Feliz Cumpleaños, Emma

El día amaneció bonito en Mary Way Village, pero en la almohada de Regina había caído una lluvía de lágrimas a lo largo de la madrugada. Regina no se echó a llorar hasta que no escuchó los ronquidos de Daniel. Juró que no haría eso, pero el peso de haber sido engañada durante tanto tiempo le hacía un nudo en la garganta, y para sentir algo de alivio necesitaba llorar.

Era muy temprano cuando se levantó y dejó al marido en la cama, durmiendo como si no tuviera culpa alguna, remordimiento o miedo. Prestó atención en la expresión serena, recordó los días de tormenta cuando pensó que sería capaz de matarlo. ¿Valdría la pena que lo hiciera ahora tras descubrir ese secreto tan serio, que Daniel había tenido una amante? Ella estaba segura de que el matrimonio ya no existía, en ese instante, más que nunca, y para que una tragedia no tuviera lugar en aquella mansión, ella tendría que contener su rencor hasta los límites. Regina no sabía ignorar un sentimiento, ya fuera de rabia, tristeza o dolor. Y en aquel momento en ella había una mezcla de esos tres. Bajó las escaleras, mareada por no haber dormido bien y apoyándose en la barandilla hasta el último escalón. Tenía puestas unas zapatillas de tela para no hacer ruido, y sus pasos la guiaron por el pasillo hasta el taller de pintura de su marido. La puerta crujió un poco cuando la abrió, y percibió que la sala, por alguna razón indeterminada, parecía mucho más oscura de lo que había percibido con Daniel dentro.

Regina necesitaba encontrar una evidencia, una señal, más o menos, obvia de que la amante del marido había estado en su vida. Las cartas le daban alguna pista, como el pseudónimo, Bella-Flor, pero estaba segura de que si Daniel, realmente, había amado a esa mujer, seguramente la había pintado en alguna tela, o había pintado algo para regalárselo a ella.

El olor a pintura se metía por la nariz incluso antes de comenzar a caminar entre los cuadros. Cuando lo hizo, observó un mar de pinturas que ni siquiera recordaba que Daniel hubiera hecho. Sentiría vergüenza por no recordar aquellos lienzos diseminados por la sala si no fuera por el hecho de sentirse traicionada por Daniel. Ahora, cada vez que se reprendiera mentalmente por haberle fallado en algo, se lo pensaría dos veces, a fin de cuentas, él no se merecía para nada que ella se preocupase. Así que, caminó hasta los cuadros empaquetados que estaban diseminados por las esquinas de la sala. Aquellos cuadros eran pedidos de diversas galerías de arte, coleccionistas y diversas personas que conocían el trabajo del artista Colter. Regina los abrió, con cuidado, uno a uno, pero nada de ningún retrato o dedicatoria a la mujer que Daniel había amado en secreto. Esperaba encontrar un cuadro vistoso como el suyo, aquel que estaba en la pared del despacho en donde pasaba gran parte del tiempo escribiendo, un cuadro muy bonito de su rostro que él realizó con estudiado cuidado. Quizás fuera lo único que quedaba del amor que sentía por Daniel, ese retrato suyo.

Ella quería ver el rostro de la mujer, saber quién era, si era bonita, interesante, por qué atraía al marido más que ella todo ese tiempo. ¿Qué le faltaba a ella para que Daniel prefiriera a otra? Preguntas que habían estado toda la noche en su cabeza y ahora le habían dejado una enorme jaqueca. Regina soltó los cuadros del marido y se llevó las manos al rostro, desahogándose en una nueva tempestad de lágrimas, faltando a su juramento de no dejarse conmover.


Aquella mañana, Emma fue a la floricultura del tío para informar de la llamada que había recibido de Ingrid. La muchacha estaba desesperada buscando una solución, para evitar que la madre volviera o que se fuera a vivir con ella. En años, era la primera vez que David veía a la sobrina tan enfadada con la noticia del regreso de su hermana, sin embargo, poco podría hacer por Emma, no le iba a impedir a la hermana regresar a su ciudad natal para reencontrarse con lo poco de familia que aún le quedaba. A pesar de todo lo malo que Ingrid había hecho en la vida, siempre poniéndose en primer lugar, él no sentía rencor hacia ella, no podía. Por eso, escuchar a la sobrina esa mañana lo dejó triste, al mismo tiempo que aliviado al saber que Ingrid podría haber cambiado, pero eso era solo una vana esperanza. En su interior, sabía tanto como Emma, que ella no iba a cambiar su forma de ser.

