CAPÍTULO DECIMOQUINTO

La culpa.

Corría el año 1400 de la Era de Nuestro Señor Jesucristo —año 1438 de la Era Hispánica— y reinaba don Enrique III, el Doliente. El arzobispo de Santiago, Lope de Mendoza, mandó secretamente a sus nuncios para que penetrasen en los primigenios bosques de Galicia y buscasen a las mujeres hechiceras. Estas aliviaron el mal humor del rey, que vivió un poco más del lustro que aquellas vaticinaron. Hablaban ellas en una lengua para todos ignota, distinta al galaicoportugués, al castellano y al latín, y por pago nada pidieron, salvo no ser molestadas.

De los bárbaros suevos descendía una joven de nombre Elwira, ducha en las artes arcanas. Se decía de ella que sanaba a los enfermos sumergiéndolos en el hoy conocido río Tambre y que de las paredes de su cabaña colgaban todas las especies de plantas existentes entre las rías y Ampurias, entre los Pirineos y las Columnas de Hércules. Esta Elwira era la favorita de la Señora de las Sombras, de la oscura Hécate, que es también señora de pescadores y vírgenes, y por dicho motivo era la más respetada por sus hermanas, incluso por las ancianas hechiceras que presidían los cónclaves en las profundidades de las cuevas o los claros de los bosques.

Sucedió entonces un hecho singular. Algunas hermanas se reunieron en un bosque de castaños so beneplácito de las ancianas, que tenían la última palabra en todos los asuntos, y realizaron actos inenarrables con los hombres lobo, tan comunes en el norte de Hispania. De aquellos menesteres nacieron seres depravados que asaltaron los caminos. ¡Y aquello no fue lo peor! Una hermana obtuvo la semilla de uno de los hombres bestia y así engendró un hijo al que sometió a horribles tormentos —lo cocinó en un caldero y lo compartió en un festín con algunas hermanas— para la redacción de un obsceno grimorio.

Elwira se enfrentó por esto a las propias ancianas, que la desoyeron. Creían aquellas que cualquier método era válido y que era de justicia utilizar a lobisones, vampiros y demás criaturas propensas a dañar a los hombres. Elwira se detuvo entonces en mitad del cónclave, a orillas del Tambre, y miró a todas sus hermanas con profundo odio.

—Que se ahoguen todas aquellas que desciendan de mi sangre —dijo—, que se ahoguen cuando la Señora de la Oscuridad las llame, que se ahoguen cuando una perra negra se cruce en su camino. Que ninguna hija de mis entrañas sea jamás como vosotras, hermanas, pues sois malvadas y os jactáis de ello. ¡Que ninguna de mis hijas conozca jamás los dones de Hécate!

La cabaña de Elwira quedó vacía y ningún lugareño volvió a verla. Cruzó el camino jacobeo, fue más allá de los Pirineos, a las tierras de los helvecios, y allí se asentó con un judío de nombre Rahhver. De esta unión resultó una amplia progenie. El más destacado fue un comerciante que volvió rico de Besarabia. Unido a su nombre y al de sus descendientes quedó para siempre el apellido Akkerman, pues fue en dicha ciudad donde hizo fortuna. Esta fue la conclusión del profesor Robert Smith en sus estudios sobre las familias más importantes de Shigansina, con lo cual desechaba el origen germánico del apellido y diferenciaba a los Ackerman de Shigansina —de Akkerman, «piedra blanca»— de otras familias con apellido similar y que, efectivamente, rastreaban la etimología de su apellido hasta el mundo germano o anglosajón, significando entonces «hombre de campo».

A la estirpe de este mercader Akkerman la persiguieron en salvajes pogromos y, como era común en aquellos que huían, llegaron a Shigansina cuando aquella todavía era una aldea de cazadores. Los Akkerman se desprendieron de sus kipás, se colgaron el crucifijo y se convirtieron en lecheros, un oficio continuado durante generaciones.

