21

MANCHAS

Exploto en el puente como una bola de plomo disparada contra una tienda de porcelana y cristal. Colisiono con pantallas y mesas de estrategia antes de atravesar como un proyectil las paredes de metal reforzado del puente de mando y el acero de los corredores hasta que al final me estrello con todo mi peso contra un mamparo situado cien metros más allá del puente. Aturdida. No encuentro a Raven. La llamo por el intercomunicador. Gruñe algo relacionado con su culo. Tal vez sí se ha cagado. No los oímos debido a los cascos que nos cubren la cabeza, pero los aullidos llenan la nave cuando el vacío del espacio absorbe a los tripulantes hacia la muerte. En realidad, no es tanto que el vacío los absorba a través de las ventanas hechas añicos como que la presión interna del propio barco los expulse. De cualquier manera, los azules, naranjas y dorados vuelan entre gritos hacia el espacio. Los obsidianos se van en silencio. No es que importe. El espacio los acalla a todos al final. Mi brazo izquierdo escupe chispas. Mi cañón de pulsos está destrozado. Dentro del traje, el brazo me duele horrores. Tengo una conmoción. Vomito en el interior del casco, que se llena de un hedor ácido que hace que me piquen las fosas nasales. Pero conservo los pies, y el brazo derecho me funciona bastante bien. El protector de visión está rajado. Me tambaleo cuando también siento la fuerza que me atrae hacia el puente. Regreso reptando por los agujeros que yo misma he creado en las paredes. Consigo llegar al puente de mando para encontrarlo transformado en un caos. Los miembros de la tripulación se aferran a cualquier cosa para evitar ser succionados hacia la fría oscuridad. Una chica dorada pasa junto a mí dando vueltas en el aire. Finalmente, las luces rojas comienzan a destellar. Los mamparos de emergencia se cierran en esta parte de la nave para aislar la fuga de presión. Uno comienza a cerrarse a mi espalda para reforzar una de las paredes que he atravesado. Lo sujeto cuando veo que Raven se dirige hacia mí. El metal gime contra el brazo robótico de mi caparazón estelar. Raven lo atraviesa en el último momento lanzándose de cabeza y la puerta se cierra herméticamente. El puente de mando está bloqueado con nosotras dentro. Perfecto.

El viento de la presión muere detrás de nosotros cuando las lamas de duroacero comienzan a cubrir los ventanales destruidos. Los oficiales del barco y la tripulación se levantan del suelo esforzándose por recuperar la respiración, pero no hay aire. El oxígeno y la presión aún se bombean hacia el fondo de la habitación. Así que los que llevan mascarillas —los dorados, obsidianos y azules— observan plácidamente a los pocos mayordomos rosas y técnicos naranjas que boquean como peces, resollando en busca de un aire que no existe. Un rosa vomita sangre, los pulmones le han estallado en el pecho porque ha intentado aguantar la respiración. Los azules contemplan sus muertes con horror. Nunca habían visto a un hombre morir. Están acostumbrados a ver parpadeos que desaparecen en los escáneres. Tal vez, la explosión de una nave lejana o que estalla en llamas tras el abordaje de los obsidianos y los grises. Su forma de comprender la agonía empieza a reajustarse. Los obsidianos y los dorados no reaccionan ante la escena. Algunos grises tratan de administrar los primeros auxilios, pero es demasiado tarde. Para cuando los niveles de presión y oxígeno se normalizan, los colores inferiores están muertos. Nunca olvidaré esas caras. Yo les he provocado esto. ¿Cuántas familias llorarán a causa de lo que yo he hecho aquí?

