Infelices

Regina se fue alejando en el coche, dejando a la joven Emma atrás, con pena en su conciencia, aunque aún no sabía si tendría coraje para ver a la muchacha cuando anocheciera. Por un momento se arrepintió de haber conversado con ella, de haberse encontrado con Emma, la persona equivocada en el momento equivocado. Mientras iba conduciendo, mil ideas le venían a la cabeza, pero no era un buen momento para plasmarlas en el papel. Cerró los ojos un segundo y al abrirlos ya había perdido a la joven en el retrovisor, ya había girado la esquina, dado toda una vuelta a la manzana pero ya era tarde para encontrarse con ella de nuevo y decirle que iría a su casa esa noche.

Regina estacionó en el garaje de la mansión, salió del Playmouth con el paquete en las manos y entró en la casa casi con la certeza de que nadie la había visto salir. Al llegar, vio a Belle llevando al marido hasta el taller de pinturas, empujando la silla de ruedas. La muchacha lo dejó en el salón y salió para terminar el almuerzo. Regina soltó el abrigo negro en el perchero de la entrada, dejó el paquete de las medicinas sobre el mueble y se fue a su despacho, encerrándose allí hasta el mediodía. Escribió un capítulo entero de Íntimamente, y desistió, sufriendo para terminar. Llevaba días con una jaqueca, y pensaba que era por pensar demasiado en la traición sufrida. Estaba intentando hacer lo posible para ignorar las cartas del marido y de la tal Bella-Flor, solo que tenía que vivir con él, el hombre en quien había confiado, y cada vez que lo miraba recordaba la sensación, la decepción al descubrir algo improbable.

Daba pequeñas inhalaciones a un cigarro de un paquete que había conseguido cuando había ido al centro de la ciudad, pero nunca se acostumbraría al sabor amargo que quedaba en la boca. No era la primera vez que fumaba, ya había experimentado uno de los del marido cuando era más joven, pero tenía preferencia por cosas más refinadas, como un puro habano que su suegro le regaló a Daniel una vez, pero poco más había fumado. Intentaba encontrar algo que la atontara, un relajante, una distracción. Pronto abandonó el cigarro, porque al acabar uno lo que le quedaba era ansiedad, en vez de lo contrario.

Entonces llegaban las horas del día en que no había otra alternativa que encarar a Daniel, como el almuerzo y la cena. Regina se sentaba con el marido, esperaba a que Belle les sirviera y la despedía con un breve agradecimiento. En esos días, Regina sacaba un tema y dejaba el resto a Daniel, mientras sus respuestas se limitaban a un "Uhum" o "Vale". A él le gustaba hablar más que a ella, y lo hacía de pintura o de su recuperación, que aún creía que sería posible. Regina, como mucho, se limpiaba la boca, sonreía sin mostrar los dientes y terminaba la conversación con un "Estoy satisfecha, querido". Ella veía doble sentido en la frase, satisfecha por la comida, pero también podría estar satisfecha con el matrimonio, que podría terminarse en aquel preciso momento.

Belle se presentó un día en su despacho a pedir su dinero. La muchacha estaba saturada entre cuidar de la casa y del señor Colter, así que Regina le sugirió que buscara una persona para que la ayudara en la casa. Belle estuvo de acuerdo y salió más aliviada del despacho. Ese mismo día fue cuando llevó a Daniel al médico, el Dr. Whale, quien le recomendó la homeopatía, pues formaba parte de sus experimentos con pacientes de parálisis transitoria. Regina no dijo una palabra en el camino de vuelta a la mansión, Daniel habló solo sobre la recuperación que tanto anhelaba, pero Regina sabía que no se produciría.

Él hizo un comentario sobre sus exageradas ojeras, pero la mujer le contó que tenía alergia al maquillaje y él se lo creyó. La mentira de Regina no levantaría sospechas en él, y ella se creyó con el derecho de hacerlo. En los dos o tres días siguientes se negó a almorzar con él, le decía a Belle que le dijera que no tenía hambre y que ella le hiciera compañía.

