CAPÍTULO 32

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Michelle se dirigió a Zachary.

—Sabe que estamos aquí. Debemos estar preparados, y alertas.

—Espero que el agua bendita sea eficiente. —Jim suspiró, acercándose a los jóvenes y tomando sus hombros—. Los protegerá un poco..., espero.

—Como si eso los fuera a salvar de lo que voy a hacerles. —La voz del demonio retumbó dentro de las paredes del vacío bar.

Una a una las luces se fueron extinguiendo. Con la poca entrada de luz debido a las pesadas cortinas en las ventanas, el área del escenario fue quedando a oscuras hasta que sólo quedó un área central iluminada. Angie en seguida se colocó frente a Michelle, protegiéndolo con su cuerpo a pesar de ser más pequeña.

—Michelle —ronroneó la voz profunda de District mientras una nube de humo negro lo hacía materializarse en lo alto del escenario, sus ojos rojos como el infierno y sonrisa ladeada hizo temblar a más de uno—. Te has vuelto un niño desobediente. Debiste hacer caso a tu madre.

—¿Y dejártela a tu merced? ¡Nunca! —Sintió que alguien le jalaba, Jim colocándole tras él y junto a Zachary.

—No seas imprudente —recomendó Jim en voz baja.

—Es tan lindo cuando intentas proteger algo que ya está perdido —rió el peliblanco.

—¡No hables así de ella! —Por primera vez Levoch le levantó la voz al demonio.

District miró al francés como si fuera una molesta mosca. Con apenas un movimiento de su mano, hizo que el hombre volara unos metros y se deslizara por la barra del bar hasta caer del otro lado, haciendo añicos las botellas y vasos sin lavar de la noche anterior.

—¡No! —gritó Angie—. Déjalos ir... Haré lo que me pidas.

—Me temo, querida, que esa carta no te servirá más. —Alzó su mano, apuntando a Jim. Hizo amago de apretarla, quizás con la intención de apretar sus órganos, cuando una navaja fue lanzada hacia él, enterrándose profundamente en su frente.

Todos vieron al demonio caer de bruces en el escenario, la sangre comenzando a manchar el blanco traje que siempre usaba.

Michelle se giró a Zach, sorprendido.

—Zach...

—Buena puntería, pero eso no servirá de mucho.—jadeó Jim, algo pálido a pesar de su piel, viendo a donde podrían dirigirse—. Tenemos que movernos —declaró apremiante, tomando a Michelle y Zachary del brazo.

—¡No voy a dejar al abuelo aquí, puede estar herido!

Discutir con Michelle era una pérdida de tiempo, y lo sabía. Jim pasó por encima de la barra de un salto, revisando al hombre una vez antes de montarlo sobre su espalda. Daba pequeñas miradas hacia el demonio mientras se apresuraba a rodear la barra, tropezando de vez en cuando en su apuro y equilibrándose con el peso del francés.

—Michelle, tenemos que hacer algo ahora. Dudo que se quede tieso por mucho más tiempo. —Zach sacó el pergamino que le escribió Amett—. Si no lo hacemos, ahora no podremos deshacernos de él.

—Zach, comienza a decir el rito —ordenó Jim, ajustando mejor el peso de Levoch en su espalda—. No sigamos perdiendo más el tiempo, hazlo ahora.

Nervioso, Michelle se colocó al lado del rubio y encendió una linterna, apuntándolo en el pergamino.

Zachary apenas estaba comenzando a leer cuando sintió unas manos en su cuello, apretando su garganta. De entre los rincones oscuros aparecieron corpulentos hombres. Se lanzaron contra los intrusos, Angie no dudo en entrar en la lucha para defender a su problemático hijo. District, como si no tuviera la mitad de una navaja hundida en el cráneo, se levantó como si nada. Obviamente estaba controlando a los hombres que los atacaban.

Dejando a Levoch en el suelo y con la espalda apoyada en la barra, Jim se giró para deshacerse de los hombres valiéndose de su tamaño, empezando el que tenía sujeto a Zachary.

—No se detengan, usará elementos externos. —Golpeó a otro sujeto, y sacó debajo de su camisa un arma que le dio a Michelle—. Sostén esto. —Se lo dio a Michelle—. Solo no lo–

El chico de inmediato se volteó y vació el arma en el demonio sin dejar que Jim acabara de hablar.

—... uses impulsivamente.

La bala impactó en el pecho de District pero fue como si no sintiera nada. Había un agujero en el traje del peliblanco que comenzaba a teñirse de rojo, sus ojos del mismo color se enfocaron en Michelle. Casi como si flotara, él se deslizó desde la tarima hasta Michelle. Sacando la navaja de su frente, la empuñó para clavársela a Michelle. Angie se lo impidió subiéndose a la espalda de District, sus afiladas uñas clavándose en la pálida carne.

—¡Mamá!

—¡Angie! —Jim extrajo un frasco pequeño que encontró en el bolso que Zachary llevó, quitándole el tapón con un rápido movimiento—. Zachary, Michelle, apártense de aquí y citen el maldito rito —exclamó antes de rociar al demonio con el agua bendita. Eso no le detendría pero algún daño debía causar.

—¡Estoy ocupado! —exclamó Zach que intentaba zafarse de una llave que le estaba haciendo otro tipo. Con fuerza pisó el pie de su atacante y le pegó el codo en la nariz, haciendo un horrible crujido. Se apresuró a tomar del brazo a Michelle y esconderlo tras una mesa volcada.

Vieron como el demonio se quitaba a Angie de encima, el agua bendita al parecer no le hacía nada, más daño parecía haber hecho la bala y aun así seguía vivo y coleando... Entonces Zach recordó: tenían que sacarlo del cuerpo mortal.

—No está funcionando nada. Zach... —Michelle tembló de miedo al ver caer a su madre, su mirada dirigiéndose a Jim quien tomó lo primero que encontró, siendo una escoba, para usarla contra el demonio—, debemos intentar subir a su oficina. ¿Y si me equivoque y no es aquí donde hay que hacerse el rito?

—Correr a su oficina nos hará un blanco fácil —objetó el rubio—. Tengo un plan... —Miró a su alrededor hasta que encontró la pata de una mesa rota. La aferró con fuerza—. Hay que sacarlo de ese cascarón. —Se puso de pie y lanzó la pata de la mesa, golpeando la espalda de District quien estaba sosteniendo a Jim de un tobillo boca abajo—. ¡Oye, demonio! —Los ojos del demonio, más brillantes que nunca antes, se centraron en la figura de Zachary.

