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SONDEAINFIERNOS

Debería haber sabido lo que haría Roan. Mató a su primera primus, Tamara, en el Instituto. Solo le impulsa la fuerza. No busca más que la victoria. Sabía que era una bestia, pero pensaba que era mi bestia. Creía que podía confiar en él. No, creía que podía cambiarlo. Me maldigo. Estúpida arrogante. Furibunda, regreso al puente de mando, donde Augusto se dirige a la piloto azul.

—Piloto, ¿podrás sacarnos de esta?

—No, dominus. Los modelos geomet no muestran probabilidad de escape.

Su respuesta es típicamente azul: emocionalmente distante, eficiente y declarativa. Tiene un cuerpo delgado, un tanto aviar. Como si estuviera hecha de ramitas, con el cuello largo y la cabeza calva ligeramente más pequeña. Tiene los ojos grandes y tan asombrosamente increíbles como los tatuajes digitales de su cabeza. Cuando se mueve, da la sensación de estar sumergida en agua. Oriunda de asteroide, a juzgar por su acento monótono.

—¿Cuál es el escenario más probable?

—Destruirán nuestros motores con fuego de alas ligeras. Lo cual provocará una brecha en el casco que matará a todos los pasajeros. Alternativamente, provocará un ataque de naves sanguijuelas. Que capturarán a todos los pasajeros.

—O simplemente nos freirán desde el condenado cielo —añade Raven.

—Azul, ponme a salvo en mi nave y recibirás el mando de una fragata —le ofrece Augusto.

—Preferiría un crucero —señala ella.

—Que sea un crucero, entonces.

—Muy bien. —La azul ajusta varios controles—. Volaré bien, pero el paradigma debe alterarse antes de que se enfrenten a nuestro barco, si queremos sobrevivir.

La cigüeña asciende hacia el límite de la atmósfera de la Luna. Esta nave es un animal de panza enorme. Llena de espacio de almacenaje, porque tan solo están pensadas para parir soldados por los tubos de sus tripas. Los hombres como yo la destrozaríamos con nuestros alas ligeras. Utilizábamos este tipo de naves en la Academia para lanzar a hombres con caparazones estelares a las bases asteroides enemigas. El fuego de fricción envuelve la nave.

—Si el casco se agrieta, aguantad la respiración, dominii —ordena la piloto—. No tenemos suficientes cascos de supervivencia a bordo.

Octavia frunce el ceño.

—Nos explotarán los pulmones si lo hacemos.

—Entonces exhala —le replica la azul— y disfruta de treinta segundos de vida mientras te explotan los oídos y los vasos sanguíneos se te hinchan como globos. Yo aguantaré la respiración.

Raven se vuelve para mirarme, con los ojos como platos.

—Odio el espacio.

—Tú lo odias todo.

Salimos de la atmósfera de la Luna. El fuego se desvanece y nos deslizamos hacia el espacio abierto, donde los buques capitales de la armada planean como mastodontes del profundo mar de Europa. Las torretas salpican sus cascos como si fueran percebes y las plataformas de los hangares les rebanan el vientre como si fuesen branquias gigantes. Las naves comerciales navegan despacio por los carriles de transporte. Los alas ligeras y las avispas se ocupan de sus patrullas. Nadie repara en nuestra presencia excepto los que nos escoltan desde la Luna. La soberana no la ha comunicado. El tiempo se acaba.

No hay adonde huir. Pensábamos que pasaríamos justo por debajo de los cañones de riel de la Armada del Cetro cuando teníamos a Lisandro. Pero ahora tendremos que soportar una carrera de baquetas. Nuestra piloto está tan calmada que parece de metal.

Dijo que el paradigma debe cambiar.

¿Qué puedo hacer? Piensa, piensa.

—Estableceremos comunicación con uno de los barcos —dice Augusto—. Los sobornaremos para que nos protejan. Todo hombre tiene un precio.

—Estamos bloqueados. Ni siquiera podemos contactar con nadie —le recuerda Mustang.