Hoy, Regina almorzó con Daniel, siguiendo la rutina del "uhum" y "vale". Rápidamente lo llevó al taller y volvió a su despacho. Perdió una tarde intentando escribir, pero no tenía ganas, necesitaba que Emma apareciera de nuevo para que su entusiasmo volviera. Recordó el cumpleaños de la muchacha, sus palabras en la calle antes de marcharse en el coche. No sería justo engañar a la muchacha, ya que las personas engañadas eran capaces de cosas aterradoras. Regía veía a Emma como una joven impulsiva y seductora. Podría perfectamente presentarse en su casa y soltarle a Regina que tenía mal carácter. Vale, eran tonterías, cosas fuera de contexto, y en el fondo no creía que Emma fuera tan incomprensiva. Ya se había acabado el tercer cigarro del paquete cuando Regina decidió que no iba a cenar con el marido esa noche. Miró hacia la estantería del lado derecho del despacho, aplastó la colilla del cigarro en el cenicero, y echó a andar hacia donde quería. Pensaba zafarse de la cena con un buen pretexto. Metió la mano entre los libros organizados alfabéticamente y cogió un ejemplar de una obra suya de cuatro años atrás, llamada Redención. Uno de sus últimos libros lanzados y el tercero más vendido según la lista de The New York Times. Regina lo abrió y echó una ojeada, era un ejemplar que había guardado para regalarle a algún amigo del marido o suyo cuando recibía visitas en Nueva York, pero por alguna razón aquel no lo había regalado. La trama se centraba en una mujer traicionada en busca de redención en la vida, y era algo irónico al tratarse de un libro que la propia Regina había escrito, como si hubiera previsto lo que iba a suceder cuatro años más tarde, en una noche, en una estancia de la mansión en que estaba viviendo. Pensó en regalarle el libro a la joven, le iba a gustar, sobre todo porque ya estaba metida en la historia de Íntimamente.

Regina no se dio cuenta de que se había hecho tarde y se asustó cuando escuchó los golpes de Belle a la puerta del despacho. Aún sujetaba el libro, lo estaba releyendo, intentando encontrarse a ella misma en el personaje principal cuando fue interrumpida. Se levantó de donde estaba sentada y abrió la puerta.

‒ Permiso, señora. El sr. Colter la está esperando para la cena‒ comunicó la joven empleada.

Regina soltó un breve suspiro, pensó si escaparía de la cena para ir al cumpleaños de Emma. ¿Qué sería mejor para ella? ¿Mirar al marido irritante con la misma conversación, corriendo el riesgo de apretarle el cuello por el odio acumulado de los últimos días o tener una buena conversación con Emma sobre cualquier asunto, comiendo un buen pedazo de tarta o pastel? La escritora se lo pensó seis segundos.

‒ Dígale a mi marido que estoy ocupada, no puedo parar. Belle, ¿cuánto me cobraría por quedarse esta noche?

Belle no entendió

‒ ¿Cómo, señora?

‒ Necesito que se quede aquí y cuide de Daniel por mí, le pago más, lo que pida. Solo por hoy, pero búsqueme a alguien que pueda hacerlo más veces. ‒ Regina intentaba convencer a Belle.

Algo más de dinero le vendría bien. Belle ganaba muy bien en la casa de la pareja, sin embargo estaba cansada por el excesivo trabajo. Ahora tenía un incentivo, no le costaba tanto quedarse el resto de la noche sentada al lado del pintor, viendo algún programa bobo de la tele o esperando que se durmiera para ella echarse una cabezada en el sofá. La muchacha asintió enseguida, pero sabía que Regina escondía algo serio, aunque no preguntó, en realidad se sintió obligada a ayudar a la señora Mills, por quien, secretamente, sentía pena.

‒ Está bien, señora. Me quedo.

‒ Necesito que me haga otro favor. Dígale a mi marido que no quiero que me molesten, que estaré toda la noche en el despacho y no saldré hasta que termine de escribir lo que tengo que escribir. Voy a salir y no pretendo llegar pronto‒ Regina pasó al lado de la muchacha con el libro en la mano y buscó el abrigo negro que llevaba puesto anteriormente.

‒ Sí, señora‒ Belle vio cómo la mujer se ponía el abrigo y salía apresada por la puerta principal de la mansión.

