La carta devuelta

De todas las cosas que Ingrid imaginó que podrían haberle pasado a Emma en su ausencia lo que había acabado de presenciar era, de lejos, la más surrealista. No era solo el hecho de que Emma estuviera besando a una mujer, sino a aquella mujer. Sí, ella sabía de quién se trataba, el rostro era el mismo, aunque más maduro. Y eso le dolió. Le dolió de una forma más arrebatadora que haber descubierto el regreso de Daniel.

Ingrid estaba muriendo por dentro, en la calle estaba caminando de forma tambaleante, su visión estaba borrosa mientras las escenas del beso de su hija permanecían en su memoria. Una mujer exagerada como ella iba a sentir el golpe de ese descubrimiento durante semanas. La turbación era tal que se olvidó de lo que Gold le había dicho la noche anterior, estaba pasando por la casa de los Colter en la esquina y ni siquiera miró hacia la fachada ni se cuestionó si Daniel estaría allí dentro. Siguió su rumbo y volvió a pie al centro de la ciudad, intentando comprender el comportamiento de la hija. Muchas teorías podrían dar respuesta a sus preguntas. Emma había pasado mucho tiempo sola, se había apegado a la figura de alguien mayor que ella para suplir la ausencia de Ingrid. Como segunda teoría, Regina había descubierto el oscuro secreto de Daneil y Emma era la elección para su perfecta venganza. Eso podría responder por qué Daniel y su esposa habían venido a vivir a Mary Way Village. Al final, Ingrid estaba inconsolable.

Caminaba por las calles, desviando la mirada de todo aquel que intentaba mirarla y pudiera reconocerla. Alguien, finalmente, la reconoció y esparció la noticia de que una vieja habitante de la ciudad había regresado. Al final del día, todo Mary Way lo sabría, sobre todo porque Ingrid se dirigió a un sitio que frecuentaba en los viejos tiempos. Fue a ver a su amiga, Anita Lucas.

Cuando entró en el restaurante, agitado a la hora del desayuno, recibió muchas miradas, pero no se preocupó en esconderse ni negar quién era. Caminó hacia la barra.

‒ ¿Puedo hablar con Anita?‒ le preguntó a Ruby, que fue a llamar a la madre después de llevarse un susto con la aparición de Ingrid.

Anita Lucas casi no podía creérselo. Ingrid le pidió una copa de cognac antes de que la amiga le pidiera que fueran a una pequeña sala al fondo del restaurante. La dueña del lugar la miraba antes de comenzar a hablar, no precisamente sobre lo que la Swan había visto una hora atrás. Pero Anita sabía que algo la estaba perturbando. Conocía a Ingrid tanto como a David, era como una hermana. Habían estado juntas en el colegio y vivían pegadas la una a la otra desde los 13 años hasta que la rubia se marchó de la ciudad para hacer víctimas de su interés por el dinero y la bebida. Los detalles que están detrás de su convivencia son hechos que ellas prefieren mantener en secreto. Había mucha intimidad envuelta, por eso el que Ingrid se apartara fue algo brusco para Anita. Ingrid intentaba encontrar en el pasado de las dos otra respuesta para el comportamiento de la hija.

‒ ¿Qué te ha hecho volver?‒ preguntó Anita

‒ Adivina‒ dijo Ingrid

‒ ¿Dinero?

‒ Por su causa volví, pero haría lo mismo si tuviera dinero. He vuelto por Emma, pretendo arreglarme con ella‒ Ingrid tragó en seco, consiguió fijar sus ojos en los cabellos largos y ligeramente ondulados en las puntas de Anita. La amiga había adelgazado un poco desde la última vez que se habían visto.

Algo avergonzada, Anita pidió disculpas por haber despedido a la muchacha.

‒ Mira Ingrid, siento mucho lo que pasó con Emma aquí en el restaurante. Cometió algunos errores y sabes cómo soy yo, no me gusta la dejadez por parte de los trabajadores.

‒ No he venido a reprocharte eso. He venido a preguntarte una cosa‒ Swan se levantó de la silla y anduvo por la salita de brazos cruzados, inquieta y curiosa. Esperó para hacer la pregunta, dejando a Anita recelosa ‒ Aquello que tú y yo tuvimos… Aquel momento.

Anita estaba boquiabierta, mostrando las líneas sobre las mejillas de su rostro delgado.

