Regalo adelantado
Regina continuó por la avenida, sumergida en una única sensación de culpa, aunque todo en lo que hubiera fantaseado fuera una bonita visión de los labios de Emma sobre los suyos. Tan suaves, tan dulces y cálidos como un beso en una rosa roja. Pero siempre que se acordaba del beso imaginario, recordaba también que aquellos labios eran los de una muchacha de diecisiete años. Muy joven, muy viva, a pesar de la soledad tan clara, pero aún así era una muchacha mucho más joven que ella. ¿Quién se atrevería a sentir atracción por una niña? No, Emma no era una niña, era atrayente y quizás no fuera esa la palabra adecuada para definirla en su imaginación.
Regina agarró el volante, manteniendo el rumbo por la avenida, pero por un tris no chocó contra otro coche que venía en dirección opuesta, cuya exagerada bocina la trajo de vuelta y pudo desviar a tiempo antes de que ocurriera una tragedia. Detuvo el coche, jadeante y asustada. Las manos aún estaban en el volante, pero Regina no sabía qué la había asustado más, la perspectiva de Emma y ella o el hecho de casi haber estampado el coche.
Archie vio a Emma llegar en el coche de la Sra. Colter, su huésped de la semana anterior. Estaba cerca de la puerta del hotel cuando el coche se detuvo cerca de la acera y Emma bajó despidiéndose de la mujer. Lo encontró extraño, no sabía que ellas fueran tan cercanas. Por supuesto, él recordaba que Emma vivía en Blue Hill, y si no se equivocaba, la Sra. Colter Mills había alquilado una casa en la misma calle donde Emma vivía. Tenía sentido que las dos tuvieran contacto, pero jamás pensó que los nuevos moradores de la ciudad fueran a juntarse con la hija de Ingrid, su amor de juventud.
Justamente cuando Emma entró, él estaba echando un vistazo a las fichas de los huéspedes y no le fue difícil encontrar la del señor y señora Colter. La dirección que figuraba era Calle St. Barbara. En ese instante, Emma asustó a Archie adrede.
‒ ¿Puedo saber qué hay de tan interesante en esa ficha?‒ la muchacha se apoyaba en las manos, mirándolo desde el mostrador
‒ Nada. Tengo que comprobar la información de los huéspedes para hacer un balance – dijo, volviendo a colocar la ficha en su lugar.
‒ Puede que tengas una buena excusa, pero no me engañas
Archie empujó la caja de las fichas y miró a Emma de forma inquisidora
‒ ¿Qué te podría estar escondiendo?
‒ Sé que era la ficha de la Sra. Mills, confiesa
Archie se sintió avergonzado. Se colocó las gafas bien en su sitio.
‒ ¿Cómo puedes estar tan segura?
‒ Yo misma la cogí hace unos días, hice una marca en ella
‒ ¿Y para qué hiciste eso?
‒ La Sra. Mills se dejó olvidado algo en el cuarto. Quise devolvérselo, pero antes necesitaba saber dónde vivía.
El dueño del hotel salió de detrás del mostrador.
‒ Y descubriste que esa señora vivía en la misma calle tuya. ¿Qué le devolviste?
‒ No se lo devolví, y ¿sabes una cosa? No es asunto tuyo‒ se encogió de hombros
Él puso una cara nada agradable y entró para ir a buscar el cubo, la escoba y el paño para que Emma comenzara su trabajo. Se lo puso delante de ella y se lo señaló.
‒ Te gusta hacerte pasar por alguien listo, Emma, solo espero que en el cuarto que limpies hoy no encuentres nada. Si lo haces, me lo das a mí, que yo buscaré a su dueño, en caso contrario, estás despedida‒ empujó el cubo hacia ella.
Sin vacilar, la muchacha asintió, pero sin deshacer aquella expresión de insolente soberbia.
Regina entró en la floricultura algo exaltada, pero lograba disimularlo bien. No tuvo duda alguna de que el sitio estaba bien cuidado y de que sus dueños se preocupaban mucho por mantenerlo todo lo más bonito posible. En pocos minutos allí dentro, Regina ya se había perdido en medio de los pasillos de rosas que exhalaban una mezcla a perfume y polen. Tanto color y olor le hacían recordar lo mareada que se quedaba del olor a pintura cuando el marido pintaba sus cuadros. Regina todavía no sabía cómo Daniel no se había envenenado por estar diariamente expuesto a aquel olor tan fuerte. Pero no había llegado al centro de la tienda cuando una empleada dobló al final del pasillo, vestida de blanco y con un delantal azul bebé, con un pañuelo alrededor de la cabeza cubriéndole los cabellos color rojizo.
