El fantasma de negro
Hacía un mes que la rutina de Emma se resumía en despertarse con el seductor aroma del desayuno. Abría los ojos antes de que el frío la hiciera quedarme más en la cama, tocaba el lado derecho de esta y no sentía el cuerpo de Regina junto al suyo. Entonces, recordaba que de una forma o de otra acababa siendo despertada por esa mujer, de forma distintas, pero aún así deliciosas. Con la alegría palpitando en su pecho y en sus pies descendía las escaleras y se encontraba con ella, hermosa, fragante, perfecta. Abría los brazos y saltaba a los de la mujer, pensando en cómo era posible estar tan guapa a esa hora de la mañana. ¿Cuál era el hechizo que le proporcionaba a ella aquel brillo en sus dientes y el blanco de sus ojos? Que le enseñara a Emma el truco, aunque quizás el truco fuera algo sencillo como la felicidad.
Y la escena se repitió treinta veces. Emma sentía su rostro rozando el de la amada, sus brazos apretando su cuerpo y su boca ofreciendo un beso sereno a la de ella. En ese momento sus ojos se cerraban y las lenguas tardaban un minuto en sentirse satisfechas con el beso. Frente con frente, los ojos mirándose fijamente, las sonrisas. Allí, en aquel momento, no había quién las separase, ni aunque quisieran.
‒ Buenos días‒ susurró Regina
‒ Buenos días‒ respondió Emma ‒ Sentí el olor desde arriba. ¿Qué has hecho hoy?
‒ Velo tú misma‒ la mujer le señaló a Emma la mesa del desayuno, en realidad, no había tanta diferencia con lo que estaba acostumbrada a saborear todos los días.
‒ ¿De dónde sacaste tus dotes culinarias?
Se acercaron juntas a la mesa.
‒ No soy tan mala cocinera como piensas, incluso puedo salir adelante cuando quiero. Siéntate y aprovecha‒ Regina deslizó sus manos por los hombros de la muchacha, acomodándola en la silla, y enseguida se sentó frente a ella.
Emma estaba tan absorta en el momento que le costó darse cuenta de una diferencia en la rutina. Miraba las galletas, los huevos revueltos y el zumo pensando lo que comería primero, sin embargo alzó los ojos hacia Regina y notó que estaba vestida para salir. Se había bañado también, sus cabellos estaban húmedos y peinados hacia atrás. ¿Por qué tardó tanto en darse cuenta de ese detalle?
‒ Hey, ¿a dónde vas?‒ la muchacha no iba a tocar nada hasta no tener su respuesta.
‒ Al centro, tengo que tratar un asunto importante.
‒ ¿Asunto importante? ¿Puedo saber cuál?
Los ojos de la muchacha estaban iluminados y curiosos en demasía como para que Regina revelara lo que tenía en mente. No lo haría, pues estropearía la sorpresa.
‒ No es nada, mi amor, asuntos burocráticos con relación a los libros, algo que de momento no entiendes.
‒ No me llames tonta‒ Emma pellizcó la piel de la mano de Regina posada sobre la mesa
‒ Claro que no estoy haciendo eso, querida, es solo un asunto aburrido. Será rápido, cuando tú regreses yo ya estaré aquí, esperándote‒ Regina dio un buche al zumo. Intento fallido de disimular.
‒ No me creo mucho ese asunto de burocracia. Mira que si me estás engañando para salir detrás de algún regalo para mí, vas a ver lo que voy a hacer.
Regina sonrió, estirando la mano hacia una mejilla de Emma.
‒ Tienes razón. Para qué mentir, ¿no? No voy a resolver nada sobre los libros, pero voy a resolver un problema que se llama coche. Necesito un coche nuevo, aunque sea alquilado. El Playmouth lo tiene Daniel ahora y bajar por las calles hasta el centro no me parece cómodo.
‒ Ah, ¿entonces te vas a comprar otro coche?
‒ Voy a echar un vistazo a ver si algún modelo de la tienda de Gold me llama la atención.
Emma se mordió el labio inferior, pensando.