La muchacha se había sentado en un banco con el tío en la parte de atrás de la tienda, en medio de una selva de plantas grandes para que ni Mary o Zelena los encontrara conversando. El asunto de Ingrid era algo reservado solo a los dos desde que la mujer se había marchado de la ciudad y abandonado a Emma con la abuela. Mary nunca entendió bien la historia, solo conocía lo que había escuchado y en realidad le daba igual si Emma se venía a vivir con David y ella. A ella le gustaba la muchacha, pero a veces la pasividad del marido con respecto a su hermana la incomodaba, por esa razón, él dejó de mencionar su nombre en casa, para dejar la fiesta en paz.

Él prestaba atención para que las otras dos personas de la tienda, además de él, no escucharan lo que Emma contaba, y por suerte, nadie vino a molestar.

Emma parecía indignada. David había perdido la cuenta de las veces en que había visto a la sobrina suspirar pesadamente y aguantar el llanto, sentía mucha pena por ella.

‒ Desgraciadamente lo máximo que puedo hacer, Emma, es hablar con ella. Pero impedírselo no es algo que te lo pueda garantizar. Ella quiere volver, quizás haya sido despedida de donde estaba trabajando y quiere ver si encuentra alguna oportunidad aquí, cerca de nosotros. Sé que te sientas herida, todos estamos enfadados con ella por lo que te hizo, pero creo que debemos darle una segunda oportunidad‒decía él preocupado.

Emma cerró los ojos, apretándolos, giró el rostro

‒ Dijiste lo mismo exactamente las otras seis veces. Las seis veces en que volvió, dijiste eso, ¿y qué sucedió después? Nada. Ella no va a cambiar. Estoy cansada de esa mujer en mi vida. Cada vez que vuelve, todo se convierte de nuevo en un infierno. La gente me odia por su culpa, no puedes darte cuenta de lo horrible que es eso.

‒ Claro que tengo noción de cuánto te enfada eso, pero es tu madre, lo quieras o no‒ dijo él

Emma se levantó del banco y dio cuatro pasos hacia delante, con los brazos cruzados, mirando hacia el suelo de la tienda.

‒ No la quiero viviendo conmigo. En mi casa ella no entra más.

‒ Tampoco puedes impedírle eso, la casa donde vives nos pertenece a todos nosotros, fuimos criados allí, querida. Si tu madre quiere, puede hacer de todo allí dentro.

‒ Tienes que ayudarme, tío. No quiero a esa mujer cerca de mí de nuevo‒ Emma suplicó con las manos juntas.

‒ Haré lo que esté a mi alcance‒ David respiró hondo ‒ Solo que creo que tú y ella necesitáis tener una seria conversación. Si se da, grita, llora, insulta…Tienes que echar para afuera tus sentimientos, hija‒ la llamaba así cuando quería cuidar de ella, consolarla, hacer lo que fuera para protegerla. Emma era la hija que nunca había tenido con su esposa.

La joven voló hacia su tío, le dio un beso en la mejilla y salió de la tienda sin decir nada. Al salir pasó pasó por delante de Zelena que sacudía una alfombra llena de polvo. La empleada de la floricultura le preguntó si ya se iba, pero Emma no respondió, ni siquiera escuchó que la pelirroja le dirigía la palabra.

Swan tenía que ir a trabajar al Hotel Hopper, así que echó a andar por la calle con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, fijando la mirada en sus zapatos, pensativa. Sin mucho esfuerzo, recordó a Regina, la tarde del día anterior, lo que habían conversado y el abrazo final. La vida podía estar compuesta de momentos como aquel con Regina, pensaba Emma. Jamás había abrazado a una persona de aquella manera, y si tuviera que elegir retroceder en el tiempo, escogería ese exacto momento, los bellos segundos en que había estado en los brazos de ella.

De cierta manera, eso hizo olvidar un poco a Emma lo de madre y los problemas a los que se estaba enfrentando, pero la realidad la golpeó de nuevo cuando se dio cuenta de que estaba en la puerta del Hotel y que un largo día de trabajo la esperaba por delante. No había elección.


