Pensamientos cruzados

Algunas horas después del cumpleaños de Emma, Regina estaba sentada en su despacho, sin recordar cómo había logrado llegar caminando hasta la casa después de haber salido de la de la muchacha. Debió haber caminado tambaleante en la oscuridad de la calle, haber llamado a la puerta, pero tenía la impresión de no haber hecho actos tan torpes. Estaba viajando en el recuerdo de la conversación con Emma, las cosas que la muchacha le había contado sobre Ingrid y las cosas que ella le había contado sobre Daniel. ¿Por qué había parado la conversación? Ah, sí, ya se acordó. Emma había caminado hacia la ventana, de donde provenía una brisa helada y la había cerrado, después se había acercado al mueble para apagar la música, entonces Regina se había levantado y había intentado detener a la joven para que no lo hiciera. Pero, ¿por qué quería seguir escuchando música si la situación entre ellas estaba tan buena hasta el punto de haberse olvidado del detalle del sonido? Buena pregunta. Regina se metió uno de los dedos en la boca para morderse la cutícula de la uña, y pensaba en Emma, si se había levantado para detenerla a propósito o si de verdad se había levantado para mantener la música encendida. Pudo revivir en su mente la situación con Emma, la atracción física de esos segundos en que casi se había caído encima de ella, cómo ella se puso nerviosa ante tal sencillo contacto. Ojalá que la muchacha no haya pensado cosas extrañas sobre ellas, pensaba Regina. Solo que, quizás, ya fuera tarde para no querer que Emma se extrañara por la aproximación entre ambas, la propia Regina estaba intrigada con ese contacto en el mueble de la cadena de música y solo conseguía atribuirle todo al hecho de haber bebido.

Pasó el resto de la madrugada en la comodidad de la silla del despacho y pensando en cómo había salido de casa de Emma, Regina se quedó dormida con el rostro de la vecina en su mente.

A la mañana siguiente, despertó con el ruido de alguien llamando a la puerta del despacho. Era Belle quien dio otros dos toques y entró para comprobar si Regina había regresado.

‒ ¿Señora?

Regina giró el rostro hacia ella y bostezó

‒ ¿Sí?

‒ Quería comprobar si había llegado. ¿Todo bien?

‒ Sí, todo genial, Belle. Tómese hoy el día libre, yo me ocupo de mi marido, gracias por haberte quedado esta noche‒ no era verdad que todo estuviera bien, pues tenía un persistente dolor de cabeza, resultado de las copas de vino que se había tomado.

‒ Sí, señora‒ dijo la empleada, cerrando la puerta.

Todavía pasaría un rato hasta que Daniel se despertara, pero Regina no se arriesgó a darse otra cabezada hasta que él fuera a buscarla. Así que, se levantó, salió del despacho, fue a la cocina y preparó un desayuno digno de los dioses. Subió con una bandeja en las manos para que él no tuviera la necesidad de levantarse. Regina tenía un nudo en la garganta, más intenso que la incomodidad que sentía en el pecho desde que había salido de casa de Emma Swan, por eso pensó si no sería el momento de enfrentarse al marido, poner las cartas sobre la mesa y preguntarle qué significaban aquellas cartas de una mujer apodada Colibrí dirigidas a él contando cosas tan íntimas relacionadas con los dos. Las cartas parecían muy importantes si las había mantenido guardadas por tanto tiempo. Regina, por poco, no las había ido a buscar al despacho, puesto en la bandeja del desayuno para ver la reacción de aquel hombre al ver que ella había descubierto una aventura mantenida hacía muchos años. Pero Regina no había ido a buscar las cartas, ni enfrentó al marido porque tenía miedo, y aún peor, pena.

Lo vio durmiendo en la cama de los dos, observó el semblante sereno, y para quien no lo conociera, saludable. Se quedó de pie, diciéndole en su mente un montón de cosas, hasta que el desayuno empezó a enfriarse, ya era hora de despertar a Daniel. Regina se sentó a su lado en la cama, empujó la bandeja hacia el regazo del marido, sabiendo que se despertaría en ese instante.

