Capítulo 26. Reencuentro.
Al amanecer del día siguiente Diego y Victoria despertaron por el ruido de un grupo de jinetes acercándose a la casa, y las voces de los vaqueros de don Alejandro.
Diego se despertó de inmediato y se puso unos pantalones antes de acercarse a escudriñar por la ventana.
"¿Qué sucede?" preguntó Victoria aún algo somnolienta.
"Voy a averiguarlo." respondió él. Se vistió a toda velocidad y salió por la puerta. En el pasillo se encontró con su padre.
"No sé quiénes pueden ser."
Marina se unió a ellos desde el ala de invitados. "He oído la voz de mi hermano."
"¿Está segura?" preguntó don Alejandro.
"Sí, era él."
"Bien, entonces saldré a recibirlo."
"Voy contigo." se ofreció Diego.
"Preferiría que no se dejara ver hasta que nos aseguremos." dijo don Alejandro a su invitada.
Padre e hijo se acercaron a la puerta principal, y vieron a su capataz acompañando al conde hasta la puerta principal, mientras cuatro hombres esperaban detrás.
"Buenos días señor. Si viene buscando a su hermana, ella se está alojando con nosotros y podrá verla inmediatamente." dijo don Alejandro nada más abrir la puerta. "Por favor, pase." luego se volvió hacia el otro hombre. "Ernesto, ofrece a los hombres del señor conde algo para beber y desayuno si lo necesitan."
El capataz asintió y se dirigió hacia donde los otros hombres se encontraban.
"Bienvenido." dijo don Alejandro haciéndose a un lado para permitir el paso al conde.
Diego también saludó con una inclinación de cabeza, que el otro hombre respondió de igual forma. "Yo también le doy la bienvenida. Avisaré a su hermana, lo espera impaciente."
"Gracias, don Diego."
Don Alejandro acompañó a su invitado a la biblioteca y le ofreció un café, que él aceptó.
Marina estaba en el pasillo, acompañada por Victoria y Leandra.
"Siento que por mi culpa os hayáis despertado tan temprano." dijo Marina a Victoria.
"No te preocupes, no creo que hubiéramos tardado en salir a buscar el desayuno." respondió Victoria con buen humor.
"Buenos días." dijo Diego haciéndose notar. "Su hermano está en la biblioteca."
"Gracias don Diego." dijo ella dirigiéndose hacia allí.
Diego y Victoria se miraron, Victoria hizo un gesto hacia la zona frontal de la hacienda y Diego asintió, así que siguieron a Marina.
Al verla entrar el conde se levantó.
"Marina, ¿Te encuentras bien? Cuando el notario me dijo que había llegado tu testamento me temí lo peor."
"Estoy bien. Emiliano me secuestró, pero por suerte sólo recibí unos golpes y arañazos."
"¿Él te golpeó?"
"Así es, pero está muerto, así que ya no tiene importancia."
La cara de don Fadrique apenas cambio de expresión, pero sintió pena al ver que su hermana pequeña, la niña alegre e inocente que había conocido, se había endurecido por culpa de las personas que se habían aprovechado de ella.
"No debí dejarte aquí sola."
"No estaba sola, y no podías saber que Emiliano intentaría algo así."
Diego decidió acercarse a la cocina para ver si María podía poner algo de desayunar a pesar de ser tan temprano. La cocinera estaba ya manos a la obra, miró a Diego y asintió sin dejar de preparar rebanadas de pan.
"En unos minutos podremos ofrecerles algo de desayuno." dijo Diego. "Si quieren hablar en privado pueden ir a la biblioteca."
"Sí, gracias." dijo el conde, dándose cuenta de que estaba hablando delante de los habitantes de la casa.
Marina y su hermano se retiraron a la biblioteca, mientras los demás se quedaban en el comedor.
"Cuéntame qué pasó. Solo sé que Emiliano y sus hombres te sacaron a la fuerza de la iglesia."
"Así fue. Emiliano me subió en su caballo y huimos. Más adelante el caballo empezó a cojear, así que dejaron a dos hombres y al caballo atrás y me subieron a otro caballo a mí sola, aunque un hombre lo llevaba de la rienda. En cuanto me atreví salté al suelo para tratar al menos de retrasarlos, pensando que estarían persiguiéndonos. Por suerte el Zorro fue capaz de encontrar el rastro que dejamos y nos alcanzaron pronto."
"¿El Zorro no es un bandido?"
"Por lo que dicen los habitantes de los Ángeles no lo es. Al parecer les ayuda."
"Entonces colaboró en tu rescate."
"Sí, lo hizo. Luego Ignacio se enfrentó a Emiliano, aunque estaba herido porque al secuestrarme le disparó."
"Entonces supongo que su herida no es grave."
"Se recuperará."
"¿Los soldados capturaron a los demás hombres?"
"Ignacio decidió dejarlos ir. Sin su jefe ya no podían hacer nada."
