Quiero disculparme por la tardanza, pero es el comienzo del curso académico, preparar las clases, además este año soy tutora. Y no me han entrado ganas de sentarme a traducir. Pero no os preocupéis, yo nunca dejo un fic sin finalizar. Lo haré, pero las actualizaciones no serán tan rápidas.

Pronóstico de la verdad

Emma volvió a su sombrío mundo interior de la adolescencia, a su mejor amiga la soledad. Se hundía a cada momento más hondo, en descubrimientos sobre sí misma que nunca pensó que existieran, y ahora, a pesar de la presencia continúa de Regina, se sentía como cuando pequeña, abandonada por la madre que siempre le prometía volver. Alguna sugestión sombría y convincente le decía que creyera en la teoría de Belle como la más probable, un mal presentimiento que le decía que no se iba a sentir orgullosa al saber quién sería su verdadero padre.

Ingrid nunca se lo iba a contar porque ella era fruto de una artimaña que le había salido mal. ¿Por qué Ingrid solo pensaba en sí misma? ¿Acaso si le hubiera salido bien la amaría?

Regina observaba a Emma con mucha pena, durante la caminata hacia la casa de la esquina, y, después de entrar, sin atreverse a decir nada sobre lo que había escuchado, porque también sentía el corazón encogido, el mismo mal presentimiento. Cuando llegaron, la escritora cerró la puerta, y vio cómo la joven se adentraba en la casa como si en cualquier momento decidiera echar hacia fuera las mil y una cosas que su semblante no conseguía definir. Emma caminó directamente hacia el armario de la sala, echó a un lado los libros impresos que Regina le había regalado y no tardó en encontrar lo que estaba buscando― el álbum de fotos de la familia Swan. La muchacha se sentó en el sofá y comenzó a pasar las primeras páginas, mirando foto tras foto con los rostros familiares, hasta encontrar el de la madre, perdido entre algunos retratos ajenos a los guardados en el álbum.

Cogió una foto del día en que se habían mudado a la casa donde estaba ahora. Ingrid estaba con una sonrisa dulce, amparada por el hermano y la madre. Sus cabellos eran claros, era lo que a Emma más le gustaba de ella cuando era pequeña y tenían sus raros momentos juntas, cuando Emma enrollaba sus pequeños deditos en los rizos y miraba sus ojos profundos de un intenso azul que no heredó de ella. Nunca iba a entender cómo aquella mujer tan bonita podía ser, en realidad, tan fea por dentro.

Si no hubiera pasado por lo que ha pasado por su culpa, aquella foto y otras de la juventud de Ingrid la engañarían. En una de ellas reconoció a Anita Lucas, pero no era un secreto que las dos fueron amigas cuando cursaban el instituto. En otra, Ingrid ayuda al hermano a montar un enorme árbol de Navidad en la esquina de la sala. Y conforme iba pasando las fotos, Emma veía el cambio en los ojos de la madre, cada vez más densos y distintos, abandonando la gentileza y humildad de los Swan.

Corrompida, pensó Emma, mientras estudiaba la sonrisa ladeada dibujada en la boca de la madre en otra foto. Quizás se haya corrompido por la ambición…

Emma cerró el álbum abruptamente, tirándolo con la misma violencia en el suelo. Escondió el rostro entre los cabellos, pero prefirió no llorar, ni gritar, nada.

Regina estuvo todo el tiempo observando, pero Emma permaneció callada, consumiéndose por una rabia que jamás imaginó poseer, aunque creía que no era rabia, sino odio.

‒ ¿Qué vas a hacer ahora, Emma?‒ preguntó Regina, finalmente

Los labios de la muchacha temblaban, cerrados, hasta que decidió no encerrar más sus emociones.

‒ Voy en busca de la verdad‒ respondió ‒ Ya basta de que me esconda quién es mi padre y qué estuvo haciendo antes de yo nacer. Estoy cansada de no saber cosas sobre mí y pagar por lo que ella ha sido. Creo que voy a arrepentirme de haber decidido volver, pero nunca he tenido tantas ganas de decirle cómo me siento. Ha llegado la hora y tengo miedo, no sé por qué. Ya no puedo permitirme ser una víctima de su egoísmo. ¿Sabes lo que escuchaba cada vez que un cliente de las tiendas donde trabajé me reconocía?‒ Regina sacudió la cabeza, aprensiva‒ Escuchaba que no iba a tardar mucho en comenzar a comportarme como ella. Me decían que era su viva imagen cuando joven y que, seguramente, mis jefes tenían que cuidarse para no ser seducidos por mí, que robaría la caja para comprar bebidas y drogas y que avergonzaría a mis tíos.

‒ Emma, no tienes la culpa‒ dijo Regina asombrada ‒ Sabes que eres muy diferente a ella.

‒ Ella huyó de mí, no tuvo la decencia de mirarme a los ojos. Si no tuviera nada que esconder, ¿por qué habría vuelto entonces para acá? Belle tiene razón.

‒ ¿Y qué vas a hacer si te cuenta la verdad?‒ Regina parecía cansada, se le notaba en la voz

‒ Me sentiré liberada de su sombra‒ respondió la muchacha bastante seria.