Regina corrió, bajando los escalones de la entrada de la casa, sintiendo un alivio inmenso por no tener que encarar al marido durante algunas horas, aunque fueran pocas. La calle estaba ligeramente húmeda por una fina lluvia que había caído al final de la tarde y ahora, Regina conseguía escuchar cómo las botas hacían ruido en el suelo mojado mientras caminaba apurada hasta la casa de Emma. Pero vio la camioneta parada junto a la puerta de la casa, había alguien más dentro con la joven. Regina paró, desistió de avanzar, no era muy sociable, y un pavor de intentar ser simpática con otros que no fueran la joven la invadió. Dio media vuelta, retornó cabizbaja, decepcionada por su propia cobardía. Se odiaba en parte por no haber sido un ejemplo de carisma, la mayor parte de las veces era retraída, misteriosa y no cambiaría porque su ego le pedía ser así. Se detuvo en medio de la calle, estaba muy oscuro cuando miró de nuevo hacia la casa de Emma. Podía escuchar un tímido ruido proveniente del interior, una música que estaba intentando reconocer, o diferentes ritmos, ya que la música cambiaba. No quería volver a casa, así que miró el libro en su mano y decidió esperar. Se sentó en el escalón de una casa que estaba en venta y se quedó allí. Encendió un cigarro que encontró en el bolsillo interior del abrigo y esperó.

Miraba el cielo, lleno de nubes grises que amenazaban lluvia, que duraría toda la madrugada. Perdió la noción del tiempo. Pero no demoró tanto como suponía. Una pareja salió de la casa de la joven y los reconoció. Se fueron y la muchacha se quedó parada en la puerta, después en el portón, no se podía ver a Regina desde donde estaba.

La sr. Mills sintió miedo de acercarse, pero no había salido de la casa para no ir a ver a la muchacha. Cuando Emma entró, ella salió de detrás del muro y caminó hacia la casa, hacia el portón, hacia la puerta. Respiró hondo, el corazón estaba disparado. Tocó al timbre y Emma apareció más rápido de lo que se tarda en parpadear.

‒ ¡Feliz cumpleaños, Emma !‒ le dijo a la joven, mirándola fijamente, observando su vestido de falda de vuelo, el rostro enrojecido, los cabellos oscuros recogidos en una trenza. Tuvo la impresión de que el pecho se le encogió cuando la vio, y quizás fuera por el flash que tuvo de la primera y última vez que había entrado en aquella casa, la casa de Emma, de la muchacha que le había devuelto la inspiración.

‒ Te estaba esperando, no me equivocaba. Sabía que vendrías‒ Emma, sin pretexto alguno, agarró la mano libre de la mujer y la atrajo hacia dentro de la casa. Cerró la puerta sin apartar los ojos de ella, percibió que había pasado todo un día, y por algún milagro la escritora parecía estar mejor de lo que estaba por la mañana.

‒ Estuve pensando que sería interesante venir. Mira, te traje esto‒ Regina mostró el libro

Emma la miró a ella primero, después cogió el libro de sus manos y lo abrió.

‒ ¿Lo escribiste tú?

‒ Uhum‒ Regina gimió la respuesta, asintiendo

Emma ojeó rápidamente el libro y dijo

‒ Sé que seguiré prefiriendo Íntimamente, pero por supuesto que leeré este también.

Las dos se quedaron sin reaccionar, quietas, como si no necesitaran dialogar, solo mirarse y comprender que no estaban en un sueño.

Emma señaló el camino hacia la sala, y la morena caminó lentamente por el piso de madera, las alfombras, mirando todo de nuevo. Nada había cambiado desde la última vez que había estado.

‒ Siéntate, voy a traer un pedazo de pastel que mis tíos me trajeron‒ dijo la joven, observando cómo la otra actuaba

La mujer se acomodó, cruzó las piernas y asintió.

‒ Aceptaré un pedazo de pastel, aún no he cenado‒ dijo aquello sin darle importancia.

