Dejando el infierno

El lugar era inmundo. el olor era insoportable. La niebla cubría casi todo. Regina escuchaba los gritos y gemidos, que cortaban el silencio en ecos profundos e infinitos. Un hombre intentó levantarse coma pero, débil y agonizante, se cayó de nuevo. Con voz ronca y débil, intentó gritar

‒ ¡No me dejes, Regina! Ayúdame, por favor…

Era Daniel, desapareciendo entre la tierra y un lago de barro que lo tragaba. Apenas era un andrajo encogido, el cuerpo esquelético, cadavérico, hasta que desapareció.

La niebla se hacía cada segundo más densa y gris. Era cada vez más difícil caminar y respirar

‒ ¿Qué está pasando?

Ella fruncía el ceño, buscando una salida de aquel lugar. Miró hacia atrás y vio los restos del marido flotando en un agua fétida. Durante un momento sintió alivio, pero al instante pena por ser él.

Hacía frío y su abrigo se había roto en pedazos en la arena movediza. Caminó asustada, sin entender nada de aquella pesadilla. El sitio era un fragmento del infierno, casi idéntico a las descripciones de un libro que había leído años atrás. Pero ella no se detuvo. Anduvo sobre calaveras, pedazos de gente y huesos, vio cuerpos dilacerados, otros pudriéndose. El terror se apoderó de su mente, y Regina cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza, suplicando salir de aquella espantosa pesadilla.

‒ Sácame de aquí… ‒ Su voz resonó a través de la niebla, y todo se transformó.

Al abrir los ojos, estaba de regreso a la vida, a Mary Way Village, en el suelo del mirador.

El aire volvió a ser respirable, la vista se aclaró con el brillo del sol y el frío se disipó. Regina respiró profundamente y exhaló un gran suspiro. Miró a su alrededor, reconoció aquel paisaje. Pudo sentir la textura de las piedras de la pared del mirador, había regresado del infierno. El viento golpeó su rostro y sus cabellos, notó la sensación de paz.

‒ ¿Te sientes mejor?

Ella sabía de quién era aquella voz.

‒ ¿Tú? ¿ Fuiste tú quien me sacó de aquel horrible lugar?‒ Regina se giró deprisa

‒ Sí

Emma subió los pequeños escalones del lugar, acercándose a la mujer. Iba toda de blanco, extendió su mano y tocó el rostro de la morena.

‒ ¿Por qué desapareciste? ¿Qué sucedió, Emma? ‒ La mujer no conseguía contener más las tímidas lágrimas.

‒ Fue un error mío. Perdóname, por favor, jamás quise apartarme. Sin embargo, de cualquier manera fue necesario.

La voz de Emma era suave como un pétalo de rosa. Regina sentía como si un instrumento musical interpretara cada cosa que ella decía.

‒ ¿Y por qué estaba en el infierno?

‒ Antes de la paz, todos nosotros debemos saber cómo es el infierno, muchas veces. En realidad, Regina, mi amor, aún vivirás en el infierno mientras lo permitas.

Regina se estremeció, sintiendo la calidez de la mano de Emma envolver su piel con una energía maravillosa.

‒ ¿Dónde estamos? Aquello ahí abajo se parece a Mary Way Village, pero al mismo tiempo no lo es.

Emma se echó a reír.

‒ Es tu paraíso. Un lugar que tú has elegido en tu mente, dónde te sientes bien y cómoda para encontrar las respuestas.

‒ ¿Por qué estás hablando de esa manera? ¿Eres una creación de mi mente? ¿Es esto un sueño?

‒ Naturalmente. Tú eres así, Regina, te gustan las metáforas, las entrelíneas de las historias y este sueño no es más que tu mente compensando el dolor. Yo siempre he estado a tu lado, pero aún así, me engañaste

‒ Nunca. Jamás haría eso

‒ Para una mujer joven como yo, la pasión es un veneno ‒ Emma se sentó junto a Regina en el escalón, y la miró dulcemente a los ojos ‒ No sé exactamente lo que es pasión y lo que es amor, Regina. Necesito que me enseñes. Nunca pude confiar en una persona como tú, ya que nunca he confiado en nadie en toda mi vida, por eso la mínima cosa que me hagan para mí es mucho. Daniel y tú… Dolió veros juntos por primera vez porque para mí, tú eras solo mía. Sé que para ti el camino que estás siguiendo es arduo, pero ya es hora de abandonar el infierno y venir al paraíso conmigo. Es aquí donde tenemos que quedarnos.

