NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO ESTO.
¡Hola a todos! Finalmente traigo este capítulo, han sido semanas muy difíciles, pero espero que las cosas se vayan acomodando ahora que nos acercamos al hermoso otoño y a la temporada de fiestas. Con este capítulo ya estamos en Coruscant y las cosas comienzan a sonar complicadas, habrá unos cuantos enrededos políticos más adelante. Y claro, mucho drama jeje.
GRACIAS por sus hermosos comentarios a NatGun, selmarie y mountacoma.
¡disfruten!
Parte XVI
Hace años…
Cuando era una niña muy pequeña, Padmé vio un holo de la boda de sus padres y quedó fascinada con el vestido de novia que usó su madre, de color blanco, formado por un corsé empedrado con perlas y brillantes, y una falda larguísima con organza de color lavanda simulando flores en la caída; sobre su cabeza, una hermosa tiara plateada con perlas sostenía un velo de encaje que llegaba hasta el suelo, también usaba unos elegantes guantes en sus manos que le llegaban hasta el antebrazo, preciosos collares de brillantes, el anillo nupcial y el brazalete tradicional de la familia Naberrie. Ese día decidió que, si alguna vez se casaba, iba a ser con el vestido de su madre.
Pero ahí estaba, en el día de su boda, vistiéndose a escondidas de todas sus damas con un sencillo vestido blanco que consiguió comprar en la HoloNet una semana atrás, un corsé sencillo, falda lisa y un collar de perlas como único accesorio. Se veía mucho más simple de lo que una novia debería verse, aunque conociendo a Anakin, él diría que se veía como un ángel.
Siempre era un ángel para él.
Pocas veces Padmé se permitía pensar en la incomodidad que experimentaba cuando Anakin la admiraba como si ella fuera perfecta, en el fondo, ella no se sentía merecedora de esa devoción. Anakin era uno de los mejores Caballeros Jedi de la Orden, un General destacado y un Héroe de Guerra, tenía un corazón bondadoso que usaba como su mejor arma para liderar a sus legiones en batallas inteligentes. Él peleaba todos los días por el bienestar de la República y de miles de pueblos. Ella hacía lo que podía en el Senado, pero en el fondo, siempre sentía que debería estar preocupándose más por detener el conflicto usando estrategias políticas más agresivas, que perdiendo el tiempo noviando con un Jedi guapo.
"No, Anakin es más que eso," se recriminó mentalente, pero el reclamo dejó un estremecimiento que bajó por su columna vertebral, no era la primera vez que la culpa la hacía sentirse enferma (en las últimas semanas, se sentía enferma casi todo el tiempo) pero esta vez fue peor.
Una sensación de náusea sacudió su cuerpo de pies a cabeza, y Padmé se reclinó en su cama un momento para contener el poco alimento en su estómago. No había comido nada desde la mañana (té y un trozo de fruta) pero no había podido calmar sus nervios en todo el día para ingerir algo más. Comenzaba a dolerle la cabeza, y en su pecho la aprehensión amenazaba con convertirse en uno de esos ataques de ansiedad tan comunes en ella los últimos meses.
Las novias deberían sentirse felices el día de su boda, pero ella… ella a duras penas tenía ánimo de mirarse en el espejo. Todo parecía ser un sueño del que iba a despertar.
Lejana le parecía esa ilusión en donde ella bajaba una larga escalera cubierta de flores, con el vestido de novia de su madre, siendo escoltada por su padre, a un enorme salón con pilares cubiertos de capullos de ángel, ventanales llenos de colores y un centenar de invitados recibiéndola con una sonrisa, mientras un cuarteto tocaba las suaves músicas tradicionales de Naboo, su novio esperándola en un altar de flores coronadas con listones de color azul.
¿A dónde se había ido esa ilusión? ¿Dónde quedó atrapado ese sueño, entre la monotonía de su agotadora vida actual y la presión de un secreto? Haciendo acopio de todo su valor, Padmé se paró de la cama y caminó al espejo de cuerpo completo en la entrada de su ropero.
Ahí estaba ella, usando ese sencillo vestido blanco, collar de perlas, sin velo, con un peinado simple de trenzas en la parte superior de su cabeza. Nada de maquillaje sobre el rostro, cansado y sin ánimo, de una mujer resignada.
"¿Qué falacia es esta?" se cuestionó Padmé mentalmente, sin dejar de mirar su reflejo, sus ojos se llenaron de lágrimas por la patética visión que tenía enfrente. Pero una novia debería ser feliz, una novia no pensaba en los vestidos y salones costosos, si no en compartir su vida con el hombre que amaba.
Anakin… amaba a Anakin… pero…
Su comunicador sonó de repente, Padmé respondió sin ver el remitente.
—Ah, Senadora Amidala, lamento mucho interrumpirla en su tarde libre—dijo la avejentada voz del Canciller Palpatine—Pero me temo que tenemos un asunto de emergencia en el Senado.
—¿Oh? ¿A qué se refiere?
—Me refiero a que los Separatistas han atacado una de nuestras bases de inteligencia, la cual, lamentablemente, se encuentra en un territorio neutral.
—¿Cómo es eso posible?
—Fue un trabajo de inteligencia muy discreto, pero este ataque compromete la neutralidad del sector. Además, hablamos de una base con una tecnología muy… especial, no podemos dejar que la base caiga.
—Eso me suena a una decisión militar, Canciller.
—Ah, si fuera tan simple esta información no saldría del Consejo Jedi, pero me temo que la neutralidad de este sector compromete a Mandalore.
"Oh, no…" pensó Padmé. ¿Mandalore? ¿En serio? De todos los sistemas neutrales, desde luego tenía que ser uno de los planetas con el contexto político más complejo en la historia de la República.
Padmé tenía una predilección hacia Mandalore que era bien conocida en el Senado. Para empezar, admiraba a la Duquesa Satine, la soberana de Mandalore, porque evocaba esos valores de integridad por los que ella tanto luchó cuando fue soberana de Naboo. Protegía a su gente con fuerza y estaba orgullosa de su pueblo, sin dejarse amedrentar por nadie en la República. Era una buena líder, una mujer confiable, y Mandalore estaba en todo su derecho de mantenerse neutral en una guerra que no era suya.
—Es un tema que se debe discutir en el Senado. —continuó el Canciller— Tendrán que enviarse comitivas, seguramente, a Mandalore, pero debemos discutir si dicho sistema debe permanecer neutral, o ayudarlo a elegir un bando.
