19

CIGÜEÑA

Saben que soy impulsiva. Harper es el cebo. Indra es el anzuelo. Recuperarán a Lisandro si lo muerdo y ataco a Indra. Emplearán la milésima de segundo que mi filo pase alejado del cuello del crío para aturdirme o matarme. Oigo las armas preparadas a mi espalda, así que mantengo el filo pegado a la garganta de Lisandro. Las lágrimas me empañan la vista mientras permanezco allí, flotando impotente. Sacudo la cabeza cuando brota la agonía. No puedo dejarla. Pongo la marcha atrás en las gravibotas y regreso para recogerla del suelo. Pero antes de que pueda alcanzarla, otro dorado pasa a toda velocidad a mi lado, descendiendo desde más arriba, sin armadura, para levantarla del suelo y llevársela a la nave.

El Chacal.

Salgo disparada hacia arriba y me alejo, entre la lluvia, en dirección a las puertas de la nave. Aterrizo dentro de la cigüeña. Mis botas resuenan contra la cubierta de metal y me arrodillo. Empujo a Lisandro hacia el interior de la plataforma, hacia Raven. El niño se cae al suelo. Varias docenas de augustanos empapados me miran con fijeza. Luego desvían la mirada hacia el crío. Llega el Chacal, cargando incómodamente a Harper con un solo brazo. Nuestra nave se eleva y la puerta se cierra con un siseo a nuestras espaldas. Monty se abre paso ente los demás para verme, luego mira al Chacal, a Harper. Segundo a segundo, va perdiendo las fuerzas. El Chacal deja a Harper en el suelo con delicadeza y se quita las gravibotas, demasiado pequeñas para él, que ha tomado prestadas de uno de los Aulladores. Monty mueve la boca. No emite ningún sonido.

—¿Está…? —murmura al final.

—¿Hay algún amarillo a bordo? —me pregunta el Chacal.

Miro a Arpía.

Envío a Arpía hacia los camarotes principales.

—Encuentra a Mustang. Pregúntale a ella.

La chica echa a correr.

—El botiquín —exige el Chacal al tiempo que le toma el pulso a Harper. Después, le mira las pupilas. Nadie se mueve—. ¡Ahora!

Monty se incorpora tambaleándose para ir buscarlo. Guijarro lo arranca de la pared y se lo lanza. Se lo acerca al Chacal. Con la mente totalmente bloqueada, miro a Harper cuando otro ataque de convulsiones le retuerce el cuerpo y un sonido inhumano brota con estruendo de su nariz y su boca. A mi lado, Monty tiene la cara blanca como el papel. Con impotencia, estira las manos hacia la mujer que ama, como si su mera voluntad pudiera arreglar lo que se ha roto; pero en el fondo sabe que es inútil. Se deja caer de rodillas. El Chacal abre el botiquín y rebusca entre sus contenidos. Su única mano se mueve con seguridad sobre los instrumentos que hay dentro hasta que da con una barra plateada no más larga que mi dedo índice. La agarra y la activa. El aparato emite un zumbido suave y una débil luz azul.

—Necesito que alguien me deje su terminal de datos. El pulso electromagnético se ha cargado el mío. —Nadie se mueve—. La chica morirá. Un condenado terminal de datos. Ya.

Le paso el mío. El Chacal no levanta la vista hacia mí, aunque se detiene un instante cuando ve mis características manos.

—Gracias por el rescate, Segadora —dice apresuradamente.

—Dáselas a tu hermana.

Lisandro se levanta y viene a colocarse a mi lado. Observa en silencio, sin lágrimas en los ojos. Guijarro y Payaso se acuclillan. Nadie toca a Monty, aunque lo miran de reojo, con las manos apoyadas sobre las rodillas o los filos, susurrando a la suerte cualesquiera que sean las oraciones que susurren los dorados. El Chacal mueve el aparato de resonancia magnética plateado sobre la cabeza de Harper y estudia el holograma en mi terminal de datos.