Regina se sentó al lado de Emma en el sofá, intentando liberarla de los cabellos que le cubrían el rostro jovial y que la escritora aprendió a amar tanto. Emma la miró, sintiendo el calor de las manos de la mujer rodeando su mentón, mejillas y orejas.

‒ Prométeme que tendrás cuidado. No te traje de vuelta para que sufrieras.

‒ Sufrir es una consecuencia, tú eres quien no puedes sufrir por mí‒ Emma decía deprisa. Sus ojos, de repente, se oscurecieron, pupilas dilatadas fijas en Mills.

Emma recostó la cabeza en el hombro de la mujer apretándose contra ella. Cerró los ojos y recordó el primer abrazo que se dieron exactamente allí, en aquella sala. También rememoró el primer beso, tan ardiente. Se vio en el regazo de Regina, desnudas, besándose, rozándose vorazmente con ella. Daría todo por echar atrás el tiempo y vivir de nuevo sus días más felices, entonces pensó que cuando sus dilemas con Ingrid acabaran, lo haría todo de nuevo con Regina.

‒ Quiero volver a vivir los días más felices de mi vida contigo‒ Regina pensaba lo mismo. Sus pensamientos y los de la muchacha estaban ligados como una sola en la ansiedad de amarse sin frenos.

‒ Yo también, mi amor. Es mi mayor deseo. Pero creo que tú también tienes algo que resolver, ¿no?‒ Emma colocó sus manos en el rostro de su amada, al mismo tiempo que Regina cambiaba de expresión. Agachó su cabeza y se quedó un momento reflexionando.

‒ Aunque parezca sencillo es un asunto inacabado.

‒ Quizás con lo que sucede, él tome una decisión…‒ Emma iba a decir algo, pero pensó que después se arrepentiría, entonces se calló para no enfadar a Regina, sin embargo, descubrió que en la cabeza de la escritora nada era peor que sus pensamientos equívocos.

‒ Y pensar que una vez quise verlo muerto. Solo me queda sentir pena por Daniel.

‒ Daniel te hizo mucho daño escondiéndote una traición, por más que haya sucedido hace muchos años, jamás deberías perdonarlo.

‒ He estado pensando que todo lo que le ha pasado es un gran castigo y que lo que le queda es un final solitario. No hablo solamente de vivir solo, me refiero a una soledad en que nada le quede, ni la voluntad de pintar. El tipo de soledad que te arranca todo lo que más amas‒ concluyó Regina, con un brillo extraño en sus ojos.

‒ Es lo mínimo por haberte hecho tan infeliz‒ Emma dijo honestamente

La sra. Mills se conmocionó internamente, pero consiguió disimularlo.

‒ Escúchame, Emma, quiero que me des tu palabra…

‒ ¿… de que no voy a desistir de ti hasta que resuelvas lo de Daniel y yo lo de Ingrid?‒ preguntó la muchacha con desconfianza.

‒ Suceda lo que suceda, escuches lo que escuches, no desistas de nosotras‒ Regina nunca se sintió tan aprensiva

‒ ¿Por qué desistiría de lo único que me hace querer estar viva?

Lo que quedaba de la conversación dejó de existir con la pregunta de Emma. Del silencio surgió un beso calmo y despreocupado ante lo que les esperaba a ambas.


El doctor Whale decidió mantener a Daniel en observación en el hospital un día más. El pintor no puso objeción, pero le pidió a Belle que contratara a Graham para que le ayudara cuando fuera necesario. De nuevo, veía limitados los movimientos de su cuerpo, se pasaba la mayor parte del tiempo lamentándose por haber dejado de medicarse. Sabía que había tenido una actitud tonta e infantil, incluso prepotente, pero el sentimiento de no poder moverse libremente y de no estar curado era perturbador. Fue un espectador de primera fila de toda su vida pasando por su mente, y llegó a la conclusión de que tenía que reformular de nuevo sus conceptos.

En uno de esos momentos de soliloquio, Ingrid apareció por la puerta del cuarto con un hermoso ramo de flores, hecho por ella en la tienda del hermano. Esperó hasta ser vista, aunque su sonrisa, medio para acá, medio para allá, no lo engañaba.

‒ Pensé que ya no venías‒ dijo él, con la voz tomada como si un dolor le cortara la garganta.

‒ He tardado, lo sé, perdóname‒ Ingrid dejó las flores en la cómoda de al lado de la cama del hospital, y sin ceremonias, tocó su mano grande e inmóvil ‒ He estado resolviendo unos asuntos‒ desfiló sus ojos por su rostro, incluso así no conseguía sentir pena por los muchos hematomas que se diseminaban por la pálida piel del pintor.

‒ Imagino qué asuntos

Ella sacudió la cabeza.

‒ No, no imaginas qué he hecho ni con quién he estado, pero antes de entrar en ese asunto, dime, ¿cómo te encuentras? Mírate, estás lleno de moratones. ¿Qué pasó?

‒ Me caí por las escaleras

Ella se llevó la mano al pecho y buscó aire formando una sílaba en los labios: "¡Oh!"

‒ ¿Cómo sucedió?

‒ Perdí el equilibrio‒ respondió él virando la cara, avergonzado. Para un hombre que se ha mostrado la mayor parte del tiempo fuerte y viril con ella, esto era, como mínimo, una vergüenza ‒ No sentí mis pies, mis piernas no me obedecieron y me caí por las escaleras como si yo mismo me hubiera tirado.