El rubio se estremeció al ver la pinta que tenía District: el traje y su piel manchado de rojo, el hueco en su frente y pecho dejaban la carne expuesta al aire. Parecía que la exposición provocaba que se pudriera con rapidez.

—¡Zachary! ¿Qué crees que haces? —apremió con terror Michelle, preocupado de que District le hiciera algo.

Jim aprovechó esa distracción para zafarse, extrayendo una pequeña navaja de su pantalón y usándola para cortar la muñeca del demonio, cayendo duramente al suelo, e hizo esfuerzos para alejarse de él.

—"District adflixit Omnipotens pro te ipsum totumque imperium dimittere te" —recitó Zachary.

Repitió la oración en latín al ver que el demonio comenzaba a reirse de él. Temblando, se dio cuenta de que comenzaba a acercarse, todo su cuerpo desprendiendo esa opresiva aura negra. Sin rendirse, Zach siguió repitiendo la oración, District estuvo a punto de cogerlo del cuello cuando todos sus movimientos cesaron.

Impresionado, District vio su mano derretirse dejando ver su verdadera piel; roja como el granate y con mortíferas uñas negras que terminaban en punta, su cabello se volvió negro y su rostro era como una calavera con la piel dañada.

Michelle retrocedió espantado, tropezando con el bolso que Zach llevó hasta que vio unas últimas dos botellas pequeñas saliendo de su interior. Sin pensarlo mucho, quitó el corcho y roció el cuerpo del ente con el agua sagrada, jalando a Zachary del brazo para alejarlo del mismo.

—¿Qué has...? —Se interrumpió ante el grito ensordecedor del demonio, la impresión de cómo el agua finalmente lograba hacer algo en él—. ¿Está funcionando?

—¡Soy un genio! —cantó victoria Zachary, aunque la alegría no le duró mucho pues un demonio, con la piel brotada de dolorosas ronchas —al parecer el agua bendita era como ácido para la piel de District— se cernía sobre él. District se veía más aterrador que nunca, y sus intenciones ahora eran homicidas. Por primera vez en mucho tiempo no tenía esa sonrisa socarrona.

—¡Zachary! ¡Déjalo! —Michelle rebuscó a su alrededor hasta dar con una daga. No lo pensó mucho cuando lo empuñó contra el demonio, deslizándolo por su yugular, colocándose frente al rubio—. No te atrevas.

—Michelle. —Jim jadeó, tratando de llegar a él—. Ahora en su forma real, solo deben recitar el exorcismo. Lo demás solo va a dañarlo, pero no lo acabará.

Zach estaba comenzando a recitar la oración cuando sintió su garganta cerrarse, ningún sonido salía de ella a pesar de que no había un objeto que lo obstruyera. Cuando vio al demonio se dio cuenta de que era su obra.

Después, enfocó su atención en Michelle. Sus ojos habían perdido el color rojo y ahora eran dos puntos negros, como un foso profundo lleno de desesperanza. Detuvo el ataque de Michelle antes de que lograra alcanzarlo.

—No has resultado más que un estorbo desde que naciste —dijo con voz de ultratumba—. Si hubiera sabido lo odioso que serías, me hubiera deshecho de ti hace mucho tiempo.

Michelle quiso retroceder un paso.

—Pero no ha sido así, y ahora pagarás con creces, ¡todo! —Entrecerró los ojos antes de añadir—. Incluido lo de mi hermana. —Intentó nuevamente atacarlo, hacerle algún daño, aferrando fuerte la daga en su mano. Tenía que deshacer el agarre que hacía en Zachary de alguna forma—. ¿Cómo es que yo pude vivir y no mi hermana también? ¿Qué pudo haber de malo en ella que yo no llegué a tener? —Se detuvo, jadeante—. Dilo... ¿Tuviste algo que ver en eso? No querías que mamá tuviera dos niños.

—¿Qué? —Jim se detuvo, apoyado contra la barra.

—Lo acabas de decir. Pudiste deshacerte de mí, como te deshiciste de ella, ¿no es cierto? —insistió, el agarre en su daga temblando por la rabia.

Una asquerosa sonrisa alargada, con filosos colmillos se dibujó en los casi inexistentes labios del demonio.

—Un bebé la haría completamente manejable, dos bebés le hubiera dado esperanza... —Su escalofriante risa fue cortada por unos golpes contra su cuerpo. Angie apareció tras él, empuñando uno de los tubos de repuesto del escenario para golpear con todas sus fuerzas a District. Una y otra vez, cegada por el dolor y la ira.

—¡Maldito infeliz! —Golpeó el tubo en su cabeza—. ¡Tenías mi cuerpo, mi alma, mi vida entera te pertenecía a ti! ¡Mataste a mi bebé! —Lágrimas comenzaron a caer de su rostro—. Eso no te lo voy a perdonar nunca. —Dio otro certero golpe en su rodilla, haciendo que cayera al suelo, jadeando de dolor.

A pesar de la sangre y los feos golpes, District se regeneraba poco a poco, Angie no pensaba perder más tiempo. Fue hasta Zach, quitándole el pergamino de la mano y comenzó a recitar las palabras en latín.

Michelle se colocó a su lado, luego de recuperar el último frasco de agua sagrada que quedaba, y lo mantuvo allí mientras escuchaba a su madre recitar la oración.

"Padre Omnipotente y Todopoderoso: tú que lo has hecho todo y que lo transformas todo con tu sola voluntad, te pedimos y te invocamos: expulsa toda potencia diabólica, toda presencia y maquinación Satánica..."

La mirada del castaño recorría todo el lugar, el sitio parecía temblar como si un terremoto comenzara a sacudirlo a cada palabra que decía Angie. Michelle perdió el equilibrio y solo logró sostenerse de Zachary a tiempo.

"...Expulsa de nosotros la magia negra, las ataduras, las maldiciones, la infestación diabólica, la posesión diabólica; todo lo que es mal y pecado. Hoy estás rompiendo las cadenas que nos amarraban. Hoy has triunfado una vez más."

A la mitad de la oración, Angie titubeó, comprendía lo que estaba leyendo. Dado todos los siglos que tenía de vida, el latín no le era un lenguaje desconocido. Aun así no se detuvo.

Los presentes vieron con asombro como el demonio se retorcía y gritaba en agonía. District trataba de defenderse, desplegando su poder oscuro pero éste poco a poco le abandonada, haciendo que su cuerpo se empequeñeciera hasta sólo parecer un amorfo humanoide del tamaño de un niño, pequeños ojos como los de un animal la fulminaban.

—Esto no termina aquí. Algún día volveré, me vengaré de todos ustedes —amenazó con voz agónica. Ya no tenía poder para ser considerado una amenaza. Angie, tratando de mantenerse en pie, tomó el agua bendita de la mano de Michelle.