‒ Si no tuviera que ir a trabajar, iba contigo, te ayudaría a escoger, ¿sabes? Casi un día me llevo aquel escarabalo amarillo que está en el escaparate‒ suspiró
‒ El escarabajo amarillo, sé cuál es‒ Regina sabía cuál era el coche desde que Emma y ella se encontraron una vez en la tienda de coches antiguos. No esperaba que ella mencionara el coche, por lo que se veía, su plan iba a funcionar.
‒ Bien, suerte en tu elección y cuidado con los vecinos. Mete el coche en el garaje, te voy a dar las llaves.
‒ Está bien.
‒ Enfrente viven los Herman, les encanta mirar por la ventana cuando escuchan ruidos diferentes en la calle.
‒ Está bien, tendré cuidado. Si consigo el coche, creo que voy a aprovechar y pasar por el super, la nevera está casi vacía. Quiero hacer una tarta para la cena y faltan muchos ingredientes.
‒ Se me había olvidado, es que ya no entro en esa cocina, ¿no es verdad?‒ ironizó Swan ‒ Te dejaré el dinero para las compras.
‒ Emma, no te preocupes, yo me encargo de eso‒ Regina hizo un gesto con la mano
‒ Por favor, no quiero que pienses que quiero tu dinero, ¿vale? Déjame encargarme de algún gasto, me gusta ser responsable‒ replicó Emma con las dos manos paradas en el aire
La sra. Mills sacudió la cabeza.
‒ Está bien, solo la compra, el resto, si es necesario, me lo dejas a mí. Debería pagarte un alquiler, sería lo más justo. Puedo pagar por el garaje ya que lo voy a ocupar con el coche.
‒ ¡Shhhh! No, señora. No vas a pagar nada. Aunque yo gane poco, aún gano lo suficiente para pagar los gastos de la casa. Mientras sea la dueña, yo me busco la vida‒ Emma se llevó a la boca cada cosa que había en la mesa y finalmente miró el reloj de la pared ‒ Estoy atrasada. Voy a ir levantándome, todavía tengo que darme un baño, cepillarme los dientes…
‒ Claro, nos vemos ahora. Te espero‒ Regina la acompañó a las escaleras. La esperó a que estuviera lista y a que bajara.
Cuando Emma regresó, lista y con la mochila en la espalda, se detuvo frente a la mujer y se llevó a la boca las manos de Regina. Le besó ambas como si pidiera una bendición, pero aunque el gesto pareciese muy dulce por parte de Emma, la sra. Mills tuvo otra de esas visiones con Daniel y lo vio en lugar de la muchacha. Algo estaba mal en ella. Regina se odió por haberse acordado del marido, ya no lo amaba, no debería estar sintiendo nada. Entonces, ¿qué ha sido ese breve recuerdo cuando la muchacha tocó sus manos? Regina sabía lo que estaba sucediendo si consiguiera mantenerse calmada. Aquel no era un gesto de Emma, era un gesto de Daniel.
Retiró las manos lentamente, miró a la muchacha y sintió un tremendo alivio cuando el corazón volvió a latir con fuerza. Fue apenas un susto, nada que disminuyese su amor por Emma.
‒ Hasta más tarde‒ Emma abrazó a Regina con fuerza, siendo retribuida de la misma manera.
‒ Hasta más tarde, mi amor‒ Regina sonrió y acompañó a la joven a la puerta.
Se encerró enseguida y trató de expulsar la sensación ruin que era recordar el pasado.
Antes de llegar al final de la calle y bajar por el sendero, el Playmouth de Regina pasó al lado de Emma en la curva, se detuvo pegado a la acera y a los escalones de la mansión. Un hombre estaba conduciendo, precisamente el sr. Colter, quien bajaba del automóvil con una pose soberana de hombre rico. Él notó los ojos de alguien sobre sus hombros, un peso nocivo de alguien juzgándolo por las espaldas. Giró el rostro y vio a la joven al otro lado de la calle. Tenía un ligero recuerdo de quién era ella, más por la invocación de su rostro que por su apariencia. Regina la había descrito una vez, la vecina que vivía al final de la calle, una muchacha que se llamaba Emma y era huérfana― hasta cierto punto.