‒ ¿Puedo ayudarla?‒ preguntó la mujer con fuerte acento británico
‒ Ahm, sí, estoy buscando plantas, no flores, sino plantas, ¿qué me sugiere?‒ Regina asumió una postura seria ante la mujer pelirroja.
Ella enseguida asintió y le hizo una señal para que la siguiera.
‒ ¿Quiere algo para ambientes exteriores o interiores? ¿Casa? ¿Apartamento? ¿Jardín? ¿Baranda?
‒ Ambiente interior, con un olor lo suficientemente fuerte para perfumar un despacho y pasillos‒ dijo Regina, caminando detrás de la pelirroja.
‒ Creo que tengo algo perfecto para usted‒ la empleada giró en otros dos pasillos cortos y llegó a una esquina de la tienda donde solo se veía verde ‒ Begonias. Son una excelente opción para quien no quiere mucho trabajo con las plantas. Cuide de ellas cada dos días y crecerán lentamente. Este tipo de begonia ya está lo suficientemente crecida, así que su único trabajo será regarla.
La mujer le pasó a Regina una maceta grande y pesada.
‒ ¿Son tan pesadas?
‒ Depende el tamaño. ¿Qué le parece? Son excelentes en la limpieza del aire y actúan como purificadoras.
‒ Me parece muy bien. Me llevo cuatro macetas de estas.
‒ ¿Quiere ver algo más?‒ preguntó la pelirroja, muy solícita, sacando del bolsillo del delantal un cuaderno de notas y un bolígrafo.
‒ Creo que no‒ respondió Regina, intentando buscar una manera para dejar la maceta en el suelo.
‒ Deje que la ayude, señora‒ el dueño de la voz cogió la maceta de manos de Regina y ella pudo verlo ‒ Esto pesa algo
‒ Gracias ― dijo Regina, sacudiéndose las manos, y entonces notó algo en el hombre.
En su placa estaba escrito David Swan, propietario.
David era un hombre atractivo, de mediana edad, de cabellos cortos al estilo militar y barba bien recortada, ojos azules dignos de un príncipe que daba la imagen de ser alguien generoso y humilde. Cuando él se acercó, Regina supo que aquel hombre era el tío que Emma había descrito con cariño. También él llevaba un delantal de la floricultura, pero el suyo estaba sucio de tierra como si hubiera estado trabajando hacía poco.
‒ Zelena, ¿anotaste el pedido?‒ preguntó él, dejando, finalmente, la maceta sobre el mostrador.
‒ Sí, señor, van a ser cuatro de esas‒ respondió la mujer pelirroja, andando hasta el mostrador donde una mujer de cortos cabellos oscuros estaba enfrascada en unas cuentas complicadas, pues estaba continuamente reiniciando la calculadora ‒ Mary, el total es 147, 50. ¿Lo compruebas?
‒ Cuatro macetas, cuatro begonias gigantes, perfectamente. ¿La señora no desea ver nada más? Tenemos excelentes sugerencias para gente que vive en grandes casas o están comenzando a cultivar plantas‒ le dijo a Regina la mujer del mostrador con una animación fuera de lo común. Regina también se dio cuenta de quién se trataba, la esposa del tío de Emma, Mary con quien compartía la propiedad de la tienda.
‒ Oh, no, le agradezco mucho la oferta, pero hoy solo me llevo lo que necesito con más urgencia‒ respondió Regina, preparando la cartera con el dinero.
David trajo las otras tres macetas y rodeó el mostrador, poniéndose al lado de la esposa.
‒ Agradecemos su preferencia, señora
‒ Soy yo la que se lo agradece
‒ ¿Es usted nueva aquí en la ciudad, verdad?‒ preguntó Zelena
‒ Sí, y no es la primera vez que me lo preguntan‒ sonrió Regina
‒ Es algo extraño para nosotros cuando alguien llega a la ciudad, no es común que gente de otros estados vengan para acá‒ contó Mary y Regina le pasó tres billetes de cincuenta dólares.
