La teoría de Belle
Ingrid se escondió en un espacio entre los baños y el despacho de Anita Lucas, un pasillo que llevaba hasta una pequeña salida en la parte de atrás del restaurante y en el que Ingrid ya había estado en algún momento acompañada. Anita la encontró paralizada junto a la pared, jadeante y asustada. La mujer intentaba darle sentido a la locura ocurrida poco antes frente a sus clientes. Su primer pensamiento fue algo difuso, una vaga idea, de que Ingrid podría estar huyendo. ¿En qué estúpida situación se había metido? No iba a dejar que la rubia se marchara sin entender bien lo que había sucedido.
‒ Ingrid‒ dijo Anita acercándose ‒ ¿Estás bien?‒ la agarró de la muñeca y la arrastró hasta su despacho, y se encerró con ella allí dentro
‒ Ahora sí‒ Ingrid recuperó el aire y se recompuso. Anita se quedó de pie frente a ella, esperando una explicación, siempre con cierta exageración en el cuidado cuando estaban juntas ‒ Siento mucho haber aparecido de esta forma, venía a hablar contigo.
‒ ¿Qué fue lo de allí fuera?
Ingrid sacudió la cabeza, se arregló el peinado colocándose los cabellos hacía atrás de las orejas y movió los brazos al hablar
‒ Solo fue un susto. Me encontré con una persona con la que no debía.
‒ ¿Y huiste de ella? Era Emma, Ingrid, vi cuando chocó con Ruby y tú echaste a correr hacia aquí
Swan empinó la nariz y se inventó una explicación más plausible.
‒ Tengo un problemilla con ella, discutimos y ya sabes cómo es eso, madre e hija que tienen opiniones diferentes‒ mintió
Anita frunció el ceño, desconfiando de la amiga.
‒ Ingrid, si no quieres explicarme lo que está pasando entre Emma y tú, lo entiendo, solo tienes que decirme que no quieres hablar del tema‒ Anita tocó su hombro, observó el traje de flores, el cuerpo. Era complicado mantener la compostura en presencia de la rubia por más que haya comprendido que jamás tendría nada más allá de aquel beso del pasado.
‒ Está bien‒ dijo Ingrid, seria. Se apartó de la amiga y se sentó en una silla ‒ Es una larga historia, ni Emma lo va a entender ‒ divagó
‒ ¿Cómo?‒ Anita cuestionó alerta
‒ Olvida. Perdóname por el susto a tus clientes, sé que no quieres mala fama en tu restaurante. Venía para acá para conversar.
‒ ¿Y en qué puedo ser útil?‒ Anita rodeó la mesa de centro, apartó algunos papeles de encima y apoyó los pies para descansar.
‒ Estoy buscando un sitio para vivir, una casa, un pequeño apartamento, alguna estancia que no tenga un alquiler caro. Mi hermano me echó de su casa. Archie, al que conoces seguro, el dueño del hotel, me está ayudando. He conseguido reunir algo de dinero para pagar tres meses de alquiler si alguna alma caritativa quiere ofrecerme un sitio para quedarme‒ Ingrid habló gesticulando mucho. Si la sra. Lucas no la conociera bien, aceptaría hospedarla en su casa, pero lo encontraba absurdo.
‒ Pensé que estabas viviendo donde siempre, Ingrid
‒ ¿Mi casa en Blue Hill? Es lo que te he dicho, Emma y yo tenemos un problema. No sé si seré bienvenida.
‒ Ah…‒ Anita pareció entender, y se quedó mirando a la amiga con la boca abierta ‒ Vale
‒ Quizás conozcas a alguien
‒ Si, conozco. Una prima mía alquila cuartos en una pensión cerca de la biblioteca. Y seguramente son más baratos que los del hotel‒ pasó por la mente de Anita que Ingrid pagaba favores para conseguir hospedaje en el hotel de Archie, favores bien peculiares o el hombre era muy imbécil para dejarla quedarse gratis ‒ ¿Me prometes que no te ofenderás si te pregunto una cosa?
‒ No, no lo haré
‒ ¿En qué estás trabajando?