Ella no decía nada, estaba parada mirando hacia él con una rabia sin igual en sus ojos. Emma quiso mirar bien su cara, sacó sus propias conclusiones y tuvo aún más certeza de que odiaba a aquel hombre. Daniel vestía bien, ropas de sastre, prendas caras que la joven solo había visto en la tele, pero a ella no le importaba el lujo que ella no tenía y que él le había proporcionado a Regina durante tanto tiempo. Emma solo podía recordar el daño que él le había hecho a Regina. Si no estuviera atrasada, le iba a decir al pintor unas cuentas cosas.
‒ Buenos días‒ Daniel abrió la boca y dijo, devolviéndole a Emma una mirada inquisitiva.
‒ Buenos días, señor. ¿Cómo está?‒ hizo la pregunta empinando el rostro para mostrarle lo único que tenía más que él, dignidad.
‒ Bien, estoy bien, dentro de lo que cabe. ¿Y usted?‒ Daniel miró hacia el final de la calle ‒ Vive en aquella última casa, ¿no? Mi esposa, Regina, debe conocerla.
‒ Yo estoy bien, increíblemente bien‒ Swan se adelantó ‒ Y sí, vivo en aquella casa del final de calle. ¿Regina? ¿La mujer que escribe novelas? Oh, sí, la conozco muy bien‒ sonó simpática, aunque le estuviera tomando el pelo.
Daniel asintió. Sacó unas cosas del asiento de atrás del coche y lo cerró.
‒ Ella me contó algo sobre usted hace un tiempo‒ pensó en preguntarle a Emma si sabía dónde estaba la mujer, llegó a sentir un escalofrío de ansiedad y antes de que la sensación fuera a más, preguntó ‒ Joven, ¿puedo preguntarle algo?
Emma estaba parada desde hacía dos minutos mirándolo, si salía corriendo se vería raro, así que no tenía por qué negarse a saber lo que él quería.
‒ Sí‒ Emma esperó
‒ ¿Por casualidad Regina ha contactado con usted?
Emma respiró hondo.
‒ ¿Regina? No. No, señor. En realidad, hace algunos días que no la veo por la ciudad‒ mintió y le gustó haberlo hecho cuando vio la decepción en sus ojos.
‒ ¡Qué pena! Usted trabaja en aquel hotel, ¿no? ¿Se estará hospedando ahí?
‒ Si la sra. Mills estuviera hospedada en el Hotel Hopper, con seguridad lo sabría, señor. Siento mucho no tener esa información.
‒ Se lo agradezco de cualquier forma‒ Daniel se dirigió a las escaleras y antes de cruzar la puerta, Emma seguía mirándolo. Él se despidió respetuosamente y entró.
Un escalofrío recorrió la columna de Emma y, por un momento, la muchacha dudó de que Daniel en algún momento hubiera estado enfermo hasta el punto de no poder caminar. Probablemente le había mentido a Regina. Por eso Emma lo odiaba tanto. No dejó que el encuentro con ese hombre le estropeara su buen humor mientras supiera que Regina estaba viviendo en su casa. Se puso los auriculares, encendió el iPod viejo y se marchó.
A media mañana, Regina había llamado a un taxi y se había dirigido a la tienda de coches usados del sr. Gold, quien se llevó una tremenda sorpresa cuando escuchó la campanilla de la puerta y vio quién había entrado. Gold soltó un documento que estaba leyendo solo para atender a la tan ilustre mujer.
‒ ¡Pero qué agradable sorpresa para mi tienda! ¿A qué debo el honor, sra. Colter?‒ se encaminó hacia ella extendiendo la mano, Regina se la apretó rápidamente.
‒ Buenos días. Creo que no será necesario que me llame "señora" y menos con ese apellido, haremos negocios solo tratándonos de "usted". ¿Qué le parece?‒ dijo Regina de buen grado.
