Entrando en una pesadilla

Emma, días más tarde, era un fantasma. Todo estaba frío y lento, como en los viejos tiempos. Cinco días después había visto una tarjeta en la floristería de su tío, anunciando la gran exposición del artista Daniel Colter en el espacio cultural de la ciudad. Sentía las náuseas subirle a la boca solo de cerrar los ojos y pensar en Regina besándolo, y para empeorar, su rabia se convertía en lloro compulsivo cada vez que se acostaba en la cama y echaba de menos sus brazos rodeándola, protegiéndola de cualquier mal del mundo.

La desesperación estaba en su límite cuando decidió salir de casa tras recibir cartas, pues había dejado de atender al teléfono. Sabía que era Regina la que llamaba, y ni aunque lo dijera una ley, iba a cogerle el teléfono. No quería verla, no quería mirarla a la cara y escuchar su voz grave intentando seducirla de nuevo. En una de las cartas que Belle le había llevado un día, Regina le pedía perdón por cualquier cosa que hubiera hecho, pero que le gustaría saber, exactamente, qué había sucedido para ser ignorada de aquella manera.

Emma rompió la carta en mil pedazos, y no envió respuesta a través de Belle. Hasta que un día la empleada de los Colter tocó al timbre de la casa y nadie atendió.

Regina fue hasta la casa del final de la calle al día siguiente, cuando Daniel había salido con Graham a la consulta médica, y comenzó a sentir miedo. Llamó a la puerta, intentó romperla con el pie, con las manos, pero no tenía fuerza. Rodeó la casa y nada, ni una señal de la joven. Entonces, fue al hotel Hopper y allí se enteró de que Emma había pedido dos semanas de vacaciones, pero hasta ese momento Regina iba a perder la cabeza de preocupación. La buscó en la floristería también, y Zelena le dijo que había salido de viaje para ir a ver a su madre. Regina encontró esto la cosa más absurda del mundo. La mujer tuvo que creer, aunque quisiera haber conversado con David sobre la muchacha, pero este también estaba fuera de la ciudad con la esposa, participando en una convención para floristas en otro estado. Lo que la sra. Colter Mills no sabía era que una de las informaciones de Zelena era mentira. Los dueños de la floristería sí estaban fuera de la ciudad, pero Emma no.

La muchacha se había escondido en el desván encima de la tienda, lejos de casa, aprovechando la ausencia de los tíos.

Vió cuando Regina estuvo en la tienda. Creyó haber escuchado su voz y se quedó quieta, intentando escuchar desde el descansillo lo que la empleada de la tienda le decía a la mujer. Emma se escondía tras la ventana cuando ella se marchó, vio el coche oscuro alejándose. Pero no fue la última vez que vio a Regina por los alrededores.

Como si no hubiera creído en la historia que Emma le había contado, Regina se paseaba en su coche, todos los días, por la costa, esperando una aparición repentina, una sorpresa en la playa, pero nada de la muchacha ni de sus cabellos ondulados girando su rostro hacia el coche.

Sin energía…Perturbada…Vacía…Traicionada, Emma moría de pasión, preguntándose si su orgullo adolescente, en algún momento, desaparecería y la dejaría volver a correr y tirarse frente al coche de Regina. Pero no. Si Emma cerraba los ojos, era el beso de una pareja aparentemente enamorada lo que veía y volví a odiarla de nuevo.

Conforme pasaba el tiempo, Regina se desesperaba sin entender lo que le había pasado repentinamente a Emma. Ya había estado en los sitios que otrora fueron puntos de encuentro de las dos. El mirador, el bistró en el callejón del centro de la ciudad. Ni una señal, perfume o vestigio de la joven. No era como la primera vez en que ella había desaparecido, parecía todo muy equivocado y sin fundamento.

Cierta noche, Regina escribió una última carta. Lo hizo a mano para que Emma supiera que era ella hablándole, suplicándole que volviera, que diera noticias, atendiera el teléfono o algo. Estaba en su despacho, garabateando la última hoja de un bloc de anotaciones, ligeramente afectada por la ansiedad. Los ojos recorrían sus propias palabras, llenas de borrones de tinta, con prisa por acabar pronto con el martirio.

