Conclusión precipitada
Aquella noche Daniel regresó a casa con un ramo de lirios en el brazo. Iba pensando en su esposa, o casi ex esposa, y en las cosas en que le iba a decir mientras esperaban que la cena estuviera lista. Había planeado una conversación sana con Regina sobre el divorcio, sin esconder las esperanzas de reconciliación que tenía. No le cabía en la cabeza aceptar la idea de que el amor que ella le tenía había desaparecido. Era más sensato aceptar que Regina estaba teniendo una aventura y que era totalmente nueva en su vida. Él sabía que tenía que esforzarse mucho más allá de la sencilla amabilidad si quería tenerla de vuelta. Así que, iría detrás de todo y de cualquier cosa, hasta el último rincón del mundo para agradarla, en el intento de hacer que se enamorara de nuevo, comenzando por los lirios violeta. Daniel se los dio a Belle para que los colocara en un jarrón, y lo pusiera sobre la mesa del comedor como adorno.
Él sabía que corría un serio riesgo de no encontrarla en el cuarto de huéspedes en caso de que tardase mucho, así que le había pedido a la empleada que le echara un ojo a Regina hasta que él volviera.
‒ ¿Salió?‒ preguntó él
‒ No, está arriba tomando un baño. Me pidió que le llevara la cena dentro de media hora‒ respondió Belle
‒ Vuelve a organizar el comedor, voy a convencerla para que baje conmigo. Cuando aparezca con ella, no te olvides de la música.
‒ Sí, señor‒ Belle simplemente obedeció.
Daniel subió a la segunda planta, y mientras se acercaba al cuarto de invitados, escuchaba el sonido de la ducha abierta, que solo se podía escuchar porque Regina se había descuidado y había dejado la puerta del cuarto entreabierta. Todo en la habitación tenía su perfume, una mezcla fuerte de rosas y alcohol. Él esperó, acariciando sus ropas separadas sobre la cama: una camisa de lana y unos pantalones vaqueros oscuros. Se llevó la camisa a la nariz y respiró el perfume que ni el mejor jabón conseguía arrancar de la tela. Le vinieron recuerdos de ella, de cómo habían pasado momentos abrazados e, infelizmente también le vino a la mente que en esos momentos otro alguien la tenía en sus manos y recibía sus abrazos como él los recibió por tanto tiempo.
Regina salió del baño envuelta en una toalla, y se encontró a su marido, desconsolado, con su blusa entre las manos. Se asustó al no esperar que él apareciera y entrara sin ser invitado. Se había dicho a sí misma que no discutiría con Daniel antes de que él encontrara un abogado para el divorcio. Pero algo en cómo él miraba su blusa la confundía, no sabía si venía por eso o si andaba detrás de una reconciliación. De cualquier forma, Regina no se intimidó con la presencia del pintor.
‒ ¿Puedo saber qué haces aquí, Daniel?‒ dijo ella abriendo la puerta del armario pegado a la pared mientras, con la otra mano agarraba con firmeza la toalla.
Él giró el rostro, soltando su camisa, y dijo.
‒ Estaba esperando a que acabaras de bañarte. He venido a invitarte y no acepto un no como respuesta‒ Daniel habló con valor.
Regina sacó una prenda íntima del armario, sujetándola a la altura del busto. No se giró hacia él.
‒ ¿Qué invitación?
Daniel respiró hondo, se levantó de la cama y se quedó mirando hacia su espalda. Incluso envuelta en la toalla, la silueta femenina de Regina era una visión divina y, contemplando su cuerpo, él tuvo dificultades en disimular el sufrimiento que se apoderó de su pecho solo de imaginar que aquello ya no era suyo.
‒ Cena conmigo ahora. Me gustaría mantener una conversación civilizada sobre nuestra situación‒ algo en su voz hizo que ella notara un remordimiento en sus palabras.
‒ ¿Y tengo elección?‒ hizo la pregunta mientras se daba la vuelta para mirarlo. Como él no dijo nada, Regina asintió ‒ Está bien, Daniel, voy a cenar contigo. ¿Puedes ser educado y dejar que me vista?