Emma apretó los labios aparentemente ansiosa, dio media vuelta y se dirigió a la cocina y un minuto más tarde trajo un plato con el dulce, y se lo entregó a la escritora. Se sentó en una vieja mecedora, que más parecía un adorno en la sala que un mueble útil, era evidente que la abuela Swan dejó ese objeto en herencia a la muchacha. Emma no había cambiado nada de dentro de la casa donde había vivido la mayor parte de su joven vida, todo tenía aspecto antiguo, aunque estuviera bien conservado. Emma se recostó en la silla, clavando su mirada en Regina, durante todo el rato en que la mujer saboreaba el pastel de cereza. Veía a Regina lamer sus labios, limpiarse el canto de los labios manchados de dulce: un envolvente juego de adivinación que la escritora estaba proponiendo a la muchacha inconscientemente.

Hasta aquel momento las palabras habían escapado de los labios de Emma y de nuevo sentía una mezcla de sensaciones fuertes dentro de ella. No estaba acostumbrada a eso, así que de repente, comenzó con lo único que le vino a la cabeza.

‒ ¿Qué te hizo tu marido?

Regina terminó de masticar el último trozo de pastel que se había metido en la boca. Dejó el plato en la primera mesa que encontró, una a su lado, donde había estado el teléfono, pero curiosamente este no estaba ahí hoy. Se puso seria, tomó aire, se retiró el pelo hacia atrás y movió la cabeza.

‒ Larga historia‒ dijo

Emma sencillamente la miraba.

‒ Tengo todo el tiempo del mundo para escucharla. ¿Por qué no te abres conmigo? No pretendo contarle a nadie lo que me digas. ¿Hacemos un trato? Me cuentas tu problema y yo te cuento algún secreto mío.

A la sr. Mills le parecía justo. Pero recelosa, no dio una respuesta, simplemente tomó aire de nuevo y comenzó.

‒ Llevo casada con mi marido muchos años, estuvimos saliendo algún tiempo y decidimos unirnos. Yo vivía en San Francisco cuando lo conocí, él también era de allí, pero iba a visitar a algunos parientes a Wisconsin, pues su familia era adinerada. Su padre era un hombre de negocios y su madre una excepcional artista de quien supongo heredó su talento para la pintura‒ Regina comenzó la historia y Emma prestaba atención, dispuesta a escuchar lo que fuera ‒ Me sentí atraída por Daniel desde el comienzo, era un hombre cariñoso, atento y seductor, de aquellos que cuando se te acercan te provocan una escalofrío por la espina dorsal, pues bien, me vi envuelta por él, pero nunca pasó de una pasión, nunca evolucionó a un amor de verdad. Aunque no lo amaba como quería, me casé con él. Mi madre consideró perfecta la idea, porque Daniel era un buen partido, un hombre guapo y rico que me daría una vida cómoda para siempre. Yo pensaba que nunca encontraría a alguien como él. El tiempo pasó. Vivimos años buenos como marido y mujer. Me gradué, soñando con dar clases en Harvard, pero acabé trabajando para algunos periódicos locales. Tras ocho meses casada, comencé a escribir cuentos, y entonces decidí que necesitaba publicar, fue así cómo me convertí en escritora. Pero mientras yo creaba libro tras libro, Daniel perdía el brillo del hombre que había sido un día. Sus cuadros fueron disminuyendo, se cansaba, ya no viajaba tanto para divulgar su trabajo en las galerías y con los clientes, no se hacía presente. Su cuerpo sufrió una transformación inesperada. Comenzó por una de las manos, que se paralizaba, los dedos no respondían, después el brazo que perdía fuerza, hasta que se fue consumiendo poco a poco y las piernas ya no le permitían caminar solo. Dejé de escribir durante dos años para intentar encontrar junto con él la solución a la enfermedad que tenía, fuimos a los mejores médicos del país en todos los estados posibles, pero solo empeoraba. Haciendo mucho esfuerzo, Daniel aún conseguía moverse, cambiarse de ropa, caminar despacio y bañarse cuando nos establecimos en Nueva York. La verdad es que solo se mantenía a causa de los medicamentos, y pensando en ayudarlo, lo metí en fisioterapia, pero con el paso de los años, lo cansó más. Volví a escribir, y vendí más libros tras el segundo éxito, y así me hice una escritora famosa. Daniel había dejado de pintar hacía algún tiempo y aunque vivíamos cómodamente con el dinero que yo ganaba, él nunca aceptó que yo fuera la única en pagar las cuentas de la casa. Volvió a pintar con las pocas fuerzas que le quedaban e incluso me hizo un cuadro. Él pensaba que estaba mejorando, después perdía la fe cuando veía que no era capaz de sujetar el pincel, así sus lapsus de esperanza iban y venían según terminaba un cuadro. Pero yo, escritora y esposa dedicada me cansé de ser esa esposa dedicada para un marido que me necesitaba mucho. Aquello comenzó a convertirse en una maldita rutina, sin hora para acabarse. Me di cuenta de que ya no sentía nada por Daniel a no ser pena y el cansancio me consumía tanto como a él. Empecé a desear que Daniel muriera, que nunca encontrara la cura y cada vez que pensaba así, me sentía culpable, rompía cosas en mi despacho, sintiendo rabia por ver lo que era capaz de desear. Algunos libros surgieron de mi angustia, uno de ellos se vendió bien, fue cuando Daniel decidió que teníamos que consultar a este médico de aquí, el Dr. Whale. Encontré esta ciudad, busqué todo sobre ese hombre, es uno más entre los mejores del país en enfermedades neurológicas, me informé también si sería útil para mí vivir aquí. Adivina lo que pensé de Mary Way Village cuando vi las fotos en la inmobiliaria