"No puede ser verdad que te hayas ido a ver a tu madre. No es algo que harías, ni aunque la hubieras perdonado. Ya han pasado dos semanas y no tengo noticias tuyas. Donde estés, piensa en mí y vuelve. Reacciona, Emma, porque odio esta sensación de no saber dónde estás ni qué ha sucedido. Algo me dice que estás bien escondida, con miedo. Si he provocado algo, al menos respóndeme a esta carta. No me huyas más. Me muero poco a poco de preocupación, y por si aún quieres saberlo, sueño contigo todas las noches. En estos momentos puedo ver tu rostro leyendo esta carta, y sé que estás loca por contarme lo sucedido. No me he olvidado de ti, nunca. Confía en mí. Confía en mis sentimientos sinceros por ti"

Cuando terminó, se sentía trémula y sensible, casi había borrado con sus lágrimas la carta entera. Cogió un pañuelo del bolso y se limpió las lágrimas antes de llamar a Belle.

La empleada corrió hasta la estancia.

‒ Sí, Regina, ¿me llamaste?

La sra. Mills alzó la mirada y le extendió la carta.

‒ Hazle llegar esto a Emma. Encuéntrala. Aunque esté con la madre, encuentra un modo de hallarla. Ponla en un sobre y haz que llegue a sus manos﹘ dijo Regina, muy seria

Belle notó las ojeras que el maquillaje no pudo ocultar en el rostro de su jefa, sabía que había llorado a escondidas por causa de Emma. En el fondo, la muchacha también quería saber lo que había sucedido con la amiga, pero por lo que había visto antes de Emma desaparecer, algo iba mal entre ella y Regina.

‒ Pero, Regina, ¿y si no la encuentro?

‒ No te lo estoy pidiendo, te lo estoy mandando, Belle. Encuentra a Emma‒ dijo la mujer entre dientes, por dentro era un animal herido.

Asustada, Belle cogió el papel y lo dobló, asintiéndole a la escritora. Iba a comenzar la caza de Swan al final del día, cuando se dirigiera al hotel de Archie. Allí se enteró de que Emma ya se había pasado del plazo de dos semanas que había pedido, y que le iba a descontar del sueldo los días ausente. En la floristería, Zelena no sabía mucho más que el dueño del hotel, o fingía que no sabía más que él.

‒ Mira, Belle, Emma apareció aquí en la tienda hace más de quince días diciendo que iba a salir de viaje. Se quedó con los tíos un día y al otro desapareció. No está en el desván, estoy segura‒ decía la pelirroja, regando un florero con orquídeas, en lo alto de un estante. Algo en la mirada de Zelena le dijo a Belle que mentía. Sabía dónde se escondía Emma, solo que no iba a confesarlo.

La muchacha sacó un billete de cincuenta y se lo puso en la mano libre.

‒ Te los puedes quedar, solo dime dónde se esconde, ¿ok? Tengo que hablar con ella, es muy importante.

Zelena se mordió el labio y su expresión no era muy confiada.

‒ ¿Me prometes que no le dirás que he sido yo?

Belle dio su palabra

‒ Claro

‒ Está bien

Zelena le dijo a Belle que Emma estaba en el desván y que no iba a marcharse hasta que no volvieran sus tíos de viaje. Belle se sintió tremendamente aliviada, pero no le iba a dar la carta tan rápido.

Por la noche, en la mansión, pensaba en decirle a su jefa lo que había descubierto. Sirvió la cena a la pareja e intercambió una rápida mirada con Regina. Hoy había preparado un pastel de carne que, por lo visto, solo Daniel iba a disfrutar, pues no tardó en devorar un primer trozo, mientras hablaba con la esposa.

‒ Esta exposición tiene todo para hacer que vuelva al mercado del arte en el país, ¿entiendes, querida? Sabrán de mí los coleccionistas, no solo las galerías de arte‒ miraba a Regina a su lado en la mesa.

Actuando con gran estilo, la mujer sonreía y asentía con la cabeza.

‒ Ciertamente, querido‒ intentó cortar un trozo del pastel, pero se detuvo a la mitad con el cuchillo en la mano, recordando que tenía que preguntarle algo ‒ Por cierto, ¿cómo te encuentras? Has ido todos los días al médico, ya casi no llamas a Graham y vuelves a trabajar mucho.

Él extendió la mano hasta la de ella, apretó los largos dedos de la mujer y terminó de masticar para responder.

‒ Me siento muy bien. Cada día mejor. He estado algo distante de ti estos días porque prometí al alcalde que haría esos cuadros, ¿me entiendes, no, querida? Pero prometo que en cuanto acabe, vamos a viajar, solos tú y yo‒ Daniel se acercó a su rostro ‒ Un viaje romántico, pienso en viajar en barco, aquellos cruceros enormes que tardan días en llegar de un punta a otra de Europa, ¿qué me dices? Tengo que compensar los años que hemos perdido.