Daniel abrió los ojos con dificultad, como si los tuviera pegados. Vio la bandeja, e inmediatamente a la mujer a su lado, e hizo un esfuerzo para sentarse. Regina no lo ayudó. Dejó que se torturara para encontrar la posición cómoda en la cama, jamás lo conseguiría solo, pero no lo ayudó adrede, esa vez no sintió pena, y él lo intentó hasta que, cansado, se rindió. El pobre hombre estiró una de las manos y cogió, lo más firmemente que pudo, una tostada untada de mermelada de uva de la bandeja, intentando llegar a la boca de su mujer. Regina mordió la tostada, haciendo que las migas cayeran por las sábanas cuando ésta se rompió en pedazos y Daniel la dejó caer.

‒ Lo siento mucho‒ dijo él

‒ Solo era una tostada, querido‒ Regina limpió el estropicio, dejando salir una sonrisa malvada en sus labios, divirtiéndose con la flaqueza de Daniel, ella ya esperaba que él tirara algo de la bandeja, señal de que empeoraba de la enfermedad en lugar de estar mejorando. Cualquier señal de que sus esperanzas fallaban sería el triunfo de Regina ‒ No te desilusiones solo por haber tirado una tostada.

Era poco para ella, pero suficiente para entender que Daniel se sentiría avergonzado.

‒ Me pregunto, a veces, qué he hecho para merecer esta enfermedad. Apenas logro sostener la taza del café del desayuno‒ dijo él, enfadado consigo mismo.

En ese momento Regina alzó la mirada hacia él.

﹘ Ah, querido, ironías de la vida‒ él intentó decir algo ‒ Quizás hayas hecho algo que ni recuerdes, algo que consideres pequeño, que ya hayas olvidado o quieres olvidar.

‒ No entiendo‒ Daniel, confuso, miró a su esposa.

Regina suspiró. Lo miró a los ojos, los de ella nunca habían estado tan oscuros debido al rencor.

‒ A veces hacemos cosas serias, tan serias que afectan a quienes nos aman‒ Regina pasaba su mirada de un ojo al otro ‒ Y por hacer sufrir a alguien que no lo merecía, eres culpable, merecedor de un castigo.

Daniel pensó que esa frase ya la había visto en alguno de los libros de la esposa, una especie de lección que no podía pensar de dónde ella la había aprendido. Él creía que sabía mucho de ella, de todo lo que ella había vivido y que ella estaba hablándole de esa manera porque se sentía cansada de él, y con razón, pues era un hombre enfermo y ella una mujer muy viva y hermosa para desperdiciar su vida cuidándolo. Sí, se acordaba de Colibrí, de la mujer con quien había mantenido una relación intensa en su juventud e incluso después de casado. Habían sido diez años, él y la mujer a la que tuvo que ponerle un mote para que nadie supiera de esa relación. Cuando la conoció, tenía casi veinte años, en el auge de la juventud y belleza, y en ese momento estaba pintado un cuadro de un colibrí, su pájaro favorito. Daniel terminó por darle a ella el cuadro y después de ese día volvieron a verse todos los días en aquel mismo lugar donde había comenzado a pintar el cuadro del pájaro en un día soleado. Se enamoró de ella, por esa persona intensa, y aunque él siempre estuvo de paso por su ciudad, eso no fue impedimento para su romance. Un día Daniel conoció a Regina en San Francisco y la pasión por ella fue mucho más que atracción física, no era una conquista cualquiera, sintió que ella no era como otras, tenía que casarse con ella. Daniel dejó, poco a poco, a la amante, olvidó sus sentimientos por ella para estar con Regina, pero seguía sin admitir que estaba engañando a quien realmente amaba, así que se prometió a sí mismo quedarse con Regina y olvidar a Colibrí, quien tras haber sido abandonada y llena de odio, se suicidó. Al menos, fue lo último que supo de ella, tras la carta que él había enviado diciéndole que dejara de mandarle a él sus cartas. Guardó la correspondencia que el padre de su amante le había mandado anunciándole su muerte, estaba perdida entre sus cosas del taller, y de vez en cuando, la encontraba detrás del forro falso de uno de los cuadros colgados allí. Aunque Regina se había convertido en su verdadero amor, no se había olvidado de la primera mujer que lo había enloquecido, pero no pasó de una excitación momentánea, añoranza del sexo que tenían y de la lujuria interminable entre los dos.

