Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 21: El deber de un monje

27 de noviembre

Miroku soltó un grito mientras lanzaba el sello contra demonios, balanceaba su báculo y mataba al demonio que estaba frente a él. Saltó rápidamente sobre el cadáver y ocupó su lugar a la espalda de Sango para proteger su lado ciego. Tomó nota de las posiciones de todos mientras se preparaba para la siguiente oleada. Su aliento salió en soplos helados delante de él. No había tiempo para pensar en los fríos principios del invierno.

Directamente enfrente de él estaba Kirara, que estaba decidida a incinerar a cada demonio que se atreviera a amenazar a sus amigos. Miroku se alegraba de que estuviera de su lado.

Inuyasha estaba en medio de la batalla, luchando contra un demonio ciempiés gigante, haciéndolo trizas sin detenerse. El demonio perro estaba particularmente sediento de sangre desde que el ciempiés consiguiera fustigar su cola y apuñalar a Kagome en el estómago. Afortunadamente, Miroku daba gracias a Buda, la chica no estaba herida de gravedad. Estaba seguro de que el hanyou se habría vuelto loco y habría asesinado a todo el que viera si la chica hubiera muerto. En todos sus años, el monje nunca había visto tanta devoción hacia un humano por parte de un demonio.

Bueno, se corrigió, siempre estaba la devoción del niño zorro, que rivalizaba con la de Inuyasha. Shippo pensaba claramente en Kagome como su madre. Era rara la ocasión en que la pequeña y peluda bola rojiza estaba lejos de su lado. Ese día no era una excepción. Aunque aún era un niño, permanecía valiente a su lado (a veces en su hombro), gritando «fuego de zorro» y usando sus poderes de ilusión para despistar a los demonios.

Miroku miró a la chica herida y sonrió. Su puntería con el arco y la flecha había mejorado día a día. En esta batalla había podido derrotar a tres demonios por su cuenta y había herido a varios más. No dejaba que una cosa tan pequeña como un agujero en el estómago le impidiera luchar.

Aunque ninguno, pensó Miroku con cariño, era tan valiente o tan hermoso como la mujer que estaba detrás de él. Sango. Había derrotado a casi tantos demonios como Inuyasha. Era feroz y valiente. Aunque solo llevaba viajando con ellos poco tiempo, parecía como si hubiera sido siempre parte de su grupo. Era como si estuvieran destinados a estar juntos. Una extraña y pequeña especie de familia, dos demonios completos, tres humanos y un hanyou, pero una familia.

—¡Prepárese, monje! —advirtió Sango mientras levantaba el búmeran de huesos para volver a lanzarlo.

Miroku respiró hondo y endureció su agarre sobre su báculo. Una marea de demonios se acercaba rápidamente. Va a ser un día largo, pensó Miroku para sus adentros.

No era difícil oír dónde estaba Inuyasha, ya que sus gritos de batalla eran sonoros y frecuentes. Sin embargo, Miroku perdió de vista a Kagome y a Shippo rápidamente. Su única pista de que aún estaban vivos era el fogonazo ocasional del fuego de zorro que veía por el rabillo del ojo. Había demasiados enemigos como para distraerse. Era lo único que podía hacer para protegerlos a Sango y a sí mismo de los demonios.

Naturalmente, al final de la batalla quedaron en pie dos demonios, tres humanos y un hanyou. Miroku nunca dudó del grupo ni por un momento. Trabajaban bien juntos. Inuyasha siempre cargaba con agresividad, derrotando rápidamente a los enemigos. Kirara peleaba desde el cielo, a veces con Sango, a veces sola. Normalmente, Sango y Miroku peleaban juntos. Ella les daba muerte a los demonios mientras Miroku la mantenía a salvo. Kagome y Shippo luchaban desde el perímetro. La pelea de ese día fue un poco diferente.

—¿Qué fue eso que hiciste con la luz? —preguntó Inuyasha bruscamente mientras forzaba a Kagome a que se sentara para que pudiera inspeccionar su herida. Solo se le resistió un momento cuando le levantó la camiseta para inspeccionar su estómago. Miroku se estremeció ante la visión de tanta sangre.