‒ ¿Entonces, fue eso? Me viste con Daniel y piensas que te he abandonado‒ Regina la abrazó con fuerza ‒ Perdóname, Emma.

‒ No, no pidas perdón, mi amor. No llores más.

‒ ¿Dónde estás? ‒ Regina la miró

‒ Cerca, mucho más cerca de lo que piensas‒ Emma respondió y sonrió. Apartó los cabellos del rostro de la amada y le ofreció un beso. Las bocas se encontraron con delicadeza, y el sueño, antes pesadilla, se terminó.


Cuando Regina abrió los ojos de repente, el escenario era el techo de su habitación. La cabeza le pesaba una tonelada y los ojos se estrecharon para descender y conseguir ver en la claridad. Daniel dormía, sentado en un sillón en una esquina del cuarto. La mujer se giró en la cama para verlo, aún llevaba puestas las mismas ropas de la noche anterior, el traje y la corbata. Mirando hacia él, Regina buscó compasión, pero ni eso quedaba ya para el marido. Ella se sentó en la cama, notó que la cabeza le palpitaba, miró hacia los lados. El silencio conseguía hacer un gran ruido en su mente y ella intentó calmarlo con un masaje en su cabeza. Las imágenes que le venían al cerrar los ojos eran las de segundos antes de caer al suelo del salón, en el centro cultural. Se fue acordando de algunas cosas: de cómo se sentía antes y de lo mal que se sintió después, las ganas de vomitar, el intento de correr hacia el baño, Emma haciéndole señales en medio de la gente. Era solo su imaginación hasta que cayó y rompió la copa que estaba sujetando. No recordaba lo que vino después, solo el rostro de las personas mirando asustadas hacia ella antes de desmayarse. Seguro que en ese momento estaban preocupadas, ahora debían estar hablando de ella, comentando el ridículo de la mujer del famoso pintor. Solo pudo suspirar e intentar librarse del dolor de cabeza.

‒ Pensé que ibas a dormir más‒ dijo Daniel desde el sillón, buscando apoyo para levantarse y caminar hacia la cama‒ ¿Te sientes mejor?‒ Él la abrazó al sentarse cerca de ella en la cama, apretando su cuerpo contra el suyo con fuerza.

Regina intentó apartarlo.

‒ Estoy bien. Aunque tengo un terrible dolor de cabeza. Necesito tomar algo.

‒ Voy a pedirle a Belle que traiga una aspirina. Un té también, lo vas a necesitar, tienes mala cara.

Regina se miró, se vio con un pijama. La habían cambiado de ropa.

‒ ¿Qué pasó ayer? No recuerdo mucho.

Él acarició suavemente su rostro. La ligereza de su mano le hizo recordar la suavidad de Emma en su sueño, antes de despertar. Regina lo entendió como una señal.

‒ Te desmayaste. Tomaste algunas copas de champán barato y caíste. Bueno, eso fue lo que dijeron. Belle me llamó en medio de la fiesta y cuando fui a darme cuenta, tú estabas tirada en el suelo. Te traje a casa con su ayuda. Después dale las gracias

‒ En cuanto baje, se las daré.

‒ Hoy no puedes salir de la cama, tienes que descansar ‒ Daniel tocó su brazo ‒ Voy a pedir que te traigan el desayuno, tu té y me quedaré aquí todo el día a tu lado ‒ Dijo con voz suave ‒ Hace mucho tiempo que no tienes una resaca. La última vez fue cuando estuvimos en aquella cena en Memphis, ¿te acuerdas? Fue una noche increíble, incluso bailamos aquel tango. Tenemos que repetirlo.

Daniel hablaba con aire soñador. Era su deseo revivir momentos con Regina que un día se habían perdido en la esperanza de la mejoría. Pero aunque hoy se sentía perfectamente bien, su esposa estaba a punto de arruinar sus planes.

Con la cabeza baja, Regina insistía en el masaje entre las cejas y lo miraba de vez en cuando. Cansada del sonido de las palabras sin sentido del marido, tomó aire y decidió ser sincera.

‒ No. No vamos a repetir cenas en Memphis ni en otro lugar del mundo ‒ Se puso muy seria ‒ Esto no está dando resultado, Daniel. Se acabó.