—Lo maravilloso de esto es que ya no eres una amenaza para nadie. —Cruzando los pocos pasos que la separaban del demonio, vertió el agua sobre él, un espeso humo negro llenó la estancia haciéndolos toser.

—¡Sí! —celebró Zachary al darse cuenta de que ya podía hablar. Abrazó a Michelle por la cintura, dando vueltas con él en la estancia.

Un poco más allá, Jim estaba tratando de despertar a un maltrecho Levoch. Tenía varios pedazos de vidrio clavados en el costado de cuando golpeó contra la barra del bar. Estaban bastante aliviados de que todo hubiera terminado cuando Angie se desplomó en el suelo.

En cuanto oyó el ruido, Michelle volteó a verla, de inmediato soltándose de Zachary para correr a ella y arrodillarse a su lado.

—¡Angie! —Michelle buscó con la vista alguna herida, ¿acaso el demonio llegó a herirla sin que lo notara?—. ¿Qué sucede? ¿Te ha hecho daño?

Zach se arrodilló junto a Angie para poder sostenerla. De pronto se dio cuenta lo delgada que se sentía en sus brazos. Despejaron el cabello que le cubría el rostro revelando un montón de arrugas que no estaban ahí hace un segundo—. ¿Qué...?

Levoch también se acercó a Angie. Tambaleante, se arrodilló junto a Michelle, le tomó la mano a la morena que con cada segundo se veía más frágil—. Oh, chèrie... —Sus ojos se llenaron de lágrimas al verla en ese estado.

—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo Zach que no entendía lo que estaba pasando.

—Está envejeciendo —explicó con dolor—. Angie lleva demasiados siglos al servicio de District. Sin su poder sosteniéndola, ella... —Levoch negó con la cabeza, incapaz de decirlo en voz alta.

—¿Q-qué? ¡No! —La mirada desesperada de Michelle se dirigió a Angie. —Tú n-no puedes, ¡no puedes irte! S-Se supone que tú...

Jim se acercó cojeando, e hincó la rodilla al suelo.

—Mich... —En cuanto el joven le observó, con las mejillas húmedas a causa de las lágrimas, dijo—. Ella ya es libre.

Michelle sintió todo como un balde de agua fría. Las palabras de Aldebarán, 'tu madre será libre pero no de la manera que esperas', volvieron a su cabeza en un eco ensordecedor.

—Mamá... —susurró. Levantó su mano, tembloroso, a su rostro en una sutil caricia, casi temiendo que se deshiciera con su toque—, ya eres libre. Te dije que lo lograría...

Los ojos amarillos se veían opacos, poco a pocos perdiendo el brillo mientras su piel envejecía y su cabello se tornaba blanco.

—Así es... Lograste tu cometido. —A pesar de sus viejas facciones, todavía se podía notar ese toque burlesco en su voz. Con su pulgar, limpió una lágrima que resbalaba por la mejilla del castaño—. No llores. Todo estará bien. —Bajó su mano, ya no tenía fuerza para mantenerla en esa posición.

—Yo cuidaré de él. —Le aseguró Zach. Angie le dedicó una sonrisa, la morena movió su cabeza hasta enfocar a Levoch.

—Sin el demonio aquí, puedes hacerte cargo del lugar. —El hombre francés logró esbozar una sonrisa temblorosa. Incluso a un momento de morir, Angie le incitaba a no perder la cabeza, no dejarse abatir dándole un propósito.

Nueva Luna será diferente, un hermoso bar con teatro, será la crème de la crème —aseguró Levoch, inclinándose para besar la frágil mano de Angie. Sus dedos se sentía extremadamente delgados, con arrugas y manchas que normalmente salían conforme envejecías.

Michelle tomó la mano de Angie entre las suyas.

—No quiero que te vayas... Quería que... tantas cosas. —Su voz se rompió, lágrimas humedeciendo sus mejillas.

—No soy el centro de tu universo —regañó suavemente Angie, su piel haciéndose cada vez más delgada, incluso su cabello comenzaba a caerse de lo fino que se estaba volviendo—. Vive... Vive todo lo que tú hermana no pudo vivir. Todavía te queda muchas alegrías... —Sus ojos se cerraron, incapaz de mantenerlos abiertos por más tiempo—. No cometas los mismos errores que yo. —Su voz se desvaneció y su cuerpo comenzó a hacerse cenizas en los brazos de Zachary.

Michelle se quedó observándola con los ojos abiertos, hasta que no quedó nada. Jim extrajo del bolso un frasco pequeño con lo que parecía agua bendita, y lo usó para limpiar la daga que había empuñado Michelle. Secó tanto la daga como el interior de la botella, y la usó para introducir las cenizas en su interior hasta la mitad. Lo tapó y se lo tendió a Michelle.

—Ten. Llévala contigo, siempre. Para que nunca la olvides, para que siempre recuerdes sus palabras y su deseo hacia ti: vive feliz.

Michelle lo recibió con las manos temblorosas, claramente aun en shock. Sus ojos observaron el frasco, y luego sus manos; había estado sosteniendo la mano de su madre, ahora solo estaban manchadas de cenizas.

—Ma... —Se inclinó hacia Jim, abrazando su cuello mientras lloraba amargamente.

Levoch también lloró. Tenía un cúmulo de emociones contradictorias; estaba feliz por Angie porque al fin era libre, al fin podía descansar pero al mismo tiempo estaba triste porque estaba muerta, por todo lo que tuvo que pasar. Lloraron con fuerza hasta que Levoch respiró hondo para tranquilizarse.

Todos se miraron sin saber exactamente cómo proceder.

Jim, notando que Michelle estaba ido y apático, decidió tomar la iniciativa al dirigirse a Levoch.

—Creo que, ahora sin el demonio, con este lugar pueden tomar dos opciones: cerrarlo y que las chicas y todos opten por una mejor vida, o seguir y que seas tú quien tome el mando. Pero hay que bendecirlo primero. Y... —Miró el resto de cenizas que había sido Angie—, darle un mejor lugar donde descansar

—Conozco un lugar —dijo Levoch.

Entre los cuatro hombres recogieron las cenizas lo mejor posible, los hombres que los atacaron estaban inconscientes o muertos al igual que Angie. El francés se encargaría más tarde de limpiar.

Guió a Jim y los otros dos jóvenes hasta un lugar especial. Puede que Angie no lo visitara nunca, pero él todos los sábados iba a esa pequeña tumba a dejarle flores.

