Verdad inconsciente

Emma no durmió aquella noche y se quedó preguntándose buena parte del tiempo si no había sido demasiado dura con Regina cuando habían conversado esa tarde. Pero una parte de ella sabía que había hecho lo correcto al cuestionar sobre los personajes de los libros que la mujer escribía. Así que, si Regina estaba escribiendo inconscientemente sobre ella misma, Emma ya sabía mucho más de lo que podía imaginar de la escritora.

Desde que había llegado a la casa, había gastado el tiempo leyendo, buscando una forma de convencer a Regina a perder el miedo, aquella soledad en el fondo de esa mirada oscura cada vez más intensa así como el maquillaje que usaba. Pero, antes que nada, Emma venía observando su comportamiento desde que había encontrado el pedazo de papel en el cuarto del hotel, un trozo lleno de palabras que hablaban de ella. Fue en ese momento cuando Emma comenzó a enamorarse de la misteriosa mujer e intentaba entender qué significaba estar cerca de ella. Todas las veces en que había estado con Regina habían sido únicas: en la puerta de la mansión, cuando la vio en la tienda del sr. Gold, en la calle ese mismo día, en el super, en el mirador, en su cumpleaños. Siempre presente un sentimiento tan natural que Emma no podía evitar. La realidad le era conflictiva, pero su testarudez le hacía creer que no podía cambiar las cosas. Emma pensaba que Regina estaba pidiendo auxilio a través de las metáforas de sus libros, quería ser rescatada y transportada a un mundo donde pudiera ser libre como sus personajes.

La muchacha bajó en cuanto hubo clareado, se preparó lo que más le gustaba beber, un chocolate caliente como le había enseñado a hacerlo su abuela. Se apoyó en la ventana de la sala, observando cómo caía la fina lluvia sobre las plantas del jardín y comenzó a beber la dulce bebida intentando distraerse, pero solo podía pensar en el final de la tarde. Regina había pedido que volvieran a verse en el bistró de la calle principal, y tras eso Emma se quedó contando las horas que faltaban para ir a ver a la escritora de nuevo. Sabía que quedaban diez horas para el encuentro.


Cerca de allí, Regina se había ido a dormir temprano, tras haber cenado. No escuchó a Daniel llamándola para que le administrase la medicina que tenía que tomar para tener una buena noche de sueño. Despertó antes que él y bajó, ella misma preparó el desayuno del marido y cuando Belle llegó, le pidió que lo subiera. Después, cuando él terminó, quiso ayudarlo a tomar el baño, aunque era una de las cosas que conseguía hacer solo, y por primera vez Regina consiguió que se avergonzara en un momento tan íntimo, mientras lo observaba y le frotaba la espalda en la bañera, sin decir nada, sin comentar los kilos que había perdido en los últimos diez días. Daniel pudo sentir el peso de la mirada de la esposa sobre sus hombros. Aquella no era la misma Regina. Ella lo secó bajo sus protestas, después le pasó una ropa para que se vistiera, pues ese día lo llevaría a la consulta del dr. Whale para conocer los progresos.

La salud de Daniel estaba cayendo. Se veía casi sin salida cuando el doctor miró sus exámenes y no puso buena cara. Pero Whale no era de los que se rendía tan rápido con un paciente, él quería que Daniel tuviera otras cosas que hacer además de la pintura. Regina iba a tener que contratar aquel cuidador que le comentó a Belle y además tendría que pagar una nueva fisioterapia para Daniel.

Lo llevó a casa, intentando animarlo, haciendo que creyera en la recuperación. Ese era el juego, hacer que el marido creyera que estaría vivo cuando en realidad estaba muriendo más rápido. Regina no deseaba que él sufriera con los dolores y el cansancio, era también una forma de no condenarse si aquello sucedía pronto, él no sufriría tanto.

‒ Vamos, querido, no puedes pensar que todo está perdido. Ese doctor sabe lo que hace, está creando nuevas oportunidades para que tengas una rápida recuperación‒ agarraba el volante, miraba para el frente de la calle por debajo de las gafas oscuras.

‒ ¿Crees que es necesario que vuelva a hacer fisioterapia?‒ preguntó él, sentado en el asiento del copiloto.

