Capítulo 6: Noticias


Gladstone había decidido visitar a Donald esa tarde. Deseaba verlo y él no estaba acostumbrado a no tener lo que deseaba. Ver a Disraeli lo hizo sentirse molesto.
Últimamente pasaba mucho tiempo con Donald y eso le molestaba, en especial porque estaba convencido de que Disraeli tenía segundas intenciones con Donald.

—¡Qué sorpresa verte por aquí! —le dijo Disraeli y era sincero.

—Lo mismo podría decirte —Gladstone no se molestó en disimular su molestia, Disraeli le había avisado de su visita, pero nunca imaginó que esta se extendería por tanto tiempo.

—Vivo aquí.

—Qué buena broma, no sabía que Donald te había adoptado.

—Él me dijo que me sintiera como en casa —Disraeli sonrió y su sonrisa era la de un pato enamorado —, creo que le gusto.

—No confundas amabilidad con seducción, Donald siempre es amable.

—Dudo que lo sea contigo.

—En eso te equivocas, mi suerte siempre pone a Donald en mi camino cuando estoy en peligro. Además soy su primo favorito.

—Exacto, primo, yo no lo soy y él me gusta muchísimo.

—Solo te gusta porque cumple todos tus caprichos.

Gladstone consideraba que Disraeli llevaba mucho tiempo en Duckburg y estaba seguro de que había convertido a Donald en su sirviente personal. Él lo había hecho en numerosas ocasiones. Amaba ser mimado por Donald por lo que aprovechaba cada oportunidad que tenía.

—¿Celoso? ¿viniste aquí a pedirle una cita a Donald?

—Qué gracioso ¿fue algo que comiste?

—¡Qué vulgar! Aunque no me molestaría...

La llegada de Donald interrumpió la conversación. El pato no vio a Gladstone, ni siquiera cuando estuvo cerca de chocar, las bolsas que cargaba le tapaban la vista.

—¿Disraeli, puedes ayudarme con esto?

—Claro, en seguida voy.

Disraeli no buscó ninguna excusa, pero tampoco lo ayudó realmente. Tomó unas bolsas muy pequeñas del carro y se comió gran parte de los bocadillos que el pato había comprado.

Gladstone lo imitó, sentía curiosidad por lo que su primo había comprado y tenía hambre. Se sintió afortunado cuando encontró unas donas y unas latas de Pep, la bebida favorita de Louie y una que Gladstone comenzaba a disfrutar.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Donald y se notaba molesto.

Gladstone le mostró la caja de donas y la lata de refresco que acababa de tomar.

—¿No es obvio? Tengo hambre. Además quiero hablar contigo.

—¿Qué ganaste esta vez? —la voz de Donald denotaba fastidio.

—Una casa ¿adivina quién es tu nuevo vecino?

Gladstone sonrió al ver la expresión de su rostro, era ese gesto enojado que tanto amaba. Lo escuchó murmurar palabras que no lograba comprender y no puso evitar la tentación, quería más de Donald, quería ser el centro de todos sus pensamientos.

—Sé que la casa es pequeña, pero está amoblada y en unos días comenzará la construcción de la piscina. Descuida, como tengo un buen corazón te dejaré venir a ver mi piscina y a mí en traje de baño.

—¡No me interesa verte en traje de baño!

—Mentiroso. Soy hermoso ¿es posible que no le guste a alguien?

—¡Sí! ¡A mí no me gustas!

Gladstone se río al escuchar esas palabras. Estaba convencido de que Donald mentía y es que él creía firmemente en que nadie podía tener una opinión negativa de él, en especial Donald, el pato más amable que conocía.

—Estaré en la mesa, esperando por la comida.

Donald se dirigió al comedor y vio a los sobrinos entrar a la casa. Ellos llevaban sus mochilas por lo que era fácil deducir que acababan de regresar de la escuela.

—Hola, primo Gladstone —lo saludaron los trillizos.

—¡Hola, niños!

—¡Lavense las manos antes de comer! —les gritó Donald de la cocina —. ¡Y asegúrense de guardar la mochila en su habitación!

—¡Aye, tío Donald! —respondieron los niños al unísono.

Scrooge llegó poco después. El pato no se molestó en dar ninguna excusa, solo se sentó en la mesa y comenzó a comer.
Gladstone sabía que se trataba de algo que Scrooge solía hacer, todos en Duckburg lo sabían, pero se sorprendió de que no dijera nada sobre la presencia de Disraeli. En el fondo esperaba que su tío le hiciera ver a Donald que se estaban aprovechando de él.
La cena terminó con Scrooge hablando de sus historias. Los trillizos lo escuchaban atentamente, Disraeli se había quedado dormido y Donald, aunque parecía interesado en su teléfono celular, no se perdía ningún detalle de esas anécdotas.

—No creo que sea buena idea que le hables a los niños acerca de eso —lo interrumpió Donald, dejándose en evidencia.

—Mal pensado —le dijo Scrooge notablemente avergonzado —, te aseguro que no he hecho nada de eso que tienes en mente.

—¿Seguro? —insistió Donald, no parecía convencido.

—Como decía, Goldie regresó al klondike poco después de que recuperara mi caja fuerte y no volví a verla hasta que ocurrió el incendio en el Black Jack