Regina sonrió sin gracia, e intentó soltarse de Daniel.

‒ Creo que es una idea maravillosa, pero no sé si voy a estar disponible para pasar tantos días lejos de casa.

Daniel frunció el ceño

‒ En el pasado, me hubieras dicho lo contrario‒ volvió a comer

Ella se pasó la mano por la nuca y respiró hondo.

‒ Deberías aprovechar esta oportunidad para cogerte unas vacaciones. En cuanto volvamos, puedes lanzar ese libro que estás terminando‒ Daniel masticó el último pedazo del pastel de carne que había en su plato ‒ Entonces, con el éxito de ese libro, porque seguro que lo será, podremos pasar más tiempo juntos, vamos a poder salir, hacer negocios juntos, vivir un poco lo que esta ciudad tiene que ofrecernos. Desde que hemos llegado, no hacemos otra cosa sino ir al médico, o tú al súper, no conocemos otros lugares.

Regina dejó los cubiertos sobre la mesa, y empujó el plato que tenía delante descuidadamente

‒ Venga, Daniel, hablas de Mary Way Village como si fuera una ciudad grande como Nueva York.

‒ Es una ciudad pequeña, sí, pero hay muchas cosas para hacer. Hay restaurantes, un puerto, mar, paisajes. ¿Recuerdas cuándo te gustaba salir a sacar fotos conmigo? Podríamos volver a practicar.

‒ Voy a pensar, Daniel, prometo que lo pensaré‒ Regina se llevó una mano a la cabeza. Se acordó de Emma.

Él se limpió las comisuras de los labios después de terminar el vaso de agua. Regina aguantaba el llanto y la tristeza, pero había llegado a un límite. Llevaba días sufriendo por Emma, se rompió. Se levantó de la mesa con brusquedad y corrió hacia la planta de arriba.

Belle lo había visto todo y escuchó el llanto de su jefa. Se quedó en los pies de las escaleras, sin saber si subía a contarle lo de Emma. Entonces, apareció Daniel.

‒ No ha comido nada, ¿se encontrará mal?‒ preguntó la joven

‒ No sé. ¿A ti te ha dicho algo?‒ Daniel andaba desconfiado

‒ No, no. Nada, solo hablamos en el almuerzo y después solo la he visto ahora, en la cena‒ mintió, desviando la mirada

Daniel resopló.

‒ Está bien. Puedes irte a casa, Belle. Deja los platos como están en la mesa, no hay problema.

‒ Sí, señor‒ Belle asintió y se apartó rápidamente ‒ Buenas noches

‒ Buenas noches‒ Daniel esperó a que ella cogiera sus cosas y dejara la casa. Subió las escaleras, agarrándose firmemente en la barandilla. Ya no necesitaba tanto el bastón que venía usando, sin embargo aún necesitaba apoyo de vez en cuando para mantener el equilibrio.

Llegó al cuarto, escuchó de lejos el lloro ahogado de la esposa. Encendió las luces, caminó, Regina estaba en el cuarto de baño, sentada tras la puerta. Él intentó abrir.

‒ ¿Querida? ¿Qué ha pasado?

Regina alzó los ojos hacia el pomo y lloró más. El rostro cubierto de lágrimas oscuras.

‒ Por favor, Daniel, no me preguntes nada‒ dijo con voz llorosa.

Él se preocupó, quiso entrar en el baño para hablar con ella de cualquier manera.

‒ ¿Qué pasa? ¿No quieres contármelo?

‒ Déjame en paz‒ Regina se encogió, agarrándose las piernas

‒ ¡No! No puedo

Ella sollozaba, mirando hacia el espejo, viendo la sombra de él, entrando por el pequeño espacio abierto en la puerta.

‒ No lo entenderías, Daniel‒ ella hipó

Él sacó sus propias conclusiones. Pensó que Regina estaba seriamente cansada, triste, sin saber si podría darle el amor de años pasados tras acostumbrarse a la rutina al lado de un hombre enfermo. Se culpó, deseando arreglarlo todo.

Callado, se sentó al otro lado de la puerta, en el suelo, junto a ella. Esperó algunos minutos, pacientemente, mientras ella sollozaba. Sin decir nada, se quedó ahí hasta que su llanto cesó y todo volvió a ser un silencio absoluto entre ellos.