‒ Sí, ¿cómo no? Como desee‒ Gold sabía que ella y Daniel se habían separado, podría preguntar, pero ella había hablado de hacer negocios, no perdería tiempo si iba a ganar dinero ‒ ¿Puedo serle útil en algo?
‒ He venido a comprar un coche‒ la escritora fue directa al asunto ‒ Aquel‒ señaló para el bonito escarabajo del escaparate.
Gold quedó asombrado con la elección. Miró hacia el coche y después de nuevo a Regina.
‒ ¿Está segura? Mire, querida mía, con todo el respeto, existen otros coches más aptos a su gusto en esta tienda. Siéntase libre para escoger, tengo opciones incluso más baratas, pero de mejor calidad.
‒ No quiero otro modelo, sr. Gold. ¡Quiero aquel!‒ Regina fue exigente.
El sr. Gold entendió la elección y no iba a oponerse, a fin de cuentas, era más ventajoso que Regina dejara la tienda con cualquier coche y él con los bolsillos llenos, que ella se fuera sin coche y él con los bolsillos vacíos. Fue a preparar los papeles de la venta lo más deprisa posible.
Ya estaba bien entrada la noche cuando Emma volvió a casa. Se quedó hasta más tarde en el hotel limpiando un cuarto extra para ganar más y estaba exhausta. Al entrar, sintió un rico olor a bollería. Debía ser la tarta que Regina mencionó esa mañana, pensó. Emma dejó la mochila sobre el sofá y caminó hacia la cocina, llamando a Regina, pero ella no estaba allí.
‒ ¿Regina? ¿Dónde estás?
El olor a tarta llenaba toda la casa. Emma vio la comida en el horno y estaba casi lista. Miró hacia los lados, buscó a la mujer en el jardín, tampoco estaba allí.
‒ Emma, en el garaje…Ven aquí‒ dijo Regina de lejos, con la voz ahogada por la distancia.
Emma abrió la puerta que había entre el pasillo y la cocina y pasó afuera, encontrando finalmente a Regina.
‒ Por fin te encuentro. ¿Qué haces aquí? ¿Es por tu coche nuevo?‒ preguntó la joven, intentando identificar la sombra metálica al lado de la mujer bien situada en medio del garaje, pero estaba oscuro.
‒ Enciende la luz, cariño‒ pidió Regina
La muchacha tiró de un hilo en lo alto, a su lado, y una bombilla amarilla iluminó el polvoriento y mal usado recinto. Se llevó un susto.
‒ ¡Oh, Dios mío!‒ dijo boquiabierta.
‒ ¿Qué te parece? ¿Te gusta?‒ Regina estaba apoyada, de brazos cruzados, en el escarabajo amarillo aparcado y sonreía intentando contenerse con la sopresa que había causado en Emma ‒ Es bonito, ¿no? Gold dijo que muchas personas han intentado comprarlo, pero nadie quería pagar el valor correcto. Un día él tuvo que retirarlo del escaparate para pintarlo. Tú llegaste a comentar que le habías echado un ojo a este coche, ¿no?
‒ ¡S-Sí! Sí, quise comprarlo, me enamoré de él. Tenía la mitad del dinero y ese viejo tarado no quiso vendérmelo porque estaba interesado en otro tipo de pago‒ Emma bajó los pequeños escalones de la entrada y caminó hacia el escarabajo, encantada ‒ Si hubiera ido contigo, te habría sugerido este, con certeza. ¡Qué bien que lo hayas comprado, mi amor!‒ pasó la mano por la pintura brillante del coche como si fuera suyo, después saltó a los brazos de Regina.
‒ Sí, lo he comprado y ni quise mirar otros modelos. Cuando puse mis ojos en él, sabía que era este el que debía traer.
‒ Has escogido bien, ¡es perfecto!‒ Emma rodeó a la mujer con sus brazos y la besó animada ‒ Quiero pedirte una cosa. El coche es tuyo, pero, ¿puedo dar una vuelta con él de vez en cuando? ¿Puedo? Te juro que voy a tener cuidado, tengo carnet, lo saqué hace dos años. Déjame andar con él solo un poquito.
