gold. Entró en la sección de los condimentos y encontró lo que quería, pero cuando se giró para regresar, una figura apareció empujando un carrito lleno, bastante distraída.

Emma sonrió, sintió ganas de hablar con ella y caminó en su dirección.

‒ Jamás la imaginé haciendo la compra. No tiene pinta de ama de casa a quien eso le preocupe‒ dijo Emma ‒ Deje que adivine, ¿aún no tiene empleada doméstica, no?‒ miraba a Regina recordando la hoja que había encontrado en el cuarto del hotel. Recordó también su casi certeza de que era ella la dueña de la nota leída.

‒ Ah, pues, sí, no tengo empleada‒ respondió Regina, sintiendo que el corazón se le encogía al ver a la muchacha ‒ Tiene una buena percepción de la realidad. Yo odio los supermercados, solo estoy aquí porque un poco más, y mi marido y yo pasaríamos hambre.

La chica soltó una carcajada, dejando la cesta en el suelo.

‒ Tiene sentido del humor

Regina sacudió la cabeza

‒ Hoy en día es necesario vivir con sentido del humor‒ desvió la mirada, cogió algo de un estante y se rascó la nuca

Emma asintió. Miró a la mujer de arriba abajo, sin recelo.

‒ Si quiere, puedo pasarle el contacto de una amiga mía. Ella trabaja en la cocina y en el servicio del Hotel Hopper, puede serle útil.

La mujer levantó los ojos hacia la muchacha y prestó atención en lo que decía.

‒ Claro, muy bien, necesito a alguien que pueda trabajar en mi casa a jornada completa.

‒ Belle es perfecta para eso, yo hablo con ella‒ al decir eso, Emma echó hacia atrás los cabellos oscuros, por el lado izquierdo de la cara. Regina se perdió en la escena, pensó haber visto aquello en otro lugar, pues le era muy familiar. Vio a Emma mover los cabellos a cámara lenta y de repente todo quedó en silencio, con la muchacha repitiendo el gesto un millar de veces ‒ ¿Señora? Ah, disculpe, me olvidé de su nombre…Regina‒ Emma la llamó haciéndola despertar.

‒ Disculpe, es que estaba pensando en otra cosa‒ dijo Regina, apretándose los ojos con la punta de los dedos

‒ Ya‒ Emma se humedeció sus labios con la lengua

Se dio cuenta de lo perturbada que dejó a Regina, y quiso reír de la sorpresa que vio en su rostro, admitiendo para sí misma que aquel era un hermoso rostro.

Dejando de lado el repentino deseo de escribir sobre aquel sencillo movimiento de los cabellos oscuros, Regina acabó encontrándose con la cesta de Emma en el suelo en una de las veces que intentó no mirar hacia la chica.

‒ Hay muchas cosas ahí dentro. ¿Es suyo?

‒ Sí. Y empieza a estar pesada‒ Emma recogió la cesta

La mujer pensó rápido.

‒ Estamos algo lejos de casa, puedo acercarla

‒ ¿Ah sí? Hum…‒ Emma pareció sorprendida con el ofrecimiento, pero a pesar de conocer a Regina hacía pocos días, le era mil veces más confiable que muchos moradores de Mary Way Village. La muchacha sonrió y le agradeció ‒ Me encantaría si no fuera una molestia.

En el camino a casa, Regina intentaba aguantarse para no preguntarle por la hoja. Emma estaba sentada en el asiento del copiloto, mirando la lista telefónica que tenía en su móvil, buscando el número de Belle French. Un trayecto que no debía llevar mucho tiempo comenzaba a hacerse largo, y Regina no sabía qué hacer para controlar la curiosidad que le despertaba la muchacha sentada a su lado. Felizmente, o no, la muchacha notó la incomodidad de la señora Mills y no fue cobarde al preguntar lo que le venía a la cabeza.

‒ ¿Se siente bien, Regina?‒ la miraba de lado, casi sin tener que girar la cabeza hacia ella

‒ Claro‒ respondió Regina, asintiendo deprisa

‒ ¿No me va a preguntar si encontré al autor de la hoja?

Regina se perdió en el camino de vuelta a casa después de la pregunta, pero mientras la pregunta seguía sobrevolando entre las dos, escogió responderle.

‒ No. Ya encontró a su autor, ¿para qué tendría que preguntar de nuevo?

‒ ¿Cree que ya encontré a la persona que me describió? ¿De verdad lo cree?

‒ Es lo que parece‒ Regina encontró la calle correcta de nuevo, seguía con los ojos clavados delante

‒ ¿Por qué tengo la sensación de que usted no es una persona feliz?‒ esa pregunta sonó espontánea, pero Emma llevaba desde la primera vez que la vio queriendo hacérsela.