—¿Coaccionarlo, querrá decir?
—Oh, mi querida Amidala, no sea tan ingenua ¿No recuerda esas lecciones que le di, cuando yo aún era Senador? Mandalore no es tan neutral como presume, porque si lo fuera, su querida Duquesa no estaría aquí.
—Es un juego peligroso, Canciller.
—En el cual, estoy seguro, tendrás una opinión al respecto. Después de todo, Mandalore es un sistema importante, su incorporación a la causa sería magnífica, ¿no lo cree?
No, Mandalore no debía ir a la guerra. Eso destrozaría la poca prosperidad que apenas estaban consiguiendo. Ella conocía muy bien los horrores de la guerra, los vivió en Naboo, los leía en reportes, los escuchaba de Anakin… "No, no más", pensó.
—¿A qué costo, Canciller?
—Eso es lo que se debe discutir. Recuerda, mi querida Amidala, nadie en esta guerra es inocente y nadie se retirará sin pagar el precio. Pero debemos asegurarnos de que caigan los culpables, y que el precio sea el menor, ¿no lo crees?
—Sabe lo que opino al respecto.
—Y es por eso que deseo escucharla en el Senado. Tendremos una junta extraordinaria en dos horas, espero contar con su participación.
—Canciller, usted sabe que tengo un viaje importante a Naboo y que me marcho el día de hoy.
—¿Ese viaje es más importante que una de las decisiones más trascendentales en el transcurso de la guerra? Si tomamos la decisión correcta, podríamos reducir el tiempo de esta espantosa guerra.
—Eso depende de lo que usted considere qué es la decisión correcta.
—Oh, Amidala, usted y yo sabemos bien cuál es la decisión correcta.
—Mi viaje a Naboo es prioritario, y estoy segura de que el Senado llegará a la decisión correcta sin mi.
"O al menos, eso espero…" tendría que mandar unos mensajes a Bail antes de irse, y confiar en que él conseguiría hacer algo con sus compañeros senadores.
—¿Oh, enserio? Bueno, si es así, no la molesto más—dijo Palpatine con voz decepcionada— Ya veo que su postura de senadora comprometida es más bien a conveniencia.
Algo se retorció en su interior, una mezcla de enfado e indignación, "¿Cómo se atreve a decirme eso? ¿A mí, de entre todos los Senadores de la República? ¿¡Cómo!?" El sentimiento se prendió como una chispa, empezando una pequeña llama en su pecho que iba creciendo con cada inhalación.
—Canciller, ese juicio es muy severo y fuera de lugar.
—Si estuviéramos en mi oficina sí, pero en una charla personal con mi antigua soberana, a la cual serví con tanto compromiso, es un comentario perfectamente válido. Su poder disminuye, senadora, y creo que es momento de decírselo.
—¿Y por qué querría decirme eso, Canciller?
—Por que aún recuerdo a esa joven brillante que comenzaba en el mundo de la política, que solo deseaba la oportunidad de demostrarle a la galaxia que podíamos ser una sociedad mucho mejor. Usted tiene más poder de lo que cree, pero su moralidad ingenua le impide tomar una acción que sea realmente relevante en esta guerra.
—Me sobrestima, Canciller.
—Y usted se subestima, Senadora. Pero ya veo que sus compromisos en Naboo son más importantes que sus deberes con la República. En fin, no le quito más su tiempo, que tenga un buen día senadora.
—Espere…
Palpatine terminó la transmisión.
La llama en su interior había crecido hasta convertirse en un fuego que abarcaba ya todo su pecho, alimentado por el aire de su respiración indignada y el calor de su mente trazando todos los planes posibles de alianzas en el Senado que podrían hacer un cambio significativo en el discurso del Canciller.
Palpatine involucraría a Mandalore en la guerra sin pensarlo. Muchos senadores lo escucharían ciegamente, pero ella sabía quiénes no, y cómo ganarse su apoyo. La Duquesa Satine seguía en Coruscant, lo cual podría ayudarle si usaba la jugada correcta con las personas adecuadas.
El fuego seguía creciendo, consumía su ser entero, abarcando todo su cuerpo ahora. Tenía que apagarlo, y la única forma de hacerlo sería debatiendo en el Senado todo lo que debía debatir para que Mandalore no se viera afectado. Tenía que pelear por lo que era justo.
Miró a través de la ventana el edificio del Senado… tenía que ir.
Volteó al armario para buscar un vestido de gala y entonces vio su reflejo de nuevo, vestida de blanco, y lo recordó.
Su boda.
Anakin.
"Anakin entenderá," pensó Padmé, él siempre entendía cuando ella le hablaba de sus peleas políticas. Pero esta no era una simple cita que podía postergar, era el día de su boda, el día que llevaban meses planeando para hacer pública su relación y comenzar una vida juntos. Anakin estaba tan cansado de su relación secreta, harto de tener que mantenerse en las sombras cuando podía pelear para ella, pero Padmé nunca quiso eso.
Padmé no podía verse en ese reflejo a sí misma, esta no era la boda que había planeado para ella, no era la situación que deseaba, y honestamente, sentía más pasión por ir al Senado y defender la neutralidad de Mandalore que por ir a una simple terraza para desposarse apresuradamente con Anakin sin que ni siquiera sus padres estuvieran presentes.
Una voz en el fondo de su cabeza alcanzó a susurrar un "Detente" antes de que Padmé tirara del collar de perlas en su cuello, rompiéndolo, y se adentrara a su armario para cambiarse de vestido tan rápido como le era posible. Su corazón se contrajo dolorosamente y lágrimas llegaron a sus ojos, unas lágrimas pesadas, cargadas de dolor, pero que Padmé se contuvo de derramar, mirándose al espejo con una mirada dura.
El Canciller quizá tenía razón, Padmé podía llegar a ser muy blanda, muy idealista, creyendo que los cuentos de hadas podrían hacerse realidad. Era Padmé la que deseaba irse con Anakin a Naboo y olvidarse de la República por días enteros. Era Padmé la que respondía siempre las llamadas de sus padres, la que se detenía cuando sus sobrinas cumplían años para llevarles regalos, la que deseaba hacer pública su relación con Anakin sin importarle las consecuencias políticas. La rebelde, la soñadora, que siempre esperaba lo mejor de la gente…
…la que estaba perdiendo poder e influencia política, la que estaba desgastando a sus aliados, la que iba diseminándose en la escena del Senado por darle prioridad a su familia.
No más.
