23

CONFIANZA

La encuentro en un baño comunal. Se ha ganado uno de los camarotes privados que los demás reclaman para el viaje de regreso a Marte, pero ella no piensa así. Esta sigue siendo la chica que se escondió en el caballo. «No —pienso—. Ya no es una chica».

—A ella le importabas, Raven.

Cruza los brazos ante el pecho, pecoso y delgado. Tiene una toalla enrollada alrededor de la cintura, otra le cuelga de los hombros. A los dorados no les molesta la desnudez, pero a Raven nunca le ha gustado. Se ha hecho otro tatuaje desde la última vez que la vi. Un lobo enorme, negro y gris, en la espalda. Los Aulladores lo son todo para ella. Una vez no fueron más que una herramienta para mí; ahora los considero algo más. Pero ¿qué significa eso, cuando continúo utilizándolos del mismo modo? Mi amiga mira con fijeza el agua que corre hacia el desagüe de la ducha, que desaparece formando una espiral tras otra.

—Al final, creo que voy a disfrutar de la guerra —dice—. Tengo que endurecerme un poco más, encallecerme las manos. Esos cabrones nos dicen que todo son rosas y gloria. —Levanta la mirada—. ¿No hueles las rosas, Segadora?

Me siento a su lado en el banco.

—¿Has oído lo que te he dicho?

—Demonios, claro que te he oído. Me falta un ojo, no una oreja. —Se da unos golpecitos en el ojo biónico con un dedo huesudo—. Claro que sé que le importaba. Pero no de la forma que yo quería. Ella se merecía vivir. Si alguno de nosotros, comemierdas pequeños y feos, se lo merecía, era ella. No había ni un ápice de crueldad en ella. Ni un ápice. Pero no importó. No importa si somos buenos o malos. El azar lo decide todo.

—Tú la conociste por azar —digo—. Fue el azar lo que la llevó a la Casa de Marte.

—No. Fue mi padre —asegura Raven—. Él la reclutó, cambió un turno de elección con Juno para escogerla. —Niega con la cabeza—. Y todo porque creía que ella nos atemperaría, que controlaría nuestra rabia. Si no la hubiera seleccionado, no la habríamos conocido y ahora estaría viva.

—Tal vez —digo pensando en Costia—. Pero ella eligió venir aquí. Eligió seguirme. Seguirte.

—Igual que Lincoln.

Asiento y acaricio mi colgante del pegaso.

—Todo es una mierda, ¿verdad? —dice Raven—. No importa lo bonito que nos lo pinten. Seguimos inmersos en el juego. Siempre vamos a estar metidos en un condenado juego. Al cuerno con su imperio. Al cuerno con esta mierda. Vine aquí porque él me dijo lo que eres.

La miro fijamente, incapaz de comprender.

—¿Qué quieres decir? —le pregunto con una risa nerviosa.

—Enciéndelo —dice—. Sé que has traído uno. Eres meticulosa, Segadora. Siempre meticulosa.0

—¿Por qué estás actuando tan…?

—Cállate y enciéndelo.

Asiento y manipulo el aparato que llevo en el bolsillo. Se activa un campo inhibitorio. No soy tan arrogante como la soberana para creer que nadie podría escucharnos. Raven me mira a los ojos hasta que comienzo a sentirme incómoda.

—Entonces ¿qué es lo que soy? —pregunto.

—¿Aún con estas? —dice mientras niega con la cabeza—. Eres incapaz de relajarte. Di el nombre de la persona que me envió.

—Mustang te envió. Tú misma me dijiste que te trajo desde el Confín. Como a todos los demás Aulladores.

—Eso es. Fue Mustang. Tardé seis meses en llegar aquí desde Plutón. Pero adivina quién vino a hablar conmigo durante mi escala en Tritón. Vamos, Segadora. Adivínalo.

—¿Charles? —Sus labios esbozan una mueca de desdén—. ¿Titus?

Raven me escupe en la cara, justo debajo del ojo.