Por la mañana, antes de ir a la mansión de los Colter, Belle se dirigió al desván de la familia Swan. Zelena no había llegado aún, y Emma probablemente dormía. La muchacha subió por las escaleras laterales y llamó tres veces con fuerza, ya que no había timbre para tocar. Sacó el sobre con la carta del bolsillo del abrigo y llamó a la amiga.

‒ Emma…Despierta, soy yo…Belle

Emma despertó de un susto. Dormía en el sofá de la sala porque lo encontraba más cómodo que la cama del cuarto de invitados, y de esa manera los golpes en el vidrio le parecían truenos. Se levantó inmediatamente, asustada, escuchando la voz de Belle.

‒ ¿Cómo sabes que estoy aquí?

Abrió la puerta y tiró de la amiga hacia dentro, cerrando enseguida.

‒ Disculpa, pero tenía que buscar una manera de saber dónde estabas‒ explicó Belle

‒ ¿Qué? ¿Quién te lo dijo?‒ Emma se puso furiosa

‒ Esto es de parte de Regina. Léelo. Puedes responderle, lo único que yo tenía que hacer era entregártelo ‒ Belle le puso la carta en la mano, tirando de esta.

La joven sintió un escalofrío, miró a la amiga y pensó. ¿Hasta dónde Regina llegaría para hablar con ella? Había mandado a Belle, consiguió encontrarla, y seguramente le estaba pidiendo perdón en la carta. Por un segundo, Emma no quiso abrir el sobre.

‒ No quiero ver a Regina, no quiero escuchar hablar de ella, ¿entiendes? No quiero nada que venga de ella‒ los ojos de la muchacha estaban comenzando a arder.

Belle percibió la rabia en cómo Emma se expresaba. Su misión estaba cumplida, le había entregado la carta y ya no le quedaba mucho más que hacer.

‒ Yo solo tenía que entregarte eso. Regina está desesperada buscándote‒ pensó en no decirle, pero acabó sintiendo pena por las dos y dijo todo lo que sabía. Soltó un profundo suspiro ‒ Hace días que llora escondida en la mansión. Y ayer, antes de dejar la casa, se desmoronó, y seguramente por tu causa. Piensa bien, Emma, estás haciendo sufrir a alguien sin motivos, actuando como una niña.

Emma miraba la carta en su mano y alzó los ojos lentamente hacia la amiga, su expresión se volvió sombría y triste. Belle se asombró.

‒ Quien hace sufrir a alguien aquí es ella‒ sonó irritada.

‒ ¿Qué ha sucedido entre las dos?

Emma le dio la espalda.

‒ No importa.

La amiga se acordó de otro detalle.

‒ Mañana habrá una exposición con los cuadros del sr. Colter, en el centro cultural…

Emma volvió a darse la vuelta, tan rápido que sus cabellos teñidos ondearon juntos a su cuerpo

‒ ¿Por qué has hecho esto?

‒ Sé que es una locura pedirte que aparezcas mañana, pero quizás sea una oportunidad de que tú y ella…

‒ ¡No!‒ Emma gritó ‒ ¡No! De ninguna manera. Mi deseo es matar a aquel hombre y a ella.

Belle quedó ahora bastante confusa, y Emma empeoraba con cada escena que su cabeza creaba de Regina y Daniel juntos. Con miedo, la amiga decidió dejarla.

‒ Está bien, pésima idea. No vayas.

Emma cerró los ojos, respiró hondo y los abrió, estos en llamas.

‒ No sé cómo has descubierto que estaba escondida aquí, pero bien, ya me has entregado la carta de tu jefa, puedes marcharte, solo prométeme que no le vas a decir a nadie sobre este desván.

‒ Tienes mi palabra‒ dijo Belle, metiendo sus manos en los bolsillos del abrigo.

‒ Bien, porque si te vas de la lengua, tendrás problemas conmigo, ¿escuchaste?

La empleada asintió y se giró, caminando hacia la puerta. Salió del desván furtivamente.