‒ No te gusto‒ respondió Emma.

Regina confirmó

‒ Lo odié. Sabía que este sitio podría ser mi ruina, pero también podría ser el punto y final. Si Daniel no encontraba las respuestas para su enfermedad aquí, él ya no se iría a ningún sitio y yo tenía una certeza. En algunos años, moriría, no debía meterme prisa, eso tendría lugar de un momento a otro, más tarde o más temprano, y me marcharía de aquí.

‒ Entonces, ¿es eso lo que te hace ser así? ¿Esperas todo el rato a que tu marido muera?

‒ En parte, sí, pero ahora, recientemente, he descubierto una cosa muy grave y no sé qué debo hacer‒ la mujer bajó los ojos, sintiendo el nudo formarse en su garganta.

‒ ¿El qué?‒ preguntó Emma

Regina volvió a mirar a Emma, pero en sus ojos ya no se veía el vacío que había mientras contaba lo de su matrimonio, ahora había odio.

‒ Aquel día en que me vi contigo en el mirador…Cuando volví a casa, me puse a ordenar un cuarto donde aún estaban las cajas de la mudanza. En medio de algunos libros que pertenecen a Daniel, encontré cartas de una mujer dirigidas a él. Son cartas antiguas, pero decían mucho‒ se calló de repente, acordándose exactamente de la escena cuando cogía las cartas y las leía una a una, del desespero cuando se dio cuenta de lo que había descubierto, del llanto durante los días siguientes ‒ Daniel tuvo una amante durante nuestro noviazgo y tras casarnos. Siempre fue un hombre que viajaba, siempre tenía que salir de San Francisco para dar a conocer sus obras, visitaba muchas ciudades, muchos estados y yo nunca sospeché nada. Nunca me hizo desconfiar de su actitud, nunca dejó pistas, porque siempre volvía a casa con algún regalo, me llenaba de amor y atención como un hombre que de verdad me hubiera echado de menos. Nunca me di cuenta de nada‒ había mucha indignación en la voz de Regina. La vena de la frente estaba pronunciada, forzaba las cejas hacia abajo en una expresión de enfado.

Emma no sabía si sentía pena o la misma indignación que ella tras escuchar todo lo que Regina había contado. No había visto a Daniel sino una vez en su vida, no le había prestado atención, pero sabía desde aquella mañana que el problema de Regina era aquel hombre. Tenía intuición para los problemas de los demás y ahora todo lo que deseaba era ir a la casa del final de calle y romperle la cara al hombre que le estaba haciendo tanto daño a aquella mujer sentada en su sofá. Felizmente, Emma tuvo una mejor idea. Se levantó de la mecedora y abrió el armario más cercano, y le trajo a Regina una copa.

‒ Bebe, te sentirás mejor‒ la muchacha le sirvió

Ella sujetaba la taza mirando a Emma y preguntándose vagamente sobre la bebida.

‒ ¿Dónde has conseguido esto?

