Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.
Advertencias: Relación ChicoxChico. Slow Burn. Angst. Enemies to Lovers. Hurt/Comfort. Uso de drogas en menores. Homofobia, mucha homofobia. Un mundo mágico lgbtfóbico. Mención de suicidio. Depresión. Albus Potter es un mal amigo. Si cualquiera de estos temas te incomoda, te invito a buscar otra historia. En esta se va a sufrir mucho...
Pareja: Es un slow burn, así que esto pasará muuuuucho después, pero pongo de inmediato que la pareja es James Sirius Potter con Scorpius Malfoy
Nota de la autora: Lamento la tardanza, no he estado en mi casa y no he podido usar una computadora. Estoy subiendo el capítulo con el teléfono, así que perdón por cualquier error
¡Disfruten la lectura!
Capítulo 28: Hormonas
Tengo varios recuerdos de haber hecho cosas por simple curiosidad. Aunque siempre fui un niño tímido, mamá me solía contar que estresaba a mi padre cada vez que íbamos al mundo muggle. De alguna forma, cuando salíamos, yo siempre terminaba involucrado en una actividad peligrosa.
Los días se volvieron semanas y el invierno fue cediendo lentamente. Pronto llegó abril y con ello las vacaciones de Pascua. Como casi todo el mundo, decidí quedarme en el castillo y avanzar en los deberes. Los OWLs estaban a la vuelta de la esquina y todos parecían un poco histéricos sobre el tema.
No obstante, estas fechas tenían otra preocupación: la fiesta de Hufflepuff.
A todos les gustaba asistir a un evento recreativo para olvidar el estrés, pero todos odiaban planificar algo en estas fechas. Los tejones habían salido últimos en la Copa de las Casa y, por ende, les había tocado la peor fecha. Mi preocupación no era tanto por lograr terminar los deberes y asistir a la fiesta, sino que tenían una razón mucho más… física.
—¿Puedo preguntarte algo?
Potter giró la cabeza y me observó con una ceja alzada. Se quitó la paleta roja de la boca y me apuntó con ella, sonriendo apenas un poco.
—Depende —mencionó divertido.
—¿Depende? —arrugué la nariz y me aparté de la ventana—. ¿Depende de qué?
Estábamos en la Torre de Astronomía. Por alguna razón inexplicable teníamos el tácito acuerdo de reunirnos una vez a la semana para hablar de cualquier cosa. Lo normal era que Potter se quejara de alguna imprudencia mía y lo mucho que se tuvo que esforzar para cubrirme.
El Gryffindor dobló la pierna que no tenía colgando y la acercó a su pecho para abrazarla y reposar el mentón en su rodilla. Su sonrisa se había ensanchado y vuelto maliciosa. Supe de inmediato que el precio a las respuestas que quería iba a ser caro.
—Puedes preguntar lo que quieras, pero mi conocimiento tiene un precio. ¿Estás dispuesto a pagar?
Fruncí el ceño y saqué un cigarrillo, lo encendí y di una calada, expulsando el humo por la gran ventana. Potter hizo una mueca cuando sintió el olor, pero no se quejó.
—¿Cómo lo hacen dos hombres? —pregunté sin mirarlo.
—¿Qué? —cuestionó algo sorprendido.
Ladeé la cabeza y volví a llevarme el filtro a los labios para inhalar. El capitán de Gryffindor había soltado su pierna y había apoyado su espalda en el marco de piedra.
—El sexo —aclaré de todos modos—. ¿Qué se necesita? ¿Hay hechizos? ¿Pociones? ¿Algo?
—¿Por qué me preguntas a mí?
—Pensé que ya lo habías hecho —me quejé.
Volví a concentrarme en mi cigarrillo y cuando escuché un bufido por parte del mayor, giré un poco la cabeza para mirarlo. Potter balanceaba peligrosamente su pierna, pero estaba seguro que no caería. Solía hacer cosas arriesgadas, especialmente si incluían altura. Definitivamente había nacido para ser jugador de quidditch.
—Yo creía que tú ya lo habías hecho, con eso de que te besaste con Al solo por… —me apresuré en cubrir su boca con mis manos, mirando a todos lados algo asustado.