—Aquí enterramos a la pequeña Ángela —dijo a los demás—. El día que la trajimos, tú estabas en los brazos de tu madre, con apenas unas cuantas horas de nacido. —Pasó su brazo sobre los hombros de Michelle—. Nunca se nos ocurrió que su muerte era obra de... ese.

Michelle no dijo nada, abrazado al hombre mientras veía a Jim enterrar las cenizas de su madre junto al cuerpo de aquella hermana que no pudo conocer. Jim propició unas pequeñas oraciones, y luego de un rato, trajo unas flores que colocó frente a las tumbas. Por muda petición de Michelle se quedaron un poco más allí, antes de volver al bar por las cosas que Zachary había traído.

Mientras los hombres trataban de limpiar un poco, Michelle se deslizó a la tarima, sentándose al borde de la misma y observando un punto fijo en el suelo. Extrajo de su bolsillo la botella con las cenizas de Angie, rodándola entre sus manos.

"Vive... Vive todo lo que tu hermana no pudo vivir".

Su nariz picó, pero ya no tenía más lágrimas que dar por entonces.

Después de ayudar a los pocos hombres que aún estaban vivos pero inconscientes, Zachary se sentó al lado de Michelle en la tarima. Pasó un brazo por sus hombros en un medio abrazo.

—Sé que no es el resultado que esperabas —murmuró con los labios pegados al cabello del menor.

—T-todo... Todo lo que deseaba que... —Michelle intentó limpiarse, sin dejar de sostener la botella en su mano—. Quería que tuviera la vida que no se podía con District aquí. Qu-que tuviera una vida plena, feliz... Nunca la volveré a ver, Zach. En verdad, nunca volveré a ver a mamá...

—Lo sé —suspiró—. Tenías tantas ilusiones y ahora... —Negó con la cabeza—. Creo que lo mejor es que la recuerdes con amor y alegría.

Michelle ya no dijo nada entonces, no fue hasta que Jim les llamó que se pusieron en pie.

—Hora de irnos —anunció el hombre, el bolso al hombro—. Le he dado a Levoch el número del bar y de la casa feudal. Tendrá cómo comunicarse contigo o dejarte un mensaje.

Michelle asintió, dirigiéndose al francés.

—¿Estarás bien aquí, abuelo? —preguntó en voz baja, limpiándose los rastros de lágrimas.

Oui. Hablaré con todas las chicas. La que quiera quedarse es bienvenida para ayudar a reconstruir el lugar. —Le dio la mano a Jim y a Zachary como despedida. Cuando llegó hasta Michelle, sacó un papel rectangular del bolsillo de su chaleco—. Encontré esto en la oficina de monsieur District. —Le enseñó al castaño la fotografía que se tomó Angie con Michelle en Canadá—. Debió robarla sin que Angie lo notara.

Michelle respiró hondo para calmarse un poco, considerando que tal vez fue ahí que el demonio se enteró de él. Michelle conservaba las demás en casa, la única fotografía que tendría de ella.

—Consérvala —pidió, empujando suave su mano—. Creo que ella querría que te la quedaras... Es la única vez que nos fotografiamos juntos. —Sonrió, recordando ese día en Canadá—. Eran una tira de 4 fotos, y ella tomó ese.

Merçi. Puedes venir a visitarme cuando quieras.

—Bien... —Michelle se acercó por un último abrazo, cuidando no estorbar en la curación—. Volveré siempre que pueda, abuelo...

Se tomaron unos minutos más en despedirse. El camino de regreso fue silencioso y apagado. Michelle no tenía ganas de hablar, y ninguno de sus otros dos acompañantes pretendía iniciar una conversación tampoco. Jim optó porque fueran directo a Japón, y allí, se encaminaron a la mansión feudal. Los tres estaban cansados, sucios, Jim incluso tenía unas pequeñas heridas menores y cojeaba levemente.

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Kenshi recibió a los jóvenes en el salón. Los demás dormían para entonces, y se encargó de que fuera así. Narcisse debía de estar haciendo un buen trabajo porque Klaus todavía no daba gran señal de vida.

—No hagan ruido —pidió, mientras todos se dejaban caer en el lugar.

—¿Nos estabas esperando? —cuestionó Michelle, confundido y sorprendido a la vez por verlo ahí.

—Como si hubiera podido dormir con la amenaza de lo que Klaus me haría si no volvieras. —Bufó irónico—. Iré por los gemelos. Los tres tienen un aspecto horrible.

Kenshi demoró unos minutos en volver. En ese lapso de espera, Jim se dedicó a revisarse las heridas, en cambio Michelle apoyó su cabeza en el hombro de Zachary. El lugar estaba tan silencioso, apenas roto por el sonido de las cigarras fuera y las respiraciones de ellos. Kenshi regresó con los gemelos, quienes llevaban unas tazas de té e implementos de primeros auxilios.

—Kuma, ayuda a Jim a curarse. Ustedes dos, beban eso —ordenó a los jóvenes—. ¿Qué ha pasado? ¿Lograron lo que iban a hacer?

—Mamá murió —dijo Michelle sin mirar a nadie en específico, su voz sin emoción—. Yo... —Michelle abrió su mano derecha, revelando el pequeño frasco con las cenizas de Angie—. Angie y mi hermana están juntas ahora. —Su voz por un momento amenazó con romperse, pero Michelle se mantuvo estable.

Kenshi torció el gesto hacia la botella, y pudo haber dicho lo primero que se le pasó por la cabeza respecto a Angie pero se detuvo. En cambio, se agachó frente a Michelle, y tomó su hombro.

—Lo sentimos mucho, cría —murmuró.

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Realmente lograron acabar con el demonio? —pregunto Kaoru mientras ayudaba a su hermano con las curaciones.

—Intentamos colarnos en el bar pero Angie nos descubrió. Después apareció este tipo de cabello blanco y ojos rojos —comenzó a relatar Zachary—. Al principio fue todo muy aterrador porque no importaba lo que hiciéramos, nada le hacía daño. Las balas no le hacían cosquillas y el agua bendita no le hacía nada.

Jim comenzó a relatar de forma breve lo sucedido, arrancando gemidos de sorpresa en los gemelos, Kenshi se mantenía estoico frente a ellos. Michelle no decía nada. Escuchaba el relato callado, bebiendo el té a sorbos pequeños. Cuando acabó, hubo un leve tenso silencio en el salón.

—Tuvieron suerte de que no les hiciera gran daño. Estuvieron a punto de morir...—Kenshi masculló.

—No iba a permitir algo así. Klaus se moriría...

