CHICAS AQUÍ LES DEJO UN NUEO CAPITULO DE ESTA ADAPTACION ESPERO LES GUSTEN..
**Los personajes son de Stephenie Meyer al final les dicho el nombre del autor.
Capítulo Cinco
Bella
Tan pronto como Mase se alejó, abrí los cubiertos de plástico y los metí en la carne. No me importaba quién estuviera mirando, o quién pensara que colocar tanto en mi tenedor a la vez antes de meterlo en mi boca, era desagradable. Aliviar el gruñido que había estado retumbando en mi estómago durante las últimas tres horas era mi principal preocupación.
Mientras masticaba rápidamente y tomaba otro bocado, consideré el comportamiento de Mase. Era amable y atento, pero no sabía con certeza si Mase me perseguía. La mayoría de los hombres al menos intentaban coquetear conmigo, incluso algunas mujeres.
Nunca lo había admitido en voz alta, pero cualquiera que pensara que presumía no había experimentado tener a un tipo de más de cuarenta años haciendo avances sexuales hacia ella a la tierna edad de doce años. Ciertamente yo no lo había pedido. Pero Mase no me miraba como un objetivo potencial.
Simplemente reconocía al humano frente a él, y eso era refrescante.
―Querido Señor ―dijo Sue―. Te permiten un descanso para la cena, ya sabes. Media hora. Si te hallabas hambrienta...
―Necesito ir a la tienda de comestibles. No tengo nada en mi habitación.
―Hay una nevera más grande en tu habitación. Tendrás mucho espacio para poner comida. Bueno, más que las otras habitaciones.
―Solo puedo llevar algunas bolsas a la vez ―dije tapándome la boca en tanto masticaba.
―Toma un taxi. O puedo llevarte por un tiempo. Soy vieja como la suciedad ¿sabes?; no tengo idea de cuándo revocarán mi licencia.
Solté una risita con la boca llena.
―Aprovecha el desayuno continental que servimos por las mañanas. A Seth no le importa.
―Gracias ―dije, justo antes de tragar. Me sumergí en el puré de patatas y la salsa, tarareando de placer.
Sue dio un mordisco a mis tres en punto, viéndome atacar cada bocado en la caja de espuma de poliestireno.
Cuando me enjugué la boca y me senté para lanzar un suspiro de satisfacción, las cadenas gemelas de Sue cayeron de sus lentes y se menearon al igual que su cabeza. ―No estoy segura de qué pensar, para ser honesta.
―Tenías razón. El almuerzo no fue suficiente para contenerme. No me di cuenta de que hoy estaría trabajando, o habría pedido más.
―O no tienes suficiente dinero para comida ―dijo Sue, dudosa.
―Solo tengo un presupuesto ―le dije, llevándome su caja vacía y la mía también. Los bomberos en el bar dejaron de hablar cuando arrojé el contenido en mis manos a la basura y luego usé el fregadero de Seth para lavármelas.
―¿De dónde eres? ―preguntó uno de ellos. Se encontraba sentado en el taburete frente a mí, acariciando la última mitad de una cerveza rubia que combinaba con el cabello que sobresalía de su gorra roja y su barba rala. Sus ojos azules me miraban con curiosidad más que ilusoria.
―Del sur ―dije.
Sonrió, sus dientes contrastando contra su piel bronceada.
―¿Cuál es tu nombre?
―Eso me recuerda. Necesitamos conseguir una insignia con tu nombre ―dijo Seth.
― Ella es Bella. Bella... ellos son Jacob y Dalton. Son los Alpines hotshots de Estes Park.
―Encantada de conocerte, Jacob. Lo siento, pero tengo que volver al trabajo.
Seth llamó detrás de mí. ―Es una pena que te vayas corriendo.
Estos muchachos se han estado muriendo por hablar contigo.
―Oh ―dije, deteniéndome. Regresé, esperando lo que fuese que sucediera a continuación.
―Está bien ―dijo Jacob―. Nadie dijo nada que no fuera agradable.
―Depende de cuál sea tu definición ―dije, olvidándome de mí misma por un momento. Me molestaba que Seth me hubiera puesto en un aprieto para que me quedara, y traté de no mirarlo. Por la sonrisa en su rostro, pude ver que estaba tratando de avergonzar a los chicos más de lo que me estaba forzando a ser social.
―Grosero, improcedente o inapropiado ―dijo Jacob.