Furiosa, estampo mi bota de metal contra la cubierta metálica. Tres veces. Y quienes no han hecho nada mientras sus aliados morían se vuelven hacia Raven y hacia mí, ataviados con nuestros trajes de matar. Vaya, resulta que ahora esos rostros dorados y obsidianos sí transmiten emociones. Un obsidiano nos ataca con una pica de presión. Raven le golpea una sola vez, aplastando al gigantesco hombre con un puño de metal. Los otros cuatro se unen y nos atacan entonando uno de sus odiosos cánticos de guerra. Raven les planta cara, encantada por ser al fin la más corpulenta de la sala. Yo me enfrento a un escuadrón de grises que tratan de encontrar sus armas. Así son las cosas. Somos mujeres de metal luchando contra hombres de carne y huesos desorganizados. Como puños de acero golpeando el interior de una sandía. Nunca he matado a hombres con tan poca consideración. Y me asusta lo fácil que me resulta en la guerra. Aquí no hay ambigüedad, nada de violaciones del credo moral. Estas personas son colores. O me matan o los mataré yo. Es más sencillo que el Paso. Más sencillo porque no los conozco, no conozco a sus hermanos y hermanas, porque utilizo metal en lugar de mi propia carne para empujarlos a través de la oscura puerta de la muerte. Se me da bien, soy mejor que Raven con mundos de diferencia, y eso me aterroriza por encima de todo lo demás. Soy la Segadora. Las dudas que pudiera albergar en mi interior se desmoronan y siento la mancha que trepa sigilosamente por mi alma. Hacemos cuanto podemos por salvar a los azules. El puente de mando es grande, pero no hay muchos obsidianos ni grises con armas de proyectiles y energía. No hay razón para que estén aquí; nadie ha entrado jamás a través de los ventanales. Dos mujeres doradas con filos son la verdadera amenaza. Una es alta y corpulenta. La otra tiene un rostro vivo que se contrae de desesperación cuando carga contra nosotras. Con sus filos, podrían cortar incluso nuestros trajes por la mirad, así que Raven les dispara desde cierta distancia con su cañón de pulsos, sobrecarga sus égidas y la energía se desborda hacia sus armaduras, donde sobrecarga sus escudos de pulsos y se come el metal hasta derretir a las doradas. Este es el motivo por el que controlan la tecnología. Los humanos, da igual cuál sea su color, son frágiles como pichones en la picadora de carne de la muerte. Con mis enemigos ya muertos, me vuelvo hacia los azules de los fosos.

—¿Hay un capitán?

Con el traje puesto, soy casi un metro más alta que ellos. Continúan mirando el desastre en que hemos convertido a los demás. Debo de ser una pesadilla andante. Con el brazo escupiendo chispas. El traje medio destrozado. Blandiendo un filo terrible.

—No tengo todo el día para amenazar y dar patadas. Sois hombres y mujeres eruditos. Esta nave no es vuestra. Tan solo la llenáis para el dorado que la comanda. Ahora soy yo quien la comanda. Así que, ¿hay algún capitán azul por aquí?

El capitán ha sobrevivido. Es un hombre de aspecto plácido y aseado, de miembros más grandes que el torso, con una cuchillada reciente en la cara que le duele terriblemente. Tiembla y se sorbe la nariz, sujetándose la herida como si se le fuera a caer la cara si apartase las manos. Mi madre lo habría llamado un calzonazos comemierda. Costia habría empleado una estrategia diferente, así que me acerco a él y hablo en voz baja.

—Estás a salvo —le aseguro—. No intentes nada temerario.

Me quito el casco. El vómito comienza a gotear. Le digo que tiene que irse a la esquina y arrancarse la insignia en forma de estrella que indica su rango. Tembloroso, no tiene oportunidad de obedecer. Raven se precipita hacia él, le arranca la insignia y luego lo levanta a él y lo zarandea como a una muñeca. Una mujer de cara alargada, porte orgulloso y piel olivácea y oscura resopla ante la humillación. Su mirada es peculiarmente astuta para una azul. Calva, como los demás, los tatuajes digitales azul oscuro le serpentean no solo por la coronilla y las sienes, sino también por las manos y el cuello. Raven regresa a mi lado dando zancadas.

—Raven, deja de tocar las narices.

—Me gusta ser grande.

—Yo soy todavía más grande.

Intenta hacerme la cruz dentro del traje, pero los dedos mecánicos no son tan ágiles. Doy órdenes a los azules de los fosos de control para que den acceso a nuestros amigos de la cigüeña a uno de los hangares. Después de volver a ocupar sus puestos, obedecen. Aquí todos son leales porque los tengo bajo mi poder. Pero en el resto de la nave… ¿quién sabe? Puede que sean leales a la soberana. O puede que solo sean leales al hombre que gobierna este barco. Sería estúpido pensar que todos ellos operan bajo el mismo credo. Tendré que obligarlos.