Ya no podía permitirse esas debilidades, no si quería tener el poder suficiente para detener la guerra. Tenía que hacerlo, ¿quién más daría la cara por Naboo, por Alderaan, por Mandalore, por todos esos sistemas que confiaban en la República? Ella tenía que hacerlo. Solo así conseguiría mantener a Naboo a salvo, y a su familia. Además, mientras más pronto terminara la guerra, menos tiempo pasaría Anakin en el campo de batalla.
Todos necesitaban que este conflicto acabara y ella había perdido el tiempo con sus deseos egoístas de tener una familia. No más.
Al fondo de su cabeza, la débil voz, aún más suave que un susurro, pronunció su última oración: "Detente, ellos no lo merecen." pero Padmé miró su reflejo con desdén, odiando la imagen de esa mujer frágil, y calló a esa voz con firmeza, al mismo tiempo en que el fuego de su interior consumía todo rastro de las buenas intenciones que ella tuvo al principio.
"Ellos entenderán," pensó una última vez, antes de mirarse al espejo. Sus ojos llorosos contuvieron las lágrimas dolorosamente hasta volverse duros, sus facciones de repente se afilaron, y su expresión se volvió de hielo.
Amidala alzó la barbilla para que su mirada fuera más dura aún, y se marchó al Senado sin mirar atrás.
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Tiempo presente,
Templo Jedi, Distrito Jedi, Coruscant.
Padmé estaba acostada en su cama, acurrucada para abrazar una almohada, los rastros de lágrimas seguían frescos sobre sus mejillas, las dolorosas lágrimas que intentó derramar desde ese fatídico día, pero que se contuvo de hacer. Sola estaba sentada en la cama a su lado, acariciando tiernamente su cabeza, pero sin decir nada, dejando que el silencio le permitiera a Padmé pensar.
Bajo la máscara inflexible de Amidala, Padmé había estado sufriendo todos esos años, extrañando a su familia, añorando a Anakin, sin permitirse por un solo instante salirse del personaje que se había creado en un momento de desesperación y miedo.
Detestaba pensar en lo fácil que Palpatine pudo detonar esa decisión, más aún ahora que sabía la verdadera identidad de Palpatine, de ese despiadado Sith que casi mata a Anakin.
"Ani…"
—Anakin me odia—susurró, incapaz de contener ya todos los sentimientos que tenía en su interior.
Sola contuvo el aliento, esta conversación sería difícil, pero su hermana lo necesitaba. No iba a perderla otra vez.
—No creo que te odie—le dijo—Pero tampoco eres su persona favorita.
—¿Crees que algún día me perdoné?—susurró, con esa voz quebrada de las personas que tienen la garganta seca por el llanto.
—No lo sé—confesó Sola—Tú lo conociste mejor que yo, ¿crees que te perdone?
Su Ani… siempre la llamaba ángel. Cuánto la amaba, no había cosa que no hiciera por ella, Padmé jamás se había sentido tan plena como cuando estuvo en los brazos de Anakin, segura y protegida, sabiendo que ese poderoso Jedi pelearía contra la galaxia entera solo para verla sonreír.
Aún recordaba la ilusión en los ojos de Anakin cuando hablaban de su boda, lo feliz que él estaba simplemente con sujetar su mano para besar su dorso, como si la reverenciara, como si no pudiera creer que él era digno de su afecto.
Recordar eso la hacía sentirse peor, porque si así de inmenso fue su amor… ¿qué tan profundo fue el dolor que le causó su traición?
—No lo sé—confesó Padmé—Pero siento su desdén. Lo lastimé mucho.
—Anakin decidirá si perdonarte o no, eso es algo enteramente de él—dijo Sola, con ese tono de voz explicativo que usaba al hablarle a sus hijas—Pero tú debes hacer algo para enmendar tus errores, de lo contrario, tu conciencia jamás estará tranquila.
Padmé se tensó, su cuerpo adoptando una postura a la defensiva. Era la costumbre de estar años enteros aparentando que tenía autoridad, de no reconocer ninguno de sus numerosos errores.
Pero al notarlo, respiró profundo para relajarse. Sola tenía razón, y tenía que aceptarlo.
—¿Algo como qué?—preguntó.
—Tendrás que pensar en eso. Con mamá y papá será algo sencillo, conmigo… bueno, estamos en eso—le sonrió pícaramente, lo cual la hizo sonreír por primera vez en días—Y con Anakin… eso será más difícil. Pero tenemos tiempo de pensar en eso.
—No creo que tengamos tanto tiempo.
—Bueno, según los Jedi debemos quedarnos aquí al menos siete días estándar más antes de que sea seguro volver a Naboo—suspiró Sola—Creo que en ese tiempo podemos pensar en algo.
Padmé asintió, y suspiró pesadamente, sentándose en la cama al lado de Sola. Su mirada estaba enfocada en un pasado que desearía cambiar.
—¿Crees que pueda enmendarlo, Sola?—dijo con un hilo de voz—¿Crees que alguna vez dejaré de sentirme así de miserable?
Sola lo meditó antes de hablar.
—Padmé, solo tú sabes si podrás perdonarte a ti misma.
La verdad en esas palabras la apabulló.
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Ahsoka Tano estaba parada en el centro del Consejo Jedi, con sus manos detrás de la espalda y una postura erguida, pero no orgullosa. El Maestro Plo la miró detenidamente, la pequeña niña que había encontrado se estaba convirtiendo en una mujer piadosa y sincera, cada vez más conectada con la Fuerza. A pesar de las dificultades que trajo la guerra, el Maestro Skywalker parecía estar entrenándola muy bien.
—Padawan Tano, se te ha conferido esta audiencia con el Consejo—empezó a hablar el Maestro Windu—Por favor, inaugura la sesión.
La togruta asintió, inhaló profundamente para liberar su nerviosismo en la Fuerza, y conseguir enfoque a la hora de hablar. Era la primera vez que hablaba con el Consejo a solas, siempre solía estar su Maestro al lado dándole apoyo moral, pero esta vez, era ella quien debía apoyarlo a él.
—Maestros, estoy aquí para contarles mi perspectiva sobre la misión que tuve con mi maestro al escoltar a la Vice Canciller—dijo Ahsoka, con voz un poco nerviosa—Esto es extraoficial a los reportes que enviamos y mi maestro no sabe que estoy aquí, así que pido discreción con respecto a lo que voy a comentarles.
Los maestros se miraron entre sí contrariados, esa era una declaración mayor.