Emma ahora estaba sola con una carta de Regina en las manos, decidiendo si abrirla o tirarla a la basura. Hizo una promesa mientras se sentaba en el sofá. No dejaría que Regina se acercase a ella de nuevo, así que aquella sería la última carta de la escritora que leería. Tras pensarlo mucho, acabó abriendo la carta y leyendo, palabra por palabra, aquello que le pareció una súplica de mujer arrepentida. Volvió a meter de cualquier manera la carta en el sobre y volvió a meterse debajo de las mantas en el sofá. Sentía como si Regina estuviera allí, de rodillas, pidiéndole perdón. Era todo lo que veía, a una mujer hermosa, sonriéndole, besando sus manos y sus pies. Deliraba hasta el punto de sentir el olor de Regina, su perfume entrando en sus fosas nasales. Regina allí, al alcance de ella, de sus brazos, rodeando su cuerpo entero. Y un beso. Un beso suave, largo y cálido. Un beso de la mujer que aún amaba.

Emma se quedó dormida otra vez.


Al día siguiente, Regina tuvo una gran jaqueca por haber pasado la mitad de su tiempo ayudando en la organización del evento que tendría lugar esa noche para promover a Daniel y sus obras. Cuando el último cuadro escogido a dedo por el marido dejó la mansión en el camión de la alcaldía con destino el centro cultural, pudo respirar un poco.

Daniel ayudaba en la medida de lo posible en colocar las cosas en orden dentro y fuera del taller. Encontró a la esposa en el cuarto, terminando de arreglarse, de espalda a la puerta, frente al espejo de la pared, colocando bien el lazo del abrigo de cuero. Nada fuera de lugar en la ropa escogida ni en el maquillaje, así como los tacones altos que la hacían cinco centímetros más alta. El último detalle era el perfume que Daniel percibió como el favorito de ella, y no el que él le había regalado las últimas navidades.

‒ ¿Alguna vez te he dicho lo hermosa que eres?‒ su voz grave la asustó

Regina lo miró por encima del hombro.

‒ Quizás. No lo recuerdo‒ sonó seca. Se giró y le señaló la ropa que tenía que ponerse, que estaba sobre la cama ‒ Toma un baño y arréglate, dentro de poco tenemos que salir.

Antes que Daniel pudiera acercarse, Regina acabó con cualquier posibilidad de que el marido coquetease con ella. Él quería un beso, oler su cuello y decirle cosas íntimas al oído, pero ella lo confundió con su forma de hablar, una vez más. Él se desinfló.

‒ Quiero decir que estoy muy feliz por lo que va a suceder dentro de poco. Solo hay un problema.

‒ ¿Cuál?

‒ Tú

Ella alzó la mirada de nuevo hacia él.

‒ No entiendo.

‒ Ni yo, querida. ¿Qué pasa? Aún no me has dicho por qué tuviste esa crisis antes de ayer. ¿Qué está pasando?

Regina tragó en seco.

‒ Olvídalo, Daniel, solo fue un momento de flaqueza. Voy a recuperarme.

Ella se apartó lo máximo posible hasta que él se rindió de mirarla a la cara y buscar una respuesta a la crisis de llanto, que casi le da otra vez ahí mismo cuando, misteriosamente, sintió como si fuera Emma quien la estuviera mirando. Daniel, a veces, tenía actitudes parecidas a ella, o al contrario, Emma las tenía, como si ya las hubiera visto en él. La diferencia era que a él ya no lo amaba, por eso cualquier recuerdo que Daniel le provocara con el mínimo de sus gestos le chocaba a Regina, trayéndole aquella sensación horrible de haberla perdido.

El hombre lo dejó estar de momento, caminó hacia el baño, y se encerró. Sería el momento perfecto para que Regina le preguntara a Belle sobre la carta, pero la muchacha ya se había marchado a casa para prepararse para la exposición, ya que, al final, había sido invitada por su propio jefe.

Regina sintió un escalofrío, y salió del cuarto para esperar al marido en la planta baja.


El nuevo centro cultural de la ciudad estaba lleno. El alcalde pronunció un breve discurso antes de que las puertas del salón se abrieran para que la multitud, finalmente, conociera las obras de Daniel Colter. Regina y el marido recibían los saludos de las personas justo en la entrada, dándose cuenta de que Mary Way Village poseía más habitantes de lo que pensaban. Parecía que toda la ciudad estaba allí para la reinaguración del centro, como si fuera la mayor atracción en décadas en la ciudad. De hecho, una exposición de un artista como Daniel jamás hubiera sido esperada por cualquier lego que viviese en aquella ciudad perdida, por eso, la pareja entendió cuando el alcalde dijo que las obras serían un éxito.

