La primera semana, así como el primer día completo en el internado, no fue tan mala.
A los chicos les daban su comida todas las mañanas, tardes y noches, por lo que era necesario caminar hasta el comedor y pasar allí un rato mientras se consumían los alimentos. Aquella podría ser la única molestia para Choromatsu y para el resto de ingresados. Para aquellos que no tenían la capacidad de moverse adecuadamente era pesado, pero al fin y al cabo formaba parte de los ejercicios del lugar. Y, había un pequeño detalle: en cuanto al desplazamiento, no recibían mucha atención por parte de médicos y profesores. Por supuesto, el equipo profesional no carecía de indulgencia. Muchos de los presentes habían aprendido a valerse por sí mismos. Al observar aquello, Choromatsu se dijo a sí mismo que también se esforzaría mucho para no depender demasiado de nadie.
No obstante, cuando ya llevaba casi dos semanas ingresado en el lugar, comenzaba a cansarse. A pesar de recibir diario una llamada de su hermano, o de su padre o de su madre, se sentía cansado y abatido en ocasiones. Se preguntaba por el paradero y las acciones de todos. Muy de vez en cuando se olvidaba del mundo de afuera, sin embargo, era muy seguido invadido por pensamientos que le oprimían el corazón. «Mientras yo estoy aquí sin hacer nada —se decía— los demás deben estar haciendo cosas interesantes. Quizá Osomatsu-kun consiguió ir a las ligas de baloncesto de la universidad. Quizá Karamatsu-kun está por fin siguiendo su sueño en la música. Quizá los otros están…»
Se detuvo. No podía seguir pensando así o acabaría deprimiéndose.
Cuando no estaba en el comedor, estaba en su habitación. Cuando no estaba en su habitación, paseaba por el jardín en compañía de alguna de las enfermeras o profesoras, y cuando no paseaba, leía en voz alta para sí mismo alguno de los libros de la diminuta biblioteca que poseían. Cuando las clases terminaban se desplazaba de las aulas a alguno de los pasillos y realizaba con otros chicos actividades extras como tejer, hacer figuritas de origami o practicar caligrafía. Últimamente se había entretenido más con doblar papel de colores y hacer figuras de animales de toda clase, aunque ciertamente, no le quedaban muy bien. Resoplaba con cansancio al terminar aquella tarea, para luego ir a la biblioteca de nuevo y pasar horas ahí antes de la próxima clase.
Estaba acostumbrado a estar solo en su habitación, que, aunque no era muy grande, lo cierto era que bien podría dormir otra persona con él.
De repente sus pensamientos se vieron hechos realidad luego de unos días, cuando de repente uno de los médicos le dijo que había llegado una persona nueva a la institución que estaría compartiendo habitación con él. Aquel dato le hizo mucha ilusión. No le gustaba estar solo. De por sí, estar separado de su hermano gemelo había sido una inquietud enorme para él, pues no acostumbraba a estar solo en una habitación por las noches. Llevaba ya un mes haciéndolo, pero no podía aceptarlo. Por ello, al oír que tendría un compañero de habitación le hizo sentir algún tipo de esperanza, como si pudiera recuperar a Todomatsu.
Y luego, al cabo de siete noches más, colocaron y prepararon una cama en la misma habitación. Choromatsu constantemente se preguntaba: "¿Qué clase de persona será?"
Una tarde caminó a su clase, se maldecía a sí mismo cuando su bolsa con sus útiles se desplomó en el suelo y no podía agacharse para levantarla. Una chica que pasaba cerca le ayudó con su problema, y él sonrió como agradecimiento. Le había empezado a dar vergüenza pronunciar palabra cuando no era esencialmente necesario. Su voz había empezado a sonar rara.
De repente, se albergó en su corazón la posibilidad de que aquella muchacha a la que nunca había prestado atención y cuyo rostro no recordaba, fuera su futura compañera de cuarto, lo cual era imposible con más probabilidad, ya que hombres y mujeres solían estar en bloques distintos. Se reprendió por ser tan estúpido e iluso.
—¿Te diriges al aula 501? Voy para allá también. Déjame ayudarte…
Choromatsu no iba hacia el aula 501, sino a la 202, sin embargo fue muy tímido como para corregirla. En cambio, le pidió que le llevara solo a las escaleras y el tomaría otro camino. Ella sonrió y asintió.
La muchacha llevaba un ramo de flores en una mano, que no había soltado ni siquiera para empujar la silla de ruedas de Choromatsu.
—Por cierto —siguió diciendo ella de buena gana—, ¿no será que tampoco conoces muy bien los caminos? Lo cierto es que apenas conozco los pisos 1, 2 y 4. Tú deberías estar en el primero en vista de que… no puedes andar. ¿Qué haces aquí arriba tú solo?