—¿Qué tienes que decirnos?—preguntó Luminara Unduli, colocando ambas manos sobre su regazo.
"Aquí vamos…" pensó.
—He sido padawan del Maestro Skywalker por casi dos años. Lo he acompañado en misiones difíciles, violentas, y moralmente devastadoras. En todos esos escenarios, él se mostró siempre como un Jedi: centrado, confiado en la voluntad de la Fuerza, valiente, y compasivo para con las personas afectadas por nuestras batallas. Aún cuando tiene sus fallas, como todos nosotros, nunca ha permitido que esas fallas nublen su juicio, y lo he admirado por eso.
Sin embargo, en esta misión jamás había visto a mi maestro tan tenso, tan desenfocado y constantemente a la defensiva. La Vice Canciller Amidala no ayudaba en absoluto. Es evidente que hay un conflicto entre ellos, que no me corresponde conocer ni creo que sea necesario esclarecer, pero afectó seriamente a mi maestro durante la misión.
Ahsoka respiró profundo, evocando algunos recuerdos de la misión con su maestro para enfocarse de nuevo.
—Pido al Consejo de la manera más atenta, que considere un viaje de meditación para mi maestro, y un distanciamiento considerable hacia cualquier miembro del Senado en las próximas semanas, las más posibles, aprovechando estos tiempos de paz.
—Interesante tu petición es, alejarlo del Senado. —respondió Yoda—Considerar esto bueno para el Maestro Skywalker, ¿por qué?
—Porque la presencia de la Vice Canciller no es buena para mi Maestro.
Había un poco de fiereza en su voz cuando dijo esa oración, como cuando una persona quiere proteger a un ser querido. El consejo sabía que la relación entre Anakin y Ahsoka era estrecha, no les sorprendía que Ahsoka se preocupara por el bienestar de su maestro, pero sí la intensidad de sus sentimientos.
—Estresado, el maestro Skywalker ha estado. —concedió Yoda.
—Y su enfrentamiento con el Sith fue muy violento—agregó Mundi con preocupación—¿No crees que eso fue determinante, más que la presencia de la Vice Canciller?
Ahsoka negó con la cabeza antes de responder.
—Puede ser, pero al menos en esta misión, pude sentir en la Fuerza el conflicto entre mi maestro y la Vice Canciller.
Eso puso más en alerta al Consejo, quienes murmuraron entre ellos algunas de sus sospechas antes de hablar en voz alta otra vez,
—Skywalker y Amidala se conocen desde hace tiempo—dijo Shaak Ti—Antes incluso de que Skywalker llegara al Templo. Me parece que podría ser una situación personal.
—Si es así, no es de nuestra incumbencia, y no deberíamos intervenir—continuó el maestro Plo.
—Maestros, no pido una intervención directa, sino una simple sugerencia—dijo Ahsoka, antes de que la discusión se saliera de control—Que es la de mantener a mi Maestro lejos del Senado al menos por un tiempo, para que pueda meditar y curarse correctamente.
A través de la Fuerza, la togruta pudo sentir el desconcierto de los maestros, pero más que estar enojados o sorprendidos, parecían estar preocupados. Eso hizo que Ahsoka se cuestionara, ¿cuánto del pasado entre Anakin y Amidala conocían ellos? ¿lo hicieron a propósito, asignar a su maestro a esa misión?
"¿Podría ser que…?" no pudo terminar el pensamiento cuando alguien tomó la palabra otra vez.
—No veo nada de malo en su sugerencia, al contrario, me parece loable su preocupación hacia su Maestro—dijo Plo Koon, mirando a sus compañeros maestros, luego miró hacia Ahsoka con intensidad—Solo cuida que tu apego hacia Skywalker sea el correcto, joven padawan.
Ahsoka asintió, cuidando que sus expresiones fueran las más neutrales posibles antes de volver a hablar.
—Le aseguro que lo es, Maestro. He meditado antes de venir aquí, tengo muy claras mis percepciones a través de la Fuerza.
—Sentir eso, también lo hago, joven padawan—dijo Yoda con una media sonrisa de orgullo, que hizo a la togruta sentirse muy bien consigo misma.
Los murmullos continuaron un momento, frases como "ellos tienen un pasado" "necesitan tiempo" "es la voluntad de la Fuerza" se escucharon con más frecuencia, pero Ahsoka tuvo un buen presentimiento.
Fue como si la mismísima Fuerza le hablara a su corazón y mente, a través de firmes sensaciones de bienestar, con un mismo mensaje repitiéndose: "Todo saldrá bien".
—¿Hay alguien en contra?—preguntó Mundi, llamando la atención de todos.
Nadie en el Consejo habló.
—Muy bien.—Mundi frunció los labios antes de volver a hablar, un gesto que hacía cuando estaba especialmente preocupado por una situación—Hasta ahora, habíamos considerado decirle a Skywalker que tomara unas semanas libres, pero después de escuchar tu testimonio, padawan Tano, le ordenaremos descanso en Tatooine, seguido de un seminario de meditación en Yavin IV. Esto mantendrá a Skywalker lejos de Coruscant al menos un mes.
—Debe ser tiempo suficiente para que su mente encuentre calma—agregó Luminara—Skywalker se ha enfrentado a fuerzas oscuras a un nivel que ninguno de nosotros conoce, es importante permitirle el reposo adecuado.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted, maestra—asintió Plo Koon.
—Padawan Tano, por tu posición, te pediremos solamente que seas discreta con la conversación que hemos tenido en esta sesión—dijo Mundi—Le pediremos al maestro Kenobi que le comunique esta decisión a Skywalker mañana mismo.
—¿Entonces se irá mañana?—preguntó Ahsoka.
—No, todavía falta la ceremonia de condecoración—dijo Shaak Ti—Sería muy irrespetuoso faltar a esa condecoración del Senado.
—¿No podrían posponerla?
—No, porque el Senado estará en reposo durante un mes después de la ceremonia.
—Además, ya se ha acordado el evento y confirmado todos los invitados. —agregó Mundi— Skywalker merece ese reconocimiento por parte de la República.
—¡Pero es en el Senado!
—Padawan Tano, te pido de la manera más atenta que seas un apoyo para tu maestro en esa ceremonia—dijo Luminara—De cualquier forma, hablaremos con el Maestro Kenobi inmediatamente, para comunicarle nuestros planes y que tome las acciones correspondientes.
Sabiendo que era la mayor victoria que podía esperar, Ahsoka asintió, agradeciendo que al menos su maestro se marcharía un mes completo.
