El tonto que lo comprende
Cuando Twilight terminó de contarle a su esposa sobre su reunión con Sylvia, no parecía atónita. Eso era algo que no había esperado. De mala gana, tuvo que asumir que la persona con el problema era él (sin embargo, tenía un plan secreto que seguramente acabaría por darle la razón). Después de un momento, lanzó un suspiro y se recostó en el regazo de su esposa, quien movió un poco de sus cabellos.
Era algo muy pacífico considerando la doble vida que habían llevado por tantos años y ahora compartían.
«¿Cómo es que tú…? Yor, no lo comprendo».
«Necesitaba hacer esto, Twi-Loid. ¿Pero qué hay de ti…? Anya, ella…».
—Estás pensando demasiado —le susurró Yor sacándolo de los recuerdos. Suspirando, la observó—. Loid.
—Yor —expresó él, liberando ese nombre con cierta cautela—. Estaba recordando.
—Algo mucho más grande está pasando por tu cabeza —afirmó la asesina—. Puedo sentirlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé.
Si el viejo Twilight hubiera sido leído de manera tan sencilla por una civil, habría enloquecido. Parte de lo que lo elevó como uno de los espías más importantes de Westalis fue su accionar y trabajo sin emociones. Aunque eso también lo había aislado de la humanidad volviéndolo un cascarón vacío. La operación Strix había llegado a él para cambiar eso.
Y para siempre.
El espionaje era algo que nunca acabaría. Retirarse para llevar una vida pacífica no tenía lógica si eso podía poner en riesgo a su familia más que cualquier otra cosa. No obstante, nadie había escrito algo que le impidiera combinar los mundos más importantes para él y que lo definían con la identidad que llevaba desde hacía más de diez años: Loid Forger.
Loid era, en la descripción más adecuada, lo que alguna vez fue ese niño inocente de Luwen y el espía que se abrió a sus emociones gracias a la operación Strix. Por mucho que hubiera querido, no habría podido despedirse de la familia Forger para siempre, porque era traicionar a su corazón reavivado. El hecho de descubrir una manera de que todo funcionara parecía imposible.
Pero era conocido como el mejor espía de Westalis por algo.
—Yor —dijo Loid repentinamente—. ¿Crees que todavía sigo haciendo todo por la misión?
La asesina pensó en la pregunta de su esposo, y algo en su interior en verdad no quería contestar. Pero algo más la empujó y se dio cuenta de que no podía quedarse callada. Loid la miró con curiosidad, ella resopló y se apoyó contra la cabecera de la cama, quería romper la tensión.
—No lo considero, al menos no desde que nació Liam.
Era consciente de que su respuesta sacudió al hombre, porque abandonó la comodidad de su regazo y la observó con asombro, provocando incluso que Peanuts alzara la vista por el movimiento. El gato decidió que, si quería dormir, no estaba en el sitio correcto. Se fue y la pareja se quedó a solas.
—Yor —murmuró Twilight y se detuvo, sin más palabras.
Estaba horrorizada por la expresión abatida de Loid, no podía pensar que tuviera eso en su cabeza todavía. Yor agarró las mejillas de su amado, aun sin poder decir oraciones, y logró que lo mirara directamente a sus ojos rojos.
—Cariño —habló la mujer—. Esto es complicado de decir, ¡y sobre todo porque supondrás que todavía no haces lo correcto!
El hombre solo asintió y le dio una mirada más tranquila. Yor murmuró algo que Loid no supo entender, y estaba a punto de preguntarle cuando su esposa lo agarró de los hombros e hizo que cayera en el lado derecho de la cama.
Loid respiró hondo y se preguntó si debería preguntar qué estaba pasando por su cabeza.
—Yor…
—Espera un poco.
La pareja pasó los siguientes pares de minutos en silencio. En un momento, Yor vio con el rabillo del ojo el aspecto de su esposo. El encuentro en la sastrería era lejano, pero, sin embargo, recordaba la manera caballerosa y seria con la que la había tratado. Ese espía era casi un mito a comparación del hombre que era su esposo en la actualidad.
Abierto emocionalmente, más relajado y menos gruñón, era la mejor manera de definirlo. Pero no había sido sencillo llegar a ese punto.
«¿Entonces Anya y yo somos parte de tu misión?».
«Sí…».
«¿Y qué iba a pasar una vez que todo acabara?».
Twilight no había querido responder, aunque Yor supo por su mirada que el final no era bueno.