‒ Como quieras, Regina
Si fuera como Regina querría, en esos momentos estaría con Emma. Aguantó una risa irónica antes de que Daniel se diera cuenta. Buscó en su interior la pena que tenía hacia el marido, y hasta eso se había perdido con su mejoría. Aceptó tener la conversación que él quería, pero se prometió que no sería benevolente a los lamentos que Daniel hiciera sobre el matrimonio.
Él salió del cuarto despacio, y cerró la puerta. Se quedó un momento del lado de afuera, hasta convencerse de que ya no tenía los privilegios de un marido.
Poco tiempo después de él haber bajado, Regina apareció en el comedor fingiendo que quería escuchar a Daniel. Él la esperaba a la cabecera de la mesa, y, rápidamente, antes de que la escritora se sentara, le hizo una señal a Belle para que pusiera la música. As time goes by comenzó a escucharse en cuanto Regina se colocó la servilleta sobre el regazo y miró a Daniel, esperando una breve explicación por su parte.
‒ Prefiero que Belle nos sirva primero, así vamos charlando mientras cenamos‒ dijo él.
‒ Como tu prefieras‒ replicó Regina, casi imitándole.
Belle, poco a poco, les fue sirviendo a los dos, pero cuando ella pidió permiso para marcharse, Daniel le indicó que se quedara.
‒ No es necesario que te vayas, Belle, lo que vamos a conversar aquí ya no debe ser un secreto para ti.
La empleada dio un paso hacia atrás y se quedó quieta donde estaba antes. Intercambió miradas con Regina e intentó no demostrar su sorpresa.
‒ Bueno, Regina, lamento que hayamos llegado a un punto de nuestra relación en que ya no puedo mirarte a los ojos. Me esquivas, huyes como un animal herido y con miedo, y eso me enfada. He pasado algunos días intentando comprender tu comportamiento, tus palabras y tu decisión de echar afuera la indignación que tú misma sentías al estar conmigo. Jamás imaginé que fuera tan grave, por eso te pido disculpas por haber transformado tu vida en un infierno‒ Daniel buscaba los ojos de la esposa, pero ella sentía su rostro hirviendo, los ojos en llamas y un nudo en la garganta. No iba a poder mirarlo a los ojos sin mantenerse firme.
‒ Daniel, creo que para todo hay un comienzo, un medio y un fin. A pesar de creer que con nosotros ese fin iba a ser un final feliz para el resto de nuestras vidas, ante todo lo que viví a tu lado, he llegado a la conclusión de que no soy capaz de ofrecer la dedicación y el cariño que te tuve en todos estos años. Creo que, quizás, yo misma he me metido en el infierno, aceptado vivir una vida infeliz a tu lado, incluso sabiendo que ya no sentía lo mismo por ti, por tus gustos y problemas. Duele escuchar esto, claro que duele, lo sé. Me dolería a mí si fuera yo la que estuviera sentada en esa cabecera, sin embargo, perdóname‒ Regina se calmó
Ahora, después de escuchar a Regina, aunque fuera por breves segundos, Daniel notaba la gran dificultad a la que tendría que enfrentarse.
‒ Siempre te perdonaré, incluso perdono lo que está sucediendo, lo que te lleva a dejar esta casa casi todas las noches‒ intentó agarrar su mano sobre la mesa
‒ ¿De qué estás hablando?‒ Regina recogió los dedos
‒ De la persona con la que te estás viendo. No, no es necesario que lo escondas, sé perfectamente que hay alguien en tu vida, y que es él quien te empuja a no darme otra oportunidad. Estás enamorada, Regina, completamente enamorada de alguien. Está escrito en tus ojos, incluso de lejos, por más que ya no me mires.
‒ ¿Y harás de todo para saber quién es él?
‒ No. Tengo curiosidad, sin embargo no tanto como el deseo de que vuelvas a amarme. Me niego a aceptar que ya no hay ningún sentimiento por mí dentro de ti.
Regina sacudió la cabeza, y finalmente lo encaró
‒ Hay un amor dentro de mí, Dani, un amor al que me gusta llamar preocupación. Queriendo o no, hemos estado casados durante casi veinte años, me acostumbré a tus hábitos, a todo lo que haces e incluso hasta ayudarte a caminar cuando estabas enfermo. Aunque estemos divorciados, siempre me preocuparé por ti
‒ No deseo tu preocupación. Eso no es un sentimiento, parece una obligación.
‒ Pues que sea, es lo único que puedo ofrecer.