Ni siquiera me importó botar el cigarrillo. Por suerte, no había salido fuera de la Torre, solo había rodado al suelo de piedra.
—Cállate, alguien te podría escuchar.
—Tranquilo —respondió, apartando mis manos—. Tengo el Mapa del Merodeador aquí y, en realidad, yo soy el único chismoso que subiría a escuchar a hurtadillas.
Rodeé los ojos y me aparté para recoger el cigarrillo. Le di una última calada y metí la colilla en la grieta de una de las piedras del muro. En algún momento ya no podríamos ocultar que fumábamos allí y McGonagall pondría el grito en el cielo. Pero ese era un problema para el fumador del futuro que tuviera esa mala suerte.
Potter me pasó una paleta que rechacé y luego sonrió con arrogancia, volviéndose a acomodar contra el marco.
—No me digas —comenzó—. Planeas hacerlo en la fiesta, ¿no?
—Todos van a la fiesta, el dormitorio estará libre —me defendí.
El mayor soltó una carcajada y se estiró hacia adelante para desordenar mi cabello. Logré dar un paso atrás y evitarlo, pero eso solo causó más risas de su parte.
—Bueno, bueno, Scorpius Malfoy es un chico grande —canturreó con burla al mismo tiempo que llevaba ambas manos detrás de su cabeza—. Si de verdad quieres hacerlo, te recomiendo ir a la Torre de Gryffindor. Allí no está Al y te será más fácil escabullirte.
—¿Qué necesito preparar?
—Vaya, directo al punto —bromeó.
De todas formas me explicó cómo era el sexo anal. Claro que lo hizo con todo lujo de detalles, siempre buscando avergonzarme. Cuando le pregunté sobre hechizos o pociones, me confesó que solo lo había hecho con muggles, así que solo conocía el procedimiento muggle. Por suerte, Potter tenía una idea de cómo hacerlo al modo mágico y me recomendó unas cuantas pociones y hechizos.
Alguna vez mi padre me había dado esa incómoda charla, pero la explicación de Potter superó con creces el nivel de vergüenza. Sin embargo, tuve que esforzarme en escuchar y guardar todo el conocimiento que me dio. Era la única persona a la que le podía preguntar sobre esas cosas y escuchar al idiota de Potter tuvo sus beneficios. Me recomendó unos cuantos libros que había en la biblioteca que contenían varios hechizos y ungüentos que podía usar para fines no tan académicos.
Luego de pedir prestado los distintos tomos sugeridos por Potter, me fui al aula vacía que solía usar con el chico del tren para nuestras tutorías. Ya me había acostumbrado a que siempre llegase unos minutos atrasado, así que comencé mi lectura sin esperarlo.
—Lo siento, llego tarde…
Bolaño dejó su bolso sobre la mesa y se sentó a mi lado, jadeando. Seguramente se habría apresurado en llegar a tiempo y había fallado, como siempre.
—¿Qué lees? —se recostó sobre la mesa y sonrió—. Ya hice mi tarea, así que podemos saltarnos la tutoría.
A lo largo de las semanas mis nervios habían disminuido lo suficiente como para no verme demasiado idiota a su alrededor. Seguía sintiendo una explosión de mariposas cada vez que me sonreía, pero era controlable. Tal como me había dicho en mi cumpleaños, habíamos ido a un ritmo lento que me estresaba y frustraba. Apenas habíamos tenido algunos avances que no habían salido del todo bien.
No era que los nervios me ganaran o me entrara el pánico, era más bien que siempre terminábamos avanzando en los peores momentos. Como en el cumpleaños de él, a finales de febrero, donde terminamos detrás de unas columnas pajeándonos y Helios casi nos descubre. O como en el partido de Gryffindor contra Hufflepuff, donde mis deseos de buena suerte escalaron y se distorsionaron hasta volverse una mamada bajo las gradas que Potter logró cubrir antes de que sus primos nos vieran.
—Yo he estado investigando… —comencé—... sobre cómo es el sexo anal.
—¿Hay libros así? —preguntó, alzando las cejas.
—Son hechizos, pociones o ungüentos que sirven para otras cosas, pero que se pueden usar para esto —bajé el libro que estaba revisando y me giré para mirarlo—. Tú ya has hecho todo antes, ¿verdad?
