22

FLOR DE FUEGO

Cuando el gigante se marcha, me tiembla todo el cuerpo. Me tranquilizo y me vuelvo hacia los azules, que están paralizados, sin tener claro si deben mirarme a mí, a las pantallas HP o a los escáneres que muestran a los buques de guerra de la soberana que nos rodean.

—Aquí no tenéis nada que temer —digo—. El capitán de este barco ha sido degradado porque se dejó los ventanales abiertos. Muy estúpido por su parte. El rango no excusa los errores. Quiero un nuevo capitán. No tenemos mucho tiempo. Así que decidiré en sesenta segundos.

La azul de porte orgulloso se coloca ante sus compañeros. Al principio creía que los tatuajes de sus manos trazaban figuras florales. Pero ahora percibo una sarta de anotaciones matemáticas: la fórmula Larmor. Ecuaciones de Maxwell en la curvatura espacio tiempo. La teoría del absorbedor de Wheeler-Feynman. Y cien más que ni siquiera reconozco.

—Dame la insignia y te cavaré un agujero de regreso a Marte, niña. —Su voz no tiene tono. Es plana. Precisa y vaga a la vez. Despojada de emoción hasta que solo quedan las letras y los sonidos de las palabras como ecuaciones en el aire—. Lo juro por mi vida.

—¿«Niña»? —pregunto.

—Tienes la mitad de mi edad. ¿Puedo llamarte «señora niña»? ¿O te sentirías ofendida?

Raven enarca una ceja, desconcertada ante la desabrida osadía de la azul.

—Perdónala, dominus —dice otro azul con suavidad—. Es una alférez con…

Levanto una mano.

—¿Cómo te llamas, azul?

—Orión xe Acuarii.

—Eso es un nombre de chico.

—¿Ah, sí? No me había percatado. —¿Acaso los azules pueden ser sarcásticos?—. Mi secta tenía planeado que fuera un hombre. Los sorprendí.

—¿Qué secta? —pregunta Raven.

—No tiene secta. La secta Copernicana se apropió de ella, pero la desechó poco más tarde por razones obvias —vuelve a interrumpir el azul entremetido—. Es una estibadora.

Orión da un respingo. Se vuelve hacia el otro azul.

—¿Y qué eres tú sino el pedante suspiro de un pedo, Pelus? ¿Eh?

—Ya lo veis —explica Pelus tranquilamente—, es una estibadora. Las métricas emocionales son incontrolables. No es culpa suya. Es el resultado de su repulsivo entorno.

—¡Basura! —exclama ella, que echa a andar con rapidez.

Le da un puñetazo en la cara a Pelus. Él gime y cae de espaldas como si jamás le hubieran dado un bofetón. Probablemente porque así sea. ¿Por qué golpearía un azul a otro azul? Son realizadores de pruebas, productores de matemáticas, cartógrafos de estrellas. No luchadores.

—Me gusta la irrespetuosa —observa Raven.

—¡Espera, dominus! Yo quiero el barco. —Otro azul da un paso al frente sin apartar la mirada de Pelus, tendido en el suelo—. Me… me lo merezco. Orión no es más que… que… ¡una retrasada! Su dominio de la astrofísica deja mucho que desear, por no hablar de su comprensión de la cinética extraplanetaria de masas. Ni siquiera fue alumna del Observatorio.

Otro azul se adelanta.

—Olvídate de Arnus. ¡Es un patán en astrofísica y sus conjeturas en cálculo teórico son imprudentes en el mejor de los casos! Yo fui el segundo de a bordo de este navío durante seis meses bajo el mando del Señor de la Ceniza. Serví en él mientras estuvo en el amarradero. La lógica respalda la maniobra de nombrarme tu capitán, dominus.

Los barcos de la armada continúan intentando contactar con nosotros por los intercomunicadores. Los buques se acercan más. Dentro de sus vientres, hombres y mujeres valientes estarán poniéndose sus trajes de armadura; embarcarán en las naves sanguijuela y se lanzarán al espacio para aterrizar en el casco de mi navío y agujerearlo sin dejar de rezar para regresar a casa y comer algo cocinado por su madre o su pareja. Todo eso mientras mis azules presionan y empujan para liderar mi barco, aullándose insultos los unos a las aptitudes matemáticas y la integridad académica de los otros.

—¡No escuches a ninguno de esos, dominus! —grita una mujer con ese acento lento de los azules. Se pone de rodillas—. Me llamo Virga xe Sedierta. He estudiado la física del movimiento astral en la Escuela de la Medianoche, muy superior al Observatorio. Ostento, entre otros, un doctorado en materia oscura y lentes gravitacionales. Permite que guíe tu navío, dominus. Decidirte en favor de cualquier otro sería engañoso y, aun peor, ¡ilógico!