Regina no dijo nada, solo continuó conduciendo hacia el barrio en que ambas moraban.

‒ Quien calla, otorga‒ afirmó Emma agriamente

El coche se detuvo de repente y Emma se asustó, volviendo a mirar hacia delante. Se dio cuenta de que habían llegado, estaban en la puerta de su casa.

Regina continuaba mirando hacia el frente, pero ahora, su rostro estaba serio y huraño.

Emma la miraba de reojo con miedo. Quería pedirle disculpas y al mismo tiempo escuchar una respuesta por su parte. Su mano deslizó hasta la manecilla de la puerta, lista para salir.

‒ No soy feliz‒ dijo Regina finalmente ‒ Ni un poco.

Apretó las manos alrededor del volante y tragó en seco el nudo que le subía por la garganta. Giró el rostro hacia Emma.

‒ Gracias por darme la respuesta y por haberme traído‒ dijo la muchacha, abriendo la puerta de su lado, sin embargo, antes tomó una decisión. Se estiró y dejó un beso en la mejilla de la morena, solo entonces salió y cogió la bolsa con la compra del asiento de atrás del vehículo ‒ Espero, sinceramente, que sea feliz de nuevo‒ Emma se giró, y caminó hacia el portón de su casa.

Regina estaba roja, asombrada con la espontaneidad de la joven. Con su coraje bajo mínimos, miró hacia la casa. Observó que parecía mayor con la cercanía. Había un jardín pequeño y bonito. Parecía antigua con detalles nuevos y bien hechos en la fachada. Imaginaba cómo podía ser por dentro.

Emma la saludó con la mano libre y, tras traspasar el portón, esperó a que ella arrancara.

La morena desvió el rostro para que la muchacha no viera lo sonrojada que estaba y se marchó.

El coche se alejó hasta la otra punta de la calle donde la mujer vivía. Emma vio cómo el coche desaparecía en el garaje de la mansión y sintió una inexplicable ausencia. Entró en la casa, intentando olvidar lo vacía que se sentía cuando se separaba de alguien, por más sencillo e ingenuo que hubiera sido el encuentro o la ocasión.


El plan de Emma era sencillo: hacer que Gold lo pasara mal. Ella aún no era un gran ejemplo en destreza trazando planes, pero jugar malas pasadas debería ser su segundo nombre. Ya era hora de que ese hombre dejara de importunar a las muchachas de la ciudad y ella, definitivamente, no sería otra víctima más de su seducción. Le iba a dar al señor Gold una lección que difícilmente olvidaría.

Había preparado lo que mejor sabía hacer cuando el tema era comida, y solo faltaban los platos cuando encendió el par de velas sobre la mesa de comedor, cerca de una de las ventanas de la sala. En ese instante vio el coche oscuro de Gold estacionar cerca de la entrada de la casa, había llegado puntualmente a las ocho.

El hombre llegó bien vestido, perfumado y hasta se había recortado el pelo para la cita de esa noche, fue lo que Emma vio al abrirle la puerta, librándole del trabajo de tocar al timbre. La manera en que la miraba nada más abrir la puerta ya le hizo sentir náuseas. Emma pensó que sería divertido cuando comenzara a pasarlo mal por culpa de la salsa de los macarrones. Él la saludó con un beso en el dorso de la mano y le enseñó un paquete que traía desde el coche.

‒ Oh, cuánta amabilidad, Sr. Gold‒ ella lo cogió, su voz sonó irónica. Le mostró el camino hacia el interior de la casa ‒ No debió molestarse. Vamos, entre.

‒ Solo es un presente de cumpleaños. Espero que le guste y que se ajuste perfectamente a su cuerpo‒ dijo, caminando por el hall de entrada de la casa. Emma lo guió hasta la sala tras cerrar la puerta y lo hizo sentarse en uno de los sofás que allí había.

‒ Vaya, pero mi cumpleaños es el mes que viene. ¿Por qué adelantarse tanto, sr. Gold?‒ dejó el paquete sobre el sofá y lo abrió con prisa infantil. Era una caja de una tienda de vestidos muy caros que había en el centro de la ciudad. Sacó de dentro un vestido azul cielo, lindo ‒ ¡Ay, Dios mío, es muy bonito!‒ ella abrió los ojos de par en par, alzando la prenda y comparándolo con el vestido que llevaba puesto, mucho más sencillo que aquel.

Gold se acomodó en el sofá, extremadamente satisfecho por haber impresionado a su víctima en potencia. Pero a pesar del hermoso vestido, Emma no iba a dejar llevarse por el regalo.

‒ Va a cumplir dieciocho años. Una chica, o debo decir, mujer necesita comenzar a comportarse como tal ‒ Gold habló de forma sugerente

Emma tomó aire y dejó el vestido doblado cuidadosamente sobre la caja.