Su mirada recorrió el sitio y mostró un descontento discreto como si la obstinación de Daniel la molestase profundamente.
Daniel suspiró, se limpió los labios con la servilleta y volvió a hablar.
‒ Es extraño, Regina, todo lo que está pasando es muy extraño. Juro que no pretendo causar tu infelicidad, aunque sea eso lo que ahora haga.
Ella cerró los ojos, arqueando las cejas en un lamento impaciente.
‒ No digas eso. No te culpes, no te martirices solo porque yo me vaya. Como he dicho, estaré en contacto, siempre me preocuparé, podemos ser amigos. Sigues siendo mi mejor amigo.
‒ ¿Y quieres que acepte tu amistad sabiendo que te acuestas con otro?‒ Daniel agarró su muñeca con brusquedad ‒ ¿Tienes noción de cuánto duele imaginar su boca descendiendo por tu cuerpo mientras él se agarra su pene y se masturba encima de ti?
Regina sintió asco ante el pensamiento de Daniel.
‒ ¡Por Dios, Daniel! ¿De dónde has sacado esa idea? ¿Me imaginas follando con un hombre y sufriendo por eso?
‒ Siento cosas mucho peores‒ apretó su muñeca con fuerza. Regina no pudo escapar esa vez ‒ Lo imagino haciéndote cosas que te hacía yo, diciéndote al oído que te ama, metiéndote cosas en esa cabeza tuya insegura ‒ decía entre dientes.
Belle avanzó un paso asustada cuando él atrajo a su mujer hacia él, pegando su boca en su oreja.
‒ Suéltame, Daniel, te estás volviendo loco‒ pidió Regina
‒ Siempre estuve loco por ti, y así me lo pagas‒ él la soltó, se recostó en la silla y dejó que la emoción brotara. Lloró frente a ella, pasándose las manos por la cabeza, despeinándose, intentando que ella notara su desesperación.
Belle lo auxilió, le trajo un vaso de agua con azúcar. Mientras eso sucedía, Regina lo observaba de lado, frotándose la muñeca que Daniel había apretado con fuerza. No había piedad en el mundo que la ayudara a creer en el llanto y en su desamparo. Daniel se recompuso. Se tapó los ojos con una de las manos apoyadas en la mesa antes de concluir.
‒ Preferiría mil veces estar enfermo como un inválido a estar curado y lejos de ti. Porque es eso lo que siento, que estamos distanciándonos cada día más. Vas a huir para no tener que mirarme nunca más, lo sé, y duele mucho más que estar sin poder moverse o caminar.
Regina se levantó, dejó la servilleta que estaba sobre su regazo sobre la mesa. Le lanzó una última mirada al marido antes de meter la silla y posar sus manos sobre el respaldo.
‒ Ten mucho cuidado con la hipocresía, querido. Recuerda que puedes convertirte en una víctima de tu propia hipocresía‒ la sra. Mills dijo aquello con aires de orgullo, y enseguida se retiró.
Daniel observó a la mujer marcharse, sus palabras resonaban en su cabeza como una maldición permanente. ¿Qué quería decir ella con hipocresía? Ella podría estar hablando de algo muy serio. ¿Las cartas? No, Regina jamás las encontraría si ni siquiera él recordaba dónde las había metido. El pintor llamó a Belle de nuevo, aun parada en una esquina, asistiendo a las escenas de un matrimonio destruido.
‒ Dime, ¿qué sabe ella?‒ la pregunta salió como un susurro
‒ No lo sé, señor‒ respondió Belle
Le iba a decir a Belle que no se avergonzara y que le contara todo, absolutamente todo lo que ella sabía. En lugar de eso, se quedó callado, tembloroso, como un niño que acabara de tener una pesadilla.
Inmediatamente después de la conversación no tan pacífica con el marido, Regina hizo una maleta pequeña y lo que pudiera necesitar para estar lejos de allí un tiempo. Salió de la casa antes de que incluso lo notara la empleada. Emma apareció en el balcón de su cuarto junto en el exacto momento en que la mujer dejaba la mansión. Algo había sucedido para que Regina viniera de sorpresa. La muchacha corrió hacia abajo y recibió a la amante algo confusa.
‒ ¿Qué ha pasado?‒ preguntó Emma al encontrarse con Regina de frente subiendo los escalones del porche.