En su décimo octavo cumpleaños, Emma se despertó con un extraño frío en la barriga. No sabía cuál sería la razón para haberse despertado de aquella manera, ya que no podía esperar mucho de esa fecha, pues nadie, aparte del tío, haría algo para ella en ese día. Había pasado menos de una semana desde el encuentro con Regina en el mirador de la ciudad y de la taza de chocolate caliente. No se habían visto desde ese día. Echaba de menos a la señora Colter Mills, aunque empezaba a creer que ella prefería ser llamada solo Sra. Mills, sin el Colter, pero desconocía la razón. A las siete de la mañana, Emma miraba el techo de su cuarto en esa casa antigua, pensando en Regina, tampoco hoy podría hacerle compañía.

En todos esos años, nadie, ni siquiera el tío, había tenido un momento para ella durante el día en su cumpleaños, Emma siempre tuvo que esperar a que anocheciera para celebrarlo, siempre tuvo que esperar para recibir el pastel, hecho por Mary, con una vela encima. No pedía nada, nunca pidió ni siquiera una muñeca como regalo. El tío solía darle el pastel y tres paquetes: caramelos, un peluche y una joya. Emma guardaba todas las pequeñas cosas que él le había regalado en un baúl, pero las joyas, cordones de oro, pulseras, pendientes de plata ella no los pudo guardar…O mejor dicho…Se los robaron. Un día, cuando tenía 15 años, Emma volvía a casa tras las clases y vio que el cajón del tocador, precisamente uno con un fondo secreto, había sido puesto patas arriba. La única persona que había entrado ahí y podía saber dónde estaban sus cosas de valor era Ingrid. En aquella época, la muchacha no quiso acusar a la madre, pero las decepciones que vinieron y las anteriores solo confirmaron sus sospechas. La joven nunca le contó al tío lo que había ocurrido, ni se lo contaría, él no merecía decepcionarse aún más con la hermana.

Tras acordarse de eso, Emma se levantó. Aunque los regalos fueran cosas imprecisas, no esperaba recibirlas, ni la compañía de Regina, que era lo único que realmente deseaba tener. Caminó hasta el balcón del cuarto, abrió las puertas y miró hacia el cielo claro de una mañana de jueves. Se agarró al hierro de los barrotes y miró hacia la dirección contraria, hacia la casa de la Sra. Mills. No había movimiento, no vio a nadie. Las ventanas vivían cerradas, a excepción de una, cerca de la salida que Emma juzgó ser la del pintor que vivía con Regina. Dos minutos más tarde, Emma ya se había echado hacia delante, imaginando si Regina saldría de la casa, y no estaba equivocada. La puerta delantera se abrió, la mujer salió vestida toda de negro, gafas oscuras y de lejos, desde donde estaba Emma, parecía más pálida. Emma se escondió detrás de la puerta como si pudiera ser descubierta, pero desistió cuando notó que Regina no podía verla si ella no quería. Sacó el coche del garaje con una lentitud cansada, como si no estuviera animada para salir, tras cerrar la puerta del vehículo, el coche hizo una curva al final de la calle y desapareció.

El corazón de Emma estaba disparado, de tal forma que no podía controlar. Haber visto a Regina la había dejado con la respiración entrecortada, nerviosa, no entendía por qué. Entró presionándose el pecho con la mano, como si estuviera sintiendo algún dolor, pero no por haber visto a Regina, sino por ella misma. Algo le había pasado a Regina, y Emma no pudo sacarse eso de su cabeza.

Archie le dio el día libre a Emma, ya que el hotel estaba vacío, y el único huésped estaría ahí una semana. La muchacha había ido al trabajo en vano, pero aún así estaba feliz por no tener que trabajar, desde que se había levantado no se sentía bien, desde que había visto a Regina desde el balcón de su habitación. Salió del hotel riendo irónicamente por el olvido de Archie de su cumpleaños, sin embargo, estaba segura de que si fuera el cumpleaños de su madre, se acordaría muy bien. Estaba acostumbrada a ser olvidada, pero ya no se sentía tan molesta como antes.

Emma iba caminando por la acera, iba a ver a su tío a la floricultura cuando pasó al lado de un coche oscuro, largo, y reconoció la matrícula. Se detuvo a mirar el coche de Regina estacionado muy pegado al bordillo de la acera, en frente de una farmacia homeopática. De repente, su corazón volvió a palpitar aceleradamente, sentía los dedos de las manos temblando. Estaba tan tensa que ni se dio cuenta cuando la mujer se detuvo tras ella, agarrando un paquete en una de sus manos y esperando a que Emma la viera, pero la muchacha se quedó paralizada.

‒ ¿Emma?