‒ Solo fue un beso, Ingrid‒ de repente sintió cómo su cuerpo reaccionaba ante el recuerdo ‒ Aunque un beso muy bueno‒ No podía controlarlo, notaba cómo los pezones se le endurecían, el calor le subía entre los muslos. Estaba carente de afecto, de una relación sólida desde que el marido había muerto, pero nunca habían dejado de lado su deseo por las mujeres, la atracción que sentía por ellas. Se sentía especialmente sorprendida con la visita de Ingrid, quizás su primer amor.

‒ ¿Qué piensas sobre las señales? ¿El destino? ¿Karma? ¿Crees que lo que hicimos puede haber influido en alguien?‒ Ingrid intentaba usar las manos para hablar, estaba visiblemente conmocionada.

‒ ¿De qué estás hablando? ¿Influenciar en quién?‒ Anita frunció el ceño

‒ Alguien, nuestras hijas, por ejemplo. ¿Si el destino decidiera que ellas, ya sabes, deben enamorarse?

‒ ¡Dios mío, Ingrid! ¿Qué te pasa? ¿Emma y Ruby? ¿En serio?

‒ Respóndeme. ¿Qué piensas de la posibilidad de que lo sucedido pueda haber influido en Emma?

Anita se levantó y se acercó a ella.

‒ Si he comprendido bien, ¿piensas que el beso que nos dimos cuando éramos adolescentes va a volver homosexuael a Emma?

Ingrid la miró a los ojos

‒ ¿Qué piensas?

‒ Muy ingenuo por tu parte pensar así, querida.

‒ Tienes razón. Quizás solo sea curiosidad…

‒ ¿Qué has dicho?

‒ Nada. Olvídalo. Era eso lo que quería preguntar‒ Ingrid giró el rostro y puso la mano en el pomo de la puerta, pero Anita la agarró de la muñeca.

‒ No puedo creerme que solo hayas venido a preguntarme eso, y mucho menos que solo hayas regresado a la ciudad por tu hija.

Ingrid se giró de nuevo hacia ella, le lanzó una mirada astuta y tocó el mentón prominente de la mujer.

‒ Anita, mi adorada Anita, hazte a la idea de que aquel beso solo fue un segundo de locura y curiosidad. Estuvo bien para ti porque fue tu primero, pero eso no significa que no debas olvidarlo‒ dijo, abriendo la puerta y marchándose.

Cuando la puerta se cerró, Anita recordó a la Ingrid de los viejos tiempos, quién realmente era. Anita no era para ella ni como una aventura.


Siempre después de las ocho, Regina se sentaba frente a su portátil para intentar arrancar de sus pensamientos alguna idea genial para los capítulos de Íntimamente. No estaba consiguiéndolo apropiadamente desde la última conversación con Daniel y el clima de miedo en el cuarto de invitados de la mansión no proporcionaba el bendito silencio que ella tanto anhelaba en esas horas en que se ponía a escribir. Sentada en el comedor después de la comida y del baño, acababa de escribir un párrafo de una escena sexual entre Catherine y Suzana dentro de un coche. Por más extraño que pareciera escribir una escena de sexo entre las protagonistas en un lugar inusitado, Regina estaba bastante centrada en las palabras finales que comenzaban a darle trabajo.

Emma llegó de puntillas por su espalda, envuelta en el albornoz de su abuela. Extremadamente excitada debido a estar en su período fértil, intentó seducir a la escritora con caricias en los hombros, besos en el cuello, soplos en la nuca y mordiscos en el lóbulo de la oreja. Regina también llevaba puesto un albornoz, Emma introdujo las manos acercándose a los erectos pechos, sin embargo fue interrumpida.

‒ Awn, amor, ¿es pedir mucho que olvides por hoy ese capítulo y vengas conmigo arriba?‒ Emma preguntaba cariñosamente

‒ Ya estoy terminando‒ Regina agarró una de las manos de la joven y la apretó ‒ ¿Qué tal si me ayudas? Dime una palabra que suene bien con "excitación"

‒ Hum, déjame pensar…‒ la muchacha leyó el párrafo en la pantalla del ordenador y tuvo la genial idea de imaginar la escena desde una nueva perspectiva.

…Suzanna se entrega a la excitación…

Como quien se entrega al mar, esperando que la marea lo lleve lejos. Brazos extendidos hacia el techo del coche, arañando el tejido sobre sus cabezas cada vez que era invadida por la viscosa serpiente de la boca de la mujer que sabía que cada día amaba más.

