Si tienen en cuenta el final del capítulo anterior, este puede despistar un poco, pero en este se cuenta lo que pasó entre Daniel e Ingrid la noche anterior.
Ingrid
Era una de las primeras veces en que Ingrid no estaba actuando para conseguir algo que deseaba. Lejos de estar queriendo algo, entró en el coche con Daniel, llorando copiosamente tras ser colocada en el asiento del copiloto y él cerrar la puerta. No dijeron nada durante el trayecto. Su lloro era lo único que se escuchaba a parte del ronco motor, y ella solo calló cuando vio a donde habían llegado. Todo quedó oscuro de repente y Daniel descendió para tirar de la puerta del garaje con tanto cuidado como alguien que está escondiendo un cuerpo en el maletero en medio de una fría noche.
Daniel la sacó del coche y la condujo por la parte de atrás de la casa hasta estar seguros allí dentro. Tiempo suficiente para que Ingrid entendiera que sus planes habían salido mal y de nada había servido rezar por la infelicidad del pintor cuando él la había dejado. Todo brillaba en el pasillo, aunque la riqueza que Daniel había conseguido con el tiempo hoy no fuera sinónimo de su felicidad. La felicidad de él tenía un nombre bastante familiar para ella, uno que ella odiaba recordar, pero ahora, peor, recordaba lo que y a quién ese nombre había conseguido. Los caprichos de la vida golpearon a Ingrid Swan en la cara y amenazaban lo único que ella podía amar de verdad ― aunque poco― a su hija Emma. A medida que él encendía las luces, la mujer veía los trofeos, las fotografías, los objetos de plata, y su imaginación la veía allí, en las estancias, preparándose con la ropa que ella se ponía para salir, o esperando bajar las escaleras para ir a cenar o enamorar en algún nuevo lugar. Ingrid apenas notó que cuando Daniel la sentó, estaba completamente absorta en un trance. Él acercó una silla cerca de ella y se sentó enfrente, habiendo servido una copa de coñac para cada uno. Cuando Ingrid alzó la mirada hacia él, tuvo ganas de matarlo allí mismo. Lo odiaba por haberla llevado a su casa llena de huellas de Regina por todos lados, era demasiada humillación. ¿Por qué le estaba haciendo eso?, pensaba. Así que lo miró, irritada, con los labios temblando.
Él le devolvió la mirada, pero una mirada suave.
‒ Sentí tu ausencia‒ dijo, extendiendo el pulgar hacia su mejilla
Ingrid apartó su mano y cogió la copa de coñac de la mesa, bebiendo un buen trago de una vez.
‒ Mentiroso‒ ella no estaba de acuerdo ‒ ¿Por qué me has traído aquí?
‒ Fue el único sitio en el que pensé. Supongo que no es agradable para ti conocer mi casa, sin embargo aquí estamos seguros. Nadie dirá nada‒ explicó con calma
‒ Ya entendí, Daniel. Tienes miedo de que tu mujer descubra que te has visto con tu ex amante. Ah, tendría que llamarla ex mujer, ya que no vais a volver juntos.
‒ Vamos a evitar hablar de Regina. Ella no está aquí para defenderse.
‒ Ni está para que niegues lo que le hiciste durante varios años
Daniel extendió la mano hacia delante y atrajo el rostro de Ingrid hacia el suyo, deshaciendo su peinado. Fue tan fuerte que ella gritó, desorbitando los ojos enseguida. De repente la dulzura de Daniel había desaparecido.
‒ Me arrepiento de no haber escogido terminar antes lo nuestro. Me arrepiento de todo lo que sucedió entre nosotros dos después de casarme, pero ¿qué mentira fue peor? ¿La mía o la tuya? No te olvides, Colibrí, tú estabas muerta.
‒ No me llames así‒ pidió entre dientes
‒ Te llamaré como quiera‒ rebatió él, descendiendo la mano por el hermoso rostro de ella y llegando al cuello donde colocó la mano donde podía ahogarla.
Ingrid apenas podía tragar.
‒ ¿Por…Por qué no me matas ya? Mira a ver si una día de estos me tropiezo con tu Regina por ahí y decido contarle todo lo que sucedió entre nosotros‒ dijo ella con la voz entrecortada
Daniel apretó su cuello hasta dejarla sin aire.
Ingrid se reía desdeñosamente de él.
