Lo siento mucho, Colibrí

David, al mirar a Emma, sintió su corazón afligido. ¡Ella es tan joven! La quiero como a una hija. Soy el único en quien ella confía. Pensó en qué reacción habría tenido si eso mismo le hubiera sucedido a un hijo o hija de verdad. Tendría que entenderlo. Quizás fuera doloroso, porque es difícil para un padre ver a sus hijos siguiendo caminos diferentes a los esperados para ellos. Pero nadie tenía derecho a escoger por los hijos, y la función de los padres es amarlos, sean cuales sean las elecciones que ellos tomen. David pensaba en sus padres. Recordó a su hermana y la decepción que ella causó a la familia antes de que Emma naciera y, aún así, la matriarca Swan nunca dio la espalda a Ingrid cada vez que regresaba.

Tras unos segundos en silencio, Emma le dirigió una mirada de alivio. Ella se había sacado un peso de los hombros y David estaba feliz de que hubiera confiado en él. Acarició el rostro de la muchacha, enjugó una lágrima solitaria de su mejilla y quiso decirle que entendía.

‒ Entiendo, hija mía. No escogemos de quién nos vamos a enamorar.

Emma suspiró.

‒ Tenía miedo de ser una decepción para ti

‒ Hija, estoy mucho más tranquilo por haberme confiado eso‒ hizo que ella se sentara de nuevo‒ ¿Puedo saber quién es esa mujer?

Emma dudó, no quería decirle que estaba enamorada de la esposa del famoso pintor que se había mudado a la ciudad recientemente. Regina aún estaba metida en el divorcio. Confiaba en el tío, pero de momento solo pensaba en proteger el nombre de la escritora.

‒ No puedo decirte quién es ella. Solo puedo contarte que dentro de algunos meses dejaré la ciudad con ella. Ese día sabrás quién es y lo que hace. Te lo prometo.

David frunció el ceño, confuso

‒ ¿Por qué vas a dejar la ciudad?

‒ Sabes que desde siempre la gente de aquí me compara con mi madre. La mujer que amo está dispuesta a comenzar una vida conmigo lejos de aquí, porque esta ciudad tampoco es sitio para ella‒ decía Emma en un tono lo más pacífico posible.

‒ Ahora entiendo. Puede ser la mejor opción‒ reflexionó David

‒ Es la mejor opción‒ confirmó Emma ‒ Aún existe un detalle que tiene que ser resuelto, así que en cuanto ella finalmente se libre de ese detalle, nos vamos juntas.

David intentaba no preocuparse, pero tenía que hacerle una pregunta a Emma.

‒ Emma, ¿no estarás relacionándote con esa mujer por solo querer salir de la ciudad, no?‒ esperó con ansias la respuesta.

La cara que puso dejó de manifiesto que se había sentido ofendida.

‒ En absoluto‒ respondió enérgicamente‒ Me he enamorado de ella de verdad

‒ Comprendo. Pero, ¿y si algo sale mal y no consigue resolver lo que tiene que resolver y no te marchas? Tengo miedo de que te decepciones, hija.

Emma respiró hondo, sacudió la cabeza negándose a aceptar lo que el tío suponía

‒ Ella nunca me decepcionaría. Ya es suficiente con todo lo que he pasado con la gente de aquí. No confío en otra persona como confío en ella, a no ser en ti que eres de la familia, pero ella, no puedo no creer en lo que hemos planeado hacer juntas.

Él asintió, mientras miraba sus manos, pensando en lo que había llevado a la sobrina a tomar una decisión tan importante.

‒ No hay como volver atrás, ¿no? Estás de hecho decidida a marcharte

‒ Sí, tío. Pero no pienses que me voy a olvidar de ti y de Mary. Mandaré noticias, hablaremos por teléfono, y además puedo mandar cartas. Hay muchas formas de mantener el contacto.

‒ Vamos a echarte de menos‒ su voz salió ahogada por el nudo que tenía en la garganta.

‒ Y yo a vosotros dos. Gracias por todo. Os quiero y a ti principalmente. Nunca me has decepcionado, y al igual que tú me consideras una hija, yo te considero un padre.

‒ Lo sé. Ahora me doy cuenta de ello. Es natural que me sienta orgulloso de que me hayas confiado algo tan íntimo‒ dijo al alzar la cabeza.