Él no entendió

‒ ¿Qué has dicho?

‒ Exactamente lo que has escuchado. Se acabó. Lo siento mucho, estamos abocados al fracaso, este matrimonio ya no es el mismo‒ Dijo como si estuviese quitándose un peso de los hombros.

‒ No… ‒ Daniel estaba confuso ‒ No estoy entendiendo

Ella se libró de su brazo y de las sábanas. Se levantó de la cama y se dirigió hasta el mueble donde estaba el espejo. Conseguía ver a Daniel en su reflejo.

‒ Está claro que entiendes. ¿Acaso no te das cuenta de que ya estamos más que hundidos en este barco? Esta relación ya no funciona, no es como antes. Lo siento mucho, pero estoy cansada de la vida que llevo en esta casa, es más, de la vida que llevaba en Nueva York y continúo viviendo aquí ‒ Explicó con una impaciencia nada comprensible ‒Ha llegado un límite para mí. Estoy harta de todo, Daniel

Él se mantuvo callado buena parte del tiempo, y cuando tuvo valor para mirarla, giró su rostro con sus ojos llenos de agua. Al ver aquello, Regina no parecía convencida de su tristeza, pensó que era puro teatro, una forma de hacerla correr a pedir disculpas por las cosas que había acabado de decir. Y él, conmovido, intentó convencerla con palabras

‒ ¿Qué ha sucedido? Estos últimos días vienes actuando de una forma muy extraña. ¿Puedo saber qué ha sucedido? Si es que algo ha sucedido ‒ su voz sonó frágil ‒ ¿Estás enferma?

Regina asintió, ligeramente afectada.

‒ Ha pasado una cosa, en realidad dos. Pero no voy a entrar en ellas en este momento‒ se giró, cruzó los brazos ‒ Siento cosas por ti, muchas. Algunas buenas, otras malas y tengo miedo de que, al final, solo queden las malas. Así que, por favor, deja que me airee un poco. Estoy intentando evitar que suceda algo muy grave entre los dos. No estoy enferma, pero me siento al borde de un ataque de nervios. Puede ser que lo me pasó ayer en el centro cultural haya sido solo una consecuencia de lo que estoy pasando.

‒ ¿Qué debo hacer para solucionar esta situación?‒ sus labios temblaban. Fue la primera vez que sintió a Regina tan distante. La posibilidad de haberla perdido para siempre ‒ ¿Te has cansado de mí? ¿Te has cansado de cuidar a un hombre enfermo que no te da garantías de felicidad? Es eso, ¿no? Regina, entiende, por favor, me estoy recuperando…Es cuestión de algunos días para…

‒ Basta. Para. ¡No es necesario que te expliques!‒ gritó Regina. Intercambiaron una mirada triste y, arrepentida, Regina pensó en consolar los pensamientos de Daniel antes de que entrara en desespero ‒ De momento no hay nada que se pueda hacer. Solo pido que me entiendas en estos momentos y no hables de viajes que quieres hacer, del tiempo perdido que quieres recuperar, porque, sinceramente, yo no garantizo que de aquí a uno o dos meses, vaya a tener tu ánimo. Es una cuestión mía, que debo resolver sola, así que, por favor, compréndeme.

Daniel se encogió en su propio disgusto. Ella ya no lo amaba, se veía en sus ojos oscuros, que hoy ya no eran los mismos. Mientras hablaba todo lo que parecía llevar años aguantando, el brillo se había ido de sus pupilas. No dijo nada más.

Regina lo dejó en el cuarto. Tras un baño de media hora y mucho tiempo reflexionando delante del espejo sobre lo que había hecho, salió del baño y no vio al marido en el cuarto. De fondo, se podía escuchar un ruido, un sonido dramático, música triste que conocía. Escogió una ropa, y poco a poco el sonido llegaba más claro a sus oídos. Tristán e Isolda, concluyó.

Cuando llegó a la planta de abajo, descubrió de dónde venía la ópera. Daniel estaba encerrado en su taller, escuchando la música más dramática de su colección de CDs de música clásica. y como bien lo conocía, pasaría el día entero allí dentro regodeándose en su dolor y su decepción.