Regina tecleó las palabras de Emma y ella no se detuvo ahí.

Respiración pausada, pechos subiendo y bajando ante la ausencia de las palmas de Suzana sobre ellos. Un beso a cada segundo más ardiente en los labios anunciando su lenta muerte de placer. Un día soñaría con morir de verdad por el mismo motivo que la…

Emma paró

‒ ¿Por el mismo motivo que? ¿Por qué paraste, mi amor?‒ preguntó Regina mirándola, con los dedos listos para recomenzar a escribir lo que ella dijera.

Swan quería encontrar una palabra que encajara con la situación descrita que había inventado. No la encontraba.

‒ Mierda, no consigo pensar en una palabra para terminar la frase‒ miraba hacia la pantalla del ordenador, frustrada.

Regina quedó callada. Así que, de repente, atrajo el cuerpo de Emma encima del suyo, sentándola sobre ella.

‒ Deja que te ayude con eso.

La sra. Mills deshizo el lazo del albornoz de Emma y lo abrió dejando libres los pechos de la muchacha. Mientras una mano sujetaba a Emma por la espalda, otra corría por la inmensidad de su busto. Primero, el pecho izquierdo, después el derecho. Nunca los había visto tan excitados como ahora con sus sutiles roces sobre los arrugados pezones. Por la narrativa de la joven, Regina sintió que tenía que dar atención especial en el par de pezones rosas de Emma. Primero la miró a los ojos verdes, después descendió los labios con un beso en el lado izquierdo. Un encaje perfecto entre la punta de la lengua y el pezón. Emma agarró los cabellos de la mujer y respiró jadeante, podría haber gozado solo con la succión exagerada de Regina. Pero enseguida estaba sobre la mesa, empujando todo lo que había encima. El portátil, el jarrón con flores artificiales y el mantel de diseño ajedrez. El cuerpo de la joven se estiraba mientras Regina subía por sus piernas, encajando su cabeza en los muslos de la muchacha sin problema alguno. Terminó de abrir el albornoz de Emma, estiró su mano hacia la de la joven para entrelazar sus dedos. Emma veía los cabellos oscuros rozando su pelvis, ya había sido penetrada por la serpiente viscosa, igual que lo imaginado para Cath y Suzana en el libro. La mujer no usó los dedos, era solo la noca y la lengua, a veces gemidos. Y succionaba. Succionaba a Emma hasta que la joven notó que su clítoris ya estaba demasiado sensible para continuar.

Emma se derramó como lluvia en un charco a sus pies. Había acabado con sus ganas, sosegándose hasta el punto de encontrar la palabra que antes no encontraba.

‒ Regina, creo que he encontrado la palabra correcta‒ declaró, jadeante, mientras se sentaba. Sacó la cabeza de la morena de entre sus piernas y la miró ‒ Embriagada. Un día ella soñaría con morir de verdad por el mismo motivo que la embriagaba.

Ella sonrió, aún trémula por el efecto del orgasmo, un frío que volvía a dominar su cuerpo tras la reacción química espontánea del acto sexual. Vio cómo Regina se lamía los labios y la miraba, una cosa llevó a la otra.

Mills clavó sus uñas en la piel de Emma y sonrió de canto, satisfecha. También había conseguido lo que quería, aunque la posición era incómoda para la muchacha. Bueno, ya estaba hecho, incluso el último párrafo del capítulo en cuestión. Si más tarde volvieran a follar, sería en la cama. No debería estar pensando en eso, pero había mucha tensión sexual entre ellas que debía ser liberada.

Emma estaba sobre ella y apreciaba la posición. Había hecho todo como lo había planeado a la hora del baño, cuando se imaginó subiendo en aquella mesa y abriendo las piernas para la escritora. Ella también identifió la tensión sexual entre las dos, no quería parar, pero al mismo tiempo no quería incomodar a la amada. Se conformaría si, cuando subieran a acostarse, solo recibía cariño. A fin de cuentas, Regina y ella no estaban juntas solo por el sexo. No era necesario decir una palabra para saber que eso siempre había sido una consecuencia y se amaban más allá de ese detalle, por lo que una proporcionaba a la otra. No obstante, Emma estaba feliz por haber terminado el resto del párrafo del capítulo de Intímamente.