‒ ¿Cómo se llama?‒ preguntó David
‒ Regina‒ respondió ella volviendo a centrar su mirada en él, pensó en hablarle de Emma como le había prometido a ella, por un momento pensó que no debía, pero la joven quería mucho a su tío. Entonces acabó por comentar el nombre de la muchacha ‒ Fue su sobrina Emma quien me recomendó la tienda.
‒ ¿Emma?‒ David pareció, de repente, sorprendido ‒ ¿Conoce a mi sobrina? ¿De dónde?
Regina se sonrojó solo por citar el nombre de la joven. No sabía descifrar el escalofrío que le subía por la espina dorsal y hacía que su corazón se encogiera al recordarla, era muy extraño, como jamás había sentido por nadie.
‒ Vivimos en la misma calle, en Blue Hill, la conocí hace algunos días, es una muchacha muy bonita y amable‒ dijo Regina, queriendo expresar un centenar más de adjetivos para describir a Emma. De nuevo tuvo que contenerse.
David y su esposa intercambiaron miradas que Regina no supo definir.
‒ Mi sobrina es una muchacha muy dulce, es una pena que la gente no se dé cuenta de eso‒ dijo David con un tono irritado.
‒ Yo también me he dado cuenta. ¿Por qué la gente es tan indiferente con ella?‒ Regina dejó que su curiosidad hablara por ella.
‒ Su madre, mi hermana…Es una larga historia‒ él bajó la mirada
Mary hizo ruido a propósito con la caja y le devolvió el cambio a Regina.
‒ Esto es suyo, agradecemos mucho su deferencia‒ dijo ella
‒ Vuelva siempre que quiera, señora‒ Zelena, la empleada pelirroja, dijo para después retirarse a una zona de la tienda.
‒ Muchas gracias‒ respondió Regina antes de girarse y caminar hacia la salida.
El dueño de la tienda fue sacando una a una las macetas y colocándolas en el maletero del Playmouth, como ella le había pedido. Cuando acabó, se sacudió las manos para retirar el exceso de tierra y se quedó mirando a la nueva moradora de Mary Way Village con cierta intimidad.
‒ Si conoce a Emma, es que usted le tiene que gustar. Emma ha pasado muchos años recluida en aquella casa, yo diría que ignorada, como si fuera un estorbo en la vida de las personas de aquí.
‒ Usted dice que tiene que ver con el hecho de que su madre haya hecho algo. ¿Puedo saber qué fue tan grave como para que la culpen de esa manera?
El hombre inhaló profundamente, alzando la cabeza hacia el viento helado que los sobrepasaba, él miraba fijamente hacia donde se vislumbraba la playa, y después centró su atención en la mujer que tenía delante.
‒ Mi hermana cometió muchos errores, uno de ellos fue mi sobrina, no de la manera en que pueda pensar, sino en la forma en cómo tuvo a la criatura, en las circunstancias, si me entiende. La gente de esta ciudad no aprecia a mi hermana por esa razón. Emma es solo un detalle que se la hace recordar, pues creen que Emma será como mi hermana, una destructora de hogares y una interesada.
Regina frunció el ceño.
‒ No me lo hubiera imaginado
‒ La gente le da la espalda a la verdad. Emma no será como su madre, sé que no.
‒ Tengo la misma impresión‒ dijo ella
Regina se despidió del hombre con un movimiento de cabeza y se metió en el coche, cerrando la puerta con algo de fuerza. Arrancó, haciendo chirriar los neumáticos en el asfalto, mientras aún podía ver a David por el retrovisor. Había mucha información sobre Emma que deseaba saber, sin embargo también estaba esa fantasía de horas atrás que hizo que su cabeza le diera vueltas unos instantes. Regina tenía miedo de volver a escuchar el nombre de Emma y no resistir al pensamiento de alguna escena siniestra entre las dos. Sus ojos, sus cabellos castaños al viento, el olor de la loción de pera que usaba, la humedad de su beso en la mejilla, el sonido de su voz tras hacerle alguna pregunta curiosa. La última vez eso pudo ser la causa de que el vello de su brazo se erizara ligeramente, pero Regina nunca iba a admitir que fue por causa de Emma, como máximo se diría a sí misma que se había erizado porque acababa de sentir el helado frío que venía de la playa al dejarla en el Hotel Hopper.