—Nunca he hecho nada con un mago, excepto contigo —él se enderezó y me quitó el libro para mirarlo—. Es bueno que aprendas, pero no veo posibilidad de que algo ocurra en el corto plazo.
—¿Por qué no? ¿No te gusto?
Bolaño volvió a mirarme y me dedicó una de esas sonrisas que despertaba a las mariposas en mi estómago. Luego me acarició la mejilla y me dejó un suave beso en la frente.
—Estamos en un internado, no hay momento para estar a solas, Scorpius. No lo suficiente para hacer algo así —él suspiró y apoyó el codo en la mesa para dejar reposar su cabeza sobre su mano—. Puedes chuparla o tocar a alguien en cualquier lugar, pero follar… Necesitas una cama y tranquilidad, si apuras las cosas, saldrán mal.
—Podemos hacerlo la noche de la fiesta de Hufflepuff, todos estarán ocupados bebiendo y fumando en otro lado.
Mi novio abrió los ojos con sorpresa, como si recién se diera cuenta de esa posibilidad. Se mordió el labio inferior y su mirada fue hacia el libro abierto.
—No lo sé…
—Pero quiero hacerlo contigo, Gabriel. Entiendo que puede doler, pero si ya lo hiciste, confío en que no vas a lastimarme. Y es frustrante que casi no hayamos avanzado en todo este tiempo.
—¿Quieres ser el pasivo? —preguntó sorprendido, yo solo lo miré confundido—. El de abajo, quien recibe, no sé cómo te lo aprendiste.
—Ah… ¿Y tú cómo lo has hecho? —pregunté con genuina curiosidad.
El chico del tren se removió como si estuviera incómodo, suspiró y movió la cabeza para apoyar el mentón sobre su palma, evitando mi mirada.
—No resultó bien cuando lo intenté, no llegué al final —explicó—. Pero ese no es el punto, ¿estás seguro de que quieres hacerlo? Ahora sabes que no tengo mucha experiencia.
—Cuando es un chico y una chica lo terminan haciendo incluso en lugares incómodos, ¿por qué para nosotros debería ser diferente? Ya di una solución para la cama y privacidad, ¿no? —inflé las mejillas—. Y no importa la experiencia, aprenderemos.
Me miró de nuevo, sonriendo de forma incómoda.
—¿Estás seguro…?
—Si no quieres, dilo —dije más enojado de lo que debería—. Yo solo… solo quiero hacerlo contigo porque me gustas y quiero hacer las cosas que hacen las parejas.
—No es que no quiera, Scorpius. No sabes las veces que he fantaseado con eso —murmuró, sentándose correctamente—. No quiero que tu primera experiencia se vuelva un horrible recuerdo.
Chasqueé la lengua y me levanté con brusquedad. Bolaño me observó un tanto sorprendido y yo aproveché su poca reacción para mover la mesa y así poder sentarme a horcajadas sobre él. Tomé sus manos y le hice apoyarlas en mis caderas para luego poner las mías en sus hombros.
—No soy una chica, Gabriel, no necesito pétalos de rosas ni velas —me esforcé en mantener el contacto visual—. Podríamos hacerlo aquí y ahora y para mí estaría bien… pero no estoy seguro de cómo hacerlo, por eso propongo que lo hagamos el día de la fiesta.
Sentí los dedos de su zurda desfajar mi camisa e introducirse bajo la prenda para acariciar mi espalda. Me mordí el labio inferior para evitar soltar algún sonido, pero no pude evitar cerrar los ojos.
—Está bien, podemos intentarlo ese día —susurró.
Lo miré por entre las pestañas y tomé su rostro para darle un corto beso en los labios.
—Entonces revisemos los hechizos y pociones, ¿si?
El día de la fiesta ya había hecho un plan. Sabía que Albus me arrastraría con él sin importar lo que yo dijera, así que planeaba escaparme cerca de las 11. De ese modo mi mejor amigo no sospecharía demasiado de mi desaparición. El chico del tren iba a estar esperando en su sala común, asegurándose de que nadie me viera llegar. Ya habíamos preparado y conseguido todo lo necesario, y lo habíamos ocultado en el dormitorio de los leones con antelación.