No se arrepentía de haber sido sincera, es más, había hecho algo de mucho valor. Ahora solo le gustaría hablar con Emma y decirle que Daniel ya sabía que el matrimonio había terminado y que ellas estaban, como mínimo, más libres para amarse sin miedo a ser descubiertas. Pero ninguna noticia de ella hasta ese momento. Pero, ¿y el sueño? Regina se acordó del sueño, de Emma tan presente y de sus razones aparentes para la desaparición.

Corrió hacia la cocina y encontró a Belle restregando un plato con miel seca en la porcelana.

‒ Daniel me ha dicho que le ayudaste ayer a traerme a casa. Gracias ‒ Dijo la mujer, acercándose lentamente

Belle no se movió, continuaba prestando su atención al plato sucio.

‒ No hay de qué. Me di cuenta de que estabas muy pálida. Vi el exacto momento en que caíste al suelo ‒ Terminó con el plato y se limpió la mano en un paño que tenía cerca. Miró a Regina de frente y se dio cuenta del lamentable estado de esta ‒ Ahora mismo estaba pensando en subirte el desayuno. ¿Te sientes mejor? ‒ Era evidente que no, y Belle no debía haber preguntado

‒ Un poco. De las náuseas sí, pero la jaqueca es terrible ‒ La señora Mills se dirigió al armario y vio medicinas controladas, manipuladas y cajas de aspirinas caducadas. No había nada para ella, solo quedaba tirarlo todo ‒ ¿Sabes hacer algo? ¿Un té?

‒ ¿Para la jaqueca? Sí, al menos creo que aún sé. Sin embargo, en tu caso no creo que un té resuelva el dolor de cabeza‒ Belle atendió la petición de Regina, y puso agua a hervir.

Debido al dolor de cabeza, Regina se había olvidado de por qué había ido a buscar a Belle. El malestar era inmenso y no podía pensar con claridad, aún menos con la música a todo volumen de Daniel rompiendo sus tímpanos con cada grave de orquesta.

‒ Tenía algo que preguntarte.

Belle prestó atención.

‒ ¿Es sobre la carta, no? Quieres saber si conseguí encontrar a Emma.

Regina asintió, descreída y pálida.

‒ Bien, te debí haber contado ayer sobre Emma…

De repente, Regina alzó los ojos, tuvo un mal presentimiento, estaba pensando en lo peor cuando la empleada comenzó a hablar.

‒ No me digas que está…

‒ No. No, en absoluto, no‒ Belle se anticipó ‒ No le ha pasado nada malo. Pero cuando fui detrás de ti en la fiesta, era para contarte sobre Emma‒ Belle bajó la cabeza, mirando sus uñas comidas y el delantal.

‒ ¿Y?‒ en ese momento el dolor de cabeza de Regina había desaparecido. Su rostro volvió a enrojecer debido a la adrenalina, ansiedad y miedo.

‒ Aquella mañana le di la carta‒ Belle desembuchó ‒ Pero le prometí que no diría dónde se escondía.

Regina sintió su voz atorada en la garganta. Belle había encontrado a la muchacha. Había recibido la noticia que quería. Poco a poco fue recuperándose, se puso la mano en el pecho y tomó aire lentamente.

‒ Debiste decírmelo antes.

‒ No podía. Además de haberlo prometido, ayer fue la fiesta, tú estabas muy ocupada‒ Belle se sintió nerviosa.

Regina respiró profundamente.

‒ ¡Por lo que tengas más sagrado, Belle, no me escondas nada!

‒ No puedo revelarlo, hice una promesa‒ la joven sacudió la cabeza muchas veces.

Regina golpeó con las manos el mármol de la mesa que había entre ellas, en medio de la cocina.

‒ Te pago lo que quieras, hago cualquier cosa, pero por la amistad que tienes con ella, si quieres su bien, dime dónde está‒ insistió

Presionada, la empleada no vio alternativa, escogió contarle a Regina el paradero de la amiga y la entregó.

‒ Está bien, aunque esto me cuesta mi amistad con Emma…

La empleada le contó mientras la tetera avisaba del agua hirviendo.

Regina salió con prisa de la cocina, sin esperar por el té.