‒ Adoro cuando te pones violento. Me provoca una emoción, un susto excitante. ¿Dónde aprendiste a seducir así?‒ se estaba divirtiendo con aquello
Él apretó más
‒ Es mejor que cierres la boca
‒ Su…Suélta…Me
Él soltó su cuello y se levantó, y se puso a caminar por la estancia.
Ingrid buscó aire desesperadamente y tosió mucho, inclinando el cuerpo hacia delante.
Tras un momento, él se detuvo, se dio la vuelta y dio un paso atrás, y la miró, confuso.
‒ Perdóname, Colibrí. Perdóname si he sido agresivo
Ingrid lo miró cuando él se acercó y se arrodilló delante de ella. Finalmente, se dio cuenta dónde estaba. El taller. No había percibido el olor a pintura debido al alcohol que se le había subido a la cabeza. Entonces era allí donde él creaba la mayor parte de sus obras. El sitio no era la estancia más bonita de la casa, había periódicos tirados por el suelo para evitar salpicaduras, aparte de los marcos y lienzos antiguos esperando destino que se mezclaban sobre una mesa del tamaño del ancho del cuarto. Otros cuadros estaban colgados en la pared, y esos Daniel seguramente no tenía la intención de venderlos. Le echó una vistazo a todo rápidamente, antes de girarse hacia él con curiosidad, pero aún respiraba irregularmente, buscando el aire que él le había robado.
‒ ¿Aún lo tienes?‒ preguntó
‒ ¿El qué?
‒ El cuadro. Mi cuadro‒ su voz volvía a la normalidad.
Daniel sabía de lo que estaba hablando. Se alzó por segunda vez y examinó los cuadros sueltos. Sacó un marco específico de una fila de cuadros en la esquina del cuarto. Era aquel. Hizo un movimiento muy rápido, ya que conocía el secreto y allí estaba.
Ella estaba atenta a él. Daniel volvió con el cuadro en las manos. Se percibía que el tiempo y la falta de cuidado lo habían castigado, aunque no eran los únicos factores. Le enseñó el cuadro del pájaro. De tamaño medio, aquel, ciertamente, era el cuadro más hermoso que Daniel había hecho. Un simbólico pájaro besando una flor. Él había pintado ese cuadro para ella cuando se habían conocido. Era como volver a aquel día y ser testigo del amor que sentía por él. Ingrid estaba a medio camino de perdonarlo, pero recordó un detalle. Daniel era un hombre muy inteligente, pero no lo suficiente como para no darse cuenta de que el cuadro que estaba sujetando no había sido pintado por él, era una réplica perfecta. En el único acto benevolente de su vida, Ingrid había decidido quedarse con el cuadro original para en el futuro venderlo y darle el dinero a la hija.
‒ Tu carta, la que enviaste aún está aquí‒ él la sacó del marcó y se la pasó
‒ No quiero leer eso, no quiero recordar lo tonta que fue mi decisión al recibir tu carta‒ ella se la devolvió
Daniel ocultó el cuadro en el viejo marco y lo dejó a un lado, y volvió a mirar a la rubia.
‒ ¿Te arrepientes?
‒ Un poco. Quería que sufrieras, quería que pasaras por lo que yo pasé al ser engañada y al final, engañé a muchas personas al verte a ti en el lugar de ellas‒ ella se levantó. Vio el mueble que estaba cerca y se tomó la libertad de abrir otra botella de coñac. No iba a preguntar por qué tenía tantas botellas en aquella estancia, solo estaba interesada en alimentar el vicio ‒ Como un asesino en serie con sus víctimas, me aproveché de muchos hombres ‒ se acercó a él con una copa en la mano ‒ A algunos, creo, los maté de disgusto, a otros los llevé a la ruina y acabé con matrimonios de años de muchos otros. Todo por tu culpa, querido.
Se acercó a él con la ligereza de una pluma, caminando sensualmente, y le tocó el mentón con la punta de sus dedos libres. Con la otra mano le ofreció la bebida, pero se la quitó de los labios antes de que esta descendiese por su garganta. Se la bebió entera y le soltó el aliento en su cara.
‒ ¿Cómo has venido a parar a esta ciudad?‒ preguntón él, serio
Ingrid se pasó la lengua por los labios sin apartar los ojos del pintor y sonrió antes de responderle.
‒ Pues, querido, muy fácil. Yo nací aquí
Daniel se quedó callado, mirándola en silencio.