Ingrid puso una sonrisa sospechosa, un brillo en sus ojos
‒ Apuesto a que no te va a gustar saber lo que ando haciendo‒ comentó
‒ Prueba‒ replicó Anita, aún desconfiada
‒ Lo llamaré acompañante. Si alguien quiere compañía para cenar, desahogarse o beber para charlar sobre tonterías, soy la persona correcta ‒ la rubia rio alto con desdén.
Había acertado cuando dijo que a Anita no le iba a gustar. La dueña del restaurante se arrepintió de haber preguntado. Todos sabían, no era una novedad, lo que Anita odiaba era la forma en cómo Ingrid hablaba con total naturalidad sobre algo que no consideraba un trabajo, sino una juerga con pago. Poco le faltó para echar a Ingrid del despacho, pero se contuvo y mantuvo la calma.
‒ Por lo visto te gusta ese trabajo
‒ Lo encuentro muy divertido
Anita miró a Ingrid con reprobación latente. Su estómago se reviró y casi se le echa al cuello. Eso no cambiaría el comportamiento promiscuo de Swan, podría ser peor. Por más fogosa y carente que estuviera, la sra. Lucas tenía ciertos principios. Y sabía muy bien qué pensaba de las elecciones de la amiga. Era una decepción tremenda saber que nada había cambiado, la mala fama de la rubia continuaría y ella, sobre todo, jamás tendría oportunidad de conquistar aquel corazón rebelde. En el fondo, el asco de Anita sobre la promiscuidad ajena se debía a no ser capaz de domar a Ingrid y sus instintos. Recordaba el día en que vio a la rubia, aún joven, desembarcando en la entrada de la ciudad, agarrando una maleta y la inmensa barriga de embarazada. Fue la gota para Anita. Incluso estaba sorprendida de cómo había pasado el tiempo y lo generoso que había sido para ella, lo bien que había crecido Emma, y en ese momento se arrepintió de haber despedido a la muchacha de su restaurante por un simple desliz. Anita fue víctima del pensamiento común de la ciudad, de que personas como Ingrid jamás pasarían de ser la vergüenza ajena y todo lo que la rodeara sería igualmente juzgado. Era el caso de la joven Emma, que vivía pagando por los pecados de la madre.
Le faltó poco a Anita para llamar "puta" a Ingrid. Estaba a punto de gritarle alto lo que era, incluso la cabeza comenzaba a dolerle por estar conteniéndose.
‒ ¿Solo era eso, Ingrid?‒ cuestionó, claramente impaciente. Se puso de pie y abrió la puerta del despacho, enseñándole con el brazo la salida.
‒ Sí, solo eso‒ Ingrid caminó hacia la puerta prestando atención en la mujer, estaba claro que se había irritado por algo que había dicho.
‒ Si no tuviera un compromiso con mi abogada más tarde, almorzaríamos juntas. Habla con Ruby y pide cualquier cosa de la carta, hoy es por cuenta de la casa‒ dijo Anita en tono desdeñoso, lleno de sobreentendidos.
La reacción de la rubia no parecía ser la más correcta, fue la más guasona posible. Comenzó a reír de repente, muy desagradable, sin ponerse la mano sobre la boca para que no se escuchara por todo el pasillo.
‒ Anita, Anita, no seas tonta pensando que me engañas. Ya sé lo que andas haciendo con la abogada. Tú y tus encuentros a la hora del almuerzo. Isaac me lo ha contado todo‒ Ingrid soltó las palabras en la cara de Anita ‒ Con razón me dijeron que esa srta. De Vil tiene cara de ser de la otra acera. Quizás sea por eso que siempre defiende a mujeres.
A Anita no le gustó nada ese tono de voz de la rubia, y resopló, apretando la mano en el bolsillo de los vaqueros, para no usarla contra la mejilla de la entrometida rubia.
‒ Ingrid, ¿puedes salir antes de que cambie de idea sobre no cobrarte el almuerzo?‒ pidió Anita
‒ Está bien, está bien, ya he entendido que no te ha gustado que haya hablado sobre ese delicado asunto‒ entonces no contuvo otra carcajada. De repente, recordó a Emma y a Regina, aquella escena del beso, no debía estar riéndose de la amiga si fuera inteligente ‒ Lo siento mucho, querida. Hasta pronto.