Maldice.

—¿Qué pasa? —pregunta Monty.

El Chacal titubea.

—Se le está hinchando el cerebro. Si no somos capaces de controlar la presión, tenemos un problema. —Hurga entre el equipamiento médico y desenmaraña una máquina con un tubo transparente—. Esa presión hará que el cerebro no reciba la circulación sanguínea adecuada. Se irá desecando a medida que los vasos se tensen debido a la hinchazón.

—¿Va a morir? —pregunto.

—No por la hinchazón —contesta el Chacal—. No si soy capaz de drenar el fluido y aliviar la presión según se va formando. Pero tendremos que inclinarle la cabeza para que la sangre pueda circular por las venas del cuello. Mantener la presión sanguínea estable. Conseguirle un suministro de oxígeno. —Levanta la mirada, tan delgado y mojado que pensaría que es rojo si no fuera por el pelo grisáceo—. Guijarro, ¿verdad? Encuéntrale oxígeno. Una mascarilla valdrá siempre y cuando no le cubra el rostro más arriba de la frente.

Guijarro se marcha.

Un nuevo ataque contorsiona el cuerpo de Harper. La miro, impotente, y le pongo una mano en el hombro a Monty. Se encoge bajo el contacto.

Arpía regresa a la sala.

—Ni un condenado amarillo.

—¡Mierda! —exclama Payaso—. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda.

Le da una patada a la pared.

El Chacal se detiene, mira a Monty y luego actúa. Señala a Payaso, Arpía y varios miembros de la Casa de Augusto.

—Necesito a alguien en cada uno de sus brazos y en la cabeza. Va a seguir teniendo convulsiones y, por algún motivo, sospecho que este va a ser un viaje agitado. Vamos a sacarla de esta maldita plataforma y a sujetarla durante la intervención. —Le recoge el pelo a Harper en una coleta, me pide que la sujete y saca un pequeño ionizador del botiquín. Lo aprieta con los dientes mientras se lo pasa por la mano y esboza muecas de dolor mientras destruye las bacterias y los folículos de piel secos—. Payaso, escanéale el pelo. Todo el pelo.

El Chacal se pone en pie y le lanza el ionizador a Payaso, que se agacha y está punto de pasarlo sobre el pelo dorado de Harper cuando Monty se lo arranca de las manos. Se queda de pie mirando a Harper, incapaz de moverse.

—¿Cómo se llama? —le pregunta el Chacal.

—Harper.

—Háblale. Cuéntale una historia.

Temblando ligeramente, Monty se sorbe la nariz y comienza a hablarle a Harper en voz baja:

—Había una vez, en los tiempos de la Antigua Tierra, dos palomas que estaban locamente enamoradas la una de la otra…

Presiona el botón del ionizador y mueve la mano. Es algo íntimo. Como si la estuviera bañando. Ellos dos, solos, en algún lugar lejano. Mucho antes de que ella contara historias junto a las hogueras en el Instituto. Mucho antes de todo el horror. Percibo el olor del pelo quemado cuando el

Chacal se levanta y se acerca mí.

—¿Qué ha pasado ahí abajo? —pregunta—. ¿Era un puño de pulsos?

Lo miro sorprendida.

—¿No lo has visto? Indra ha usado las manos.

—Demonios. —Se le tensa la mandíbula. Estudia la escena con los ojos apagados—. ¿Cómo hemos llegado a esto?

—Abby había planeado esta ruta desde el principio —digo en voz baja—. Antes incluso de que llegáramos a Marte, pretendía darle la archigobernaduría a los Belona. La gala era una trampa.

—¿Cuándo lo descubriste? ¿Antes o después del duelo?

—Antes —miento.

—Bien jugado. Nos hace parecer las víctimas. Veo que Mustang fracasó en su tarea.

—¿La envió tu padre para que se infiltrara en la corte de Abby?

—No. Supongo que fue idea suya. Acercarse al dragón…

—Los Julii también están en nuestra contra.