Los hombres Ackerman eran rústicos; las mujeres, piadosas y serviles. A muchas de estas féminas las acuciaba el asma desde temprana edad. Kuchel, única hija de Reuben Ackerman y hermana de Kenny y Samuel, la padeció hasta sus últimos días en este mundo. Dicho infortunio genético alcanzó también a Mikasa Ackerman, la más joven del linaje, que nada sabía sobre los asuntos de unos antepasados lejanísimos, casi inmemoriales, que se remontaban a los tiempos míticos de Hécate, Circe y Medea.

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A Kenny le gustaba fumar en el coche, especialmente en la autovía. Todo recto y calada tras calada. Eso es de marranos, diría su cuñada, de viciosos, que es todo lo que era. A su edad, poco le importaba soltar el volante para encenderse un cigarro.

Era de noche y volvía de la ciudad. La odiaba, pero su hermano lo había obligado a acompañarlo para resolver unas gestiones en el banco, a lo cual se sumó una copiosa cena con el director general de una empresa de electrodomésticos china en la que estaba interesado. Echó un vistazo a Samuel, que dormitaba en el asiento reclinado hacia atrás. «Si nuestro padre nos viera», pensó. Era extraño: Kenny no había acabado en la cárcel y Samuel había tenido una suerte tremenda en los negocios, a lo cual ayudó su matrimonio con Midori. ¡La recta Midori! Si el viejo Reuben Ackerman levantase la cabeza y viese que su hijo predilecto había contraído nupcias con una japonesa, siendo el incorregible racista que había sido, y que el legado lechero se reducía a unas cuantas vasijas centenarias en el altillo, volvería a morir de la impresión.

Las cosas no habían ido del todo mal. Su melliza Kuchel llevaba muchos años enterrada —cáncer, como su madre— y el tiempo mitiga todos los dolores. Samuel y Midori eran ricos y sus sobrinos, por fortuna y contra todo pronóstico, no eran gilipollas. Kenny llevaba una vida aparte, retirada. A su cuñada le intrigada su paradero cuando no estaba con ellos y Kenny le decía la verdad, que pasaba largas temporadas en Francia, en un monasterio cartujo próximo a Mont Lachat, y Midori le exigía otra verdad. «Tú no puedes vivir con monjes, Kenneth —le decía—. Cómo vas a vivir sin cerveza, sin tabaco, sin televisión, sin tus tres pizzas por semana…». Precisamente por eso, para tener algo de tranquilidad, toda la que le faltó en su juventud.

—¿Qué hora es? —preguntó su hermano entre bostezos.

—Casi las doce.

—He tenido un sueño espantoso.

—Tienes pesadillas desde niño, Sam. ¿Cuál ha sido esta vez?

—La misma desde que mi hija nació.

—Ah, ya.

Que Mikasa se ahogaba. Sí, alguna vez se lo había comentado.

—Eso es por Kuchel. Eras un renacuajo y sus ataques te marcaron.

—Es una posibilidad —asintió Sam.

—Tu hija está bien. Mejor que nunca, diría yo. Hasta habla con Midori.

—Sufro mucho por ella, hermano, mucho más de lo que sufro por Levi.

—Siempre se sufre más por las hijas.

Poco antes de la salida que da a Shigansina, avistó las luces de los coches de policía. Un accidentado, pensó, y solo puede venir del pueblo o de Dauper. Aminoró la velocidad y tuvo un escalofrío. El todoterreno había chocado de frente con un camión que iba en dirección contraria. Kenny frenó y reconoció a uno de los hombres de Hannes, que se acercó a la ventanilla.

—Señores —saludó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Samuel.

—Una desgracia, como ve. Parece que el camionero iba bebido, invadió el sentido contrario, y… Bueno, ya ven.

—A lo importante, chico —dijo Kenny, que se bajó del coche para terminar su cigarro—. ¿Quiénes son?

—Pues eso es lo peor, señor Kenny. Es una verdadera desgracia para el pueblo. No debería decirlo, pero es cuestión de tiempo. Ese amasijo que ven era el Land Rover de la señora Úrsula Reiss, que iba acompañada de sus dos hijos menores.