—Definitivamente iba a hacerlo —habló Narcisse, entrando a la estancia. Al oír el gruñido de Kenshi, alzó las manos—. Fui al baño y los escuché. Solo quise asegurarme de que Zachary estuviera bien.

—Hierba mala nunca muere —dijo el americano con una sonrisa cansada al ver a su mejor amigo—. Gracias por entretener a Klaus. Fue de mucha ayuda.

Jim se levantó, una vez los gemelos acabaron de curarlo.

—Gracias. Creo que será mejor que todos descansemos. Ha sido una noche larga... —Miró a Zachary—. Creo que será aconsejable que vengas conmigo, si quieres. No creo que Klaus...

—Puedo encargarme de Klaus por ti. —Narcisse respondió antes que Zachary—. Además, estoy seguro que Miche querrá que estés con él...

Al sentir las miradas, Michelle se fijó en Zachary y asintió, un poco tímido.

—Solo si quieres...

—Me encantaría —respondió en seguida Zach.

Los tres jóvenes se despidieron y caminaron por los silenciosos pasillos de la casa para un merecido descanso. En la mañana podrían lidiar con todo lo demás pero por ahora sólo querían dormir abrazados.

Kenshi se quedó un rato más con Jim en el salón hasta que el cansancio les hizo imitar a los jóvenes.

La mañana siguiente, Kenshi tuvo que poner en sobre aviso a Vladimir apenas estuvieron despiertos. Tendría que lidiar con ambos cuando se enterasen, y prefería hacerlo por separado. Era más fácil soportar el regaño de Vladimir que los de Klaus, eso sumado al enojo del dragón en cuanto vieran a Zachary con ellos. Confiaba, al menos, en que Narcisse surtiera algún efecto calmante en el dragón.

La dichosa pareja ya estaba ahí, con Narcisse casi que encimado en el regazo del alemán. Kenshi tuvo que respirar hondo para contener a Suoh. Agradecía al menos no ser el único fastidiado con la presencia del franco-canadiense cuando Irina llegó junto a Ruslán y Gerardo. Solo faltaban dos personas.

Klaus, suficiente tengo con estas benditas hormonas. Contrólalo —dijo en japonés, señalando tenso al castaño a su lado.

Narcisse sonrió, pero trató de comportarse, sentándose derecho en su lugar.

—No entendí qué dijo pero dado que es muy malo para la digestión exaltarse, estaré tranquilo. Es tan agradable comer algo diferente a lo que sirven en el internado para variar —dijo con un gesto a los platillos puestos en la mesa.

—Honestamente. ¿No puedes comportarte como una persona normal? —gruñó Irina a Narcisse, que estaba sentada al otro lado de Klaus. No quería tener que ver al amante de su padre pero tampoco iba a ceder tan fácilmente.

—Irina. —Suspiró Klaus sin un real tono de reproche. Después de todo, no era ella quien se estaba comportando mal—. Podemos volver a la habitación más tarde —murmuró en el oído de Narcisse.

Kenshi se sintió más relajado, pero volvió a tensarse al escuchar que los únicos dos que faltaban iban a llegar. Podía oír a Michelle y Zachary hablando en voz baja, y finalmente deslizando la puerta y entrando al comedor.

—Narcisse, creo que es buen momento para volver a las piernas de Klaus.

El joven sonrió irónico, alzando una mano para acariciar la mejilla del alemán.

—Estoy seguro que te comportarás en la mesa, ¿verdad? Zachary es inofensivo.

Michelle miró nervioso entre su padre y Zachary, tomó su mano para dirigirlos a ambos a su lugar en la mesa.

—Buenos días —murmuró a los presentes.

Klaus apretó la mandíbula al ver a Zachary. Si las miradas mataran, el rubio en ese momento caería fulminado en el suelo de madera pulido.

—Buenos días —murmuró el americano, tenso bajo el escrutinio del pelinegro.

—¿A qué hora llegaron ustedes dos? —preguntó Vladimir—. No los oí anoche.

—En la madrugada —respondió Michelle, comenzando a servirse el desayuno.

—¿Anoche? ¿De qué están hablando? —curioseó Ruslán, extrañado. No sabía que Michelle se había marchado anoche, aunque tomando en cuenta la presencia de los otros dos extranjeros...

—Podrán hablar de eso cuando todos hallamos comido —irrumpió Kenshi antes de que nadie pudiera decir algo.

Narcisse, notando cómo estaba Klaus, llevó un poco de panceta a los labios del mayor.

—Esto está rico, ¿no te parece?

Con un gruñido ambiguo, Klaus aceptó el pedazo de carne que le estaba ofreciendo su pareja. El desayuno pasó sin ningún revuelo, estaban sirviendo el té cuando escucharon un pequeño alboroto proveniente del jardín.

Kenshi se levantó, gruñendo, sus ojos por un instante cambiando a amarillo delatando que no era solo él quien se encontraba irritado.

—¡En esta casa no se puede estar tranquilo! —masculló.

Michelle se levantó luego de compartir una mirada con los demás, en especial Zachary, para ir tras Kenshi, curioso de saber qué estaba pasando.

Gran fue su sorpresa cuando algunos soldados de Kenshi estaban reteniendo a dos personas muy idénticas y que Michelle reconoció en seguida.

—¿Ametty? ¿Enoch? —Ladeó la cabeza, demasiado sorprendido de verlos ahí.

—¿Los conoces? —cuestionó Kenshi, pero de inmediato se dirigió a sus soldados para que se apartaran.

—Ellos... son los magos de la Vida y la Muerte. —Se acercó al par, preocupado. ¿Qué los había hecho salir de Hungría? Un frío de nervios recorrió a Michelle pensando en lo peor—. ¿Qué... qué los trae aquí?

Klaus, que fue tras Kenshi a ver de qué se trata el alboroto, se acercó a sus hombres para aclarar qué estaba pasando.

—Los hombres dicen que los encontraron vagando en el bosque bordea la propiedad.

—Díganle a estos bárbaros que nos dejen tranquilos. ¡Oye, tú! ¡Suelta a mí hermana! —Enoch parecía bastante incómodo rodeado de tantas personas, y que además les apuntaran con armas de fuego.

Klaus, como jefe de seguridad, les indicó a sus hombres que se apartaran pero que no bajaran la guardia. Ametty respiró tranquila cuando el grupo se apartó con la orden de Kenshi.

Michelle se acercó al par de magos.

—¿Están bien? Lamento esto, llegan de improvisto y aquí no son muy amables con los extranjeros. Pasen, estábamos tomando el té.

Kenshi asintió, y guió a los magos al interior del salón. Ahí se toparon con el resto, incluyendo Gerardo, Zachary y Narcisse. Éste último observó a los recién llegados curioso, pero tan pronto los observó muy rápido devolvió su interés a su taza de té y la charla que tenía con Zachary.