Así que ahora sabía que Emma era un estorbo para los habitantes de Mary Way Village, esa era la razón de que todos la miraran con cara torcida. Lo que David le había contado era un absurdo, sin embargo, como buena escritora que era, sabía que en las ciudades pequeñas, la gente tiende a exagerar la información y la madre de Emma, como mucho, debió haber tenido una noche con alguien importante de aquel sitio, haberse quedado embarazada y Emma era una hija bastarda. Ahí podría estar otra gran trama para un nuevo libro: La dulce bastarda. Tenía hasta el título. El deseo de poner algo en papel tras ver a aquella chica era, sobre todo, un deseo del que no podía escapar, era como una combustión de ideas que se abrían paso en su cabeza y le hacían sentir la necesidad de terminar su actual libro: Íntimamente.
Aquella tarde, Regina llevaba a Daniel a la consulta del doctor Whale. No hubo mejora, por más confiado que estuviera. El Dr. Whale le prescribió remedios para el dolor y le recomendó que intentara volver a fisioterapia. El tratamiento para una enfermedad como aquella era largo y difícil, no había otra salida que no fuera intentarlo. Cada vez que él salía de la consulta con Regina, él le decía que iba a mejorar, pero Regina sabía que las palabras del marido no sonaban verdaderas. Era terrible para él el dolor que sentía en los dedos cada vez que hacía un esfuerzo para pintar. Pero ahí estaba él en la sala con sus cuadros cada tarde, terminando el trabajo encomendado por un museo, desde que llegó a Mary Way Village.
Volvieron a casa, Regina lo entró con cuidado e hizo que se sentara en la sala de estar (una de las que existían en la inmensa casa) para distraerlo con la tele.
‒ Querida, me traes una copa de vino‒ pidió él
Regina estaba de espaldas a él, lista para encender la televisión, cosa que no hizo. Se giró con cara de desconfianza.
‒ Ahora no puedes tomar vino, mi amor, la medicación aún no ha hecho efecto‒ le dijo
‒ Sírvete tú
‒ ¿Yo?
‒ Quiero compañía. Siéntate a mi lado, quiero poner los asuntos al día‒ le dijo mirándola fijamente
Regina vaciló, con las manos juntas, asustada.
‒ No tengas miedo, querida, solo quiero arreglar aquello en lo que me equivoqué‒ hizo un gran esfuerzo para levantarse solo, pero lo logró. Caminó hasta el bonito mueble de madera colgado en la pared de la sala y buscó una disco para escuchar su canción, la de ellos. Puso el disco en el aparato sin trabarse. La canción era una versión de la Orquesta Mantovani de As time goes by. El mutuo gusto que ambos compartían por esa canción era uno de los buenos pocos recuerdos que Regina decidió guardar para ella en los últimos tiempos. Avanzó lentamente y la música comenzó. Ella parecía tensa, desconfiada, y Daniel imaginaba por qué. Cuando él llegó cerca de su esposa, alzó las manos hacia su rostro y le hizo una caricia, en especial sobre sus carnosos labios pintados de rojo que mancharon sus dedos. Por alguna razón, en ese momento, Daniel parecía el hombre de quien Regina se había enamorado un día: guapo, fuerte, galante y dulce. Ella cerró los ojos, esperando que la tensión pasara, las piernas y las rodillas parecían temblar y el corazón ralentizarse de lo nerviosa que estaba.
‒ ¿Por qué estás haciendo esto, Daniel?‒ preguntó, jadeante y poniendo los ojos en blanco
‒ Hace tanto que te debo mi amor. Los días han sido extenuantes, Regina. Tú eres una mujer, tienes una vida entera por delante y tuviste que frenar por mi culpa, ¿cómo crees que me siento hoy, casi muriéndome? Estoy cansado de mi cuerpo, él está cansado de mí, pero mi mente es tuya, no quiero rendirme de la vida, quiero vivir para ti‒ Daniel se inclinó sobre ella y la besó suavemente, como si tuviera un dulce caramelo en la boca.
Regina no pudo negar que, por primera vez en años, se excitó con el beso del marido. Fue automático. El escalofrío fue descendiendo por el cuerpo, el cuello, los pechos, el vientre, su intimidad. Casi se derritió en sus brazos, aunque él jamás pudiera cogerla en brazos como en la noche de bodas. Pero ella se las apañaría y se amarían de nuevo, aunque fuera allí, en la alfombra persa, en el suelo, con su canción de fondo. Cuando él pegó su cuerpo al de ella, pudo notar su erección. ¿Hace cuánto que no sabía qué era eso? ¿Qué milagro estaba sucediendo? Precisamente hoy, que había pasado una terrible mañana culpándose por haber besado en su particular imaginación a una muchacha. Bueno, si lo pensaba bien, hacer el amor con su marido sería una hermosa opción para sacarse aquella culpa de la mente.