‒ Es obvio. Si comienzas a recuperar los movimientos, de aquí a unos meses, quién sabe no vuelvas a hacer cosas como caminar sin ayuda, entrenar, conducir…‒ Regina gesticuló, hipócrita.

‒ Entonces supongo que es lo que hay que hacer. Tengo que volver a confiar en mí mismo.

‒ Es lo correcto, Dani. ¿Dónde está aquel hombre optimista que vino conmigo a esta ciudad? Vamos a buscar las sesiones de fisioterapia y a la persona que te ayude con la recuperación. Nada de silla de ruedas de aquí en adelante, ¿hum?‒ Regina seguía conduciendo, y de repente pensó en el riesgo que corría si la recuperación del marido progresaba. Era una posibilidad, tenía que admitirlo, así que era hora de pensar en una alternativa, en un plan B.


Regina dejó al marido en su taller y ella fue a encontrarse con Emma como había prometido. No estaba segura de haber hecho lo correcto al haberle dicho que se encontraría con la joven todos los días en el bistró, había sido un impulso que le vino, pero no se sentía nada arrepentida por haber tenido esa idea. Quizás necesitase de verdad verse con Emma todos los días, todo eso podría fácilmente escapar de su control, no era difícil querer estar con Emma.

Conducía hacia el centro comprendiendo que, por primera vez en muchos años, estaba haciendo algo por voluntad propia. Llevaba consigo un pergamino atado con una cinta roja. Más capítulos de la obra que estaba escribiendo, y que Emma, sin haber leído las otras obras, ya consideraba su favorita.

Cuando llegó al bistró, observó que Emma estaba atrasada y se extrañó. Se sentó en la mesa del fondo, la misma que habían escogido el día anterior y esperó. Pidió que le sirvieran algo diferente al café, algo fuerte, pero cuando el whisky llegó ya no tenía ganas de beberlo, pensando que si Emma llegaba y veía el vaso en la mesa, acabarían bebiendo juntas. Regina miró el reloj. Nada de Emma. Le pidió a un camarero que se llevara la bebida antes de que el sudor frío comenzara a resbalar de la copa y su cabeza, el miedo a que la muchacha percibiera su fragilidad. Emma, como mínimo, diría que se estaba volviendo una alcohólica, y eso que no le había dicho que fumaba.

Regina tamborileaba los dedos en la mesa del bistró, sintiendo los escalofríos típicos de la ansiedad, preguntándose si Emma estaba igual, y que seguramente sí, teniendo en cuenta el comportamiento de la muchacha cada vez que estaban juntas y se veían. En ese momento la campana de la entrada hizo ruido, Regina alzó, nerviosa, la mirada. Emma había llegado, apresurada, sonrojada. La joven corrió hasta la mesa de ellas y al acercarse, jadeaba con miedo de que Regina la rechazase por la tardanza.

‒ ¡Discúlpame! Juro que intenté salir a la hora, pero Archie me cobró la limpieza de su despacho, si no lo hacía, no me pagaba‒ Emma tenía una mano en el pecho.

Regina se mantuvo sentada y la miró seria. Estuvo tantos segundos callada que hizo que Emma pensara en dar media vuelta y poner pies en polvorosa.

‒ Si no hubieras venido, jamás te lo perdonaría‒ dijo finalmente. En seguida abrió una sonrisa que nunca le había prodigado a otra persona.

Emma soltó un gran suspiro de alivio y le devolvió la sonrisa a Regina, sintiendo una necesidad enorme de abrazarla, quizás lo hubiera hecho si estuviera de pie.

Amablemente, la escritora extendió su mano señalándole el sitio que tenía enfrente para que se sentara. Cuando la muchacha recuperó el aliento, pudieron comenzar a conversar de lo que tanto querían. Emma le contó su día, las cosas que había hecho en el hotel y lo indignada que se sentía con Archie, pero que era consciente de que su rabia era momentánea, ya que él era, de vez en cuando, autoritario y la mayoría de las veces un enorme tonto. Con esas palabras Emma arrancó otra sonrisa de Regina.