Sonreí, y los ocho hombres sentados en el bar vitorearon como si acabara de hacer un touchdown, tan fuerte que el ruido me sobresaltó.
―¡Lo siento! ―dijo Jacob, extendiendo sus manos y riéndose.
―Ellos comenzaban a preguntarse si sonreirías a menos que fuera para saludar o para decirle adiós a un invitado ―dijo Seth, entretenido.
Pensé en mi tarde y noche, preguntándome si tenían razón. ―Pensé que dijiste que todo estaba bien.
―Se preocupan por ti, eso es todo ―dijo Seth―. Uno pensaría que estos tipos eran todos tus hermanos mayores.
Durante horas han estado advirtiéndoles a los demás que sean amables.
Contuve un pequeño jadeo a través de mis labios. Eso era lo mejor que alguien había hecho por mí. ―Oh ―dije, mi tono más agradecido esta vez.
―Nos dices si alguien te da problemas. Los haremos enderezar ―dijo Jacob.
Seth abrió la tapa de una botella. ―Su jefe acaba de informarme que es la última, muchachos.
Los bomberos gimieron, pero para mi sorpresa, en vez de ordenar otra ronda, todos pagaron sus cuentas y se dirigieron a sus habitaciones. Todos menos Jacob.
―¿Cómo estuvo su primer día? ―preguntó, apoyando el codo contra la barra.
―Fue genial ―dije, asintiendo.
Seth sonrió. ―Ella tiene que decir eso. Soy su jefe.
―Bien. Que tenga dulces sueños, señorita Bella.
―Jacob inclinó su gorra y se unió a los demás en el ascensor.
―Vas a tener que compartir esa magia conmigo ―dijo Seth, limpiando la barra.
―¿Qué magia sería esa? ―le pregunté.
―La que hace que la gente tropiece consigo misma, para hablar contigo, para que les agrades y para que te protejan.
Me volví para ver a Jacob y a sus amigos entrando al ascensor.
―Eso no es realmente algo común... conmigo. Sobre todo, yo tengo que protegerme, y no soy tan buena en eso.
Varios segundos pasaron antes de que Seth volviera a hablar.
―No sé qué dejaste, pero ya no tienes que preocuparte por eso. Especialmente ahora que prácticamente te han adoptado.
―Eso es dulce ―le dije, mirando el lugar vacío en donde estaban.
―Espero que los hayas visto bien. Algunos se van con la primera luz y no siempre vuelven.
―Eso es... horrible. ―Tragué saliva. Ninguno de ellos actuó como si fuera su última noche en la tierra.
Sospechaba que, si alguno de ellos dejaba que ese pensamiento cruzara por su mente, no harían lo que hacen. Alec pensaba que él también era invencible. Intocable. Pero estos tipos no se parecían en nada a Alec. Él nunca le habría dicho a otro hombre que no hablara de una mujer, una extraña, de una manera inapropiada. Él se les habría unido.
Yo lo había escuchado.
Me pregunté si el enorme ego de Alec lo ayudaría a dejar de preocuparse cuando Jessica regresó a la iglesia sin mí y le dijo que yo me había ido, o si había resuelto encontrarme y arrastrarme de regreso. La idea de que Alec me buscara me hizo estremecer, y traté de alejarlo tan pronto como apareció.
―¿Estás bien, niña? ―preguntó Seth.
―Sí. ―Miré mi reloj―. Parece que es tiempo de irme.
Seth asintió una vez. ―Buen trabajo el de hoy. Una vez que estés entrenada, te voy a colocar en las noches. Nuestro chico del día también está cubriendo las noches. Él debería llegar en cualquier momento.
―Todo el mundo está trabajando turnos dobles ¿eh?
―Hacemos lo que debemos. Tu horario es de domingo a jueves.
Viernes y sábados libres. ¿Puedes hacer eso?
Asentí una vez. ―Absolutamente. Eso es más que justo. Um...
¿Seth? Si no estás de acuerdo con esto, resolveré algo. Pero me preguntaba... ¿me pueden pagar en efectivo?
Seth arqueó una ceja oscura, escaneándome antes de hablar.
―¿En cuántos problemas estás metida?
Un chico flaco entró por las puertas corredizas de vidrio, enderezando su corbata, y la sonrisa de Seth rápidamente se transformó en un ceño fruncido.
―Llegas tarde ―le gritó Seth.
Echó un vistazo a su reloj. ―Llegué a tiempo.