‒ Dejo la mansión. Daniel y yo…Ya no puedo vivir cerca de él‒ Regina entró sin ceremonias, soltó todo en el suelo de la sala y esperó por Emma.
‒ ¿Qué ha hecho? No te ha tocado ni nada por el estilo, ¿no?‒ Emma vino tras ella con miedo de la respuesta.
‒ Tiro de mi mano mientras hablábamos, pero eso no fue nada ante las locuras que me dijo.
‒ ¿Dónde? ¿Dónde te tocó? Quiero ver‒ Emma buscó cualquier marca en su mano.
‒ No fue nada, mi amor, no te preocupes ‒ la sra. Mills suspiró profundamente, y se giró hacia Emma para buscar su abrazo ‒ Deja que me quede aquí unos días hasta que llegue el documento del divorcio, no tardará.
‒ Es mejor que te quedes aquí, siempre quise que estuvieras conmigo en esta casa. Nadie lo va a saber, yo cuidaré de las dos‒ Emma se mordió los labios ‒ Jamás me perdonaría si tu marido te hiciera daño. ¿Qué es lo que te dijo? ¿Qué es esa historia de una conversación?
‒ Te cuento‒ fue lo que hizo tras subir con Emma y la maleta.
Conversaron en el cuarto de Emma mientras ella organizaba las ropas de Regina en su armario y en un cajón, sin ni siquiera pensar en las consecuencias que el descubrimiento de la relación con la escritora pudiera causar, pero también seguía un consejo que ella misma le había dado a la mujer, no pensar en lo peor. Emma no sabía si lo que sentía por Daniel era repulsión, miedo o asco. Si fuera tan valiente como decía en palabras, ya habría entrado en la mansión del pintor y le habría pedido cuentas.
‒ Si supiera Daniel que el hombre con el que tienes una aventura es una mujer‒ bromeó la muchacha.
‒ Mejor que piense que un hombre está conmigo antes de que sepa que eres tú. Vivimos muy cerca. ¿Y si un día quiere venir para ver con sus ojos la relación que tenemos?
‒ No me dejaría intimidar por él, ni por nadie. Si aún no he gritado a los cuatro vientos en esta ciudad que tenemos una relación, es por ti, por respetar tu decisión‒ Emma se arrodilló entre las piernas de la escritora, sentada en el borde de la cama.
‒ Fue aquel fin de semana cuando subí y te esperé. Todo comenzó y te pedí que todo lo que hiciéramos de ahí en adelante fuera un secreto entre nosotras. Te estoy privando de vivir plenamente lo que tenemos.
‒ No. No me estoy quejando de no poder gritar lo nuestro a los cuatro vientos, si nos ponemos a pensar es mejor guardar este amor para nosotras, yo solo quiero que sepas que no le tengo miedo a nada, ni a nadie‒ se miraban dulcemente la una a la otra.
‒ Cada día que pasa tengo la misma sensación. Sé que es por ti.
‒ Me he dado cuenta de lo mucho que has cambiado, de cómo con el tiempo te has abierto a mí‒ Emma la echó sobre la cama, poniéndose encima de ella. Llevaba puesta la gargantilla que Regina le había regalado y el fino metal rozó la barbilla de la mujer antes de que Emma la besara ‒ Estar aquí contigo, aunque sea por pocos días, será un prueba de lo preparada que estoy para marcharme a tu lado
Mills acarició sus labios, descendió la mano por su nuca y sintió el enganche de la gargantilla cuando pasó los dedos por la zona.
‒ No me dejes nunca, Emma. Te lo imploro, no me abandones, confía en mí‒ Regina suplicó con un hilo de voz
‒ Te digo lo mismo. Si me dejas, creo que te mato, lo juro‒ Emma sonrió perversa, y no dejó que la mujer hablara más. Lo que ahora tenían para conversar eran sobre sus besos, sus cuerpos. Y todo lo contrario a lo que Daniel pensaba, durante esa madruga el sexo fue lento y suave, algo cercano a la poesía entre pieles. Tan placentero que Regina quiso más y despertó a Swan en medio de la madrugada para amarse de nuevo.