‒ Sé perfectamente cuántos años voy a cumplir y cómo debo comportarme, sin embargo, creo que quien no se sabe comportar es usted.

Un tiro a quemarropa dolería menos que la réplica de Emma a las palabras del vendedor de coches al que le gustaban las muchachas jóvenes.

Él pareció incomodado, y entonces Emma sonrió victoriosamente.

‒ Sé que no salió a su madre, Emma. A su edad ella ya sabía hacer muchas cosas que sospecho que usted no sabe‒ dijo él

La muchacha arqueó una ceja, dejando ver su curiosidad.

‒ ¿Qué tipo de cosas sabía hacer mi madre a mi edad?

Gold sonrió, malicioso, se arregló el cuello del traje, y volvió a mirar a la joven.

‒ Adivina, querida. Creo que ni debería intentarlo, pues debe ser embarazoso pensar en ello, ¿verdad? No se preocupe, yo la ayudaré con cualquier duda que tengas. Nada mejor que la práctica en este tipo de asuntos.

Su voz insinuante hacía que Emma quisiera apretarle el cuello. Le costó mucho aguantarse. Decidió que ya era el momento de que probara sus deliciosos macarrones a la boloñesa con un ingrediente especial.

‒ Ah…Creo que debemos cenar, ¿sí?

Como Emma había sospechado, el plato de macarrones era como un guante para el ingrediente sorpresa. Había echado sal amarga en el plato de Gold antes de su llegada y separado la salsa buena para ella, pudiendo engañarlo tal como quería. Se lo comió todo observando la cara de satisfacción del hombre que se deleitaba con la comida que le provocaría estar tres días visitando el baño constantemente. Se estaba riendo por ello, y no veía la hora para ver sus efectos.

‒ ¡Qué comida fabulosa! Estoy impresionado, señorita Swan, no sabía que cocinaba tan bien‒ dijo él, limpiándose los labios con la servilleta de tela.

‒ Receta antigua, de familia…Decidí mantenerla, ¿sabe?‒ dijo Emma

‒ Felicidades, ha valido mucho la pena aceptar su invitación. Siendo sincero, los restaurantes de esta ciudad están perdiendo la calidad. ¿Se imagina que Anita Lucas se enterase de que sabe cocinar? Imagino que no hubiera perdido el empleo en el restaurante tan fácilmente ‒ decidió dar un sorbo al vino, entonces Emma llenó su taza y él se la bebió de un golpe ‒ Cena maravillosa, una compañía como la suya, se está mereciendo el coche.

‒ Pensé que se había olvidado del escarabajo amarillo‒ comentó Emma

Él rio levemente

‒ ¿Pensó que había traído el vestido para sustituir el escarabajo? No, mañana puede ir a buscarlo a la tienda, será suyo gratis, pero solo si me hace otro favor

‒ ¿Qué tipo de favor?‒ Emma se acabó su taza de vino y la dejó sobre la mesa

‒ Debe saber que algo caro como un coche tiene un precio igualmente alto. Solo es un favor, si acepta no pagará nada por el coche. Lo que le propongo es algo natural, que imagino que ya ha experimentado. Un hombre como yo, solo y solitario, tiene necesidades y una de esas necesidades…

Gold se quedó callado de repente. En segundos su rostro comenzó a ponerse rojo y su frente sudaba frío. Se llevó una mano al estómago. Su expresión se transformó, de calma a sufrimiento.

‒ ¿Qué le ocurre?‒ preguntó Emma a propósito, fingiendo preocupación

Gold intentó levantarse, pero incluso se mareó

‒ Algo serio. No me siento muy bien‒ Gold hizo esfuerzo para levantarse, pero no conseguía caminar recto ‒ ¿Qué ha echado en la comida? ¿Qué me ha hecho?

Emma se puso en pie y cruzó los brazos, echándose a reír sin piedad.

‒ Adivine, querido. Eso es por todo lo que las muchachas de la ciudad han pasado con sus chantajes. ¡No se atreva a acercarse a mí de nuevo, viejo estúpido!

Él la miró, asombrado, quería ir tras ella y castigarla por el terrible dolor de barriga que estaba sintiendo, pero en aquel momento, se estaba debatiendo en si correr hacia el coche y marcharse de allí, correr tras ella, aguantarse la barriga y los pantalones o continuar sudando frío.

‒ ¡Me las va a pagar!‒ dijo Gold con desdén, y salió airado, agarrándose en lo que veía hasta llegar a su coche en la calle.

Emma salió de la casa y le gritó

‒ ¡Desaparezca de aquí, viejo idiota! ¡Asqueroso, mentiroso!