‒ Cuando puedas, dale las gracias a esa persona que está conmigo y amo tanto. Fue idea de ella que conversara contigo.

‒ Claro que lo haré, pero le voy a agradecer aún más que haya conseguido una proeza‒ David contempló a la sobrina más tranquilo. Le sonrió, pero quería echarse a llorar de nuevo ‒ Has cambiado, hija. Ella te ha devuelto el brillo en tu mirada. Sea quien sea, merece mi respeto.

Emma le devolvió su sonrisa y no se contuvo en abrazarlo de nuevo. Él tenía razón sobre Regina. Ella, y solo ella, había sido capaz de devolver el brillo que Emma había perdido hacía mucho tiempo, y viceversa. Parecía una gran broma del destino ponerlas juntas para que se complementaran, pues era así como Emma se sentía después de tanto tiempo sola en el mundo, sentía una plenitud que tranquilizaba su alma.

Tras un tiempo dando y ofreciendo cariño al tío, Emma se marchó. Mary Margaret escuchó a la muchacha salir y apareció en el pasillo.

‒ ¿Qué le pasaba, David? La encontré tan distante cuando llegó. Mira, ni probó las galletas que hice. ¿Acaso se habrá enterado de lo de Ingrid?

‒ A Emma no le pasaba nada. Está bien‒ dijo él caminando hacia la ventana para acompañar a la sobrina que caminaba por la calle hasta girar en una esquina ‒ Emma está aprendiendo a vivir, Mary.

Mary miró a David desde la cocina, parando lo que estaba haciendo.

‒ ¿Qué has dicho?

‒ Emma está aprendiendo a amar, Mary. Nuestra sobrina ha descubierto el amor. Ha crecido tanto‒ habló con sorpresa en la voz como si por mucho tiempo Emma hubiera estado presa en una jaula y finalmente le hubieran dado la libertad. Era palpable lo mucho que admiraba a la sobrina. Pero entonces sintió culpa por haberse olvidado de contarle que Ingrid había regresado. ¿O no había tenido el valor para hacerlo? ¿Sería justo decírselo después de aquella confesión? No, no era. Había sido un cobarde, pero no estaba arrepentido.

Mary supo después que Emma aún desconocía que la madre estaba en la ciudad. No le era ninguna sorpresa, sabiendo que David tenía miedo de lastimar a la muchacha, y Mary rezaba para que Emma no lo descubriera de la peor forma posible.


Algunas horas después, Daniel recibió una llamada de Isaac confirmando su cita con Beth, la mujer de quién habían hablado. Sea cual fuere el contacto que ella tenía con Gold, fue lo suficientemente rápida para aceptar ayudar a un hombre casi divorciado a olvidar a su futura ex mujer. Aunque ese no fuera el objetivo de Daniel, su voz interior le gritaba que se citara con Beth y aclarara si era real o lo había soñado.

Una vez más le dijo a Belle que se podía ir y marchó a una dirección de un bar. Según Isaac el lugar era perfecto para aquel tipo de encuentros.

Daniel se preparó igual que la noche del susto, vestido con un traje distinto, cabellos peinados hacia un lado, perfumado, impecablemente atractivo. Normalmente no era supersticioso, pero tocaba constantemente el reloj de bolsillo, atado a los pantalones, como si estuviera tocando un amuleto de la suerte, para tranquilizarse. Cuando entró en el antro mal iluminado, sus piernas flaquearon. Vio al fondo el letrero del bar. Había poca gente. Y ella.

Beth estaba de espaldas a Daniel, sentada en la barra mientras se ajustaba el escote del vestido. Parecía inquieta y no tener idea de a quién vería esa noche. ¿Y a quién le importaba quién era si le pagaba sus dosis de coñac?

Daniel tardó un poco en acercarse. La observaba de espaldas, los cabellos sueltos y largos hasta los hombros. Podría ser otra mujer. Dudó si seguir con aquella locura. Se decepcionaría si esta mujer no tuviera sino la apariencia de su vieja conocida. Solo había una forma de terminar con aquello, yendo hacia ella. Así que, Daniel dio pasos firmes hasta la mujer, sintiendo escalofríos de miedo recorrer su columna. Se detuvo tras ella, iba a tocar su hombro, pero prefirió no hacerlo. Ella llevaba un perfume barato, alguna colonia tal vez. Le dieron ganas de estornudar. Le hizo una señal al barman y se sentó dos asientos más allá de ella.