El chocolate caliente siempre acompañaba a Emma donde quiera que ella estuviera. Aprendió a hacer la dulce bebida con su abuela y realmente creía que cuando estaba mal el chocolate era su medicina. Tres días atrás, había hecho un gran caldero que compartió con Zelena cuando ella subió para ver si todo estaba bien, sin embargo, ahora solo quedaban los últimos sorbos en la taza que bebía, mientras se calentaba con una manta en el sofá de la sala de los tíos, en el desván. Ajena a cualquier noticia de Regina, Emma deseó estar muerta, porque ni el chocolate caliente conseguía doblegar el dolor que sentía por haber sido traicionada.

Abandonó la taza a la mitad encima del mueble que estaba al lado del sofá y vio la foto a su lado de David y Mary Swan, casados, sonrientes en su luna de miel. ¿Algún día ella y Regina serían tan felices como la pareja de la foto? Emma no podía creer en un futuro. Pensó seriamente en conversar con el tío cuando él regresara y pedirle algún dinero prestado para desaparecer de Mary Way Village y así mataría dos pájaros de un tiro: estaría lejos de Regina y jamás tendría que ver a su madre de nuevo. Felizmente su espera no duraría tanto. La pareja regresaría al día siguiente. Solo le quedaba algo más de 24 horas de espera para que los tíos entraran por aquella puerta.

Al mirar en dirección a la ventana vio un bulto. Se asustó. Pensó que a lo mejor eran sus tíos de regreso. No, no eran los dos, la sombra era de otra persona. Se levantó, dejando caer el cobertor al suelo. Se quedó en absoluto silencio, esperando que algo sucediera, y ese algo sucedió.

La sombra llamó a la puerta con fuerza.

El sonido en el cristal era molesto, pero Emma se mantuvo en silencio. Entonces, otro fuerte golpe.

Emma tragó saliva. Se puso la mano en la boca

‒ Emma… Abre… Por favor, tienes que abrir esta puerta, sé que estás ahí dentro.

La voz era firme, bonita, llena de emoción. Era Regina la que estaba al otro lado.

Después de una lucha consigo misma para saber si abriría la puerta o no, la muchacha, finalmente, fue a ver a Regina. Abrió la puerta y alzó su rostro hacia ella a pesar de la poca diferencia de altura. Allí, frente a ella, estaba la mujer de su vida. La mujer más bonita que había conocido, la mujer que ella había conquistado y que antes había conquistado su corazón. La mujer por quién ella ahora estaba sufriendo.

Ahora ella estaba allí y era como si fuera a morir.

Regina le ofreció una sonrisa hermosa, la prueba más explícita del alivio que sentía por volver a ver a Emma. La muchacha no tuvo tiempo de impedir que ella entrase, porque la morena la abrazo y la apretó contra su cuerpo, como si no se viesen desde hacía siglos. Emma quería evitar el abrazo, sin embargo había una cosa que debilitaba cada pedazo de su ser cuando era tocada por la escritora. Si cerraba los ojos, acudían a su mente los recuerdos del primer beso, cuando se sintió mujer por primera vez, la primera mujer de Regina, cuando sintió el placer y el amor uniéndose en uno solo, la pasión estallando dentro de ella.

Empujó a la mujer y se apartó, abrazando sus propios brazos para esconder el escalofrío que sintió por toda su piel. Regina despertaba todos los sentidos de Emma. Bastaba una mirada, un toque o el olor del perfume importado. La muchacha la miraba de soslayo, intentando no caer en la trampa de amar a la mujer de nuevo.

‒ Maldita Belle, me las va a pagar‒ dijo entre dientes. Cerró los ojos y se quedó de espaldas a Regina.

‒ No culpes a tu amiga, ella solo ha hecho lo que le pedí porque la presioné

‒ No tenemos nada de qué hablar, márchate‒ dijo Emma rígida.

‒ Emma, llevo días buscándote, necesitando noticias tuyas, pensando que algo terrible te podría haber ocurrido. No sabes lo feliz que estoy por encontrarte de nuevo.

Emma miraba hacia una foto de la abuela en la pared, dejando que el orgullo hablara por ella.

‒ ¿Estás feliz? ¿O solo aliviada de tener de nuevo tu pasatiempo? Solo tengo una cosa que decir, el parque de atracciones cerró.

Regina entendía el dolor de Emma, por eso tenía que ser cautelosa.

‒ Sé lo que estás pensando. Que te he usado, que todo lo que decía eran mentiras, que no voy a separarme de Daniel y que solo quería una aventura. Te equivocas, Emma. Jamás he sido tan verdadera con alguien como lo he sido contigo.

Emma sacudió la cabeza.

