Un error

La fuga de Regina fue algo inesperado, incluso para ella misma. Su cuerpo entero temblaba de una emoción indescriptible que jamás podría plasmar con esas palabras complicadas de los libros que escribía. No lograba comprender qué había acabado de hacer. Había un grito queriendo ser expulsado de su pecho, una lágrima resbalando, un odio estallando en su interior. No por Emma, sino por ella misma. Y si acaso la muerte era una sensación como esa, Regina estaba muriendo de la forma más hermosa, pensando en Emma.

Había tenido lugar un beso entre ella y la muchacha, pero más allá de aquel, sus deseos ocultos de "Suzanna" brotaron dentro de las palabras de Emma. "Quiero ser la primera…Quiero ser tu primera" Quizás ella tuviera razón, estaba escribiendo el propio futuro. Pero tal vez fuera tarde para volver a la casa de la esquina y decirle que la entendía. Huyó con miedo de algo que nunca había sentido, ni siquiera con Daniel, huyó porque no sabía si era adecuado besar a la muchacha. Lo que quedaba era una conciencia pesada, pues aún seguía Daniel en su vida, pero con él nada tenía el menor sentido, no después de esas cartas escondidas y secretas. Regina estaba dividida entre la pena y el miedo.

Estaba en la puerta, de pie desde hacía media hora reflexionando sobre sus cosas cuando él apareció, caminando solo lentamente como un fantasma que lleva una bola de hierro atada a los tobillos. Él estaba preocupado, tal vez imaginando que su tardanza en regresar aquella noche se debía a algo grave, lo peor se le pasaba por la cabeza. Ella rezaba para que él no se acercara, no preguntara, pero cada segundo, él se acercaba más, lentamente al igual que se iba su vida por culpa de la enfermedad.

‒ Mi amor, ¿dónde has estado? ¿Qué ha pasado?

Regina tardó unos segundos en hallar la respuesta.

‒ Emma…La chica que vive al final de la calle. Me la encontré en el centro de la ciudad y la traje a casa. Me quedé allí esperando que la lluvia amainara‒ dijo la verdad. Fui seca, directa, pero dije la verdad.

‒ Estaba preocupado.

‒ Estoy bien, no tienes de qué preocuparte‒ Regina no cambió su timbre, era en ese momento una mujer cautelosa, de las que aprendían a guardarse lo peor y el mayor de los secretos.

Daniel se esforzaba para mantener el equilibrio con sus piernas sin ayuda, y la esposa lo miraba con desprecio, a pesar de la pena. Él se apoyó en un mueble de esos que hay a la entrada de las casas. Miró a Regina y no supo descifrar la mirada gélida que recibía de ella. Sintió un frío en el estómago, una sensación ruin. "No, Regina no está bien"

‒ Los empleados ya se han ido, ¿vamos a cenar?‒ preguntó él

‒ No tengo hambre, Dani‒ Regina se deshizo del abrigo negro aún encharcado por la lluvia, soltándolo sobre el perchero ‒ Si no te importa, prefiero echarme‒ pasó por su lado, pero se detuvo, teniendo la mínima piedad en el pecho para no dejarlo a su suerte allí.

Regina ayudó a Daniel a andar. Le sirvió tras escucharle que la había esperado toda la noche para conversar sobre lo mismo de todos los días. Cuando se fueron a acostar, ella lo tapó y se echó a su lado, apagó las luces de las lámparas de las mesillas de noche antes del "Buenas noches, querida", pero además de eso, ella quiso saber si aún existía algún vestigio de sentimientos hacia él. No los sentimientos de alguien que está obligado por la pena, sino los de un ser humano capaz de perdonar. Si tocara su mano y entrelazase los dedos, quizás su corazón se disparara y sabría si era digno de un perdón que él nunca pediría. Fue lo que decidió hacer, tocó su mano en silencio. Le zumbaban los oídos, pero fue una gran decepción, pues él apretó sus dedos entre los suyos, pero no hubo reacción. La decepción había corroído la parte buena de ser la esposa de Daniel Colter. Regina cerró los ojos y se imaginó a la muchacha allí a su lado. Emma tenía el calor que buscaba, incluso en un beso. Imaginar le pareció más cómodo que la realidad, y perdida en esa imaginación la mujer cayó en el sueño.


La noche fue algo agitada, Regina soñó con Emma, con el abrazo, con el beso.