‒ Una ginebra, por favor, y otra para la señora‒ pidió, mientras se sentaba. Ella alzó los ojos, había reconocido la voz.

Beth quedó petrificada, tenía miedo de mirar hacia su lado. Entonces, era ese el hombre que quería verla. El hombre que necesitaba distracción, un empujoncito como le había dicho Gold. Daniel todo el tiempo. Pensó en salir corriendo, armar un escándalo, sin embargo era una idea arriesgada y su verdadera identidad estaba en juego. Algunas personas sabían quién era, su verdadero nombre y la noticia correría deprisa por la ciudad. Beth sintió cómo sus manos se helaban y la garganta se le secaba.

Él la miraba, una mezcla entre el asombro y el cuestionamiento. De tanto que tenía el ceño fruncido le dolían los ojos. Y antes de poder decir nada, el camarero volvió con los dos vasos llenos.

Daniel agradeció y se giró hacia ella.

‒ Era usted en el muelle, ¿me equivoco?

Beth parpadeó despacio, no tenía salida.

‒ Sí‒ giró el rostro hacia él finalmente ‒ Me dio un gran susto

Cuando Daniel vio su rostro fue como volver al pasado. Quería tocar sus mejillas para tener la certeza de que no podía ser quién pensaba que era. Por un momento se descontroló y la agarró por el brazo.

‒ No huyas, por favor. Tienes un gran parecido a una persona que conocí hace muchos años.

‒ Suélteme, o si no, grito‒ dijo irritada. Ver su rostro también la conmocionó y de repente sintió una tristeza inmensa.

‒ Discúlpeme‒ apartó las manos de ella. Se rascó los cabellos en la parte alta de la cabeza y apoyó el codo en la barra ‒ Discúlpeme también por aquella noche. La bebida me desequilibra mucho.

Beth fingió que entendía

‒ Claro. La bebida. ¿Y pidió mi contacto solo para disculparse?‒ hizo la pregunta alzando las cejas, los ojos se iluminaron y le pareció más bonita.

‒ Para disculparme y solventar una duda que me está matando por dentro‒ Daniel iba a decir su nombre, decidió quedarse callado y esperar.

‒ No soy quién piensa que soy, señor

‒ Puede que no lo sea, aún así se parece mucho a ella.

‒ ¿Y qué culpa tengo yo de ser una doble de esa mujer? Hay muchos dobles por el mundo.

‒ Reconozco que a pesar de ser muy parecida, hay alguna diferencia. Conocí a esa mujer cuando éramos jóvenes. Lo que recuerdo de su apariencia es suficiente para llegar a la conclusión de que pueden ser hermanas gemelas.

‒ No tengo ninguna hermana gemela, no tengo parientes si eso le ayuda a convencerse‒ dijo Beth, estirando los cabellos hacia atrás, y buscando la bebida ‒ Si ha pedido la bebida pensando en la otra mujer que se parece a mí, creo que en el gusto sí nos parecemos.

‒ Recuerdo cada detalle, cada gusto y cada manía que ella tenía‒ Daniel se enderezó

‒ Disculpe que le pregunte, ¿es usted casado?‒ ella sabía que él y Regina se estaban separando, pero necesitaba confirmarlo.

‒ Me estoy divorciando‒ dijo y ahora Regina pobló su mente ‒ Yo no quería, pero ella ya no me ama.

‒ Lo siento mucho‒ dijo Beth tras dos grandes sorbos del vaso ‒ Esa fase pasa, no se preocupe. Y esa mujer de la que habla tanto, ¿quién es exactamente?

Él miraba su escote sin disimulo.

‒ Esa mujer fue el primer gran amor de mi vida‒ se puso serio

‒ Ahora entiendo por qué estaba tan desesperado cuando me vio en el embarcadero‒ Beth replicó irónica.

‒ Habría jurado que era usted. Pensé que lo había soñado, pero era tan real como para ser un sueño‒ sacudió la cabeza de un lado a otro ‒ Solo me convencí de que era otra porque supe que ella había muerto.

Ella triunfó de forma triunfante, sin que él se diera cuenta.