A ojos de Emma la belleza de la escritora era increíble. A cada gesto de la sra. Mills su corazón comenzaba a palpitar a una velocidad exagerada, sentía que la vida se acababa y lo único que podría salvarla eran los brazos de aquella mujer. Con la más absoluta de las certezas estaba enamorada de Regina. Ella le dirigió una mirada comprensiva encontrando gracioso cada momento que le era narrado por la muchacha. Emma miró la mano de la mujer, que descansaba sobre la mesa. ¿Qué sucedería si la tocara y se la apretase? Aún no podía hacer eso, estaba segura de que Regina no reaccionaría. Tenía que ir limando hasta encontrar el momento oportuno para contarle cómo se sentía, pero temía sufrir demasiado hasta conseguirlo.

‒ Tengo algo para ti…

Regina colocó las hojas de papel sobre la mesa. Emma las miró, después volvió a mirar a Regina. La muchacha abrió los labios lentamente, sorprendida.

‒ ¿Es lo que estoy pensando?‒ preguntó

‒ Si es lo que yo creo que estás pensando, sí‒ respondió Regina, empujando el regalo hacia ella.

La joven cogió las hojas y deshizo el lazo, desenrrollándolas para ver escrito en lo alto: Capítulo 10, Corazones desesperados. Título que ella entendía perfectamente. Había leído el capítulo 9, y era muy extenso, recordaba a la protagonista, Suzana, y la pelea que había tenido con Catherine en ese capítulo, se había producido una separación. Emma estaba ansiosa por saber cómo se desenvolvía todo, así que leyó el primer párrafo rápidamente, intercalando su atención entre lo escrito y Regina, quien la espiaba. Dejó de leer y enrolló las hojas para no gritar por lo que había descubierto.

‒ Has tardado en escribir esto, espero que sea tan bueno como el último, pero que no me deje con curiosidad al final.

‒ Eso va a ser, como mínimo, difícil‒ dijo Regina

‒ Bueno, no vamos a estropear este encuentro hablando de eso, quiero saber de ti, ¿cómo ha ido tu día?

Regina inhaló con intensidad el aire del bistro

‒ Cansado‒ tras hablar vio al camarero que la había entendido antes e hizo el pedido por Emma ﹘ Traiga un café con canela para la joven, por favor‒ ella lo vio asentir y salir, así pudo volver a hablar ‒ Cuidar a Daniel en las actuales circunstancias viene siendo una tortura

‒ Has dicho en las actuales circunstancias, ¿quieres decir después de lo que has descubierto sobre él, no?

‒ Puedo decir que sí. No debería estar sintiéndome mal, quizás esté pagando por lo que me ha hecho, pero es inevitable. Siempre que lo ayudo a caminar, empujo la silla de ruedas y lo llevo al médico, tengo la sensación de que me estoy vengando‒ Regina sonó herida. Se miraba sus manos.

‒ Espera un momento. ¿No me estás diciendo que te sientes culpable de su enfermedad, verdad?‒ Emma pareció indignada

‒ No por su enfermedad, pero sí por lo que hago ahora, soltando mi rabia en su fragilidad. Tarde o temprano, se va a dar cuenta que le estoy lanzando indirectas y por lo tanto descubrirá que sé lo que me hizo.

‒ Si tienes recelos sobre cómo va a reaccionar al descubrir que lo sabes, es mejor fingir que no lo sabes. Pero se ve a las claras que deseas acabar con el matrimonio porque estás herida, así que tú eliges. Retrasa la conversación o pon las cartas sobre la mesa de una vez por todas‒ Emma miraba a Regina a los ojos tan seria que la escritora, por un momento, se sintió intimidada.

El café de Emma llegó y lo bebió despacio, esperando algún argumento de la escritora.

‒ Aún no tengo valor para poner las cartas sobre la mesa‒ la escritora replicó dando un suspiro.

‒ Estás presa a ese hombre como si dependieras de él. Creo que puedo entenderlo. Existen muchas personas casadas por conveniencia en este mundo. Nunca has sabido cómo es la vida fuera del matrimonio, apenas saliste de la adolescencia y ya te casaste. Tu problema es miedo a vivir sola.

Para ser alguien tan joven, Emma tenía más sabiduría que muchas mujeres maduras, por lo que se veía, mucho más que su propia madre. Regina se encontraba en un estado total de shock, pues nunca nadie había tenido el valor de decirle verdad tras verdad. Nunca, nadie, jamás. Esa era la más absoluta verdad. Ahora podría enfrentarse a la vida de otra manera.