—Claro, maestra.
—Muy bien, gracias por comunicarnos tus pensamientos, padawan Tano. Es muy grato verte cada vez más conectada con la Fuerza—dijo Plo Koon.
Los demás maestros asintieron, conformes con el halago de Plo Koon. Ahsoka se inclinó en señal de gratitud, para ser su primera sesión con el Congreso a solas todo resultó mucho mejor de lo que esperaba. En verdad estaba creciendo como padawan, y como persona. Merecía sentirse contenta al menos esta vez.
—Terminada esta sesión está—dijo Yoda—Gracias, padawan Tano.
—Gracias a ustedes, maestros.
Ahsoka hizo una pequeña reverencia y salió del recinto, aún tenía que cuidar de su maestro en los próximos días, pero podía ver una luz al final del túnel y solo por eso sus pasos se sintieron más ligeros, ella misma estaba más tranquila.
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Cuando Ahsoka salió del recinto, el Consejo permaneció sentado, la sensación de que había un tema pendiente por hablar creaba una pequeña tensión que, sin embargo, nadie quería romper.
Era como lo temían, Amidala era una de las causantes de la depresión de Anakin.
—Skywalker ha demostrado una entereza admirable, pero temo que podamos llevarlo al límite—dijo Luminara, llamando la atención de todos los maestros—Necesita descanso.
—Absolutamente de acuerdo.
—Las habilidades de la padawan Tano han crecido enormemente estos años—agregó Plo—Su conexión con su maestro es admirable.
—Skywalker ha hecho un buen trabajo con ella.
—Maestros, debo admitir que me preocupa una cosa—dijo Shaak Ti, con un tono de voz atípicamente apremiante en su personalidad afable—Sabemos que Palpatine tenía interés en convertir a Skywalker en un aprendiz de Sith, aunque afortunadamente falló en sus planes.
Los Maestros asintieron, recordando las grabaciones que vieron sobre la espantosa pelea en la que se enfrentaron Anakin y Palpatine. Estaban seguros de que se llevarían esos recuerdos con ellos a la muerte, porque no había forma de olvidar la oscuridad tan atroz que Palpatine esparcía en la cúspide de su poder como Sith, ni tampoco las atroces palabras de manipulación que utilizó contra Anakin.
—Skywalker fuerte fue, la tentación resistió bien—dijo Yoda, sabiendo que la hazaña de Anakin era una en un millón, y que en esa batalla demostró merecer su título de Maestro aún más que algunos de los maestros que ya estaban en el Consejo.
—Así es, pero antes de que Palpatine pudiera revelar sus planes, Amidala hizo algo que perturbó profundamente a Skywalker—continuó Shaak Ti—En ese estado, era más fácil seducirlo al Lado Oscuro.
Los maestros se vieron entre sí consternados por lo que Shaak Ti estaba mencionando, pero fue el Maestro Mundi quien tomó la palabra.
—¿Quiere decir que Amidala pudo ser parte de ese complot para seducir a Skywalker al Lado Oscuro de la Fuerza?
—Sé que suena drástico—confesó Shaak Ti con una mueca en sus labios—Pero es un pensamiento que no quiero descartar, después de todo, ella y Palpatine son oriundos de Naboo, trabajaron en el mismo gobierno, y fue Amidala quien votó a Palpatine como Canciller en los albores de la guerra.
Explicado así, la teoría no sonaba tan descabellada, para consternación de los demás maestros, que comenzaron a hablar con aprehensión contenida.
—¿Entonces sería posible que hubiera una conexión entre Amidala y Palpatine?
—Hay evidencias que me permiten sospecharlo.
—Pero Amidala siempre ha sido una aliada indiscutible de la República.
—Sin embargo, ella siempre estuvo en misiones de inteligencia, incluso de infiltrada con los separatistas, y sabemos que Palpatine lideraba a los Separatistas también.
—Más aún, Palpatine tenía muchos infiltrados en el Senado…—dijo Luminara, llamando la atención de todos—No creo que debamos descartar a Amidala, menos aún con este contexto que la padawan Tano nos ha dado.
Ahsoka había sido muy clara al decir que Amidala perturbaba a su maestro, ¿pero qué pasaba si era algo más que un simple desagrado de la juventud, como ellos pensaban? ¿algo que por su inexperiencia, Ahsoka no podía detectar? ¿algo que, por su cansancio, Skywalker no podía enfrentar?
Años atrás, el Consejo Jedi se mantuvo totalmente neutral, ausente incluso, en situaciones sospechosas, por no considerarlas propias de los agentes de la paz que ellos eran, lo que Palpatine aprovechó para hacerse del control del Senado Galáctico. No podían repetir sus errores, no si querían reconstruir a una República más fuerte y devolverle la paz a la galaxia.
—¿Qué propone que hagamos, Maestra Ti?
—Vigilar a Amidala.
—Creo que sería prudente—concedió el Maestro Plo—También deberíamos hablarlo con el Canciller Organa, para que nos permita seguir vigilando de cerca al Senado.
—El Senado no lo aprobará.
—No tiene que hacerlo, mientras contemos con el respaldo del Canciller.
Era una jugada riesgosa… pero necesaria en tiempos difíciles. Y la posguerra era en definitiva un tiempo difícil. El Maestro Mundi asintió, sabiendo que ahora más que nunca la galaxia necesitaba de una Orden Jedi poderosa y unida.
—Acordaremos una sesión con el Canciller—dijo Mundi—¿A quién proponen para vigilar a Amidala?
—Creo que Siri Tachi sería una buena opción—sugirió Shaak Ti, quien ya tenía un plan en mente desde antes de compartir sus inquietudes al Consejo.
Mundi asintió, pero fue Luminara Unduli quien tomó la palabra.
—Ella aún no regresa de Tatooine, pero deberá hacerlo en unos días—concedió, sabiendo que Siri era una buena amiga de Skywalker y una Jedi poderosa.
—Lo cual nos da el tiempo suficiente de discutirlo con el Canciller.
Yoda asintió, era evidente que el Consejo estaba aprendiendo de sus errores en el pasado. Volteó para ver a Mundi, dándole su silenciosa aprobación sobre el plan que acababan de gestionar.
Una sola decisión –la decisión de Skywalker– marcó la diferencia entre el resurgimiento de los Sith y la caída de su orden. No podían permitirse llegar otra vez a un punto de tanta vulnerabilidad, y cualquier precaución era poca.
—¿Algo más que debamos mencionar antes de levantar la sesión?