—Todos, ellos son Ametty y Enoch. Son los magos de la Vida y la Muerte. Ametty, Enoch, ellos son todos. Bueno... —Michelle brindó una pequeña sonrisa a Gerardo—, ya conocerán a Gerardo, supongo.

—¡Padre Naturaleza! —exclamó Ametty, feliz de ver a Gerardo. Incluso se acercó al hombre para aprisionarlo en un fuerte abrazo.

—¡Ametty! Ten más respeto —espetó su hermano, mortificado por como trataba al otro guardián.

—Esta bien, Enoch. —Sonrió el italiano, correspondiendo el abrazo—. Yo también me alegro de verlos.

Ruslán se cruzó de brazos, su ceño fruncido dirigido a Ametty y la forma en cómo abrazaba a Gerardo, tan apretado. Kenshi se sentó junto a Vladimir, le codeó el costado señalando a Ruslán.

—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Ruslán, sin poder detenerse.

Michelle se ubicó al lado de Zachary. Miró a Ruslán con cierta sorpresa, por lo general era más educado con los invitados, no a punto de querer clavar dagas a alguien con la mirada. Notó entonces la razón y sonrió.

—Discúlpenlo. Es solo un chico celoso de su novio. —Se burló, causando que Ruslán apartara la mirada, un poco sonrojado—. ¿Cómo llegaron aquí?

—¡Aw! Padre Naturaleza encontró a su alma gemela. ¿No es adorable, Enoch? —Enoch no se molestó en responder.

—Ametty, no es necesario que uses mi título. Con llamarme Gerardo es suficiente. —La protesta del italiano fue ignorada en favor de la exclamación que soltó Irina.

—Almas gemelas. ¿De verdad?

—Claro. Trabajé en sus luces al mismo tiempo —respondió Ametty, satisfecha de sí misma mientras Enoch respondía a la pregunta de Michelle.

—Usamos las raíces. Después de que acabaste con el demonio, vinimos a buscarte. Hay algo importante que tenemos que decirte.

Escucharon un fuerte escupitajo. Toda la atención se centró en Klaus que estaba tosiendo por haberse ahogado con el té. Tenía los ojos llorosos por el esfuerzo.

—¡¿Tu hiciste qué?! —exclamó el alemán entre tosidos mirando a su hijo.

—Yo... acabé con District... —Michelle no se atrevía a dirigir su mirada a Klaus, pareciéndole demasiado interesante el diseño de la madera en el suelo—. Ma... Angie murió. —Metió la mano en su camisa, y extrajo una cuerda que estaba atada a la botella que Jim le dio—. Ella se... se volvió cenizas.

El grupo en general –con excepción de Kenshi, Zachary y Narcisse– parecía en shock. Klaus sobre todo comenzó a sentir sus ojos aguarse ante la noticia. Angie, esa mujer independiente y poco común, ahora estaba muerta. Irina y Ruslán fueron los primeros en reaccionar: se acercaron a Michelle y le dieron un abrazo reconfortante. Ellos no estaban tan involucrados como el resto de adultos pero de igual manera se sentían afligidos por lo que Michelle estaba pasando. Klaus también abrazó a Michelle

—Lo siento. Sé que debía decírtelo pero... —Michelle se separó un poco de Klaus—. Te dije que podía hacerlo. Aunque tuve la ayuda de Zachary y de tío Jim.

—¿Tío Jim fue contigo? —Eso sorprendió a Ruslán. Lo esperaba de Zachary, pero no del africano.

—Le dije que fuera.

—¿Tú lo sabías? —Ruslán se giró a Kenshi, quien habló.

El japonés se alzó de hombros.

—Mantenerlo encerrado como un prisionero no iba a evitar que él desistiera de eso. Lo atrapé escapándose anoche. Lo mejor que podía hacer era pedirle a Jim que fuera con él. —Tranquilamente siguió bebiendo de su té.

—Solo que... —Michelle se dirigió a Enoch esta vez—, ¿qué es eso importante que mencionaste?

Klaus le frunció el ceño a Kenshi, enojado por su forma de proceder.

—Hablaremos luego. —Fue todo lo que le dijo al japonés.

Ametty se adelantó a responder por su hermano.

—Hablamos con el amado Padre y... —Codeó el costado de Enoch con una sonrisa—. Muéstrale.

Chistando, el hombre de color convocó una burbuja sobre la palma de sus manos, en su interior titilaba una suave luz lila.

—¡Oh! Qué hermosa —exclamó Irina, acercándose para ver la burbuja—. Pero se ve un poco... apagada.

—Por supuesto, está agotada. Siete siglos de vida es más de lo que cualquier alma humana puede soportar —explicó Enoch.

La mirada de Michelle no se apartaba de la burbuja de luz que tenía Enoch, poco a poco sus ojos llenándose de lágrimas.

—¿Es... ma... mamá? —cuestionó con voz temblorosa—. Pero... n-no entiendo. —Alzó la vista hacia ambos magos—. Us... ustedes dijeron que al no ser ella humana, no tenían jurisdicción en su alma.

—¡Y no la teníamos! —dijo Ametty con un emocionado tono agudo—. Pero como te dije, hablamos con el Amado Padre. Enoch encontró un vacío legal. —Miró orgullosa a su hermano. Este giró el rostro, un poco avergonzado por el reconocimiento—. Resulta que el cambio fue hecho después de vender su alma al demonio. Todo lo que haya hecho después de ese momento queda en el vacío, por lo tanto podemos reclamar su alma de vuelta.

—Eso es... bastante inteligente —reconoció Vladimir. No estaba muy cómodo con la charla sobre Dios, demonios y almas, pero no podía negar lo simple y brillante de esa lógica.

Michelle respiró hondo mientras se limpiaba los ojos.

—Yo... Gracias. —Miró a ambos magos, y luego la burbuja—. Ahora... mamá podrá tener la vida que merecía. —Mantuvo la mirada en la burbuja un poco más, una pequeña sonrisa dibujada en su rostro. Deseaba acariciarla, despedirse una última vez pero mantuvo las manos para sí—. Por favor..., cuídala mucho. Cuídenla mucho.

—Estará en un lugar seguro durante su recuperación. Quizás en otra vida puedas encontrarte con ella. —Con esas últimas palabras, Enoch guardó la burbuja.

Un silbido suave provino del lugar donde Narcisse, junto a Zachary, estaba observando en silencio la escena.

—Dicen que esa luz era aquella mujer misteriosa que los llevó a Canadá, ¿no? Impresionante. En su familia uno no se aburre nunca.