Y tras decir eso, se marchó dejando a Anita aún más furiosa. La mujer cerró dando un portazo y se tapó la cara con las manos, chillando para expulsar toda la repulsión que le retorcía el estómago.
Emma se tiró sobre el sofá de la sala, no contenta con la huida de la madre. Se sentía desorientada, mareada; quizás si un rayo la alcanzara tendría la misma sensación. Nada le sacaba de la cabeza que Ingrid tenía un motivo serio para no querer hablar con ella. Si llevaba tantos días en la ciudad, ¿por qué no había ido a buscar a su hija? Emma pensó, y pensó y llegó a la conclusión de que no iba a esperar. Iba a ir a buscar a quien sabía de aquella historia, al menos la mitad, pero Regina estaba allí, de pie a su lado, agarrando la llave de la casa y del coche como si eso fuera a impedir que la muchacha saliera tras las respuestas para las tantas preguntas que tenía en la cabeza.
Mills se debatía entre la tarea de salvar a Emma de sí misma y de dejar que Emma actuara con valor y acabara con la actitud pasiva de años.
Emma la miró tras ponerse de pie, cuando apenas se había sentado. La muchacha entendió el mensaje por la forma en que era observada.
‒ Disculpa, mi amor, pero tengo que ir a hablar con mi tío‒ habló como si estuviera pidiendo permiso.
Regina tenía otro plan, aunque no sabía ciertamente si Belle estaría de acuerdo en hablar con Emma.
‒ Si hubiera sabido que aquella mujer era tu madre, yo misma la habría agarrado. Hemos dejado escapar una oportunidad.
‒ No te disculpes. Viste su cara una vez y fue en foto, no podrías saber que era ella en persona. Era mi madre, yo sí la reconozco a pesar de las diferencias y por haber huido cuando la llamé. Eso hace que me sienta aún más intrigada. Quiero conversar con alguien que haya estado con ella. Mis tíos saben algo, con toda seguridad.
‒ ¿No puedes esperar a mañana para ir a hablar con ellos?
Emma movió la cabeza.
‒ Mejor que no. Solo he regresado acá para solucionar mis asuntos con ella, si no hago esto pronto, ella continuará huyendo. ¿Acaso no entiendes? He perdido semanas. Llegó, debe haber convertido en un infierno las vidas de David y Mary, y ahora ronda por ahí como si nada hubiera pasado, como si yo no existiera ‒ Emma dejó que la agresividad la dominara ‒ Tengo que contarles a mis tíos cosas que ni imaginan de ella, y cuando descubra dónde se está escondiendo tendremos una conversación definitiva.
‒ Nunca te he visto de esta manera, Emma‒ comentó Regina
‒ Porque este es un lado de mí que aún no conoces, pero que algo lo ha despertado en mí‒ la muchacha alzó la mirada y agarró la mano de la escritora, pero Regina colocó algo sobre su palma para que lo viese.
‒ Creo que también tengo un problema
Emma miró el móvil de Regina, que mostraba el mensaje de Belle
‒ ¿Es de Belle? Pero…Pero, ¿por qué ella querría vernos lejos de la ciudad mientras Daniel está en el hospital?
‒ Me pregunto lo mismo
‒ Dijiste que ella sabía cosas sobre mi madre….Y trabaja en tu casa…Y ella te aconsejó que me llevaras…‒ Emma puso cara de extrañamiento
‒ Pensé que tenías que ver esto antes de ir a buscar a tu madre‒ Regina susurró
La muchacha quedó confusa, no podía entender la preocupación de Belle con ella y Regina. Su mano estaba en sus labios, daba vueltas sobre sí misma, sin comprender por qué.
‒ Tenemos que ir a hablar con Belle, Regina. ¿Qué posibilidades hay de que esté ahora en la mansión?‒ preguntó Emma de repente
‒ Muy altas‒ Regina y Emma intercambiaron la misma mirada desconfiada.