‒ ¿Qué garantías tengo? Mientes. Mientes brillantemente. Debiste aprender mientras escribías historias de mujeres traicionadas, cuando en realidad quien traiciona eres tú‒ Emma hablaba con un leve toque de rencor.

‒ Nunca he traicionado a nadie, tengo pavor a las mentiras. Prefería huir a tener que mentirle a mi marido, tú lo sabías.

‒ Incluso así lo engañaste, y no satisfecha, me engañaste a mí‒ Swan se giró removiendo sus cabellos castaños ‒ Durante toda mi vida he sido engañada por la gente, por una mujer que iba y venía para arruinarlo todo. Y no voy a permitir que otra haga lo mismo de nuevo.

‒ Tú estabas a mi lado dándome apoyo, ofreciéndome tu hombro mientras yo decidía qué hacer con Daniel. ¿Por qué de repente te has inventado que he traicionado tu confianza? Entramos en esto juntas, nos entregamos juntas y cuando te diste cuenta de que no sería tan bueno como querías, decidiste culparme. Dime qué tienes en tu cabeza. ¿El trauma con su madre te hizo tan mal para enfadarte y quedarte con la primera impresión que ves en la esquina de una calle? Me viste besar a mi marido, porque sí, él aún está casado conmigo, pero yo no lo amo más. Que eso quede bien claro.

Emma sentía náuseas tan solo con recordar la escena.

‒ Un beso muy bueno. ¿Sabes cuántos minutos os quedasteis en aquella esquina? Cinco. Un beso de cinco minutos, que yo los conté.

‒ Me vi forzada…‒ Regina replicó

‒ ¡Cediste!‒ Emma le devolvió. Estaba llena de rabia, estaba enrojecida, a punto de estallar ‒ Te olvidaste de mí, te olvidaste de lo que sentías por mí en el momento en que besaste a aquel hombre. Yo lo vi, de nada sirve negarlo. Aún lo amas. No conviertas esto en una historia como las de tus libros, pues aún amas a tu marido y no sabes cómo librarte de él. Escucha, yo no soy un personaje tuyo, no soy la Catherine de la vida real para que construyas tus dramas.

‒ No. Ya no amo a mi marido ‒ Regina insistió. Rodeó los muebles y caminó hacia Emma, quién intentó apartarse

‒ ¡No te acerques a mí!

La mujer se detuvo, y Emma no se resistió a mirarla. Observó la camisa de seda roja que ella vestía, sentía el exagerado perfume emanando de su pálido cuello, los cabellos oscuros. Acabaría por entregarse a ella si seguían tan cerca.

‒ Por favor, olvida tu orgullo, porque es eso lo que impide que entiendas la verdad. Sé muy bien que no eres un personaje de libro, aunque al principio, cuando te vi, pensara que habías sido creación mía. Fuiste tan real que me diste el regalo más bonito que ninguna de mis historias más vendidas ha podido darme. Felicidad.

Emma colocó sus dos manos sobre sus orejas y las tapó, cerró los ojos y se apartó de ella, intentando a toda costa huir.

‒ Vete de aquí, déjame en paz ‒ En realidad, Regina había tocado su punto más débil. El corazón.

‒ ¿Entonces no crees en mí? ¿De verdad es esto lo que quieres? ¿Que me vaya de tu vida para siempre?

‒ No puedo caer en tus palabras dos veces, Regina ‒ La muchacha apartó las manos de sus orejas ‒ No va a suceder de nuevo.

‒ No hay ninguna otra razón a no ser mis sentimientos para haber venido aquí. No he venido en vano, necesito que me escuches

‒ Ya he escuchado incluso demasiado, ¿no crees? ‒ Miró a Regina por encima del hombro, no vio lágrimas, pero observó con atención el dolor en la expresión de la mujer. ¿Estaría de verdad sufriendo por amor?

Regina bajó los ojos, volvía a sentir el malestar de la resaca y pensó en sentarse en el sofá, pero su mirada se posó en algo sobre la mesita de centro. La carta que le había pedido a Belle que entregara, abierta allí encima.

‒ Mis cartas… No respondiste ni una siquiera

Emma, con un gemido de frustración, se giró hacia ella una vez más.

‒ No debía. No tengo talento con las palabras, no soy poeta como tú. Lo siento mucho‒ dijo seca.