Así que, Regina lo desvistió con urgencia y lo recostó sobre el montón de ropas enmarañadas. Ella quedó desnuda ante él con la misma prisa, sacándose por último la lencería italiana que tenía puesta debajo de la ropa de invierno y la bufanda que resbaló en silencio sobre el pecho de él, entonces él extendió la mano, ella la cogió y se montó sobre Daniel, inclinándose hacia delante. Se sentó y comenzó a moverse.
Estaba sonrosada y respiraba con fuerza.
Daniel la observó sobre él, miró el rostro hermoso, feroz y concentrado, los hermosos pechos moviéndose rítmicamente. Daniel era, en aquellos segundos, el hombre más feliz del mundo. Ese momento podía eternizarse para siempre. Él solo quería amar a la esposa para el resto de la vida.
La canción estaba acabando, cerca de su auge. Cerca de los tres minutos y seis, ella arañó el pecho de Daniel, marcándolo con las uñas y él supo que ella estaba satisfecha. La canción había acabado.
Se dieron la mano cuando ella se recostó a su lado en la alfombra. El hombre apasionado giró el rostro para mirar a su esposa jadeante, ella no lograba mirar hacia él. Habían acabado de tener relaciones, y ni con eso Regina consiguió sentir algo de lo que deseaba. De nada servían recuerdos, ni la música, fue el sexo sin menos sentimientos que había tenido con Daniel. Ella no soportaba sentirse de esa manera. Se levantó y recogió sus ropas, para después subir a la habitación.
Estuvo un tiempo en el baño, después se puso el primer albornoz que encontró detrás de la puerta. Lo que había hecho era una completa vergüenza para ella misma. Se había aprovechado del deseo del marido para satisfacerse, ya no tenía la capacidad de ser ella misma con Daniel, ya no se preocupaba por su deseo, no lo esperaba, no dejaba que él pudiera sentir el mismo placer. Ya no sabía cómo agradarlo, solo a sí misma.
Tras un rato allá arriba, Regina bajó, y se encontró a Daniel aún desnudo, preparando dos copas de vino para que las degustaran juntos, ella lo tapó, poniéndole el albornoz por la espalda y atándoselo alrededor de la cintura. El marido le pasó una copa y ambos brindaron.
‒ ¿Qué tal un baño caliente después de esta copa de vino?‒ su pregunta sonaba seductora
‒ Óptimo‒ respondió ella antes de dar un sorbo forzado al vino, y en ese momento sonó el timbre ‒ Voy yo.
Soltó la copa sobre el mueble, dando las gracias al cielo por poder apartarse de Daniel en aquel momento. Caminó hacia la puerta de entrada, mientras se ceñía el albornoz, para que nadie pudiera ver nada de su cuerpo, y abrió, encontrándose a una muchacha de rostro simpático y ojos azules.
‒ Hola, ¿Sr. Colter Mills?‒ preguntó
‒ Sí, yo misma‒ respondió Regina
‒ Soy la chica a quien usted llamó hoy, Belle, la empleada
‒ Oh, sí…Belle. Emma me dio tu número‒ Regina miró bien a la muchacha que no debía tener mucho más edad que Emma Swan ‒ Llamé porque supe que necesitaba un empleo, ¿verdad?
‒ Ciertamente, señora. Lo hablamos por teléfono.
Regina se miró, vio el albornoz blanco, pensó en el marido vestido de la misma manera y la ropa tirada por el suelo. ¿Qué pensaría Belle de eso? Necesitaba a la muchacha de cualquier manera, además ella también necesitaba el empleo, no tenía que hacerla entrar para conocer la casa antes del primer día de trabajo, teóricamente ya había aceptado ser su empleada.
‒ Está bien, en estos momentos estoy encargándome de mi marido. ¿Le importaría empezar mañana?
‒ ¿Mañana? ¿Ya puedo empezar mañana?