‒ Lo siento mucho, querido‒ en realidad, no sentía nada ‒ Fue un accidente. Ahora está todo bien, ¿no?

El cuidado excesivo en las palabras de Ingrid volvía su actitud muy sospechosa, una verdadera actuación salpicada de sarcasmo. Daniel, sin embargo, le iba a hacer un pedido inusitado para comprobar hasta dónde su cinismo era capaz de llegar.

‒ No mejoraré tan pronto, Colibrí

Ella lo odió mortalmente por haberla llamado así de nuevo. Su rostro, antes falsamente sereno, tomó su real formal mezquina.

‒ El Dr. Whale ha sido categórico al decirme que no debí haber dejado la medicación. He vuelto a convertirme en un casi inválido ‒ se giró hacia ella ‒ Supongo que no te interesa un hombre en mi condición.

‒ ¿Quieres saber una cosa?‒ Ingrid se apartó de la cama, echó a andar por el cuarto abrazada a la chaquetilla de lana azul oscuro ‒ Ya se acabó el tiempo de ir atrás de hombres, con los que tenía un rápido affaire, a fin de cuentas, te buscaba a ti en todos ellos.

Esta vez decía la verdad.

‒ ¿Te vendrías a la mansión conmigo?‒ desde el otro lado el cuarto, Daniel sonó como un tiro

Ingrid pestañeó asustada.

‒ ¿Con qué finalidad?‒ replicó sin darse la vuelta hacia él

‒ Para ser mi compañera‒ dijo él ‒ Reconozco que eres una mujer libre y que no piensas gastar tu tiempo al lado de un hombre que te trocó en el pasado y que encima, hoy, está inválido. Pero pienso, Ingrid, que si estás dispuesta a esperar un poco, podemos recuperar el tiempo perdido. Cásate conmigo. Firmaré el divorcio que Regina me está pidiendo y dentro de poco tiempo, podremos oficializar aquello con lo que siempre soñaste.

Ingrid sintió que el vello de los brazos, por debajo de la ropa, se le erizaba. Le recorrió por la espina la misma corriente de aire que sentía en el pasado cuando se encontraban. Se fue girando, poco a poco, mirándolo por encima del hombro izquierdo, con una de sus manos puesta en la boca para que no saliera ninguna palabra no pensada.

‒ ¿Qué me dices?‒ él esperaba su respuesta. Sentía un sudor helado bajando desde el cuero cabelludo hasta la mejilla. Quizás, en breve, volvería a tener fiebre.

‒ ¿Me puedes dar un tiempo para pensarlo?‒ dijo ella

‒ Obviamente.

‒ No quiero sentirme engañada una segunda vez, Daniel

‒ No te engañaré, así como no me equivoco sobre ti. Por esa razón, quiero que comprendas que si aceptas mi petición, tendrás que cumplir la promesa de una relación solo entre nosotros dos. No apruebo lo que has hecho para ganar dinero. Si estás casada conmigo, te pago todos tus lujos, siempre y cuando obedezcas mis deseos.

Ingrid apretó los dientes y habló

‒ ¿Me amarás con la misma pasión que has tenido con Regina?

‒ Claro‒ cuando lo dijo, Ingrid pensó que estaba empeorando.

‒ ¿Me darás todo lo que le has dado a ella?

‒ Todo

‒ Ah ‒ dijo Ingrid ‒ Todo. Hum‒ eran muchos los años desperdiciados para que ahora quiera recobrarlos. Estaba a punto de aceptar la petición del pintor, solo que quizás era más ventajoso dejarlo esperando por el "sí" durante un poco más de tiempo ‒ Quiero que me convenzas para creer en tu palabra. Si lo consigues, juro pasar el resto de mi vida siendo tu mujer.

Ingrid le dio la espalda y salió del cuarto.

Daniel sabía que no lo conseguiría tan rápido. Tendría que haberla tratado con menos frialdad, aunque ha sido honesto todo el tiempo. Su fiebre había vuelto, y dos minutos después, solo, levantó, con la ayuda del otro, un brazo y con mucha dificultad apretó el botón para llamar a la enfermera.


Emma dio la espalda a la ventana del piso y su mirada golpeó a M. Margareth que había acabado de tirar una taza de café al suelo. El susto que sentía ella no llegaba ni de cerca al que sentía David tras todas las cosas que Emma le había contado de la madre. Él no se imaginaba cuán pretenciosa o, como él mismo pensó, repugnante había sido la actitud de la hermana para con su sobrina.

David seguía escuchando a Emma que contaba la historia. Durante diez años, Ingrid se estuvo marchando siempre con la promesa del retorno, pero casi siempre cuando volvía estaba más en quiebra y sedienta de vicios. Para sustentar sus nuevos viajes tras las víctimas a los que quería seducir para tener la vida que nunca había tenido, se llevaba las joyas de Elisabeth Swan, a veces engañando a la anciana madre. Cuando la abuela murió, la madre de Emma se encargó se arrasar con lo que existiera de valor en la casa. Incluso se apoderó de lo poco de valor que Emma tenía, que se reducía a lo que David le mandaba hacer en la joyería para sus cumpleaños. Emma nunca fue de las de pasearse con sus pulseras, ni con las más sencillas, y ahora David sabía por qué. Emma también les contó lo de la teoría de Belle y fue en ese instante que Margaret tiró el café, manchando la alfombra de debajo de la mesita de centro, dejando una mancha negra del tamaño de un plato.