La jaqueca la estaba dejando mareada. Emma vio aquella mirada desolada de alguien que no tenía nada más que perder. Si ella supiera lo que la mujer le había dicho al marido poco antes, esa conversación entre ellas podría ser diferente. Regina pensó en contarle, pero sentía que ni eso ayudaría a convencer a la joven.

Exhausta, Regina desistió de hablar. Se tragó el llanto inminente y se dirigió hacia la puerta a paso largo.

Emma vio el bulto de la mujer pasando a su lado. Regina había llegado a un límite y no iba a sobrepasarlo. Entonces muchas cosas pasaron por la cabeza de la muchacha. La culpa, el resentimiento y todo el peso que había puesto en un beso entre la mujer que amaba y su marido. ¿Era pedir demasiado que Regina se separase de él y se quedara solo con ella? Era ahí donde acababa la cuestión, Emma no quería ser la amante. Pero, a pesar de todo, ese era el precio del amor por Regina. Se sintió pésima, el peor ser humano sobre la faz de la tierra por haber hecho sufrir a la única persona que amaba de verdad. Era una persona llena de confusiones, medrosa, tenía miedo de ser engañada como lo había sido durante toda su vida por Ingrid y por las demás personas de Mary Way Village. Pero, ¿a dónde había ido a parar su valor para luchar por la señora Mills Colter?

Un mundo giraba en su cabeza, segundo a segundo mientras los pasos de la escritora se acercaban a la puerta. Emma ya no tenía más tiempo

‒ Regina‒ La llamó antes de que la mano de la morena alcanzara el pomo de la puerta.

La mujer se detuvo, esperó, girándose lentamente hacia un abrazo desesperado. Entonces, se besaron con pasión desordenada, atrayendo una el cuerpo de la otra, con las lenguas entrelazándose en sus bocas hasta que tuvieron que parar para respirar.

‒ Te amo ‒ Dijo Emma jadeante

Un ruido en la puerta las interrumpió. Emma miró por el vidrio, parecía ser la sombra de Zelena. Se soltó del abrazo

‒ ¿Qué hago?‒ preguntó Regina bajito

Emma cogió la mano de la mujer y la llevó hacia el pasillo de los cuartos.

‒ Quédate aquí, voy a ver qué es lo que quiere‒ dijo, y corrió enseguida hacia la sala.

Zelena ya estaba dentro cuando la muchacha regresó

‒ Ah, ahí estás, he venido a ver si te sentías mejor

‒ Perfectamente bien‒ Emma habló, fingiendo su voz. Se arregló el cabello con los dedos y fue a coger la taza de chocolate de encima del mueble mientras Zelena miraba el desorden de la sala – Pienso incluso en volver a casa hoy. Mis tíos vuelven mañana y aquella idea tonta de ir a ver a mi madre ya se me pasó.

Zelena notó un fuerte olor a perfume en el aire, lo encontró extraño.

‒ Hum…¿No vas a esperar a que lleguen tus tíos?‒ preguntó mientras ponía cara desconfiada.

‒ No, he cambiado de idea sobre hablar con mi tío, él siempre tiene la misma respuesta para todo‒ fue a lavar la taza y regresó a la sala, deteniéndose frente a Zelena y esperando a que ella decidiera marcharse.

‒ Entonces, está bien‒ era un olor muy fuerte que Zelena no conocía, y la hizo estornudar.

Emma sabía que ella había percibido algo fuera de lo normal.

‒ Oh, vaya Zelena, debes haber cogido un resfriado.

La pelirroja estornudó de nuevo.

‒ No creo que sea un resfriado…Es ese olor. ¿Has abierto algún perfume de Mary?

‒ No, no he hecho eso. Mira, ¿por qué no bajas y abres la tienda? Ya es tarde. Has venido un poco tarde hoy ‒ Emma se rascaba el pelo detrás de la nuca

‒ Porque hoy es domingo. ¡Achis!

Emma abrió los ojos de par en par. Pero Zelena estaba tan incomodada con el olor del perfume que no vio extraño la confusión de la muchacha.

‒ ¡Achis! ¡Qué olor fuerte! Me suena‒ la pelirroja recordaba el perfume, incluso le gustaba el olor, solo que no podía recordar de quién era, porque Mary, su jefa en la floristería, jamás usaría un perfume como ese. Quizás fuera de alguna cliente ‒ Bien, ordena la casa antes de irte. Si tus tíos descubren que la has armado aquí, se pondrán como dos fieras. No quiero ver la bronca que te vas a llevar.