Cuando Regina concluyó las últimas palabras, dijo

‒ ¿Has pensando en empezar a escribir poemas?‒ miró a Emma sentada aún en la mesa.

‒ No, nunca‒ afirmó la muchacha, deslizando una mano por la de Regina.

‒ Pues se te da bien. Quizás pueda enseñarte cómo va.


El día en que Daniel y Regina tendrían una conversación definitiva sobre el divorcio había llegado y, adelantada, Regina esperaba a que comenzara la reunión entre ellos y los abogados. De Vil se sentó al lado de la sra. Mills y Daniel, al lado de Isaac Heller, un viejo conocido de la defensora de Regina. Tras una breve presentación innecesaria, seguida de un apretón de manos, Isaac comenzó la conversación yendo directo al asunto.

‒ Mi cliente ha demostrado su interés en pasarle una pensión, sea cual sea el valor estipulado por su cliente‒ miraba a De Vil, y enseguida a Regina.

‒ En primer lugar, mi cliente tiene que ser consultada sobre la iniciativa de su cliente. Según lo que hemos conversado, ella no desea recibir cuantía ninguna de parte de su cónyuge al término del proceso de divorcio‒ De Vil se acercó al hombre echándose hacia delante.

Daniel e Isaac se miraron.

‒ Querida colega, le sugiero que converse con su cliente sobre la excelente oportunidad que su futuro ex marido quiere ofrecerle. Se sabe que la carrera como escritora tiene altibajos, la venta de los libros anteriores no fueron buenas el año pasado. Lo que el sr. Colter desea es que su cliente tenga comodidad.

Regina carraspeó, mirando a Daniel frente a ella. De Vil entendió que no debía extenderse demasiado en defender sus intereses.

‒ Es más que obvio que mi cliente sabe lo que su futuro ex marido le está ofreciendo, sin embargo cree innecesario que él se preocupe con su situación financiera, y que se olvida que además de escritora, Regina puede volver a trabajar como periodista o incluso a dar clases. Así que, querido colega, Regina mantiene su deseo de rechazar la pensión‒ la abogada golpeó con el bolígrafo en la mea y se alzó al mismo tiempo que Regina.

‒ Esperen, ¿a dónde piensan que van? Esta conversación aún no ha acabado‒ Isaaac y Daniel se levantaron.

‒ Por lo visto, la petición de mi cliente aún no ha sido acatada. Esperamos que lo señores se decidan y acepten las condiciones de Regina, en caso contrario, tendremos que ir a juicio. Sean rápidos, por favor, cuanto antes este documento sea firmado, más rápido acabará esta incomodidad entre los dos‒ se giró y señaló el camino de salida a Regina.

Daniel sacudía la cabeza sin entender la ausencia de Regina, la forma en que parecía distraída y poco interesada en la conversación. Caminó hacia ella, la tocó en el codo.

‒ ¿Al menos podrías aceptar mi pedido de disculpas? La pensión puede ser de gran ayuda, Regina. Piénsalo bien, piensa con cariño.

La escritora se vio obligada a detenerse, pero solo giró el cuello, mirando a Daniel por encima del hombro.

‒ Está decidido, Daniel. Y nada de lo que me propongas lo aceptaré. No intentes comprarme con esas cosas, ni con amabilidades. Acepta el divorcio, es lo mejor que puedes hacer por mí‒ fue firme en su respuesta, y se marchó en seguida junto con De Vil.


Daniel volvió a casa tras el encuentro con los abogados y Regina. Belle lo vio encerrarse en el taller, aunque para ella esa actitud parecía ser un síntoma de depresión post-decepción, lo que ciertamente acababa de tener una vez más. Miraba un cuadro común y pequeño en la pared, una réplica de la plaza de San Marcos, en Venecia. Metió las manos en los bolsillos de los pantalones sastre y notó algo que había olvidado allí hacía unas semanas, el anillo de boda de Regina que había encontrado en la cabecera de la cama cuando le dio la noticia de que iba a pedir el divorcio. Se quedó contemplando el cuadro, pasando la mirada por los otros lienzos diseminados por los cuatro cantos del taller. Miró al fondo la pila de cuadros sobre periódicos en el suelo, un desorden que no le gustaba, y que tenía que organizar. Le vino una idea sobre el tercer cuadro de la cuarta fila de molduras, pero antes de buscar entre sus obras, se dirigió al armario donde había dejado un vaso de vodka sobre una bandeja de acero inoxidable. Se sirvió y tomó un buen buche de la bebida. Sintió la agradable sensación de calor bajando por su garganta. Notó cómo la bebida bajaba hasta el estómago.