‒ Si no hay ningún problema, adoraría que pudiera comenzar mañana
‒ Pues claro que puedo. Todo perfecto, mañana estaré aquí, señora‒ Belle dijo
‒ Esté aquí a las siete y media, nos despertamos pronto
Belle asintió
‒ A las siete y media en punto estaré aquí. Hasta mañana, señora Mills.
Regina asintió y vio a la chica retirarse de su puerta. Había acabado de resolver un problema más, pero el peor sería encarar a Daniel de nuevo, él la esperaba en la sala, seguramente con la certeza de que tendrían una noche romántica.
La escritora ya se había mentalizado en tener que fingir con el marido cuando regresó a la sala, pero el remedio que el doctor Whale le había dado a Daniel había hecho efecto y él se había sentado a descansar en el sofá. Regina lo subió a la habitación y se permaneció con él hasta que se quedó dormido, solo despertaría a la mañana siguiente. Así que ella tomó su baño y cenó sola, esperando que pasaran las horas para ir a escribir al final de la noche lo que le faltaba de su novela.
Era temprano en la mañana, y Emma se dio cuenta de que faltaba exactamente una semana para su cumpleaños. La joven hizo una breve pausa a su cepillado de cabellos, dejando la mano suspendida con el peine por debajo de los hombros, sentada frente al espejo en un viejo tocador en una esquina del cuarto. Pegada al espejo, la hoja que Regina había escrito para ella junto a la fotografía de su madre, la única que tenía, sin embargo ese era un detalle poco importante para ella. La hoja perdida no era de la señora Coler Mills, era de Emma que sonreía pensando en lo que la mujer tendría en mente cuando escribió tantas palabras bonitas sobre ella. Emma unió los puntos, ya sabía que había sido la vecina del final de la calle quien había escrito todo eso para ella.
La joven miró el reloj de la mesa. Faltaba una hora para ir a trabajar, debía comer algo y salir pronto de casa. Dio un último vistazo a la hoja perdida y se levantó, con una idea en la mente. Intentó escribir algo para Regina, pero definitivamente no tenía talento para la escritura. Perdió la cuenta del número de hojas que arrugó y tiró al suelo con rabia por no conseguir escribir algo decente. Cerró el cuaderno y se rindió, frustrada.
Pasó por la puerta de la mansión de la sra. Mills cuando bajó por la calle de camino al centro de la ciudad. Emma se detuvo en la acera de la casa, observando la fachada lujosa. Casa de gente rica, pensaba. ¿Cuántas veces había estado allí? ¿Dos? Empezó a imaginarse un diálogo con una Regina imaginaria.
‒ Sé que fuiste tú, Regina. Ya puedo llamarte así, me di cuenta de que no te molesta, ¿verdad? Fuiste tú quien lo escribiste, y sabes que yo lo sé. Así que…Muchas gracias por decirme cosas tan bonitas. Nunca pensé que una persona pudiera pensar esas cosas de mí. De verdad, jamás, pensé que alguien, algún día, me respetara, quién dijera elogiarme o decirme que soy hermosa de esa forma tan poética como tú lo has hecho. ¿De verdad piensas eso de mí? Ah, Regina, eres tan amable. ¿Sabes qué pienso yo? Que deberías abrirte más, olvidar tus dolores y vivir. Eres escritora, ¿no? ¿Entonces? Eres tan inteligente, tan fina, pero esas cosas no combinan con tus ojos, ellos me parecen tristes y solitarios, muy oscuros para una mujer tan bonita. Quiero pedirte una cosa, ¿puedo? Mi cumpleaños se está acercando, me gustaría que me dieras el placer de leer lo que escribes. No me refiero a lo que ya tengo, la hoja, quiero un libro, ¿ok? Sirve cualquier cosa que tengas. Páginas sueltas…
De repente, escuchó un ruido, algo abriéndose, chirriando fino como un postigo de una ventana herrumbrosa. Emma bajó, corrió detrás de un abeto que había en el jardín a la entrada de la casa, escondiéndose. Regina apareció en una de las ventanas, Emma podía verla por una rendija entre las hojas del árbol. La mujer la buscó, pero no la vio. Lo había escuchado todo, había estado en el despacho todo el rato, no había dormido aquella noche y estuvo todo el tiempo ahí. Se disponía a ir a despertar al marido cuando escuchó la voz de Emma.
‒ ¿Emma? ¿Aún estás ahí? Por favor, dime que todo lo que he escuchado no ha sido invención de mi cabeza.