—Vuelve a fallar, y te dejo tirada así. —Chasquea los dedos—. No volveré. No te ayudaré. No sangraré por ti. No sacrificaré a mis amigos por una mujer a la que no le importo lo suficiente para jugarse el cuello por una vez. La confianza es de ida y vuelta, Lexa. Esta vez tienes que lanzarte.

No es un farol. Y sé lo que quiero decir. Pero ¿cómo puede ser? Raven es dorada. Una maldita dorada. Me oyó llamar «maldito» a Apolo. Lo encubrió. ¿No es así? ¿O fue un simple error? ¿Me está tendiendo una trampa? No. No, si eso es cierto, el juego ya está acabado. El sueño de Costia ha fracasado. ¿Quién está más cerca de mí que ella? ¿Quién me quiere más que esta paria extraña y desagradable? Nadie.

Así que la miro a los apagados ojos dorados.

—Te envió Ares.

Silencio entre las dos.

Unos terribles cinco segundos. Seis. Siete. Se pone de pie y cierra la puerta con llave antes de sacar un pequeño cristal negro del bolsillo de sus pantalones arrugados.

—Solo para tu aliento.

—Un susurrador…

Lo cojo con cuidado, consciente de lo caro que es, y soplo sobre su superficie. Mi aliento hace que tiemble, luego se hace añicos. Unas pequeñas motas negras se elevan, se alzan como luciérnagas que escapan de la hierba cuando cae el atardecer en pleno verano. Se fusionan. Flotan y forman un holo tosco que planea entre Raven y yo. El casco puntiagudo de Ares.

«Hija mía —gorjea—. Lo siento. Ontari me ha traicionado y ha iniciado una campaña contra nuestros principios. Descubrí demasiado tarde que había intentado utilizarte. Pero fuiste sabia. Esa es la razón por la que te elegí. Se están dando pasos para contener sus esfuerzos. Continúa con los tuyos. Pon a Augusto en contra de Belona y fractura la Lincoln Solaris».

Intento hacerle una pregunta, pero es una grabación. Hecha poco tiempo después de la gala.

«Soy consciente de que esto debe de ser difícil. Ya te he pedido demasiado. Pero debes seguir adelante. Sembrar el caos. Debilitarlos. Tienes muchos motivos para dudar de mí. No nos hemos puesto en contacto contigo hasta ahora porque Plinio, el Chacal y los espías de la soberana te estaban vigilando. Los alborotadores despiertan interés. Pero yo también te he estado vigilando, y estoy orgulloso. Sé que Costia también lo estaría. Por si dudas de la veracidad de este mensaje, hay un amigo al que le gustaría saludarte».

El casco de Ares se desvanece y Marcus me sonríe.

«Lexa, quiero que sepas que estamos contigo. Tu familia está bien, viva. El final se acerca, amiga mía. Pronto estarás con nosotros. Hasta entonces, confía en la mujer que ha enviado Ares; la recluté yo mismo. Rompe las cadenas».

La imagen se deteriora, una luz negruzca que se descompone en el aire. Y yo me quedo mirando el suelo de la ducha.

—No tienes mala pinta para haber sufrido tantas operaciones —comenta Raven. Su sonrisa no es menos canalla que de costumbre—. Ares me envió a ese lisiado. Al que te mandó al Instituto. Marcus.

No puede decir más porque estoy abrazada a ella y llorando. Sollozo y me aferro a ella, temblando, asustándola. No se mueve excepto para darme palmaditas en la cabeza. Todo el peso de mis hombros desaparece. Alguien lo sabe. Ella lo sabe y está aquí. Lo sabe y ha venido a ayudarme. A ayudarme. No puedo dejar de estremecerme y de darle las gracias. Costia tenía razón. Yo tenía razón.

—Eres mi amiga.

Tiemblo como una niña asustada. Verme en este estado casi la hace llorar.

Una amiga de verdad.

