Capítulo 25. Decisión difícil.
Marina miró a su alrededor al llegar a la iglesia. No pudo ver al hombre que buscaba en la plaza. Estaba ansiosa por saber por qué no había acudido.
Don Alejandro la ayudó a descender del coche, su señora de compañía bajó del segundo coche y se unió a ella mientras don Alejandro saludaba a los vecinos. Se quedaron en la plaza charlando con sus conocidos porque aún faltaban 10 minutos para que las campanas llamaran a misa.
Mientras don Alejandro y Diego hablaban con otros caballeros, Pilar salió al encuentro de Victoria.
"Buenos días." dijo muy sonriente.
"Buenos días." respondió Victoria más seria.
"¿No me vas a contar nada?"
"No, lo siento pero es privado."
"Vale, entonces te contaré yo. El alcalde lleva enfermo estos dos días. Por lo visto se le abrió la herida y le ha dado fiebre. El médico le ha dicho a Mendoza que no cree que sea grave, pero que se quede en cama unos días."
"Y Mendoza se lo ha contado a todo el mundo, claro."
Pilar asintió. "Ya sabes cómo es Mendoza."
El padre Benítez se encontraba en la puerta de la iglesia, saludando a los que iban entrando, y se fijó en que el grupo de los de la Vega ya había llegado. Decidió acercarse a la señorita para consultarle algo.
"Buenos días señorita."
"Buenos días padre." respondió ella con mucha elegancia. El padre Benítez sonrió, estaba acostumbrado a gente más sencilla, de modales mucho más espontáneos.
"Tengo que consultar algo con usted."
Marina hizo un leve gesto con la cabeza y su acompañante se apartó lo suficiente como para no poder oír la conversación.
El padre Benítez estaba muy serio cuando comenzó a hablar. "Su hermano me indicó que leyera las amonestaciones para su matrimonio con el señor de Soto por primera vez al finalizar la misa de hoy. Él está enfermo como consecuencia de la herida de bala que le alcanzó y no podrá venir."
Marina no pudo evitar interrumpirle, preocupada por él. "Creí que la herida era superficial. ¿Se ha agravado?"
"No se preocupe, señorita." dijo el padre conmovido por su preocupación. "El doctor Hernández cree que se recuperará pronto. Solo necesita descansar."
"Gracias por decírmelo. Siento haberle interrumpido."
"No se preocupe, es comprensible. Él se encuentra razonablemente bien, y me ha dicho que por su parte está conforme con que se lean las amonestaciones, pero necesito saber lo que quiere usted."
Ella frunció el ceño, aunque parecía más confusa que enfadada. Finalmente dijo: "No estoy totalmente segura de querer casarme con el señor de Soto."
El padre Benítez asintió, pensativo. "En las circunstancias en las que se encuentra usted es normal que tenga dudas. Si no he entendido mal lo que pasó, él abusó de su confianza y su inocencia."
Marina se ruborizó.
"Por favor, señorita, no era un reproche. No creo que tuviera usted intención de pecar, y si lo hizo, como ya se habrá arrepentido y confesado, no tengo nada que reprocharle. Al fin y al cabo todos somos pecadores… aunque algunos, como el señor de Soto, más pecadores que otros."
"Entonces." ella se detuvo un momento para pensar lo que quería decir. "¿Me aconseja usted que no me case con él?"
Fue el turno de sacerdote de reflexionar acerca de su respuesta.
"Yo no diría tanto. Sé que es ambicioso, y usted sabe mejor que nadie que tiene pocos escrúpulos, pero desde que llegó usted he visto algo que me da esperanza. ¿Sabe que cuando creyó que iba a morir se arrepintió de lo que le había hecho a usted?"
"¿De veras lo hizo?"
El padre no pudo reprimir una sonrisa. "Oh, sí, estaba muy apenado diciendo lo injusto que fue con usted, hasta que don Diego, harto de todo lo que estaba pasando en medio de su boda, se cansó y le dijo que no se estaba muriendo. En aquel momento yo estaba tan preocupado por la situación en que estaba usted, en manos de aquel canalla que se la llevó a rastras de la iglesia, que no me paré a pensar en lo ridículo de la situación."
Ella sonrió al oír aquello.
"¿Usted cree que hay esperanza para él?"
El padre suspiró. "Yo creo en la redención. Quizá el Todopoderoso la puso a usted en su camino para salvar el alma del señor de Soto. Muchas veces he pensado que haría falta un milagro para que ese hombre cambiara, pero por supuesto creo que los milagros existen. He rezado por él muchas veces. Quizá haya dado resultado."
"¿Y si no ha cambiado? Cuando estoy con él y me dice cosas bonitas quiero creerle, pero podría estar engañándome, o cansarse más adelante y volver a ser el mismo de antes." dijo ella con amargura.
"Creo que si finalmente decide darle una oportunidad debería protegerse a usted y a su hijo. He oído que don Diego le dio un buen consejo acerca de su testamento. También estoy seguro de que su hermano velará por sus intereses. Consulte con ellos y decida lo que quiere hacer, pero piense también que un niño necesita un padre. En cualquier caso leer las amonestaciones hoy no la obliga a casarse con él más adelante."
Ella asintió. Las campanas empezaron a sonar, llamando a misa. Ella alzó la cabeza y dijo decidida.
"Lea las amonestaciones. Si en estas semanas veo en él lo que ha visto usted, me casaré con él."