‒ Sabíamos que Ingrid era complicada, como decía papá, desenfrenada. También podía ser mentirosa, pero robar lo que mi padre le dejó a tu abuela y después lo que yo te dí, Emma…Es algo perturbador‒ David tenía sus manos entrelazadas y miraba cómo el café iba impregnando la alfombra y cómo la esposa se daba prisa para intentar limpiarla.

‒ Nunca dudé de que Ingrid fuera capaz de cosas peores. Lo siento tanto por ti, Emma‒ Mary recogió la porcelana rota, la tiró a la basura y volvió con las manos limpias para abrazar a la muchacha.

‒ Perdonadme por, de repente, llegar y revelar cosas que para nada es para sentirse orgulloso, sobre todo tú, tío. Sabía que te sentirías decepcionado cuando te enterases. ‒ dijo Emma, consolada por la tía.

David soltó un suspiro, conformado.

‒ Es como dice Mary, no dudaba de que ella fuera capaz, solo que no quería creer que fuera a robarle a la propia familia.

‒ ¿Y esa historia sobre tu padre? ¿Será verdad?‒ Mary se adelantó

‒ Es lo que quiero saber‒ la muchacha acarició los brazos de la tía

David se rascó el mentón, miró a la esposa como si ella recordara algo que tuviera que decirle a Emma.

‒ Lo que sé sobre él es lo mismo que sabes tú, hija. El tiempo que pasamos lejos de aquí sirvió para que la gente dejara de cuchichear el tiempo suficiente para que él dejara la ciudad. Era un político muy influyente, el candidato más prometedor a alcalde de la ciudad. Después de que tu madre subiera al palco de Town Hall con la ciudad entera de platea, y contara que estaba esperando un hijo de él, nos vimos obligados a marcharnos por un tiempo. Se calmaron las aguas, volvimos a la casa de Blue Hill y tú ya debías tener unos tres años. ¿Te acuerdas de cuando ella estuvo trabajando unos meses en la floristería?‒ Emma con la cabeza dijo que no al tío ‒ Es verdad, eras muy pequeña. Ella dijo que estaba harta de que las personas la miraran mal y se sentía desesperada por dejar este sitio. Tu madre aguantó cuatro años más. Viajaba, sí, siempre viajaba, sin embargo volvía con más frecuencia. Hasta que se limitó a venir una vez al año a vernos, a verte a ti. Tu abuela y nosotros nunca sabíamos qué decirte cuando preguntabas por ella.

‒ Por eso tantas veces te sugerimos que vinieras a vivir con nosotros. Queríamos liberarte del destino de ser hija de una mujer como ella. Sabes que no puedo quedarme embarazada, ¿no, querida? Me recuerdas a tu tío, ¡esos ojazos verdes! Y si miramos de lejos, te pareces hasta a mí. No me importaría para nada ser tu madre adoptiva‒ Mary completó

Emma sonrió agradecida. Era verdad, Regina no era la única en querer protegerla de los posibles dolores que sufriera, pero era tarde para decirles a ellos, e incluso a sí misma, que no iba a hablar con Ingrid.

‒ Sea o no ese hombre mi padre, ella tiene que escuchar algunas verdades‒ amablemente se soltó de la tía ‒ Gracias por este amor que me tenéis. Voy a devolveroslo como se merece.

‒ Ya lo haces siendo quien eres, hija‒ David le devolvió la sonrisa

‒ Tengo que saber dónde está‒ dijo la muchacha

David de nuevo miró a la esposa, después a la sobrina y le contó lo que sabía.

‒ No la veía desde la noche en que se marchó de aquí, pero hoy temprano vino a buscar un ramo de flores, iba a hacerle una visita a alguien en el hospital.

Emma frunció el ceño ante la información.

‒ Vale, pero ¿nadie vio de dónde vino?

‒ Zelena cree que está hospedada en el Hotel‒ Mary Margaret se volvió a adelantar

‒ El Hotel…Archie…¡Lo sabía!‒ se desahogó la joven.


Archie, en la recepción del hotel, se llevó un susto cuando la mano de Emma golpeó la madera, arrancándolo de un momentáneo trance. Él alzó la mirada hacia la muchacha, antes de arreglarse la montura de las gafas que se habían torcido ligeramente debido al susto.

‒ ¡Emma!‒ dijo él ‒ ¿To…Todo bien?‒ tartamudeó

‒ No es necesario que disimules, ni que mientas, solo necesito una información que sé que tienes

Archie sacudió la cabeza pensando en mentir, pues sabía ciertamente lo que Emma quería de él. Percibía un brillo voraz en los ojos de la joven, una firmeza que le decía que no se iría sin saber lo que quería. No tendría otra alternativa que entregar a su adorada Ingrid.

‒ Es…Es que…

‒ Solo dime dónde está‒ Emma permaneció firme y seria

‒ ¿Tu…Tu madre? Ella…Dejó el hotel esta mañana

Impaciente, Emma lo agarró por el cuello de la camisa y lo elevó un poco por encima del mostrador.