‒ Sí, puede que haya hecho algo de lo que hoy me arrepiento y estoy recibiendo el castigo divino. Tendré que conformarme, no tengo derecho a quejarme.

‒ Quejarse es una actitud natural de los mentirosos, y tú no eres un mentiroso, ¿verdad, querido?‒ preguntó Regina, dejando la pregunta en el aire para crear teorías en la mente del marido.

Su válvula de escape estaba ahí, lanzando preguntas irónicas. El día en que estuviera lista para enfrentarse a Daniel no sería tan piadosa y finalmente él entendería esa conversación que estaban teniendo.


Emma no estaba segura de lo que había ocurrido con Regina en la sala. Su mente no hacía más que repasar y repasar el modo en que se había estremecido al sentir la proximidad de la mujer hasta que se había quedado dormida. En realidad, sabía que Regina había bebido más de la cuenta y que parte era su culpa por haberle ofrecido vino, y que probablemente ahora, Regina no se acordaría de los segundos que estuvo tan cerca de los labios de Emma. En su interior sentía un anhelo irresistible, un deseo antes inconsciente que había decidido revelarse, esa sensación que hacía que su intimidad palpitara y los pechos se le endureciesen, atracción por la sra. Mills. Bueno, ahora debía llamarla solo Regina, era una orden de la escritora, y se sintió feliz por ello, pero era solo un detalle dentro de toda aquella situación, un detalle que estimuló los pensamientos de la joven cuando se despertó y se quedó pensando en Regina. De repente, todo ganaba forma, sintió de nuevo el hálito de vino de la mujer pegado a su boca, el perfume importado mezclándose con aquel y la sensación de embriaguez momentánea que hizo que cerrara los ojos y deseara un beso. Pero Regina era una mujer, ella no podía estar interesada en una mujer, y sobre todo porque la sra. Mills tenía unos buenos años más que la muchacha y para empeorar todo más estaba casada, con un marido que la había traicionado, pero aún así, estaba casada.

En realidad, todos los detalles que había descubierto sobre la vida de la escritora solo habían hecho que Emma sintiera aquella punzada más fuerte entre sus muslos y comenzó a entrever una historia semejante a una que la propia escritora había escrito y le había mostrado.

Emma miraba su cuerpo, echada en la cama cuando comenzó a descender los tirantes de la camisa. Los dedos, antes tímidos, se hicieron lo suficientemente osados para rodear el pezón del pecho izquierdo y lo único que podía ver era a Regina y su carnosa boca. Ella podía estar ahí, sobre el cuerpo de Emma, besando sus pechos, rodeando los pezones con su lengua y sus labios, después bajaría poco a poco, hasta llegar a los muslos de la muchacha y abrirlos para encontrar un tesoro. La muchacha no necesitaba cerrar los ojos para ver cómo sucedía eso, tan dulce y real ilusión. Se agarró con una mano a la cama y la otra se deslizó hasta sus muslos. Los dedos invadieron las bragas y Emma se mordió el labio inferior con fuerza. Era la primera vez que se tocaba. Iba descubriendo sus puntos flacos de esa manera, y conforme los dedos se humedecían con su viscosidad, necesitaba ir más rápido. Emma podía ver a Regina dentro de ella, sus dedos y su lengua trabajando juntos. La cama chirriaba según la muchacha se retorcía, de forma inconsciente. En los segundos siguientes, Emma cerró los ojos y solo los abrió de nuevo cuando gritó porque el fuego entre sus muslos la hizo temblar y perder el control. Ella se cansó, perdió el aliento, pero no había sido Regina quien la había hecho gozar sino un recuerdo muy bien guardado.