‒ No te preocupes‒ Emma sonrió y caminó hacia la puerta ‒ Hasta luego, Zelena.

La pelirroja pasó por ella, dio un último vistazo a la sala de la casa con aquella expresión de desconfianza y salió restregándose la nariz enrojecida.

En cuanto escuchó el ruido de la puerta al cerrarse, Regina salió del pasillo.

‒ ¿Ya se fue?

‒ Acaba de salir‒ la muchacha suspiró aliviada.

Regina se acercó, se abrazaron. Emma la rodeó con sus brazos, el rostro de la morena se apoyó en la frente de ella.

‒ Perdón por haber sido una tonta contigo‒ susurró la joven, arrepentida y cautivada.

‒ Mírame‒ dijo Regina, esta vez, agarrando el rostro de la muchacha entre sus manos ‒ Hay una cosa de Daniel que tengo que contarte. Él sabe que ya no lo amo.

‒ ¿Le has contado lo nuestro?‒ Emma se asombró

‒ No, al menos no aún. Esta mañana sentí la necesidad de contarle lo sofocada que me siento en aquella casa y en la vida con él.

Los ojos de Emma brillaron.

‒ ¿Quieres decir que vas a dejarlo? ¿Incluso después de lo que te he hecho?

‒ Voy a intentar resolverme con él lo más deprisa posible‒ dijo, atentamente, solo para Emma ‒ Puede ser un poco difícil al comienzo, aún más ahora que él sabe. No podía descargar mi rabia e insatisfacción solo de una vez.

La joven asintió, buscando en ella toda la comprensión que antes no había tenido con la escritora.

‒ Va a ser difícil hasta el final‒ Emma respondía ‒ A pesar de todo lo que te ha hecho, él aún te ama. Has partido un corazón, Regina.

El rostro de Regina se transformó en un mar de remordimientos.

‒ Sé que no está bien sentir pena por él, sin embargo, es todo lo que consigo en este momento.

‒ Antes pena que odio.

‒ Tuve miedo de que me odiaras y de haber partido tu corazón, Emma.

‒ Por un momento, creí que te odiaba, entonces me enteré de que me estabas buscando. Recibí las cartas, todas ellas, y cuando pasabas con el coche por la orilla buscándome…‒ Emma subió las manos abiertas hacia los pechos de la mujer sobre la blusa color rojo sangre ‒ Te amaba todas las veces de nuevo ‒ agarró el cuello de la blusa ‒ No dejes que esa pena que sientes por tu marido arruine lo mejor de nosotras dos. Quiero estar contigo, marcharme de esta ciudad, pero necesito que me garantices que terminarás tu matrimonio con Daniel. No quiero ser la amante. Quiero ser la única.

Audaz, Emma clavó sus uñas en los hombros de Regina, y saltó a su regazo. Dijo adiós a la delicada camisilla que vestía cuando cayeron juntas en medio de los cobertores improvisados del sofá. Agarró firmemente los dedos de la mujer que recorrían su cintura y los posó sobre el pecho izquierdo. Regina pensó que el corazón de la muchacha iba a salirsele del pecho, pero en lugar de eso, su pezón le dijo lo que necesitaba. La mano se mantuvo allí todo el rato en que la joven se deshacía de las ropas complicadas de Regina, hasta solo quedar con la lencería violeta.

Regina le robó el turno a Emma, poniéndose encima, y tras un beso desesperado en la boca, hizo su camino hasta los muslos de la joven. La mano permanecía sobre uno de sus pechos, pero sentía que su cuerpo entero se llenaba de añoranza de esa sensación placentera que la mujer le proporcionaba. Sintió todo aquello de nuevo, muriendo y resucitando a la vida con Regina entre sus piernas, el encuentro de su lengua con su centro. Segundos más tarde, el gozo y el cuerpo descontrolándose.

El auge del sexo se volvió más intenso después de tantos días. Emma sonrió, había recuperado el tiempo perdido de no sentir a Regina y se adormeció con la mujer allí mismo, echadas en el sofá de la casa de sus tíos. Si ellos supieran. Era mejor no dejar pistas. Pero mientras esperaban su regreso, ellas terminaban de amarse, en silencio.