‒ Este vino lleva guardado desde la noche en que el sr. Gold vino a cenar conmigo. Bueno, sé lo que piensas‒ Emma se quedó parada frente a ella ‒ Lo compré especialmente para la ocasión, pero no me gusta mucho beber, aunque…Okay, tengo que contarte mi secreto, lo prometí‒ la muchacha carraspeó ‒ Ya se me ha pasado por la cabeza beber mucho hasta perder el sentido y no recordar ni dónde estoy, pero nunca he tenido el valor.

La escritora frunció el ceño.

‒ ¿Por qué has pensado en hacer eso?

‒ Quería olvidarlo todo, olvidar la vida que tengo, olvidar a mi madre‒ Emma dio un sorbo a la copa que sujetaba, siguió la mirada de la sra. Mills y se sentó en la mesa de centro, muy cerca de la mujer en el sofá.

De repente, Regina no supo cómo actuar en relación a Emma. No tenía valor para decirle que bebía cuando se enfadaba, que fumaba cigarrillos y que esos no le gustaban y que sentía vergüenza por ello. Pero quería prolongar la conversación, y eso requería valor por su parte. Bebió el vino que había en su copa en apenas un sorbo, esperó a que la bebida hirviera en su estómago y comenzara a sentirse ese mareo característico.

‒ ¿Tu madre, no? El problema es ella

‒ Siempre lo ha sido. No es una buena persona.

‒ Has pasado por malas situaciones por su culpa, no es justo, Emma

‒ Llevó la injusticia sobre mí desde el día en que nací‒ otro sorbo de Emma y la copa de vino ya estaba casi acabada ‒ Mi madre se quedó embarazada para escalar. El hombre era político, él y su familia tuvieron que salir de la ciudad cuando mi madre les hizo el favor de subir al púlpito y contarle a la ciudad que él tenía una aventura con ella. Yo nací, el plan de Ingrid salió mal y pensó que yo era un gran estorbo para cualquier intento de hacerse rica. Engañó a muchos hombres que se enamoraron de ella. Ingrid siempre fue hermosa, pero lo que tiene de hermosa lo tiene de mala y la gente de esta ciudad empezó a entender que era una amenaza. No pasa un día sin que la gente me mire atravesado en la calle, la gente de Mary Way Village me juzga y me considera la nueva Ingrid, he crecido con esa carga. Tuve pocos amigos, y de estos solo dos me siguen hablando, Belle, tu empleada, y Ruby que me consiguió el empleo en el restaurante de su madre cuando me despidieron de la ferretería. Todo lo que me pasa es culpa de la maldición que Ingrid me trasladó al nacer, como si su sombra estuviera siempre detrás de mí, o para ti que eres escritora y te gustan las metáforas, es como si mi sombra fuera la de ella.

Emma no había podido desterrar el rencor de sus palabras. Parecía desconfiada, algo inconforme.

‒ Esa mujer destruyó tu vida

‒ Destruyó mi vida haciéndome su hija

Regina se sintió libre para llenar su copa con más vino. Se estiró y posó de nuevo la botella en la mesa y percibió la cercanía de Emma en aquel instante. La muchacha no se movió cuando ella pegó su hombro al de ella. Se detuvieron en aquella posición y se miraron de lado. Se notaba que estaban respirando aceleradamente, pero Regina quebró el momento volviendo a pegarse al respaldo del sofá.

‒ Creo que tenemos algo en común, Emma, dos personas a las que han destruído.

‒ No solo tenemos eso en común, sra. Mills‒ Emma la miró seria

La mujer estaba por la mitad de la copa, dio otro sorbo largo y se la acabó.

‒ No tienes por qué seguir llamándome sra. Mills‒ le dijo a Emma

‒ Lo sé, es por educación, a veces me olvidó‒ Emma no quiso beber más, soltó la copa y encaró a Regina con la esperanza de que la mujer siguiera con el tema de las formalidades.

‒ Nunca más me llames sra. Mills, Emma‒ Regina recalcó las palabras ‒ Para ti seré solo Regina

Los ojos de Emma brillaron felices, esbozó una sonrisa tímida de quien se sentía deslumbrada.

‒ Está bien, Regina‒ pronunció su nombre recalcando ‒ Como decía, no solo tenemos en común a dos personas destruyendo nuestras vidas. Hay otra cosa en que tú y yo somos iguales

‒ ¿Y qué cosa es esa si puede saberse?