"Entonces te rescataron los soldados con ayuda de el Zorro."
"Y de don Alejandro y sus hombres."
El conde reflexionó acerca de esta última información. "¿Te han pedido los de la Vega algo a cambio?"
"No, en ningún momento."
"¿Por qué hiciste testamento?"
"Me lo aconsejó don Diego, y su padre y el padre Benítez estuvieron de acuerdo en que protegería a mi hijo y en parte también a mí."
"No leí tu testamento, salí inmediatamente al enterarme de que lo había hecho, temiendo que algo malo te hubiera pasado. A medio camino me encontré unos soldados que me informaron de que habías sido secuestrada."
"Cuando hice el testamento no sabía que algo así podría pasarme. Lo hice solo como precaución."
"Por consejo de los de la Vega."
"Así es."
"Supongo que en el testamento los mencionas como beneficiarios."
Marina frunció el ceño, sin encontrar sentido a lo que su hermano quería decir. "No, aparecen como testigos, pero no recibirían nada, el testamento lo hice para protegernos a mi Diego y a mí, y él es el único beneficiario."
"Así que su consejo fue desinteresado."
Marina asintió. "Lo hicieron como amigos, no para obtener un beneficio. Parece ser que aún quedan personas de fiar por el mundo."
Fadrique no podía dejar de sospechar que había algo turbio. "¿Mencionas en el testamento quién se haría cargo de tu hijo si tú faltaras?"
"Sí, tú serías su tutor."
Aquello descartó la única posibilidad de que los de la Vega estuvieran interesados en el dinero. Le resultó extraño, acostumbrado a tener que negociar con personas sin escrúpulos.
Marina pensó un momento cómo explicarlo. "Fue lo que don Diego me aconsejó. Cuando le conté que no confiaba en ninguno de mis pretendientes me dijo que el testamento protegería a mi hijo si me pasaba algo."
Don Fadrique se sentía algo avergonzado por no haberlo sugerido él mismo, pero no quería reconocerlo delante de ella. "Sí, es un buen consejo."
"El padre Benítez también me dijo que buscara la manera de evitar que mi futuro marido controlara toda mi fortuna. Dejé que leyera las amonestaciones, aunque aún no estoy segura de casarme con Ignacio."
Para Fadrique que ella se casara y se fuera lejos era la mejor manera de solucionar el problema, su prometida había dejado claro que no quería que un escándalo afectara a su imagen en sociedad, pero tampoco estaba dispuesto a sacrificar a su hermana a toda costa. Durante años le habían dicho que ella era una carga, y que por suerte la herencia de su madre haría que consiguiera un buen marido y dejara de ser su problema, pero aún recordaba a la niña dulce y cariñosa que fue, y lamentaba haber pensado que lo que pasó había sido culpa de ella. Por un rato no supo qué decir.
"Está bien, te daré más tiempo. Diré que preferimos una boda íntima, la mayoría de nuestros parientes y amigos en cualquier caso no querrán venir a un lugar tan apartado. Si finalmente no se celebra esa boda lo ocultaré con facilidad, pero sin un marido ¿Quién os protegerá a tu hijo y a ti?"
"Y si me caso con Ignacio. ¿Quién me protegerá de él cuando tú no estés?"
"Hay un abogado en Santa Paula, y además parece que don Diego tiene conocimientos legales. Estudiaré una solución para que tengas el control de tus bienes, tanto si te casas como si no."
Marina suspiró. "¿El control de mis bienes? No tengo ni idea de qué hacer con ellos."
"Lo que se me ocurre es buscar la manera de que tengas un administrador que vigile a tu marido o impida que se aprovechen de ti si estás sola. Si simplemente dejas que tus propiedades den ingresos sin vender nada podréis vivir holgadamente."
Ella asintió, sintiéndose más aliviada.
"De acuerdo, eso me tranquiliza."
"Entonces. ¿Vas a querer seguir viendo al señor de Soto?"
"Supongo que sí."
"Autorizaré que te visite, pero siempre debidamente supervisados."
"De acuerdo."
"¿Qué es lo que te preocupa acerca de él?" preguntó Fadrique, recordando lo que ella había dicho acerca de que casi no había hablado nunca con ella.
"Es Ignacio. Trata mal a sus soldados, y temo que con el tiempo nos trate mal al niño y a mí."
"Ya hablé con él de ese asunto, te aseguro que no tendrás que convivir con él si te falta el respeto de alguna manera."
"Me gustaría saber qué decís cuando habláis de mi."
"Son conversaciones entre hombres, es mejor que no intervengas."
"Ya, solo soy una mujer ignorante." dijo ella con una mezcla de rabia y tristeza que otra vez dio que pensar a su hermano.
"Te consultaré cualquier decisión que haya que tomar y que os afecte a ti y a tu hijo."
Ella asintió, aunque no estaba segura de que pudiera o quisiera tomar esas decisiones, tenía demasiado miedo a equivocarse.