El timbre sonó en el exacto instante en que Belle colgaba el teléfono. Acababa de llamar al Hotel y dejar el recado de Daniel para Ingrid, cosa que no le había dejado tiempo para esconder las huellas de la mujer por la casa. Cuando fue a abrir, se llevó un susto al encontrarse a Regina y Emma en la puerta. Apenas supo qué decir, solo balbuceaba algo que Regina después comprendió que era un "pero qué". Se restregó los dedos en el delantal del uniforme y esperó a que una de las dos explicara lo que estaban haciendo en la puerta de la mansión.
‒ Menos mal que estás en casa, tenemos que hablar contigo‒ Emma empujó a la muchacha hacia dentro y Regina cerró la puerta tras ellas. Belle sudaba frío, comenzó a mirar a ambas deprisa, sin saber si debía preguntar por qué no se habían ido de la ciudad ‒ ¿Qué sabes sobre Ingrid? Por favor, Belle, no me escondas nada‒ imploró Emma
‒ Calma, Emma, está asustada, no va a decir nada estando así‒ Regina apartó a Swan con el brazo, dando espacio para que la empleada respirara ‒ Belle, ¿estás bien?
La empleada asintió, mirando solo a Regina.
‒ Disculpa, Belle‒ dijo Emma ‒ Regina y yo estamos hechas un manojo de nervios y queremos entender varias cosas, ¿podrías explicarnos?
Belle frunció el ceño y finalmente dijo
‒ Me habéis dado un gran susto apareciendo así. Pensé que estabais lejos de Mary Way Village‒ se dirigió a Regina ‒ ¿Qué le has dicho a ella?
‒ Un poco de lo que me dijiste‒ respondió la sra. Mills
Belle soltó un suspiro
‒ Tendrías que haber guardado el secreto, Regina
‒ Era lo que pretendía si Emma no hubiera desconfiado
Emma y la amiga se miraron.
‒ Debí haber recordado lo testaruda que eres‒ comentó Belle
Emma cruzó los brazos, enfurruñándose.
‒ La culpa también es mía, pude haberme inventado una historia mejor, pero Emma, tarde o temprano, querría regresar para arreglar las cosas con la madre‒ comentó Regina
‒ Y he vuelto para hacer exactamente eso. He visto el mensaje que le has mandado a Regina, Belle. Sabíamos que estabas aquí. Solo tú puedes decirme qué está pasando con Ingrid. ¿Qué es lo que ella está escondiendo?
Belle se rascó el moño, casi deshaciendo el peinado.
‒ Es algo muy complejo, ¿ok? No puedo estar soltando mis teorías así como así para todo el mundo‒ gesticuló
‒ ¿Teorías?‒ Emma y Regina preguntaron a la vez.
‒ Sí, es algo muy difícil de entender, Emma. Pero si quieres saber sobre tu madre, te lo digo, pero no te sorprendas porque es todo lo que ella ya hacía antes de regresar‒ Belle le contó a Emma lo que todos ya sabían, que Ingrid frecuentaba los bares de la ciudad acompañada de hombres todas las noches y que a muchos les costó reconocerla, al principio. Le contó también que Ingrid era siempre vista en la tienda del sr. Gold, que iba mucho al Hotel Hopper y que recientemente estaba saliendo con el abogado de Daniel, pero no quiso entrar en la cuestión de la visita de la rubia a la mansión hacía dos días ni que se había acostado con Daniel en la misma cama que antes compartía con Regina. Se detuvo en la parte en que ella había dicho que quería que la llamaran Beth y en por qué del mote‒ He escuchado a varias personas comentar esto hace días. En una ciudad como esta tienes más noticias de los ciudadanos que de los periódicos. No sé cómo vosotras no os enterasteis de todo esto.
‒ Todo el mundo, incluido tú, me lo ha escondido‒ Emma sonó enfadada, pero no se había convencido todavía de que el motivo de que hubiera escapado de ella solo fuera la vergüenza por lo que estaba haciendo ‒ Beth era el apodo que la familia le daba a la abuela mientras vivía, Ingrid lo usa como si fuera de ella. No ha cambiado, ni lo hará ‒ de repente se quedó mirando a la nada ‒ No consigo sentir tristeza al saber estas cosas, sobre todo porque siempre tuvo que conseguir dinero para vivir. Ahora entiendo que mi tío no me dijera nada. Solo veo extraño que ella no haya venido a buscarme‒ se llevó un dedo a los dientes, y empezó a comerse una uña mientras su mirada se detenía en una bonita lámpara sobre un mueble del hall.