Asiente, pensativo.

—Tiene sentido. Los políticos trataron de llevarse a Octavia de nuestro lado antes de que llegaran Karnus y Indra.

—No pareces preocupado.

—Octavia es la hija favorita de su madre. —Niega con la cabeza al recordar algo—. Pero ella se enfrentó a tres obsidianos por mí. A tres. Está con nosotros, en cuerpo y alma.

Observo a Monty mientras termina de quitarle el pelo a Harper.

—¿Vivirá? —pregunto con voz queda.

—Tiene fragmentos de hueso en el tejido cerebral. Aunque detengamos la hinchazón, tiene una hemorragia. Severa.

Bajamos la mirada hacia Harper, ahora calva. Con el rostro sereno. Solo unas pequeñas contusiones en un lado de la cabeza. Nadie adivinaría que por dentro se está muriendo. Monty le acaricia la frente con gran delicadeza, susurrándole palabras suaves.

—¿Puedes salvarla? —me vuelvo hacia el Chacal—. ¿Hay alguna oportunidad?

—Aquí no. Si consigues llevarnos a un área médica, entonces sí, hay una excelente oportunidad.

Monty le canta una canción sutil mientras levantan su cuerpo para trasladarla a otra sala. Es la que cantó junto a la hoguera mientras mi ejército comía en las tierras altas. Harper estaba con Bellamy por aquel entonces, como parece que sucede con todas las mujeres en un momento u otro. Pero incluso ya en aquella época me di cuenta de que su mirada buscaba la de Monty. Ellos son las palomas mensajeras de su historia, surcando los cielos una y otra vez. Qué ilusionado estaba Monty por volver a reunirse con ella. Me resquebrajo por dentro. Todavía puedo salvarla. Puedo solucionar esto. La soberana tenía razón. No entendí bien el valor de mi moneda de cambio. ¿Qué iba a hacer? ¿Matar a su nieto si Indra mataba a Harper? ¿Y si mataba a Raven, a Mustang, a Monty? Tengo suerte de que no haya hecho daño a ninguno de ellos.

Me vuelvo para ver a Raven.

Está de pie, inmóvil con su armadura, mirándonos, mirando a Monty sujetar a la chica que Raven ama aunque jamás lo haya dicho, la chica a la que no podría tener. El dolor es brutal y está profundamente grabado en las arrugas de su cara de halcón. Raven la insensible, inmune al dolor, a la tristeza, a que Lilath —la teniente del Chacal— le sacara un ojo; todo recae ahora sobre él. Harper nunca llamó Trasgo a Raven, como los demás. Octavia le pone una mano en el hombro. Percibe el dolor, aunque no entienda a qué se debe. Ella se la aparta.

—No te conozco —gruñe.

Octavia se aparta.

—Lo siento.

—¿A qué estás esperando, Segadora? —me pregunta malhumorada—. Todavía no hemos salido de esta roca.

Me hace un gesto con la cabeza para que la siga. Lo hago, y le pido a Octavia que traiga al chaval de la soberana. Raven y yo trepamos por una escalera de mano y nos encontramos con Roan en el estrecho pasillo que lleva a la cabina de pasajeros y la de vuelo.

—Eh, buena mujer —me llama Roan, que se protege el hombro herido. El pelo mojado le cubre los ojos risueños. Habla a gritos, sin ninguna consideración por el estado de Harper—, la próxima vez que tengas algo dramático preparado, dinos que vas a venir para que no nos meemos encima.

Lo aparto de mi camino y paso de largo.

—Ahora no, Roan.

—Siempre tan aburrida. —Observa a Raven—. Vaya, vaya. Trasgo. Buena mujer, has encogido aún más, si cabe.

Raven no sonríe.

Entramos en la cabina de pasajeros, donde los miembros de la Casa de Augusto y los Aulladores se abrochan los cinturones de seguridad en las butacas preparándose para atravesar la atmósfera. Roan nos sigue pisándonos los talones.