Tras la misa, Marina decidió ir a ver a su prometido. Llamó a la puerta del cuartel con decisión. El sargento Mendoza abrió a puerta.
"Señorita, bienvenida. ¿Puedo hacer algo por usted?"
"Sea usted tan amable de decirle al señor de Soto que he venido a verle, y que tengo que hablar de algo importante con él."
"Un momento señorita. Por favor, espere aquí."
Mendoza salió por la puerta que daba al patio de la armería a toda prisa, dejándose abierta al salir. Marina pudo oír cómo llamaba a la puerta de las habitaciones del alcalde y cómo de Soto respondía.
"Mendoza, he dicho que no quiero que me molesten."
"Perdone, mi alcalde, la señorita Ortiz de Casqueta está aquí."
"¿Dónde?" dijo el alcalde tratando de levantarse del sillón y gruñendo cuando el movimiento hizo que le doliera la herida.
"En la oficina."
"¿La ha dejado ahí sola?"
"La acompaña su dama de compañía."
"Al menos le habrá ofrecido asiento."
"No, mi alcalde, no se me ocurrió."
"Inútil, como siempre. Ayúdeme a ponerme presentable." Mendoza se acercó al alcalde para tratar de ponerle la chaqueta.
"Esta no, la gris. No, no puede ser, no me hace juego con los pantalones. Qué desastre." dijo el alcalde frustrado.
"No creo que la señorita le dé tanta importancia a su ropa, señor, quiere hablar con usted."
"Por supuesto que la presencia es importante, pero tú eres demasiado simple para entenderlo. Venga, ponme aunque sea esa chaqueta, no puedo hacerla esperar."
"A la orden, mi alcalde." dijo Mendoza en tono resignado.
De Soto entró en la oficina con su mejor sonrisa. "Buenos días mi querida Marina."
Marina lo miró muy seria y se dirigió a su acompañante. "Leandra, por favor, espera fuera y deja la puerta entreabierta."
"Sí señora."
De Soto esperó a que la señora saliera para acercarse a su prometida. "Me ha dicho Mendoza que el padre ha leído las amonestaciones. No sabes lo feliz que me haces, palomita."
Ella permitió que él besara su mano y luego la retiró. "No me llames así." dijo con gravedad.
"¿Cómo? ¿Palomita?"
"Ni querida. No soy tu palomita, así me llamabas cuando me visitaste, pero esa joven a la que sedujiste y abandonaste embarazada de tu hijo ya no está, y tampoco sientes nada por mí, solo por mi dinero y posición, así que querida tampoco es adecuado." dijo ella marcando la palabra querida con un tono de desdén.
"Si eso es lo que opinas. ¿Por qué has aceptado mi propuesta?"
"He aceptado que se lean las amonestaciones. El padre me ha dicho que no estoy obligada a casarme si no quiero."
"Entiendo."
"No, no creo que lo entiendas. Hace un rato el padre Benítez me ha dicho que aún había esperanza, y quise pensar que tenía razón, y sin embargo llego aquí y te oigo insultar y tratar con arrogancia a tu subordinado. Mi hermano tiene mucho más dinero y rango que tú y no trata así ni siquiera a los mendigos a los que damos limosna. Mi abuela, que era mucho más lista que yo, me dijo una vez que si quería saber si alguien era bueno no me fijara en cómo trata a sus superiores o iguales, sino en cómo trata a sus criados, a sus caballos o a sus perros."
"Yo no te trataría a ti de esa manera."
"Ahora puede que no, pero me han dejado claro que en el matrimonio la esposa está subordinada a su marido. Si es así como tratas a aquellos que están bajo tu responsabilidad acabarás haciendo lo mismo conmigo y con mi hijo."
"Querrás decir nuestro hijo."
"¿Nuestro? ¿Lo has reconocido sin decírmelo? Porque en su partida de bautismo no aparece tu nombre. Eso lo aprendí cuando me ayudaron a hacer mi testamento." Ella lo miró con dureza. "No soy lista, pero cuando aprendo algo luego lo recuerdo bien."
"Puedo enviar un documento a la parroquia donde lo bautizasteis."
"Eso lo hablaré con mi hermano. Él sabrá qué hacer respecto a ese asunto. Haremos lo que sea mejor para Dieguito."
De Soto estaba más preocupado que enfadado, viendo cómo su mejor oportunidad se le escurría entre los dedos.
"Estoy de mal humor por la herida. Deja que te demuestre que puedo ser amable." se acercó a ella con cautela, como si fuera una yegua nerviosa. "Me esforzaré por ser el marido que tú necesitas."
"Sé que puedes ser encantador cuando quieres algo, mi pequeño es la prueba, pero lo que me preocupa es que no sé cuánto durará." Se apartó de él. "Me vuelvo a la hacienda con los de la Vega. Necesito pensar, y también hablar con mi hermano."
"Tu hermano probablemente llegará pronto. Mandé un mensaje para que viniera cuanto antes."
"Espero que él pueda decirme qué hacer contigo, porque yo estoy muy perdida." dijo ella triste y frustrada. "Hasta mañana."
Ella le ofreció su mano para que él la besara y salió de la oficina para reunirse con su asistente.
"Maldita sea." dijo de Soto dando un puñetazo en la mesa y encogiéndose de dolor cuando el movimiento afectó a su herida. "Tengo que convencerla."