‒ Aún no te ha buscado porque te está escondiendo algo muy importante.
Emma pareció despertar tras esa afirmación.
‒ ¿Qué está escondiendo entonces?
Belle miró primero a Regina, con miedo de hablar demasiado. Se giró hacia Emma y con lo que le quedaba de valor dijo
‒ La identidad de tu verdadero padre
Emma intentó decir algo, pero de repente le pareció imposible. ¿De verdad sería esa la información que Ingrid le estaba escondiendo? Sí, podía ser. Tenía sentido estar reluctante a un encuentro entre las dos. Emma imaginó la conversación que tendría con Ingrid y todos los intentos fallidos por intentar convencerla de que había cambiado. Si no lo había conseguido antes, ahora menos que Emma ya era mayor de edad, ya no podría fragilizar su mente usando esa artimaña. Pero por otro lado, un sentimiento de esperanza la invadió (y se despreció por sentir tal esperanza), finalmente iba a saber quién era su padre, su nombre, apariencia, lo que fuera.
La muchacha consiguió arrancar los últimos hilos de voz para preguntar algo.
‒ ¿Cómo sabes eso, Belle?
‒ Esa es una de mis teorías, Emma. Tu madre ha estado con tu verdadero padre, y él está buscando la verdad, pero Ingrid no sabe si contárselo o no. Nada de lo que te han contado de él es verdad. Fuiste usada por ella cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir lo que quería del tal político. Ingrid iba a chantajearlo cuando tú nacieras. Tu padre es otro hombre.
No importaba cómo Belle había llegado a aquella conclusión o cómo formó esa teoría. Emma notaba su corazón latiendo incómodamente en la garganta, transformándose en una sensación de angustia, ganas de llorar.
Regina, atenta a la joven, la cogió en sus brazos y notó cómo su blusa de seda se mojaba a la altura del busto con las imperiosas lágrimas de Emma.
‒ Sabíamos que no era una buena idea hablar contigo de este tema, Emma‒ murmuró Belle, arrepentida por haber tocado en una herida abierta de la amiga.
‒ Por eso pensamos que cuánto más alejada estuvieras de tu madre, menos ibas a sufrir‒ completó Regina.
Belle asintió hacia Regina, concordando con lo que ella había dicho. Emma se enjugó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, aceptando una verdad que, tarde o temprano, iba a herirla.
‒ Pensé que ya no importaba quien era mi padre. Siempre he escuchado la misma letanía desde pequeña. Un día acepté que nunca sabría quién era él, había sido su elección marcharse porque estaba casado con otra mujer…Si Ingrid me ha mentido sobre él, le ha estado mintiendo a todo el mundo todo el tiempo, me usó. Es por eso que no me quiere, porque su plan no salió bien. ¿Cómo alguien puede mentir tanto?‒ Regina inhaló para decir algo, pero Emma la detuvo ‒ No intentes defenderla. Si me tuviera más respeto, nunca me habría escondido que mi padre era otro hombre. Ella nunca quiso protegerme, solo pensaba en ella misma. Ingrid engañó a todo el mundo.
Belle sintió pena de la amiga. Bajó la cabeza y se retorció los dedos en la tela del delantal una segunda vez, sin encontrar palabras que decir, ni debía. Aún tenía que contarle a Regina sobre Daniel y las sospechas que tenía sobre Ingrid y él, sin embargo, al ver a Emma destrozada y frágil, necesitando a la escritora, decidió que no era el momento para tocar ese tema.
De forma abrupta, Emma abrazó a Belle y le agradeció como si las conclusiones de la empleada hubieran extirpado de sus hombros un fardo de muchos años.