‒ Nací y fui criada en esta ciudad. Debes estar preguntándote cómo aparecí en San Francisco…Otra sencilla explicación. Antes de terminar la escuela, abandoné todo y me fui a vivir a California, me puse a trabajar como camarera en San Diego en un primer momento. Tenía el sueño de convertirme en una estrella de cine y mi objetivo era llegar a Hollywood. Ya debes haber notado mi talento para la actuación. Conocí todas aquellas ciudades antes de los diecisiete y cuando llegué a San Francisco mi primer empleo fue en un cine. Eso alimentaba tanto mis sueños ‒ contaba Ingrid, desfilando por el cuarto con la copa en la mano ‒ Idas y venidas, de acá para allá, cartas para la familia, promesas que de me haría rica y volvería para ayudar a mis padres, muchos hombres a mis pies prometiéndome el oro y el moro (sobre todo militares) y finalmente tú. Nos conocimos en un sitio totalmente alejado, aquel bar al borde de la carretera, sin embargo vivíamos en la misma ciudad, mira tú. Recuerdo tu cara cuando te hablé del Golden Gate, al momento uniste los puntos. ¿Recuerdas los primeros seis meses? Nunca me gustó que me escondieras tu estilo de vida millonario y marcharme de San Francisco fue mi primera venganza, pero allí estabas tú, en Wisconsin, esperándome. Hay cosas de las que no me acuerdo o comienzo a olvidarlas, porque es eso lo que hace la bebida, olvidamos ‒ Ingrid alzó su mirada hacia el techo, reflexionando ‒ La pasión. Ah…De esa sí me acuerdo muy bien.
Ingrid caminó hacia el mueble para llenar de nuevo la copa, pero la botella ya estaba vacía. Daniel buscó algo en la bodega, no era coñac. Abrió un vino caro para los dos y brindó con ella, acompañándola en la breve historia de vida que estaba compartiendo.
‒ Éramos tan jóvenes los dos‒ decía él llevado por el calor. Se quitó la corbata y llenó una vez más la copa.
‒ Jóvenes y enamorados‒ ella lo miró. Lo veía doble, como si tuviera un hermano gemelo, y no sabía dónde enfocar la mirada. Con la poca sobriedad que le quedaba, preguntó ‒ ¿Cómo has venido a parar aquí?
‒ Estuve enfermo. Soy un hombre enfermo, Ingrid
‒ ¿Qué tienes?‒ balbuceó ella
‒ Parálisis. Una especie de enfermedad degenerativa que bloquea mis movimientos. Es una enfermedad rara en hombres de mi edad, y me tocó a mí. Cuando me despedí de ti en la carta, comencé a sentir los primeros síntomas. Durante algunos años ignoré los avisos que mi cuerpo me daba repetidamente, hasta que en cierto momento mi cuerpo flaqueó y perdí el control. Pasé algunos años yendo y viniendo a médicos por todo el país buscando una cura, y, al final, en Nueva York, a punto de rendirme, Regina y yo encontramos a ese doctor Whale de quien tanto hablan. Él es el único que trata este tipo de parálisis y gracias a la medicación que me ha dado estoy totalmente curado como puedes ver. Vine para acá detrás de una curación. Es una gran coincidencia.
Ella se puso en el lugar de Regina en esa historia. Ella no se habría portado tan bien con él. Su actitud de abandonarlo ganó la simpatía de Ingrid y la rubia incluso admitió admirar un poco a la escritora.
‒ Es por eso que estás carente. Preferirías estar enfermo con Regina presente que relativamente bien y ella ausente. Es doloroso, ¿no? He tenido mi venganza, tarde y sin querer. No sabes lo feliz que estoy por ver la cara de derrotado que tienes.
Daniel llenó su copa por última vez.
‒ Y harías lo que ella ha hecho‒ replicó
‒ Vaya, ¿de verdad?
‒ Solo que al contrario que tú, Regina esperó a que mejorara para marcharse. No creo que tú soportases tanto tiempo cuidándome
Ingrid se irritó con la comparación.
‒ ¿Te casaste con ella porque la considerabas mejor que yo?
‒ En muchos aspectos, por si quieres saberlo. Me di cuenta que nuestros problemas iban más allá de ser amantes ‒ él dejó la copa en la mesa y se acercó furioso a ella ‒ Regina era una joven inteligente, bella y honesta. Tú, por otro lado, eras joven, inteligente, bella e interesada‒ se echó encima de ella.