—¡Dios mío! —exclamó Samuel—. ¿Han…?

—Sí, señor. Los tres. Al instante. Hace un cuarto de hora ya. El coche va lleno de maletas; parece que la señora Úrsula se marchaba para largo. Estamos intentando localizar al señor Rod, pero no responde al teléfono. Hemos enviado a una patrulla. Qué tragedia.

—Oye, Kenny.

Con que Úrsula se había matado junto a sus dos mocosos.

—Kenny —lo llamó su hermano de nuevo—. Es mejor que nos vayamos.

Aplastó la colilla, arrancó el coche y pisó a fondo el acelerador, como si quisiera escapar.

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Eren levantó la vista y jadeó como un animal herido. Apartó las zarpas de él, de su padre, que lo miraba aterrorizado. Otra vez. Lo había hecho otra vez.

—Asesino.

Y entonces lo sintió. Una hilera de dientes hincándose en su cuello, tratando de arrancarle el pedazo. Lo había engañado. ¡Es tan fácil engañar a un tipo con remordimientos!

Lo mataría.

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—Mi madre lo descubrió —confesó Carla mientras acariciaba el rostro de su pupila—. Su tía Kuchel también tenía asma y la visitaba. Una vez apareció al borde de la muerte, como Mikasa hace un tiempo. Kenny la trajo a toda prisa. Mi madre lo sabía y le contó algunas cosas. Es una maldición generacional lanzada hace muchos siglos. Por eso es sorprendente que fuera capaz de ayudar a Sasha, de lanzar un sello tan complejo a pesar de la condición maldita de su sangre.

—Eso suena horrible —respondió Sasha—. Sangre maldita.

—Si no puede usar magia, ¿por qué pudo hacerlo esa vez? —preguntó Historia.

—Algunas preguntas no tienen respuesta y esa es una de ellas. No lo sé, aunque creo que tiene que ver con mi hijo. Él también es un maldito. Menos y menos es más. No puedo daros una respuesta, quizá no la hay. Hécate es caprichosa.

—Siento mucho lo que le he dicho antes, señora Jaeger —habló Annie, cuya calma dio paso a la vergüenza—. He hablado sin saber.

—Eso solo es perdonable en los jóvenes, Annie, y tú lo eres. Es normal que te preocupes por ella.

—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Ymir.

—Eren escribió una carta cuando todavía era él —dijo Armin, que sacó un papelito del bolsillo trasero de sus pantalones y lo desdobló—. Me la dio antes de su última conversión. Es para Mikasa, por si no volvía. Me pidió que se la entregase si eso sucedía. —La rompió en mil pedazos—, pero ambos volverán.

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En una camilla metálica, por los asépticos pasillos que conducían a la morgue, descansaba el cuerpo destrozado de Úrsula Reiss.

El residente que la empujaba miraba atrás con frecuencia. Era seguido por otras dos camillas, por los dos niños muertos.

Los tanatopractores tenían trabajo por delante.

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Eren tenía un sueño recurrente que se transformaba en pesadilla. Al principio, todo era común. Conocía bien la cotidianidad de la casa. Se despertaba con el gato sobre el pecho, ronroneando. Luego se levantaba y tomaba el desayuno, que nada envidiaba a la realidad. Los minutos pasaban y pasaban, era consciente de ellos. Era un sueño tan vívido que lo confundía con la vigilia. Al notar la ausencia de su madre, subía a buscarla a su habitación, pero nunca podía ver su cara. La veía de espaldas; lloraba desconsoladamente y acariciaba la foto de su padre. Él quería acercarse, pero no podía. Escuchaba murmurar a su madre: «Has matado a tu padre, has matado a tu padre…».