El jaleó llamó la atención de quien vivía cerca. Gold arrancó el coche y descendió la calle, mientras las luces de las casas de alrededor se encendían y los perros comenzaban a ladrar a lo lejos.

Regina se dirigió al balcón de su cuarto y vio a la muchacha agarrar la puerta de hierro del portón, saludando a quien estaba mirando. Sintió curiosidad por saber qué había pasado y qué estaba haciendo allí el coche de Gold. No fue difícil adivinarlo cuando recordó lo que Emma le había contado sobre la propuesta que él le había hecho. Quiso salir e ir a hablar con ella, pero no podía, ni debía salir a aquellas horas.

‒ ¿Qué ha pasado? ¿Qué griterío ha sido ese afuera?‒ preguntó Daniel, entrando en el cuarto apoyado en un bastón.

‒ Emma. La chica que vive en aquella casa cerca de la esquina. Estaba expulsando a alguien, no conseguí ver bien desde aquí‒ respondió Regina, volviendo adentro.

‒ Parece extraño

‒ Sí‒ dijo Regina ‒ Muy extraño.


Regina estaba saliendo con el coche temprano cuando vio a Emma parada en las escaleras de la entrada. Descendió del coche y la muchacha se acercó a ella con un pedazo de papel en la mano.

‒ Hola, me olvidé de darle esto ayer‒ dijo la joven ‒ El teléfono de mi amiga

Ellas se miraron y Regina cogió el papel.

‒ Gracias. Hoy misma llamo a…‒ Regina vio el nombre encima del número anotado ‒ Belle‒ le devolvió a Emma una débil sonrisa

‒ Ah, qué bien. Solo era eso, tengo que irme, hasta luego‒ la muchacha bajó por la calle con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Antes de que se alejara más, Regina la llamó

‒ Espera, Emma

La joven se detuvo

‒ ¿Qué fue?

‒ ¿Estás yendo al hotel?

‒ Sí, voy a trabajar y ya estoy atrasada‒ dijo Emma

‒ Ahm, yo voy para allá, para esa zona, tengo que comprar unas plantas para la casa, y vi que hay una floricultura cerca. ¿Quieres que te acerque?

Emma asintió, encontrando adorable la forma en que Regina decidió invitarla.

La joven sabía a dónde se dirigía la mujer, a la floricultura de su tío David. Le contó ese detalle a Regina, que el tío era el dueño de la única floricultura de la ciudad y que era un negocio familiar desde hacía algunas generaciones.

‒ Esa floricultura fue de mi bisabuelo, después de mi abuelo y pasó a ser de mi tío cuando él se casó‒ dijo Emma

Regina intentaba absorber esa información, imaginando que la familia de Emma no se limitaba a ella sola como parecía.

‒ Entonces, conoceré a tu tío cuando entre. Le voy a decir que has sido tú quien me lo ha recomendado.

‒ Puede hacerlo. A mí tío le va a encantar saberlo‒ se quedaron en silencio hasta que la joven se sintió algo incómoda con la situación ‒ Creo que debo pedirle disculpas por ayer. No debí haber dicho nada sobre usted. Tengo la boca muy grande y casi siempre digo lo que me viene a la cabeza.

‒ Pero tenías razón‒ Regina detuvo el coche ‒ La verdad incomoda, pero a veces es bueno encararla. ¿Será por eso que no le gustas a la gente de esta ciudad?

Emma notó que la pregunta le encogía el corazón, pero no se dejó abatir.

‒ Sí. Debe ser por eso. O porque no soy como mi madre, aunque tengo la impresión de que si fuera exactamente como ella, las personas seguirían sin tragarme.

Había un triste brillo en la mirada de la muchacha que Regina luchaba por descifrar. Su mano subió a su rostro, acariciándole la suave mejilla, el contorno del ojo y la frente, la nariz, la boca y el mentón. Emma cerró los ojos absorbiendo el cariño. Sus rostros quedaron próximos y si quisieran, con un poco más, podrían darse un beso, sin embargo, eso no estaba sucediendo de verdad.

Emma la despertó con un beso en la mejilla y abrió la puerta del coche.

‒ Gracias por traerme hasta el hotel, sra. Colter Mills. Ha sido muy amable. Espero que Belle la ayude a resolver el problema en casa

‒ Hoy la llamaré, con certeza. Y soy quien te agradece por la conversación y la compañía‒ la escritora respondió, observándola desde la ventana del coche.

La muchacha se despidió con un saludo de la mano, y tiempo después, Regina ya estaba lejos de la calle del Hotel Hopper. Veía a la joven empequeñecerse desde el retrovisor según iba alejándose, sin conseguir lidiar con el delirio que había tenido segundos antes. Fue la sensación más dulce que había sentido. Fue como un sueño. Pero también la sensación más improbable de que algún día se realizase.