Estos azules deberían haber utilizado su lógica y visto que solo miro a la mujer que no se arrodilla como el resto de ellos. Orión, la primera en hablar, continúa de pie, con la espalda erguida, el largo cuello recto. Su dialecto es de nacimiento inferior, más brusco y más mundano que la jerga elegante de estos estudiosos. Probablemente proceda de la ciudad portuaria de Fobos o de los Muelles Hilera cercanos a la Lata de la Academia. Si realmente es una estibadora que no fue ni al Observatorio ni a la Escuela de la Medianoche, tengo curiosidad por conocer la historia de cómo llegó siquiera a estar en este puente.

—¿Qué es todo ese ruido? —le pregunto a Orión haciendo un gesto en dirección a los azules.

—Están llenos de mierda, dominus. —Se da unos golpecitos en la sien con uno de sus delgados dedos—. Yo no estoy llena de mierda. —Sonríe y señala con la cabeza las pantallas que muestran a los barcos antorcha cada vez más cerca—. Y tú te estás quedando sin tiempo. —Echo un vistazo a los puestos de escáneres donde las alertas indican el sigiloso lanzamiento de dos naves sanguijuela y cruceros desde el cercano buque de la soberana—. Sé que soy capaz de hacerlo. De otro modo, no me habría pronunciado. Dame una oportunidad.

Le hago un gesto de asentimiento a Raven y mi amiga le lanza la estrella alada de capitán.

—Llévanos hasta nuestra flota.

—¿Normas de combate? —me pregunta.

—El menor número posible de víctimas —contesto—. Somos los buenos. La soberana es la tirana. Así es como debe funcionar esto.

—Sí, dominus.

Junto con Raven, observo a Orión tomar el mando de mi barco y dar órdenes para encontrarnos con los barcos de Augusto más allá de los Faros del Rubicón. Las riñas se detienen en cuanto designo a Orión. Saben que su oportunidad ha pasado, así que vuelven a meterse en sus cómodos papeles como si desearan no haberlos abandonado jamás. Los emblemas azules parecen tridentes sobre sus antebrazos con esta iluminación tan tenue. El carácter distante de los azules es curioso. Un pueblo aislado en el abismo del espacio, fueron diseñados para sobrevivir a los largos viajes desde la Luna sin amotinarse. Así que comparten. Comparten el mismo oxígeno, la misma comida, las mismas literas, los mismos fosos, los mismos mandos, los mismos amantes, las mismas sectas, las mismas ambiciones… para hacer su trabajo con precisión y llegar alto a través de sus méritos con el objetivo de poder honrar así a su secta. Abro un canal de comunicación con el resto de la flota y los satélites de la Luna. No pueden detener la señal. No la de este barco. Nuestras matrices son tan sofisticadas como las de cualquier otro navío de la marina de la soberana.

—Hijos e hijas de la Sociedad. Soy Lexa au Andrómeda, de la Casa de Augusto. Os traigo noticias terribles. Esta noche, vuestra soberana ha roto el Pacto de nuestra Sociedad. Mientras mi señor, el archigobernador Jake au Augusto, dormía bajo la protección de Abby au Lune, ella ha intentado arrebatarle la vida, las vidas de su familia y las de sus pretores y ayudantes. Junto con los Belona, ha tratado de cometer el asesinato ilegal e inmoral de más de treinta Marcados como Únicos. Ha fracasado.

»Como represalia, he tomado uno de sus buques insignia. Ahora estoy asediada, y mi vida, así como la de mi señor y sus familiares, está en peligro. Si no oponemos resistencia, moriremos. Si nos rendimos, moriremos. No he purgado el barco. Todos los que están a bordo de esta nave han visto el mérito de mi causa y se han aliado con una familia que se opone a Abby au Lune, la tirana hambrienta de poder.

No está muy lejos de la verdad.

—Hace unas horas, nuestra soberana me pidió que traicionara a mi casa. Que traicionara mis votos. Como su padre antes que ella, está ebria de poder y ahora se cree emperatriz. Ella nos dice que nos humillemos, contemplad ahora nuestra reacción.

Apago el intercomunicador.

—Señor Pelus, cuando quiera —dice Orión—. Que esos cabrones se enteren cuando vengan.