Ella estaba poniéndose roja. Daba pasos hacia atrás mientras Daniel se acercaba,y más mareada por haber bebido más de la cuenta tropezó en el montón de cuadros.
Iba a reírse de él en su cara, pero se contuvo. Era verdad. Amaba a Daniel como siempre, pero lo cambiaría fácilmente por la vida lujosa que nunca tuvo. La riqueza y la buena familia que él tenía siempre la habían atraído a parte de la atracción que sentían, él sería una víctima perfecta, juntaría lo útil a lo agradable. Sin embargo, Ingrid jamás consiguió la vida lujosa ni al hombre que amaba.
‒ Venga, adelante, apriétame de nuevo el cuello, creo que merezco morir
‒ Eres tú quien lo pide, Colibrí
Daniel no aguantó mucho y la atrajo hacia él, pero ella se liberó del abrazo y tropezó con los cuadros.
‒ ¡No me pongas las manos encima!
Le dio la espalda y aún más mareada tiró todo lo que tenía delante de ella. Fue el momento en que Daniel la agarró por la espalda y la empujó contra la pared. Ingrid pataleó, gritó, hasta ser acorralada. Él la giró y la miró profundamente a los ojos azules intensos.
‒ Sé que no debo‒ dijo él ‒ Pero quiero mucho besarte
Ingrid no dijo nada, siguió mirándolo con aquella expresión borracha, entre cómica y trágica. Él interpretó el silencio como un sí y la besó.
Su boca era suave y húmeda, puro gusto a vino. Él cerró los ojos. Ella aceptó el beso, entreabriendo los labios, y él sintió la punta de su lengua.
No fueron precisos sino cinco minutos para ponerla de espaldas y levantarle el vestido. Descendió la cremallera del pantalón, se quitó el cinto, bajó todo hasta las rodillas y apartó lo que ella aún vestía hacia un lado, entrando en ella sin necesidad de permiso. Eran movimientos bruscos, golpeándola contra la pared, y ella sufría cuando él volvía a penetrarla. Ingrid estaba caliente y olía bien, sentía placer oliendo la colonia barata que ella llevaba. Él la presionaba y ella gemía notando cómo su cara y cuerpo chocaban contra la pared helada al mismo tiempo que él se aplastaba contra ella. Estaba bien, ella creía que la bebida ayudaba a intensificar sus embestidas. Estaba muy excitada, tanto como él y decidió perdonarlo por las ofensas en el momento en que él gimió en su oído anunciando la proximidad de su gozo.
‒ Ven‒ lo empujó y él salió de ella ‒ Vamos arriba
‒ ¿Qué?‒ Daniel no comprendía por qué había parado
‒ Quiero hacer esto en la cama donde te has acostado con ella‒ exigió Ingrid, saltando a sus brazos para que Daniel la llevara al dormitorio.
Suzanna se puso el pijama y se acostó, pero no se durmió. Estaba muy feliz para dormir. Recordó la cita, el beso una y otra vez. Finalmente ella y Catherine cedían a los deseos descontrolados, sin nada ni nadie que se lo impidiera.
La casa estaba en silencio.
Ya de madrugada, se levantó de la cama. Caminó por el pasillo hasta llegar a la sala donde Catherine fingía estar muy ocupada con las hojas del trabajo. Llegó sin hacer ruido.
‒ Hola‒ dijo en voz baja
‒ Hola‒ respondió Cath
‒ Soy yo
‒ Lo sé
Cath estaba de espalda, agarrando una hoja, con la cabeza agachada leía secretamente lo que ella misma había escrito. Las cortinas estaban descorridas y la luz de la luna entraba por la ventana. Suzanna veía el perfil de su rostro y los hombros delgados que no encontró bonitos cuando la había conocido. Ahora le parecían trazos angelicales.
Se detuvo a su espalda y pidió en silencio tocarla. Las manos en lo alto.
‒ He tomado una decisión‒ anunció Cath
Suzanna agarró su mano, levantando la hoja para leer. Vio por encima de su hombro la respuesta que esperaba desde hacía meses.
‒ ¿Es verdad, mi ángel?
‒ Sí
Catherine había escrito la carta de dimisión. Finalmente, nada más la ataba a Nueva York. Vivirían tranquilas a orillas de aquella playa como habían planeado todo el tiempo.