‒ Tengo muchos miedos

‒ No deberías. Eres una mujer muy inteligente para ser tan recelosa, Regina‒ dijo Emma, observando la misma mano de Regina reposada aún sobre la mesa. No se lo pensó en ese instante y rozó con sus dedos los de la mujer.

Cogió a Regina desprevenida.

Intercambiaron una mirada de cariño a pesar de todo, como si Emma estuviera allí solo para ella y la estuviera animando para que tuviera esperanza y fe en la vida que tenía.

Mientras, Emma fue ganando confianza ante la reacción de la escritora, realmente no esperaba que Regina fuera a reaccionar bien. En un segundo, antes de que la mujer cambiara de idea, Emma apretó su mano y enseguida tuvo lugar algo más agradable. Regina miró para ambas manos juntas y giró la suya, entrelazando sus dedos. Era innegable que se sintió bien, un sentimiento que le estaba haciendo falta. En otro momento, se culparía por estar permitiéndose un contacto tan íntimo con la muchacha, ahora no era así.

Cuando el corazón se le encogió y notó la falta de aire, cambió de actitud.

‒ Ya, no debería‒ dijo ella, destrabando los dedos y apartando la mano. Al hacerlo, vio que Emma se apagaba.

‒ Creo que sé lo que va a suceder ahora‒ la mirada de la muchacha, de repente, se hizo distante

‒ ¿Qué?

‒ Te vas a disculpar y te vas a marchar‒ dijo Emma decepcionada

‒ No me gustaría marcharme ahora‒ dijo la mujer, cambiando su expresión medrosa a una vacía

‒ Está bien‒ Emma se recolocó en el sitio ‒ Quizás sea yo la que tiene que pedir disculpas. Creo que estoy viendo cosas de más entre nosotras

Regina alzó la mirada

‒ ¿Cómo?

‒ Esto que existe entre nosotras, amistad, comprensión, semejanza, sea lo que sea.

Regina se acordó vagamente de cuándo se imaginó un beso entre ellas hacía unas semanas en su coche. Recordó la sensación de culpa que sintió después. Entonces recordó la proximidad de ambas en la sala de la casa aquella noche cuando estaba ebria. No quería que aquella sensación volviera, no era nada ventajoso para ella, ni para la muchacha. Se podía deber a su imaginación actuando de nuevo cuando estaba cerca de Emma, y empezaba a ver cosas dónde no había, sin embargo las palabras de la joven no parecían tan distantes del beso imaginado. Era la misma sensación de corazón acelerado, manos heladas, aprehensión. Fuera lo que fuera lo que tuviesen, Emma era muy amable clasificándolo tan solo de amistad. Pero tanto los besos que no sucedieron como el apretón de manos de ese día habían sido momentos únicos, no podía negarlo y a pesar de todo, no podía mostrárselo a Emma.

La mujer decidió cambiar de tema.

‒ He estado pensando en lo que me dijiste ayer. Sé que quieres leer todos mis libros, así que me he encargado. Cuando llegues a casa, tendrás una sorpresa.

‒ ¿Qué tipo de sorpresa? ¿Has podido reunir todos tus libros para mí?‒ Emma volvió a mirarla y desconfió

‒ Si te lo cuento, no sería una sorpresa‒ dijo Regina

Volvieron a charlar de todo y de nada. Pasaron una hora más conversando sobre las personas de Mary Way Village, y la morena le contó a la joven lo sola que se había sentido durante toda su vida aun siendo una persona influyente. El mal de los novelistas, la soledad necesaria para crear historias creíbles para el público adulto. Aunque era muy joven, Emma comprendía y se dijo que tenía un alma vieja pues compartía la misma soledad.

Regina llevó a Emma a casa antes de que oscureciera y la dejó delante del portón, parando el coche muy pegado a la acera.

Giró el rostro hacia ella y le sonrió tímidamente, pero la sonrisa se agrandó debido al tamaño de la confianza que ella le transmitía.

‒ Entonces, ¿nos vemos mañana?‒ preguntó

‒ Puntualmente a las 4:45‒ respondió Emma

‒ No veo la hora‒ susurró Regina, y sonó tan sensual que hizo que el vello de los brazos de Emma se erizara.