‒ No sé cómo voy a devolverte el favor por tanta información‒ dijo Emma apartándose de la muchacha
‒ Solo dame las gracias cuando lo confirmes. Quizás lo que he contado no sea verdad‒ pidió Belle
‒ Después de lo que ha hecho hoy, no dudo de que sea verdad‒ Emma se giró y decidió salir, y se fijó por primera vez en cómo era la mansión por dentro, al menos la parte de la entrada, un lugar que siempre imaginó cuando pasaba por delante de la puerta. La oscuridad del pasillo ― a causa del papel de la pared ― la asustaba un poco. Si hubiera prestado atención a ese detalle al llegar, no habría conversado correctamente con Belle. Ella misma abrió la puerta y salió. Regina le dio las gracias a Belle con un gesto y siguió a la joven por la calle.
A la mañana siguiente, Ingrid apareció, como siempre, retrasada para el desayuno. Al bajar, encontró el hall del hotel vacío, desierto, sin un alma que le sirviera. Ya era costumbre sentarse y esperar a Archie que aparecía con una bandeja separada solo para ella, y ese día no fue diferente. Ingrid se sentó de espaldas a la dirección de donde él venía, cogió un periódico del día abandonado en la mesa de al lado y miró la foto de la primera página: El alcalde White aparentemente cortando con unas tijeras una banda en la inauguración de una tienda. Ingrid recordó que le debía una visita al viejo compañero de otros tiempos. Es más le debía más que una simple visita. El asunto entre ella y Leopold era más personal de lo que ella querría admitir. Fue pillada sonriendo de lado mientras contemplaba la fotografía del político, y Archie carraspeó para sacarla del corto viaje en el tiempo en que su mente se había embarcado.
‒ Buenos días‒ dijo él
‒ Oh, buen día, querido‒ Ingrid soltó el periódico y lo miró ‒ Gracias por haberme guardado mi desayuno. Tú, como siempre, un ángel maravilloso ‒ en el momento en que él se sentó enfrente, ella cogió la servilleta, se la extendió en el regazo y comenzó la refección, hambrienta, como alguien que no comiera desde hacía al menos doce horas, pero aún así, elegante y delicada en la medida correcta.
‒ Ahm, Ingrid, tengo un recado para ti‒ dijo Archie, por primera vez poco interesado en mantener una conversación ‒ Es de ayer, pero como no te vi en todo el día, te lo digo ahora
Ingrid alzó el rostro hacia él, tragando un trozo de pan más grande de lo que su garganta aguantaba y le dolió.
‒ ¿Qué es lo que Emma quiere?‒ su voz sonó a la de alguien que hubiera pillado un resfriado.
‒ No es un recado de Emma. Es de Daniel Colter‒ su nombre era lo único de lo que Archie se acordaba, sin embargo había anotado en un trozo de papel lo que la empleada del pintor le había pedido ‒ Ha tenido un accidente y está esperándote en el hospital. Espera que le hagas una visita.
Esta vez, quien carraspeó fue ella.
‒ Ah, sí…Está bien‒ asintió lentamente, pensando si quería ir a verlo o no. Debía estar corriendo a su encuentro, preguntarle lo que había sucedido, entonces él le prometía que estarían juntos, pero no. No lograba sentir pena por Daniel y por lo que sea que le hubiera pasado ‒ Gracias, querido, más tarde voy a visitarlo.
Ella terminó de comer, se limpió la boca, no preguntó nada sobre el silencio de Archie, pues parecía avergonzado solo con el hecho de haber transmitido el recado. Ella lo miró algunas veces, sonrió otras haciéndolo suspirar. Nada fuera de lo común. Entonces, se levantó, le dio un beso en la mejilla y abandonó el hotel.
Era casi la hora del almuerzo cuando llegó a la alcaldía, pillando por sorpresa al alcalde en su despacho.
‒ Ya he dicho que no me gusta que entren sin llamar…‒ Leopold White la vio tras alzar la mirada de los documentos que estaba firmando ‒ ¿Ingrid?‒ el hombre se apoyó en el sillón de lujo y se puso en pie ‒ ¡Cuánto tiempo!
Ingrid puso una sonrisa ingenua, caminó hasta él como animal en celo y quedaron de pie, frente a frente.