—Estabas bien manteniéndote callado. ¿Por qué hablaste? —Se quejó Kenshi.

—Oh, vamos, esto es interesante. Además, ellos dos son más extraños que el sujeto de Canadá de la barba larga. —Señaló a los magos gemelos—. Ambos tienen auras extrañas.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso? —Zachary parecía bastante confundido.

Los gemelos miraron detenidamente a Narcisse, y sus reacciones fueron completamente diferentes: Ametty frunció el ceño mientras que Enoch desviaba la mirada, incómodo.

—Tú... A ti no te conozco —dijo la mujer morena.

Narcisse señaló a ambos magos mientras respondía a Zach.

—Normalmente las auras son de colores. Ellos dos... —Señaló a Kenshi y Vladimir—. Tienen colores similares, igual a esos dos. —Y a Ruslán y Gerardo—. El gatito y tú también. Pero ellos dos no. Ella tiene un aura muy blanca, y él lo tiene negro. No había visto dos personas con auras así. Es muy interesante. —Y finalmente, miró a los gemelos—. Soy Narcisse, por cierto.

—Narcisse dice que puede ver los espíritus —comentó Michelle a los magos—. Dice que los ve y habla con ellos. El papá de Irina también fue así, son la misma alma. —Se dirigió a Ametty, confundido—. ¿Por qué dices que no lo conoces? Lo hiciste, ¿no? Como todos nosotros. Aunque no sabía que podías darles ese poder a otras almas. De ver espíritus y... auras, cosas así.

Mientras Michelle hablaba y hablaba sobre Narcisse, la expresión de Ametty pasó del desconcierto a la incredulidad, e inevitablemente terminó en enojo.

—No, yo no lo hice a él. Si lo hubiera hecho, no sería tan defectuoso.

—No hables así de él —gruñó Klaus a la morena por el insulto a su pareja. Ametty lo ignoró.

—No es normal que un alma vea auras o que hable con espíritus. —Apoyándose en la mesa, se inclinó hasta que su pulgar tocó el centro de su frente. Un punto pequeño de luz emergió desde ahí, haciéndose más grande hasta cubrir toda la frente de un rojo turbio, oscuro—. Mira ese color. Nada que yo haya hecho tiene ese horrible color opaco.

Michelle quedó más confundido aún con las palabras de Ametty.

—No entiendo. Si tú no hiciste el alma de Narcisse, ¿entonces quién?

Kenshi se veía divertido con la situación, y lo expresaba en su amplia sonrisa.

—Así que, eso significa que Narcisse es defectuoso, ¿no? ¿Lo puedes arreglar? —Miró al castaño de abajo hacia arriba—. Tal vez así mejore un poco.

—Venga, solo di que estás celoso porque soy mucho mejor que tú hasta en la cama.

—Óyeme, tú, enano descarriado...—Kenshi estiró el brazo dispuesto a coger al franco-canadiense por el cuello de su camisa.

Vladimir atrapó a Kenshi pasando sus brazos por su cintura, impidiendo que pudiera tocar al joven. Klaus también intervino, abrazando a Narcisse para mantenerlo fuera del alcance del furioso japonés.

—No. Yo no la hice pero tengo una ligera idea de quién es el culpable. —Con los brazos cruzados bajo sus senos, miró a su hermano con el ceño fruncido—. ¿Algo que quieras confesar, hermanito?

—No sé de qué me estás hablando —murmuró el hombre de color, evitando mirar a Ametty.

—Enoch —suspiró Gerardo.

—No es justo que sólo Ametty pueda crear almas —protestó el Guardián de la Muerte como si estuvieran hablando de un juguete que no quiere compartir—. Sólo puedo verlas cuando están cansadas y casi apagadas. Tengo derecho a crear almas también.

—Sí, y mira lo que pasa cuando te metes en mi terreno —dijo Ametty, señalando a Narcisse.

—No soy el único que puede ver espíritus o almas. ¿Qué tiene de malo? —Narcisse se removió en los brazos de Klaus, girándose y así pudo pasar los brazos por el cuello del alemán—. Solo veo almas en pena vagando por ahí y un halo de color alrededor de cada uno. Gran cosa. Ustedes, por el contrario, hacen cosas más impresionantes. —Besó la quijada de Klaus, ignorando olímpicamente las quejas de Kenshi para que lo soltaran—. Oh, cierto. Klaus puede decir que hago magia en—

—No necesitamos saber ese pedazo de información —interrumpió Ruslán, poniendo las manos en su cintura—. Bueno. ¿Es algo grave que Enoch haga almas? No has hecho muchas, ¿cierto? Dado que Yuki y Narcisse son la misma alma, no hemos sabido de más nadie que pueda ver espíritus y esas cosas.

—No es malo —respondió Gerardo—. Pero es diferente. El resultado no es el mismo.

—Las almas de Enoch son opacas, tampoco pueden encontrar un alma gemela porque no tienen una —explicó Ametty, un poco más calmada.

—Al menos las almas que yo hago no desarrollan un enfermizo apego emocional —desafió el hombre de color.

Ametty respondió con un bufido. —Se te olvidó decir que también carecen de equilibrio emocional.

—Eso explica por qué Narcisse es como es. —Se burló Kenshi, quedándose quieto en brazos de Vladimir.

—Pero, no tiene sentido. —Michelle intervino—. Si Narcisse y Yuki son la misma alma, entonces Yuki también sería desapegado. Tío Jim relataba cuentos de que Yuki era muy amable y que amaba mucho a papá.

—Yuki no era ajeno a los sentimientos, Michelle. —Kenshi rodó los ojos, cruzando sus brazos—. Pero ellos se refieren a que no se moriría si no está con alguien. Además, solo míralo. —Con un gesto señaló a Narcisse—. Esta cosa folla hasta con las piedras.

Yu hizo una mueca de asco, pero no se atrevió a negar lo dicho por el japonés.

Klaus abrió la boca un momento. No le salían las palabras, no sabía exactamente qué decir pero quería defender a Narcisse.

—¡No es así! Amo a Yu. Después de morir, lo encontré una vez más. ¡Es mi pareja!

Mordiéndose el labio inferior, Ametty tomó la mano de Klaus, la que no sostenía la cintura de Narcisse.

—Tú lo encontraste, lucecita —afirmó la morena con cariño—. Pero cuando mueras y empieces tu nueva vida, no volverás a encontrarlo. No habrá nada que los conecte porque no están destinados, tan sólo decidieron estar juntos en esta vida. Ahí afuera está tu otra mitad y no es él.