El sr. Gold preparaba dos tragos en el minibar de la sala de su casa al mismo tiempo que se preguntaba cuántas piedras de hielo iba a querer Ingrid en su Dry Martini. Se arriesgó con dos y llevó ambos vasos a la planta de arriba, regresando a su dormitorio, más concretamente a la cama en la que dormía, donde Ingrid se desenrollaba de la sábana de seda color marfil poniendo una postura sensual con su pierna cruzada sobre la otra. Gold sonrió igual que todas las veces en que quería decir un "eso me ha gustado", un sencillo movimiento del lado izquierdo de su boca. Se acercó con su bata azul, muy bien atada en la cintura, a entregarle el vaso de la bebida a la rubia monumental que hacía muchos años que no veía en persona.
‒ Tengo que admitirlo, incluso con el paso de los años sigues irresistible, Ingrid‒ dijo mientras se sentaba a su lado, brindando por el reencuentro ‒ Casi no me lo creo cuando me llamaste.
‒ Llegue hace unos pocos días. El resto ya te lo puedes imaginar‒ se bebió el contenido del vaso de un solo trago.
Gold asumió una expresión ambigua entre la curiosidad y la duda.
– ¿Tu hermano sabe que has venido a verme?
‒ Claro que no. Ni él, ni la esposa entrometida que tiene.
‒ ¿Por qué hablas así de ella? Antes de que engordara, recuerdo que Mary Margaret era una mujer muy bonita.
‒ Ya, en aquella época tenía su gracia. Hoy no pasa de una gorda de nariz empinada. No le gusto, Gold‒ el vaso de Ingrid goteaba mientras ella hablaba.
El hombre permaneció a su lado, contemplando su silueta, que se dibuja debajo de la sábana. Ingrid era muy bonita, sin embargo servía siempre como diversión, jamás sería capaz de ser esposa de alguien. Aquellos ojos azules profundos no engañaban al político.
‒ Entonces has hecho todo a escondidas. Tu hija no parece nada cómoda cuando se acuerda de ti. Como mínimo, será difícil reencontrarte con ella‒ dijo mientras le ofrecía su propio vaso ‒ Me montó una unos meses atrás. Emma tuvo la audacia de invitarme a una cena y me puso laxante en la comida.
Ingrid abrió los ojos de par en par y su imaginación se fue lejos. Se echó a reír sin escrúpulos frente a Gold.
‒ Tengo que admitir que, incluso con el pasar de los años, sigues siendo patético‒ replicó Ingrid, dejando enseguida de reír ‒ ¿Cómo pudiste caer en una broma infantil tan vieja? Si te pones a pensar, Emma es mi hija, puede que no haya convivido conmigo, pero aún tiene mi sangre.
El sr. Gold pareció ofendido, se levantó del lado de Ingrid y caminó hacia la ventana del inmenso cuarto de lujo.
‒Mostré mis cartas muy pronto a Emma‒ admitió
‒ Hombres…Siempre ciegos cuando se trata de jovencitas‒ bebió el resto de la bebida de Gold tan rápido como lo hizo con su vaso ‒ Mi consejo, olvida a Emma. Ella no es manjar para tu boca.
‒ Nadie más indicado que yo, un hombre de tu confianza, para arrancarle su pureza.
‒ Por ser exactamente ese hombre de confianza, prefiero que no seas tú quien deshonres a mi hija‒ ella se sentó, retirando de su cuerpo la sábana y mostrando toda su desnudez.
‒ ¿Y desde cuándo te preocupas por tu hija?‒ Gold la miró por encima del hombro.
‒ Siempre me he preocupado por Emma‒ soltó Ingrid en tono serio ‒ Por haber sido una pésima madre con ella, todos, incluso tú, piensan que la odio. Amo a mi hija, a mi manera, pero la amo. Por eso he acabado volviendo, vamos a arreglar lo nuestro. ¿Entiendes por qué no acepto esa idea absurda tuya de querer deshonrarla? Emma ya es mayor de edad, puede hacer lo que quiera, pero sé que en su cabeza hay muchas preguntas, especialmente de sexo. Si quiero mostrarle que soy una madre diferente, debo aconsejarle que se entregue a la persona correcta.
‒ Eso si ella ya no se ha entregado a alguien.
Ingrid se levantó de repente de la cama.
‒ Aún no lo puede haber hecho.
‒ Nunca se sabe, Ingrid. Desde que aquel pintor y su esposa han llegado a Mary Way Village, muchas cosas están pasando en esta ciudad.