En una pantalla veo cómo la cigüeña se desliza hacia el interior de uno de los hangares. A duras penas se mantiene de una pieza gracias a los tornillos. Dos naves sanguijuela la engalanan. Mis Aulladores tendrán que repeler a los escuadrones de asesinos que transportaban. Puede que lo consigan, pero si los obsidianos y grises del Vanguardia los sitian en el hangar, todo está perdido. Ahora nos llegan ruidos desde el mamparo que conecta el puente con el resto de la nave. Un siseo escalofriante. La puerta se ilumina de color rojo por el calor, una pupila minúscula en el centro del duroacero grueso y gris. Marineros obsidianos y grises, sin duda encabezados por algún dorado, se esfuerzan por recuperar el barco. Debería llevarles un rato.

—¿Hay alguna holocámara en el vestíbulo? —pregunto.

Dudan.

—¡Espacio exterior, pedazo de memos! —exclama la azul en la que había reparado antes.

Aparta a otro azul del medio y sincroniza sus tatuajes con la consola. En una de las pantallas aparece un holo que confirma mis temores. Los dorados encabezan la partida que intenta abrirse camino hasta el puente.

—Enséñame la sala de máquinas, los nexos de apoyo vital y los hangares —ordeno.

Lo hace. Una vez más, los dorados lideran grupos de marineros grises y esclavalleros obsidianos para tomar los sistemas vitales del barco. Intentarán arrebatarme el control. Aun peor, intentarán abordar o destruir la cigüeña para matar o capturar a Mustang y mis amigos.

—¿Quién quiere este barco? —pregunto con aspereza.

Camino a lo largo del podio de mando elevado, aparto de una patada un cadáver que se interponía en mi camino y agacho la cabeza hacia los azules del foso de comunicaciones. Son dos mujeres de mi misma edad, y esquivan mi mirada. Sus rostros pálidos y frescos, como la nieve de la mañana, están ahora manchados con regueros de lágrimas y mugre. Sus enormes ojos cerúleos están rodeados de heridas e inyectados en sangre. Hoy han visto morir amigos, y aquí estoy yo, egoístamente encolerizada, actuando como si esto fuera una victoria. Qué fácil me resulta perderme a mí misma.

«Nunca debo olvidar lo que soy —me recuerdo—. Nunca debo olvidar».

Una docena de barcos y el mando de tierra de la Ciudadela intentan contactar con nosotros.

«¿Qué ha pasado?», preguntan. Naves antorcha y destructores se aproximan cautelosamente hacia nosotros. Abro un canal de comunicación de circuito cerrado con el barco entero.

—Atención, tripulación del navío antes conocido como el Vanguardia y a partir de ahora conocido como el Lincoln.

Hago una pausa dramática, consciente de que cualquier buena canción, cualquier buen baile, es un juego de tensión que conduce a un clímax de sonido y movimiento. Raven no puede dejar de soltar risitas infantiles. Parece una diablilla dentro del enorme traje, con la cabeza diminuta tras haberse quitado el casco. Hace un gesto estúpido con las manos para intentar hacerme reír. La miro y niego con la cabeza. Ahora no es el momento.

—Me llamo Lexa au Andrómeda, lancera de la marciana Casa de Augusto, y me he apropiado de este navío como botín de guerra. Es mío. Eso quiere decir, según las leyes Sociales de las batallas navales, que vuestras vidas son mías. Lo siento, porque eso significa que es probable que todos muráis.

»Vuestras vidas han estado dedicadas a una vocación o a otra: la electrónica, la navegación astral, la artillería, servicios de conserjería, iluminación y reparaciones, combate marcial. Mi vocación es la conquista. Nos la enseñan en los colegios. Y en el colegio me instruyeron sobre el método correcto de invadir, tomar por la fuerza y dominar un barco de guerra enemigo. Una vez que se ha capturado el puente de un navío a cargo del enemigo, el procedimiento que nos enseñan es sencillo: purgar el barco.

Raven activa la consola oculta asegurada en la parte trasera de una pantalla de navegación, una consola a la que solo pueden acceder los dorados. Los azules dan un paso atrás, sorprendidos. Es como entrar en la cocina de alguien y enseñarle una bomba nuclear escondida bajo el fregadero. La consola escanea el emblema de dorado de Raven y parpadea con una luz dorada. Lo único que tiene que hacer es introducir un código y todo el barco se abrirá al espacio. Veinte mil hombres y mujeres morirán.