Activa sus tatuajes y se sumerge en la conversación digital con el resto de la tripulación. El puente de mando está en silencio. Pasa un segundo, y otro. En la HP, veo a tres grises disparar a un dorado en la cabeza. En los hangares, los naranjas se hacen a un lado despavoridos cuando los dorados dirigen a los colores de guerra contra la cigüeña abatida. Entonces Ragnar llega al hangar y los naranjas se congregan a su alrededor, al igual que los rojos armados, que lo han seguido por los pasillos. Muchos mueren. Algo furioso posee a estos colores. Y aunque pierden la vida, siento el parpadeo de la rebelión cuando les doy permiso para hacer lo que han querido hacer durante toda su vida. Está ahí, aunque no se vea hasta el final, una chispa de individualidad, de libertad. La puerta de la cigüeña se abre y Mustang sale a la carga con mis Aulladores para ayudar a los colores inferiores y a Ragnar, aunque incluso los Telemanus mantienen las distancias con el monstruoso Sucio. Más allá de mi navío, los barcos enemigos finalmente muestran su amenaza. Los escáneres se inflaman de rojo. Los adversarios, naves sanguijuela recién derramadas de los vientres de la armada que nos rodea, avanzan a toda velocidad por el espacio en busca de nuestro casco.

Pretenden tomarnos por asalto.

Orión lanza varias andanadas.

—Es tan bonito —murmura Raven.

Permanezco en silencio. Las cargas explosivas de los cañones de riel atraviesan las naves sanguijuela rebanando metal y hombres, solo para continuar e impactar contra los cascos y escudos de los mismos buques de guerra que lanzaron las naves sanguijuela. Mi recién nombrada capitana camina de un lado a otro por la cubierta de mando con los brazos cruzados. Mi navío de guerra de cinco kilómetros de eslora comienza un movimiento rotatorio disparando cíclicamente sus baterías de cañones de riel, que arrojan la muerte a la cara de la flota de la soberana. Orión se medio vuelve para mirarme, con una sonrisa de suficiencia en los labios.

—Ahora vamos a cavar ese camino, dominus.

Da la orden de que los motores destrocen materia negra. Salimos disparados hacia delante y atravesamos los restos de dos buques de guerra. Mi puente está en silencio excepto por el zumbido de las órdenes técnicas. Los misiles destellan en concierto más allá de nuestro casco. Desplegamos nuestras pantallas antiaéreas, ya que el enemigo ha desplegado las suyas, para inutilizar los misiles. Un aura de luz nos rodea como una tierra de nadie. La artillería de los cañones de raíl choca contra nuestro casco, aunque aquí, en el puente, no notamos las reverberaciones. Nuestro equipamiento no echa chispas. El cableado no cae de compartimentos situados sobre nuestras cabezas. Esta nave es el pináculo de setecientos años de diseño.

Raven me da un ligero codazo.

—Demonios, puede que al final incluso lo consigamos.

La armada que nos rodea es ingente. Más que ingente. La trajeron hasta aquí para hacer que los señores congregados y todas sus flotas situadas más allá de los Faros del Rubicón temblaran, y todavía no es ni la mitad de la flota conjunta. Pero ahora a esa misma armada le tiemblan las entrañas, como un cuerpo voluminoso con un parásito que le roe por dentro para escapar de su anfitrión. Escapamos de la armada con rapidez. No nos persiguen pasados los Faros del Rubicón, donde se nos une nuestra pequeña flota, así como las de los Cordovan, los Telemanus y los Norvo. Espero que haya más que se sumen a nuestras filas tras la última sorpresa de hoy. Estudio lo que hemos dejado atrás: desechos navales. Cuerpos de hombres y mujeres que flotan tras mi nave. Han salido de barcos resquebrajados y agujereados. Algunos están vivos todavía, pero pronto se congelarán o asfixiarán. Más muertos en mi camino. ¿Cuántos se necesitarán?

Le dejo el puente a Orión. Raven y yo nos dirigimos a la sala de máquinas, donde hacemos que los naranjas nos corten los trajes destartalados. Desde allí nos apresuramos en llegar al hangar, un vasto almacén de metal salpicado de barcos, equipamiento y, ahora, hombres destrozados. Los amarillos corren por todos lados asistiendo a los heridos y trasladándolos en camilla al área médica. Los grises y los naranjas los ayudan a cargarlos. Hierbajo acuchilla a varios dorados desarmados con su filo. Guijarro y Arpía ayudan a los amarillos. Busco frenéticamente a Mustang con la mirada. La encuentro debajo de una de las alas destruidas de la cigüeña, hablando con su padre. Una herida larga le desfigura el brazo izquierdo. No lo menciono. Una nave sanguijuela los abordó, y se las ingeniaron para desprenderse de la otra cuando entraron en el hangar.

—Hemos dejado atrás a la mayor parte de la flota de la soberana —informo a Augusto.

—¿Dónde está Harper? —pregunta Raven con brusquedad.