Michelle dio una mirada apenada a su padre. Siempre había creído que Yuki y su padre fueron almas gemelas por todo lo que Jim les contó a Irina, Ruslán y él. Ahora se daba cuenta de que no era así, y que la persona destinada para su padre estaba ahí fuera. Y tal vez seguiría ahí, tomando en cuenta la expresión de Klaus.

—Oh, tonterías —desdeñó Narcisse, dando un gesto despreocupado hacia Ametty—. Klaus me necesita a mí, yo a él, punto. Además, es tan estúpido todo eso de almas gemelas o que cosa. Tu atractivo y moreno hermano tiene razón: estar apegado a una sola persona es aburrido. —Sonrió a Klaus—. Él necesita cambiar de aires, y para eso estoy yo. Si quieres que vuelva a su aburrida vida de almas gemelas, pues tendrás que buscar una silla y esperar.

Kenshi bufó. Se alejó de Vladimir, sentándose y sirviéndose una nueva taza de té.

—Y esto, señores, es lo que ocurre cuando metes las manos donde no debes. —Le dio una mirada rápida a Enoch—. Tus muñecos salen despreciables.

—Tú no eres... —La réplica de Enoch fue cortada cuando sintió un pellizco en su costado.

—Es suficiente por hoy. Ya entregamos la buena noticia y descubrí una travesura de mi hermano —dijo Ametty, mirando a Narcisse de reojo. Su expresión volvió a suavizarse en una agradable sonrisa—. Padre Naturaleza... Debería venir más seguido a la cabaña. Puedo preparar Kürtőskalács, sé que te gustan mucho.

—Es un pastel crujiente en forma de chimenea —explicó.Gerardo a los demás—. A Ametty le queda muy bien. En cuanto pueda, llevaré ralladura de coco y chocolate en polvo —aseguró a la guardiana, que sonrió encantada con la propuesta.

Ametty fue mucho más efusiva que Enoch al momento de despedirse. Estaba en su naturaleza ser amigable y sociable a diferencia de su hermano, que era hosco y de pocas palabras.

—Nosotros los... —Michelle se apresuró a tomar la mano de Zachary—. Los acompañaremos hasta los árboles.

—Irina, ve con ellos —pidió Kenshi a la joven, antes de que Klaus dijera nada—. Vayan los tres luego con Jim. Asegúrense de cómo está.

Se despidieron de los dos magos y los jóvenes. Hubo un tenso silencio en el salón, roto al momento en que Narcisse se giró a Klaus, observándolo receloso.

—No irás a hacerle caso, ¿o sí? Ir en búsqueda de tu "alma gemela".

—Cosa que debería —pinchó Kenshi, metiéndose en la conversación con el ceño fruncido a Narcisse—. Eres un mocoso descarriado que acabará rompiéndole el corazón.

—Eso no es cierto. Él es feliz. Y no he obtenido queja alguna de él. —El joven le obsequió una amplia sonrisa a Klaus—. Te mantengo contento y satisfecho.

Klaus parpadeó confundido. Volvió a la realidad al escuchar la voz de Narcisse, había estado perdido en sus pensamientos, hablando con Feyn sobre lo que dijo la mujer de cabello esponjoso.

—Narcisse es mi pareja, mi tesoro...

—Solo por obstinación. Porque bien podrían buscar un mejor tesoro que ese. —Dio un gesto despectivo hacia Narcisse.

—Papá, no sigas. —Ruslán se quejó, alegrándose de que al menos Yu prefirió ignorar el comentario de Kenshi y no continuar la discusión.

Yu, en cambio, tomó la mano de Klaus y lo instó a ir a la puerta.

—Demos un paseo.

Mirando entre Kenshi y Vladimir,.Klaus asintió. El ruso no le hizo caso, estaba más ocupado sacando a Kroki de su bolsillo para darle algo de comer. Tomando la mano de su pareja, Klaus salió del comedor, mirando a Narcisse dudoso.

—¿Por qué quieres pasear? Nunca quieres pasear.

—Es para salir de ese lugar. Son muy molestos. —Narcisse echó un vistazo alrededor, sin mucho interés por los terrenos de la casa Ottori, o los trabajadores que andaban de un lado a otro, algunos mirándoles desde lejos. Con un gesto le pidió a Klaus ir hacia el bosque, ansiando llegar a aquel lugar con el lago que fueron en la primera ocasión.

Una vez allí, Narcisse fue quien tomó la iniciativa y guió a Klaus hacia un árbol. Cuando se sentaron, el joven se movió para sentarse a horcajadas sobre Klaus, sus brazos rodeando su cuello.

—Aunque también era... porque quería pedirte algo. —Por primera vez, Narcisse se veía inseguro. Titubeaba, incluso—. Silvain quiere conocerte.

Klaus suponía que esa era una petición justa, después de todo estaba saliendo con el hijo del hombre, y seguramente ningún padre se sentiría tranquilo sabiendo que su único hijo varón retozaba con un hombre que le doblada la edad, independientemente de lo conservado y atractivo que se viera el alemán a su treinta y cuatro años.

—Supongo que es una petición razonable. Debo asegurarle a tu padre que no tengo malas intenciones respecto a nuestra relación.

Narcisse no estaba contento de que Klaus aceptase tan fácilmente.

—De acuerdo... En un mes acabará el año escolar, y entraremos en las vacaciones de verano. Adrián vendrá a por mí para ir a la casa de Silvain en Québec. —Los dedos de su mano jugueteaban con los mechones de cabello de Klaus—. Debes prometerme que nunca, jamás, te separarás de mi lado cuando estemos en casa. Me aseguraré de que solo sean un par de días. Si por alguna razón tenemos que separarnos, mantente en mi habitación, o en su defecto, da una vuelta fuera de la casa. Prométeme que no te mantendrás solo en casa.

El pelinegro tenía una expresión entre sorprendida y contrariada.

—¿Días? Pensé que hablabas de una tarde, quizás un almuerzo incómodo. No puedo desatender a mis hijos y mis responsabilidades con el Señor Feudal.

Ante esa perspectiva, los ojos de Narcisse brillaron. Silvain no podría hacer nada en una simple tarde.

—En ese caso, es mucho mejor. Silvain entenderá que eres un hombre y padre responsable.

—Precisamente —dijo Klaus, aliviado. Pensaba que tendría que pelear con Narcisse y explicarse un montón de veces sobre sus responsabilidades y que a pesar de que le gustaba pasar tiempo con su tesoro, no podía descuidar a sus crías, sobre todo a Michelle después de todo lo que tuvo que pasar con el demonio y Angie.


CONTINUARÁ...

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