‒ Te amo‒ dijo Suzanna con los labios trémulos por la emoción
‒ Si te dijera lo mismo, estaría perdida esta noche
Suzanna sonrió ante eso, al escucharla decir que acabarían las promesas de amor con besos y abrazos. Besó sus manos, después la frente, la punta de la nariz. Besó su hombro por encima de la camiseta fina de algodón.
‒ Entendí‒ respondió sonriendo. Le quitó de la mano la carta con calma, la dejó sobre el escritorio y arrastró a su mujer al cuarto ‒ Ven a perderte conmigo entonces, como la primera vez.
Fin
Íntimamente había llegado a su final tras un largo año de pérdidas y ganancias para Regina. Estaba mirando la palabra "Fin" con una sensación de vacío. Probablemente esa sería su mayor despedida de un libro, por todas las sensaciones nuevas de inspiración que sintió durante el período en que lo ha estado creando. Regina recordó el momento en que el libro había ganado vida en su cabeza, palabra por palabra. Solo que todo ― gran parte, en realidad ― adquirió sentido cuando conoció a Emma y comparó a las protagonistas. Por eso estaba acabando el libro, porque Emma fue su mayor fuente de inspiración. Regina comenzó a leer de nuevo todo el final y no podía estar más sorprendida. Aquellas palabras eran para Emma. Todo, cualquier acontecimiento escrito después de cierto capítulo, era para Emma. Las palabras describían un futuro próximo que Regina planeaba, todo descrito minuciosamente usando falsos nombres para explicitar de alguna forma su amor por la muchacha.
La Sra. Mills tenía que hacer algo para devolver a Emma su ayuda. No iba a quedar solo en las declaraciones y en los poemas cedidos por la muchacha. Sabía lo que debía hacer.
Saltó una página en el documento y escribió.
Agradecimiento
Aquella que surgió en mi camino, convirtiéndose en mi mayor inspiración.
Con todo mi amor, para Emma Swan.
Una sonrisa apareció en sus labios al leer lo que ella misma había escrito. Las intenciones eran las mejores posibles. Estaba segura de que Íntimamente se vendería bien, y cuando lo sacase al mercado, Emma y ella estarían lejos de Mary Way Village.
Regina guardó el archivo tres veces para asegurarse. Cerró y apagó el ordenador, pensando en qué le diría a Emma cuando despertara. Ya estaba bien avanzada la mañana, a las dos les habia costado conciliar el sueño después de la pesadilla, el chocolate caliente y el sexo en medio de la madrugada. Por cierto, la sra. Mills solo se había dado cuenta de las marcas que Emma había dejado en sus muslos cuando se levantó de la silla y la bata que llevaba se le abrió. No pudo no sonreír recordando lo sucedido. Aún ardía como había ardido en su momento. Regina deseó subir y volver a dormir con Emma, sin embargo antes de subir las escaleras, su móvil, casi olvidado, vibró en la cómoda al lado del sofá.
Había un mensaje de voz del número de Belle, la empleada. Cuando Regina lo vio, se puso el teléfono al oído
‒ Regina, soy yo, Belle. Tengo que hablar contigo urgentemente. Por favor, llámame en cuanto puedas‒ Belle dijo muy rápido, hablaba bajo dando a entender que no podía ser escuchada. Regina lo encontró muy raro.
Movida por la curiosidad, pensó en llamarla, pero algo hizo que se echara atrás. En vez de llamar a Belle, le envió un mensaje pidiéndole que se vieran en el bistró esa tarde.
La empleada respondió rápido. Había huido esa mañana del trabajo sin al menos dar una satisfacción a Daniel después del susto que se había llevado. Pero él no la había llamado, ni enviado un mensaje preguntando lo que había sucedido. Seguro que supuso que ella se había encontrado mal y se había marchado. Le venía bien al patrón, a fin de cuentas, él tenía visita en casa, de aquellas visitas que exigen discreción, aún más tratándose de quién era y de cómo la había visto Belle.
Hecha un manojo de nervios, casi comiéndose el último trozo de uña del dedo índice, Belle se repetía mentalmente lo que le iba a decir a Regina. Sería un aviso breve y muy útil si ella entendía. No entraría en detalles, solo tenía que avisarla. Dio un salto en la silla cuando Regina apareció y se quedó de pie hasta que ella se acercó, saludándola con la cabeza.