Emma espiaba a la mujer que la buscaba a ella. Tuvo deseos de salir de detrás del árbol y decirle que no era cosa de su cabeza, pero le faltó valor. Regina, entonces, desilusionada, incluso conmovida por la claridad de las palabras, se recogió, cerrando la ventana del despacho. Emma sintió la pena de la escritora, pero solo quedaba marcharse de allí. Antes de salir, Emma vio a Belle llegando desde el otro lado de la calle. Esperó a que la amiga tocara el timbre y la vio entrar en la mansión al minuto después.
Tras el trabajo, Emma regresó a su casa siguiendo el mismo camino de siempre, escuchando su Ipod mientras caminaba. Sentía un poco de remordimiento por no dejarse ver para Regina y haberla dejado pensando que escuchaba cosas, pero, ¿qué tenía en la cabeza para estar hablando de aquella manera como si ella estuviera delante? Finalmente llegó a casa, sana y salva. Abrió el portón, lo cerró, y vio que había llegado la correspondencia del mes. Llevó adentro todo el montón de sobres, tirándolo todo sobre el sofá de la sala, y tras cerrar la puerta y quitarse el abrigo y los auriculares, se dispuso a abrirlos.
Nunca había visto un montón de cartas tan grande, le costó sacar todo del buzón, por cierto podrían ser buenas ofertas o una invitación para ir a alguna universidad barata del interior del estado. Primero encontró las facturas, ninguna novedad en esos, después fue por las propagandas, siempre las mismas, y entonces se dio cuenta de qué era lo que hacía volumen entre todos los sobres, un gran sobre doblado por la mitad. Emma leyó la parte de delante: Para Emma, con cariño.
La joven empujó la basura que había hecho en el sofá con las facturas y abrió el sobre, descubriendo algo maravilloso, páginas de un libro sin portada, algo impreso en hojas grandes, pero tenía pinta de libro.
Sabía lo que era cuando vio el título en la primera hoja, en letras mayúsculas: Íntimamente. Al momento ojeó las páginas, estaban en orden, numeradas y divididas en capítulos. Volvió a la primera, y encontró en la esquina inferior derecha el nombre de la autora. Emma sonrió, pues Regina creyó en ella, no fueron palabras tiradas al viento lo que dijo mientras soñaba que hablaba con ella.
Esta vez quien no durmió fue Emma, devorando las páginas que Regina le había dejado en su buzón. Los capítulos eran enormes, llenos de detalles oscuros sobre la vida de una mujer infeliz que encontraba el amor en otra persona y vivía un dilema sobre si dejar o no su matrimonio de quince años. Eran las tres de la mañana cuando la vista de Emma comenzó a nublarse, le faltaba poco para terminar la primera parte del libro, y pararía allí porque era lo que tenía. Estaba confusa pensando en escribir algo a Regina en agradecimiento, y de nuevo la vergüenza no le permitió hacerlo, cosa extraña pues no solía tener miedo de sus propias actitudes. Parecía que solo cara a cara con la escritora podía decirle lo que quisiera.
Felizmente, Emma tuvo una idea, basada en lo que había acabado de leer en el último capítulo de la primera parte de la historia.
"Nos encontramos en un hermoso recodo, en lo alto de la ciudad. Hacía frío, pasamos algún tiempo observando el paisaje, pero nuestras manos heladas necesitaban el calor humano. Entrelazamos los dedos y fue como magia, lucía el sol en lo que solo nosotras veíamos en lo alto de la montaña, y calentaba mi corazón. Catherine era mi sol"
Emma copió cada línea del último párrafo. Guardó las hojas en el sobre y cogió el cuaderno. Escribió con su letra femenina:
Querida escritora favorita,
Necesito que te encuentres conmigo en un lugar secreto…Bueno, no es tan secreto, pero allí estaremos seguras y lejos de las miradas. No quiero que digan algo de mí y te perjudiquen a ti. Tengo que agradecerte el regalo adelantado. Ve al mirador. La entrada es por el parque, un poco más allá de la salida de la ciudad, sabrás cómo llegar, solo sigue este pequeño mapa que te estoy haciendo. Te espero pasado mañana a las dos de la tarde. Por favor, trata de ir, y ¡ah! Quiero saber qué sucede en la historia, lleva más capítulos.
Atentamente
Emma