La muchacha miró sus propios dedos completamente húmedos. Entonces era así que uno se quedaba después, pensó la joven. Recordó que Regina había descrito algunas veces ese momento en las hojas de Íntimamente, el acto sexual entre dos mujeres, solo quedaba por saber si en la realidad sería tan placentero como imaginarlo con Regina.

Emma se levantó, se lavó las manos y bajó, vestida para desayunar e irse a trabajar. Cogió el libro que Regina le había regalado y enseguida salió, lo leería lo más rápido posible, entre intervalo e intervalo en la preparación de las habitaciones, para encontrar alguna escena que pudiera suplir el deseo intenso por la escritora, porque no podía darle otro nombre que no fuera fuerte deseo lo que estaba naciendo en ella.

Se detuvo frente a la mansión de los Colter cuando bajaba por la calle para ir al trabajo, pero se quedó solo un minuto, sabiendo que la escritora no estaba teniendo un comienzo de día fácil.


Cuatro días más tarde, Emma encontró un momento entre la hora del almuerzo y la del descanso de media tarde para leer el final del libro que la sra Mills le había regalado, Redención. Lo había devorado en poco más de tres días y ni siquiera paraba para comer correctamente mientras tenía el ejemplar en las manos. Pero lo que la envolvía de la historia escrita por Reina no era lo bien que estaba escrita ni el hecho de parecerse algo a las hojas que tenía de Íntimamente, sino el personaje principal y toda la lucha por una redención de la vida que había llevado antes de descubrirse traicionada. Una historia demasiado parecida a lo que la mujer le había contado la noche de su cumpleaños, como si estuviera narrando un resumen de aquel libro. Emma terminó el libro y lamentó la muerte del personaje principal. ¿Sería ese el final que la autora quería para ella misma? ¿O era esa la forma que había encontrado de hacerse una crítica a ella misma matando a alguien muy importante en el libro para satisfacerse internamente por ser tan infeliz como la mujer de la historia? En la época en que Regina había escrito Redención, no tenía idea de que se mudaría de ciudad, de estado ni que había sido traicionada como la protagonista, puede ser que la escritora hubiera tenido una premonición muy fuerte de lo que le sucedería en los años siguientes, y eso conmovía mucho a Emma.

Tenía que ver a Regina, tener una conversación seria con ella sobre lo que había escrito y decirle algunas cosas que, tal vez, no agradarían a la mujer , sin embargo la muchacha tenía un plan para abrirle los ojos a la escritora. Regresaría al hotel solo para organizar el despacho de Archie, pues ya no tenía nada más que hacer.

Y como si supiera esto, Regina estacionó en un sitio a dos metros frente al hotel, esperando a que Emma apareciera, y allí estaba la muchacha, regresando al hotel con el libro que le había regalado bajo el brazo. Regina Mills salió del coche y siguió a la muchacha cuando ésta pasó por el coche sin darse cuenta. Los tacones de sus zapatos hacían un ruido sordo en la acera, siguiendo los pasos inseguros de la joven. De repente, Emma se detuvo, prestando atención en cómo se acercaba el sonido de los tacones, pensó que, quizás, fuera quien esperaba, y entonces Regina habló

‒ Veo que a alguien le ha gustado mi regalo

La muchacha se giró inmediatamente hacia ella y sonrió como si el mundo estuviera frente a ella, hermoso, vistiendo la ropa oscura de siempre, pero hoy más bello en forma de mujer.

‒ No solo me ha gustado sino que ya lo he terminado y exijo que me regales todos tus libros. Bueno, siendo sincera prefiero que termines Íntimamente y me enseñes cómo queda. Pero quiero conversar contigo sobre este‒ dijo ella

‒ Bueno, si quieres que espere, después de tu trabajo podemos conversar en otro sitio‒ Regina cruzó los brazos, en una pose altiva.