‒ No me mientas, dejaste que se quedara aquí, ¿no?

‒ Sí, sí…Yo…Te lo juro, Emma. Tu madre estuvo aquí varios días hospedada, pero ha alquilado un cuarto en la pensión de los Lucas…¡Te…Te juro que es lo que ha hecho! Incluso ha dejado una maleta, y me dijo que hoy por la tarde vendría a recogerla ‒ soltó él, sin poder moverse entre el mostrador y el rostro de la joven, señalando la maleta dejada en una esquina de la recepción.

Emma reconoció la antigua maleta que la madre siempre llevaba cuando viajaba. Miró de nuevo a Archie.

‒ ¿La pensión de los Lucas? ¿Estás seguro?

‒ Seguro. Fue lo que me dijo‒ la muchacha lo soltó, se acercó al objeto y lo agarró para llevárselo con ella ‒ ¿A dónde vas con eso?

‒ Yo misma se la llevaré


La camioneta estaba parada desde hacía unos minutos en las cercanías de la pensión que pertenecía a la familia Lucas. David, un poco antes, había llevado a la sobrina a la calle de la biblioteca donde Ingrid supuestamente se había hospedado. Había metido en la parte trasera de la furgoneta la maleta que Emma había rescatado del Hotel Hopper y esperaba al lado de la muchacha el momento en que ella reuniera el valor para entrar en la pensión y buscar a la madre. Emma acariciaba la gargantilla de plata que llevaba al cuello, mirando hacia un punto lejano de la calle. Debe estar nerviosa, pensó David.

Preocupado por ella, David le dio tiempo para que se pensara si quería entrar en la pensión, también él tenía un mal presentimiento. Apoyó un brazo sobre el volante, observó el movimiento que la sobrina hacía con la uña comida del dedo índice sobre la gargantilla y preguntó

‒ ¿Quieres que vaya contigo?

‒ Gracias, tío, pero tengo que mostrarle a Ingrid que no ya dependo de nadie‒ Emma respondió con calma. Sacó el móvil del bolsillo y le mandó un mensaje a Regina, diciéndole que había descubierto dónde estaba Ingrid.

‒ Estás avisando a aquella mujer, ¿verdad?

Emma lo miró sorprendida.

‒ Sí. Le dije que la avisaría cuando encontrara a mi madre‒ Emma se quedó callada, apretó los labios, pero no había necesidad de no confiar en David. Así que, comentó ‒ Fue ella quien me dio fuerzas para regresar. ¿Sabes? Llegamos a salir de la ciudad, íbamos para Boston, pero le pedí que regresáramos cuando supe que Ingrid estaba aquí. Ella iba a darme todo lo que más quería, salir de aquí y vivir una nueva vida a su lado, pero yo escogí volver.

‒ ¿Por qué lo hiciste, hija?‒ David la escuchó con atención

‒ Me entró una cosa, un sentimiento. No sé, esa superprotección de todo el mundo conmigo me pareció raro, como si no fuera capaz de enfrentar a mi madre, como si solo le tuviera miedo, ¿entiendes? Sí tengo miedo, miedo de herirme con las cosas que me diga, pero por otro lado, siento deseos de saber todo lo que nunca me contó. Siento que me ha robado la verdad durante mucho tiempo.

‒ ¿Y qué piensa esa mujer de la que me hablas?

‒ Ella también tiene miedo de que yo salga dolida, pero ella me ama‒ los ojos de Emma brillaron de nuevo de una manera extraña ‒ Algo me dice que mi destino es estar con ella, no veo la hora de descubrir la verdad sobre Ingrid para marcharme con la conciencia limpia.

‒ ¿Cuándo me presentarás a esa mujer de la te has enamorado, Emma?‒ por un momento, David creyó que dicha mujer no existía, sin embargo aquel brillo en los ojos de su sobrina decía otra cosa.

‒ Pronto. Te va a gustar‒ Emma suspiró y le sonrió, y estaba a punto de darle un beso en la mejilla, pero un movimiento en la calle la hizo girarse y mirar ‒ Ingrid‒ Su madre acababa de aparecer en la calle de la pensión, andando apresuradamente. Con el cabello suelto y largo, y una ropa sencilla, enseguida la reconocieron ‒ Está aquí. Es ella, tío.

David también había visto a la hermana en la pensión.

‒ Sí, es ella. Ve rápido, hija, puede salir enseguida para ir a buscar la maleta al hotel.

‒ Pero no lo hará.

Emma saltó de la camioneta. Cogió la maleta con la ayuda del tío y la arrastró por las ruedas hasta la pensión. Echó un vistazo por encima del hombro y vio al tío pronunciar un "Buena suerte" antes de atravesar la calle. Cuando entró en la pensión, alguien la reconoció.

‒ Ah, hola, Emma. Tu madre acaba de pasar por aquí. Su cuarto es el seis, ¿sabes dónde queda? Gira en ese pasillo y sigue hasta la penúltima puerta ‒ dijo la persona a quien le costó reconocer, pero por la silueta delgada debía ser de la familia de Anita, entonces recordó que la pensión llevaba su nombre. Bueno, no importaba, tenía que llegar hasta su madre y fue lo que hizo después de agradecer, torpemente, a la recepcionista tan generosa por darle aquella información.