Solo necesitaba aparecer relajado y aseado. No era tan difícil.
Y no lo fue.
Me escabullí con bastante facilidad de la fiesta y logré llegar a tiempo a la sala común de Gryffindor. La Dama Gorda me observó ceñuda cuando le solté la contraseña, aunque de todas formas me dejó entrar. Había estado allí solo una vez, en la fiesta del año pasado que Gryffindor había dado, pero era diferente ver el lugar casi vacío y sin decorar.
—Scorpius, llegaste —el chico del tren se me acercó con una sonrisa—. Vamos a los dormitorios, no hay nadie.
Los dormitorios se parecían bastante a los de Slytherin, solo que más rojo. Seguí a mi novio hasta la cama del fondo, cerca de la ventana, y me quedé de pie, sin saber cómo continuar.
—¿Estás bien? No te preocupes si te arrepientes, podemos jugar snap explosivo o leer algo.
—No estoy arrepentido —murmuré y me subí a la cama, sacándome los zapatos—. Estoy nervioso, pero aún quiero hacerlo.
Bolaño se sentó a mi lado y asintió. Parecía que también estaba nervioso, porque movía los pies una y otra vez. El silencio se instaló entre nosotros y el chico del tren se levantó para ir hacia una mesita donde había un tocadisco. Luego de manipularlo, una melodía suave comenzó a sonar.
—No tenemos mucha variedad de música, pero no es mala —explicó, rascándose el cuello—. Scorpius, ¿estás seguro que…?
—Apaga la luz —interrumpí—. ¿Dónde dejaste mi bolso?
Mi novio me entregó mis cosas y se apartó para apagar las luces. Aproveché de sacar unos frascos con unas luces doradas y los abrí para que esas esferas flotaran sobre nosotros. La mezcla de la iluminación baja con la música era bastante buena para crear un ambiente. Me alegré de haber pensado en ello, tal vez lo de las rosas y las velas no era tan mala idea.
—¿Y ahora?
Me sobresalté al escucharlo tan cerca y me moví lo suficiente para verlo. Bolaño se había sentado de nuevo a mi lado y miraba con curiosidad el interior del bolso.
—No lo sé, dime tú —susurré en respuesta.
Él levantó la vista y observé sus ojos oscurecidos por la penumbra. Tomando algo de valor, me acerqué a él y junté nuestras bocas, besándolo lentamente. El chico del tren pareció más seguro ante mi avance y con cuidado me recostó sobre su cama, empujando el bolso hacia un lado. Era la primera vez que estábamos en una posición así, lo que me llenaba de expectación.
Sin romper el beso, metió sus dedos bajo mi camisa y la elevó un poco, acariciando mi estómago, el cual tensé de forma inconsciente.
—Si algo no te gusta, dime —murmuró sobre mis labios.
Asentí y le observé apartarse un poco y quitarse la sudadera junto a la camiseta. Mis ojos fueron a la piel desnuda y de forma inconsciente levanté las manos para acariciar. El chico del tren soltó una pequeña risa nerviosa y se acercó de nuevo, desabrochando rápido los botones de mi camisa. Cuando pensé que me iba a volver a besar, se movió hacia mi torso y lamió uno de mis pezones.
—Ah… —me cubrí la boca en cuanto el gemido se me escapó.
—Nadie va a escucharnos, Scorpius.
Me tomó las muñecas y me hizo descubrir mis labios, sonriéndome con confianza antes de volver a pasar su lengua en aquel lugar tan sensible. Como no sabía qué hacer con mis manos, terminé enredando mis dedos en su cabello, soltando suspiros cada vez que sentía su lengua tocarme.
Estaba tan concentrado en ello que no noté lo que estaba haciendo hasta que desabrochó mi pantalón y deslizó su mano dentro de la ropa interior. No era la primera vez que estábamos en una situación así, pero sí la primera vez que lo hacíamos en una cama. Todo se sentía más íntimo de esa forma. Levanté las caderas para ayudarlo y lo miré avergonzado cuando logró desnudarme. Antes de que se volviera a inclinar hacia mí, me apoyé en mis codos para darme impulso y elevarme.