La voz de la mujer entró en sus oídos, penetrando tan profundamente en su cabeza que la muchacha casi se mareó. Miró hacia atrás, por encima del hombro, Regina estaba allí, de pie, bien cerca de ella.

‒ Sabía que eras tú, reconocí tu coche‒ dijo Emma con aliento entrecortado

‒ ¿Te encuentras bien?‒ preguntó Regina, preocupada

‒ Estoy genial, ¿por qué?

‒ Te noto extraña. estás pálida.

Si Emma admitiera que se sentía mal desde que la había visto por la mañana, se estaría traicionando a sí misma. Prefirió quedarse callada sobre eso.

‒ Impresión tuya‒ alzó el mentón

Pálida de verdad estaba Regina, pálida como un vampiro. Era como si llevara días sin comer, su rostro estaba más afilado, la expresión severamente cerrada y los dientes tan apretados que Emma podría ver cómo se contraía la mandíbula inferior. Eso tenía que estar produciéndole una gran jaqueca, era una manía que tenía que estaba empeorando.

‒ Creo que has comido algo que no te ha sentado bien‒ dijo Regina ‒ Al menos es lo que parece‒ Regina caminó hacia el coche, abrió una puerta y tiró el paquete el asiento de atrás, sin prestar cuidado. Cerró la puerta otra vez y se giró hacia Emma ‒ ¿Qué haces caminando por aquí a estas horas? ¿No deberías estar trabajando?

‒ Me gané unas vacaciones‒ Emma se encogió de hombros, observando a la Sra. Mills ‒ ¿Qué era eso que has venido a buscar?

Por un momento, Regina se irritó con la curiosidad de Emma, pero estaba irritada con todo, así que dejó de lado la horrible sensación para contestarle a la muchacha.

– Medicamentos para Daniel‒ dijo seca, directa, seria

Emma tuvo miedo del tono de su voz, su desconfianza se hizo mayor.

‒ Hum…‒ miró a Regina de los pies a la cabeza, si alguien allí no estaba bien, con toda seguridad era ella ‒ Escucha, ¿qué te ha pasado? Tienes un aspecto horrible.

Regina no quiso hablar. Se giró y abrió la puerta del coche para entrar y marcharse.

‒ ¡Hey! Respóndeme, ¿qué te sucede?‒ Emma insistió

‒ Prefiero no hablar sobre eso. Lo siento mucho‒ Regina se cerró y no le devolvió la mirada a Emma.

‒ Entonces ha sucedido algo

‒ Sí, ha sucedido, pero no quiero hablar de ello.

Emma tuvo un presentimiento.

‒ ¿Fue él, no? Tu marido. Es algo relacionado con él, solo puede ser eso, es el único que ha podido hacerte algo.

Regina giró el rostro hacia ella, pero aún no podía mirarla a los ojos, ni siquiera se había quitado las gafas negras.

‒ ¿Y si fue él? ¿Qué harías para ayudarme?

La muchacha no se lo pensó mucho

‒ Incluso matar, solo que hoy tengo que pensarlo dos veces antes de hacerlo…Acabo de cumplir dieciocho años, ya no sería juzgada como menor, así que, no habría oportunidad de escapar. Pero podemos idear un plan. ¿Qué tal envenenarlo, empujarlo por las escaleras y decir que fue un accidente?‒ bromeaba con las posibilidades, y Regina solo suspiraba.

‒ No saldría bien‒ dijo la mujer, desanimada

Emma percibió que no estaba ayudando con el humor de Regina, pensó en algo más práctico y objetivo.

‒ Disculpa. Claro que no quieres matar a tu marido, solo estaba bromeando. Hoy es mi cumpleaños, sé que no quieres dejar de cenar con Daniel, pero aún así voy a invitarte a que vengas a mi casa a comer un pedazo de la tarta que mi tío va a darme como regalo dentro de un rato.

La mujer, finalmente, se quitó las gafas oscuras, dejándole ver a Emma el verdadero estado en que su rostro estaba después de días de lágrimas. Dos ojeras tan profundas como el abismo. Sonrió calmadamente, asintió y pensó en la invitación. La inocencia mezclada con la audacia eran dos cosas que, aunque opuestas, parecían encantadoras en aquella joven. Aunque Emma tuviera 18 años, conversaciones como las de una chiquilla de 15 y carácter como alguien de 55, no engañaba a Regina. La escritora tuvo otro de esos lapsus de ganas de escribir, esa magia que acontecía cuando estaba con Emma. No había escrito nada desde hacía más de cinco días, no pensaba acabar tan pronto su libro, sin embargo, de repente, tenía que hacerlo inmediatamente.