Vamos a morir. Todos lo sabemos. Augusto no se deja invadir por el pánico ni abandona su determinación. No sé cómo pensaba que se enfrentaría a la muerte. Tal vez albergase la esperanza de que lloriqueara y empalideciese. Pero, a pesar de todos sus defectos, es fuerte de espíritu. Al cabo de un momento, apoya una mano huesuda sobre el hombro de Mustang, que da un respingo, sorprendida.

—Vengan misiles o naves de abordaje, morid como dorados —nos dice Augusto con solemnidad.

Y no porque desee que pensemos que es fuerte durante sus últimos momentos, sino porque realmente cree en lo que es: un ser superior, el amo de sus debilidades humanas. Para él, la muerte no es más que la fragilidad definitiva. Los humanos gimotean cuando mueren. Se aferran a la vida aun cuando no hay esperanza. Él no lo hará.

La muerte no es superior a su orgullo.

En muchos sentidos, los dorados se parecen enormemente a los rojos. Los sondeainfiernos se encaminan hacia la muerte por sus familias, por el orgullo de su clan. No sollozan cuando las minas se derrumban a su alrededor, ni cuando las víboras surgen de entre las sombras. Caen y sus amigos lloran y apartan sus cadáveres a un lado. Pero tenemos la esperanza del valle. ¿Qué tienen los dorados? Cuando perecen, su carne se marchita y sus nombres y sus hazañas perduran hasta que el tiempo las barre. Y eso es todo. Si alguien tuviera que luchar por su vida ahora mismo, deberían ser los áureos.

Yo lucho porque porto la antorcha de algo que no debe morir, que no debe apagarse. Por eso agarro a Raven por los hombros y, con una carcajada horrible, escalofriante, le digo a la piloto que nos acerque a la nave más mortífera en órbita, a la que ahora se ha escorado para interceptarnos.

—Aproxímanos al Vanguardia —le repito a la azul.

—Eso provocaría que nuestras probabilidades de supervivencia disminuyeran un…

—No me hables de probabilidades, haz lo que te digo —ordeno.

Todo el mundo se vuelve y me mira. No porque haya dicho algo extraño, sino porque han estado esperando para volverse y mirarme. Todos han estado rogando en silencio para que se me ocurriera algún plan. Incluso Augusto. Costia decía que la gente siempre miraría hacia mí. Creía que tenía alguna cualidad, una especie de esencia que daba esperanza. No suelo sentirla en mi interior. Ahora mismo no tengo ni una pizca de esperanza. Solo miedo. Por dentro me siento como una cría inmadura —enfadada, petulante, egoísta, culpable, triste, sola— y aun así me miran a mí. Casi me derrumbo bajo sus miradas, casi me desvanezco y le pido a otro que tome las riendas. No puedo hacerlo. Soy pequeña. No soy más que una mentirosa dentro de un cuerpo tallado. Pero ese sueño no debe apagarse. Así que yo actúo y ellos miran.

—¿Te ha dado el mal del espacio? —pregunta Octavia—. Cuando se den cuenta de que no tenemos al niño…

—Ponte en posición hacia el puente del Vanguardia —le dice Mustang a la azul.

Augusto me hace un breve gesto con la cabeza, ha comprendido lo que planeo.

Hic sunt leones.

Hic sunt leones —repito, pero reservo mi última mirada para Mustang, no para el hombre que colgó a mi esposa. Ella no se da cuenta.

Salgo del puente con Raven a toda velocidad. Algo impacta contra nuestro barco. El casco se estremece. Ya saben que no tenemos a Lisandro.

—¡Aulladores! ¡Levantaos! —grito.

Arpía levanta las manos al cielo.

—Creía que habías dicho…

—¡ARRIBA! —rujo.

Las luces secundarias rojas bañan las plataformas de lanzamiento con tonos sangrientos mientras Raven y yo nos insertamos en los fríos caparazones estelares. Me tumbo con la armadura puesta y Arpía me abrocha los pies a los estribos y cierra las piernas del caparazón sobre mis huesos. Los Aulladores se mueven con rapidez aun cuando la cigüeña da un bandazo a causa de otro misil que está a punto de alcanzarla. El ulular de una sirena informa de una grieta en el casco. Intento ralentizar la respiración mientras Octavia me encaja la cabeza en el casco del caparazón estelar.