—Por supuesto —dice con la voz entrecortada—. Pero solo si dejas de lloriquear, tía. Seguimos siendo dorados.

Me aparto de ella, avergonzada, y me seco la cara con la manga. Creo que mascullo una disculpa. Tengo la vista nublada. Me sorbo la nariz. Me pasa una toalla con la que me sueno los mocos. Raven hace una mueca.

—¿Qué?

—Era para que te secaras los ojos.

Nos echamos a reír y luego nos sentamos sumidas en un silencio incómodo. Al cabo de un rato, le pregunto desde cuándo lo sabe. Sospechaba algo desde el Instituto, me dice, donde me oyó llamar «maldito» a Apolo. Mi voz se tornó espesa y herrumbrosa. Entonces Marcus le mostró el vídeo de mi talla.

—Por algún motivo ellos sabían que podías confiar en mí, aunque tú misma no lo supieras, caraculo. Siempre ha sido así. Siempre será así.

—¿No te… molesta? —le pregunto—. Lo que soy.

—Molestar. Es una palabra minúscula para algo condenadamente grande. —Se rasca la cabeza rapada—. Un sarpullido en la entrepierna me molesta. El pescado podrido me molesta. Los inútiles que se creen algo me molestan. Esto… —Se encoge de hombros—. Me importa una mierda. Te gusta mi forma de ver las cosas más que a ninguna otra borracha de todos los mundos. Supongo que tengo que devolverte el favor, aunque en realidad sea mejor que tu culo oxidado.

Me río con sus palabras. Mi versión roja no le habría llegado ni a la altura de las suelas.

—Debes saber para qué estoy aquí. No es una simple infiltración. Esto terminará con la caída de la Sociedad.

—Cuanto más alta es la subida, más grande es la caída.

—¿Eso es todo? —pregunto con incredulidad—. ¿Estás conmigo?

Suelta un bufido.

—Me pasé seis meses en una nave antorcha para llegar hasta ti. Tres meses desde Tritón después de que Marcus me mostrara la verdad. ¿Estaba confundida? Pues claro. Pero aun así me embarqué en la nave y tuve tres meses para darle vueltas. Aun así, estoy aquí. Así que creo que el momento de cuestionar mi compromiso ha pasado ya. De todas formas mis «hermanos» dorados llevan intentando matarme desde que nací. —Echa un vistazo a su alrededor, incómoda por todo lo que hemos compartido, a pesar del campo inhibitorio—. Las únicas personas que me han tratado decentemente alguna vez son aquellas que no tenían motivo para hacerlo. Los colores inferiores. Tú. Creo que es hora de devolver el favor.

—Y ¿qué pasa con los demás? —pregunto muy seria—. ¿Guijarro, Payaso?

—No me corresponde a mí compartir tu secreto. Harper lo habría entendido —contesta despacio, tratando de contener algo—. Puede que el resto se apunte. Cardo no, Monty tampoco. Ni en un millón de años. Demasiado enamorados de su propia especie. No sé qué decir de la alta y arrogante.

—Octavia. ¿Y Mustang? —pregunto.

—No doy consejos amorosos, caraculo. —Se pone en pie—. Oye, el hecho de que sea una revolucionaria no quiere decir que no pueda pedir que una rosa me dé un masaje, ¿verdad? Eso sería

una condenada mierda.

—No lo sé —digo entre risas—. Para serte sincera, todavía estoy tratando de adivinarlo.

—Al cuerno. Me lo voy a dar. Tengo la espalda como si me la hubieran partido. —Enseña los dientes torcidos al reírse—. Me siento bien. Por eso sé que es lo correcto, Segadora. A pesar de toda esta mierda. Me siento bien aquí dentro. —Se da unos golpecitos en el pecho delgado—. Me siento…, ¿cómo lo dices tú? Bien, maldita sea.

Octavia da conmigo después de despedirme de Raven.

—Augusto me envía a decirte que la suite del Señor de la Ceniza es tuya.

—¿Augusto me da el camarote más grande?