—Hola, psicópatas —saluda a los Aulladores—. Un placer volver a ver una vez más vuestras formas diminutas. Especialmente la tuya, Guijarro.

—Vete a la mierda —replica esta, que levanta la vista tras ayudar a uno de los sobrinos pequeños de Augusto a asegurarse en su asiento.

Roan se acerca a mí una vez dejamos atrás la cabina de pasajeros.

—Buenos amigos si han venido a rescatarte. Creía que estaban dispersados por el Confín.

—Lo estábamos —apunta Raven.

—¿Qué os ha hecho volver? —pregunta Roan—. ¿El clima?

La Aulladora no contesta.

Roan se echa a reír a pesar de los numerosos agujeros que luce en la armadura.

—Justo como a ti te gustan, ¿eh, Lexa? Amigos que se juegan el cuello por estar siempre bajo tu sombra.

Me da un codazo, demasiado juguetonamente para mi gusto, y me deja unas ligeras manchas de sangre. Llegamos ante la puerta cerrada de la cabina de vuelo. Roan esboza una mueca de dolor cuando su hombro choca contra un mamparo. Raven se queda rezagada.

—¿Cómo tienes el hombro? —pregunto.

—Mejor que la cabeza de esa chica de ahí atrás. Harper, ¿verdad? La rápida de la Casa de Marte. Indra le ha atizado bien. Una pena. Me la habría llevado a…

Raven le da una patada en las pelotas a Roan desde atrás; le mete un pie entre las piernas y lo levanta con fuerza suficiente para abollar el metal. Luego le da un codazo en la sien y le barre las piernas con un rápido movimiento de kravat. Tres golpes más en las orejas antes de que Roan toque el suelo. Raven le pone una rodilla sobre la herida del hombro, un antebrazo en la garganta, la otra rodilla en la entrepierna y con la mano libre hace oscilar un cuchillo sobre uno de sus ojos.

—Vuelve a mencionar a Harper, y te cortaré las pelotas y te las meteré en las cuencas de los ojos.

—Mi hermano siempre decía… mantén los ojos… en la pelota —dice Roan entre resuellos.

La puerta metálica de la cabina se abre deslizándose hacia un lado. Augusto ocupa el umbral. Contempla la escena justo cuando Octavia llega con Lisandro desde la popa del barco.

—Ya casi han acabado, señor —digo.

Paso por encima de Roan y Raven para unirme al archigobernador en la cabina. Octavia hace lo mismo, aunque pisa a Roan y le clava los tacones.

—Buen trabajo —le dice a Raven.

—¡Que te den, bruja!

—¿Quién es la pequeñita? —me pregunta cuando nos metemos en la cabina y cerramos la puerta.

Se lo explico.

—¿La hija del Caballero de la Furia? Un hombrecillo repugnante. Creo que no le caigo bien.

—No te lo tomes como algo personal.

El puente de mando es más grande que mi habitación en la villa de la Ciudadela. Una gran variedad de luces rodea las sillas del piloto y el copiloto. Mustang está sentada a la izquierda, una piloto azul a la derecha. La azul está conectada a la nave por medio de una toma de corriente. Una luz azul brilla bajo la piel de su sien izquierda. Mustang vuela, con la mano derecha sobre un prisma de control holográfico, hablando a toda prisa con la azul. La Tierra flota al otro lado del ventanal curvado. Augusto, Plinio y un cómicamente encorvado Kavax au Telemanus discuten nuestras opciones detrás de Mustang.

Todo está tranquilo.

—Bien hecho, Lexa —dice Augusto sin volver la vista hacia mí—. Aunque podrías haber escogido una nave mejor…

Mustang lo interrumpe.

—¿Qué está pasando ahí abajo? Dicen que hay alguien herido.

—Harper se está muriendo —digo—. Tenemos que llevarla a un área médica, y rápido.

—Cuando entremos en órbita, aún estaremos a treinta minutos de nuestra flota —me informa

Mustang.

—Vuela más rápido.