—Buena suerte.

Me acerca la cara. Antes de que pueda detenerla, posa sus labios sobre los míos. No me aparto, no estando tan cerca de la muerte. Permito que separe los labios y los ponga, cálidos y consoladores, en torno a los míos. El momento humano termina y ella desaparece tras bajar el ingente visor de mi casco. Mis Aulladores aúllan y se carcajean ante la escena. No puedo evitar desear que hubiera sido Mustang quien me hubiese besado y encerrada en esta lata. Pero entonces la pantalla digital se adueña de mi campo de visión y desaparezco, dejando atrás a mis amigos, por el tubo de metal que va a lanzarme al espacio.

«Concéntrate».

Estoy hecha un ovillo, boca abajo, en el escupidor. Aquí es donde la mayoría se mearía encima, aislada de los amigos, de la calidez de la vida. No hay gravedad en el tubo. No está presurizada. Odio su ingravidez. No puedo mirar hacia arriba o se me partirá el cuello cuando me lancen. No puedo volverme de costado. Mi caparazón estelar está acoplado a mil ganchos magnéticos que parecen dientes. Se fijan en sus enganches como insectos minúsculos, castañeteando. Dentro de unos momentos me dispararán hacia el espacio. Me cuesta respirar. El corazón me golpea el esternón estrepitosamente. Me empapo del terror de mi cuerpo y sonrío. En la Academia dijeron que era un suicidio querer lanzarme sola.

Tal vez tuvieran razón.

Pero para esto me hicieron. Para sondear el infierno.

Soy un escarabajo humano en una coraza de metal, armas y motores que costó más que la mayoría de las naves. Tengo un cañón de pulsos en el brazo derecho. Cuando lo necesite, florecerá como un capullo de hemanto. Pienso en la vez que Costia dejó un hemanto delante de la puerta de mi casa, cuando arranqué uno de la pared la noche que se suponía que iba a ganar el Laurel. Qué lejanos me parecen esos cálidos días de este lugar gélido, donde los pétalos son de metal en lugar de suaves como la seda.

—Nos están inmovilizando. Partidas de abordaje inminentes —dice la voz de Mustang a través del comunicador—. Preparando vuestro lanzamiento.

La nave gime cuando otro misil está a punto de alcanzarnos. Nuestros escudos han caído. Lo único que nos mantiene de una pieza es el desvencijado casco de la cigüeña.

—Apunta bien.

—Siempre. Lexa… —Su silencio dice un millar de cosas.

—Lo siento —le contesto.

—Buena suerte.

—Esto no es divertido —gruñe Raven.

El sistema hidráulico del barco sisea y los dientes de metal me propulsan hacia delante por el tubo hasta cargarme en la cámara. A escasos centímetros de mi cabeza, la corriente magnética del cañón de riel emite un zumbido pavoroso, retándome a mirar en su dirección. Dicen que muchos dorados son incapaces de soportar esto, que incluso los Únicos pueden dejarse arrastrar por el pánico y gritar y llorar en el escupidor. Me lo creo. Los florecillas tendrían un ataque al corazón en este preciso instante. Algunos ni siquiera pueden embarcarse en una astronave por miedo a los espacios pequeños y a la vastedad del espacio. Tontos debiluchos. Yo nací en una casa más pequeña que la bodega de carga de esta nave. Me pasaba la vida en el extremo de una Garra Perforadora que hace que este tubo parezca un juego de niños, sin dejar de sudar y mearme hasta el alma en una escalfandra improvisada con chatarra.

Pero el terror sigue ahí.

«Mira cómo ataca una víbora, hija. —Una vez mi padre me agarró por la muñeca y me hizo jugar a esto—. Mira cómo se enrosca cada vez más arriba hasta que llega a su objetivo. No te muevas antes de ese momento. No la ataques con tu falce. Si lo haces, te cogerá. Te matará. Muévete justo cuando comience a bajar. Hazlo con el mayor terror de tu vida. No actúes hasta que estés lo más asustada que puedas estar, entonces…». Chasqueó los dedos.