‒ Yo quiero ser la primera‒ dijo la voz de la muchacha resonando en las escenas mezcladas del sueño

‒ Tú eres la primera‒ respondió Regina ‒ Desde la primera mirada, tú eras ella

El sueño siguió hasta ese instante, desvaneciéndose de la mente, trayendo a la escritora de vuelta. Era temprano, el día había clareado deprisa y la mujer saltó de la cama con prisa. Abrió el balcón del cuarto y miró en dirección de la casa de Emma. La terraza del cuarto del segundo piso. Cerrada.

El vecindario en silencio no parecía tan sombrío cuando miraba hacia su casa.

Tuvo una sensación de pérdida. Pensó que hizo mal en haber huido de ella, pero no sabía cómo volver. Creía que Emma no iba a perdonar tan fácilmente la manera en cómo acabó el beso.


Regina despertó la mañana de un jueves con un grito, la frente empapada en sudor y Daniel a su lado, con los ojos abiertos de par en par de susto. Un mes tras el beso vivido entre ella y Emma había pasado, pero nada en absoluto había cambiado desde entonces. Todas las noches eran exactamente igual, sueños mal resueltos y susurros apasionados, y la escritora no tuvo ninguna noticia de la vecina.

Mirar hacia el balcón de la casa del final de la calle se había vuelto rutina, pero no había señal de la muchacha, ni la propia Regina había tenido valor para buscarla donde sabía que podía encontrarla, aunque en algunos momentos hubiera pensado en ir al mirador o al bistró. Quien había huido esa vez había sido ella, sin embargo sabía que la muchacha tampoco tendría el valor para buscarla. Había durado mucho más de una semana y conforme pasaba el tiempo, más parecía doler. No dolor de culpa, era la ausencia de Emma lo que dolía.

Ante el susto que le provocó el sueño, no aguantaría mucho más tiempo alimentándose del dulce y perturbador recuerdo. Decidió que aquella sería la última noche en que soñaría con Emma. De las dos opciones, pensaba que era la más correcta: olvidar a la joven. Por eso mismo, entró en el despacho buscando lo que había escrito de su novela más reciente, solo que cuando tuvo la oportunidad de borrar toda la historia de los archivos del ordenador, desistió, arrepintiéndose de matar, en un segundo, un libro que estaba casi al completo, como lo estaba Íntimamente. Sacudió la cabeza y la apoyó entre las manos, pensando. Esa no era la forma en que iría a olvidarse de la muchacha.

Daniel había puesto un disco antiguo para escuchar mientras pintaba. Ya era la quinta vez que el CD pasaba por la versión de Natalie Cole de "Unforgettable" cuando Regina salió del despacho aturdida. Miró en dirección de la entrada, fijó su mirada en el portallaves y vio las llaves del coche colgadas. Lo único que podía sentir era una inmensa falta de alguien inolvidable tal y como sugería la letra de la canción. Se pegó a la pared, cerró los ojos y dejó que la canción entrara en su mente, imaginando una escena de su libro más reciente. Ya era hora de hablar con Emma, como fuera, aunque se pareciera a una separación, a un fin.

Regina no esperó a que la canción terminara para salir de la casa sin avisar, pero ella se la sabía y la escuchó en su mente durante todo el camino en coche hasta la ciudad.

Pasaban de las cuatro cuando llegó al Hotel Hopper. Sabía que era el único sitio donde Emma podría estar a aquella hora. No tardó mucho en aparecer, exhausta de un día de trabajo duro en los cuartos y a las órdenes de Archie.

Emma, sorprendida, se atragantó cuando alzó la mirada de la pantalla del móvil

‒ ¿T…Tú?

La mujer asintió, mientras se quitaba sus características gafas oscuras.

‒ Yo

Transcurrió un largo momento en silencio, un silencio que ambas vivían a cada rato, y que llegaba a ser perturbador y angustiante. No obstante, tendrían muchas cosas que decirse la una a la otra, pero el miedo sería tal vez el mayor enemigo de ambas y ahí estaba, latente, en los dos lados.

‒ Hace días que me pregunto si volvería a verte‒ dijo la muchacha, seria

‒ ¿Eso sería malo o bueno?

‒ No lo sé‒ Emma se encogió de hombros

Emma recordó la última vez que había estado con Regina. Sabía el día, el mes, la semana, esa semana en que pensó que había ido demasiado lejos al demostrarle sus sentimientos a la escritora. ¿Pero qué culpa tenía si por su parte era algo puro? Era un deseo profundo que, al principio, fue correspondido, sin embargo, parecía que Regina no se lo permitía.