—Me dijiste que ibas a ir lento, pero ahora estás ansioso —dije rápido.
—Lo siento, me emocioné —murmuró, haciendo una mueca—. Podemos parar y…
—No es una queja —interrumpí y me apresuré en arrodillarme frente a él—. Solo estoy algo nervioso por estar tan expuesto.
El chico del tren me miró al rostro y luego bajó la mirada a sus jeans desgastados. La música seguía sonando, pero sentía que eran más fuertes mis jadeos y los latidos de mi corazón.
—Entiendo, lo siento —se apresuró a quitarse la ropa y también se arrodilló sobre la cama—. ¿En serio estás seguro?
—Quiero hacerlo, Gabriel.
Decidí seguir por un terreno más conocido y tomé su miembro con una mano para luego inclinarme y dar una lamida tentativa. La posición era incómoda y pensé que tal vez a él no le gustaría y me apartaría. No obstante, la reacción de mi novio fue mejor de lo que había esperado. Se levantó un poco para ayudarme con la altura y mientras empezaba a soltar gemidos y suspiros, enredó sus dedos en mi cabello.
No había podido terminar bien la mamada el día del partido, así que me estaba esforzando por dar la mayor cantidad de placer. Por lo mismo aguanté la respiración y metí su erección tanto como pude aguantar antes de sentir asco.
—Scorpius, espera… Mierda… No vayas tan rápido —murmuró, mezclando el inglés con el español.
—¿Do hado mal? —pregunté sin sacármelo de la boca.
Sentí como crecía contra mi lengua y lo escuché soltar un gemido más fuerte. No había tenido la intención de balbucear, solo me había aterrado haber cometido un error y me apresuré en hablar.
—Mierda, necesito… carajo, Scorpius, eso fue… Juegas conmigo…
Lo único que entendí de todas esas palabras en español fue mi nombre.
Antes de que pudiera reaccionar, Gabriel me obligó a apartarme y con algo de brusquedad me apegó a él y comenzó a besarme. Me terminó acomodando sobre sus piernas y en ese momento fui demasiado consciente de nuestra desnudes. Rodeé su cuello con mis brazos y me apreté a él, notando su erección contra mi muslo mientras que la mía chocaba contra su estómago.
Por alguna extraña razón, ahora que no tenía ropa, podía apreciar de mejor forma el olor que venía de él. Una mezcla de brisa marina, sol y tierra mojada, aunque no había una relación clara, siempre había asociado al chico del tren con el otoño. Y en la situación en la que estábamos más me pareció que era como aquella estación.
Bolaño se apartó de mi boca y comenzó a repartir besos en mi cuello y clavículas. Solo pude atrapar su cabello entre mis dedos y suspirar, volviéndome una masa sin voluntad. Poco a poco mis pensamientos racionales bajaron al mínimo y me empecé a mover por instinto.
—Dime si algo no te gusta —susurró él contra mi oreja—. O si quieres que pare.
Sentí sus dedos fríos y aceitosos tocar mi trasero y me di cuenta que en algún momento había sacado uno de los viales que había metido en el bolso y lo había abierto para poder utilizarlo como lubricante.
—Sigue… —murmuré.
Sabía que debía prepararme y sabía que las pociones facilitarían el proceso. No obstante, me sentí muy nervioso cuando noté a dónde estaba yendo su mano y la forma en que dibujaba círculos con el dedo.
—Relájate —ordenó en voz baja, escondiendo su rostro contra mi cuello.
Cuando introdujo uno de sus dedos sentí mucha incomodidad y tuve el impulso de apartarlo, pero las caricias de Gabriel junto a sus besos me distrajeron lo suficiente como para seguir aguantando.
Con el segundo dedo se me escapó un quejido y mi novio se apresuró a llenarme de besos el rostro, preguntándome si quería parar. Para demostrarle que estaba bien, me moví contra su mano, lo que hizo que los dos dedos se introdujeran aún más en mí y una extraña sensación me recorriera. Él lo tomó como una buena señal y comenzó a mover los dedos en mi interior, expandiendo las paredes.
—Scorpius… necesito… ¿puedo meterla?