La muchacha miró hacia delante, se tomó su tiempo para mirar de nuevo a Regina.

‒ Yo tampoco‒ sus ojos estaban abiertos de par en par y ardiendo. Emma no quería que fuera verdad lo que le estaba pasando en ese momento. Bajó del coche y corrió hacia dentro sin mirar atrás.

Cuando entró en la casa, lloró sin saber si era de alegría o de tristeza. Era tan evidente que se sentía atraída por la mujer que el sufrimiento la golpeó con fuerza.

Iba a subir las escaleras, enjugando el canto de sus ojos cuando escuchó el timbre.

‒ ¿Quién es?‒ volvió sobre sus pasos y atendió

‒ ¿Srta. Emma Swan? Hay un pedido a este nombre

Emma rápidamente firmó el albarán y se lo pasó al hombre, dejándole espacio para que él dejara una caja de tamaño medio en el interior. Le dio las gracias y cerró la puerta, llevándose la caja con ella al salón. La caja pesaba un poco, pero consiguió ponerla sobre la mesa. La abrió y vio qué había dentro. Precisamente lo que Regina le había dicho, una sorpresa, los libros escritos por ella, todos reunidos allí dentro.

Una enorme curiosidad invadió a Emma en un momento, ya no estaba triste por sentir cosas equivocadas por la sra. Mills. Los libros ayudarían a la joven a conocer a Regina de una vez por todas.


Por la mañana, bien temprano, Belle llevó a una persona de confianza para que conversara con Regina y Daniel en la mansión. Ella lo presentó como Graham, un muchacho que trabajaba como enfermero en el hospital de la ciudad y que se había interesado por el trabajo de cuidador que la sra. Mills había sugerido para el marido. El muchacho era delgado, bien dispuesto y parecía extrañamente amable. Regina lo miró un par de veces de arriba abajo y echó varias ojeadas a su currículo.

‒ Tiene buenas recomendaciones por lo que veo. Creo que está bien cualificado para el puesto‒ dijo ella, pasándole el currículo del muchacho a Daniel para que lo viera.

Él estaba al lado de la esposa, sentado en la silla de ruedas, bien vestido como de costumbre.

‒ ¿Estará disponible para acompañar a Daniel en todos los quehaceres?‒ preguntó Regina

‒ Sí, señora. Ya puse al día mis cosas en el hospital‒ respondió Graham

Daniel miró hacia su esposa

‒ Bien, entonces creo que podemos contratarlo

‒ Sí. El puesto es suyo, joven. En breve hablaremos del sueldo, pero antes necesito que comience a trabajar inmediatamente‒ dijo Regina

‒ ¿Ahora mismo, señora?‒ Graham se sorprendió

‒ En este instante‒ Regina se levantó para empujar la silla de ruedas del marido hasta el nuevo empleado ‒ Necesito que lleve a Daniel a la consulta del Dr. Whale, después acompáñelo a Anita's y almuercen.

Graham y Belle intercambiaron una mirada.

‒ Sí, señora‒ dijo el muchacho

‒ Querida, ¿no vas a almorzar conmigo hoy?‒ Daniel parecía confundido

‒ No, Daniel, voy a resolver una cosa aquí en el despacho, es un problema de unos libros que no han sido entregados, voy a pasar toda la tarde en ello‒ dijo Regina ‒ Belle me preparará algo para comer después, estoy sin mucha hambre últimamente. Pero ve, qué te vaya bien en la terapia y nos vemos más tarde‒ hizo una señal a Graham para que se encargara de la silla de ruedas.

‒ Está bien, querida‒ él sonrió, y de forma galante, le agarró la mano y le dejó una beso en la suave piel.

Ella les abrió la puerta y los vio salir rápidamente de la mansión. Belle pidió permiso y se retiró con las mismas prisas. Regina estaba eufórica por dentro, tendría la mañana entera solo para ella en su despacho escribiendo y por la tarde vería a Emma. La muchacha se había convertido en la salvación de sus días, la inspiración que le faltaba en sus horas de soledad. Pensar en Emma la consolaba lo suficiente para librarse de la sensación de abandono y apartaba la angustia del pecho, y era en esos momentos en que la escritora podía volcar sus pensamientos en el papel.