―Por centésima vez, Brady. Si no estás…
―...temprano llego tarde. Sí, lo sé.
―Entonces, llegas tarde.
Él sonrió. Su cabello negro azabache, sus ojos grises y su barbilla cuadrada probablemente encandilaban a cualquiera excepto a Seth.
―Te amo muchísimo, Seth.
Seth gruñó, viendo a Brady saludar a Sue con un abrazo.
―A Sue no parece importarle ―le dije.
―Él no puede hacer nada malo para sus ojos. Brady es su nieto.
Su nieto favorito.
―¿Ella dijo eso? Seguramente no.
―Solo lo sé.
―¿Cómo? ―le pregunté.
―Porque yo soy su otro nieto. Brady es mi hermano pequeño.
―Oh ―dije, mirando a Seth cerrando la barra. Cuando me iba, él me gritó.
―Dices eso mucho. Oh.
―Te mostraré cómo cerrar tu turno mañana ―dijo Sue, usando su camisa para cubrir una tos profunda.
―Suena bien. Gracias. Buenas noches ―dije, saludando con mi mano.
Caminando por el pasillo, me abracé el estómago. Estar en el hotel de Seth con su familia no era un hogar, pero me sentía más bienvenida allí que en cualquier otro sitio. Hacer amigos en la escuela no fue fácil para mí. Por lo general, les caía mal a las personas de alguna manera. Seth al decir que tenía una forma mágica de agradarle a la gente, era lo mejor que alguien me había dicho en mucho tiempo, incluso si no era verdad. No sabía con certeza por qué a la gente de aquí le agradaba tanto, pero nunca antes pude complacer a las personas, sin importar lo mucho que lo intentara, lo valoré más de lo que nunca sabrían.
Un involuntario bostezo se apoderó de mi cuerpo mientras caminaba penosamente por el pasillo, mis pies se sentían más pesados con cada paso. Una vez que entré en mi habitación, una ducha me pareció demasiado esfuerzo, así que me derrumbé sobre la cama. Después del segundo rebote, me pregunté si debería hacerlo por el bebé.
Me di la vuelta, mirando al techo. Había cosas que hacer, como hacer una cita con el médico. Odiaba no saber qué estaba bien y qué no. Hasta que pudiera encontrar la forma de pagar por un médico, tendría que encontrar algunos libros. Haría eso en la mañana antes de mi próximo turno, pero ¿cuáles? Si no podía pagar un médico ¿cómo podría hacerme cargo de un bebé? No tenía seguro, ni ahorros, y cosas como el costo de pañales, mamaderas, ropa y medicinas comenzaron a llenar mi mente.
Mis ojos se cerraron con fuerza, empujando las lágrimas que se formaban. Un dolor profundo ardió en mi pecho ante la idea de entregar a Frijolito a unos padres adoptivos. Ni siquiera me sentía segura de qué tipo de madre sería. La mayoría de los días, no me reconocía a mí misma. Le había dado tanto de mí a Alec en el año que estuvimos juntos, que no me sentía segura de lo que quedaba. Me acordaba de esa chica, pero se encontraba tan lejos de alcance. Tenía que creer que este era el plan de Dios. Que casi me mataran a palos antes de marcharme, embarazada y sola, no sonaba como un plan, pero no tenía que entenderlo. Había algo más para mí, y tal vez era en Colorado Springs.
Si pudiera regresar, cambiaría todo. Sentía culpabilidad a medida que lamentaba haber deseado que el bebé que crecía en mi interior se desvaneciera. El bebé, al que no sabía con certeza de cómo iba a alimentar, o vestir, o...
Meneé la cabeza y me tapé la cara. Tenía suficiente en qué pensar, sin preocuparme por cosas que se encuentran,la mejor parte,a un año de distancia. Basta, Bella.
Me concentré en mi aliento, inhalando por completo, y exhalando, de forma lenta y controlada, comenzando de nuevo hasta que mi cuerpo cedió ante el agotamiento. Un día a la vez. Esa era la única forma de superar esto. Y lo haría. Había atravesado cosas peores.
La alarma emitió cuatro pitidos antes de presionar el botón de apagado y luego miré a mi lado, esperando a que Alec se diera la vuelta y volviera a dormirse o se enfureciera. Él no estaba allí. No se encontraba dormido junto a mí. Toqué mi estómago con una mano, mi frente con la otra, respirando con dificultad. El alivio que me invadió fue tan intenso, lloré. Él todavía no nos había encontrado. Aún estábamos a salvo.