Con pena, Choromatsu dijo casi en un susurro:
—Quería… leer u-un poco en la bli-blioteca.
—¡Válgame! —exclamó haciendo caso omiso a la principal preocupación momentánea de Choromatsu—. ¡Para la próxima puedes pedirme a mí que te lleve algo cuando lo necesites! Andar por tu cuenta puede traer sus consecuencias —Sonrió.
Choromatsu se puso colorado.
—¡Qué pena! No me he presentado. Me llamo Atsuko Aoi. ¿Y tú?
—M-Matsuno Choromatsu.
—¡Hum! Difícil de recordar… No es un nombre que escuches siempre. Me gusta.
Choromatsu se comenzó a preguntar por aquella chica. Después de estar con ella un rato, pudo deducir que no era una paciente, pero tampoco era solo una visita de algún ingresado del lugar. Y se miraba muy joven como para ser parte del personal. Se sintió en confianza con ella rápidamente de todas formas al notar que no le prestaba singular atención a su irregularidad del habla y movimientos.
—¿Tam…poco llevas mucho tiempo a-aquí?
—¡Solo cuatro días! Pero me la he pasado encerrada en la oficina de profesores. Verás… Estoy estudiando fisioterapia y me pareció que hacer algunas prácticas aquí sería mejor que en centros de Tokio. La verdad es que, aunque no lo parezca, hay muy buenos especialistas en esta institución. Quiero aprender aquí. Y, además, tengo algo de experiencia dando clases. Tuve que enseñar química y matemáticas a un grupo de niños hace dos años y si alguien lo necesitara pues yo…, bueno, eso. Quiero aprender lo que pueda en este lugar. Las personas son como libros, ¿lo sabías? Ganar experiencia en situaciones reales es mejor que quedarme todo el día con la teoría de las clases del diario. Aunque, no le resto importancia, ja, ja. Uh, lo siento. Estoy hablando mucho…
Choromatsu que se había sentido atraído por ella (no de la manera en que un hombre ve a una mujer) negó con la cabeza y sonrió, diciéndole que no se preocupara por ello. De repente le había agradado mucho.
—Atsuko-san, ¿vas a… quedarte en el primer bloque?
—No lo han decidido aún. Y no seas tan formal. No tenemos mucha diferencia de edad por lo que veo.
—No creo que también tengas 16 años.
—¡No! —se rio ella, agradecida de que se diera cuenta—. Tengo 21. Aunque todos dicen que parezco de secundaria… —dijo cabizbaja—. Pero, "Aoi-chan" está bien, si te parece. —Sonrió.
Choromatsu asintió y sonrió también.
—De ac-acuerdo, Aoi-chan.
Cuando habían llegado a la planta baja junto a las escaleras, ella dijo que tenía que retirarse por el momento pero que se volverían a ver. Antes de irse, vio el ramo de flores en su mano como si recién recordara que lo tenía y tomando un puñado de ellas para hacer otro pequeño ramo, se las tendió y dijo:
—Ten. Hoy por la mañana salí a los alrededores para juntarlas para una muchacha que me las pidió. Se verán muy bonitas en tu habitación también —le dijo con una sonrisa.
Aunque se sentía agradecido, Choromatsu no pudo evitar cuestionar.
—¿P-Por qué?
—Mmm, porque, tarde o temprano crecerán más. Además, oí que las plantas adornando una habitación pueden mejorar el estado de ánimo. Eh, no te preocupes si no puedes aceptarlas. Ahora que lo pienso no sé si tienes alergias…
—¡N-No es eso!
Con torpes movimientos Choromatsu tomó las flores. Eran unas simples florecillas reconocidas como "anémonas" de un suave color púrpura. El chico agradeció.
Ella siguió su camino luego de sonreírle otra vez. Si tenía suerte, capaz y él sería uno de sus principales pacientes o alumnos más adelante. Después de todo no le iba muy bien en química.
Luego de eso, como si hubiera sido magia, estuvo de buenas el resto del día. Hacía mucho que no entablaba una conversación con alguien, aunque fuese una muy breve.
Esa tarde le pidió ayuda a una de las profesoras para conseguir un pequeño jarrón para su habitación.
Cuando aquel día estaba por terminar, al salir de sus clases y realizar sus deberes, miró las flores que había colocado ya con agua y bien arregladas sobre la mesita que usaba como escritorio. Justo como le había dicho Aoi, las plantas levantaban el estado de ánimo. Era como si, al verlas, dieran la sensación de que no se es el único con vida propia en la habitación. Como si no se estuviera solo, atrapado en la inmensidad de la ciudad, sino en el jardín de la casa propia.