La nave tiembla cuando Mustang y la azul la presionan.

—Fue un buen plan —dice Kavax, que mira a Mustang con el rostro iluminado—. Fue un buen plan, Clarke, el de infiltrarte entre los miembros de la casa de la soberana. Igual que cuando eras niña. Aquella vez que Lincoln y tú os escondisteis entre los arbustos para escuchar al consejo de tu padre. ¡Si no hubiera sido porque Lincoln era más grande que los arbustos!

Estalla en una carcajada que asusta a la calmada azul. Mustang estira una mano más pequeña que el codo del hombre para darle unas palmaditas en el antebrazo. Él se pavonea como un sabueso con un faisán entre los dientes, mirando a un lado y a otro para ver si todos nos hemos percatado del cumplido de Mustang. Se le dan bien los hombres más grandes que los osos. El amor que refleja el rostro del hombre convierte en monstruoso el desinterés de Augusto. Y lo que es aún peor, pensar en el Chacal asesinando al hombre de este hijo me pone enferma. Mustang me dedica la más breve de las miradas. Lleva el pelo recogido en la nuca, el recuerdo de una sonrisa todavía le curva las comisuras de los labios, y es como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el corazón. No hay sonrisa para mí. Y el anillo del caballo ya no adorna su dedo. Se hace el silencio durante un largo instante. Augusto se vuelve para mirarme.

—¿Debo asumir que Abby intentó que tú también te sumaras a su casa?

—Lo intentó.

—Al cuerno. Apuesto a que le dijiste que se fuera al cuerno, ¿eh, chica? —retumba Kavax. Me da una palmada en el hombro que hace que me choque contra Octavia—. Lo siento. —Está encorvado como un árbol en un invernadero demasiado alto para su tejado. De su roja barba bífida caen gotas de agua—. Lo siento —le dice a Octavia.

—En realidad, lord Telemanus, su oferta me resultó tentadora. Se las ingenia para tratar a sus lanceros con respeto. No como otros.

Augusto no pierde el tiempo discutiendo.

—Le pondremos remedio a eso. Estoy en deuda contigo, Lexa. Siempre y cuando lleguemos hasta mi flota.

—Estás tan en deuda con Mustang y los Aulladores como conmigo —digo.

—¿Qué es un Aullador? —pregunta.

—Mis amigos de armadura negra. Raven es su líder.

—Raven. Esa pequeña desgraciada que estaba encima de mi lancero, ¿verdad? —El archigobernador enarca una ceja—. Me pareció reconocerla. La hija de Titus. —Su tono de voz no me gusta en absoluto—. El que mató a ese mocoso de Príamo en el Paso.

—Está con nosotros, mi señor. Tan leal como mis propias manos.

Se abre la puerta y Raven y Roan se unen a nosotros. Todos nos volvemos para mirarlos. Raven retrocede un poco.

—¿Qué? —pregunta desafiante.

Roan se aparta rápidamente, lejos del alcance de Raven.

—¿Tu lealtad es para conmigo o para con tu padre, Raven? —pregunta Augusto.

—¿Qué padre? Soy la bastarda de un bastardo. —Raven mira de arriba abajo al archigobernador, con escepticismo—. Con el debido respeto, mi señor, tú también podrías importarme una mierda pinchada en un palo. Tu hija me ha traído desde el Confín. Mi lealtad es para con ella. Pero, sobre todo, para con la Segadora. Eso es todo.

—Vigila tus modales, cachorrita —ruge Kavax.

—Debes de ser el padre de Lincoln. Siento que falleciera. Era un hombre por el que podría haber muerto. Pero veo que la belleza la sacó de su madre.

Kavax no está seguro de si lo está insultando. Augusto hace la siguiente observación:

—Lexa, te debo una disculpa. Tenías razón. La lealtad, al parecer, puede prolongarse más allá del Instituto. Bien… Lisandro. —Augusto mira por los ventanales de la lanzadera. Ascendemos a ritmo constante. Se arrodilla para hablar con el niño—. He oído decir que eres un muchacho excepcional.