Emma adoró la sugerencia y no iba a perder la oportunidad. Dijo que sí sin dejar de observar a la mujer que ese día tenía un aspecto mil veces mejor que el día de su cumpleaños.

‒ No es preciso esperar, no tengo que volver al Hotel, mañana me arreglo con Archie‒ la joven rió traviesa y dio dos pasos hacia Regina ‒ Conozco un sitio muy discreto, está en la calle principal, en un rinconcito, solo quien es de la ciudad lo conoce. Es un bistró.

‒ Genial, podemos tomar un café‒ concordó Regina

Se encaminaron hacia el bistró de la calle principal, una puerta señalada con un cartel en un callejón sin salida entre la heladería y una tienda de zapatos. Nadie las vio entrar. Emma escogió una mesa en una esquina, al fondo. Regina le retiró la silla a Emma e intercambiaron una rápida mirada. La mujer se sentó frente a la muchacha mientras ella sonreía sin hacer esfuerzo alguno, y sentía que ya había visto una sonrisa como esa en algún sitio, que de momento no recordaba. Pidieron los cafés y se quedaron mirándose hasta que Emma tuvo el valor suficiente para poner el libro sobre la mesa y cuestionar a Regina.

‒ ¿Tienes noción de lo que has escrito en este libro, Regina?‒ dijo Emma acordándose esta vez de llamarla por su nombre.

La mujer se mantuvo callada un momento, las mejillas se sonrojaron de una forma poco común, no era de las de ese tipo, pero estando con Emma no ocultaba sus reacciones.

‒ ¿No te ha gustado?

‒ No es eso‒ Emma abrió una página cuya punta había doblado. Señaló el segundo párrafo y narró ‒ "Ayer descubrí que he sido traicionado por el hombre que he amado toda mi vida. No debería sentirme la persona más infeliz que existe, sin embargo esa es la única palabra con la que consigo definirlo en mi mente. Estoy abandonada entre las cenizas, perdida en la oscura senda en la que mi mente se ha convertido, no sé cómo salir"‒ Emma se detuvo y miró a Regina ‒ ¿Lo ves? ¿Quieres que siga leyendo?

En un minuto Regina se puso más roja que un tomate, pero seguía sin saber a dónde quería Emma llegar enfrentándola con el libro.

‒ Vaya, es una lectura más pesada, sin romances, quizás no te has adaptado aún. He escogido el libro equivocado para ti…

‒ ¡No!‒ dijo Emma alto, y de repente quien estaba en el bistró había dejado de hacer lo que hacía para mirar hacia la mesa donde estaban sentadas. Echó una ojeada alrededor y volvió a centrar su atención en Regina con más calma ‒ No me quejo de la lectura, he entendido perfectamente todo lo que sucede en el libro. Hay mucho más que esa frase que acabo de leer. ¿No te das cuenta de que se trata de ti en todos los párrafos? Todo, absolutamente todo lo que dices en este libro no tiene que ver con la protagonista, se trata de Regina. Ahora, necesito entender una cosa. ¿Desde cuándo haces previsiones de lo que va a suceder en tu vida? Creo que este no es el único libro que describe ese asunto.

Regina tragó en seco, pero mantuvo la pose seria. Entonces era aquello, Emma pensaba que estaba escribiendo sobre sí misma y sus tragedias personales, cosas que acabaron concretizándose después de algunos años. Estaba asombrada con la inquisición a la que la sometía la joven, aquella mirada rebelde, y la voz extremadamente decidida, dispuesta a escuchar su respuesta.

‒ No podría prever lo que sucedería conmigo, mucho menos que sería algo tan parecido al comienzo de ese libro‒ respondió Regina, encogiéndose dentro de sus ropas oscuras.

Emma cerró el libro, su mirada acompañaba los movimientos inquietos de la escritora en la silla.