‒ Lo siento mucho‒ repitió. Beth miraba a Daniel sin pena. Aún era atractivo, guapo y si quisiera podría llevarla a la cama. Ella aún sentía rabia por haber sido dejada de lado en favor de Regina. Un romance de mucho tiempo, de muchos planes y riesgos tirados a la basura de manera injusta. Haciéndose pasar por otra persona, Ingrid quería venganza, solo que no sabía cómo hacerlo. No mantendría la mentira por mucho tiempo. Quizás fuera mejor dar por concluída la cita, marcar para otro día ‒ Creo que nuestro encuentro termina aquí, sr. Colter.

Él la miró sorprendido.

‒ ¿Cómo sabe mi nombre?

Ingrid tragó en seco. Sonrió para intentar disimular.

‒ Ah, Gold, él no mantiene la boca cerrada‒ mintió

El pintor se levantó y encaró a la mujer.

‒ Beth…‒ la voz salió baja. Rápidamente unió los puntos, finalmente. ¿Quién era Beth? Ella era Ingrid. Su voz interior le dijo todo lo que tenía que saber ‒ Su nombre no es Beth.

Ingrid se convirtió en rehén.

La agarró por la muñeca y apretó, clavando sus ojos, llenos de odio, en ella.

Su deliz le había costado caro y no había tiempo para corregir. En un segundo, sus nervios afloraron. Ingrid, asustada, empujó el vaso con la bebida de la barra y el desastre estaba hecho. El ruido del cristal rompiéndose en pedazos distrajo a Daniel y ella echó a correr.

Ingrid salió disparada del bar. Nunca se había arrepentido tanto de ir a una cita con tacones, pero aún así consiguió correr lejos del bar. Su pecho se le encogió, sin aire, y tuvo que parar. Una manzana después, puso una mano sobre el busto y miró atrás, jadeante. No vio a nadie. Lista para decir "Gracias a Dios", otra mano pesada la detuvo.

‒ No te vas a ir a ningún sitio sin darme una explicación‒ Daniel la giró hacia él. Estaba agresivo, hablaba entre dientes ‒ Intenta huir de nuevo ahora

Ingrid tembló en sus brazos.

‒ ¡Por favor, escúchame, puedo explicar!‒ gritó aterrada

‒ Empieza, vamos‒ estaba inclinado sobre ella, a punto de apretarle el cuello.

‒ ¡No puede ser aquí, Daniel, estamos en mitad de la calle!

‒ ¿Por qué mentiste sobre tu muerte?

‒ Era necesario, sentí rabia de ti‒ Ingrid respondió rápido

‒ ¿Por qué motivo?

‒ Regina‒ Ingrid escupió el nombre en su cara ‒ La escogiste a ella. Me amabas, sé que me amabas‒ todos los recuerdos vinieron a la superficie y el odio tomó el lugar del miedo ‒ Me cambiaste por ella sin ninguna consideración por lo que vivimos. Te amaba, Daniel. Estuve completamente enamorada de ti‒ sus ojos se llenaron de lágrimas, y Daniel la soltó despacio ‒ Todo lo que hicimos para estar juntos, los riesgos que corrimos, los secretos, las mentiras que contamos a los demás ‒ Ingrid sorbió la nariz, y continuó ‒ ¿Qué pensaste que iba a hacer? ¿Aceptar? Jamás aceptaría ser cambiada por ella, Daniel. ¡No sabes el dolor que sentí al leer aquella carta, aquella maldita carta! No sabes las locuras que pensé hacer. Iba a contar toda la verdad, iba a ir a San Francisco tras ella y decirle del marido infiel que ella ni imaginaba que tenía. ¡Y ahora mira, qué interesante! Ella está deshaciendo el matrimonio para hacer contigo exactamente lo que me hacías a mí.

Ingrid era pura emoción cabreada. Estaba dolorosamente herida por todos esos años y Daniel era el único culpable. Ella se abrazaba a sí misma, se pasaba las manos por los brazos desesperada por el frío y lloraba frente a él, mirando aquel rostro astuto y bonito. Aún lo amaba, solo que no tenía el valor para admitirlo.

‒ Fingiste haber muerto para que yo sintiera remordimientos‒ concluyó Daniel.