—Fabricamos estos barcos de manera que pudiéramos vaciarlos. ¿Por qué? No porque desconfiemos de vuestra lealtad, de hecho contamos con ella, sino porque aún hay —miro el listado que me pasa uno de los azules— sesenta y un dorados a bordo. Son leales a la soberana. Yo soy su enemiga. No me obedecerán. Sabotearán el barco, intentarán tomar el puente; os reunirán, abusarán de vuestra lealtad y os llevarán a una muerte segura. Gracias a ellos y a su odio hacia mí, nunca volveréis a ver a vuestros seres queridos.

»Todavía hay una complicación más. Fuera del casco de esta nave, la soberana se pregunta qué está sucediendo aquí. Pronto se dará cuenta de que el orgullo de su armada ya no le pertenece. Es mío. Los barcos de sus pretores vomitarán escuadrones de naves sanguijuela cargadas de legiones de marineros obsidianos y grises. Las capitanearán caballeros dorados que quieren mi cabeza, dispuestos a matar todo lo que se encuentren por el camino.

»Si os purgo hacia el espacio, no habrá nadie que les impida matarme. Así que ya veis, vosotros sois mi salvación y yo soy la vuestra. No sacrificaré a veinte mil de vosotros para acabar con sesenta y uno de mis enemigos. Elegí este navío por encima de los demás debido a su tripulación. Lo mejor que la Sociedad puede ofrecer. Para mí, no sois prescindibles. De manera que lo que os pido es lo siguiente: escogedme como vuestra comandante y arrollad a esos dorados que os consideran prescindibles.

»Tenéis mi permiso, mi garantía y el respaldo del archigobernador de Marte, Jake au Augusto, para capturar o asesinar a vuestros superiores dorados en mi nombre. Quitadles las armas y sometedlos, después acelerad el barco contra los invasores que vienen a destruirnos. Hacedlo ahora. Si esperáis, ¡serán ellos quienes os maten! Sabré quiénes son los primeros hombres y mujeres que se rebelan. Como vuestra nueva señora, os recompensaré. El archigobernador os recompensará. ¡Hacedlo ya! Acabo de abrir todos y cada uno de los arsenales del barco. Coged las armas y neutralizad a los tiranos.

Un silencio espeso se impone cuando se encienden las primeras chispas de la revolución. Raven se acerca mí.

—Ha sido conmovedor.

—¿Demasiado demokrático?

—No creo que la demokracia autocrática cuente. —Raven arruga la nariz—. Los has amenazado con purgarlos al espacio.

—¿Amenazarlos? Creía que lo había insinuado con bastante sutileza.

—Tan sutil como la grava, mojamierdas. —Raven suelta una carcajada demasiado entusiasta y se da una palmada en la pierna con la mano mecánica, que abolla el metal. Esboza un gesto de dolor y luego levanta la mirada hacia mí, ligeramente avergonzada—. Que te den.

La puerta que tenemos a nuestras espaldas comienza a emitir un siseo. Me vuelvo para ver el mamparo fulgurante. Mis enemigos han traído un taladro para asediarme. La adrenalina hace que me tiemblen las manos. Siento el peso de docenas de miradas azules. El rojo de la puerta se intensifica y se expande. No nos queda mucho tiempo. Mi filo adopta su forma asesina, larga y terrible.

—Pronto tendremos compañía —digo.

Miro a Raven, que ha estado distraída mirando una de las holopantallas. Ordeno a los azules que se pongan a cubierto.

—Lo están haciendo —murmura Raven—. Demonios. Lexa, ven a ver esto.

Me muestra un bucle de visuales en directo en los que se ve a naranjas y azules saqueando los arsenales. Algunos grises los ayudan. Otros se mantienen al margen, inseguros de su prerrogativa aun cuando otros disparan contra la marea de sus compañeros de tripulación. Pero las balas no pueden detener esta corriente. Cogen armas. Corren desordenadamente por los pasillos aumentando sus filas. El mando más duro no es el de los azules, sino el de los naranjas trabajadores de los hangares y mecánicos, junto con el de los grises… Reconozco a uno de ellos. El cabo de mediana edad que servía en mi barco de la Academia, el que escapó con nosotros. Dirige a una veintena de hombres y mujeres hacia el camarote de un dorado. Lo someten respetuosamente. Esa avenencia pacífica no está muy generalizada. Tres poderosos escuadrones de dorados, que guían a obsidianos y grises, se reúnen en las salas de apoyo vital, en los motores situados a cinco kilómetros de la popa del barco y justo al otro lado de la puerta del puente de mando. Estos últimos son cuatro dorados y seis obsidianos. Diez grises preparan las armas tras ellos.