‒ Colibrí‒ dijo‒ Imagino cómo sería todo si estuvieras viva.

Divagó solo, entonces caminó hacia los cuadros en el suelo y sacó una moldura impecablemente dorada de la cuarta fila con cuidado para no arañar a las otras. Lo levantó, y contempló el cuadro pintado hacía diecinueve años, una hoguera con bailarines gitanos alrededor. Aunque pareciera un trabajo demasiado simple para lo que él estaba acostumbrado a pintar, había sido una de las primeras piezas producidas para la galería de arte de San Francisco y su valor llegaría a los dos millones de dólares si el cuadro fuera puesto en venta. Daniel no sabía el motivo de haberlo mantenido con él a no ser porque el marco de ese era perfecto para camuflar otro cuadro, uno que no podía vender a nadie. Abrió el marco presionando los indicadores en la parte de atrás, y aquello cayó sobre sus piernas. Era el cuadro del colibrí. En realidad, Daniel no prestó atención al bonito dibujo del pájaro, estaba detrás de otra cosa, otro secreto que había escondido en el marco. Allí estaba. Era un sobre pardo que agradeció a Dios haberlo encontrado.

Recordaba dónde había dejado el otro sobre igual que aquel, pero parecía tan imposible que lo encontraran que no se preocupó tanto, Regina ya no vivía en la mansión, tampoco mostraba interés en volver. Se prometió a sí mismo que si la esposa cambiaba de opinión, quemaría las cartas. Dejando ese pensamiento de lado, Daniel cogió el sobre, sacó las cartas de dentro y reconoció su propia letra. Menos mal que se había sentado, pues sintió una escalofrío recorrerle el vello del brazo, una conmoción de quien se veía a un paso del pasado, temiendo que la lectura lo volviera más infeliz de lo que ya estaba.

Sus facciones se endurecieron y leyó con un temor calmo.

Mi dulce Colibrí

Supongo que estas palabras serán dolorosas de leer y causarán en ti un rechazo hacia mí que juzgo justo. Siento que esta relación no pueda concretizarse en el futuro. Lo que hemos vivido ha sido inmensurablemente excitante, sin embargo estoy lejos de ser un canalla con las mujeres con las que me relaciono.

Pensé que en unos meses tú te cansarías de ser mi amante, elegirías marcharte cuando te dieses cuenta de lo realizado que me sentía junto a Regina. Estoy profundamente arrepentido, no por el affaire, sino por haberle dado continuidad tras haberme casado. Lo siento mucho, Colibrí, siento mucho revelar mi amor por Regina. Estoy enamorado de Regina hasta en lo más íntimo de mi ser. No es justo para con ella, mucho menos contigo. Vamos a dar por concluido lo nuestro aquí, con justicia y antes de que suceda lo peor. Te amé, fue una pasión muy fuerte, pensé en pedir tu mano, sin embargo, sabes cómo son tus padres. Jamás te tratarían de la forma debido, sencillamente, a que eres una muchacha de estructura familiar y financiera simple. Lo siento mucho, lo repetiré cuantas veces sea necesario. La verdad es la que cuento en esta carta, estoy enamorado de mi esposa y ya no deseo engañarla.

Espero que aceptes mi pedido de disculpas con este regalo que te mando, el cuadro que pinté en tu honor. Es el símbolo más hermoso de lo que tuvimos. Haz con él lo que desees, es tuyo. Te pido que no respondas a esta carta, no me mandes nada más. Nuestro último encuentro fue aquel en el hotel de camino a tu ciudad. Estuvo bien, Colibrí, estuvo bien mientras duró.

Adiós.

Daniel se reclinó en la silla y guardó la carta.

La carta no era una copia, era la original, recibida de vuelta meses más tarde junto a una carta escrita por la mano de otra persona distinta a Colibrí. Daniel supo que se había matado y él sufrió por haber sido acusado y llamado de asesino.

Daniel no tuvo valor para leer la carta que anunciaba el suicidio de Colibrí. Lo guardó todo, el sobre, el cuadro detrás del otro y encajó el marco, devolviéndolo a la pila. Se restregó los ojos con los dedos, y volvió a coger la botella de vodka casi vacía.