‒ El remordimiento es poco, pero fue lo único que tuve valor de hacerte sentir‒ sollozaba‒ Te sentirías tan arrepentido cuando supieras que me había matado por ti…Ah, Daniel, no debiste olvidarme.

Daniel se restregó las manos en el rostro. Sucedió de repente, como una ola chocando contra su cuerpo o un rayo cayendo sobre él. No iba a negar que en la carta que le había mandado había dicho la verdad, en aquella época realmente se había enamorado de Regina, sin embargo nunca se había olvidado de Ingrid.

‒ Lo siento mucho, Colibrí‒ siempre la había llamado así, y eso fue un peso enorme para Ingrid si se tenía en cuenta la conversación extraña que estaban teniendo ‒ Jamás te olvidé

Los labios de Ingrid temblaban, las lágrimas habían hecho que el maquillaje se corriese y líneas negras se deslizaban por su rostro empolvado.

‒ No me llames así‒ su voz fallaba ‒ No pronuncies ese nombre

Viéndola tan desamparada, Daniel se quitó la chaqueta y cubrió sus hombros con ella, cual caballero. Su sufrimiento era contagioso, bajo protestas la acogió en sus brazos y pegó su rostro bañado en lágrimas sobre su pecho.

‒ Lo siento mucho, querida. Perdóname‒ Daniel dijo con pesar ‒ Siempre tuve la impresión de que aquella carta era una broma de mal gusto. Confieso que me siento aliviado de que estés viva, Colibrí.

‒ No me llames así, por favor, no me llames así‒ Ingrid pidió de forma más incisiva.

‒ Tenemos mucho de qué conversar. Quiero que vengas conmigo

Ingrid quedó sorprendida, después intrigada con la idea. Sin decir nada, se dejó llevar por él. Salieron de en medio de la calle y retrocedieron la manzana hasta el coche.


El sueño comenzó con Regina dejando un beso tierno en su frente.

‒ Qué duermas bien‒ dijo la mujer, apartándose para ir al balcón del cuarto y encender un cigarro.

‒ Por favor, no tarde en venir a la cama‒ Emma protestó, pero el sueño era tanto que los ojos se cerraban por sí solos. Se durmió.

Regina dijo algo distante, la voz sonando de fondo y Emma quiso abrir los ojos.

‒ Descansa mientras puedas, querida, pues cuando regrese no volverás a tener una noche de sueño tranquila.

De repente, ya no era la voz de Regina la que decía esas palabras.

‒ ¿Re-Regina?‒ Emma intentaba, pero sus ojos pesaban una tonelada ‒ ¿Qué has dicho?

Una figura sombría se apartaba de las puertas del balcón y se acercaba a la cama para echarse sobre Emma a una velocidad aterradora.

‒ Descansa, hija mía. Mamá está viniendo.

Emma abrió los párpados y vio aquel rostro de entre las sombras. Ingrid. Vestida con una capucha que cubría la mitad de su cara, su mano tapó la boca de la hija para que no gritara. Emma sintió un dolor profundo en la parte baja del estómago. Poco a poco, y de la forma más cruel, fue perdiendo los sentidos. Primero la visión, después la fuerza cuando sus manos cayeron sobre la cama y por último, la audición. Lo último que escuchó fue una risa diabólica de la madre resonando en un universo de oscuridad.

Emma gritó, tan alto que Regina se despertó con el susto.

‒ ¡Emma, Emma, despierta!‒ Regina la sacudió, llamándola

Al abrir los ojos, Emma abrazo, aliviada, a la mujer. Helada, jadeaba en busca de aire y sudaba con un sudor frío.

‒ ¿Qué ha pasado? Habla conmigo, mi amor

‒ ¿He vuelto?‒ la joven estiró los brazos intentando mirarlos para estar segura de que no había sido más que un sueño ‒ ¿Fue una pesadilla?

‒ Sí, mi amor. Una pesadilla. Ahora todo está bien, estoy aquí contigo. ¿Puedes sentirme?

Emma tocó su rostro, sus hombros, asintió, humedeciendo los labios secos y amoratados. Sintió un resquicio de la pesadilla en su cuerpo, un pinchazo en el exacto lugar en que Ingrid la había apuñalado. Se tocó la barriga y puso cara de sufrimiento.

‒ Era Ingrid…Estaba intentado matarme

Mills dio un beso a la joven en la frente y permaneció a su lado. Agarró su mano, le acarició el dorso, esperando.