‒ Pensaré en tu invitación‒ Regina fue sincera, y eso hizo sonreír a Emma.

‒ Te voy a esperar‒ dijo la muchacha que a ojos de Regina había crecido desde la última vez que se habían visto, estaba más mujer que antes, cosa que no pasó desapercibida a sus ojos ‒Juro que voy a esperar.

Las palabras citaban a Regina al encuentro, pero ella no podía decir nada, no podía confirmar que estaría esa noche en la casa de la joven. Se volvió a poner las gafas y se marchó en su coche por la avenida.


Swan no fue a la floricultura de su tío, prefirió volver a casa y esperar ansiosa la visita de Regina. Algo le decía que ella iría más tarde y su espera valdría la pena. Así que, con una esperanza indomable, se preparó sin percibir que había exagerado para recibir a una mujer en su casa. Se pasó todo el día cepillándose los cabellos, viendo qué maquillaje era el mejor, planchando el vestido de manga larga color perla, que había sido otro regalo de su tío y ya empezaba a quedarle corto, señal obvia de que había crecido desde que se lo había regalado. Se trenzó el pelo, mechón a mechón, con paciencia, hasta dejarlo de la forma que quería, pasándolo alrededor de la cabeza y el cuello. Una verdadera princesa, y todo eso para ganar una palabra de elogio de la vecina que vivía al final de la calle.

Esperó buena parte de la tarde, estuvo en el balcón mirando hacia la mansión Mills, pero no vio a nadie, a no ser a su amiga Belle salir de la casa tras el trabajo. Había oscurecido, probablemente su tío David y Mary estarían de camino con el regalo que le había prometido a Regina. Emma no estaba equivocada.

Ellos aparcaron la camioneta en la calle de Emma en el momento que esta cerraba la puerta del balcón de su cuarto. Mary traía en las manos una hermosa tarta de cereza, preparada con tanto mimo que daba pena hasta comerla. David ayudó a la esposa a subir los escalones que precedían la entrada de la casa y él tocó al timbre dos veces.

La joven abrió la puerta y los encontró sonrientes, seguros de que le estaban dando una gran sorpresa, pero era algo que sucedía todos los cumpleaños. Entonces, Emma los abrazó, primero al tío, tardando en soltar su cuello, y después a Mary, con recelo de tirar la tarta.

‒ ¡Feliz cumpleaños!‒ dijeron los dos a la vez

‒ Gracias‒ respondió Emma, sonrojada, siempre era así cuando recibía demasiada atención ‒ Entrad‒ los invitó a entrar y Mary rápidamente dejó la tarta sobre la mesa de comedor, cerca de la cocina.

‒ Ah, hija, qué bonita estás. Toda una mujer‒ dijo David admirándola.

Emma le agarró la mano y sonrió avergonzada.

‒ Son tus ojos que miman mucho, incluso estando sucia de lodo me vas a encontrar bonita, tío.

Él la atrajo hacia un nuevo abrazo y le dio un beso en la parte alta de su trenza. Mary se unió a ellos.

‒ Tu tío tiene razón, Emma, has crecido y te has convertido en una hermosa mujer. Ahora solo te queda conseguir novio‒ Mary sonó inocente, juntando las manos cerca de la barriga, sin embargo, enamorar no estaba en los planes de la joven.

‒ Ahora eres una mujer, Emma, tienes dieciocho años y una vida entera por delante, sé que vas a cumplir todos tus sueños‒ decía David apoyando las manos sobre los hombros de su sobrina. Tras un corto momento, se giró hacia su mujer pidiendo algo ‒ Querida, el paquete.

‒ Ah, aquí está‒ Mary sacó algo de uno de los bolsillos del abrigo que llevaba y se lo pasó al marido.

‒ Emma, esto es para ti, algo muy especial que todo padre debe ofrecer a una hija y tú eres para mí como una hija‒ se lo pasó a sus manos

La muchacha ya sabía lo que era, el mismo tipo de regalo que ya había recibido, una delicada joya, tal como su tío también la veía. Esa vez, era un anillo de oro, delicado, adornado con una pequeña piedra de cristal. Pensaba que le iban a regalar otro collar que no se pondría, no porque no le gustaran, sino por no estar acostumbrada a llevar en el cuello sino un cordón de tela. Se había equivocado. Le gustó el anillo, y se lo puso en el anular izquierdo y les sonrío a los tíos sin pensar demasiado.