Después de que el temblor involuntario se detuvo, dejé que el miedo y la preocupación se desvanecieran con un suspiro.
Nada malo me ocurría, al contrario, en realidad. Justo al final del pasillo se encontraba mi nuevo trabajo.
Nadie me conocía ni a mí ni a mi pasado. Frijolito y yo teníamos todo por delante.
Lentamente me levanté de la cama y caminé hacia la ventana, abriéndola. Mi vista consistía en las unidades de calefacción y aire acondicionado y el cobertizo de mantenimiento, pero más allá de eso se encontraba Pikes Peak.
Me hallaba lejos de Alec y Fort Hood, del calor, la humedad, el miedo. Mi estómago todavía se sentía plano bajo las yemas de mis dedos, pero Frijolito existía allí en algún lugar, creciendo y en paz. Una repentina náusea me abrumó. Mi boca comenzó a hacerse agua, y la bilis se elevó en mi garganta. Me tapé la boca y corrí hacia el baño, agachándome frente al inodoro y abrazando la porcelana, expulsando la pequeña cantidad de pastel de carne y puré de patatas que no había digerido. Después de la última arcada, me recosté contra la pared, sintiendo que la cálida losa de mi espalda contrastaba con la fría pared contra mi espalda.
La mayoría de las mujeres embarazadas en la base apenas tenían dieciocho años. Hubiera sido una de las esposas mayores, sin duda la mayor sin un hijo. Había visto todos los síntomas: las náuseas del embarazo, el cansancio, la acidez estomacal, los pies hinchados. Pero yo era hija única; no tenía idea de qué hacer con un bebé. La biblioteca de Pikes Peak quedaba en la misma calle que el hotel, pero al menos a una hora de camino de ida. Podría conseguir una tarjeta y echar un vistazo a algunos libros sobre embarazo. Tal vez incluso averiguar mi fecha de parto y cómo obtener atención prenatal sin tener cómo pagarla. Se me revolvió el estómago y me tapé la boca. Primero una tostada,luego caminaría a la biblioteca.
Esperaba que Sue tuviera razón, que a Seth no le importaría tener a una embarazada en la barra de desayuno continental. La recepción no se encontraba vigilada, y cuando doblé el separador que aislaba el vestíbulo del comedor, me di cuenta de por qué: los bomberos pululaban en busca de comida, y el pobre Brady era el único de servicio.
―¿Necesitas ayuda? ―le pregunté.
Brady sonrió. ―Estoy bien.
¿Estás aquí para desayunar? Asentí. ― Sue dijo que estaba bien.
―Por supuesto que está bien. Sírvete tú misma.
No pude evitar la sonrisa extendiéndose por mi rostro. ―Gracias.
―¿Tostadas? ―dijo Jacob, entregándome un plato de espuma de poliestireno con pan tostado con mantequilla.
―¿Cómo lo supiste? ―le pregunté.
Se encogió de hombros. ―¿Quieres sentarte conmigo?
Lo seguí hasta una mesa, y colocó su plato frente a él, con un tenedor en su mano, revoloteando sobre la montaña de comida en su plato.
―Puedes comer lo que quieras. Voy a regresar, de todos modos.
¿Viste que tienen una máquina de gofres? Estoy en el cielo.
―¿No te alimentan entre incendios? ―bromeé.
Sonrió. ―Carga de carbohidratos. Caminamos kilómetros hasta las montañas. No comemos mucho allí, así que aprovecho cuando puedo. Intento mantenerme bajo cierto peso, así que solo como así antes de subir.
―¿Para caber en tu uniforme?
Jacob estalló en carcajadas. ―No. No, porque si tomamos un helicóptero, hay límites de peso. Si alcanzas el máximo, no puedes llevar nada contigo. Ni una manta, ni naipes, nada. Son bastante estrictos, así que me gusta quedarme con un peso bajo, a pesar de que no es difícil con toda la caminata que hacemos.
Mordí la tostada, masticando lentamente y esperando que permaneciera en mi estómago. Tendría que decirle a Seth sobre el bebé alguna vez, pero no hasta que tuviera que hacerlo, y no quería que lo oyera de otra persona. No parecía del tipo que me despediría, así que no tendría que lidiar con un despido por maternidad, pero yo no lo conocía tan bien y no podía arriesgarme.