La muchacha arrastró la maleta de forma tan torpe como a la entrada, enfiló por el pasillo y de repente se encontró cansada o acaso sería su corazón acelerado. El cuarto número seis estaba frente a ella, ya no había vuelta atrás. Emma oía el ruido de zapatos pisando firme en el suelo, venía de dentro.

Se decía a sí misma, en voz baja.

‒ Valor, Emma, valor‒ entonces alzó el puño hacia la madera de la puerta y llamó dos veces con fuerza.

El sonido de pasos cesó allí dentro, seguido de un

‒ ¿Quién es? No necesito toallas limpias.

La muchacha tragó en seco y llamó de nuevo con más fuerza. Ingrid no demoró mucho en perder la paciencia.

‒ Mire, ya le he dicho que no necesito…

La madre de Emma abrió la puerta y se encontró a la hija, encarándola con expresión nada amistosa. Emma la empujó, antes de mirarla a los ojos y arrastró la maleta hacia dentro, cerró la puerta y la trancó con la llave, quedando las dos encerradas. Se guardó la llave en el bolsillo de los vaqueros. Todo fue muy rápido para que Ingrid reaccionara y cuando se dio cuenta, su hija estaba de pie, delante de ella con aquellos cabellos oscuros cubriéndole la mitad del rostro y una pose autoritaria.

Ingrid encontró la pared a su espalda y frunció el ceño hacia Emma, sin entender.

‒ He venido a entregarte la maleta que dejaste en el hotel y que, ciertamente, ibas a ir a buscar más tarde. Pensé que sería útil traértela, de esa forma finalmente me enteraría de dónde estabas escondida.

La mujer encogió los hombros, nunca se había sentido tan azorada. Por un momento, no dijo nada, siguió mirando a la hija, viendo cómo la desafiaba con la postura. Emma resoplaba entre una palabra y otra, intentando exorcizar aquel pavor de volver a ver a alguien que le había hecho tanto mal. Poco a poco, se fue calmando, al ver que Ingrid parecía mucho más inofensiva de lo que se esperaba.

‒ Tenemos que hablar y esta fue la única manera que encontré para hacerlo‒ recalcó la muchacha ‒ ¿Por qué huiste de mí cuando te vi en el Anita's?

‒ Para alguien que ha vivido encerrada en aquella casa de Blue Hill, eres muy astuta, hija mía‒ Ingrid se apartó de la pared, enderezándose, buscando entender de qué quería Emma hablar con ella.

Emma apretó los dientes, veía cómo la madre se acercaba.

‒ Buscas saber dónde estoy, investigas, me encuentras e invades mi cuarto en esa simpática pensión como si estuvieras desesperada por resolver un crimen. Serías una buena detective, ángel mío ‒ Ingrid se desahogó, se paró en medio del trayecto, entra la cama y un escritorio. Cruzó los brazos e irguió sus cejas, evidenciando los ojos azules, intimidando adrede a la muchacha.

‒ No cambies de tema. ¿Por qué no has querido hablar conmigo antes? Llevas tantos días en la ciudad y no me buscaste. ¿Qué está pasando que yo no puedo conocer?

Ingrid hizo una señal con la mano.

‒ Cálmate, querida, no tengas tanta prisa. Vamos por partes. ¿Qué quieres saber en primer lugar?

Emma notó suavidad en la voz de su madre, un tono que usaba a propósito siempre que quería conseguir algo. No podía dejarse abatir.

‒ Quiero entender qué estás haciendo. ¿Por qué has vuelto?

La rubia sonrió un poco, los labios cubrían parte de los dientes que apenas mostró a la hija.

‒ No conoces de verdad a tu madre. Siempre vuelvo, querida, pase el tiempo que pase. ¿Pensaste que porque he tardado un poco más nunca más iba a volver a Mary Way Village?‒ Ingrid prestaba atención a la tensión de la hija, a la manera cómo agarraba la llave del cuarto en el bolsillo de los pantalones para esconder el temblor de la mano. Los ojos de Emma estaban abiertos de par en par, pero agitados, y sus cabellos eran oscuros y brillantes. A Ingrid no le gustaba ese color ‒ Emma, mi amor, mi dulce criatura, no te sientas ofendida por mis ausencias, he tenido muchos empleos temporales, sabes que soy demasiado orgullosa para quedarme y trabajar en la floristería. Odio depender así de otros, mucho más de tu tío, mi maravilloso hermano…

‒ Basta‒ pidió la muchacha, girando la cara, odiándose por sentir cosas contradictorias cuando miraba a la madre. Cualquier explicación que intentara darle era una absoluta mentira. Entonces, ¿por qué tenía esa sensación de muerte, un dolor en el pecho transformado en pena por la mujer? ‒ No quiero caer de nuevo en tu palabrería. No he venido a buscarte para eso y sé que preferías mil veces estar lejos de mí porque siempre fui un estorbo en tu vida.

Con un suspiro de desahogo, Ingrid dijo

‒ ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

‒ No importa. Después de haber crecido, especialmente después de dejar de ser un bebé, ignorabas completamente mi existencia. Obligaste a mi abuela a cuidarme, aunque ella jamás se opuso, pero sé que todos estos años en que has estado ausente nos has hecho a ella y a mí cosas horribles.