Lo miré entre las lágrimas acumuladas y asentí, incapaz de hablar.
—Voy a hacerlo… —avisó.
El tamaño era totalmente diferente y tuve que enterrar mis uñas en su espalda cuando sentí que me podría romper. El chico del tren hacía todo de forma lenta, intentando no lastimarme, pero de todas formas las lágrimas se escaparon de mis ojos y me tensé.
—Ya entró la cabeza —murmuró, besándome los párpados—. Aguanta un poco más.
Cuando sentí mis nalgas chocar con sus muslos supe que la había metido por completo. Era una sensación extraña e incómoda. Una de sus manos se dirigió a mi entrepierna y me comenzó a masturbar, buscando volver a levantar la erección que había cedido ante el dolor. Gemí por lo bajo y de forma inconsciente me moví hacia adelante, provocando que la erección dentro de mí se frotara, haciéndome gemir más fuerte.
De forma suave el Gryffindor comenzó a moverse, provocando un millón de reacciones en mi cuerpo. Cerré los ojos con fuerza e intenté concentrarme en las cosas buenas y no en la incomodidad y el dolor.
—Mierda —gimió contra mi piel.
Sus manos tocándome se sentían como si me quemaran y tuve que hacer un esfuerzo para no sucumbir a tantos estímulos. Lo abracé con fuerza y dejé que llevara el ritmo de las embestidas. Podía notar cómo entraba profundo en mí, abriéndose paso en mi interior.
Sentí el calor acumularse en mi vientre y un estremecimiento me recorrió cuando llegué al orgasmo. El torso y la mano de mi novio quedaron manchados con mi semen y me sentí incapaz de sostenerme, por lo que me apoyé en él. Gabriel arremetió un par de veces más contra mí antes de venirse. Al menos eso deduje cuando gimió y se detuvo.
—Eso fue genial… —susurró él con la respiración agitada.
—Sí… —logré decir entre mis propios jadeos.
Sentía que ya no tenía dominio de mi propio cuerpo y lo único que podía hacer era aferrarme al chico del tren y mirarlo a través de las lágrimas. Parecía que mi interior palpitaba y empezaba a ser consciente de todos los mordiscos y chupones que me había dejado.
—Eres precioso, Scorpius.
Me estremecí cuando comenzó a darme besos en el rostro, limpiando los rastros de las lágrimas. Volví a cerrar los ojos, dejándome llevar por el agotamiento y el relajo. Mi novio salió de mi interior lentamente y me recostó con cuidado sobre las sábanas revueltas. Sentí cómo se movía para tomar pañuelos desechables y la varita para así limpiarnos, pero no hice demasiado para ayudar.
Me elevé un poco para poder abrazarlo cuando noté que había terminado e hice que se recostara conmigo. Bolaño rió cerca de mi oreja y se acomodó a mi lado, dejando un suave beso en mi frente. Me acurruqué contra él, sonriendo satisfecho y sin darme cuenta me quedé dormido en sus brazos.
La luz del sol me despertó. La cintura me dolía y mis músculos se resentían por la actividad física, además de que me sentía extrañamente atrapado. Solo cuando abrí los ojos recordé todo lo que había hecho la noche anterior. El chico del tren dormía tranquilo y con la boca ligeramente entreabierta. Nuestras piernas estaban enredadas y mientras él me rodeaba con uno de sus brazos, yo utilizaba el otro de almohada. Levanté un dedo y piqué su mejilla con suavidad, de inmediato él se removió, haciendo una pequeña mueca.
—Hola… —murmuró todavía con los ojos cerrados.
—Hola… —respondí, apartando mi mano.
—¿Estás bien?
El chico del tren me estrechó entre sus brazos y escondió el rostro en mi cuello. Subí mis manos a su cabello y lo peiné, sintiendo con más fuerza el olor a mar y sol que venía de él.
—De maravilla —respondí, sonriendo—. ¿tú?
—De maravilla —repitió, al fin mirándome.
Quería seguir disfrutando de aquel momento, pero unos rápidos golpes sonaron en la puerta. El chico del tren rápido me cubrió con las mantas y se aseguró de cerrar el dosel. No era el mejor escondite, pero serviría si nadie se acercaba. Me abracé a mi novio y rogué a todas las deidades de que nadie se acercara a revisar la cama.