La voz infantil de Emma hacía que Regina quisiera apretarla.
Ella enarboló un aire de misterio en su rostro, esperó un poco para hablar.
‒ ¿Quién ha dicho que el coche es mío?
Emma sintió cómo el estómago se le congelaba, como cuando se asustaba. Miró a Regina desconfiada y se apartó al entenderlo todo.
‒ ¿Es…Es mío?‒ se señaló a sí misma, parpadeando seguido.
‒ Sí, es tuyo. Todo tuyo‒ Regina sonrió, confesando la verdad.
Emma tomó aire y sacudió la cabeza tantas veces que se mareó. Se lanzó sobre la mujer, golpeándola levemente en el pecho, riendo tontamente.
‒ No me puedo creer que me hayas hecho esto…Te voy a…‒ dijo entre dientes en tono cómico.
‒ Lo he hecho y lo haría de nuevo si sigues quejándote. Es tuyo, Emma, el coche que tanto querías y merecías. En él huiremos de esta ciudad‒ Regina habló mientras agarraba las muñecas de la joven.
La idea agradó a Emma y rápidamente le lanzó a Regina una mirada seductora.
‒ Vamos a huir en este coche y jamás veremos de nuevo a quién haya vivido o pasado por aquí.
‒ Falta poco, mi amor. Muy poco‒ Regina asintió
Pensó en cómo sería esa huida, cuándo sería ese día, en qué circunstancias acabarían marchándose de Mary Way Village. Rezaba para que nada se lo impidiese, ningún contratiempo, ni Daniel ni la nostalgia que Emma sentiría de los tíos. Debía conversar con ella sobre ese tema en algún momento. No sabía cómo Emma se sentiría tan apartada de la única familia que le quedaba. En esos momentos no podía pensar en eso, y dejó que Emma admirara su regalo desligándose de los eventuales problemas. Emma le daría un buen uso al coche.
Más tarde, aquella misma noche, Belle buscó al patrón para despedirse después de la cena. Daniel se preparaba en el cuarto de arriba, solo que no para dormir. La empleada vio que terminaba de ajustarse el cuello de la camisa color vino y que se ponía perfume en el cuello. Dudó si llamar a la puerta para hablar con él, quizás molestaría, pero ya estaba allí, no quería tener que haber subido en vano. Dio dos golpes a la puerta y un paso adelante, entrando en el cuarto, deteniéndose al lado de una cómoda. Pasaron unos segundos hasta que ella reparó en las pastillas sobre el pañuelo al lado de la cama de Daniel, él no se estaba medicando.
‒ Perdone que lo moleste, señor, solo vengo para saber si necesita alguna otra cosa.
‒ No, Belle, puedes marcharte, no necesito nada‒ Daniel se giró hacia ella.
Belle asintió, y estaba saliendo del cuarto, pero aquellas pastillas echándose a perder al lado de la cama la incomodaron.
‒ Señor, ¿no se ha tomado su medicación?‒ preguntó de una vez, temiendo la respuesta.
Daniel respiró hondo y soltó el aire. Buscó la parte de arriba del traje sobre la cama y se lo colgó a los hombros.
‒ Ya no es necesario.
Belle quedó sorprendida.
‒ Ya no necesito tomar medicación, estoy curado de la enfermedad.
Rodeó la cama, acercándose a ella.
‒ Señor, ¿puedo preguntarle solo una cosa más?
‒ Lo acabas de hacer‒ sonrió de canto ‒ Pero puedes preguntar otra cosa
Belle retrocedió
‒ ¿A dónde está yendo tan arreglado?
‒ Voy al Rabbit Hole, aquel club a la entrada de la ciudad. Mi abogado me invitó a conocer a algunas personas, voy a aprovechar para conversar con él sobre el divorcio‒ Daniel se colocó el reloj en la muñeca, y lo tapó con la manga de la camisa.
‒ Siento mucho que ella y usted hayan decidido separarse‒ dijo Belle con un falso tono de lamento
‒ Yo también lo siento mucho, Belle. Jamás he querido que esto sucediera‒ Daniel comprobó la hora ‒ Bueno, tengo que irme. ¿Quiere que la deje en el centro?