Nadie dijo nada.
—Sesión, terminaba está. Que la Fuerza nos acompañe.
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Satine Kryze-Kenobi estaba sentada en el pequeño comedor del apartamento donde ella y Obi-Wan residían cuando estaban en el Templo. Ella y su esposo estaban tomando el té, relajándose y disfrutando su compañía, la Fuerza sabía que lo merecían después del desgaste que fue la Guerra de los Clones.
A su mente vino el lejano recuerdo de cuando ella era una joven adolescente, escondiéndose de caza recompensas que deseaban aniquilar la amenaza que representaba la joven duquesa para Mandalore. La Orden la dejó bajo la protección del Caballero Jedi Qui-Gong Jinn y el padawan de éste, el joven Obi-Wan Kenobi. Por meses se desplazaron de un lado al otro de su planeta, buscando lugares seguros, ayudando a su pueblo y, desde luego, enamorándose de su protector.
¡Qué jóvenes eran entonces! Idealistas y soñadores, convirtiendo esa situación de riesgo en el escenario de su cuento de hadas. Cuando el trono de Mandalore estuvo al fin seguro, y ella pudo gobernar en paz, Kenobi se despidió no sin antes confesarle sus sentimientos. Satine le correspondió, y los siguientes meses, interminables mensajes, llamadas y visitas entre los dos alimentaron un amor genuino.
No fue hasta que Obi-Wan consiguió el rango de Caballero Jedi cuando se sintió digno de pedir la mano de Satine en matrimonio. Fue una boda sencilla en el Templo, pero más grande en Mandalore. Lo único que le importó a Satine fue la inmensa felicidad que sintió al unir su vida con el hombre que amaba. La guerra empezó casi al mismo tiempo, y su matrimonio se vio envuelto en una gran cantidad de predicamentos, de los cuales salieron victoriosos.
Al fin, después de años, estaban juntos en su hogar sin nada de qué preocuparse más que su futuro. Como siempre debió haber sido.
—¿Cómo está Anakin?—preguntó, ella le tenía mucho cariño a Anakin, y sabía que Obi-Wan lo consideraba como su hermano.
La expresión de Obi-Wan combinaba preocupación con resignación, los últimos años habían sido pesados para Anakin en la guerra, y Satine también estaba preocupada por el bienestar mental del joven Jedi. Pero nadie estaba más dedicado a la salud mental, física y espiritual de Anakin que Obi-Wan Kenobi.
—No muy bien, pero tampoco tan mal como esperaba. —respondió su esposo.
—Es fuerte.
—Sí, y testarudo…pero honestamente, me sigue preocupando.
Satine frunció los labios, acomodando en su cabeza las palabras antes de hablar un tema que llevaba tiempo postergando con su esposo.
—Pude hablar con la hermana de Amidala, me parece que la ViceCanciller tiene problemas con su familia también.—dijo, luego bebió un sorbo de té, esperando la reacción de Obi-Wan.
Él frunció el entrecejo con enfado mal disimulado.
—No me sorprendería nada de esa mujer de hielo.
"Tal y como esperaba," pensó Satine. Todo lo relacionado a Amidala ponía a Obi-Wan de mal humor, pero considerando la situación en la que estaban, era algo que no podía dejar pasar esta vez.
—Es raro que te expreses con tanto desdén.—dijo, tanteando las aguas.
—Es la mujer que rompió el corazón de Anakin, no merece menos.
—No sabemos toda la historia.
Obi-Wan guardó silencio, técnicamente hablando eso era cierto. Anakin jamás les contó detalles de su relación con Amidala, ni cuándo empezó, ni cuándo terminó, mucho menos el cómo. Pero Obi-Wan conocía a su otrora padawan, la alegría contagiosa que expresaba después de su misión en Naboo le hizo darse cuenta que su relación con la senadora era más que amistosa, y la forma en que su rostro se endureció hasta que le fue difícil reconocerlo también le indicó que esa relación había terminado.
—Amidala siempre defendió a Mandalore y se comportó como una amiga conmigo en muchas ocasiones—dijo Satine, sacando a Obi-Wan de sus pensamientos—La verdad es que me cuesta conciliar esa imagen que tengo con la que ustedes describen de ella.
—Podrías conocerla más allá del Senado, cuando no usa su fachada política.—replicó Obi-Wan, molestamente consciente de que le debían a Amidala mucho por la forma en que contuvo los intentos de la República para llevar la guerra a Mandalore.
"Tiene un punto," pensó Satine, bebiendo de su té. Muy pocas veces vio a Amidala en el Senado, pero con eso fue suficiente para saber que tenía un personaje cuidadosamente construido para las cuestiones políticas. La verdad, eso era algo muy normal, ella misma tenía su personaje de duquesa creado para las actividades públicas de Mandalore, pero no iba a discutir de eso con Obi-Wan por ahora.
—Aún así, han pasado muchos años—continuó Satine—¿No crees que deberías dejar esta situación en el pasado?
Obi-Wan suspiró, dejando caer su espalda en el respaldo del asiento y llevándose una mano a la barba.
—Lo intento—murmuró con gesto cansado—Pero cada vez que Amidala está cerca de Anakin, él no es el mismo. Es difícil conciliar eso.
—¿Y has hablado con Anakin al respecto?
—No. Jamás quiere hablar de Amidala.
Un poco de resentimiento se coló en su voz al final de esa oración, Obi-Wan siempre sintió algo de tristeza por el hecho de que su padawan no hablara del tema con él, como si no fuera digno de su confianza.
—Es la intimidad de ellos, Obi-Wan.—dijo Satine, antes de que Obi-Wan pudiera sentirse peor—Tendrás que respetar eso, y dejarlos ser.
"No es fácil," pensó el Maestro Jedi. Menos cuándo veía la forma en que contener esos sentimientos estaba destrozando el corazón de su hermano. Llevaba años esperando a que Anakin finalmente se abriera con él, sin que ese momento llegara, ¿Quizá nunca ocurriría eso? ¿Quizá habría una distancia, pequeña pero permanente, entre él y Anakin a partir de ahora? Detestaba pensarlo, pero podía ser la verdad.
—Haré mi mejor esfuerzo, te lo prometo amor—dijo con convicción, pues Satine tenía razón y Obi-Wan al fin tendría el tiempo de meditar al respecto como debía, sin juntas militares ni batallas de por medio.