‒ Buenas tardes, Belle‒ la sra. Mills dijo, como siempre bien arreglada incluso para algo casual. Se sentó y vio el nerviosismo estampado en la cara de la joven.
‒ Presta mucha atención a lo que voy a decir, es muy importante‒ volvió a sentarse, encogiéndose para que nadie se entrometiera en la conversación, aunque los que estaban en el bistró estaban alejados de ellas.
‒ Lo hago. ¿De qué se trata?‒ Regina la miró, seria
‒ ¿Emma sabe que estás aquí?
‒ No. ¿Por qué ha de saberlo?‒ Regina se hizo la desentendida
‒ Está bien, sé que ella y tú tenéis una aventura, no tienes por qué esconderlo. Es más, quedó claro cuando me mandaste a darle aquellas cartas cuando desapareció.
Regina se sonrojó. Avergonzada desvió la mirada.
Una mujer con un bloc apareció para preguntar si querían algo.
‒ Un té helado y para la joven, lo que ella quiera‒ dijo desconcertada.
‒ Para mí un zumo de naranja pequeño‒ Belle pidió deprisa y la mujer se apartó de ellas ‒ Volviendo al tema, sé que tienes un romance con Emma‒ dijo Belle con mucho cuidado
‒ Romance es la palabra más apropiada. Bien, ¿y qué tiene que ver?
‒ Claro. Esta mañana temprano me he enterado de que su madre ha vuelto a Mary Way Village. Corría el rumor de que estaba de regreso en la ciudad desde hacía semanas, pero pensé que era mentira, el problema es que de verdad está aquí.
‒ ¿Ah? ¿Cómo es eso?
‒ La madre de Emma ha vuelto y eso no es bueno. Llévate a Emma lo más lejos de aquí‒ Belle explicó
‒ No puedo hacer eso ahora. No es posible en estos momentos‒ Regina gesticuló
‒ Hazlo posible, porque si Emma se entera, se va a volver loca. Conociendo como conozco a Ingrid Swan, van a pelear.
‒ Pero no es posible que todo el mundo tenga miedo de esa mujer. Emma es mayor de edad, sabe lo que tiene que decirle a su madre, sabe cuidarse y elegir si quiere verla‒ respondió convencida.
‒ No es así de fácil. Creo que es mejor que te marches de viaje con Emma por un tiempo.
‒ ¿Y por qué? ¿Qué haría su madre?
Los pedidos llegaron a la mesa. Luego volvieron a hablar
Belle no quería entrar en la cuestión del cuadro, de Daniel, de todo lo que su veta detectivesca obtuvo tras depararse con Ingrid durmiendo en la cama del patrón.
‒ Ella tiene un secreto. Hay algo que si Emma se entera quedará desolada.
‒ Dios mío, ¿no me digas que Emma tiene alguna enfermedad y la madre lo sabe?
‒ Nada de eso. Es otra cosa. Tiene que ver con su padre
Regina se recostó en la silla y pensó lo mismo que Belle, en parte.
‒ Entonces puede que haya vuelto para contarle a Emma quién es su padre
‒ Eso. Piensa en cómo Emma quedaría si lo supiera.
‒ Desilusionada, triste, apesadumbrada. Ella cree que su padre es un político que se mudó de ciudad.
‒ Pero por lo que parece no es un político. Te he avisado, Ingrid es un gran estorbo en la vida de Emma. Cada vez que regresa, un poco de Emma se va con ella. Si ha venido a hacer eso, es porque quiere convencer a Emma para que la deje volver a la casa de Blue Hill o porque quiere quitarle los ahorros para seguir bebiendo.
‒ No sabía que Ingrid era alcohólica‒ Mills se llevó las manos a la cara.
‒ Lo es, y de las buenas, para qué decir lo contrario.
‒ Dios mío, pobre Emma.
‒ Haz lo que he dicho. Es un consejo de amiga‒ Belle se bebió el zumo, se levantó y se puso el bolso al hombro ‒ Me tengo que ir. Tengo una cita con mi novio, y ya llego tarde. Piensa en lo que he dicho, Regina. Si necesitan cualquier ayuda, estoy a disposición.
‒ Gracias Belle‒ la mujer alzó la mirada hacia la muchacha ‒ Me marcharé con Emma de esta ciudad esta noche.
