113. LO QUE MEJOR HACEN LOS HOMBRES
Si no ando errada y mi investigación es correcta, la duda sigue sin respuesta. ¿Quién es el noveno Deshecho? ¿Es en verdad Dai-gonarthis? Y en caso afirmativo, ¿pudieron sus actos haber provocado la completa destrucción de Aimia?
De Mítica de Hessi, página 266
Bellamy estaba solo en las habitaciones que le había asignado la reina Fen, mirando por la ventana hacia el oeste. Hacia Shinovar, mucho más allá del horizonte. Una tierra con extrañas bestias como caballos y pollos. Y humanos. Había dejado a los monarcas discutiendo en el templo, porque cualquier cosa que dijera solo parecía ensanchar las grietas entre ellos. No confiaban en Bellamy. Nunca habían confiado del todo en él. Y su engaño les había demostrado que hacían bien.
Tormentas. Estaba furioso consigo mismo. Debería haber publicado esas visiones, e informado de inmediato a los otros sobre Finn. Pero sencillamente, había tenido demasiadas cosas encima. Sus recuerdos, su excomunión, su ansiedad por Clarke y Finn…
Una parte de él no podía evitar impresionarse por la destreza con que lo habían aventajado. La reina Fen dudaba de la sinceridad de Bellamy, y el enemigo le había entregado la prueba perfecta de que Bellamy había ocultado unos motivos políticos. Noura y los azishianos temían que los poderes fuesen peligrosos y bisbiseaban sobre los Radiantes Perdidos. A ellos el enemigo les había señalado que Bellamy estaba manipulado por visiones malignas. Y a Gustus, que tan a menudo hablaba de filosofía, el enemigo le había sugerido que su fundamento moral para la guerra era un fraude.
O quizá esa puñalada fuese dirigida al propio Bellamy.
Gustus decía que un rey tenía justificado hacer cosas horribles en nombre del estado. Pero Bellamy…
Por una vez, había creído que lo que hacía era lo correcto.
¿De verdad creías que provenís de aquí?, preguntó el Padre Tormenta. ¿Que sois nativos de Roshar?
—Sí, tal vez —dijo Bellamy—. Creía que nuestro origen podía estar en Shinovar.
Esa es la tierra que se os entregó, dijo el Padre Tormenta. Un lugar donde las plantas y los animales que trajisteis aquí podían crecer.
—No fuimos capaces de conformarnos con lo que se nos dio.
¿Cuándo ha estado satisfecho algún hombre con lo que tiene?
—¿Cuándo se ha dicho algún tirano: «Con esto me basta»? —susurró Bellamy, recordando lo que le dijo una vez Gavilar.
El Padre Tormenta atronó.
—El Todopoderoso ocultó esto a sus Radiantes —dijo Bellamy—. Y cuando lo averiguaron, abandonaron sus votos.
Es más que eso. Mi recuerdo de todo esto es… extraño. Al principio, no estaba despierto del todo: no era sino el spren de una tormenta. En esa época era como un niño. Cambiado y moldeado durante los frenéticos últimos días de un dios moribundo. Pero sí recuerdo. No fue solo la revelación del verdadero origen de la humanidad lo que provocó la Traición. Fue el temor nítido y poderoso de que destruirían este mundo, al igual que otros como ellos destruyeron el anterior. Los Radiantes abandonaron sus votos por ese motivo, como también harás tú.
—Yo no lo haré —dijo Bellamy—. No permitiré que mis Radiantes retomen el destino de sus antecesores.
¿Ah, no?
La atención de Bellamy se desvió a un solemne grupo de hombres que salían del templo, más abajo. Eran los miembros del Puente Cuatro, con las lanzas sobre unos hombros caídos y las cabezas gachas, bajando los peldaños en silencio. Bellamy salió a toda prisa de su mansión y corrió escalera abajo para interceptar a los hombres del puente.
—¿Dónde vais? —les preguntó.
El Puente Cuatro se detuvo y formó filas en posición de firmes.
—Señor —dijo Marcus—, habíamos pensado volver a Urithiru. Tenemos hombres allí, y merecen enterarse de todo este asunto de los antiguos Radiantes.
—Lo que hemos averiguado no cambia el hecho de que nos están invadiendo —replicó Bellamy.
—Nos invade gente que intenta recuperar su tierra natal —dijo Wallace—. Tormentas, yo también estaría furioso.
—Se suponía que éramos los buenos, ¿no? —dijo Jackson—. Que luchábamos por una buena causa, por una vez en la tormentosa vida.
Ecos de sus propios pensamientos. Bellamy se descubrió incapaz de componer un argumento en contra de aquello.
—Veremos lo que dice Rav —zanjó Marcus—. Señor, con todo el respeto, pero veremos qué dice ella. Sabe ver lo que está bien y lo que no, aunque los demás podamos confundirnos.
«¿Y si nunca regresa? —pensó Bellamy—. ¿Y si no vuelve ninguno de ellos?» Habían pasado cuatro semanas. ¿Cuánto más podría seguir fingiendo que Clarke y Finn estaban vivos allí fuera, en algún lugar? Ese dolor se ocultaba tras los demás, tentándolo.