‒ ¿Tu madre? ¿Por qué haría eso?

‒ Me odia‒ Emma se hundió en el abrazo de su amada y no quiso mostrarlo, pero lloró quedamente.

En el más absoluto silencio, Regina llevó a Emma a la planta baja. Intentó replicar la receta de chocolate caliente de la muchacha, sin embargo, lo que salió fue una bebida dulce, suave, con un sabor muy tenue a chocolate. Emma no se incomodó, no dijo nada sobre eso, solo aceptó la taza caliente y el acogedor refugio de los brazos de Regina en el sofá. La noche estaba fría, compartieron una manta. Tomaron la bebida, aún en silencio, la mujer respetando el silencio de la joven. Todo lo que Regina deseaba era ser el escudo de Emma, enfrentar los miedos con ella y entender un poco más aquella cabecita joven. Sin embargo, en lo que se refería a Ingrid, Mills no tenía idea de con quién estaba lidiando a no ser por las cosas que Emma le había contado sobre ella.

‒ Gracias por estar aquí‒ declaró la muchacha, llevando sus labios a la bebida caliente.

‒ No voy a irme de tu lado nunca‒ la escritora acarició los cabellos de la muchacha, olió los mechones teñidos, imaginando cómo sería Emma si se dejara su color natural y deslizó el brazo derecho hacia ella ‒ ¿Estás más calmada ahora?

‒ Uhum‒ Emma gimió ‒ Solo fue un mal sueño. Habría sido peor si hubiera estado sola‒ había dejado de beber, solo veía cómo se enfriaba en la taza.

‒ Ya pasó, querida. Ahora todo está bien‒ Regina repitió los gestos anteriores.

‒ Creo que nunca estaré totalmente tranquila mientras viva en esta casa. Es mi hogar, donde he sido criada, sin embargo vivo con el miedo de que Ingrid regrese y me obligue a aceptarla aquí. No sé si soportaría ver su cara de nuevo‒ se lamentó

Regina dejó la taza sobre la cómoda y rodeó a la joven. En realidad, ya no aguantaba estar en aquella posición, a su espalda, sin poder mirarla a los ojos. Así que, consiguió colocarla mejor a su lado para poder verla bien.

‒ Tengo que preguntar, Emma. Si tu madre regresa antes de que nos vayamos, ¿qué vas a hacer?

‒ No sé‒ Emma abrió sus ojos verdes y dejó vagar la mirada por la alfombra de la sala ‒ ¿Debo pensar en hacer algo con ella?

‒ Tienes que pensar que ya eres adulta y puedes encararla de igual a igual. Tu madre puede haberte hecho mucho daño, pero aún así es tu madre.

‒ Cada vez que dices eso tengo ganas de vomitar.

‒ Perdóname, mi amor

‒ También debías sentirte así con tu marido

‒ Ex marido‒ corrigió Mills ‒ No lo odio, ni le tengo miedo. Tengo recelo de lo que pueda hacerse a sí mismo y como consecuencia a mí, si estoy cerca de él.

‒ ¿No es lo mismo?

‒ No creo que lo sea. Y por favor, vamos a evitar hablar de él.

‒ Me pregunto qué sería de mí si mi padre me hubiera reconocido‒ Emma sacó a colación un viejo tema. Era extraño que pensara en el padre, en el político que Ingrid intentó engañar. Su expresión se volvió pálida, enferma por explicaciones que hoy en día ya no tenían fundamentos de ser ‒ Sería una chica rica. Quizás viviera en una mansión aquí mismo en Blue Hill, no necesitaría trabajar en la vida, tendría un coche moderno, todo, Regina. Todo.

La sra. Mills intentó despertar a la muchacha de esas ensoñaciones. Emma estaba caliente, quizás tenía fiebre.

‒ Y jamás me habrías conocido.

Emma parpadeó varias veces.

‒ Jamás te habría conocido‒ repitió ‒ Como mínimo serías mi escritora favorita. Eres mi escritora favorita ahora, pero también eres mi amante. Tendría todos tus libros, pero no nos encontraríamos, porque un día yo me marcharía de Mary Way Village para viajar por el mundo a costa de mi padre.

‒ Serías otra Emma completamente diferente a esta que conozco.