Y así pasó el tiempo, apenas dio un mordisco a lo que Belle le había llevado para comer antes de que Daniel volviera. Una parte más de Íntimamente lista, la recta final estaba acercándose. Regina imprimió las páginas nuevas, enlazó todo con cuidado y las metió dentro del bolsillo interior del chaleco color vino que llevaba puesto. Fue a verse con Emma. Salió sin hacer ruido de la mansión, mirando para la puerta del final del pasillo, el taller del marido. Él estaba allí dentro, hablándole al cuidador de su trabajo, y aparentemente el muchacho tenía toda la paciencia del mundo para escuchar las miles de historias que Daniel Colter tenía sobre su carrera, cuántas personas había conocido por el mundo pintando, en cuántos lugares había estado por todo Estados Unidos y ciertamente cuánto amaba su profesión de artista. Cosas que Regina siempre había escuchado, pero que solo ahora se permitía odiar el tener que escucharlo de nuevo.

Pidió un taxi y llegó al bistró puntualmente, sin embargo, a quien iba a encontrar ya estaba esperando por ella, sentada en la mesa de siempre, al fondo del local.

Por un momento el tiempo pareció ir a cámara lenta. Regina podía escuchar sus propios pasos mientras avanzaba. El ruido de la campanilla cuando la puerta se abrió se sostuvo unos segundos. Escuchó los latidos de su corazón acelerándose, se estaba acostumbrando a la ansiedad espontánea que la invadía cuando observaba a Emma, a eso se debían las aceleradas palpitaciones en su pecho.

Al acercarse, Regina no escondió la satisfacción de volver a ver a la muchacha, por eso Emma, se levantó y retiró la silla para ella.

‒ Ingrid puede que sea el peor ser humano que existe, pero en esto ella me enseñó bien, es más, fue lo único que me enseñó, a ser educada‒ dio Emma, volviendo a su sitio ‒ Ah, antes de que me olvide…Gracias por los libros. Son increíbles

‒ ¿Ya los leíste todos?‒ Regina estaba sorprendida, pero con anticipación

‒ No‒ Emma rio‒ Aún no. Anoche empecé uno, sin embargo tenía la cabeza en otro sitio debido a algo que pasó, entonces no pude leer mucho.

‒ ¿Qué ha sucedido?‒ Regina hizo una señal al camarero

‒ Nada que quieras saber. Cosas mías que no sé poner en palabras, ¿entiendes? ¿Podemos hablar de otra cosa?

‒ Está bien‒ la Sra. Mills asintió y pidió que la trajeran dos cafés, y algo para ir picando, a fin de cuentas, no había comido casi nada en todo el día.

Emma se mantuvo callada, con los codos sobre la mesa, observando a Regina sin miedo, pero también intentando no demostrar reacción ante ella, lo que podía ser muy complicado. No le iba a revelar en aquel instante que cuando comenzó a leer su libro, ya no pudo ver al personaje principal como tal, veía a Regina, la escritora, revelando sus deseos ocultos.

‒ Vi a tu marido hoy…Estaba con un tipo de camino a Anita's‒ dijo Emma tras un rato

‒ Lo mandé a almorzar allí hoy porque quería terminar esto‒ Regina sacó las hojas del bolsillo y se la dio a Emma

La joven sonrió

‒ Me vas a provocar una sobredosis de tus libros‒ dijo con humor ‒ Gracias

‒ No tengas prisa en leerlos. Son regalos. Y de Íntimamente podemos charlar cuando te encuentres mejor.

‒ Ah, estoy bien, ya pasó‒ Emma hizo una pausa y prestó atención a la melodía que estaba sonando de fondo en la radio del bistró. Música antigua. Por los altavoces, la joven reconoció "Run to me" ‒Adoro esta canción

‒ ¿De verdad?‒ la escritora se mostró desconfiada ‒No es de tu época

‒ Lo sé. Lo que pasa es que mi tío adora el cd de los Bee Gees donde viene esta canción, siempre lo pone cuando viene a casa. Crecí escuchándolo.

‒ Me di cuenta en tu cumpleaños‒ Regina recordó ‒ Pero aún así es curioso cómo una chica como tú no sigue las modas

‒ ¿Para qué si las modas actuales son muy triviales? Todo el mundo hoy parece alienado‒ dijo con un sonoro tono de arrogancia en su voz, pero para ella, su verdad sobre las personas era absoluta.