—No lo sé —replicó la chica—. Solo sabía que tenía que proteger a Shippo… y empecé a brillar, como pasa con las flechas cuando las disparo. Sentí este poder… no sé cómo explicarlo… y solo me concentré en rodearnos con ese poder. Se sentía cálido y correcto. Simplemente… pasó.

—Sus poderes de sacerdotisa están creciendo —le dijo Miroku, intentando no mirar al hanyou que intentaba detener desesperadamente el flujo de sangre—. Teniendo en cuenta que no ha recibido entrenamiento alguno, es bastante extraordinario.

Miroku observó que la chica intentaba sonreír, pero la pérdida de sangre la había debilitado, sus labios estaban teñidos de azul. Su corazón se tambaleó en su pecho cuando ella intentó consolar al niño que lloraba por ella. La herida era peor de lo que pensaba. Miroku se sintió culpable y avergonzado. La mirada asesina que recibía de Inuyasha confirmaba que el demonio perro le hacía personalmente responsable del dolor de la chica. Estaba claro en toda batalla en la que participaba que la vida de la chica tenía que protegerse a toda costa. Sabía que su vida pronto terminaría si la chica moría.

Se agachó y le apartó el pelo de los ojos a Kagome, intentando decidir si debería disculparse o presentar los últimos respetos. Pudo oír a Inuyasha gruñendo y se aseguró de mantener las manos en lugares apropiados.

Justo cuando abrió la boca, Kagome abrió sus nublados ojos grises.

—No es culpa tuya, Miroku… deja de parecer tan culpable.

—Debería haber estado protegiéndola…

La chica emitió una risita y una sonrisa mientras dejaba que Inuyasha la acostara en la hierba.

—No puedes… estar en todas partes… a la vez, Miroku. Todos nos esforzamos al máximo. Sin remordimientos…

Miroku se preocupó más cuando su respiración se volvió más laboriosa. Sus ojos perdieron su chispa y su cuerpo se quedó flácido. Shippo gimió, Inuyasha se quedó paralizado, Kirara aulló, Sango sollozó y Miroku tembló. Quería llorar la pérdida de su amiga. Había sido tan amable con él, con todos. Les había hecho sentir bienvenidos y amados, era la que los convertía en familia. Pero tendría que esperar para satisfacer sus propios sentimientos de pérdida. Sabía que tenía que cumplir con el deber de un monje.

—No la olvidaremos, señorita Kagome. —Miroku cerró los ojos para orar y empezó a prepararse para su deber de ayudar a que su espíritu siguiera su camino al más allá y para un entierro digno. Pero cuando abrió la boca para empezar el cántico, le dieron un golpe bastante fuerte en la cabeza.

—¡No está muerta, idiota! —gritó Inuyasha mientras cogía a la chica protectoramente en sus brazos—. Aún puedo oír su corazón latiendo. —El temblor en la voz del demonio perro y el miedo en sus ojos le hizo saber a Miroku que, aunque Kagome aún estaba viva, no estaba lejos de morir y el hanyou estaba aterrorizado.

—¿Cómo de cerca estamos de una aldea? —preguntó Sango, su voz era otra vez fuerte.

—Voy a llevarla con Kaede. Vamos, Shippo. —El niño zorro saltó sobre el hombro de Inuyasha y los tres pronto desaparecieron entre los árboles.

El demonio perro de verdad había INVITADO al demonio zorro para que fuera con él. Nunca antes había pasado eso. Miroku y Sango se miraron, perplejos.

—¿Quién es Kaede? —preguntó finalmente Sango.

Miroku casi se rio.

—Es una sacerdotisa y curandera. Es la hermana de Kikyo, la joven con la que Kagome de algún modo se cambió de lugar.

—¿Sabe dónde está su aldea, monje?

Miroku sonrió calmadamente.

—Ni idea.

—¡Kirara! —llamó Sango a su compañera—. ¡Sigue a Inuyasha!

Sango saltó sobre el lomo de la gata de fuego y ayudó a subir a Miroku. Se aseguró de que los pergaminos por los que habían luchado tanto estuvieran todavía metidos en la mochila que siempre llevaba Kagome, luego la puso firmemente entre su cuerpo y el de Sango. Eso le dio la excusa perfecta para agarrarse a ella… ¡para mantener los pergaminos a salvo, por supuesto!