Después de cada bocado, la náusea disminuía. Jacob habló sobre Estes Park y la próxima boda de su hermana mayor. Mientras hablaba, me pregunté cuándo se iría, y si lo que dijo Seth acerca de que algunos de ellos no regresaban pasaba por su mente. Él tenía planes y seres queridos. No parecía correcto.
―¿Cuándo vas a subir? ―le pregunté.
―Usualmente, son catorce días arriba, dos abajo, pero esto es un fuego político. Los Alpines son segundos en la rotación. Hacemos descansar a la tripulación actual cada setenta y dos horas ―dijo, masticando.
―¿Por cuánto tiempo?
―Otras setenta y dos horas.
―Ten cuidado ¿de acuerdo?
Dejó de masticar para sonreír y luego tragar antes de hablar. ―Así será. Al menos no somos helicoidales. Trabajan catorce días, dos abajo, pase lo que pase. No hay tantos, pero les pagan más.
¿Creo que cuando regrese podríamos ver esa película del espacio? Me moría de ganas de verla, pero los muchachos piensan que es una película de chicas.
Tropecé con mis palabras, mi nueva política de ser educada luchando con mi nuevo súper poder.
―No puedo. Gracias de cualquier forma.
―Oh ―dijo Jacob, avergonzado―. Tienes novio. Por supuesto que sí.
Eso fue estúpido.
―No, yo simplemente no...
―Oh ―dijo, con un destello de reconocimiento en su mirada―. Una novia.
―No, acabo de salir de una relación ―dije, tratando de pronunciar las palabras rápidamente antes de que me volviera a interrumpir.
Asintió lentamente, tratando de procesar lo que eso significaba.
―Bueno... ¿y si es solo para ir? Ni siquiera tenemos que sentarnos juntos. Siempre hay un asiento entre nosotros, cuando voy con uno de los muchachos.
―Eso es raro.
Se encogió de hombros. ―Lo sé. El único que no lo hace es Jasper. A él no le importa si alguien piensa que tiene una cita con un tipo. ―Dio otro mordisco.
―¿Sólo como amigos? ―pregunté. Dejó de masticar para esperar mi respuesta―. Quiero decir, sí, si es solo una película.
¿Cuánto cuesta?
Jacob me hizo un gesto para desestimarme. ―Yo me encargo. Son como ocho dólares.
Meneé la cabeza. ―Mejor no. Estoy tratando de ahorrar dinero. Se rio entre dientes. ―Yo me encargo, tonta.
Junté mis labios. Eso significaría que le debo a Mase y ahora a Jacob.
―Mejor no.
―¿No irás conmigo por ocho dólares? ―Parecía decepcionado en lugar de indignado.
Solté una carcajada. Él tenía razón. Era ridículo. ―Bueno. Pero te voy a devolver el dinero.
Asintió una vez. ―Trato. ―Utilizó la uña de su meñique para extraer algo de sus dientes rápidamente antes de pararse para ir a buscar otra ronda. Señaló el buffet con su tenedor de plástico―. ¿Quieres alguna cosa?
―En realidad ―dije, también colocándome de pie―, tengo que ir a buscar algunas cosas al centro. Gracias por la tostada.
Jacob me saludó con el tenedor, y apreté el lazo de cuero de mi pulsera en mi palma.
Utilicé un mapa de la estantería que teníamos en la recepción para encontrar el camino a la biblioteca de Pikes Peak. La caminata no fue tan larga como pensé, menos de media hora, y las puertas estaban abiertas cuando llegué. Una pequeña mujer de cabello gris se subió las gafas con la mano que tenía libre mientras me mantenía abierta la puerta con la otra. Miré alrededor de la habitación, luego me dirigí a la sección de Embarazo y Parto. Aunque solo éramos la bibliotecaria y yo, el impulso de mirar por encima de mi hombro se volvió demasiado intenso para ignorarlo. En un libro con una cubierta rosa, encontré una rueda de fechas probables de parto. Moviendo la sección inferior al primer día de mi último período, la parte superior me mostró una fecha aproximada. Ni siquiera tenía seis semanas de embarazo.
Recordé la noche en que Frijolito fue concebido, con la mano de Alec alrededor de mi cuello, apretándola tan fuerte que apenas podía respirar.
Mis rodillas se sintieron débiles a medida que miraba el mes y el día en que Frijolito podría venir al mundo. De repente, era real. El uno de febrero, todo cambiaría.