—Tu navío, tu botín, me ha dicho. Ya sabes lo peculiar que es con el orden.

—Espero que tú sepas dónde está. Yo ya estoy perdida.

Me guía por el barco. Caminamos en silencio por los pasillos. Estoy agotada, pero bastante contenta por saber que Raven está conmigo, que Ares todavía cree en mí y que Marcus sigue vivo ahí fuera. Es un bálsamo sobre el dolor por la muerte de Harper.

—Supongo que sabes que mi familia ha traicionado al archigobernador —me explica ella.

—Lo había oído. Pero tú sigues con nosotros.

—Tal como dije. Hago lo que quiero. Mi madre no me controla, ni a mí ni a mis cuentas, como hace con las de Echo. —Esboza una sonrisa ladeada sin dejar de mirarme—. Me gustas cuando estás así.

—¿Así? —No puedo evitar echarme a reír—. ¿Qué quieres decir?

—No lo sé. Pareces calmada. En paz. A pesar de lo que ha sucedido.

—Y tú pareces estar particularmente amable —digo.

—¿Amable? Una fantasía curiosa. Pero las dos sabemos que disto mucho de ser amable.

Continuamos en silencio hasta que llegamos a la puerta de mi camarote privado. Miro hacia atrás y veo a Ragnar siguiéndonos por el pasillo que tenemos a la espalda. Ni siquiera lo habría visto de no ser por los vendajes que le cubren el cuerpo.

Le hago señas para que se aleje.

Junto a la puerta, busco los ojos altivos de Octavia.

—Podrías haberme enviado a un color inferior a decirme que iba a quedarme en este camarote.

—Pero entonces no habría conseguido verte.

—¿Es esa la única razón? —pregunto.

Sonríe maliciosamente.

—Creo que me guardaré mis secretos. —Al cabo de un momento, levanta la mirada hacia mí—. Pero me preocupo por ti.

—¿Por mí? —Pongo los ojos en blanco—. ¿A qué estás jugando, Octavia?

—A nada —contesta ofendida—. Eres una hipócrita, Lexa.

—¿Yo?

—¿Recuerdas cuando Roan se deshizo de tu violín porque sospechaba que querías algo a cambio? Ahora me siento de esa misma forma. Igual que cuando me acerqué a ti en los jardines de la Luna. ¿Es demasiado que creas que soy tu amiga y que me importas? —Arruga la nariz—. Estás haciendo que me emocione, y lo odio.

—Lo siento —me disculpo—. Es que eres… —Intento encontrar las palabras adecuadas para describir a la mujer que tengo delante. No las hay. Así que me encojo de hombros y digo—: Es difícil sabiendo que eres hermana de Echo. Eso es todo.

—Pero no soy ella.

—Soy consciente de…

—¿Ah, sí?

Estira la mano y me acaricia la cara. Separa los labios inquisitivamente. Recuerdo su tacto sobre los míos antes de que me lanzara por el escupidor. En aquel momento dejé que me besara. Aunque sea una mujer fría, hay algo para mí en su corazón. Distinto al de Costia. Diferente al de Mustang. Me aparto de su mano con delicadeza y hago un gesto de negación con la cabeza.

—Eres una mujer extraña —dice con un suspiro suave, toda la vulnerabilidad que había mostrado ya desaparecida. Vuelven sus garras. Se recuesta contra la pared situada frente a mí doblando una rodilla y apoyando una bota en la pared. Sus ojos se ríen de mí. Esta es la Octavia que yo conozco—. Amas a las mujeres, pero no nos disfrutas. —Se le forman arrugas en torno a la boca cuando sonríe ligeramente. No puedo evitar seguir con la mirada el esbelto contorno de su cuello, la fuerza de sus hombros estrechos, la curva de sus pechos. Sus ojos me queman—. Hay mucho que disfrutar. ¿Acaso sabes lo suave que es mi piel?

Me echo a reír.

—Te estás burlando de mí.