Después, invadido por el desasosiego, no recordaba qué sucedía. El parricidio era su terror radical. Hasta Edipo, que mató a su padre sin saber la identidad de este, se sintió horrorizado. Eren no podía quitárselo de la cabeza; no podía concebir que con las mismas manos con que acariciaba al gato hubiese matado a su padre. Sabía que no era culpa suya, pero el acto recaía sobre él. ¿A quién había que responsabilizar de lo sucedido? Solo a él y a la terrible naturaleza de su sangre.

La primera vez que intentó suicidarse no tuvo valor para tomarse las pastillas. Tiempo después, decidido a ahorcarse, se fue al bosque, echó la soga por una rama y esta se partió cuando ya notaba la presión y volvía a acobardarse. Tenía quince años. No volvió a intentarlo; encontró cierto consuelo, cierta esperanza y, a veces, cuando contemplaba las ramas quebradizas de los árboles en otoño, entendía que su muerte solo traería más pesar a su madre. Al fin y al cabo, él adoraba la vida, pero rechazaba las condiciones impuestas.

Su tiempo de morir había pasado, pues debió hacerlo aquel día, después de acabar con Grisha, ahogado en el río o atacado por lobos. Había sido condenado a vivir con el lastre del primer delito edípico. Como todos los hombres enfermos de culpabilidad, su manifestación era irracional y requería de estímulos sencillos, capaces de remitir al terrible hecho.

Folch conocía bien su debilidad porque lo había acechado tempranamente. ¿Cuánto tiempo llevaba tras de él? ¿Acaso había esperado durante casi dos décadas a que pasase de niño a hombre para usurpar su cuerpo?

En eso pensaba mientras los dientes del enemigo se hundían en su cuello, a lo que reaccionó con brutalidad proporcional. Folch había profanado el recuerdo de su padre, que usaba para atormentarlo, y dañado a tantos en tan diversas formas que no merecía piedad alguna. De modo que apretó, pese a que el rostro de su padre apareciese incluso cuando cerraba los ojos, y no se detuvo hasta que la cabeza se desprendió del cuerpo y la sangre brotó con la potencia de una fuente y los bañó a ambos.

Eren se miró las manos, que ya eran humanas. Estaban casi negras. Se había empapado entero. La sangre le llegaba hasta los tobillos y el torrente no cesaba.

—Ahora todo estará bien —dijo Mikasa, que, junto a él, también rezumaba sangre—. Lo has hecho bien, Eren.

Él asintió, confuso, más aún cuando ella se entregó a una risotada salvaje. Eren retrocedió, horrorizado, y vio que era Folch quien reía y que el cadáver descabezado no era el suyo, sino el de Mikasa.

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Mikasa lo zarandeó, lo llamó, le pidió que despertase, pero no hubo reacción. La piel de lobo se desvanecía; parecía ya más humano que bestia y entre los gruñidos le pareció escuchar su propio nombre. Estaba encogido. Había caído con una facilidad pasmosa al lanzarse contra Folch.

—Es un estúpido —dijo este—. Yo le daré mucho mejor uso a su cerebro que él mismo. La materia prima es buena, pero, de no trabajarla correctamente…

—¿Qué le has hecho? —Mikasa se plantó delante de él y cerró las manos en torno a su cuello, a sabiendas de que tenía las de perder—. ¡Respóndeme!

—Conocerlo mucho mejor que tú, Mikasa Ackerman, y más que su propia madre. Basta con conocer a un hombre para destruirlo. Tiene debilidades. Tú eres una de ellas.

—Voy a matarte.

—Sabes que no puedes matarme.

—Puedo.

—Ese truquito cuesta caro.

Los trazos del sello. Los recordaba perfectamente. Ya lo había hecho una vez. Colocó un dedo sobre la frente de Folch y lo trazó con lentitud.

—Adelante, ¡hazlo! Inmólate. —Folch sostuvo su mano, invitándola a terminar—. Mátanos.

Mikasa tembló de miedo, pero también de certeza: no había otro camino.

—Venga —incitaba el otro, que se burló de su indecisión—. Tú también eres débil.

Mikasa hundió la uña en su piel y el sello refulgió.