La pequeña pila de libros encajaba en la mochila de la tienda de segunda mano que colgaba de mis hombros, y seguí el mapa de regreso al Hotel Colorado Springs, pensando en a quién llamar para ayudarme a encontrar cuidado prenatal, preocupada de que Alec pudiera encontrarme si me inscribía para recibir asistencia y me registraban en el sistema. Tendría que pagar en efectivo, y no me encontraba en ningún lugar cerca de la cantidad que necesitaría.
¿Qué voy a hacer?
La adopción era la única opción, pero cuando el pensamiento entró en mi mente, me invadió una tristeza abrumadora. Me imaginaba sosteniendo al pequeño bebé que había llevado durante meses, luego le daba ese precioso paquete a la enfermera y un dolor silencioso ardiendo en mi cuerpo mientras veía a mi hijo o hija siendo entregado a extraños. Sería egoísta mantener a Frijolito solo porque las alternativas me dañarían, pero las imágenes me hicieron llorar durante todo el camino a casa.
Un grupo de bomberos, sucios y cubiertos de hollín, caminaba pesadamente desde sus camiones interinstitucionales hasta las puertas de entrada conmigo. Parecían exhaustos pero felices, algunos de ellos ya con las llaves de la habitación en la mano, listos para quitarse el desierto de encima con una ducha y estrellarse contra sus camas.
Seth me saludó cuando pasé, y Sue ya reemplazó a Brady, de pie detrás de la recepción con una brillante sonrisa en su rostro.
―Buenos días, Bella ―dijo, su voz sonaba como si se hubiera restregado el interior de la garganta con papel de lija. Su sonrisa se desvaneció―. ¿Estás bien?
―Buenos días ―dije―. Estoy bien gracias. ¿Cómo te sientes?
―Oh ya sabes. Todo bien. Te fuiste temprano.
―Fui a la biblioteca ―le dije de pasada.
Los bomberos esperaban al ascensor, llenando la sala con el espeso hedor de humo. Aún podía olerlos cuando la puerta de la escalera se abrió y Jasper salió.
―Tenemos que dejar de encontrarnos de esta manera ―dijo. Parecía feliz, su corte al ras y su rostro bien afeitado contrastaban con los otros puntos calientes―. ¿Estás bien?
―Sí. Sí, estoy bien ―dije―. ¿Hoy vas a subir?
Meneó la cabeza. ―Tengo una cita con una camarera.
―¿Todavía la estás persiguiendo? ―le pregunté.
―Todavía la persigo ―dijo con una sonrisa.
―Buena suerte ―grité por encima de mi hombro. Cuando llegué a mi puerta, me aseguré de abrirla y cerrarla rápidamente detrás de mí para tratar de evitar que el humo persistente se filtrara en mi habitación.
Cuando llegué a mi cama, ya me sentía cansada y me preguntaba cómo iba a pasar una tarde detrás del mostrador de facturación. Una siesta era necesaria, pero quería abrir al menos un libro antes de quedarme dormida. Quería ver cómo era Frijolito, y uno de los libros que había tomado prestado de la biblioteca estaba lleno de fotos en color de bebés en el útero.
Pasé al primer capítulo y entorné los ojos. Frijolito, cinco semanas y cuatro días, parecía más un lagarto que un bebé.
Giré el libro hacia un lado y luego hacia el otro, tratando de distinguir las características, aunque el pie de la imagen decía: Emerge una cara.
Miré fijamente al bebé lagarto hasta que mis párpados se volvieron demasiado pesados como para mantenerlos abiertos, y justo cuando me quedaba dormida, me desperté bruscamente. Un control mental recorrió mi mente, que todo en la casa se encontraba en su lugar, que los platos estaban limpios, la ropa doblada, planchada y guardada, y la cena planeada para la noche siguiente.
Un segundo después, mis músculos se relajaron contra el colchón. Alec no estaría en casa para sacarme de la cama si algo lo molestaba, no me escupiría en la cara mientras se ponía rojo y las venas de su cuello se hinchaban. El pánico que había sentido todas las noches durante más de medio año, era solo una reacción instintiva, pero cuando recordé en dónde me encontraba, y que Alec se encontraba a más de mil trescientos kilómetros de distancia, el miedo remitió y me alejé, en paz, sabiendo que Frijolito y yo estábamos a salvo solos en la oscuridad.