Miró a su esposa con cariño, ¿cuánto no le debía Satine? Su sola presencia le daba una paz imposible de describir. Estiró su mano para alcanzar la mano de ella, y con delicadeza, la llevó a su boca, besando su dorso con exquisita adoración. Satine sonrió, inclinándose hacia su esposo para besarle la mejilla en agradecimiento. Antes de que pudiera besar sus labios, sonó su comunicador.
—Es el Consejo—farfulló Obi-Wan, mirando el remitente.
—Pensé que habías mandado el reporte de la misión por escrito—dijo Satine.
—Eso hice…—lo único que aparecía en la pantalla, era la hora para acudir a una junta con el Consejo Jedi—Me pregunto qué quieren.
Satine frunció los labios, aún tenía mucho que hablar sobre Amidala con Obi-Wan, pero si la Fuerza no quería que la conversación fuera en ese momento, entonces habría que esperar.
—Anda, ve. Pediré algo de cenar mientras estás en la junta.
—¿Deex?—preguntó Obi-Wan, alzando la ceja con esperanza.
—Desde luego, amor.
—Por eso te amo.
Besó su mejilla rápidamente y salió del apartamento. Satine permaneció sentada, con la taza de té en sus manos comenzando a enfriarse. Obi-Wan no perdonaba a Amidala, aún cuando no conocía los detalles de ese pasado que compartió con Anakin. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero en el caso de esos tres, parecía que el tiempo había congelado esos sentimientos sin permitirles desarrollarse, sanarse, superarse. Su ignorancia sobre lo que ocurrió exactamente entre Anakin y Amidala solo dejaba más difícil el panorama, después de todo ¿qué tanto se podía perdonar a una persona?
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El Consejo le comunicó a Obi-Wan su decisión de alejar a Anakin del Senado un tiempo considerable, para que Skywalker pudiera reponerse mental, emocional y físicamente del trauma del Sith y, aunque no lo dijeron, la repentina mención de Amidala hizo que Obi-Wan supiera que también le pedían alejarlo de ella. No les preguntó por qué de repente mostraban tanto interés en la vida personal de Anakin, por norma el Consejo no prestaba atención a eso mientras no interviniera en el desempeño de los Jedi, porque estaba totalmente de acuerdo con ellos: Anakin necesitaba un descanso.
Suspirando, Obi-Wan caminó hacia el Jardín de las Mil Fuentes, deseando meditar un poco. Quería aprovechar esta petición del Consejo para acercarse más a Anakin y ayudarle como él lo merecía. Sin las guerras de por medio, eso al fin podía ser su prioridad.
Al entrar en la Sala de las Mil Fuentes, una enorme calma lo inundó de pies a cabeza, gracias a la Fuerza viva que había en el recinto. Era de los pocos lugares en Coruscant –si no es que el único– en donde se podía respirar a la Fuerza casi sin esfuerzo. Había pensado sentarse a meditar al menos una hora, pero mientras buscaba en los extensos jardínes un lugar en dónde acomodarse, Obi-Wan vio a Ahsoka sentada bajo la sombra de uno de los árboles, y eso llamó su atención.
Tradicionalmente, los Jedi elegían de manera directa a un padawan para entrenarlo, sin embargo, durante las Guerras Clon el Consejo se vio en la necesidad de asignar padawans a los caballeros aún si ellos no los elegían. Esto se debió al aumento repentino de defunciones, que dejaban a los padawans sin tutores, y también a que las nuevas responsabilidades militares de los Jedi les impedían estar en el Templo el tiempo correspondiente para conocer y conectarse con los jóvenes. Cuando el Maestro Yoda decidió que la togruta Ahsoka Tano se convirtiera en la padawan de Anakin, el propio Obi-Wan tuvo sus dudas, Anakin era joven y se estaba viendo muy afectado por la guerra, no parecía ser el tutor adecuado para nadie.
Contra todo pronóstico, Ahsoka Tano se convirtió en lo que Anakin necesitaba: una persona terca y voluntariosa, pero ingeniosa, dinámica y de buen corazón, que realmente ocupaba la guía de una persona que pudiera entenderla. Anakin compartía muchas características de la togruta, y fue capaz de comprenderla a un nivel que ningún otro Jedi hubiera podido, creándose un fuerte vínculo entre ambos desde sus primeras misiones. El saber que su padawan dependía de él generó un sentido de responsabilidad en Anakin que Obi-Wan jamás pudo desarrollarle, de repente Anakin era más prudente, a sabiendas de que Ahsoka aprendía de sus acciones tanto o más que de sus palabras, en los días más oscuros de la guerra, cuando Anakin se sentía al borde de la oscuridad, saber que Ahsoka lo necesitaba le impidió cometer auténticas locuras. Obi-Wan estaba orgulloso por el buen maestro que Anakin estaba demostrando ser, y sabía que en el futuro, Ahsoka sería una poderosa Dama Jedi.
Pero si algo compartían Ahsoka y Anakin era que ambos eran malos en la meditación, estaba implícito en sus naturalezas inquietas, el tener que estar concentrados durante horas, quietos, silenciosos, más que calmarlos les inquietaba. Por eso, ver a Ahsoka meditando por su propia voluntad encendió todas las alarmas de Obi-Wan, eso era algo que haría sólo en situaciones extremas.
Obi-Wan caminó hacia la togruta, y a través de la Fuerza, pudo sentir la inmensa consternación en el interior de la joven padawan. Ahsoka abrió los ojos justo cuando Obi-Wan se sentó a su lado, sintiendo su presencia como un bálsamo para el caos de sentimientos que había en su interior.
—Maestro Kenobi—saludó respetuosamente.
—Ahsoka—respondió.
Ambos permanecieron en silencio, liberando sus respectivas inquietudes a la Fuerza, llenándose de la mayor cantidad de calma posible antes de tener una de las conversaciones que más habían postergado en los últimos días. Quizá en los últimos años.
—Maestro, ¿qué pasó entre Anakin y Amidala? —preguntó la togruta, decidiendo que debería ser lo más directa posible, harta ya de los acertijos.
Obi-Wan frunció los labios y se llevó una mano a la barbilla, en un gesto pensativo que lo caracterizaba.
—La verdad no tengo los detalles, Ahsoka—dijo Obi-Wan—Anakin jamás me dijo nada.
—Debió ser algo muy malo por la forma en que Anakin actúa cuando está ella… lo hubiera visto, Maestro, no parecía en absoluto él mismo.