Ingrid se llevó una mano al pecho, tal como hacía en sus mejores actuaciones, sin embargo, se había vuelto un hábito.

‒ ¿De qué estás hablando, muchacha?

‒ Estoy hablando de que perjudicaste mucho a la familia‒ Emma se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y volvió a mirar a la madre ‒ Tus elecciones perjudicaron a muchas personas.

Otra sonrisa a medias, una risa irónica salió ahogada.

‒ Tú no sabes nada de mis elecciones. Lo que cuentan por ahí son mentiras que la gente, con el paso del tiempo, solo hace crecer. Por más enfadada que estés, no creo que sea prudente acusar a tu madre, a fin de cuentas, aún soy tu madre‒ Ingrid dio un paso hacia delante, quedando aún más cerca de Emma ‒ Quieres saber por qué he vuelto, creo que la razón es sencilla. Ha sido por ti. Ha habido algunos contratiempos, algunos problemas. Estaba buscando el valor para ir a hablar contigo y pedirte que me dejaras quedarme en casa, sabía que estabas enfadada. Así que estaba reuniendo dinero, un poco para poder mantenernos, no quería aparecer delante de ti con una mano delante y otra detrás.

Emma contuvo un murmullo. No creía nada de lo que la madre decía. Estaba llegando el instante en que lo que le iba a decir les iba a doler a las dos.

‒ ¿Pensaste que no te iba a dejar volver a casa? Tenías razón. No quería verte nunca más.

‒ Todos me lo decían. Todos me decían que no querías verme aunque trajera un millón de dólares en una maleta para ti. Comprendo, Emma. Siento mucho todos estos años que he desperdiciado ‒ Tragó en seco, sacudió la cabeza, buscó lágrimas donde no había para impresionar a la muchacha ‒ Has pasado muchas necesidades por mi culpa. Querida, si pudiera arreglarlo, lo estaría haciendo.

‒ Deja de mentir, nunca has querido arreglar nada‒ dijo Emma, dura ‒ Siempre has pensado solo en ti. Siempre has sido tan ambiciosa que nunca has tenido la capacidad de pensar en los demás. Puede que en lo más profundo de tu ser haya arrepentimiento, pero no me convences.

‒ Mira que me dijeron que no sería fácil ‒ Ingrid se acercó a la hija, intentando comprender aún todo aquel comportamiento exasperado. La muchacha dejó que Swan le tocara su rostro, aún así no veía brillo en los ojos de la madre ‒ Te has vuelto tan guapa. Tienes los trazos de tu abuela. Te has convertido en una muchacha fuerte, sana‒ sonrió, deslizando sus manos por las mejillas de su hija hasta llegar a su cabello oscurecido. Ingrid desaprobaba el color oscuro que Emma se ponía desde pequeña ‒ Lo único que no me gusta es este color. No te pega.

Emma se había quedado inmóvil hasta aquel momento.

‒ No te gusta porque te hace recordar a mi padre‒ soltó las palabras como si las estuviera en la punta de la lengua desde el comienzo.

Ingrid fue pillada de improviso.

‒ No es verdad.

‒ No tienes por qué esconderlo. Supongo lo perturbador que debe ser mirarme y recordar un plan que salió mal. ¿Es por eso por lo que no hablaste conmigo aquel día en el Anita's? ¿Es por eso que vienes evitándome y escondiéndote de todo el mundo todos estos años?‒atacó Emma, enderezándose.

Ingrid se congeló en el sitio, sintió un estremecimiento incómodo subirle por la columna vertebral.

‒ Tu padre lleva años lejos de esta ciudad, incluso puede que esté muerto‒ hablaba con voz trémula ‒ ¿De dónde has sacado esas ideas locas?

‒ Poco importa, Ingrid. Quiero que me digas la verdad sobre todo‒ Emma iba a apretar los brazos de la madre, y la manera en que le agarró los codos, trajo a Ingrid una visión aterradoramente familiar.

Miraba a la hija, afligida por una respuesta. La manera en que miraba a la madre, la boca entreabierta respirando exageradamente…Semejanzas.

‒ Tu padre y tú os parecéis mucho‒ Ingrid dijo en un susurro, bien cerca del rostro de la hija ‒ La manera en que te colocas y miras…¿Sabes? Heredaste los ojos verdes y los cabellos rubios de mi familia, pero yo diría que el resto lo has heredado de él.

Emma se soltó de ella, dividida entre la sorpresa y la curiosidad.

‒ Entonces es verdad

‒ Tengo muchos recuerdos de él.

‒ Te has encontrado con él, con el hombre que en realidad es mi padre.

‒ No, Emma, no es eso.

‒ No me mientas, por favor‒ la joven sacudió la cabeza de un lado a otro

‒ Te juro que no estoy mintiendo.

‒ Entonces, dime ya quién es ese hombre. ¿Por qué me has escondido una información tan sencilla durante tanto tiempo?