Estoy en ese punto en el que la música de las máquinas lo domina todo. Los clics y los clacs, los siseos y los zumbidos reverberan por el casco de la nave. Comienza una cuenta atrás.

—¿Listos por ahí, Trasgo? —le pregunto a Raven por el intercomunicador.

Cacatne ursus in silvis?

¿Caga un oso en los bosques? La cigüeña gira y se estremece. Más aullidos de sirenas.

—¿Latín? ¿Ahora?

Audentes fortuna juvat —dice Raven entre rosas.

—¿La fortuna favorece a los audaces? Mereces morir si de verdad esa es la última cosa que vas a decir en esta vida.

—¿Sí? Bueno, puedes chuparme la…

Mi corazón se aferra a su ritmo descendiente.

Los dientes de metal me empujan hacia la corriente magnética del tubo. Y sucede. Aun a través del traje, las fuerzas gravitatorias me golpean como un revés del dios del trueno de los obsidianos. Mi campo visual se tiñe de negro. El estómago se me sube a la garganta. Se me contraen los pulmones. La sangre se me ralentiza en las venas. Me doblo hacia delante. Las luces revolotean en mis ojos. No veo las paredes del tubo a través del que me disparan. Ni siquiera veo el barco que me ha traído hasta aquí. Veo la cara de Costia en la oscuridad. Me desmayo. Los cuerpos no pueden soportar algo así. Demasiada velocidad.

Oscuridad.

Después la oscuridad tiene agujeros.

Estrellas.

No hay entretanto. Estoy en la nave y, un segundo después, desplazándome por las profundidades del espacio a diez veces la velocidad del sonido. Muchos se cagan en sus trajes en este momento. No es cuestión de miedo. Es biología y física. El cuerpo humano no puede aguantar tanto. Becca el Tallista se aseguró de que el mío pudiera aguantar solo un poquito más. Espero que el de Raven también. Avanzo silenciosamente por el espacio. Confío en que Raven esté cerca de mí. No puedo verlo, ni siquiera en los sensores. Todo es demasiado rápido. Me dirijo hacia el barco más grande de la Armada del Cetro, hacia el que deberíamos evitar. Todo sucede en seis segundos. Los misiles de emergencia pasan a nuestro lado como rayos. Los artilleros nos tienen en su punto de mira. Saben lo que está pasando. Pero no llevamos propulsores, así que los misiles no pueden acoplarse. El fuego antiaéreo no puede estallar con un detonador tan corto. Los cartuchos sin explotar pasan volando junto a nosotros, y casi me alcanzan. Nuestra piloto ha realizado un disparo perfecto. Los cañones de riel tampoco son efectivos.

Los proyectiles nos superan a toda velocidad.

Raven aúlla por el intercomunicador. Tienen los escudos bajados. No pueden subirlos a la velocidad necesaria. Tardan demasiado. Un azul iridiscente titila sobre su casco cuando los escudos de pulsos se encienden.

«Demasiado tarde, hijos de puta. Demasiado tarde, maldita sea».

No puedo pensar. Estoy gritando por dentro.

Riendo como las llamas de un incendio descontrolado. Riendo porque sé que estos guerreros lógicos no pueden combatir contra mi locura. El puente está cerca. Lanzo una mirada hacia arriba. Veo dorados en el interior rugiéndose los unos a los otros. Apresurándose en dirección a sus evacutrajes o cápsulas de escape. Mirándonos con fijeza mientras nos acercamos, igual que Mustang cuando mis caballos de la Casa de Marte colisionaron contra ella y contra Lincoln en un campo enlodado. Nuestra furia es algo único. Algo que estos nacidos de la Luna no entienden. Los azules se dispersan. Los obsidianos sacan sus armas. Dos dorados se ponen mascarillas y desenvainan los filos, listos para la caza. Cuando falta un segundo para que impactemos, disparo mi cañón de pulsos. Aporrea el grueso cristal. Disparo otra vez, y otra, y otra, y otra. Entonces me hago un ovillo y choco contra el ventanal del puente con toda la velocidad del lanzamiento y, además, un impulso de último momento proporcionado por mis botas de propulsores.

El grito de una loca surge de mi interior como un rugido.