En el pasado, Honor fue capaz de proteger ante esto, le dijo el Padre Tormenta. Convenció a los Radiantes de que eran justos, aunque esta tierra no fuese suya en un principio. ¿Qué importa lo que hicieron tus antepasados, si el enemigo intenta matarte ahora mismo? Pero en los días previos a la Traición, Honor estaba muriendo. Cuando esa generación de caballeros supo la verdad, Honor no les dio su apoyo. Desvariaba sobre las Esquirlas del Amanecer, armas antiquísimas con las que se destruyeron los Salones Tranquilos. Honor… prometió que los potenciadores harían lo mismo con Roshar.
—Es lo que afirmó Odium.
Puede ver el futuro, aunque lo percibe nebuloso. En cualquier caso, ahora… lo comprendo como jamás hice antes. Los antiguos Radiantes no renunciaron a sus juramentos por mezquindad. Intentaban proteger el mundo. Les reprocho su debilidad, sus juramentos rotos. Pero también lo entiendo. Tú, humano, me has maldecido con esta capacidad.
La reunión del templo parecía haber terminado. La delegación azishiana empezó a bajar los escalones.
—Nuestro enemigo no ha cambiado —les dijo Bellamy—. La necesidad de una coalición es tan acuciante como siempre.
El joven emperador, al que llevaban en palanquín, no lo miró. Para sorpresa de Bellamy, los azishianos no se dirigieron a la Puerta Jurada, sino que tomaron una calle hacia el interior de la ciudad. Solo la visir Noura se retrasó para hablar con él.
—Puede que Anya Griffin tenga razón —dijo en azishiano—. La destrucción de nuestro viejo mundo, tus visiones secretas, todo ese asunto de coronarte como alto rey… parece demasiada coincidencia que todo llegue a la vez.
—Entonces, te das cuenta de que nos están manipulando.
—Manipulando con la verdad, Griffin —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Esa Puerta Jurada es peligrosa. Esos poderes vuestros son peligrosos. Niégalo.
—No puedo. No cimentaré esta coalición con mentiras.
—Ya lo has hecho.
Bellamy inspiró aire de golpe.
Noura negó con la cabeza.
—Embarcaremos en nuestras naves de exploración y nos reuniremos con la flota que transporta a nuestros soldados. Esperaremos a que pase la tormenta. Después de eso… ya veremos. Gustus dice que podemos volver a nuestro imperio en sus embarcaciones, sin necesidad de usar las Puertas Juradas.
Echó a andar en pos del emperador, rechazando el palanquín que la esperaba. Fue bajando más gente a su alrededor. Los altos príncipes veden, que le pusieron excusas. Los ojos claros thayleños de las juntas gremiales, que lo evitaron. Solo los altos príncipes alezi expresaron a Bellamy su solidaridad, pero Alezkar no podía triunfar en solitario.
La reina Fen fue de las últimas en dejar el templo.
—¿También tú vas a abandonarme? —le preguntó Bellamy.
Ella se echó a reír.
—¿Y dónde iría, viejo sabueso? Viene un ejército hacia aquí y sigo necesitando tu famosa infantería alezi. No puedo permitirme expulsarte.
—Cuánta amargura.
—Ah, ¿se me ha notado? Voy a pasar revista a las defensas de la ciudad. Si decides acompañarnos, estaremos en la muralla.
—Lamento haber traicionado tu confianza, Fen —dijo Bellamy.
Ella se encogió de hombros.
—No creo que de verdad pretendas conquistar mis tierras, Griffin. Pero lo raro es… que no puedo evitar pensar que ojalá tuviera algo de qué preocuparme. Por lo que a mí respecta, te has convertido en un buen hombre justo a tiempo de hundirte valerosamente con este barco. Y me parece loable, hasta que recuerdo que el Espina Negra ya habría asesinado hace mucho tiempo a cualquiera que intentara hundirlo.
Fen y su consorte subieron a un palanquín. Siguió pasando gente, pero Bellamy terminó quedándose solo ante el silencioso templo.
—Lo siento, Bellamy —dijo Gustus con voz suave desde detrás. Bellamy dio media vuelta y lo sorprendió encontrar al anciano sentado en los peldaños—. He supuesto que todo el mundo dispondría de la misma información y que lo mejor era airearla. No esperaba que pasara todo esto.
—No es culpa tuya —dijo Bellamy.
—Pero aun así… —Se levantó y empezó a bajar despacio la escalinata—. Lo siento, Bellamy. Me temo que no podré seguir luchando a tu lado.
—¿Por qué? —preguntó Bellamy—. ¡Gustus, eres el gobernante más pragmático que he conocido jamás! ¿No fuiste tú quien me habló de lo importante que es en política hacer lo necesario?
—Y esto es lo que yo debo hacer ahora, Bellamy. Ojalá pudiera explicártelo. Perdóname.
Hizo caso omiso a las súplicas de Bellamy mientras bajaba la escalera renqueando. Con movimientos envarados, el anciano subió a un palanquín y se lo llevaron.
Bellamy se derrumbó en los peldaños.
Hice todo lo posible para ocultar esto, dijo el Padre Tormenta.
—¿Para qué pudiéramos seguir viviendo en una mentira?
Por lo que he visto hasta ahora, es lo que mejor hacen los hombres.
—No nos insultes.
¿Cómo? ¿Acaso no es lo que has estado haciendo estos últimos seis años? ¿Fingir que no eres un monstruo? ¿Fingir que no la mataste, Bellamy?
Bellamy hizo una mueca de dolor. Cerró el puño, pero allí no había nada contra lo que combatir. Dejó caer la mano a un lado y se le hundieron los hombros. Al poco rato, se levantó y regresó con paso trabajoso a su mansión.
FIN
Cuarta parte