Cuando escuchó lo que dijo, se sobresaltó. Sintió la misma sensación del día en que estuvo en la floristería y escuchó la voz de Daniel. Tuvo que preguntar.
‒ ¿Qué has dicho? ¿Pintor? ¿Es lo que he escuchado?
‒ Un pintor, Daniel Colter y su esposa de Nueva York se han mudado para acá. Desde entonces, las personas en esta ciudad parecen más extrañas de lo normal. Hasta el alcalde anda loco, y me lo tengo que comer yo.
Algo horrendo pasó por la cabeza de Ingrid.
‒ ¿Y qué tiene que ver ese hombre? ¿Qué está pasando?
‒ Tu hija está muy cercana a su esposa, puedo decir que son muy amigas. Viven en una mansión en Blue Hill, en la calle donde está tu antigua casa. Emma y la mujer del pintor se encuentran en el bistró. ¿Recuerdas el bistró, no?
‒ ¿Cómo sabes eso? ¿Andas vigilando a Emma?‒ Ingrid sentía dolor de cabeza de tanto fruncir el ceño.
‒ No a ella precisamente, sino a la esposa de Colter. El alcalde cree que su matrimonio está acabado, me ha dado la orden de vigilar a la sra. Colter, y bueno, he hecho grandes descubrimientos‒ se giró hacia ella, metió las manos en los bolsillos de la bata ‒ Además de verse con tu hija esporádicamente en el bistró, suele ir al parque. Por cierto, es escritora, y asómbrate, los libros que escribe son best-sellers, tiene fama fuera de aquí. Sin embargo, lo más sorprendente fue descubrir que todos los libros, sin excepción, cuentan historias de mujeres que se enamoran, ¿sabes de qué?‒﹘Ingrid sacudió la cabeza ‒ De otras mujeres‒ completó Gold.
Ella cruzó los brazos y él la cubrió con una toalla antes de que se congelara de frío.
‒ ¿No estarás insinuando que mi hija tiene un lío con ese pintor por medio de esa mujer, no?
Gold se mostró sorprendido.
‒ No. Eso no se me ha pasado por la cabeza, aunque sea posible‒ Algo en su mirada, le hizo creer a Ingrid que lo que ella había sugerido le había gustado ‒ Creo que comenzaré a prestar más atención a partir de ahora, el alcalde quedaría pasmado si supiera…
‒ Deja a mi hija en paz, sigue encargándote de la mujer del pintor mientras yo misma vigilo a Emma‒ Ingris se enrolló en la toalla mientra se ponía a buscar sus ropas tiradas sobre un sillón de terciopelo al lado de la cama.
‒ Leopold se pondrá feliz al saber que has vuelto‒ Gold intentó seguirla.
‒ Dile que en breve le hago una pequeña visita, primero tengo que cuidar de unos asuntos personales‒ dijo mientras acababa de vestirse.
‒ ¿Pero ya te vas? Aún es pronto.
‒ Sí, pero tengo otra cita con otra persona‒ se abrochó el último botón del pesado abrigo que llevaba, se estiró para sellar los finos labios de él y fue atrás de los zapatos, se los puso y se marchó enseguida.
Gold apenas se encogió de hombros.
Ingrid regresó a la buhardilla del hermano, llegó en silencio abriendo con la copia de la llave que se había procurado sin que David ni Mary se enteraran. Salía todas las noches, haciendo visitas al Rabbit Hole y a otros tantos bares ocultos en las callejuelas de Mary Way Village, usando el nombre falso de Beth para que ningún antiguo habitante la reconociera antes de tiempo. Gold había sido el primero en verla como Ingrid tras el susto que se llevó con la aparición de Daniel en la floristería. Aquella tarde, la madre de Emma Swan volvió a casa con la pulga tras la oreja, mientras se recuperaba del susto que se había llevado. Si no era él, podría ser cualquier hombre con una voz muy parecida. Ingrid solo se calmó cuando se convenció de que regresar a su ciudad natal estaba haciendo que tuviera delirios y Daniel podría ser uno de ellos. El pintor jamás supo que ella se había escondido ahí la mayor parte del tiempo. Para él, ella estaba muerta desde hacía muchos años, pues esa había sido la noticia que mandó que escribieran: Ingrid Swan se suicidó envenenándose una noche en el desván de su casa, en algún lugar remoto de los Estados Unidos, bien lejos de ti. ¿Puedes notar su dolor al destruirse por ti, Daniel Colter? Aún recordaba cómo le había enviado la carta a él que, en esa época, aún vivía en San Francisco. Así que no estaba equivocada, Daniel había venido a Mary Way Village, vivía con su esposa y encima estaba cerca de Emma. Una nube negra de dudas y horror se instaló en la mente de Ingrid mientras intentaba dormir, lo que finalmente no hizo. Creía que sabía lo suficiente para ir en busca de su hija, pero nada hacía que aceptara que un día, quizás, tendría que contarle la verdad a Emma. Una verdad sombría y asquerosa.