‒ No eres tan ingenua como pensaba, Emma. Si estuviera mi madre, diría que eres una joven con espíritu de vieja‒ replicó la escritora.

Era el punto a donde Emma quería llegar. Otra coincidencia para confirmar lo que estaba sucediendo entre ellas. Pasó a estar inquieta en la silla. Estaba segura de que ya había leído una frase idéntica en las hojas de Íntimamente, cuando Suzana le dice a Catherine que ella es una mujer con espíritu viejo. Emma se rascó la nuca por detrás de los cabellos, miró a Regina con un pavor cómico y comenzó a creer que había escrito cosas que, muy en el fondo, deseaba que sucedieran.

‒ ¿Te acuerdas de que hay una frase en tu libro idéntica a lo que me acabas de decir?

Tras Emma soltar la pregunta, Regina se sorprendió por completo.

Iba a decir algo, pero alguien interrumpió y no era el camarero.

‒ Sra. Mills y srta. Swan, qué placer verlas a las dos reunidas‒ el hombre estaba parado al lado de la mesa de ellas y apoyado en su bastón.

Emma pareció haber visto a un fantasma.

‒ Hola, sr. Gold‒ dijo Regina, nada satisfecha al verlo, por alguna razón que más tarde sabría.

‒ Veo que están teniendo un agradable momento juntas. No sabía que las dos eran amigas‒ hablaba como si fuera una cobra ponzoñosa a apunto de dar el salto. Se dirigió a Emma ‒ Está bien que te apoyes en alguien, Emma, la compañía de la sra. Mills te hará bien.

Su mirada era extraña, cargada, quizás aún, del odio por lo que la muchacha lo hizo pasar en la cena que habían tenido. Gold era el tipo de hombre al que no le gustaba que lo dejaran en ridículo.

‒ Puedo darme cuenta sola de que la sra. Mills es una compañía adecuada‒ dijo Emma sin ambages ‒ Gracias por la preocupación.

Gold pareció satisfecho, porque, aparentemente, había interrumpido una conversación importante entre las dos. Hizo una reverencia a la sra. Mills y se marchó cojeando apoyado en su bastón. No tuvo cuidado en darse prisa, pero el abordaje inusitado hizo que Emma tuviera cautela.

‒ ¡Qué extraño! No me di cuenta de que estaba aquí‒ decía Regina, mirando hacia atrás

‒ Ni yo. Ese hombre parece un fantasma‒ Emma lo observó mientras se marchaba, y Regina percibió que ella y aquel hombre habían tenido problemas más serios si ella se mostraba tan incómoda.

‒ ¿Puedo saber qué te hizo Gold?

‒ Es un hombre horroroso, ya te lo dije. Pero en realidad, fui yo quien le hizo algo a él. Me invitó a cenar y yo aproveché y le añadí un condimento especial en su plato. No quieras pensar en el sr. Gold con dolor de barriga, es la visión del infierno.

Regina intentó contener la risa.

‒ ¿Entonces fue eso?

‒ Sí. Un pago justo por lo que les ha hecho a las chicas de esta ciudad. No me da miedo, el único problema es que nos ha visto aquí.

‒ ¿Piensas que le dirá algo a alguien?

‒ Es un tipo cínico, no confió en él para nada. Creo que tenemos que escoger otro sitio para vernos‒ Emma dijo olvidándose de las alternativas.

Regina dirigió su mirada hacia los papeles enrollados en la mesa, la respuesta al problema estaba en uno de los capítulos de Íntimamente. Fue lo primero que le vino a la mente a Regina, el lugar donde se encontraría con Emma de ahí en adelante.

‒ Vamos a hacer como Suzana y Catherine de nuevo. El mirador‒ sugirió, mostrándose segura.

Emma se quedó un momento pensando, imaginando cómo Regina había llegado a esa solución. ¿Acaso ella pensaba todo el rato como Suzana o ese era su refugio y la muchacha que tenía delante sentada era una Catherine de la vida real que no quería notar? Quizás las dos cosas. O quizás ni se diera cuenta de la verdad que contaba en sus propios libros.