Belle no se negó.
Él la dejó cerca del Anita's. Belle vivía en un apartamento a menos de una manzana, y como aquel era él camino que él tomaría, no tuvo problema en parar cerca.
Siguió el camino hasta los límites de la ciudad. El Rabbit Hole era un bar muy frecuentado en la víspera del fin de semana. No había grandes diferencias con respecto a otros bares donde ya hubiera estado, Daniel pensó que se había pasado en su forma de vestir, aunque las miradas que atraía le venían bien, ya que necesitaba sentirse atractivo para consolarse ante la pérdida de Regina. Se sentó en la barra y pidió un Gim. Cuando Isaac llegó, él deslizó un segundo vaso por la superficie de la barra.
‒ Te creí cuando me dijiste que tendrías a una muchacha sentada a tu lado cuando yo llegara‒ dijo el abogado.
‒ Bromeaba‒ dijo Daniel en voz baja, bebiendo un nuevo trago del vaso
Isaac miró alrededor. El club estaba lleno, algunas personas sentadas en las mesas, la mayoría jóvenes. Él se sentó al lado de su cliente, ahora un colega. Tras unos tragos y una conversación sobre desilusiones amorosas, Isaac miraba para su vaso vacío y hablaba muy alto
‒ ¿Cómo puedes estar seguro de que tiene a otro?
‒ Lo vi en sus ojos, Isaac. Juro que lo vi‒ Daniel balbuceó, apuntando a los ojos con los dedos ‒ Esa mujer está enamorada, y no es poco. Ha pedido el divorcio porque quiere marcharse con otro. Si descubro quién es, te juro que lo mato‒ apoyó la cabeza sobre los brazos extendidos en la barra, comenzando a llorar copiosamente, ciertamente las emociones exacerbadas por el alcohol.
‒ Pero, ¿qué es esto, muchacho? No te preocupes. ¿Para qué quieres que ella vuelva si puedes conseguir una de esas muchachas soñadoras que vendería su alma para llevar la vida que ella tenía contigo? ¿Hein? ¿Qué me dices? Conozco a algunas que están frescas. Si es necesario, le pido la lista a Gold, él sabe cómo llamar llamar la atención de esas muchachas como nadie en la ciudad‒ Isaac golpeaba la espalda de Daniel
‒ No, no quiero a ninguna muchacha, la quiero a ella, a mi mujer. Y si no pudiera tener a Regina de regreso, solo hay una persona que podría estar en su lugar‒ Daniel alzó el rostro, miró al abogado con ojos aguados.
‒ Aham, entonces amigo, tenías una sustituta para las horas libres, ¿es eso lo que he entendido?
‒ Sí, tenía una sustituta. Y era buena, Isaac, era un volcán. Era caliente, excitante, atrayente.
‒ Entonces, ¿dónde está ahora?
Daniel sacudió la cabeza, dejó que un par de lágrimas resbalara por su mejilla.
‒ Muerta.
Él movió su vaso de un lado a otro observando el nivel de bebida.
Isaac tragó en seco y decidió que hora de marcharse, iba a buscar una muchacha en otro bar.
‒ Vale, amigo, tú ganas‒ le volvió a dar unas palmadas en la espalda y pagó lo que había consumido antes de dejar a su cliente lamentándose solo.
Daniel solo dejó el bar cuando la cabeza le dolía y su inconsciente le sugirió que fuera a andar un poco por la playa. Dejó el dinero encima de la barra y salió del bar, y tardó un poco en encontrar el coche.