‒ Pija y mimada.

‒ No te teñirías el pelo

‒ Eso, con certeza, no lo haría‒ la muchacha dejó escapar una sonrisa

Regina siempre supo que, de vez en cuando, Emma pensaba en las diferencias si su vida siguiera otro plan. No le impedía que soñara, incluso soñaba con ella, y consecuentemente pensaba en la vida que llevaría si Daniel nunca hubiera descubierto la enfermedad que los había traído a esa pequeña ciudad del interior de Maine tras la curación. En el fondo, no había encontrado la cura para el marido, pero había encontrado su propia cura para algo llamado infelicidad.

‒ Tener todas las cosas del mundo no sustituye al amor, Emma‒ Regina le dedicó una mirada amorosa.

‒ Pero acabé ganando todos los placeres del mundo en uno solo‒ Swan se sentó en el regazo de Regina, cara a cara con ella ‒ Tú eres todo eso. Viviría todo de nuevo solo para tener la oportunidad de conocerte una vez más, tener la sensación de estar enamorándome. Eso es maravilloso, mi amor‒ agarró su mentón, jalándolo hacia ella.

Después de que se besaran, la mujer pensó en llevar a Emma arriba de nuevo, pero tan envuelta en el ambiente romántico que calentaba la noche, permaneció con Emma en su regazo, enmarañando los cabellos, siendo marcada por los dientes y lengua de la joven, muriendo de pasión. Emma le hizo el amor despacio, no había hora para acabar. Así, la pesadilla quedó como un mero detalle extraño de aquella madrugada.


Desde la partida de Regina de la mansión, Belle solía llegar una hora más tarde con la copia de la llave de la parte de atrás. La rutina, siempre la misma, era dejar su bolso en el armario y cambiarse de ropa, y así lo hizo esta vez. Preparó el desayuno, sirvió la mesa y miró el reloj de pared antes de subir para llamar a su patrón.

Casi a punto de subir las escaleras, algo fuera de lo común la detuvo en el pasillo. Zapatos. Dos pares. ¿Qué significa aquello? Pensó que eran del sr. Coler, pero uno de los pares era demasiado femenino. Zapatos de tacón. Belle los cogió para mirarlos, un hermoso par de zapatos junto con los de Daniel. No era el único detalle extraño en el pasillo. La puerta del taller de Daniel estaba abierta y allí dentro un vendaval había tirado los cuadros. Nada parecía en orden. Belle vio los armarios abiertos, botellas de alcohol vacías y una copa caída sobre un cuadro antiguo. Podría resolver el misterio del cuadro del pájaro que estaba segura haber visto entre tantos otros. Sin embargo, estaba corriendo un gran riesgo perdiendo el tiempo. ¿Y si el patrón la pillase in fraganti? Si Daniel estaba durmiendo, ella conseguiría encontrarlo. No obstante, la curiosidad sobre la dueña de los zaparos era gritante. En un primer momento, pensó que Regina había vuelto y hecho las paces con el marido.

La empleada subió las escaleras, lo primero que escuchó fue el sonido del agua. Daniel debía estar bañándose. Eso no le impidió avanzar hacia su dormitorio, pues la puerta abierta de par en par seducía a la muchacha. Se acercó, callada, el corazón en la boca. Un desastre también: ropa, otra botella y copas en el suelo. Comenzó a seguir el rastro que iba desde la puerta hasta los pies de la cama, y entonces vio las sábanas tiras en el suelo, menos una parte que cubría las almohadas y un volumen extraño. Belle juró que había alguien debajo. Estaba más segura aún de que Regina había vuelto. Si era la patrona, no se preocuparía por tener que avisarle del desayuno. Así que dio la vuelta a la cama y tocó el volumen con cuerpo de mujer. Tocó donde pensó que estaría el hombro.

‒ ¿Regina?‒ susurró ‒ Estoy feliz de que hayas vuelto a casa‒ tuvo cuidado para ser rápida ‒ El desayuno está listo.

Belle dejó de hablar. El cuerpo de debajo de las sábanas se movió, se giró hacia un lado. La sábana cayó al suelo revelando a una mujer rubia y completamente desnuda.

‒ Hum, buenos días‒ dijo Ingrid, bostezando.

Belle soltó un grito histérico y salió corriendo de allí