—Aun así vamos a tener compañía —digo.

Atravesarán la puerta en cualquier momento. Las chispas saltan desde el lado interior del mamparo a medida que su taladradora de calor va destruyendo la puerta. El metal gotea por la parte del puente de mando y cae al suelo burbujeando. Los azules tiemblan de miedo y Raven y yo nos cuadramos y volvemos a ponernos los cascos, preparadas para la nueva embestida. Una vez más, el hedor del vómito me invade las fosas nasales. Les digo a los azules que se escondan en el foso de comunicaciones. Allí estarán a salvo. De repente, la luz de un intercomunicador se ilumina en una consola cercana a mí. Instintivamente, contesto. Una voz atronadora me provoca escalofríos por todo el cuerpo. No hay visual.

¿Me oyes?—pregunta.

—Sí. —Le lanzo una mirada a Raven. Quienquiera que nos esté llamando utiliza un amplificador de voz que suena como el restallido de un trueno. Raven se encoge de hombros como si no tuviera ni idea de quién es—. ¿Quién es?

¿Eres una diosa?

¿Una diosa? Una calma escalofriante se adueña de mí. No es ningún amplificador. Debería haberlo sabido por el acento frío, indolente. Escojo mis palabras con cautela, recordando mi linaje:

—Soy Lexa au Andrómeda de los del Sol.

¿Has tomado el navío y aún no eres pretor? ¿Cómo?

—He entrado volando por el puente.

¿Sola desde el Abismo?

—Con una compañera.

Iré a conoceros a ti y a tu compañera, hija de los dioses.

Los azules se miran unos a otros aterrorizados. Susurran algo. «Sucio». El peso del miedo se posa en mis hombros. Raven y yo estudiamos con atención el puente de mando, como si la bestia se escondiera en algún lugar entre las sombras. Se despega otro fragmento de la puerta, que se escurre hacia el interior como una especie de fruta roja, brillante y podrida. Entonces uno de los azules ahoga un grito y volvemos la mirada hacia el monitor HP para ver que las cámaras de los pasillos del exterior transmiten una imagen horrorosa. Algo —un hombre— corre hacia ellos desde atrás cuando se preparan para entrar en el puente. Es un obsidiano, pero más corpulento que cualquiera de los que haya visto antes. Pero no se trata tan solo de su tamaño, es cómo se mueve. Una criatura espantosa hecha de sombra, músculo y armadura. Que fluye, no corre. Perversa. Es como mirar una hoja o un arma hecha de carne y hueso. Es una criatura a la que los perros rehuirían. Los gatos le bufarían. Un ser que no debería existir en ningún nivel superior al primer piso del infierno. Impacta contra el escuadrón de asesinos desde atrás, con dos palpitantes hojas de iones blancas que se extienden desde su armadura hasta un metro más allá de sus manos. Traspasa a los grises sin más, incrustándolos en las paredes al golpearlos con los hombros, partiéndoles los huesos. Luego comienza la verdadera masacre. Es tan salvaje que tengo que apartar la mirada. La taladradora de calor continúa derritiendo la puerta motu proprio. Y le abre un agujero en el centro. A través de él, veo a hombres y mujeres que mueren. La sangre crepita en el metal sobrecalentado. Cuando el Sucio acaba, sangra por una docena de heridas y solo queda una dorada en pie. La mujer lo acuchilla con un filo atravesándole la oscura armadura a la altura del peto. El Sucio retuerce el cuerpo para mantener la hoja en su interior y luego, cuando la dorada vuelve a convertirla en látigo, la agarra. Entonces el hombre la coge por el yelmo, la armadura dorada destella bajo las luces del pasillo. Ella intenta escapar, trata de escabullirse, pero, como un león con una hiena entre los dientes, el Sucio solo tiene que apretar. Cuando la mujer muere, la deposita en el suelo con delicadeza, mostrándose tierno ahora que le ha provocado una buena muerte. Involuntariamente, Raven da un paso atrás para apartarse de la puerta.