—¡Gabriel! ¡Soy James! —gritó Potter desde el otro lado—. ¡Te doy cinco minutos! ¡Tenemos que hablar!
—¡Voy! —gritó mi novio.
Nos levantamos y buscamos nuestras prendas. Me vestí tan rápido como pude y lo miré algo asustado, pero el chico del tren me sonrió y dejó un beso en mi frente. Potter sabía que yo estaría allí esa noche, por lo que su llamado solo podía ser un aviso de que ya había gente en la Sala Común.
—Vamos a que James te saque con su fabulosa capa —susurró, todavía sonriendo.
Tomó mi mano y me llevó hacia la puerta. Al otro lado estaba Potter comiendo algún caramelo mientras tarareaba, apoyado contra la pared. Al vernos no dijo nada, solo me puso la capa de invisibilidad encima y bajó los escalones para ir hacia la Sala Común.
—Zabini estuvo jodiendo como siempre —mencionó—. No quiero que tu relación con la serpiente arruine nuestros entrenamientos, ¿entendido?
—Lo que haga con un Slytherin no tiene nada que ver con el equipo.
Parecía que discutían y parecía ser algo normal. Las personas que llegaban de la fiesta de Hufflepuff apenas daban una mirada y seguían en lo suyo. Lo bueno era que la discusión parecía mantener a todos lejos, incluso los otros Weasley solo miraron a su capitán regañar al otro jugador sin meterse. Tampoco alguien cuestionó el hecho de que salieran por el retrato o mantuvieran cierta distancia entre ellos.
Mientras seguían tirándose pullas, fuimos bajando algunos pisos.
—Ya es seguro, Scorpius —Potter se detuvo y extendió su mano—. Devuélveme mi capa
Salí de debajo de la capa de invisibilidad y se la entregué. Potter la guardó en uno de sus bolsillos y dio media vuelta, agitando la mano como si se despidiera.
—Mi misión acá acaba, tengo mejores cosas que hacer —mencionó, alejándose.
Junto a mi novio nos quedamos viendo como el Premio Anual se perdía en uno de los pasillos, caminando como si fuera el amo y señor del lugar.
—¿Quieres que te acompañe a tu sala común? —rompió el silencio Bolaño.
—No, está bien, puedo ir por mi cuenta —miré hacia todos lados y luego me acerqué a darle un pequeño beso en los labios—. La pasé bien…
—Yo también —susurró, sonriendo—. Nos vemos mañana en el lago.
Asentí y tomé su mano para darle un suave apretón. Luego me aparté y me despedí con una sonrisa.
En las escaleras me encontré con Helios, que parecía estar subiendo. Por un momento tuve el aterrador pensamiento de que nos había visto, pero su expresión indiferente parecía mostrar que no había pasado nada.
—Helios…
—Potter serpiente estaba todo irritable porque no podía encontrarte —el chico hizo una mueca de desagrado—. Desesperante.
—Lo siento… —lo miré inseguro—. ¿A dónde vas?
—¿A dónde más? A ver a la única persona que me agrada en este castillo.
Helios siguió subiendo y pasó a mi lado sin pronunciar otra palabra. Definitivamente no parecía haber visto algo. Algo más aliviado seguí con mi camino hacia las mazmorras.
Tal como me había advertido Zabini, Albus estaba enojado por haberme perdido la pista y tuve que usar toda mi capacidad de persuasión para apaciguarlo. Por suerte, no tuve que mentir demasiado, solo fingir que no quería admitir que me había ido con Rose. Al parecer la chica también se había fugado en medio de la fiesta.
Estaba tan ocupado intentando calmar a mi mejor amigo, que no me di cuenta de las cuestiones obvias. En primer lugar, a mi alrededor estaban ocurriendo cosas y no les estaba prestando atención. En segundo lugar, Albus se volvía cada vez más sofocante, controlando mis interacciones y acciones. Y en tercer lugar, empezaba a ver a mi mejor amigo más como un enemigo que como un aliado, aunque no fui consciente de ello hasta mucho después.
Muchas gracias por leer!
Próximo capítulo: Hogsmeade