‒ Te he echado de menos‒ rápidamente pasó sus brazos alrededor de su cuello ‒ ¿Pensaste que no iba a volver, hum?
‒ Sí, fue lo que pensé. Gold me dijo que estabas en la ciudad desde hacía unas semanas, ¿por qué no has venido a hablar conmigo antes?‒ el alcalde apretó con sus manos abiertas su cintura. Viejos conocidos, viejos hábitos.
‒ Estaba…Quiero decir, estoy resolviendo unos asuntos personales. He pasado mucho tiempo lejos de aquí, y al volver he descubierto tantas cosas‒ hablaba pausadamente, con un tono de voz que solo usaba con él ‒ No creas que he olvidado lo que hiciste por mí. El dinero que me mandabas me ayudó por un buen tiempo.
‒ Ah, aquello no era nada. Lamenté tu partida, podríamos habernos visto más veces, cuando venías a ver a tu hija.
‒ Sí, Emma﹘ Ingrid se soltó de su abrazo y echó a andar por el despacho, intentando cambiar de tema ‒ He visto tu foto en el periódico de hoy. Creo que tienes mucho trabajo, la ciudad ha cambiado mucho desde la última vez.
‒ Ha cambiado, vaya que sí, Ingrid‒ Leopold se recolocó mejor los tirantes ‒ Está ciudad ha cambiado mucho con las mejoras en el hospital, la inversión que conseguí del gobierno del estado. Ya no somos considerados unos pueblerinos. ¿Quieres un ejemplo? Recientemente un pintor y su esposa, de Nueva York, han venido a vivir aquí.
Ingrid se estremeció. Regresó hacia donde estaba el alcalde intentando no parecer interesada en lo que hablaba.
‒ Creo que sé de quién hablas. Por cierto, le has echado el ojo a la mujer de ese pintor, Gold me estuvo contando algo. ¿Es tan bonita como para olvidarte de mí?
‒ Pues en realidad, si‒ admitió Leopold White.
Ella cerró los dedos en el respaldo de la silla más próxima.
‒ No puedo creerlo‒ dijo la rubia, cortante.
‒ Soy un hombre, por si no lo recuerdas, un hombre que sabe apreciar la belleza de una mujer como Regina Mills‒ respondió White lacónicamente.
‒ Pensé que yo era importante para ti, Leo‒ dijo ella, constreñida
‒ Ingrid, me gustas mucho. Nunca te impedí que vieses a otros hombres, y, sobre todo, patrociné tu viaje tras el escándalo que armaste cuando te quedaste embarazada. ¿Diez años sin verte y todavía deseas cobrarte mi atención?‒ él le dio la espalda y buscó algo de beber al otro lado del despacho ‒ Siento que tengo el derecho de admirar a la sra. Colter, pues hace mucho que no veo a una mujer tan elegante y hermosa por aquí. Lamento que ella no haya aceptado mi propuesta.
‒ ¿Qué propuesta?‒ Ingrid preguntó como si no supiera lo que Leopold había hecho. Gold ya la había puesto al día sobre la locura del alcalde en querer perseguir a la sra. Mills y el intento fallido de tener un romance.
‒ Le ofrecí un millón de dólares por tener una cita conmigo
‒ ¡Solo puedes haberte vuelto loco!
‒ Me volví loco, lo admito. Aquella mujer tiene algo que me instiga‒ Leopold preparó dos copas, y le pasó una a ella ‒ Su único defecto es el marido, el pintor. Pensé que su matrimonio estaba muerto‒ puso un rictus triste
Ingrid no bebió, dejó el vaso sobre la mesa del alcalde, no se encontraba bien hablando de Regina.
‒ Su problema no es el marido‒ soltó la frase, pensando para ella misma
‒ ¿Y cuál sería?‒ preguntó él interesado
Ella lo miró atravesadamente, sus ojos semicerrados, de forma cínica.
‒ A Regina Mills no le gustan los hombres, Leopold.
Tras soltar la frase, sus tacones tintinearon por el piso del despacho, dejando solo al alcalde. No tenía más que hablar de momento con él.