En la calle, compartían el espacio con quien pasaba, pero tras un tiempo, aquella zona de Mary Way Village quedó desierta. Estaban divididas entre quedarse mirando o conversar sobre lo que debían y estaban de acuerdo.

La postura de Regina provoca en Emma un escalofrío por la espalda. Sus planes de pasar por la floristería del tío al caer la tarde ya no eran una opción.

‒ Tenemos que conversar, Emma‒ Regina sentía todas sus emociones estallando en su interior, era difícil contenerlas.

‒ También lo creo. ¿En el bistró?

Las dos estuvieron de acuerdo en conversar lejos de la calle. Pidieron un café para cada una, pero ninguna de las dos tocó su bebida mientras estaban calladas esperando para hablar.

‒ Sé de qué quieres hablar conmigo‒ dijo finalmente Emma ‒ Disculpa. Yo empecé esto, fui hasta tu puerta buscando a la persona que había escrito sobre mí y eso, al final, ha llevado a un momento embarazoso, pero si quieres saber lo que siento, no me arrepiento de nada de lo que he hecho.

Regina no dijo nada. Se quedó mirando a la joven, queriendo que ella llegara al momento oportuno para despedirle en una escena típica de cine.

‒ Además, tú y yo somos parecidas. Fue imposible no sentirme así. No me preguntes cómo, porque sé que conoces la sensación, aunque solo sea por haberla escrito.

La mujer bajó la cabeza, tomó un sorbo de café y sonrió descreída.

‒ Estuviste mucho tiempo advirtiéndome de mis libros, especialmente de Íntimamente, y de que vivo a través de ellos. Es verdad que he tardado en darme cuenta, pero fue una pena que hubiera sucedido en un momento como aquel, tan particular, tan intenso‒ la miró a los ojos

‒ Tan importante, ¿no?

Regina puso los ojos en blanco y los cerró

‒ No puedo poner en palabras lo que me viene a veces a la mente.

‒ Debías decirlo, debías dejar de ser temerosa y tener miedo de herir a las personas con las palabras. ¿Quieres saber lo que la gente piensa de ti? Nada, Regina. Nadie sabe quién eres en realidad. Nunca he conocido a alguien tan introvertido y cobarde.

Como un león furioso, la mujer cuestionó con la mirada a la joven.

‒ Introvertida puede que sí lo sea, pero ya fui bastante más cobarde.

‒ ¿Lo ves? Tienes miedo de asumir tu personalidad. Eres cobarde, sí. ¿Por qué sigues viviendo con tu marido si no eres feliz con él, eh? Es evidente, porque tienes miedo de dejarlo. Tienes miedo de en qué se va a transformar la vida después de él. Tienes miedo de quedarte sola. Tienes miedo de vivir.

La escritora percibía que la muchacha no estaba de broma.

‒ Sí, por eso mismo salí corriendo de tu lado. Miedo‒ dijo Regina, levemente decepcionada por su propia actitud. Notaba algo extraño dentro de ella. Fueron pocos segundos en los que disfrutó del recuerdo del caluroso beso que había generado noches de sueños agitados, las palabras dichas por la muchacha que resonaron en sus delirios durante largas semanas. Tenía miedo de entregarse, pero el deseo era tentador. Quizás por esa razón, haya buscado a la joven. El motivo de tanta angustia estaba allí, frente a ella ‒ No lo sabes, pero…He estado soñando contigo‒ el discurso mudó de repente. Regina dijo eso, agarrándose a la mano de Emma. El rostro se elevó sin recelo para mirar fijamente los ojos verdes de Emma.

Emma, sin vacilar, apretó los dedos entre los suyos ansiando las próximas palabras.

‒ Eso me pasa a mí todos los días desde que te conocí‒ replicó la muchacha

Lo que iba a decir a Emma se había desvanecido. No se sentía justa haciendo que la muchacha se fuera de su vida sin poder aprovechar la sensación que le proporcionaba. Perdía el control con ella, perdía la razón. Estaba pasando de nuevo, pero no tuvo ganas de reprimirse como la primera vez.

"Dios mío, ¿qué estoy haciendo?", pensaba, sin embargo, ya era demasiado tarde para medir límites.