—Lo sé—suspiró Kenobi—Hace años, Anakin era la expresión viviente de la vitalidad, tú y él se hubieran metido en muchos problemas juntos, estoy seguro… pero algo cambió en él, volviéndolo frío, distante. Al principio creí que era la guerra, tiempo después comprobé que se trataba de Amidala.
—¿Cómo lo supo?
Obi-Wan bajó los ojos en una pose pensativa, no le gustaba recordar aquellos días en que la depresión de Anakin era tan severa. Por mucho tiempo Obi-Wan se la pasó meditando, intentando que la Fuerza le revelara más detalles sobre la condición de su hermano, pero todo fue en vano.
Hasta el día en que les llegó una misión encriptada transmitida por el mismísimo Maestro Yoda, urgiendo a Kenobi y Skywalker para que rescataran a la Senadora Amidala, quien era prisionera en una nave separatista. Aún podía recordar como si fuera ayer la forma en que la expresión de Anakin se endureció ante la sola mención de Amidala, y en ese momento, todo tuvo sentido.
—Durante una misión, poco antes de que tu llegaras a ser la padawan de Anakin, el Consejo nos mandó a rescatar a Amidala, que estaba prisionera en la Mano Invisible—explicó Obi-Wan—Anakin no dijo nada, pero pude sentir a través de la Fuerza el enorme conflicto que sentía. Le encomendé encargarse de la Legión mientras yo me infiltraba en la nave, de manera que Anakin no la viera. Sabía que no deseaba verla.
Antes de la guerra, Anakin siempre buscó formas de ver a Amidala. Eran muy buenos amigos desde que vencieron a la Federación de Comercio, pero Obi-Wan podía leer los sentimientos de Anakin con facilidad: estaba enamorándose de la senadora.
No le sorprendió, Amidala era una mujer hermosa y de temperamento firme, además era generosa y amable, ella personalmente se encargó de que la familia de Anakin dejara la esclavitud para siempre ¿cómo no iba a cautivar su corazón, si a todas luces, ella era una salvadora llena de compasión? Obi-Wan conoció a Amidala en ese tiempo y le pareció de las pocas políticas admirables en el Senado, su inteligencia era tan aguda como su belleza, tenía una enorme cantidad de pretendientes detrás de ella, pero Amidala jamás les prestaba atención, no al menos como a Anakin, para quien siempre parecía tener tiempo.
Obi-Wan apostaba por un noviazgo entre ellos antes de que la Guerra comenzara, pero esa noticia jamás llegó, y ahora que Anakin era la sombra del hombre que antes fue, podía sentir en él una aversión hacia la única mujer por la cual demostró esa clase de afectos. No se tenía que ser un genio para deducir lo que pudo haber pasado.
—incluso cuando estábamos en el convoy militar, Anakin se quedó encerrado, diciendo que ocupaba meditar, para no encontrarse a Amidala en las zonas comunes. —continuó Obi-Wan—Así supe que algo había pasado.
—¿Y nunca la preguntó?
—No.
Obi-Wan pudo haberle dicho que intentó saberlo, que varias veces quiso acercarse a Anakin para consolarlo y apoyarlo, y que en todas esas ocasiones Anakin le rechazó. La verdad sea dicha, Obi-Wan no soportaba la idea de que Anakin hubiera colocado ese muro entre ellos.
Amidala no solo había lastimado a Anakin al colmo de quebrantar su espíritu, sino que era la causante del distanciamiento entre él y su hermano. Y eso era lo que no le podía perdonar.
A través de la Fuerza, Ahsoka sintió el resentimiento de Obi-Wan y se sorprendió, porque Kenobi era una persona usualmente tranquila y esos sentimientos no eran comunes en él. Sin embargo, también notó que el Maestro Kenobi estaba usando una gran cantidad de la energía viva de la Fuerza para que esos sentimientos no nublaran su juicio, era una técnica difícil, y admirable.
Ya una vez más calmado, Obi-Wan decidió compartirle a Ahsoka la razón de su actual desconcierto.
—El Consejo me ha dado autorización para resguardar a Anakin en Tatooine, y mantenerlo alejado del Senado los próximos meses. —le dijo a la joven padawan, cuya sonrisa creció en ese momento casi como la de una niña.
—Eso me complace mucho.
—También, aunque no lo mencionaron de manera directa, temen la influencia de Amidala en Anakin. Así que me piden resguardarlo de ella, en medida de lo posible.
Eso no se lo esperaba.
—¿Enserio?
—Si.
Ahsoka quiso saltar de emoción, pero sus años como Jedi le permitieron controlar mejor sus impulsos. Después de todo, estaba en la Sala de las Mil Fuentes, no era el lugar ni el momento.
—Esas son muy buenas noticias.
La verdad sea dicha, Ahsoka estaba muy contenta de que el Consejo la hubiera escuchado, tomado en consideración su sentir y sus argumentos. Y también estaba feliz porque eso ayudaría mucho a su Maestro.
—Anakin detesta recibir órdenes, y que le creamos un niño pequeño—dijo Obi-Wan con tono más serio—Así que debemos ser cuidadosos mientras lo resguardamos.
—¿Me permitirá ayudarle, Maestro?
—Necesitaré toda la ayuda posible para mantener la discreción.
—Cuente conmigo.
A pesar de las buenas noticias, una parte en la mente de Ahsoka siguió pensando: "¿Qué habrá pasado entre ellos dos?" en el fondo, Ahsoka deseaba conocer esa respuesta. Creía que mientras más detalles tuviera más fácil conseguiría ayudar a su maestro.
—Aún así, quisiera saber qué hizo Amidala—dijo en voz baja.
—Ese pasado no nos corresponde, Ahsoka.
—¿Cómo podemos proteger a Anakin si no sabemos de ese pasado?
—No confundas la protección con la curiosidad excesiva —le respondió Obi-Wan, usando uno de los argumentos que usaba en él mismo—Aunque yo también quisiera saber ese pasado, la verdad es que ni Anakin ni Amidala están en obligación de compartirlo.
Un brillo resplandeció en las pupilas de la togruta, uno peligrosamente similar al que Obi-Wan tanto temía en Anakin. Pero por esta ocasión, y considerando el contexto, lo dejó pasar.
—Supongo que tiene razón—dijeron los labios de Ahsoka, pero su mente… su mente pensó en otra cosa.
Eso es todo por ahora ¿qué les pareció? Pudimos ver más de la decisión de Amidala y también vimos muchas de las dudas que tiene el Consejo. Espero hayan disfrutado este capítulo, mil gracias por leer ¡les mando un abrazo!