A aquellas alturas, los habitantes de Mary Way Village cuchicheaban sobre el regreso de Ingrid y la única persona que podría contarle a Emma el regreso de su madre se encontraba en un verdadero dilema. Archie se enteró a través del carnicero cuando recibió un pedido para el hotel. Quería mucho hablar con Ingrid, quería preguntarle cómo estaba, si se las había apañado bien en la otra ciudad y si necesitaba ayuda. En caso de que fuera preciso, él la emplearía en el hotel, pero estaba Emma trabajando allí. No sabía si debía decirle a la muchacha o si le dejaba esa misión a David. Aunque era un patrón riguroso, le gustaba la muchacha como si fuera su hijastra. Ese era un sueño que todo el mundo sabía que Archie tenía y no confesaba. Dejando ese asunto del lado, el dueño del hotel imaginaba los problemas que tendría cuando Emma se enterase de lo de la madre.

Ya era caída la tarde, la muchacha bajó las escaleras con el material de limpieza, lista para guardarlo y cambiarse de ropa para marcharse. Archie la vio salir del baño, vestida con ropa de calle y la mochila colgando del hombro.

‒ El huésped de la habitación 13 pidió toallas limpias, súbelas pronto‒ habló ella, mientras pasaba por el lado de Archie para salir.

Ella fichó el día y se giró para salir.

‒ Ahm, Emma‒ la llamó Archie

‒ ¿Sí?‒ ella se detuvo, girando la cabeza.

Él se trabó

‒ Nada, Emma. Ve con Dios, hasta mañana‒ afirmó algo nervioso

La muchacha frunció el ceño sin entender, se encogió de hombros y salió

‒ Gracias, hasta mañana.

En la calle, Emma anduvo cien metros a pie por la acera hasta una zona del puerto desde donde podía observar la playa entera. Una mujer bien vestida la esperaba en uno de los bancos de madera mirando hacia el mar mientras sus cortos cabellos se balanceaban como si estuviera frente a un ventilador muy potente. La muchacha se sentó a su lado, se quió la mochila de la espalda y miró hacia la misma dirección, y sus cabellos más largos se movían como las ondas en el agua que estaban observando.

‒ No es fácil esperar nueve horas todos los días para verte. Me ha matado.

La mujer miró a Emma

‒ Antes estamos días hasta que nos veíamos.

‒ Creo que un día ya no tendremos que esperar tanto tiempo para vernos‒ Emma replicó

Regina quería besarla, pero no podía hacerlo en público. Se miraban imaginando cuándo podrían acariciarse y besarse sin preocupación. Estar en el puerto ya era un gran paso, si se paraban a pensar en el recelo que habían sentido de ser vistas paseando juntas.

‒ Te he citado aquí porque quiero desafiarte‒ habló Regina

‒ Ya te aviso de que no soy de rechazar desafíos, madame‒ bromeó Emma mirándola.

‒ Muy bien. Mira fijamente hacia el mar y háblame sobre él‒ era lo que Regina quería, invocar en Emma el espíritu poético que vivía en ella. La mujer esperó atenta a que su amante hablara.

Emma estrechó los ojos hacia el agua, sus esmeraldas sentían hambre del horizonte.

El mar de fardo azul

angustia de los que seduce.

En tu pecho un lamento,

de lágrimas del viento.

De los navíos te conozco

Ansiando el comienzo

‒ Regina, soy pésima con esto‒ se llevó las manos a la cara.

La escritora sonrió, y apartó con cuidado las manos de su cara, hablándole

‒ Eres buena, mi amor. Haz creado una hermosa poesía, ¿no te dije que tenías talento, eh?

‒ Ah, es extraño, nunca fui de escribir, prefiero leer, y eso que en el pasado ni leer me gustaba.

‒ Para todo hay un comienzo en la vida

Swan miró hacia abajo con una sonrisa dulce en su rostro, y después miró de nuevo a Regina.

‒ Eres tú quien me está iniciando en todo en la vida.

Suavemente, sus dedos tocaron los dedos de Emma sobre el banco. Despacio, enlazaron las manos sin que nadie lo notara, sabiendo que, a veces, las manos entrelazadas sustituían a besos ardientes y cuando no consiguieran contener más el deseo lujurioso, sería hora de volver a casa.