‒ Somos infelices, como si nada nos completase.

A pesar de estar algo mareada por el vino, Regina comprendió lo que la muchacha decía. Pasaron unos segundos y ella replicó

‒ Como si faltara algo que no podemos describir, pero esto no es culpa de Daniel ni de Ingrid.

‒ Solo es nuestra

‒ Somos infelices porque queremos

La muchacha asintió

‒ ¿Te gusta ser infeliz, Regina?

‒ Hay momentos en que prefiero ser masoquista, pues sufriendo creo historias para personas que sufren. Si me paro a pensar y a entender lo tengo aquí dentro, es pérdida de tiempo querer sufrir‒ Regina se sentía ligeramente enajenada por culpa del alcohol que se le subía a la cabeza.

‒ Quizás sea por eso que hayas decidido cuidar a tu marido, él es tu fuente de masoquismo.

Regina sonrió, entendiendo todo, como una broma de doble sentido sobre la que había que reflexionar para entender y reír. Comenzó a sentirse lenta incluso para pensar. Veía a Emma allí sentada delante de ella, bonita, rebelde y al igual que ella, infeliz. Había sido la primera vez que se había desahogado sobre su vida con una persona y sentía que no podría haber sido con otra, debía ser con la vecina, en esa sala, en ese sofá, en esas horas que se alargaban.

Emma esperaba, observando a la escritora, sus marcadas facciones, las líneas de expresión en el rostro, la pose de la mujer mareada por el alcohol, echada por el sofá, dueña de todo. Contó cuántas veces tomó aire y lo expulsó por la nariz, cuántas veces los ojos se habían movido hacia el reloj de la pared, cuántas veces la luz que entraba por la ventana había bailado sobre su rostro pálido. Todo pasó lentamente, porque necesitaba entender a una mujer como Regina.

En el equipo de música, el disco de los Bee Gees había pasado por entero dos veces desde que Regina había llegado, ellas ni se habían dado cuenta. Solo Emma se dio cuenta cuando percibió que hacía mucho frío y fue a cerrar la ventana, entonces fue hasta el mueble donde estaba encendido.

Regina prestó atención

‒ ¿Qué haces?

‒ Hemos escuchado este disco dos veces, ya es suficiente‒ Emma la miraba por encima del hombro.

Ella hizo un gesto con la mano.

‒ Déjalo. Me gusta la música romántica.

Regina se levantó y anduvo hasta Emma con prisa para impedir que apagara el equipo, tambaleó antes de llegar, y acabó empujando a la muchacha contra el mueble cuando su cuerpo chocó con el de ella. Se apoyó en la madera del mueble y miró a Emma, acorralada en el espacio que quedaba entre el cuerpo de Regina y aquel.

‒ Disculpa. Yo…Creo que debería marcharme

Estaban muy próximas, sus rostros lado a lado, ojos, bocas, narices a centímetros de distancia. Sin decir nada, intentaron mirarse, y los labios se tocaron. La piel de Emma se estremeció cuando Regina exhaló su aliento a vino, y eso la excitó. Notaba cómo sus pezones se endurecían, su centro latía. Sabía lo que eso significaba, solo una vez en la vida lo había sentido, por un muchacho cuando estaba en la escuela. Sus ojos se estaban casi cerrando cuando Regina se apartó. La mujer se sintió tan confusa como ella.

‒ Me tengo que ir, se está haciendo tarde.

Emma temblaba, sintiendo que estaba a punto de perder algo muy bueno.

‒ No deberías marcharte a casa así

Regina seguía de espaldas a ella.

‒ ¿Así cómo?

‒ Estás bebida, ¿qué va a pensar tu marido?‒ dijo Emma, jadeante.

‒ Le he pagado a Belle para que se ocupe de él esta noche. Por lo que a él se refiere, yo estoy en el despacho escribiendo sin parar‒ miró a Emma una última vez ‒ Feliz cumpleaños, Emma

Tras decir eso, Regina dejó a la joven y salió de la casa con prisa, tambaleándose mientras atravesaba el hall y llegaba a la puerta. Emma se quedó sola, escuchando de nuevo la última canción del disco, aún agarrada al mueble, sin conseguir olvidar su excitación causada por la proximidad de la mujer.