Algo más tarde, cuando los políticos y curiosos la habían dejado en paz buscando la atención del artista de la noche, Regina se apartó para buscar algo con lo que poder mojar la garganta. Encontró a un camarero sirviendo champán y se bebió una copa de un sorbo. Tuvo la primera oportunidad de observar los cuadros del marido en fila, pero la sensación no fue la mejor, porque apenas se acordaba de aquellos cuadros o de cuándo Daniel los había pintado. Caminaba entre fila y fila, asintiendo para las personas que pasaban por su lado cada cierto tiempo, mostrando una sonrisa discreta que apenas disimulaba su real voluntad de desaparecer de allí. Se detuvo para reabastecer su copa de champán cuando su mirada chocó con el alcalde, que le hizo señal de brindis desde lo lejos, alzando su copa. Ella apenas devolvió el gesto y se apartó lejos de su campo de visión, y lo hizo con tanta prisa que, de repente, sintió su estómago revolverse, efecto de la bebida y de la falta de comida. Tuvo que detenerse cerca de una mesa para apoyarse en ella.

‒ ¿Sra. Mills? ¿Se siente bien?

Regina escuchó una voz masculina suave, sabía de quién era.

‒ Sí, apenas ha sido un mareo‒ al girarse vio al hombre ‒ No se preocupe, sr. Gold.

El hombre le sonrió, como siempre mal intencionado.

‒ ¿Está segura? Parece algo pálida‒ le agarró la mano ‒ Y está helada. Vaya, y perdone la palabra, pero parece un cadáver‒ Se soltó enseguida ‒ Venga, siéntese ahí, hay un sitio.

‒ No, estoy bien. Le he dicho que no se preocupe‒ dijo Regina, enfática, mirándolo ‒ Con permiso.

La mujer se apartó otra vez, sin embargo, realmente estaba mareada, pálida y helada. Notó que le hormigueaba la boca, que el estómago se le subía a la garganta y un gusto amargo en los labios. Tenía que llegar al baño.

Se dio cuenta de que se había alejado demasiado del marido y del resto de las personas, parecía ajena a todo, estaba perturbada. Regina recordó que podía estar sintiéndose mal porque no había comido nada en todo el día, era una sensación horrible. Se quedó parada unos minutos, viendo la agitación de la gente en el salón en medio de los cuadros del marido. Nadie podía verla dónde estaba. El salón, de repente, parecía más agitado, las personas apuntando hacia los cuadros, Daniel más allá riendo, sentado y rodeado de media docena de hombres de traje que reían juntos, pero ningún sonido de risas llegaba a sus oídos.

Intentando volver al mundo real, Regina sacudió la cabeza. Lo primero que sintió fue miedo, pero no un miedo cualquiera, miedo de lo que podría suceder. Pensó que había visto una sombra pasar delante de sus ojos, entre la gente. Alguien hacía señas, una joven de lejos, llamándola. Una bella alucinación.

‒ ¿E..Emma?‒ la voz salió débil. Aún en pie, dio un paso, sin embargo el efecto de la bebida volvió su visión aún más turbia, la mezcla perfecta para una alucinación perfecta.

Lentamente, las personas comenzaban a dejar el centro cultural, como piezas desordenadas de un puzzle separándose. Pero una pieza seguía de pie entre la gente que salía. Era Emma. Con certeza, estaba viendo a Emma. La muchacha hacía señas, le pedía con la mano que se marcharan de allí: Ven, Regina. Solo ven.

La torpeza embriagadora se apoderó de todo su cuerpo. ¿Cuántas copas se había tomado? No obstante, la mente quería permanecer lúcida. Regina pestañeaba una, dos veces y Emma comenzaba a hacerse transparente, triste, porque su amada no respondía. A pesar del mareo, todo ahora parecía tener sentido. Pero, súbitamente, Emma desapareció y todo se volvió gris.

‒ ¿Regina? ¿Te sientes bien? ¿Qué está pasando? Di algo…‒ alguien se acercó, y la voz resonaba como si estuviera demasiado lejos.

Ella intentó ver de dónde venía, miró hacia los lados, frunció el ceño. Todo gris.

‒ Yo…

Regina sintió que las piernas le fallaban, que ya no sujetaban su propio peso y el ruido de la copa rompiéndose en el suelo…

‒ Emma‒ consiguió balbucear, y con la poca consciencia que le quedaba vio algunos rostros mirándola echada en el suelo.

Dos segundos después, Regina cerró los ojos y entró en una pesadilla.