‒ ¡Es muy bonito, gracias!

‒Tu tío y yo lo escogimos para que formara parte de tu colección‒ dijo Mary, sin saber de hecho lo que había pasado con todos los otros regalos que les habían dado a Emma en cumpleaños anteriores.

La muchacha empalideció de repente, e intentó disimular apartándose de ellos, caminando hacia la tarta.

‒ ¿Vamos a comer, sí? La tarta tiene una pinta excelente.

David y Mary no desconfiaron de lo que Emma llevaba escondiendo desde hacía un tiempo. Emma sentía vergüenza al recordar lo que la madre, posiblemente, había sido capaz de hacerle. Aunque lo que tenía era poco, las pequeñas joyas que el tío le regalaba en sus cumpleaños, tenían valor y ni siquiera el cariño que el hermano sentía por su hija respetó Ingrid al llevárselas.

Mientras degustaban la tarta de cereza, Emma se preocupaba por Regina. No había aparecido hasta el momento, y ya se estaba haciendo tarde para visitas. Emma sabía que la sra. Mills tenía una vida agitada cuidando del marido y de la casa, además de escribir en sus horas libres, pero hoy, cuando se la encontró en la calle, tuvo la certeza de que aparecería. Ya se había pasado la hora de cenar, David había encontrado en un estante un disco antiguo de los Bee Gees, seguro que pertenecía a su madre, la abuela de Emma, y que la joven había heredado por casualidad. Colocó el disco y se giró hacia la sobrina, con la mano extendida, invitándola a bailar.

Mary los observó a los dos bailando y rieron con las canciones, unas animadas, otras más lentas. Emma se divirtió como una bailarina de polca. Su tío le enseñó algunos pasos de bailes en pareja cuando giró, de forma admirable, con Mary por la sala. Ella los aplaudió, y pensó que era muy bonito verlos juntos. Estaba cerca de la ventana de la estancia, mirando hacia la calle, esperando ver aparecer una sombra entre las plantas del jardín y el portón.

‒ Querida, ya es tarde, tenemos que irnos. ¿Estarás bien?‒ preguntó David, cogiendo su abrigo.

‒ Sí. Gracias por haber venido, me encantó el regalo y la tarta ‒ Emma caminó hasta la puerta de la entrada y se las abrió

‒ Cómete el pedazo que queda mañana en el desayuno‒ sugirió Mary, dándole un beso en la mejilla.

‒ Ciertamente haré eso‒ Emma pensó que era un pedazo demasiado grande para comérselo entero en el desayuno. Esperaba que otra persona lo compartiese con ella.

‒ Buenas noches, querida‒ dijo David, abrazando a la sobrina con fuerza suficiente para dejarla sin aire.

Tras las despedidas, atravesaron el portón, subieron a la camioneta y se marcharon saludando a lo lejos, dejando a una Emma solitaria en sus esperanzas.

Según el reloj, faltaban veinte minutos para las diez, ya había pasado la hora para que la escritora viniera. Emma no podía creer que se hubiera equivocado. Esperó en el portón, agarrándose a los barrotes, y nada de Regina.

Se estaba tragando el nudo de su garganta cuando entró y cerró la puerta con rabia. Esperó algo más de tiempo tras la madera, imaginando que sonaba el timbre y que la veía allí, sonriendo solo para ella, pero nada sucedió. Emma se fue a echar al sofá del salón, hundió la cabeza en el cojín y aguantó el llanto. Aún sonaban los Bee Gees en la cadena de música.

If ever you got rain in your heart,

Someone has hurt you, and torn you apart,

Am I unwise to open up your eyes to love me?

Y nada de Regina

An let it be like they said it would be

Me loving you girl, and you loving me.

Am I unwise to open up your eyes to love me?

Hasta que…

Resonó el timbre por la casa. Emma abrió los ojos, se sentó y escuchó de nuevo para ver si de verdad estaba sucediendo. Corrió hasta la puerta, tropezando, resbalando en el suelo, la abrió para encontrarse con la persona que más deseaba ver. Allí estaba Regina, perfecta, elegante, de pie, mirándola.

‒ Sabía que vendrías‒ Emma soltó las palabras con un soplo de alivio.

Regina le devolvió una sonrisa tímida, agarraba un libro en las manos, entre las mismas ropas negras de por la mañana.

‒ Feliz cumpleaños, Emma