‒ ¡Dios mío, Emma! ¿Qué te han hecho?– Ingrid comenzó a desesperarse. Se colocó las manos en la cabeza, caminó por el cuarto y jadeó como alguien que hubiera acabado de hacer un gran esfuerzo ‒ Además de inteligente, eres una entrometida ‒se recompuso ‒ No sé lo que ella te ha hecho

Ingrid echó a andar por la habitación, buscó cigarros en el bolso y encendió uno más rápido de los que tardaba en abrir una botella de coñac. Aspiró el humo frente a la hija. El humo casi hace que Emma tosa. Era un viejo truco para cambiar de tema.

‒ ¿Ella?‒ Emma pensó en Regina

‒ Esa mujer con quien tienes un…Arg, no sé cómo se llama a ese tipo de cosa. Ha sido ella quien te ha metido esas absurdeces en tu cabeza, ¿o lo vas a negar? ¿Eh? Ahora eres tú quien no necesitas esconder, querida, conozco a ese tipo de mujer. ¡Ella quiere vengarse de todo lo que el marido le ha hecho!

Ingrid se estaba refiriendo a Regina, pero no tenía idea de cómo sabía ella que Emma y Regina estaban juntas.

Emma sacudió la cabeza, aturdida.

‒ ¿Cómo…?

‒ Ah, querida, os vi besándoos, una escena lamentable‒ Ingrid habló con asco. Inhaló dos veces más del cigarro y sopló el humo hacia lo lejos. Cuando se dio por satisfecha, lo tiró, aún encendido, por la ventana ‒ Como tu madre, debía protegerte de esa mujer, pero sabía que vendrías como una fiera atrás de mí después de que ella te comiera la cabeza. Ten cuidado, Emma, ten mucho cuidado con ella.

Emma pensó que aquel era un juego más de la madre para convencerla. No sabía cómo había descubierto lo de Regina, ahora no era el momento para pensar en eso, pero quizás si entraba en el juego de Ingrid finalmente desvelaría la verdad.

‒ Pero la amo, mamá‒ dijo la muchacha en un falso tono de lamento, aunque estaba diciendo la verdad.

‒ ¡Eres muy joven para saber lo que es el amor!

Y tú nunca lo has sabido ni lo sabrás, pensó Emma, mirando a una esquizofrénica Ingrid.

‒ ¡Yo sí sé lo que es, estuve locamente enamorada de tu padre y casi me maté cuando me dejó!

La rubia se acercó a Emma de nuevo.

‒ ¿Por qué tengo que tener cuidado con ella?

Ingrid encaró a la hija, con superioridad.

‒ Esa cosa que las dos tenéis. No confíes en ella, Emma, no puedes.

Al decir eso, pensó en la hija corriendo hacia la casa y cuestionando a la escritora sobre la historia. En un instante había conseguido preocupar a Emma, y estaba convencida de que ahora para la sra. Colter y para ella ya no había vuelta atrás.

Era demasiado para la cabeza de Emma. La muchacha sentía el estómago revuelto, sintió ganas de vomitar el desayuno y de echar a correr para siempre. ¿Qué estaba haciendo Ingrid con ella de nuevo? ¿De qué conocía Ingrid a Regina? Emma recordó la conversación que habían tenido el día anterior, la promesa que Regina le hizo hacer.

Ingrid demostró pena por la hija, alzándole el mentón con un dedo.

‒ Lo siento mucho, cariño

Emma se quitó el dedo de la madre de debajo de su rostro con brusquedad y echó a correr hacia la puerta, la abrió y la cerró con estrépito antes de echar a correr por todo el pasillo.

Abandonó la pensión, mareada, con náuseas y un dolor de cabeza enorme. Necesitaba sentarse un momento, entender lo que aquella mujer le había dicho allí dentro. No sería así que le iba a arrancar a la madre las respuestas.


Emma huyó hacia el puerto, se sentó en el muelle y se quedó observando el mar, sola. Tenía tanto odio, tanto rencor por Ingrid. No había espacio para el perdón, no había forma alguna de comprender las razones por las cuales la mujer siempre la envenenaba. Emma ni siquiera podía exteriorizar su frustración. Ninguna lágrima descendió por su rostro mientras observaba cómo el mar golpeaba las piedras e iba subiendo la marea. Pero encontró una manera de olvidar el encuentro con Ingrid por algunos segundos, huyendo mentalmente hacia el día en que estuvo sentada en ese mismo sitio del embarcadero con Regina a su lado, desafiándola. Una poesía se creó en su mente mientras miraba el agua, era todo de lo que se acordaba y el rezo que calmó el veneno de Ingrid.

Cuando abrió los ojos, vio la sombra de Regina cortar la brisa que pasaba a su lado. Ella la abrazó al instante siguiente.

‒ Te esperé fuera de la pensión, te vi cuando echaste a andar hacia acá. ¿Cómo fue la conversación?‒ la voz de Regina era tan baja, lo suficiente solo para que la escuchara Emma.

‒ No pude. Me engañó de nuevo‒ Emma habló, de forma ahogada, apoyada en el hombro de la escritora.

Regina la mantuvo en sus brazos, protegiéndola. Le pasaba las manos por los cabellos. Solo tenían el mar como testigo.

‒ ¿Aún estás segura de que necesitas esas respuestas?

‒ Empiezo a pensar que no van a venir de Ingrid‒ dijo la muchacha, cerrando los ojos en el regazo de Regina.