—Lo soy, mi señor —dice Lisandro lo más firmemente que puede—. Me examinan a menudo, y me preparo en todo tipo de estudios. Rara vez pierdo al ajedrez. Y cuando lo hago, aprendo, como debería.

—¿Sabes? Una vez tuve un hijo como tú, Lisandro. Pero estoy seguro de que ya lo sabías.

—Finn au Augusto —dice Lisandro, que conoce la genealogía.

—No. —Augusto niega con la cabeza—. No. Mi hijo pequeño no se parece en nada a ti.

El niño frunce el ceño.

—Entonces el mayor. ¿Aden au Augusto?

Mustang mira hacia atrás.

—Sí. —Augusto asiente—. Un niño bueno y especial con el corazón de un león. Mejor que yo. Más bueno. Un gobernante. —Me dedica una mirada extraña y cargada de significado—. Os habríais hecho amigos.

Lisandro intenta parecer dignificado.

—¿Qué le pasó?

—Esa parte no te la contaron, ¿verdad? Bueno, pues un enorme joven de la casa de Belona, de nombre Karnus, se tomó ciertas licencias con una joven a la que mi hijo estaba cortejando. Mi hijo se sintió ofendido y retó a Karnus a un duelo. Al final, cuando mi chaval estaba destrozado y sangrando, Karnus se arrodilló junto a él, le agarró la cabeza —Augusto rodea la cabeza de Lisandro con una mano— y se la aplastó contra los adoquines hasta que se abrió y todo lo especial que había en él salió a borbotones. —Le da unas palmaditas en la mejilla al niño—. Esperemos que tú nunca tengas que ver algo así.

—¿Es ese tu plan para mí? —pregunta Lisandro con valentía.

—Solo soy un monstruo cuando resulta práctico. —Augusto sonríe—. No creo que esta vez tenga que serlo. Ya ves, solo estamos intentando llegar a casa. Tú estarás a salvo siempre y cuando tu abuela nos franquee el paso.

—La abuela dice que eres un mentiroso.

—Qué irónico. Espero que le cuentes que te hemos tratado bien.

—Si me tratáis bien.

—Me parece justo. —Augusto acaricia el hombro del crío y se pone de pie—. Octavia. Llévalo a la cabina de pasajeros.

Octavia lo fulmina con la mirada. Por supuesto, Augusto escoge a la única mujer aparte de Mustang. Roan se percata de su reacción y da un paso al frente.

—¿Podría hacerlo yo, mi señor? Hace bastante tiempo que no veo a mis propios hermanos. No me importaría charlar un rato con el crío.

Augusto asiente como pare decir que le da igual. Octavia le da las gracias a Roan, sorprendida ante el gesto. Él le guiña un ojo, me da un puñetazo en el hombro y le da unas palmadas en la cabeza a Lisandro con tal brusquedad que el niño está a punto de caerse al suelo. Odiaría conocer a los hermanos de Roan.

—Vamos, enanito. Dime, ¿has estado alguna vez en un club de Perlas? —le pregunta mientras se lo lleva—. Las chicas y los chicos que hay en ellos son espectaculares…

La pesada cigüeña asciende sin parar. Dentro de dos minutos, entraremos en contacto con el borde de la atmósfera.

—Intentaron matarme mientras dormía —murmura Augusto—. Abby sabe que no se lo perdonaré.

—Vendrá a Marte —aseguro.

—¿No hay posibilidad de hacer las paces?

—¿Hacer las paces? —gruñe Mustang—. ¿Hacer las paces con la mujer que quemó una luna, Plinio? ¿Eres idiota?