A la mañana siguiente, antes de las ocho, Ingrid salió de la buhardilla por la parte de atrás de la tienda y pidió un taxi hasta Blue Hill. Tenía una copia de la llave de la casa y la usaría si Emma no hubiese cambiado la cerradura. Rezaba para que así no fuera. Su casa, comparada con las otras de la calle y del barrio, era de lejos la más maltratada, no se parecía en nada a lo que un día había sido. Sus padres habían comprado una casa espaciosa, con un hermoso jardín ― que aún existía debido a David― y la vida que ninguna otra de la calle tendría. Incluso mal cuidada, aún había belleza en la fachada e Ingrid miraba atentamente los detalles. Volviendo en sí, subió los escalones de la entrada y cogió la llave, y pensó que a aquella hora le daría una sorpresa nada agradable a la hija. Entró sin hacer ningún ruido, con el cuidado que había adquirido con el tiempo. Ingrid sabía cómo abrir las puertas sin que crujieran, sabía cómo caminar por el suelo de madera sin provocar que la suela de los zapatos hicieran ruido y sobre todo, sabía sacar conclusiones precipitadas cuando percibía algo nuevo en el aire. Se encontraba en medio de la sala, intentando entender cómo la hija nunca había cambiado los muebles de sitio, porque ella encontraba la decoración de un mal gusto deprimente. Por eso odiaba sentarse en el sofá a hablar con su madre. Ingrid vio las fotos sobre un mueble, ninguna de ella, no le gustó. Se giró, y caminó como un gato por los espacios que dejaban los muebles y se vio, de repente, a los pies de las escaleras. Desde allí se podía escuchar el sonido de la ducha en el cuarto del final del pasillo. Ingrid sabía que la hija estaba allí, dio un paso para subir un escalón, pero el sonido de cubiertos que venía de la cocina la cogió por sorpresa.
‒ Emma, ¿ya acabaste? Voy a servir el desayuno…
Ingrid pensó rápido y retrocedió. Corrió hacia el lado opuesto de las escaleras, escondiéndose al lado de un alto armario.
La misma voz de la cocina iba acercándose.
‒ ¿Emma? Mi amor, ¿ya terminaste?
Ingrid, desde donde estaba y con la mitad de su cara, intentaba ver a la dueña de esa voz. Una cara pálida de muñeca con cabellos cortos hasta los hombros y oscuros como la noche. Le pareció familiar.
‒ Ya voy‒ ahora fue Emma la que habló ‒ He tardado porque tu perfume quedó impregnado en mi piel‒ la muchacha saltó al cuello de la mujer que la esperaba a los pies de las escaleras. Cuando tocó el suelo, la besó en los labios ‒ Este ha sido tan placentero como el que me diste aquí anoche‒ la mano de Emma tocó el pantalón de la mujer entre los muslos, se podía ver aunque estaban muy cerca la una de la otra.
‒ Si empezamos, alguien va a llegar bien tarde al trabajo‒ dijo la mujer, mientras arrastraba a Emma, riendo, hacia la cocina.
Las dos comenzaron una conversación sobre el Hotel Hopper y el trabajo que Emma tenía todos los días. Ingrid se vio libre para salir, pero estaba atontada y le llevó unos segundos despertar. Salió antes de que Regina y Emma volvieran, sin preocuparse por si hacía algún ruido. Sin embargo, las dos enamoradas no iban a escuchar nada si seguían hablando y riendo como estaban. El sonido del brindis que hacían por estar viviendo juntas cubrió el crujido de la puerta que Ingrid cerró con fuerza.