‒ Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo, te diría tantas cosas

Una sonrisa se abrió en el rostro de la joven, iluminando sus rasgos de ángel.

‒ Hay muchas cosas que decir, Regina

‒ ¿Muchas?‒ Regina intentó desviar la mirada. Temblaba, inquieta, en la silla.

‒ Innumerables

Regina se levantó bruscamente del sitio y le dio la espalda a Emma. Estaba muy afectada, sonrojada, sin aliento, pero a pesar de eso, había tomado una decisión.

‒ Espérame en tu casa mañana a las cinco. Deja la puerta entornada, sabrás cuando llegue‒ dijo, firme, antes de salir del bistró.

Emma se quedó boquiabierta y confusa, aunque no tenía dudas de que obedecería sus órdenes.


Emma tuvo un presentimiento antes de dejar su casa al comienzo de la mañana el día siguiente. Dejó la puerta sin trancar, y se marchó rezando por tener la suerte de que nadie, aparte de la escritora entrara. Se fue al trabajo pensando si era realmente lo que quería, envolver a la mujer con sus deseos por ella y seducirla hasta el final. Sería egoísta actuar de esa forma para conseguir el amor de Regina, completamente sin alternativa, como si la mujer fuera su única oportunidad para ser feliz, al menos una vez en la vida. Era Regina, tenía que ser ella y también sería la primera mujer de la escritora.

Cuando regresó a casa al final del día, sus esperanzas estaban a flor de piel, el presentimiento estaba de vuelta y Emma moría por dentro mientras se acercaba a su propia casa. Llegó, vio la puerta de la sala como la había dejado. Sin señales de paso de Regina por allí, pero entró en la casa como hacía normalmente, soltó la mochila sobre el sofá. En eso, pisó el primer escalón de las escaleras y escuchó cómo crujía, pero no fue eso lo que la hizo detenerse. Un olor. Estaba oliendo una aroma familiar, así que corrió hacia la planta de arriba. La puerta de su cuarto estaba entreabierta, había algo extraño al final del pasillo.

Emma tuvo miedo de que no fuera Regina, pero era su perfume, con certeza ese era el aroma del perfume importado que solo se veía en las tiendas más caras. La muchacha se detuvo delante de la puerta, por algunos segundos sin valor para avanzar. Cerró los ojos y se dijo a sí misma que no podía estar equivocada. El corazón se le saltaba por la boca, hasta le dolió un poco cuando finalmente entró en la habitación. Emma vio cómo su cuarto estaba envuelto en una nube imaginaria de perfume, Regina parada frente a la puerta del balcón. Se restregó los ojos para tener la certeza de que no estaba soñando, era Regina mirando por la ventana. Al divisar a la mujer, su pecho se encogió. Tendría un arrebato de felicidad si no temiera una posible fuga como la primera vez que estuvieron solas ahí. Estaba dispuesta a arriesgarlo todo para recibir aunque fuera un mínimo rastro de cariño por su parte.

Cuando se fue a dar cuenta, ya estaba demasiado cerca de Regina, detrás de ella, aspirando su perfume, sin tener condición alguna para controlarse.

‒ Pensé en marcharme, dejarlo todo atrás, huir, fingir mi muerte…Sin embargo, si hiciera eso, jamás me perdonaría no venir y acabar la conversación de ayer ‒ susurró Regina

Emma la abrazó desde atrás con desespero, ya no podía soportarlo.

‒ Perdóname por las cosas horribles que te dije ayer‒ apretó los ojos, permitiéndose llorar.

Regina notó la inquietud de Emma y se giró, mirando de frente el rostro enrojecido de la muchacha. Era una pena que estuviera llorando, odiaba ver a alguien llorando. Tocó el rostro de Emma y enjugó las lágrimas con el pulgar y, así, ya pensaba que estaba yendo demasiado lejos. Deseó probar de nuevo el sabor de su boca. "No puedo hacer eso" pensó al notar que su cintura era rodeada por los brazos de Emma. Jadeó, tentada en mirar aquellos labios. Emma deslizó las palmas de sus manos por la silueta del cuerpo de Regina, provocando que esta se estremeciera y suspirara. Ya no podía resistir más la tentación de ser dominada y finalmente se entregó a un beso caluroso. Su cuerpo se acomodó al de la joven y sus brazos rodearon el cuello y las manos se hundieron en el cabello oscurecido mientras el beso volvía a comenzar.