La costa no estaba lejos de la entrada de la ciudad. Dos curvas y veía la extensión entera de Mary Way Village. Dejó el coche en un recodo con suerte de que no había nadie cruzando la avenida en aquella hora. La playa era un sitio desierto y Daniel no recordaba cómo había llegado allí en su estado. Consiguió caminar, condujo, aunque los pensamientos fueran confusos y sombríos. Caminó. Pensó en pasear por la arena, pero no sabía cómo llegar a ella, quizás fuera mejor quedar allí mismo, contemplando desde donde estaba la belleza del agua oscura. Entonces divisó el embarcadero, los bancos clavados en la madera y un mirador, fue hasta allí. Al ver el mar de cerca, el vello de su nuca se erizó. Estaba muy cerca del agua y el efecto de la bebida le provocaba vértigo. Daniel tocó la madera del embarcadero y se agarró, respirando profundamente. El olor a sal lo trajo a la realidad, rompiendo la barrera del alcohol en su organismo. Quizás fuera su imaginación, quizás no, pero creyó escuchar un susurro, como si alguien supiera que él estaba allí.
En aquel momento, Ingrid había sido dejada a la entrada del embarcadero por un hombre cualquiera con quien había quedado para salir. Vestía como un alma oscura perteneciente a la noche, toda de negro, en un vestido hecho a medida. Aquella parecía una réplica del vestido de Morticia Addams, y de día parecería muy sencillo, pero a la mujer le sentaba muy bien. Ese mismo día se había cortado el pelo, caían lisos sobre sus hombros, sin embargo no había servido de nada arreglarse tanto, no había aprovechado la noche con el hombre con quien había salido, porque el susodicho había recibido una llamada de la esposa y tuvo que regresar a casa. No era la primera vez que eso le pasaba, ni la primera vez que se quedaba sin mojarse los labios, se sentía frustrada. Para ella aún era temprano, tenía tiempo de cazar a otra víctima.
Por instinto, miró hacia atrás y lo vio sin reconocerlo. Pensó que era un borracho bien vestido vomitando en el mar, pero algo le dijo que fuera a comprobar. Sus tacones hacían ruido mientras se acercaba al hombre apoyado en el embarcadero, notó el olor a alcohol, no más fuerte que el perfume que llevaba él. Extendió la mano hasta el hombro y él se giró.
Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Su corazón se apretó dentro del pecho ante lo que estaba viendo.
Era Daniel.
Petrificada, Ingrid abrió de par en par los ojos hacia él, quien finalmente la miró.
Daniel salió del ensimismamiento alcohólico y abrió los ojos tanto como la rubia delante de él. No podía ser, no debía ser, pero ella estaba allí. Ingrid en carne y hueso, él la conocía, su nombre le vino a la mente en cuanto reconoció su rostro. Tal fue el susto que Daniel casi pierde el equilibrio, cayendo casi al agua, suerte que estaba la barandilla que agarró con firmeza en los mínimos segundos de lucidez que estaba teniendo.
‒ ¡Tú! ¡Eres tú! ¿Estoy viendo un fantasma o es que sigues viva?‒ dijo trémulo, asustado como si lo que tuviera delante fuera un fantasma.
Ella no conseguía pronunciar palabra, ni una sílaba. Intentó huir, pero el tacón del zapato quedó preso en una de las grietas del suelo y tropezó.
Daniel intentó sostenerla, agarró su brazo, pero cayó al suelo junto con ella. Mareado, se levantó antes y tiró de ella, intentando ver su rostro de cualquier madera. Ingrid se debatía, pero estaba presa en las manos del pintor.
‒ ¡Cómo te pareces a ella! ¿Cómo pueden dos personas ser tan parecidas? Eres igual a ella…‒ decía desesperado, apretando los brazos de Ingrid.
‒ ¡Suélteme! Suélteme, por favor. No soy quien usted cree‒ ella pidió asustada ‒ Voy a gritar si no me suelta. ¡Suélteme!
‒ Hasta tu voz es igual a la de ella…Esto no es posible.
‒ ¡Suélteme, por el amor de Dios! No soy esa persona…¡Voy a llamar a la policía!
Daniel no tenía miedo de la policía, ni estaba preocupado, simplemente soltó los brazos de Ingrid y la dejó correr a lo lejos con los zapatos en la mano. Se llevó la mano a la cabeza y vio cómo ella desaparecía como un bulto. Miró alrededor, no había nada, nadie aparte de él para ser testigo de lo que había acabado de ver. Si era verdad, ya de eso no estaba seguro.