—¿Cree que puede leer los pergaminos, monje?

—Puede que me lleve algún tiempo, señorita Sango, pero creo que seré capaz de descifrarlos. A lo mejor le gustaría unirse a mí.

Pudo sentir cómo se le tensaba el cuerpo. Sabía que prácticamente había ronroneado la última frase, pero simplemente no pudo evitarlo. Había algo en la mujer que le sacaba su carácter juguetón. Aunque lo golpeaba con su arma, dejándolo a veces sin conocimiento, Miroku no podía evitar tomarle el pelo.

Era un hecho ampliamente conocido que el monje apreciaba el cuerpo femenino. De hecho, varias de sus contusiones provenían de maridos y novios enfadados y, por supuesto, del hanyou. Pero desde que había conocido a Sango, no ha habido deseo por ninguna otra mujer. Francamente, estaba empezando a preocuparle.

Durante el viaje de tres horas a la aldea de Kaede, Miroku solo había sido abofeteado dos veces, lo que no estaba nada mal. De hecho, era menos de una vez por hora. Se preguntó si era algún tipo de récord.

Fue fácil encontrar qué cabaña le pertenecía a la sacerdotisa Kaede. Lo único que tuvieron que hacer fue seguir el camino de destrucción. Obviamente, Inuyasha tenía demasiada prisa como para dar rodeos o saltar por encima de cosas, romperlas debía de haber sido una fracción o dos de segundo más rápido. O a lo mejor necesitaba airear su enfado y frustraciones. Miroku esperaba que no se hubieran interpuesto en su camino cosas vivas.

—¿Cómo está Kagome? —le preguntó Sango a una anciana mujer que salía de la cabaña, bajando rápidamente de la gata de fuego.

—¿Quiénes sois?

—Yo soy Miroku. Estas son Sango y Kirara. Somos amigos de Kagome —presentó el monje al ligeramente agitado grupo. Estaba impresionado de que Sango consiguiera no derribar a la mujer de pelo grisáceo en un esfuerzo por llegar hasta su amiga.

—Sería inteligente dejar descansar a la joven. Podréis verla por la mañana.

Miroku estaba más que un poco preocupado por la vida de la sacerdotisa. No por la de Kagome… sino por la de la sacerdotisa que apartaba a Sango de Kagome. Observó con calmado interés cómo se le encendieron los ojos y su cuerpo se tensó para la batalla. Casi podía ver la batalla interna que estaba librando.

Sango cerró los ojos lentamente y empezó a relajar su cuerpo y a aflojar el agarre sobre su arma. Cuando abrió los ojos, estaba bajo control y ligeramente más razonable.

Kaede le sonrió cálidamente a la exterminadora de demonios.

—Ayúdame con las hierbas que necesito para tu joven amiga, Sango, mientras Miroku nos trae más agua. Va a ser una larga noche para todos nosotros.

Miroku se pasó el resto del día trayendo agua, avivando al fuego y haciendo más pequeños recados de los que creyó posible. Eran actividades para las que no necesitaba usar el cerebro, designadas para mantenerlo ocupado. A veces se asomaba para ver a Kagome, solo para ver a Inuyasha y a Shippo pegados a su lado, observando y esperando. Aunque rezaba por Kagome, también oraba por los dos demonios que se preocupaban tanto por ella. ¿Qué sería de ellos si no sobrevivía a esto?

Y, por supuesto, rezó por Sango. Trabajaba enérgicamente en cada tarea que se le encomendaba. Era una mujer poseída. Sango se había encariñado rápidamente con Kagome. Se habían hecho amigas en instantes y hermanas en solo días. La exterminadora había perdido a tanta gente que amaba tan recientemente, que Miroku estaba seguro de que perder una más tan pronto la devastaría.

Después, rezó por sí mismo. No se había dado cuenta de cuánto se había encariñado con la chica, o de cuánto apreciaba a su nueva familia. ¿Podría volver a la solitaria vida que había tenido antes de que lo encontraran?

Trabajaron juntos. Y esperaron.