Mustang no contesta. En lugar de hacerlo, mira hacia la rampa de la cigüeña, por la que Monty desciende llevando a Harper en los brazos. Pálida. Larga. Y muerta. Raven no se mueve. No habla. Se le inflan las fosas nasales cuando el aliento se le queda atrapado en el pecho, un sollozo lastimero herméticamente cerrado en la chica que nunca llora. Se queda paralizada. Como un fantasma. Y estiro la mano hacia ella, pero se aparta, no furiosa, sino confundida, como si una vez le hubieran pronosticado el futuro y esto no fuese lo que le habían prometido. Da unos pasos tambaleantes hacia atrás para apartarse de su cuerpo; mira a su alrededor y finalmente se da la vuelta y sale corriendo del hangar. Monty pasa a mi lado con Harper. Tiene la cara flácida y aspecto cansado. Quiere decir algo amargo, pero se muerde la lengua y se limita a negar con la cabeza mirándome. Aún no sabe por qué lo ataqué en su habitación antes de la gala. Y ahora esto. Nunca lo he visto tan destrozado.

—Mírala —me dice—. Lexa, mira a tu amiga.

Miro a Harper y siento que todo se calma. Ahí está, serena en la muerte. ¿Por qué no podemos volver a insuflarle la vida? ¿Por qué no podemos simplemente reiniciar el día? Hacerlo todo bien.

Salvar a los que queremos.

Monty se aleja con Harper en dirección al campo de pulsos transparente del hangar, que se abre al espacio. Camina hacia las estrellas, encorvado y roto, para que su chica perdida vuele entre ellas. Agarro al Chacal cuando lo veo salir de la cigüeña y le exijo que me cuente qué ha sucedido. Me dice que ha muerto. Nada más. Está tan cansado como todos los demás. Se baja las mangas.

—No me disculparé. He hecho todo lo que he podido.

—Por supuesto que sí —digo temblando—. Por supuesto.

Me pregunta dónde está la cámara de mi casco.

Lo miro sin comprenderlo.

—La grabación —dice—. ¿Acaso comprendes lo que acabas de hacer? —Hace un gesto con la mano abarcando lo que nos rodea—. Dos mujeres han tomado uno de los mejores navíos jamás construidos. Los dorados acudirán en manada a sumarse a nuestras filas. Lo único que necesitamos son mis medios de comunicación y tu historia.

Se la cuento, distraída, y casi me olvido de la grabadora de datos que los Hijos de Ares me instalaron en un diente para grabar la explosión de la bomba. Se activa si aprieto los molares. Los apreté en cuanto me senté en el despacho de la soberana. Me meto la mano en la boca y, con delicadeza, la separo de las encías. Es más pequeña que un pelo. Los ojos del Chacal se iluminan.

—¿De dónde has sacado esto? —pregunta.

—Del mercado negro —contesto—. La soberana se ha condenado a sí misma. Utiliza la grabación. Convierte esta guerra en un combate justo.

Me alejo del Chacal y estoy a punto de dejarles la limpieza a otros cuando me doy cuenta de que los naranjas y los colores inferiores no dejan de mirarme. No puedo liderarlos simplemente por medio de la violencia. Así que me uno a Guijarro y Arpía y presto ayuda en el traslado de los heridos al área médica. El resto de los Aulladores también colabora. Y Mustang, y al final incluso Octavia. Después de cargar al último gris en una camilla, me quedo de pie en el hangar vacío. Augusto se ha ido al puente de mando. El Chacal evita a los Telemanus, que lo han acompañado, así que se dirige al centro de comunicaciones. Me quedo sola. Monty se ha ido. No sé qué hacer, adónde ir.

La sangre y las marcas de los achicharradores ensucian la cubierta. Me miro las manos. Estas son las consecuencias de mis acciones, y me siento tremendamente sola. Apoyo la cabeza contra la fría pared de metal. Se acerca desde atrás. Creo que no pronuncia mi nombre. No estoy segura. Solo huelo su pelo húmedo cuando me rodea con los brazos, apretándome con fuerza.

—Sé que estás cansada —dice Mustang—, pero Raven te necesita.

—¿Qué hay de Monty? —pregunto tras darme la vuelta para mirarla a la cara.

Hay tantas cosas aún no dichas entre nosotros. Tantas preguntas sin contestar. Tantas infamias sin perdonar. Tanta rabia y, tal vez, aún la débil llama de algo más. Lo siento cuando me pone las manos en el cuello y deja que la fuerza de sus dedos se transmita a mi cuerpo.

—Ahora no —contesta.

Monty me culpa. Y es justo que lo haga. Todos deberían culparme. Y esto solo va a empeorar.