—Mi madre…

El Sucio está justo al otro lado, y la puerta que nos separa se derrite lentamente desde el centro. Cuando el agujero es del tamaño de un torso, se quita el yelmo. Un rostro pálido y sin pelo me mira con fijeza. Ojos negros. Con las mejillas curtidas por el viento y acorazadas con callos como el cuero de un rinoceronte. La cabeza, calva excepto por un mechón blanco de un metro de longitud que le llega hasta la mitad de la espalda. Nos miramos a los ojos y se dirige a mí:

Andrómeda, hija de los dioses, soy Ragnar Volarus, el primogénito Sucio de mi madre, Alia Gorrión de Nieve, de las Torres Valquirias al norte de la Columna del Dragón, al sur de la Ciudad Caída, donde vuela el Horror Alado, hermano de Sefi el Silencioso, destructor de Tanos, que antaño se alzaba junto al agua, y te hago una oferta de manchas.

Extiende sus gigantescas manos impregnadas de sangre y, a continuación, pasa la derecha a través del agujero de la puerta. Sus hojas de iones se repliegan en su armadura. El filo aún se proyecta desde sus costillas. Me estoy meando en el maldito traje.

—Que alguien me saque los ojos… —masculla Raven—. Hazlo, Lexa, antes de que cambie de opinión.

Me quito el casco y doy un paso al frente. Quiero hacerlo.

—Ragnar Volarus. Bien hallado. Veo que no llevas ningún emblema. ¿Tienes señor?

Llevo la marca del Señor de la Ceniza, e iba a ser entregado como presente junto con este gran navío a la familia Julii. Pero tú has tomado este barco, y por lo tanto me has tomado a mí.

¿A los Julii? Un regalo por su traición a Augusto, sin duda.

Y ¿acaba de utilizar un tecnicismo burocrático para justificar la matanza de los hombres de su señor? Si hay ironía en su tono de voz, no soy capaz de encontrarla. Pero ¿por qué iba a hacer algo así? ¿Me conocen esos negros ojos suyos?

Los Sucios no pueden emplear más tecnología que el equipamiento bélico. Es imposible que me haya visto antes, y sin embargo sus manos continúan extendidas, esperando a rodear las mías.

—¿Por qué has hecho esto? —pregunto—. ¿Es por los Julii?

Comercian con mi especie.

Se me había olvidado. Son los barcos de los Julii los que transportan a los esclavos obsidianos por el abismo. Saben temer el sol cruzado de lanzas del escudo familiar de Octavia. El Sucio no está acostumbrado a ocultar su odio. Es tan frío como el hielo en el que nació el hombre.

¿Aceptarás estas manchas, hija de los dioses? —me pregunta con voz suplicante al tiempo que se inclina hacia mí y una extraña preocupación le crispa las comisuras de los labios.

Los dorados lo llevaron a cabo tras la Revolución Oscura, el único levantamiento que ha conseguido amenazar su reinado. Nos apropiamos de su historia, nos apropiamos de su tecnología, aniquilamos a toda una generación y le dimos a su raza los polos de los planetas y la religión de los nórdicos. Les dijimos que nosotros éramos sus dioses. Unos cuantos siglos más tarde, aquí estoy, mirando a uno de sus más aterradores hijos y preguntándome cómo puede considerarme una diosa.

—Acepto estas manchas en mi nombre, Ragnar Volarus. —Muerta de miedo, estiro las manos y, con el metal sobrecalentado rodeándonos los brazos, estrecho las suyas, casi del mismo tamaño, aunque las mías están revestidas de acero. Cojo la sangre que su mano extiende sobre la mía y me la paso por la frente desnuda—. Acepto su carga y su peso.

Gracias, nacida del Sol. Gracias. Te serviré por el honor de mi madre y el de su madre antes que ella.

—Tengo amigos a bordo de la cigüeña del hangar número tres. Sálvalos, Ragnar, y estaré en deuda contigo.

Su sonrisa descubre unos dientes amarillos, y de su interior brota un cántico de guerra más profundo que un océano de tormenta. Llena los pasillos de terror. Me llena de alegría, miedo y curiosidad primitiva. ¿Qué acabo de ganar?