‒ Te necesito, Regina…No dejes que esto se nos escape…‒ decía Emma, entre mordiscos y succiones en sus labios.

‒ No puedo‒ Regina deshizo el beso, giró su rostro ‒ No puedo, Emma, esto no está bien‒ apretó sus labios y cerró los párpados, pero no fue capaz de aguantar las emociones ‒ Ya, no podemos hacer esto, no está bien

Emma agarró su rostro y lo giró hacia ella.

‒ Calma, Regina, cálmate, por favor. No voy a hacer nada que tú no quieras‒ pegó su frente a la de ella, respirando el mismo aire, jadeantes y ansiosas – nada que yo no espere. Quiero ser tuya, pero no solo una vez, quiero muchas y sin ti no puedo hacerlo.

‒ Déjame, por favor…

‒ No sin que antes me digas si tú también quieres.

‒ Emma, yo no sabía lo que estaba haciendo‒ Regina miró hacia lo alto, los ojos ardiendo

‒ Sí sabías, siempre has sabido lo que has querido, solo que no entendías. Entenderé si no lo quieres tanto como lo quiero yo. Dolerá, dolerá mucho, pero lo entenderé, solo necesito que me digas que no quieres, ahora, mirándome a los ojos.

Ambas se quedaron en silencio un momento. La joven había notado que la mujer parecía aterrada ante aquellas palabras.

‒ Lo escribí, ¿no? Escribí cosas que ya no puedo borrar, ni siquiera consigo destruir las pruebas de lo que he estado escribiendo para ti

‒ Me quisiste desde el primer momento‒ dijo Emma ‒ Ya es hora de sacar tu historia del papel. Basta de miedos‒ tocó una de sus manos y la atrajo una vez más a un abrazo.

‒ Estamos yendo demasiado lejos.

‒ Si crees que hemos ido demasiado lejos, ¿por qué estás aquí? No hablamos aún del beso que nos dimos, al menos de la forma que tú querías. Ahora es tarde para regresar en el tiempo y deshacer lo sucedido. En el fondo sé que quieres entregarte, pero tienes tanto miedo que no sabes si te quedas o te vas‒ Emma pasó los dedos de la otra mano por la boca de Regina, manchándose las puntas con la pintura de labios. Aquel era una caricia tan sencilla, pero tan peculiar que Regina sentía sus piernas temblorosas.

Era como si estuviera herida, como si estuviera flaqueando. Respiraba por la boca, sufriendo un dolor que ni existía.

‒ No, Emma, no puedo.

‒ En mi ojos‒ Emma paró a Regina de su deambular por el cuarto ‒ Dímelo mirándome a los ojos

Ella tardó varios segundos en decidirse a mirar a la muchacha, pero sintió una punzada de tristeza cuando recordó las cartas de Daniel, y el dolor volvió a sentirse de nuevo. Era ahora o nunca, tenía que tomar una decisión. Abrió sus ojos en llamas. La respuesta la tenía preparada, no se iba a echar atrás. Miró a Emma, apretándole la mano.

‒ Sé que te amo, sé que también te necesito. Escucho tu voz, siento tu olor, escucho canciones y todo lo que me viene a la mente eres tú. Aunque esto esté mal, no quiero dejar escapar el riesgo de amar, porque nunca he amado a alguien como te estoy amando. Quiero, Emma, quiero que seas la primera.

Emma sonrió con sus ojos y solo notó el golpe que su cuerpo dio al chocar con el de la morena.

Comenzó en aquel instante, apretándose, rozando sus rostros, arañandose, mirándose. Compartían el mismo deseo.

Regina sujetó a la muchacha en un nuevo beso que ahora tenía todo el sentido. Agarró sus cabellos largos, su cintura pegada a la propia, permitiendo que el deseo ardiente estallase en su interior y poder reunir fuerzas para estar con Emma el tiempo que necesitara para demostrarle su amor.

Sin permiso (como si realmente lo necesitara) Emma desabotonó cada botón del largo abrigo de Regina. Lo abrió, liberando su cuerpo, pudiendo ahora comenzar con lo que tenía debajo, una blusa de tela gruesa que enseguida estuvo en el suelo. Mientras Emma se libraba de lo que Regina vestía, seguían besándose, y en realidad, la mujer descubrió que tenía prisa por ver qué venía a continuación. Así que hicieron una pausa y para la escritora fue algo natural, comenzó hacer lo que solía escribir en sus historias.