—Como siempre.

Octavia es intrigante. Es su forma de ser. Pero, durante un instante, se ha mostrado vulnerable. Y ver eso… ver eso ha marcado una gran diferencia. Acabo con la tensión sexual de la mejor manera que sé.

—Buenas noches, hermana —digo, y le doy un beso en la frente.

—¿Hermana? ¿Hermana? —Se ríe despectivamente mientras me marcho. Tarda un segundo, pero al fin pregunta—: ¿Es porque piensas que soy malvada?

Me vuelvo hacia ella.

—¿Malvada?

—¿Es por eso por lo que nunca me has querido? —Hace una pausa y escoge sus palabras con esmero—. ¿Porque me consideras inferior a ti?

—¿Por qué piensas eso? —pregunto con dulzura.

Se encoge de hombros y mira a uno y otro lado del pasillo, extrañamente dubitativa.

—Yo no… —Se retuerce las manos como si intentara exprimirles las palabras adecuadas. Se señala a sí misma—. Es mi forma de sobrevivir, ¿lo entiendes? Es lo que mi madre me enseñó. Es lo que funciona.

—¿Qué te parece si probamos algo diferente? —sugiero mientras regreso a su lado. Le tiendo una mano—. Lexa. En contra de los rumores que circulan por ahí, no como cristal. Me gusta la música y bailar, y me encanta la fruta fresca, sobre todo las fresas.

Octavia sonríe con desdén.

—Qué estúpido. ¿Vamos a volver a presentarnos?

—Sin armadura. Solo dos personas. Estoy esperando —digo sonriente.

Pone los ojos en blanco y da un paso al frente mirando de nuevo hacia ambos lados del pasillo. Levanta la mano y trata de contener una sonrisa infantil.

—Octavia. Me gusta cómo huele la piedra antes de que comience a llover. —Esboza una mueca y se le encienden las mejillas—. Y… no te rías. En realidad odio el color dorado. El verde me sienta mejor.

No puedo dormir. Los cuerpos de los que he dejado atrás flotan conmigo en la oscuridad. Me despierto una docena de veces; los destellos de las bombas, los tajos de las espadas desgarran mis sueños. Me he ganado estas noches de insomnio. Lo sé, y eso es lo que las hace más difíciles. Me levanto y paseo por mis nuevos aposentos, maravillándome ante su tamaño. Seis habitaciones. Un pequeño gimnasio. Un baño enorme. Un estudio. Todo perteneciente al hombre que quemó una luna. Al padre de las furias. ¿Cómo podría dormir en un camarote así? Me saco el colgante del pegaso del bolsillo, casi me había olvidado de que se trata de una bomba de radio.

Vago por los pasillos del barco como un fantasma y miro hacia atrás preguntándome si Ragnar me estará siguiendo. Le dije que se fuera a dormir, pero sé poco de sus costumbres, cómo piensa, qué hace por las noches. Tengo mucho que aprender. Camino por pasillos en penumbra, me cruzo con técnicos naranjas y operadores de sistemas azules que guardan silencio y agachan la cabeza cuando atravieso los corredores metálicos que bajan hacia las entrañas del barco, donde los dorados jamás ponen un pie. Los techos son más bajos, pensados para trabajadores rojos y conserjes marrones. Este navío es una ciudad, una isla. Aquí están todos los colores. Recuerdo la lista. Miles de empleos. Millones de partes móviles. Estudio un tablero de mantenimiento. ¿Y si los naranjas que lo han hecho sobrecargaran el tablero? ¿Qué ocurriría? No lo sé. Apuesto a que pocos dorados lo saben. Tomo nota de ello.

Sigo adelante, pues el hambre me arrastra hacia el comedor. Sería fácil que me enviaran comida a la habitación, pero mis ayudas de cámara todavía no se han organizado. De todas formas, odio que me sirvan. En el comedor me encuentro a alguien tan insomne como yo sentada a una larga mesa de metal.

Mustang.