Odiaba admitirlo, pero tenía sentido. Si todo funcionaba y la misión era un éxito rotundo, la familia Forger tenía que dejar de existir, o al menos, su patriarca tenía que desaparecer.
Con esa situación, Yor no puedo evitar preguntarse.
—¿Esto es por lo que dijo Sylvia?
Loid giró la cabeza un poco, respondiendo.
—Sí, en parte —y decidió agregar—. Me hace preguntarme si es algo en mí que no quiere reconocer que esto es real desde hace mucho tiempo, o que solo soy un hombre tonto.
Yor resopló y se cruzó de brazos.
—Eres un poco de las dos cosas, cariño.
El espía puso los ojos en blanco.
—¿Acaso quieres burlarte de mí?
—No me estoy burlando si digo una verdad, Twilight —exclamó Yor y tardó unos segundos en continuar—. Toda tu vida se basó en planes o analizar a las personas, pero a veces nunca era tan complicado, sino que era simple.
En ese punto, Twilight no contenía las lágrimas, atrás estaba esa estúpida idea de no llorar. Estaba aturdido y ni siquiera podía hablar. Sintió que su corazón se detenía. Soltó un respingo y volvió a correr.
Eso golpeó a Yor. Bajó los ojos.
—Loid, yo…
—No, Yor, no te disculpes —interrumpió Twilight ruidosamente, frenando la culpabilidad—. Es solo que me siento como un tonto. Soy un tonto al no darme cuenta de todo lo que logrado desde que las conocí a Anya y a ti.
Yor negó con la cabeza, pero también lloró un poco.
—Lo mismo es para mí, Loid. Conocerte a Anya y a ti cambió mi vida.
Loid no quería ver a su esposa llorar, pero lo entendía. Y a pesar de que todo era su culpa, se sintió más relajado gracias a la conversación.
—Yor —expresó entonces con una sonrisa tranquila—. Te amo.
Su esposa suspiró y se acercó para recostarse en su pecho, relajada.
—Te amo, Loid.
Entonces, se dieron cuenta de que estaban cansados. La tensión latente en la conversación había desgastado sus cuerpos y mentes, aunque no se comparaba a cuando la familia reveló todos sus secretos.
—Es cierto, ¿dónde está Bond? —preguntó el espía recordando al anciano perro. No lo había visto desde su llegada.
—Franky lo llevó al parque, dijo que quería probar suerte con su poder —contestó Yor. Su esposo, como respuesta, suspiró con diversión—. ¿Qué sucede?
—Me sorprende que Franky esté intentando usar eso —comentó—. Alguien podría enfadarse.
Yor entendió perfectamente a quién se refería.
—Creí que ellos no…
—Después de todo este tiempo, Franky merecía a alguien que lo pusiera en su lugar.
—Aunque no pensé que sería Fiona —admitió Yor.
Twilight carcajeó.
—Sí, yo tampoco.
La pareja volvió a acostarse en un intento de descansar un poco mientras escuchaban el sonido del televisor. Era obvio que el partido era aburrido debido a la falta de quejas por parte de Damian o las burlas de Anya. También Liam podría haberse dormido después de comer tantos dulces. Aún tenía seis años y no aguantaba prestar atención tanto a un deporte.
Incluso se podía escuchar el sonido metálico en la cocina, señal de que Peanuts estaba comiendo de su plato.
Loid y Yor intercambiaron suavemente una mirada. Él, notando que todavía había un rastro de lágrimas, limpio el rostro de su esposa, sonriendo.
—¿Quieres pedir pizza para cenar? Creo que nos merecemos algo como eso.
Yor sonrió besando la barbilla de su esposo.
—Me encantaría.
Twilight se levantó primero y extendió la mano a su esposa para salir de la habitación y reunirse con el resto de los presentes. La puerta principal sonó y Bond apareció corriendo hacia su dueño, incluso con sus años, mantenía un espíritu juguetón cuando se trataba de Loid.
El hombre sonrió, fingiendo escuchar las quejas de Franky respecto a cómo Fiona lo había regañado por su jugada en el parque, pero mirando a su familia.
Yor estaba pidiéndole a Damián y Anya que sabor de pizza querían. Liam, despertando, comenzó a colocar a Peanuts sobre su hombro como de costumbre desde que era un gatito.
Había sido un tonto antes, pero ya lo había comprendido.
Eso era lo que amaba.