Emma nunca había visto a una mujer desvestirse, aunque Regina tampoco había hecho eso delante de otra persona que no fuera Daniel. Tenía alguna noción de cómo harían aquello o mejor, no lo pensaba, solo se dejaba llevar.

Regina se quitó las botas, los pantalones, tirándolo todo al suelo. No estaba tensa como antes parecía. Por eso, Emma prefirió que Regina la desvistiera. Fue delicada, bajó los lados de la blusa de la muchacha mientras esta la miraba a los ojos, después la parte de abajo, los zapatos. El resto era sencillo: desabotonar el sujetador de algodón que daba volumen a los pechos ligeramente más pequeños que los suyos. Su cuerpo era pequeño, pero musculoso. Parecía haber sido hecha a mano y mucho más excitante que los cuerpos de las mujeres de quien ella escribía, porque era de verdad.

La muchacha caminó de espaldas hacia la cama, llevando a Regina de la mano. Se sentó y se recostó, esperando que la mujer hiciera lo mismo. Así lo hicieron, ella debajo, abrazando el cuerpo de la sra. Mills contra el suyo. Palpó sus caderas, notando el calor de su piel, después la suavidad. Ella estaba lista, siempre lo había estado.

Regina descendió los labios por el contorno de los hombros de la joven, llegando a sus pechos, descubriendo la forma firme y con sus dedos rozando los pezones, confirmando cuánto le gustaban. Su cuerpo deslizó sobre el de la muchacha, Regina no tuvo impedimento para quitarle a Emma las bragas. Veía la respiración irregular de la muchacha, tensa, tal vez por ser su primera vez. Pero Emma se abrió para ella, dándole una visión privilegiada de lo que sucedía entre sus muslos, sin embargo notó que su cuerpo vibraba ante el descubrimiento que la sra. Mills acababa de hacer, su marca de nacimiento en la pelvis, muy cerca de su intimidad. La mujer inclinó la cabeza y comenzó a besarla allí, su lengua saboreando su humedad.

Emma, finalmente, cerró los ojos y gimió, entregándose al placer. La tensión desapareció. Sus manos se aferraban a los hierros del cabecero, pero sus caderas se levantaron hacia ella. Regina exploró los dobleces de su intimidad con lento deleite. Los movimientos de Emma se hicieron más urgentes. Así que, empujó la cabeza de la mujer hacia abajo. Estaba sonrojada y respirando fuerte, no tardaría en suceder lo que las dos ya querían. Solo fue cuestión de tiempo para que Regina encontrara el clímax de la joven y finalmente sintió su humedad cubrir su boca de una forma que iba más allá de lo esperado. Fue una delicia ver cómo Emma se retorcía, sufriendo con los ojos cerrados y gritando su nombre.

Cuando terminó, Regina volvió a echarse encima de Emma, y en lo único que pensaba la muchacha era que siempre había estado en lo cierto con respecto a ella.

Se dieron otro beso, lleno de vigor. Ambas rebosaban sentimientos hacia la otra. En tan poco tiempo se sentían más íntimas de lo que jamás lo habían estado con cualquier otra persona. Querían seguir haciendo el amor, querían hacer el amor todos los días, por el resto de la vida. Pero aún había un problema. Regina todavía seguía casada, aunque su matrimonio ya estuviera acabado. Tenía que decírselo a Daniel. No podía, sencillamente, vivir otra vida, no cabía en su cabeza.

Daniel había sido el primer y único hombre en la vida de Regina, y por más que fuera digno de su respeto, ya no había amor o quizás nunca existió un amor verdadero por parte de ella. Encontraría un momento para decirle lo que había sucedido con Emma. Esa era la idea que le vino brevemente a la mente mientras miraba el bello par de esmeraldas de la joven. Era un gran alivio haber expulsado su miedo, haberse dejado ir y por fin haber sentido lo que ha sentido teniendo a Emma para ella. Los obstáculos parecían mucho más pequeños comparados con un momento tan sublime como aquel.

Emma la besó en el mentón, subió sus manos por la espalda de Regina y echó sus cabellos cortos hacia atrás para hacerle una gran pregunta.

‒ ¿Aún piensas que estamos haciendo algo malo, Regina?

Regina se quedó pensando

‒ En realidad, no lo sé. Y si esto está mal, nunca he conocido un error que me haga tanto bien‒ dijo con voz suave. Emma sonrió y las dos rodaron por la cama comenzando todo de nuevo.