Aunque no podía deshacerse por completo de los pensamientos que lo afligían, tomaba como excusa cualquier detalle para sonreír un poco. Al mirar esa noche por la ventana, pensó: «Siento ser egoísta, pero quiero serlo un poco sólo hoy. Yo en verdad quiero creerlo… Me parece que esta noche la luna brilla sólo para mí».
Su felicidad duró hasta que las flores se marchitaron luego de un tiempo.
Al cabo de un par de días más, entregarían las calificaciones de sus pruebas. Hacía días que las vacaciones de verano de la mayoría de estudiantes del país habían terminado. Choromatsu pensaba en que su hermano, Jyushimatsu e Ichimatsu volverían a verse muy pronto en el salón del club ya desintegrado que, si existiera, tendría solamente tres miembros activos.
En una de sus llamadas nocturnas, Todomatsu le dijo a Choromatsu que luego de que llegaran los alumnos de primer grado y la mayoría de clubes de los de tercero se desintegraran por completo, la dirección de la escuela les había permitido seguir usando la antigua aula, aunque no con ningún nombre o actividad oficial. Choromatsu estaba contento por ello, aunque también sentía nostalgia. Desearía volver allí con los muchachos…
Una día, Choromatsu amaneció con nauseas. Debido a ello le habían concebido permiso para que no asistiera a las clases de la mañana.
Luego de ir a la enfermería a que le dieron una pastilla para el malestar, termino quedándose a medio camino en el comedor. Estaba muy exhausto como para poder moverse él solo a su habitación, y no se sentía muy bien como para buscar a Aoi para que le trajese algún libro de la biblioteca. Resopló.
Cuando un chico que estaba sentado en una de las mesas de al lado lo observó, se preocupó un poco y se dirigió a él con normalidad.
—Hola. ¿Está bien si me siento contigo?
—Eh… Claro.
Lo cierto era que para Choromatsu era mejor evitarle puesto que el chico traía consigo la bandeja de comida que no deseaba ver en lo absoluto. La mirada recelosa hizo que el joven lo entendiera y luego de que tomara solamente una mandarina que yacía sobre el traste, fue a dejar el resto con una de las cocineras para luego volver.
Cuando volvió a sentarse, dijo:
—No te sientes muy bien, ¿cierto? ¿Ya tomaste algo?
—Sí, pe-pero… no ha hecho mucho ef-efecto toda…vía.
—Entiendo. ¿Te parece si vamos a dar un paseo? El clima está muy bien hoy. Además el aire fresco te ayudará con las náuseas.
A Choromatsu le habría gustado negarse, pues no tenía ganas de charlar ni esforzarse en aparentar un buen estado de ánimo, pero como le había sucedido con Aoi, no pudo negarse.
El muchacho era risueño. Se ofreció en ayudar a Choromatsu con la silla de ruedas, pero éste le contestó con amabilidad que podía hacerlo solo.
Luego de que llegaran al jardín, se echaron sobre la hierba fresca. Más que dar un paseo, descansaban viendo el brillante cielo azul con esponjosas nubes blanquísimas.
Al principio Choromatsu insistió en que era mejor para él seguir en la silla de ruedas, pero cuando su acompañante insistió en que lo ayudaría a reincorporarse, aceptó sin más.
Luego de un rato Choromatsu se percató de que a los alrededores de la institución crecían montones de flores color púrpura. Dedujo entonces que eran los sitios en los que Aoi se detuvo para cortarlas y llevarlas dentro para él y para la otra chica.
El muchacho comenzó a pelar la mandarina que traía consigo y luego de que tanteara que Choromatsu se sentía mejor al cabo de unos minutos, le ofreció la mitad. "Las mandarinas ayudan con muchos males del cuerpo humano", le dijo.
Choromatsu se preguntaba cómo era que aquel chico le hubiese hablado con tanta normalidad. A veces, pensaba que él también quería ser así, pero hacer amigos tan fácilmente no había sido uno de los dones que el cielo le había dado…
—¡Me llamo Matsumoto Kichiro! —le dijo amistosamente.
El chico era delgado, de piel blanca algo quemada por el sol y de ojos grandes con el cabello negro muy alborotado. Usaba anteojos.
—Yo soy… Matsuno Choromatsu —dijo inclinando levemente la cabeza.
—¡Oh! Tenemos el mismo Kanji en nuestros apellidos. ¡Hum! Desde que te vi pensé que eras un buen candidato para ser mi amigo.
Kichiro esbozó una enorme y amistosa sonrisa.