‒ Aquella noche en mi casa fue diferente a todo lo que he sentido hasta hoy en mi vida‒ dijo ella, sin conseguir contener sus sentimientos, pero dejó todo en suspense, pequeñas metáforas para poner a prueba a Regina y su fértil imaginación ‒ Cuando leí el libro, pensé que te veía a ti y no a la mujer de la que hablas. ¿No entiendes que hay mucha coincidencia entre el libro y lo tuyo? ¿Con lo que está pasando? La única diferencia es que tu marido está enfermo y el marido de la protagonista del libro no. Un detalle muy pequeño si comparamos con todo lo demás que has escrito.

‒ Debo haber creado mi futuro al escribir ese libro. ¿No es lo que se dice? ¿Que creamos aquello a lo que prestamos más atención?‒ los ojos de Regina estaban bien abiertos hacia Emma.

‒ Sí, una vez vi un programa de televisión sobre física cuántica en que se decía exactamente eso. Solo falta que tú busques tu redención, ¿no crees? Creo que has escrito sobre mujeres que quieren ser libres desde que te casaste, ¿o no es verdad que tus libros anteriores no versaban sobre ese tema?

‒ Sí, gran parte de ellos tratan sobre mujeres que necesitan cambiar de vida‒ dijo con cierta incomodidad, Emma se dio cuenta.

‒ Está en tu inconsciente, por eso quería leerlos todos, y así entraría de una vez en tu cabeza, podría comprenderte y ayudarte.

Regina frunció el ceño

‒ ¿Por qué quieres ayudarme?

‒ Tú me ayudaste haciendo que me sintiera importante, ¿por qué no puedo devolvértelo?‒ la muchacha le guiñó un ojo en un gesto espontáneo.

Regina se había quedado sin reacción, sin saber cómo responderle de ahí en adelante. Con Emma todo era una sorpresa detrás de otra. Ahora tenía una amiga, eso era innegable. Emma no era solo una fuente de inspiración, era una amistad que llevaba buscando hacía años en alguien que intentara comprenderla sin exigir nada a cambio.

Llegaron sus cafés y quedaron en silencio bebiendo. No había ventana que diera hacia la calle para que Regina pudiera escapar de los ojos de Emma buscando los suyos. Se volvió algo imposible en el bistró, pero al mismo tiempo no quería escapar de la muchacha. Emma era extremadamente encantadora. Nunca había conocido a una persona tan bonita, llena de audacia y contradictoriamente, tímida de vez en cuando. ¿Cómo podía existir alguien así? Regina empezaba a creer que había sido agraciada con la presencia de la muchacha, que se lo merecía y que no había sido en vano escribirle aquellas palabras en una hoja perdida y encontrada precisamente por la joven.

‒ ¿Quieres saber una cosa? Eres la primera persona que sabe realmente lo que ha pasado en mi vida con Daniel y que no lo amo.

‒ Gracias por haber confiado en mí‒ Emma terminó su café ‒ Si quieres que te ayude, no puedes esconderme nada.

‒ Creo que no voy a desear esconderte nada‒ Regina dejó un poco de café en su taza y se levantó ‒ El café correrá siempre de mi cuenta.

‒ Pero no es justo, fui yo quien sugirió venir aquí, es el único sitio donde no nos molestarán‒ Emma también se puso en pie.

‒ Es mi forma de agradecer tu compañía‒ Regina se permitió sonreír, débilmente, pero suficiente para ganarse a Emma. Ella se giró, se dirigió a la barra y pagó la cuenta de las dos, y ya lista para salir, miró a Emma por encima del hombro ‒ Te veo mañana aquí, a esta misma hora‒ dijo y le dio la espalda y salió del bistró, haciendo ruido cuando la campanilla sonó al abrirla.

Emma notó la esperanza brotando en su pecho, una emoción desenfrenada. Estaba temblando. Comenzó a contar los minutos para ver a Regina al día siguiente.


Me he enterado de que Beija-Flor es una especie de colibrí, de ahí que haya decidido traducirlo al español como tal y no dejarlo en portugués. Lo cambiaré también en los capítulos anteriores.