—La paz preservará tu línea, mi señor. Más que la guerra. Ponte en contra de la soberana, y ¿qué esperanza quedará? —Plinio no es ningún tonto con la retórica—. Sus flotas son inmensas. Sus caudales, infinitos. Tu nombre, tu honor, por muy excelentes que sean, no pueden aguantar bajo el peso de la Sociedad. Mi señor, me alzaste a tu lado por mi valía. Porque confiabas en mis consejos. Sin ti, yo no soy nada. Tu estima es lo único que valoro. Así que presta atención a mi consejo ahora, si aún lo tomas en consideración, y no permitas que esta herida contra la soberana se ulcere. No dejes que surja una guerra de esto. Recuerda Rea, sí, y cómo ardió. Preserva tu noble familia con paz, por cualquier medio.

Augusto alza la voz.

—Cuando la soberana me presionó, agaché la cabeza como todo dorado debería hacer, con elegancia, con dignidad. Pero ahora me lanza una cuchillada, y bajo la elegancia, bajo el aplomo, su espada encontrará hierro. Nos dirigimos hacia Marte, y hacia la guerra.

—Estamos llegando a la capa baja de la atmósfera —anuncia Mustang—. Agarraos.

—¿Qué es esa luz? —pregunta Raven—. La que parpadea sobre el altímetro.

La azul espeta una respuesta:

—La puerta de la bodega de cargo se está abriendo, dominus.

—La bodega de carga… —Frunzo el ceño—. ¿Puedes controlarla manualmente?

—No, dominus. Tengo el acceso bloqueado.

¿Por qué iba a abrirse la puerta de la bodega de…?

—¡Se ha ofrecido! —exclama Mustang, presa del pánico—. Roan se ha ofrecido voluntario.

—No —rujo sobresaltando a todo el mundo excepto a Mustang. Nos hemos dado cuenta a la vez—. Raven, Octavia, ¡a mí!

Me doy la vuelta y franqueo a toda velocidad las puertas de la cabina, con la cabeza agachada mientras avanzo lo más rápido que puedo hacia la parte trasera de la nave.

—Preparaos para maniobra evasiva —oigo decir a Mustang en la cabina.

—¿Qué está pasando? —gimotea Plinio.

—¡ROAN! —grito.

Octavia y Raven corren detrás de mí. El resto de los Aulladores y de los miembros de la casa tratan de llamar mi atención, confundidos, mientras atravieso la cabina de pasajeros a toda prisa. Muecas se desabrocha el cinturón.

—Ha pasado con el niño.

—¡Abajo! —grito, y lo empujo contra su asiento—. ¡Que todo el mundo se quede sentado!

Roan no lo haría. No podría. Pero ¿por qué demonios no? ¿Por qué debería asumir que no haría lo que más le convenga? Forma parte de su naturaleza.

Bajamos por las barandillas hasta el nivel de almacenaje, más allá de la habitación donde el Chacal opera a Harper. Empujo la puerta de la bodega de carga y recibo el saludo del aullido del viento. La escotilla abierta muestra la oscuridad herida por las luces de la ciudad, mucho más abajo. Payaso y un lancero de Augusto yacen en la rampa, inconscientes y sangrando. Se van deslizando poco a poco por el suelo inclinado hacia la puerta abierta. En cuanto a Roan, no es más que un punto distante en la oscuridad. No lo veo con claridad, pero sé lo que se ha llevado: a Lisandro.

—Raven. —Agarro a mi amiga por el hombro—. ¡Para!

Está furiosa. Parece estar a punto de saltar desde la parte trasera del barco y seguir a Roan por el aire. No puede. Es demasiado tarde. En lugar de eso, recogemos a los dos dorados inconscientes antes de que se caigan rampa abajo. Octavia manipula el panel de control para cerrar la puerta, que obedece con un siseo.

—No dispone de ningún equipo de comunicación —dice Octavia sin aliento—. No después del pulso electromagnético.

—No necesita el condenado equipo. —Raven señala los pies desnudos de Payaso—. Ese cabrón lleva gravibotas. En cuanto alcance los escáneres de los alas ligeras, lo recogerán.

Hago cálculos.

—Tenemos dos minutos antes de que envíen partidas de abordaje.